NOTA: las que estais suscritas a la historia habéis recibido un segundo aviso de nuevo capítulo, porque he reeditado un pequeño error. Os pido disculpas.

¡Buenos días! Seguimos con el chocolate, digo con la historia... no sé en qué estaba yo pensando. Gracias por vuestro tiempo, sé que vale oro, y a Maria José por repasar esto, que santa paciencia la tuya, nena.

Ah, aviso, para leer este capi os aconsejo este tema de The XX: copiadlo en el navegador y quitad los paréntesis... es opcional pero me gusta mucho más cómo queda la lectura escuchándolo, hasta le doy al replay, porque la música dura menos que la escena ;-) . Poned la música en el momento en que Bella lo hace:

http:/www(.)youtube(.)com/watch?v=L73OLaG4_kA

Os comento vuestros comentarios sobre el capi 30:

v. cullen: a mí también me gusta que Edward se altere un poquito, y tranquila, hoy continúan de fin de semana. *Suspiro*

Mentxu Masen Cullen, es que esta Bella es una imprudente total, pero mira, de momento no le va mal así, más bien al contrario.

Conlaca, a mí el chocolate no me pierde, pero en estas circunstancias me perdería, jaja. Gracias por tus palabras.

I Love Edward, ¡wow, un 10, gracias! :-D. A mí también me va el Edward con ese puntito celoso, pero sin pasarse, como tú dices.

Yeraldin23, ya sabes que esta Bella juega con fuego, Ed es caballeroso pero no le pidamos que sea de piedra... al contrario ;-)

SalyLuna, es que el chocolate gusta a casi todos... hasta a Edward. Gracias.

Ginegine, me alegro de que descanses un poco la vista ;-). Me gusta eso de ser el postre de Ed, aunque no me importaría que él fuera el mío... ay, mejor lo dejo o no sigo escribiendo, jajaja.

Litzy: gracias a ti y bienvenida, espero que te siga gustando la historia... y el chocolate.

Isa-21, eso mismo decía yo, ñam, ñam.

princessannsatrarcullen, sí, Ed es mucho Ed.

PRISGPE, al menos en esa zona no necesita tapársela con un apósito...

daniiela cullen, me alegro, bienvenida y espero que siga gustándote.

Fifshades, además de betearme la historia me la comentas, MJ, lo tuyo es devoción, jajajaja. Si, ese Edward un tanto dominante... ya sabes...

Paola Cullen, muchas gracias, espero seguir sorprendiéndote ;-)

Audrey... bienvenida, amiga :-*


Capítulo 31

EPOV

Llegué al ascensor esquivando cualquier presencia humana. Bella habría llegado ya a nuestra habitación. Habíamos decidido volver separados y ella se marchó primero. Yo no tenía forma segura de evitar encuentros si iba a su ritmo, y el color de mis ojos en estos momentos era más que extraño. Una vez dentro del ascensor levanté la vista y miré al hombre del espejo. Mi alma cayó a mis pies sin poder evitar los negros recuerdos de mi pasado. La primera vez que bebí de Bella no me había visto los ojos. Hacía tiempo que no veía esa expresión y me avergoncé de mí, de lo que acababa de hacerle al ser que amaba más en el mundo. De pronto me asaltó el temor antes de abrir la puerta. Podía soportar mi propio desprecio, pero no el suyo. ¿Qué pensaría ella de mí?

Cuando abrí la puerta de la habitación estaba deprimido, de mal humor, e irritado conmigo mismo por mi carencia de control. Era un egoísta y no podía renunciar a estar con Bella, pero veía que tampoco podía garantizar que ella estaba segura conmigo y eso era un pensamiento que me torturaba. Me avergonzaba de mí mismo.

Qué manera más estúpida de estropear una velada deliciosa.

La luz de la habitación estaba muy atenuada. Me llegaba el sonido del agua desde el cuarto de baño y al entrar en la habitación vi que la ropa de Bella estaba doblada encima de una silla. Incluida la ropa interior. Desde la distancia podía oler sus braguitas, me acerqué y las tomé en mis manos. Casi me volví loco de deseo al oler en la misma prenda los dos aromas que más me enloquecían, la húmeda excitación de Bella y su sangre. Mi culpabilidad estaba desapareciendo arrastrada por la fuerza de mis instintos. Estaba embriagado, necesitaba aire fresco, necesitaba controlarme, y dejando la prenda donde estaba salí al balcón.

Estaba volviendo a llover pero no me importaba mojarme, me ayudaba a sentir de nuevo el dominio de mi propio cuerpo. Las luces de la ciudad parpadeaban bajo la fina lluvia y por un momento pensé que yo también echaba de menos mirar las estrellas. Sentí el latido de Bella acercarse a mí, sus brazos rodeándome la cintura, su cuerpo adherirse al mío.

-Te vas a resfriar- su broma apenas sonó como un susurro.- Ven- dijo, tomando mi mano y tirando de ella. Me fijé en que llevaba puesto uno de los albornoces del hotel.

-Bella, yo...-me silenció colocando sus dedos sobre mis labios mientras con la otra mano cerraba la puerta de la terraza.

-Antes no me has dejado hablar. Aún es mi turno- dijo, plantada frente a mí, mirándome con aquellos ojos tan profundos.

-No era buen momento... allá en el callejón. Tú sí te puedes resfriar- me disculpé.

-Sí, la verdad es que me entra frío sólo de verte con esta ropa mojada- dijo muy seria.- Te ayudaré a quitártela. Mientras quiero que me escuches bien, Edward.

Me retiró la chaqueta y comenzó a desabotonarme la camisa, lentamente. Observé sus manos blancas y finas trabajando.

-¿Sabes qué me pasa estos últimos meses? Que es como si hubiera empezado a vivir. Es como si mi vida anterior, mis amigos, mis recuerdos... todo estuviera en blanco y negro. Sólo Charlie y Renée me atan a esa vida. Mi verdadera existencia empezó el día que llegué a Forks. Mi amistad con Ángela, el hospital, mis compañeros... todo es más real, más nítido, como si lo de antes fuera un sueño. Porque por encima de todo estás tú. Tú... –hizo una pausa, buscando las palabras y agitó bruscamente la cabeza- dios, qué cursi va a sonar esto pero no sé otra manera de decirlo... tú has iluminado mi existencia. Tú eres mi vida, Edward. ¿No lo ves? Estoy hecha para ti. Y acepto lo que eres con todas sus consecuencias.- Diciendo esto me retiró la camisa y empezó a deshacerse de mi cinturón. La escuchaba, sin respirar, atento a cada una de sus palabras, su modulación, su significado. Mis ojos iban de los suyos al resto de su cara, estudiando cada uno de sus cambios expresivos.

-Quiero sentir que soy tuya, y no me importa, ¿me escuchas, cabezota?-dijo tomando mi cara entre sus manos y clavándome su cálida mirada- no me importa que bebas de mí. No es sólo por el casi insoportable placer que me haces sentir, es también la sensación que me queda después. Es como mezclarme contigo, saber que una parte de mí corre por tus venas... lo sabes, ¿verdad? –la abracé con fuerza, apretándola contra mi pecho. Estallaba de felicidad al escuchar sus palabras pero no podía dejarme llevar, no podía olvidar.

-Bella... amor mío... es peligroso para ti que yo pierda el control. Nunca me crees cuando te lo digo.

-Edward, estás exagerando, como siempre. Si me hubieras pedido beber de mí te habría dicho que sí y tú eso lo sabes. Por eso te has dejado llevar- se soltó de mi abrazo y agachándose me quitó los pantalones y los boxer en un solo movimiento. Por un momento pensé que había usado velocidad vampírica, y sonreí internamente ante la idea – Ven, Edward.- Tiró de mi mano y abrió la puerta del baño.

Una nube de vapor se escapó del interior y nos sumergimos dentro. El jacuzzi estaba preparado, y no sólo eso, el iPod de Bella tenía un pequeño altavoz incorporado. La miré admirado. Sin dejar de mirarme a los ojos se estiró un poco para darle al "play" del aparato.

-¿Intenta seducirme, doctora Swan?- pregunté alzando una ceja. Como única respuesta ella sonrió tímidamente.

Bella se quitó el albornoz y siguió tirando de mi mano hasta que ambos estuvimos dentro del jacuzzi. Entonces se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a besarme la cara, el cuello, los hombros. Mi excitación no tardó en hacerse notoria al tiempo que cualquier sentimiento de culpa se esfumaba con el vapor. Sus manos me acariciaron dulcemente el pecho, el abdomen... cerré los párpados abandonándome a lo que me hacían sentir mientras iban siguiendo hacia abajo, y escuché un levísimo siseo cuando su mano derecha tocó el agua.

-¿Te duele?- pregunté tomando la mano que ella misma se había mordido.

-Sólo me ha escocido un poco al tocar el agua.

-Déjame ver- dije, examinando la herida.

Me había concentrado en la deliciosa sangre que fluía de la suave piel de su ingle y había olvidado la mano. Observé un hematoma en su dedo índice y dos pequeñas incisiones superficiales. La escasa sangre que había brotado de esa herida había sido suficiente para terminar de enajenarme y empujarme a morderle la vena que tenía más cercana... la femoral. Suspiré y alcé la vista. Bella me miraba con cierta vergüenza.- Se supone que aquí el que muerde soy yo – bromeé curvando mis labios.

-Era eso o gritar... no sé qué te parecía mejor opción dadas las circunstancias. Ah...-jadeó al sentir mi boca y mi lengua sobre su mano. Lo hacía para curarle la herida pero su respiración se estaba agitando y sus latidos golpeaban con fuerza su pecho. Su reacción y el sabor de su piel hacían que mi erección fuera ya tan dolorosa que no podía esperar a hundirme en ella.

-Si vuelve a suceder prefiero que me muerdas a mí- la tomé de las nalgas y la desplacé más cerca de mi dureza. Se le escapó un leve suspiro al sentirme tan cerca.

-¿Quieres decir que volverá a suceder?-me miró a través de sus largas pestañas, mordiéndose el labio inferior.

-Pervertida -murmuré, mordiéndole suavemente un dedo.

-Pervertidor- devolvió en un susurro.

-Si me provocas lo suficiente, y parece que disfrutas con ello, volverá a suceder. Y tú serás la responsable de las consecuencias – advertí.

Entonces de un solo movimiento la alcé y la coloqué sobre mí; me fui introduciendo en ella despacio, disfrutando de cada milímetro que avanzaba entre sus abrasadoras paredes. La abracé por la cintura, disfrutando del tacto de su piel desnuda, tibia y húmeda en contacto con la mía, del latido de su corazón golpeando mi pecho. Ella se acercó más y, rodeándome el cuello con sus brazos, reclinó su cabeza con abandono sobre uno de ellos. Repartí besos suaves por toda la línea de su cuello, inspirando sobre su piel, llenándome de su olor. Bella empezó a moverse suavemente al sentirme completamente dentro de ella.

-No. No te muevas- pedí con dulzura. Quería frenar el tiempo, quedarme así para siempre, dentro de ella, abrazado a ella y por ella. Ella gimió levemente protestando y sonreí sobre su piel- Sshhh. Déjate llevar.

Percibía el sonido del aire y el suave movimiento de su pecho al respirar, y en aquel silencio podía escuchar la sangre fluyendo bajo su piel. Todo su cuerpo me hablaba y en silencio me proclamaba su amor. Puse mis manos sobre sus caderas y las mecí con suavidad pero con firmeza, sintiendo el tormento que sus cada vez más apretadas paredes imponían contra mi miembro. Ella se dejó llevar dócilmente, su aliento cerca de mi cuello, cada vez más superficial, cada vez más quejumbroso. La presión en mi vientre me hacía sentir la urgencia de acelerar el ritmo pero me controlé. Quería más de ella.

-Oh, Edward- casi sollozó.

Ninguna música podía compararse a este sonido, mi alma vibraba cuando ella cantaba su placer. Deslizó sus manos alrededor de mis hombros, mis brazos, buscando las mías, liberándolas de sus caderas y entrelazándolas con las suyas. Se irguió y me miró al interior de los ojos, clavándome sus ojos profundos, húmedos y brillantes de amor y deseo. Con nuestros dedos entrelazados nos movimos uno con el otro, sincronizadamente.

-¿No decías que nadie podía hacer que bailaras? Estás danzando conmigo- susurré contra su boca, que se curvó al escucharme. Lamí sus labios entreabiertos y su boca me abrió paso. Mi lengua y la suya se entrelazaron con dulzura, siguiendo el ritmo de nuestros cuerpos.

-Edward-gimió y se separó de mi boca una fracción de centímetro.- No puedo más. Lo necesito.

-¿El qué necesitas, amor?- la apremié, mientras lamía un punto debajo de su oreja, aquél que la volvía loca.

-A ti. Más profundo. Más fuerte- se quejó fuertemente.

-¿Y cómo se pide?- la mortifiqué.

-Por favor- casi chirrió su voz mientras contraía el interior de su pelvis contra mi erección.

Liberé sus manos y ella las entrelazó en mi nuca. La tomé de las caderas y me moví profundizando la invasión de su cuerpo. Ambos gemimos con fuerza. Me sumergí en su mirada chocolate y ella se perdió en mis ojos, mientras salía y volvía a introducirme en ella, una y otra vez, aumentando el ritmo. Ella sincronizó sus movimientos con los míos intentando aumentar el roce pero yo no se lo permitía.

-Voy a hacer que vuelvas a desmayarte, amor- dije, y bajando la cabeza tomé uno de sus pezones entre mis labios, succionando y mordiendo, lamiendo y rozando.

Ella gemía ya totalmente abandonada a sus sensaciones, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los párpados. Hasta que su cuerpo explotó.

-¡Edward!- gritó, y se arqueó bruscamente hacia atrás, temblando.

Sentí su convulsión en mi miembro y ya no pude controlarme más. Mi orgasmo se liberó y me golpeó con tanta fuerza que creí que sería yo el que se desmayaría. Me vertí en su interior abrazándola con fuerza, queriendo fundirme con ella en ese instante íntimo, momento en el cual ella se convulsionó por segunda vez y me mordió el cuello con fuerza ahogando un segundo grito sobre mi piel. Las descargas de placer sacudieron nuestros cuerpos una y otra vez, golpeándonos como las oleadas de un mar embravecido. Cuando la marea se retiró y nuestra jadeante respiración se calmó acaricié a la mujer que amaba recorriendo su espalda de arriba abajo. Estaba completamente exhausta, derrumbada sobre mí, y creo que se mantenía erguida sólo porque yo la sujetaba. Pero noté que aún estaba consciente. Chasqueé la lengua fingiendo disgusto.

-Vamos a repetirlo, amor. No he conseguido que pierdas la conciencia – murmuré.

-Mmmm.

-Si no me dices que no, lo haré. Ni siquiera he salido de ti y noto que casi vuelvo a estar preparado- añadí pícaro.

-Mmmm- contestó ella elevando el tono un poco más.

-Vale, en la escala de coma de Glasgow eso es casi equivalente al desmayo- añadí con petulancia.

Lo cierto es que no había mentido, mi cuerpo estaba ya listo para un segundo asalto y así se lo demostró. Cuando Bella lo notó toda su astenia desapareció y se irguió bruscamente, mirándome con los ojos como platos.

-Te lo advertí - hice una mueca como disculpándome. Me moví dispuesto a abandonar su cálido refugio pero ella me detuvo. Esta vez fui yo quien la miré con los ojos como platos, al tiempo que ella se mordía el labio inferior.- ¿Eres insaciable?

-No tanto como usted, doctor Cullen- susurró con voz ronca, entrecerrando los párpados.

-Si mañana no puedes caminar no te quejes- la reprendí sonriendo mientras empezaba a mecerme con su cuerpo, de nuevo.

-Lo prometo- aseveró ella y envolviéndome, me clavó las uñas en la espalda. Suspiré.

BPOV

- Buenos días, amor- sentí los labios de Edward posarse en mi hombro, sus brazos alrededor de mi cuerpo, una de sus piernas encima las mías y la otra enredada entre mis tobillos.

Mis ojos no me obedecían. Mis músculos se negaban a funcionar, pero existían, porque si no no me dolerían, pensé con lógica. Sobre todo los de cintura para abajo. La conciencia fue llenando mi presente, y recordé la noche anterior. Todo. Desde la cena al jacuzzi, pasando por el callejón. Y el mordisco. Por lo menos esta vez no estaba en un sitio visible, volví a pensar con lógica aplastante. Estaba tan extenuada que no podía sentir nada más que una tremenda laxitud. Ni pudor, ni excitación, ni lujuria. ¿Se habría terminado ya mi dosis semanal de esta? A lo mejor ya no volvía a desear a mi novio hasta dentro de... ¿un par de días?

-Dormilona. No sabía si despertarte, pero creí que querrías aprovechar el domingo para continuar haciendo turismo- movió una mano y me rozó un pezón con ligereza. De inmediato el interior de mi pelvis se contrajo de excitación.

Como si él se hubiera dado cuenta sonrió ladeado. Insaciable. Era una adicta sin remedio, y comprendí que jamás tendría suficiente de él. Cuanto más me daba, más necesitaba. Él era mi droga. Intenté conectar mi mente racional, que era evidente que tardaba más en despertar que mis apetitos sexuales. Estaba en Seattle con Edward. Habíamos venido a hacer turismo. Lo demás podíamos hacerlo en casa... o en cualquier sitio. Vamos, Bella... uno, dos, ¡tres!

Me levanté de la cama de un salto y corrí hacia el baño sin mirar atrás para no dejarme arrastrar por la tentación.

-¡Turismo!-exclamé. Antes de cerrar la puerta pude escuchar su risa.


-Me ha encantado el Centro de Ciencias, y la exposición sobre Harry Potter estaba muy bien montada. ¿Te ha gustado?-lo miré.

-Me ha gustado ver cómo disfrutabas- apartó la vista de la carretera y sonrió mirándome. El clima nos había bendecido de nuevo con tan sólo un leve chubasco y volvíamos a Forks por una carretera poco transitada y casi seca.

Edward me dejó en mi casa y se marchó a la suya para arreglarse para la fiesta de Anne. Esta me había amenazado con volverme a llevar de compras si no me presentaba en su casa engalanada de la cabeza a los pies. Algún día tendría que presentarle a Alice, seguro que harían buenas migas.

Angela no estaba en casa. Cuando entré en mi habitación encontré una nota sobre la cama donde me decía que pasaría el día entero fuera con Jake y que llegaría directamente a la fiesta.

Abrí mi armario. Ahora ya no parecía una gran cavidad inútil excavada en la pared sino que tenía bastante contenido. Como no hacía nada de frío elegí un vestido fino y escotado, de punto en distintos tonos grises, unas medias a juego y unos zapatos de tacón. Me vestí sin ponerme los zapatos, bastante iba a tener que sufrirlos en la fiesta como para querer prolongar la tortura. Me arreglé el cabello, marcando las ondas naturales con la ayuda de la plancha del pelo, y me maquillé con suavidad.

Me senté en la cama y me incliné para colocarme uno de los zapatos. Cuando levanté la vista vi a alguien apoyado en el umbral de mi puerta y grité involuntariamente.

-¡Edward! Tienes que dejar de entrar así en mi casa. ¡Podías haberme avisado de que estabas aquí!- le increpé mientras él reía a carcajada limpia. -¿Quieres que muera de un infarto?-fruncí el ceño. Mi corazón retumbaba en mi pecho. En un instante lo tenía arrodillado enfrente de mí.

-No digas eso- me reprendió, a veces no toleraba según qué tipo de bromas sobre mi muerte. Tomó en su mano el zapato que aún no me había puesto y lo encajó delicadamente en mi pie como si yo fuera una moderna cenicienta y él mi príncipe.

-En serio, no me des estos sustos-observé que llevaba puesta una camisa blanca de lino sin corbata y un traje gris de tejido fino. Me lo bebí con la mirada, debía ser pecado contemplar tanta belleza. Advirtiendo mi expresión desplazó las manos hacia arriba por la cara interna de mis piernas y se detuvo al llegar a las rodillas, separándolas un poco.

-Si aún estás nerviosa conozco una forma de relajarte- era el diablo de la lujuria tentándome. Y luego la insaciable era yo. Con un esfuerzo sobrehumano decidí que era hora de irnos a casa de Anne, si llegábamos tarde me asesinaría.

-Sátiro- sonreí mientras le echaba para atrás con un pie apoyado en su hombro. Dio un salto felino mientras se incorporaba, como si yo por un momento pudiera haberle hecho caer. Sentí una oleada de deseo como cada vez que le veía hacer esas cosas.

Como cada vez que le veía hacer cualquier cosa, para qué engañarme.

Estaba oscureciendo cuando llegamos a casa de Anne. Edward aparcó en el lugar dispuesto para ello y me tomó de la cintura. De esta forma nos dirigimos hacia la fiesta. El lugar estaba iluminado por hileras de bombillas y farolillos de colores distribuidas por encima y alrededor del camino de entrada, el campo de baloncesto que hacía las veces de pista de baile y el espacioso jardín. Varias mesas estaban distribuidas en el exterior de la casa, todas surtidas de apetitosos platos. Desde luego Mónica tenía razón: Anne echaba la casa por la ventana el día de su cumpleaños. Conforme nos adentramos por el sendero del jardín fuimos saludando a conocidos. Anne y Paul se acercaron a recibirnos cogidos de la mano.

-Vaya, ya es oficial. Estás fuera del mercado - bromeó Edward.

-Serás jodido, tío. Tú ni siquiera llegaste a entrar en el mercado y ya estás fuera. Dime cómo se come eso -se burló el anestesista.

-La estaba esperando a ella- Edward sonrió ladeado, mirándome.

-¡Dios, alguien que os traiga un hipoglicemiante, tenéis la glucosa por las nubes!-bromeó Anne, rodando los ojos. Se la veía feliz.

-Anne, esto está genial- eché un vistazo admirativo a mi alrededor.

-Gracias. Este año aún lo he querido hacer mejor... al fin y al cabo es mi último año de especialidad. Y está todo previsto: si nos llueve, adentro está todo preparado para recibirnos.

-Por ahí llega Angela -levanté el brazo y agité la mano para saludarla.

En aquel momento entraba por la puerta del jardín mi amiga. Llevaba puesto un vestido color burdeos y un abrigo negro entallado por encima. Estaba preciosa y, quizá era porque yo lo sabía, pero me pareció que su cara estaba especialmente resplandeciente. Jake la abrazaba posesivamente, en su cara una expresión levemente recelosa. O quizá era que yo estaba a la defensiva con él. Ángela nos vio y tiró de Jake para acercarse a nosotros.

De forma inesperada Edward se deslizó delante de mí y extendió un brazo para impedirme que me moviera.

-No te muevas, Bella-murmuró tan bajo que apenas pude escucharlo.

Y entonces Jake se abalanzó hacia nosotros.


Este Jake... Nos vemos el lunes, se os quiere.