Buenos días. Veo que el capítulo previo despertó un gran sentimiento de "amor" en vosotras ;-). Sólo os puedo decir que arreglaré lo de Angela, os lo prometo, pero aún tienen que pasar varias cosas...

El de hoy viene con música. Os tengo que decir que escribí este capítulo escuchando esa música, fue la que me lo inspiró, y es el alma del texto. Así que si lo leeis sin música desde el móvil o lo que sea os perdéis la esencia del capítulo. El enlace es este y lo pongo también en mi perfil; quitad paréntesis, ya sabéis. Dadle al play cuando Bella encuentra a Edward tocando el piano.

www(.)youtube(.)com/watch?v=mZS9gTQNE1Y&feature=related

Nota: Esta música pertenece a la BSO de la película El piano. Su autor es Michael Nyman y es una de mis BSO favoritas (soy aficionada a ellas).

Ya sabéis que la semana que viene no hay actus. Las reiniciaré el 11 de julio, lunes, si todo va según lo previsto. Os echaré de menos :-*.

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Comentarios sobre el 38:

Martinita, v. cullen, yamira, SalyLuna, Bellaliz, Isa-21, yeraldin23, Ayame chan, os anoto en el club de fans de Jake ;-). Odioso sí que es.

PRIGSPE, me hizo gracia lo que dijiste del cursor, gracias!

Pegn, me dio risa lo de chunovio, gracias por tu confianza en lo de sorprenderos...

ISACOBO, ojalá reaccione Jake, cierto.

Hoshii446 , sí, en algún momento Angela se enterará. Lo prometo ;-). Y lo de Daniel, veremos...

I love Edward, lo que me reí con tu sarta de insultos, jajajaja. ¿Maldito machista? Bien, bien, así se habla!

Aris123, ¿Asquerosa desde el cariño? Eso es como vete un ratito a la mierda pero con cariño, ¿no? Jajajaja. Lo de contarle la verdad a Angela ahora no es buena idea, Bella teme asustarla, y tampoco es algo de ella, es un secreto de los Cullen. Y para contarlo necesita el permiso de Edward, y razonarle el por qué quiere explicárselo a su amiga... Complicado. Ah, me declaro rehén tuya ya mismo: ¿chocolate y vino? ¿Y qué crees, que no lo solucionaré? Recuerda el sms que te mandé, soy mujer de palabra ;-)

Sarah-Crish Cullen: Ali, me encantó eso de que todo el mundo merece una oportunidad, Jake es tan prejuicioso...

Paola Cullen, siento que lloraras, te apunto al club de fans de Jake.

Anaidam, todo un post científico, jajaja. Me gustó el resultado, sobre todo: "eso da un resultado de crisma rota por imbécil". Pero también comprendes un poco que Bella ceda a ese chantaje. No le gusta pero una parte de ella lo entiende. Y sí, Ang se enterará. Otro achuchón para ti y disfruta de tus vacas.

AnithaPattzCullenPacker, ¿tú también echas de menos a Ed cyuando no sale? Y yo ;-).

Gine, otra fan de Jacob.. Sí, debería respetar un poco más a Angela

Nohemi, tú también lo entiendes un poco... en el afán por hacer un bien está haciéndolo mal, pero así pasa muchas veces.

Audrey, pues hacer desaparecer al HDP... no, de momento no ;-).

ladyArwen, me hizo gracia lo de colgar a Jake de los huevos a ver si se convierte en castrato y se suaviza, XDD. Espero que te mejores.

daniielacullen, miedo me das... que parezca un accidente? Te nombro presidenta del club de fans de Jake, ;-).

Bienvenida, Debi! Vaya, te tomaste la molestia de comentar todos los capítulos, ¡estoy impresionada! ¡Gracias!


Capítulo 39

BPOV

-Varón, doce años, pérdida de conciencia de un minuto con recuperación espontánea tras traumatismo abdominal en parque de atracciones -cantó el paramédico que llevaba la camilla.

-Joder, tío, qué humillante, si puedo andar perfectamente - protestó el delgado adolescente.

Lo seguí hacia el único box que quedaba libre en Urgencias. Mi último paciente. Aquel turno estaba resultando agotador y yo deseaba salir puntual porque sabía que Edward estaría esperándome. Hoy celebrábamos nuestro primer mes viviendo juntos y habíamos optado por una cena romántica en un restaurante. Bien, como siempre sólo yo cenaría, pero romántico iba a serlo. Mi adorable novio se había ofrecido incluso a comer algo ligero para que no me sintiera incómoda, después iría al lavabo a vomitarlo, por supuesto. Pero yo sabía cuánto odiaba la comida humana. Decía que sabía a tierra y yo no quería que pasara por eso. Ya estaba acostumbrada a alimentarme mientras era observada.

-Lo siento, es el protocolo del hospital en las pérdidas de conciencia -me disculpé con una sonrisa y me coloqué a su lado en la camilla del box.

-Bueno, si vas a ser tú mi doctora no hay problema- guiñó un ojo el chico. Bree, la enfermera que le estaba tomando las constantes vitales, sofocó una sonrisa.

-Estoo... ¿y tu madre?- repliqué sonrojándome tontamente ante el piropo de aquel proyecto de hombre adulto.

-Dando mis datos y toda esa mierda que pedís en estos sitios. Pero no hay prisa de que venga, ¿no?

¿Pero qué le dan de comer a esta juventud? Si podía ser su madre... si lo hubiera tenido con 14 años, claro.

-Vale, Casanova, para el carro y cuéntame qué recuerdas.

-¿Casa qué? Me llamo Seth.

-No hace falta que me lo jures: no sacaste buena nota en literatura. Sólo cuéntame qué te ha pasado -bufé y le eché un vistazo rápido a mi móvil. Ya era casi la hora de finalizar mi turno y si no agilizaba la visita llegaría tarde.

En aquel momento entró Garret Randall, el cirujano pediátrico, quien me clavó su oscura mirada de esa forma que me hacía sonrojar. Claro que a mí casi todo me hacía sonrojar. Era una de las cosas que a Edward le gustaba de mí.

Y parecía que al doctor Randall también.

El chico cambió su actitud tras la llegada de mi superior y más aún cuando su madre entró en el box, y se puso a la labor de contarnos lo que recordaba. Había subido en unos autos de choque sin ponerse el cinturón (para qué) y había chocado de frente varias veces (por qué no) contra sus amigos. En uno de esos choques se había golpeado el abdomen con fuerza contra el volante, pero había seguido en la atracción hasta que se detuvo. Fue cuando se levantó del asiento que se sintió mareado, cayendo al suelo.

-Diagnóstico y tratamiento, doctora – los brillantes ojos del doctor Randall me contemplaban examinar rápidamente a mi paciente, sin perderse un detalle de mis movimientos.

Odiaba ser el centro de atención, y más aún de un adjunto, y más aún todavía de un adjunto joven y atractivo que me observaba de aquella forma. Lo conocía poco, pero por experiencia sabía que no era normal que un adjunto supervisara tanto a un residente de último año. Pero era mi superior y no podía mandarlo a paseo.

-¿Dónde te duele más?-pregunté a Seth.

-Todo. Me duele toda la barriga. Y el hombro izquierdo, más cuando me tocas la tripa.

-¿El hombro izquierdo?-pregunté alarmada.

-Sí, no sé, igual me lo he golpeado al caer.

-No creo, los hematomas por la caída están en tu lado derecho.

-¿Y bien, doctora?-Garret alzó una ceja interrogativa. Parecía Sherlock Holmes cuestionando a Watson.

-Bueno...- miré tímida a la madre del chico y al cirujano – Seth tiene taquicardia leve, presión arterial normal, aún no hay palidez, pero... tiene síntomas de sangrado peritoneal, posiblemente se ha producido una fisura en el bazo al golpearse contra el volante del auto. Lo del hombro es muy significativo. Yo solicitaría hemograma, pruebas de coagulación, y pruebas cruzadas por si necesita una transfusión. Una ecografía ahora mismo confirmaría el diagnóstico. Creo que tiene trabajo, doctor – terminé, más segura de mí misma al observar su expresión. Garret asintió.

-Exacto – afirmó y miró a la madre amablemente.- Señora, como ha dicho la doctora Swan probablemente haya que intervenir a su hijo, debe tener una fisura en el bazo por donde está sangrando. Lo confirmaremos con una ecografía y si es así habrá que intervenir para cerrar eso o no, depende de la importancia del sangrado.

Fue Garret mismo quien hizo la ecografía, confirmando el diagnóstico. Tranquilizó a la preocupada madre y al aún más ansioso adolescente. En ese sentido me recordaba a Edward, sabía ponerse en el lugar del paciente e intentaba calmar sus miedos dentro de lo posible. En una especialidad dura como la cirugía eso era poco frecuente y muy de agradecer. Y más aún en un cirujano pediátrico.

Una vez se hubieron llevado al chico a quirófano le eché un vistazo al reloj de pared que había sobre el mostrador principal de la sala de Urgencias del Hospital Infantil de Seattle. Pasaban minutos de las seis de la tarde. Suspiré. Mi turno tendría que haber terminado hacía una hora, pero era lo que tenía esta profesión. No podías dejar a un paciente grave a medias porque ya se había terminado el turno.

Me cambié de ropa en el vestuario femenino lo más rápidamente que pude, que no fue mucho porque estaba agotada. Las Urgencias quemaban más que otras especialidades. Y siempre salía tarde. Ansiaba ver a mi adorado novio... y nuevo compañero de piso. Reprimí como pude la oleada de pena que me asolaba cada vez que recordaba a Ángela.

Al final habíamos terminado viviendo juntos, y aunque temía que nuestra relación se volviera rutinaria... esa palabra y Edward no se llevaban bien.

Recordé cuando hablamos de nuestro traslado a Seattle. Fue fácil solucionar el tema del trabajo. Emily aceptó que yo me fuera unas semanas antes de lo previsto tan bien como al principio había aceptado que me quedara más tiempo. Sin pedirme explicaciones. No sabía qué clase de jefe sería James pero desde luego no creía que fuera mejor que su ex. Mis compañeros incluso me organizaron una cena de despedida. Mucha gente relacionó nuestra marcha con los acontecimientos en la fiesta de cumpleaños de Anne, y realmente no les faltaba razón, pero ninguna especulación se acercaba a la verdad.

Afortunadamente.

El momento complicado vino cuando Edward me pidió que fuera a vivir con él. Acabábamos de hacer el amor en su cama. Me miró intensamente con aquellos hermosos ojos, me habló con aquella voz de terciopelo, y casi temí que se arrodillara y sacara un anillo. Vi el dolor en su mirada cuando leyó la duda en mi expresión, pero sólo duró unos segundos.

-Si quieres podemos tener habitaciones separadas. O yo puedo vivir en el piso de abajo del dúplex y tú en el de arriba. Puedo entrar por la ventana de tu habitación y será casi como si siguieras viviendo en Forks.

La pena que sentí entonces al pensar en Ángela lo confundió, y creyó que me angustiaba la idea de irme a vivir con él. No me angustiaba, pero en mi interior una pequeña parte seguía luchando contra mi absoluta necesidad de él. Pero entonces recordé las palabras de mi amiga. ¿De qué tenía miedo? No podía luchar contra la necesidad de respirar, y él era tan necesario como el aire para mí. Además siempre había sabido darme mi espacio, y eso no cambiaría al vivir juntos. Simplemente desaparecería el anhelo que sentía cada vez que nos separábamos.

-No te preocupes, buscaremos un piso para ti cerca del Hospital Infantil...

-¡No! No. Quiero que estemos juntos, Edward. Quiero encontrarte cuando me despierte por la mañana, cuando me acueste por la noche, cuando me levante de una guardia...

-¿En serio?

Recuerdo su perfecto rostro iluminado por la felicidad como si fuera un árbol de Navidad. Luego bromeó diciendo que tenía miedo de encontrarse conmigo cuando yo salía de guardia.

Fui arrastrando los pies en dirección a la salida. Cuando vi a Edward esperándome frente al mostrador de la recepción de Urgencias mi cuerpo se sintió más ligero. Llevaba meses saliendo con él y aún sentía mariposas en el estómago cuando lo encontraba tras unas horas sin verlo. Me pregunté si alguna vez me acostumbraría.

-Hola - dije casi con timidez.

Como respuesta me tomó la cara entre sus manos y me besó, suavemente al principio, luego más profundamente, hasta que mi turbación me hizo separarme de él.

-Edward, estoy en el trabajo -susurré reprobadora.

-Sólo quiero dejar claro a quién perteneces –replicó en el mismo tono de voz, como bromeando, pero sus ojos ardían.

Me tomó de la cintura y nos encaminamos a la salida.

Una vez fuera rodeó mi cuello y mi cintura con sus brazos y me besó con pasión. Esta vez me dejé llevar por la caricia de su lengua sobre la mía, por su sabor delicioso. Cuando su boca liberó la mía mi respiración era jadeante y mi piernas un tambaleante flan apenas capaz de soportar mi peso.

-Creo que este tipo de besos está prohibido en este estado, por lo menos en público.

-Te habría besado así allá dentro- apuntó con la barbilla el edificio del Infantil. Sus brazos seguían rodeando mi cintura, pegándome a su duro cuerpo- Pero no me has dejado. Aunque si llega a estar Randall cerca de nosotros no te habrías librado.

-¿Garret? Un momento... ¿cuánto tiempo llevabas esperándome? –fruncí el ceño.

-Lo suficiente como para escuchar lo que te decía, y lo que es peor, lo que no te decía. Y ahora por su culpa lo que quiero es llevarte a casa y darnos una ducha juntos para borrar su desagradable olor de ti- su expresión intentaba ser contenida pero yo detectaba una chispa de ira... y deseo.

-Oh... no, Edward, no haremos eso, por lo menos ahora. Me habías prometido una cena, una cena romántica – remarqué.

Estaba cansada e irritable, y en aquel momento no me sentía nada comprensiva con los celos de Edward.

-Está bien, tienes razón –repuso secamente.

Me tomó de la mano y caminamos en un tenso silencio hasta llegar al restaurante, que no estaba muy lejos de mi lugar de trabajo. Me sentí un poco deprimida. Todo el día esperando este momento, y ahora sentía esa desagradable tensión entre nosotros.

De pronto Edward se detuvo a unos metros de la puerta del restaurante y tiró de mi mano con fuerza, arrastrándome hacia sí y envolviéndome con sus brazos.

-Lo siento -murmuró contra mi cabello.

-Yo también. Estaba... estoy cansada –expliqué sobre su pecho.- Sé que es duro para ti escuchar determinados pensamientos de otros hombres, pero Edward... yo llevo meses soportando cómo el noventa por ciento de las mujeres y el diez por ciento de los hombres con los que te cruzas se te comen con los ojos. Y aunque a veces me molesta, sobre todo si la mujer es muy atractiva, la mayoría de veces lo único que pienso es "Jodeos, es mío". -Edward soltó una carcajada y yo sonreí.- Confía en mí como yo en ti, amor. No puedo evitar las atenciones del doctor Randall. Pero se puede joder porque yo soy tuy... -no pude acabar la frase porque su boca invadió la mía vorazmente, robándome de nuevo el aliento. Mi cuerpo entró en ignición desde la raíz del cabello a las uñas de los pies. Nuestros labios jadeantes se separaron unos milímetros y me sentí mareada. El sabor y el aroma de Edward me hacían perder la cordura.

-Será mejor que entremos. Una frase más como la que acabas de casi-pronunciar y te arrastraré al callejón más cercano. Y lo que te haría no tiene nada de romántico -su ronca y vibrante voz penetró hasta lo más profundo de mis entrañas, haciéndolas contraerse.

No sería romántico pero yo también estaba a punto de mandar la cena a paseo. Sonreí mientras entrábamos en el restaurante. Las cosas entre Edward y yo habían sido así desde nuestro primer beso. Un momento estábamos hablando tranquilamente y al siguiente una chispa se encendía y la pasión se apoderaba de nosotros de forma explosiva.

La cena fue romántica de veras. Nuestra mesa estaba en un lugar apartado e íntimo del restaurante, había velitas sobre la mesa, y la comida italiana era deliciosa. Pudimos conversar tranquilamente, mirarnos a los ojos en silencio y enlazar las manos entre plato y plato.

Pero mi cansancio no tenía nada de romántico. En cuanto me relajé con la compañía de mi novio y me olvidé de las preocupaciones del día todo mi cuerpo pidió estirarse sobre una cama y no moverse durante horas.

-¿Es más duro el trabajo aquí que en Forks?- me preguntó él dulcemente, acariciándome la mano.

-No, es la estancia en Urgencias, me estresa mucho -tomé un sorbo de vino y cerré los párpados unos segundos, volviendo a bloquear el recuerdo de mi amiga.- Y no creo que mejore el próximo mes, me toca pasarlo entero en la UCI neonatal -suspiré, recordando que había sido uno de mis campos favoritos dentro de la especialidad.

Había sido, porque ahora echaba de menos a mis compañeros del Comunitario de Forks, a Anne, Monica, a mi jefa, y por encima de todo a Angela. Tomé una pequeña cucharada de tiramisú y sentí una fuerte punzada en el pecho recordando nuestra cena de chicas en Port Angeles.

-¿Estás segura de lo de Angela? -tentó Edward.

Sus agudos sentidos estaban atentos a cualquier ínfimo cambio en mi expresión, movimiento, respiración... y cada vez le resultaba más fácil leerme.

-Ya te dije que sí. Por favor, no saques más el tema... me hace daño –supliqué tocándome el pecho.

-No te prometo que te haga caso, sabes que no estoy de acuerdo con tu decisión, pero lo intentaré -insistió, cabezota como yo.

Por supuesto, desde los primeros días de vivir juntos en Seattle Edward me había incitado a llamar a Angela. Entendía que no la visitara en casa de Jacob, pero no que no quedáramos en nuestra casa ni habláramos por teléfono. Así que le solté la gran mentira que tenía preparada: que aunque no estaba por completo segura de mi futura transformación era una idea que cada vez era más fuerte en mi corazón, y no quería que ningún ser humano me tomara demasiado cariño, ni, por supuesto, tomárselo yo. Edward se alegró por la primera parte de la mentira, la única parte cierta, pero puso mil y un reparos a la segunda. Me negué en redondo a discutir el tema, y él no insistió más. Por el momento. Supongo que notó que le ocultaba algo y quería que se lo explicara, pero de ninguna manera iba a conseguir eso. Si le decía la verdad saldríamos todos perjudicados.

Una vez en nuestra casa mi agotamiento iba a más, pero yo tercamente me negaba a darme por vencida. Quería que la noche tuviera su broche final, deseaba hacer el amor con él.

-Espera, Bella -susurró en mi oído cuando me abracé a él e intenté desabotonarle la camisa.- Déjame darte un masaje. Tus músculos lo están pidiendo a gritos.

-De acuerdo...-repuse dubitativa.- Pero creo que me voy a quedar frita. No sé si es buena idea.

-No pienses. Déjate hacer-susurró.

Y así lo hice.

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Cuando me desperté la habitación estaba a oscuras. Me había quedado completamente dormida gracias a las maravillosas manos de Edward, y seguía en la misma postura, boca abajo. Estiré un brazo tanteando la cama y me di cuenta de que él no estaba a mi lado. Miré la hora en el despertador de la mesita de noche. Las cinco de la madrugada. ¿Dónde estaría? Era raro que no estuviera a mi lado. Tan sólo eso bastó para desvelarme y hacerme incorporar.

¿Qué pasaba? Me coloqué el camisón (me había dormido con tan sólo las braguitas puestas) y fui a buscarlo. Sí, no recordaba haber usado camisón desde que era niña, pero... este era bastante sexy. Aunque no tanto como el que pasó a mejor vida cuando Edward bebió de mí la primera vez.

No estaba en el enorme balcón, uno de sus sitios favoritos del ático, así que fui al único sitio donde pensaba que podría estar. La sala de música. Esta era una habitación completamente insonorizada, con ventanales que llegaban del techo al suelo como los de toda la casa. Era increíble el buen trabajo realizado en aquella habitación, realmente podías estar aporreando el piano con muchas ganas que si la puerta de la sala estaba cerrada nadie te oía desde fuera. Y no es que yo hubiera probado a aporrear el piano... es una forma de hablar...

No sé por qué llamé a la puerta antes de entrar. Sí, sé por qué. Para Edward tocar el piano era algo tan íntimo que cada vez que lo interrumpía era así como interrumpir una conversación de padre a hijo, el sueño de un bebé, una charla entre enamorados... prefería avisar de mi presencia antes, como si él no me hubiera escuchado llegar.

Entré sin esperar a que me dijera que pasara, silenciosamente (para un humano) y contemplé la imagen que tenía ante mí: Edward estaba ya vestido, sentado ante el piano con los ojos entornados, y tocaba una deliciosa melodía, lenta y apasionada al mismo tiempo. No hizo ninguna pausa ni abrió los ojos cuando entré, y siguió acariciando las teclas del instrumento de esa forma tan sensual.

Me quedé plantada al lado de la puerta, contemplándolo embelesada.

-Siéntate a mi lado y cierra la puerta-pidió con suavidad sin abrir los ojos. Y así lo hice.

Me senté a su lado, contemplando hipnotizada el vaivén de sus flexibles y largos dedos sobre las brillantes teclas. Me sentí arrastrada tanto por la ferviente interpretación de Edward como por la música. Sus dedos fluían y sus brazos me rozaban una y otra vez mientras acariciaba el instrumento de una forma que me hizo sentir una absurda y dolorosa punzada de celos. El deseo iba creciendo en mi interior mecido por la cadencia del sonido.

Pero algo iba mal. Lo sentía, tan seguro como podía percibir la presencia de Edward sin verlo ni oírlo. Lo miré con ansiedad durante unos minutos.

-Bella, tengo miedo- murmuró por fin, sin mirarme ni dejar de tocar el instrumento.

-¿De qué...? ¿Por qué?- mi voz salió extraña y apagada, no queriendo romper la melodía con su estridencia.

-De que me dejes. De que algún día decidas que no es suficiente con que nos amemos para seguir juntos -abrió los ojos mirando las teclas, y en su perfil aprecié la angustia de su expresión.

-Edward... no dices esto porque estás celoso de Garret, ¿verdad? – tanteé, confusa.

-No estoy celoso de Garret, Bella. Estoy celoso de lo que él puede darte y yo no. De lo que cualquier hombre puede darte y yo no. Hijos, familia, una vida normal... Humanidad.

De pronto la mínima cantidad de aire que nos separaba me pareció un Universo. Me moví sobre la banqueta hasta que me coloqué a horcajadas sobre él, mis piernas apoyadas sobre el asiento. Pareció despertar de una especie de trance, y me miró sorprendido. Acuné su cara entre mis manos y lo miré directamente a los ojos. Quise borrar el dolor que estos transmitían, que se me hacía insoportable. Deposité ligeros besos en sus párpados, su nariz, sus pómulos, deslizando mis labios por la mandíbula. Apoyé mi frente en la suya, percibiendo su aroma seductor, su aliento perfumado.

-Nadie puede darme más humanidad que tú, amor. No necesito nada, nada más que tú. Tú lo eres todo. Por favor...-besé sus labios, apenas un roce.-Por favor...-entreabrí su boca con la punta de mi lengua y acaricié la suya suavemente.-No tengas miedo...eres mi vida -susurré sin apenas separarme de él, los dedos perdidos entre sus sedosos cabellos.

Volví a besarle y esta vez mi lengua fue voraz, quería devorar su boca, llevarme esos pensamientos que le atormentaban, hacerlos arder y volverse humo... hacerle olvidar. Pude notar que poco a poco su cuerpo abandonaba su resistencia, amoldándose al mío, a mis caricias, a mis brazos. Su boca me correspondió y su lengua bailó sensualmente con la mía. Sus brazos rodearon mi cintura abrazándome tan fuerte que mi respiración se volvió dificultosa, pero no me importaba. Sus labios recorrieron mi cuello depositando húmedos besos por toda la curvatura. Inspiraba sobre mi piel y luego exhalaba sobre la piel humedecida, provocando escalofríos de gozo que recorrían mi cuerpo.

-El perfume del amor-su voz fue una caricia sedosa en mi cuello.

-¿Qué?- pronuncié con dificultad, en parte por la fiebre que se apoderaba de mí y en parte por el fuerte abrazo.

-Es el título de la pieza –repuso antes de volver a saborear mi boca en un beso lento y sensual. Alzó mi camisón, despojándome de él sin dificultad. Se echó hacia atrás mirándome de arriba abajo con ojos ardientes.- Eres tan hermosa...- Sus manos se posaron en mis endurecidos pezones, acariciándolos en círculos. Luego inclinó la cabeza e introdujo uno en su boca, succionándolo y rodeándolo con la lengua al mismo tiempo, mientras con la otra mano no dejaba de acariciar el otro pecho, rozando el pezón con suavidad.

-Por dios, Edward... espera –gemí.

Ansiaba aumentar el electrizante contacto de nuestras pieles y aferrando el borde de su camiseta se la quité. Besé y lamí su cuello, su boca, su marcada mandíbula, y adherí mi cuerpo al suyo con desesperación, como si quisiera fundirme con su piel, y en aquel momento sentí el latido de mi corazón como si fuera el suyo.

Sentí su erección presionando con fuerza justo donde más lo necesitaba y sin dejar de lamer, acariciar y besar cada centímetro de su piel a mi alcance, me mecí suavemente sobre él. Gemíamos con dulzura, con suavidad, como si la música aún sonara en el piano y no quisiéramos interrumpirla.

-Bella... te necesito...-pronunció en un suspiro, y no esperé más. Me aparté lo mínimo para ayudarle a liberar su erección y él se deshizo de mis braguitas en un instante. Me alzó levemente y me penetró con delicadeza, como si fuera más frágil, como si temiera romperme.- No te muevas... Espera. Adoro sentirte.

Rodeé su cuello con mis brazos, él me abrazó la cintura y nuestras caras quedaron a escasos centímetros. Su mirada oscura era al mismo tiempo fuego y dulzura y sentí calor en mi pecho, mis ojos se humedecieron y de pronto percibí con toda su fuerza la intensidad de mis sentimientos por aquel hombre que me miraba haciéndome sentir lo más importante del Universo.

Al cabo de unos instantes empecé a mecerme suavemente, sin apartar mis ojos de los suyos, saboreando la delicia de nuestros cuerpos unidos, el contacto de nuestras pieles, su aroma incomparable, el amor que desprendía su mirada. Continué mi sensual danza, meciéndome en círculos, observando las señales del placer en él: los labios entreabiertos, los ojos casi entornados y oscuros que se resistían a abandonarse, la respiración dificultosa, la tensión de su cuello, y de sus manos sobre mis caderas... mientras percibía cómo iba creciendo el placer en mi vientre, dulcemente.

-Déjate llevar, amor. Ahora -susurró él contra mi boca. Y de repente me sacudieron oleadas de placer, una y otra vez, y me sujeté a él con la poca fuerza que me quedaba, porque sentí que caíamos uno en brazos del otro.

Al cabo de unos minutos las oleadas cedieron. Sin separarme un ápice de él pegué mis labios a la piel de su cuello, besándolo.

No tengas miedo, amor. No te dejaré.

De forma súbita él se separó de mí y tomó mi cara entre sus manos.

-¿Qué has dicho?-me miró con los ojos muy abiertos, alerta.

-No he dicho nada- repuse.

-No tengas miedo, amor. No te dejaré. Lo sé. Lo he oído.


Gracias por leerme, chicas. Un beso y hasta dentro de unos días. Espero haberos dejado con buen sabor de boca.