Buenas noches. Como hoy ha sido fiesta aquí en España esto ya está listo. Para las que os preguntáis, por el motivo que sea, cuánto le queda a esto, lo repito: espero acabar antes del 70, o como MUCHO en el mismo 70. Y aún no sé si habrá epílogo. Me va a dar pena despedirme de la historia, pero os aseguro que no estoy por estirarla: ni la historia ni yo damos para más ;).

Gracias a YoliCullen por sacarme del enorme embrollo mental que tenía con este capítulo, y a Pegn y Maria José por su eterna ayuda.

Este capítulo va dedicado a Nurymisu, lectora y nueva amiga, a la que tuve el gustazo de conocer ayer mismo. Un abrazo para ti, hermosa. Te debo una invitación cuando acabe el fic, no me olvido.

Bienvenidas, DeniGranger y alessaCullen2314, ¡gracias por vuestras palabras!

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Paso a contestaros vuestros comentarios, porque tengo tiempo:

v. cullen, gracias por interesarte por mi descanso. Pues fue estupendo ;). Espero que London no te defraude.

Rocha... polvo londinense? jajaja... pues... no sé, no sé. Me lo pensaré.

I love Edward, yo también espero que ellos sean felices. Cuídate, hermosa flor mexicana.

ludgardita, yo voto porque Angela le suelte a sus padres que tendrán un lobito en casa, jajaja.

YoliCullen, gracias por tus palabras, tus ánimos y todo.

bellaliz, mi descanso fue bien, gracias! Sí, espero que Jake vaya entrando un poco en razón, ya toca.

CindyLis, espero no complicar las cosas mucho más, o esto no se acaba cuando he dicho, jajaja.

Isa-21, gracias a ti, guapa.

Nurymisu, Bella no estaba celosa antes de ser vampira... o no mucho. Pero los vampiros tienen fuertes instintos, y de ahí eso de marcar terreno, jajaja. Gracias por tus palabras y te lo repito: genial haberte conocido.

audreybaldacci, me reí con lo del machoman, jajaja. Gracias por tus palabras, a mí también me gusta Angela, no lo oculto.

Ely Cullen M, sí, dicen que la temperatura en Londres está sufriendo un incremento... gradual ;).

Naya, ya te respondí a la pregunta ;). Gracias por tus palabras y me encanta que te guste Danny.

liduvina, gracias.

Anaidam, eso ha sido un aullido? jajaja. "¡tíiiiiiio...!...no digas esas cosas...no las digas si el capi se va a terminar, dilas al principio, obra en consecuencia, sácanos de la órbita de la tierra y luego ya lo que quieras..." Pues... yo creo que va a continuar el tema del calentamiento global *silbido de disimulo*.

PRIGSPE, gracias por tus buenos deseos para Danny ;)

Paola Cullen, gracias por echarme de menos. A mí también me encanta leerte!

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Capítulo 63

BPOV

Londres nos recibió con un día gris, afortunadamente para Edward y para mí. Mientras recorríamos las calles de la ciudad Daniel miraba embobado a través de los cristales tintados del Mercedes, exclamando un montón de "Oh" y "Ah", "mira, Bella" y "mira, Edward" durante todo el trayecto. Su carita reflejaba toda la inocente ilusión que sólo la cara de un niño podía expresar.

Me hacía feliz su alegría, pero empezaba a sentirme ansiosa pensando en lo que nos deparaba el futuro. Al final Jasper me había convencido de que le explicara a Daniel el motivo de viaje, haciéndome comprender que mis reticencias a hacerlo no era más que... ¿qué palabra había empleado? Sí, procrastinar. Quería retrasar el momento de darle la noticia el máximo tiempo posible porque era algo que me disgustaba a mí. Pero habría sido una torpeza plantarnos en Londres sin informar antes al pequeño. Así que un día respiré profundamente, me senté con él en el suelo mientras jugábamos con un tren eléctrico, y le sondeé.

Danny... ¿te has fijado que muchos niños tienen un papá y una mamá?

Yo te tengo a ti y a Edward.

Sí. Siempre nos tendrás a nosotros dos. Eso te lo prometo. Siempre, no lo olvides jamás, ¿me oyes, peque? Pero hay algo de lo que quiero hablarte... ¿recuerdas a tu mamá?

¡No quero ir con ella!

¡No, no! No irás con ella, Danny, nunca más.

Lo había abrazado con fuerza, con la sensación de que yo estaba siendo muy torpe, pero era muy difícil encontrar las palabras adecuadas.

Sólo dime una cosa y ya no hablaremos más de tu madre, cariño...¿Alguna vez te habló de tu papá?

¿Un papá? Yo no tengo papá.

Sí, sí lo tienes, pero no lo conoces. Ni él a ti. Tu papá y tu madre dejaron de verse cuando tú estabas dentro de ella, y eras tan pequeñito que aún no hacías nada de bulto en la barriga. No como la de Angela.

¿Tengo un papá?

Y ¿sabes? Puedes conocerlo, si quieres. Y si no quieres, no. Haremos lo que tú digas. Daniel... te quiero muchísimo. No olvides eso. Jamás. Sólo... quería que supieras lo de tu papá.

En mi garganta se formó un nudo, y ya no pude continuar. Él no dijo nada más y nos habíamos quedado sentados en el suelo del cuarto de juegos, abrazados en silencio, hasta que Edward entró en la habitación. Se había sentado en el suelo, cruzando sus largas piernas, y había estado un rato contemplando la escena que formábamos Danny y yo abrazados, hasta que habló.

Estás con nosotros, Daniel, y lo estarás siempre y cuando quieras. Te lo prometemos. Sólo queríamos que supieras lo de tu papá, ¿sabes? Porque quizá, algún día, en algún momento, ahora o el año que viene, o cuando seas más mayor, decidas que quieres ver qué cara tiene. Quizá quieras saber si el color de sus ojos es como el tuyo, si es cariñoso como tú, o si le gusta Spiderman tanto como a ti.

Noté algo en el cuerpo de Danny. Un cambio de postura, una leve tensión. Edward se levantó, y nos dejó solos de nuevo.

Sí.

¿Sí...?

Sí quero conocer a mi papá. Pero no quero quedarme con él.

Entonces le había abrazado con más fuerza, prometiéndole que haríamos lo que él quisiera. Aunque a su padre no le gustara. O aunque a mí se me rompiera un trocito de corazón.

Entonces habían empezado los contactos con su padre. Comunicarle a un hombre que tiene un hijo secreto nunca es tarea fácil. Lo primero que hizo el doctor Stefan al escuchar la noticia había sido amenazarme con llamar a la policía, afirmando que si quería sacarle dinero no me iba a ser tan fácil, y después colgarme el teléfono. Pacientemente volví a llamarle y antes de que me amenazara de nuevo le di varios datos sobre Jane Taylor que hicieron que, si no me creía, por lo menos me prestara atención. Le mandé una foto del pequeño y a partir de entonces nos comunicamos por mail.

Le había dejado bastante impresionado el parecido del niño con él pero fue sincero y, aunque no negó la posibilidad de que fuera hijo suyo, continuó dudando de ello. Pero al parecer esa duda no le dejaba descansar, y cuando le ofrecí hacer el viaje a Londres para que viera a Daniel en persona y poder hacer una prueba de paternidad aceptó sin ningún tipo de reserva.

Un sistema que Jasper me había instalado en el portátil hacía imposible rastrear el origen de mis correos, pero en cambio el ordenador de Stefan sí estaba siendo controlado por mi cuñado hacker. Sin ninguna vergüenza, éste me dijo que también tenía controladas sus llamadas telefónicas y que no había hecho ninguna a la policía. Un detective privado contratado por él mismo seguía al buen doctor discretamente por la ciudad. Y, lo que más me avergonzaba... una prueba genética realizada con cabellos de Daniel, de su madre y de su padre demostraba la relación entre ellos. Prefería no saber cómo había obtenido mi eficiente cuñado las muestras de ambos padres. Me sentía un poco incómoda con el masivo ataque a la intimidad del buen doctor.

Llevas poco en esta vida. Entiende que cualquier precaución para protegernos es poca. Y ahora, además, hay que proteger al pequeño.

—Te encantará Londres, Bella. No puedo creer que no hayas estado nunca aquí— mi voz favorita me empujó fuera de mis pensamientos de nuevo hacia el presente, con suavidad pero también con firmeza.

—No he tenido tanto tiempo como tú para viajar —le saqué la lengua.—Viejito.

Daniel se rió mucho al escuchar eso, y los párpados entornados de Edward no bastaron para ocultar el oscurecimiento de sus iris.

—Te voy a hacer tragar esas palabras. Acuérdate, Bella Swan—me dirigió una explícita e ilegal mirada que a mi pesar me hizo temblar por dentro.—Yo conozco bien Londres—me liberó de sus ojos y miró al frente, en un súbito cambio de tema que agradecí.— Me encantará enseñaros la ciudad, a ti y a Daniel.

—A mí me encantaría enseñaros Barcelona, pero... –demasiado sol para una vampira joven como yo. Intenté no pensar en ello.

—Bella... no te preocupes por eso. Podemos ir a Barcelona cuando quieras. Tendremos limitaciones, pero no tienes por qué no volver —me apretó la mano con firmeza.—Créeme. Es cuestión de práctica.

Le sonreí, agradecida, y me centré en el viaje que teníamos por delante, cruzando los dedos para que todo saliera bien.

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Al llegar a la suite del hotel Montcalm, Danny empezó a correr de un lado a otro como si le hubiera poseído el espíritu del demonio de Tasmania. Estaba como una moto. Seguramente por una explosiva combinación de los efectos de la novedad del viaje, la posibilidad de conocer a su padre, y el jet-lag. Habíamos salido con el amanecer y tras las horas de vuelo y restar la diferencia horaria volvíamos a estar en la hora de la comida, que Danny se había perdido en parte por estar medio adormilado.

—Deberíamos haber traído pastillas de valeriana—le dije a Edward.

—No sé qué pasa con esa palabra que cuando la pronuncias me... altero un poco. ¿Quizá una asociación de ideas?—se burló él, arqueando una ceja. Apreté los labios, conteniendo una sonrisa al recordar la vez que lo provoqué para sacarle de su bloqueo. Parecían haber pasado siglos...

Fui a buscar a Danny, que en su exploración se había metido primero en el cuarto de baño, y luego había empezado a gatear por todo el suelo de la habitación, metiéndose debajo de la cama.

—Daniel, sal de ahí, que te vas a llenar de polvo.

—¿De polvo de relación?—se oyó su vocecita desde debajo del mueble. Aguanté la risa como pude, pero Edward no tuvo tantos miramientos y su carcajada resonó por toda la suite. Lo miré con el ceño fruncido. No había mejor combustible para que un niño repitiera algo que reírse de ello.

—Vamos, cariño. Tienes que comer—estrategia de despiste. ¿Funcionaría?

—¡Sí! ¿Vamos a un McDonalds? Porfi, porfi— suplicó. Asentí a mi pesar. Al menos la estrategia había funcionado.

—Está bien... Pero de postre te pides la fruta. Y no cuentes con ir cada día, ¿eh?—advertí.

—Bueno—se encogió de hombros.—Bella. ¿Cómo es que no te guta la hamburguesa?

—No me sienta bien, cielo, ya te lo dije —me acuclillé para mirarle directamente a los ojos.

—¿Ni a Edward?

—No, a Edward tampoco le sienta bien. Le da... ganas de vomitar.

—¿Como a mí la cebolla?

—Más o menos—me reí.

—Yo quero comer lo que tú comes—me miró desde la profundidad de sus ojos marrones, y fue como si comprendiera algo más de lo que yo creía.

—No, cariño, quizá cuando seas mayor—le rocé la carita de mejillas redondeadas.

¿Vería yo a este niño crecer? ¿Y si era así, me miraría como si yo fuera un monstruo, o seguiría mirándome con la dulzura de este momento? Sentí un dolor en mi pecho y me mordí el labio. No debía pensar de esa forma.

—¿Bella?—el pequeño me miró, preocupado por mi expresión. Tomé aire con fuerza e intenté sonreír.

—No pasa nada. Me ha dolido un poco la cabeza, pero ya está.

—Estas tiste.

—¡No! –me incorporé y abrí mucho los ojos, con un gesto teatral— ¿Cómo voy a estarlo si estoy en Londres con mis chicos? Venga, vamos a comer, y luego empezamos a conocer un poco la ciudad.

—¿Sabes qué podemos hacer? –Edward se acercó y se colocó a mi lado, sorprendiéndome con el suave roce de su mano desde mi cuello pasando por mi espalda hasta llegar a mi trasero—lo miré con una silenciosa advertencia:"Sátiro". Él disimuló una sonrisa.—Compramos la comida en el Mc Donald´s y luego nos la llevamos al parque que hay cerca. Hay que aprovechar para disfrutar de Hyde Park mientras no llueva.

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Nuestro improvisado pic-nic estaba siendo bendecido por las nubes de Londres, y miré un momento al cielo con silencioso agradecimiento. Habíamos "acampado" a la orilla del lago Serpentine, y Daniel estaba dando de comer a unos tímidos patos que no querían acercarse demasiado, quizá por culpa de Edward y de mí.

—¿Nunca te ha atraído Londres para vivir?—pregunté a Edward. Una idea iba rondando por mi cabeza.

Se me quedó mirando pensativo, y asintió.

—No es un sitio que me desagrade. Tiene la limitación de que es más soleado que la zona de Seattle, ya sabes. Pero Carlisle y Emmet vivieron aquí—asentí, recordando la historia de la transformación de Rosalie.—No es un mal sitio. Lo dices por Daniel, ¿verdad?

—Sí... Creo que si su padre y él aceptan estar juntos, podía quedarme un tiempo cerca de él... para hacérselo más fácil, ¿sabes?—bajé los ojos y arranqué una brizna de hierba. Y hacérmelo más fácil a mí misma.—Quizá... quizá podríamos terminar la especialidad en USA, pero tarde o temprano tendremos que buscar otro entorno donde sea más difícil que nos encontremos a nuestros ex-compañeros de trabajo y...—me aturullé hablando, y él me silenció poniéndome un dedo sobre los labios.

—Te dije que podría estar en cualquier sitio mientras estuviera contigo, ¿recuerdas?—me sonrió torcido.— Seré un viejito pero tengo mejor memoria que tú—me miró intensamente y sentí calor. Concentré mi atención en Daniel.

—Lo recuerdo—asentí, sin mirarle.

—Espero que sí—le echó un vistazo a Daniel y luego me tomó de la barbilla, exigiendo con suavidad mi atención.—Bella, tú eres lo más importante para mí. Y Daniel me importa por sí mismo y, sobre todo, en la medida en que te importa a ti. Si eres feliz aquí, cerca de él, yo también seré feliz.

Miré sus dorados ojos y le besé con suavidad en los labios.

—Gracias, amor—sentí la suavidad de sus labios amoldarse a los míos y me obligué a controlarme, porque tenía que estar pendiente del pequeño.

Entonces Daniel me llamó para que me acercara a la orilla, con él, y cuando lo hice los pocos patos que se habían acercado salieron volando en desbandada.

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Habíamos quedado con Charles Stefan la misma tarde de nuestra llegada. En mi opinión no había sido la mejor idea, porque el estado de Danny no era el óptimo para tener una reunión de ese tipo, pero el niño lo había pedido así y no pude convencerle de lo contrario. Así que, prudente o no, buena idea o no, hicimos lo que él quería. Además, el médico estaba pendiente de nosotros y había postergado un viaje a África, donde le esperaban como cooperante. Me había informado de que estaría fuera dos meses, así que no podíamos perder el tiempo.

A pesar de su reticencia inicial, el hombre estaba muy deseoso de esta reunión. Y yo en nuestra última conversación le había dejado bien clara mi postura en ella.

¿Doctor Stefan? Soy Bella.

Dígame.

El niño ha accedido a quedar para conocerle. Sólo para conocerle. Escuche, Charles, quiero que tenga clara una cosa. El niño es mi prioridad. Me da igual que usted sea el donante de la mitad de su material genético, y que como tal la ley le dé poder sobre él. Si Danny no le quiere, no voy a forzarle. Ese niño lo ha pasado muy mal, y no quiero que le caiga más mierda encima de la que ha tenido que soportar.

...

¿Charles, está usted ahí?

Sí, sí.

Bien, entonces diga el día, la hora y el lugar, y allá estaremos.

No pude evitar hablar amenazadoramente, casi como un matón. Quería que el buen doctor no tuviera ninguna duda de que hablaba completamente en serio.

Y allá estábamos, Daniel y yo sentados en el sofá de nuestro hotel, y Edward hablando por móvil con Carlisle, cuando sonó el teléfono de la habitación. Lo tomé antes de que hubiera sonado por segunda vez. Daniel se tensó de inmediato.

—El doctor Charles Stefan está aquí en recepción, señora Cullen. ¿Están esperando su visita?

—Sí, por favor, hágalo subir—contesté sin perder de vista la carita de Daniel.

—Tengo miedo, Bella— estaba pálido, los ojos muy abiertos. Lo alcé con un rápido movimiento y lo coloqué en mi falda.

—Daniel, no conozco a tu padre, pero puedo asegurarte una cosa, cariño: no es como tu madre— afirmé, acunando su carita entre mis manos.—Y recuerda: sólo hemos venido a conocerle. A él, y a la ciudad. Si no nos gustan ni uno ni la otra, no volvemos y tan felices.

Pasamos unos eternos segundos en silencio, esperando. Edward se levantó momentos antes de que sonaran unos golpecitos en la puerta, y entonces abrió.

—Buenas tardes, soy Charles Stefan— una cara amable y unos ojos vivaces, la versión adulta de Danny, asomaron casi tímidamente por la puerta, clavándose sucesivamente en Edward, en mí y, por fin, en el pequeño Daniel, que se tapaba los ojos contra mi cuello, como el día que conoció a Edward.

Me levanté con el pequeño en mis brazos.

—Adelante, doctor, soy Edward Cullen —Edward le dio la mano y se apartó para franquearle el paso.


Nos leemos el domingo noche o lunes por la mañana, espero. Besos a todas, y gracias por dejar vuestra opinión.