¡Buenos días! Aquí os traigo el último capítulo tal como os prometí. Aviso: es largo, casi como dos capítulos, para que no os quejéis de que no haya epílogo, tiene extra de miel y azúcar, así que mejor lo leéis en ayunas, no os vaya a dar una sobrecarga de glucosa ;). Me guardo la posibilidad de escribir un epílogo y publicarlo aparte, pero con este capítulo doy esta historia por finalizada. Tampoco descarto algún outtake o secuela. Por otra parte hay un par de ideas que me gustaría plasmar, una en forma de historia corta y la otra ya veríamos, aunque esto aún no son más que planes en el aire. También es posible que, una vez terminada mi terapia -este fic salió de mi frustración al leer Amanecer-, no necesite escribir más.
El capítulo de hoy viene con música, opcional, de la banda sonora de New Moon:
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Dadle al play cuando Bella y Edward están ante el juez de paz.
Más cosas sobre el capi de hoy: yo siempre repito que no me gustan las bodas, dije (Nurymisu y Anaidam son testigos) que no escribiría la boda, y no sé si es por tanto ver el trailer de Amanecer (veréis que hay alguna referencia a él) o que mis personajes a veces tienen voluntad propia, pero... ¡he acabado escribiendo la boda! Ah, y he tomado una idea de mi serie favorita, "Friends"... las que habéis visto la serie la reconoceréis.
Respecto al capi previo, I love Edward, me hiciste una pregunta y sé que llego tarde pero ¡no tenía forma de responderla antes! Espero que te sirva para dentro de un año: mírate la historia de Joseph Lister o Alexander Fleming, ellos dos solos han salvado millones de vidas. También tienes a Santiago Ramón y Cajal, todo un luchador ;).
He disfrutado mucho escribiendo esta historia, y más aún viendo que había gente que disfrutaba leyéndola. Quiero agradeceros a las lectoras que me dais vuestra opinión el esforzaros por hacerlo, y animar a "salir del armario" a las que leéis y no decís nada... porque todo el esfuerzo, y no es poco, que representa escribir cada uno de los capítulos se ve recompensado cuando ves que alguien se atreve a opinar sobre él, o sobre alguno de ellos. Y digo opinar... porque puedes decir "me gusta", o "no me gusta", desde un primer momento he dicho que mientras fuera con educación se admitían los comentarios negativos.
A quien más he de agradecer es a Maria José y a Pe: me animasteis desde los principios de la historia, y a Yoli: has sido un gran estímulo en el final. Gracias, chicas. A una de vosotras ya la conozco en persona, a las otras dos... espero que en una semana podamos abrazarnos. Y gracias a las amigas que hice en el foro de crepúsculo , las "templarias", por vuestro apoyo desde que la que "salió del armario" fui yo ;).
Como siempre, no tengo derechos sobre Twilight pero sí sobre esta historia -hacía mucho que no lo decía-.
Capítulo 67
BPOV
—¡Ya está! Es una señal del cielo. ¡Lo sabía! No he de casarme, no tenía que casarme—farfullé a toda velocidad mientras empezaba a caminar a lo ancho y largo de la habitación, intentando recuperarme del shock de recibir aquella noticia.
Mi madre me miraba boquiabierta a pesar de que intentaba caminar a ritmo casi normal para no asustarla. A decir verdad, desde que había llegado de Seattle la noche antes nos estaba contemplando a todos boquiabierta. Ángela estaba más tranquila, pero me miró con preocupación.
—Eh, eh, Bella Swan ¡para ya antes de que hagas un surco en el suelo de la habitación! Ninguna de las bodas que he organizado se ha tenido que suspender, señorita—Alice me apuntó con un dedo amenazador, como si de allí fuera a salir algún rayo desintegrador.—¡Ni una sola! Y que el juez de paz esté con gastroenteritis no es motivo para hacerlo.
—¿No?—me detuve delante de ella y me señalé de arriba abajo.—¡Me puedo casar en bata y sin peinar, me puedo casar desnuda, me puedo casar sin invitados, pero no me puedo casar sin alguien que me case!
—¿Y quién te ha dicho que no hay nadie que te case?—se cruzó de brazos y arqueó una ceja, noqueándome con la respuesta.—No es la mejor opción, pero servirá—remató con voz profesional, encogiéndose de hombros.
Oh, oh.
—¿Quieres decir que vas a llamar a algún tipo de juez de paz sustituto o algo así?—pregunté, frunciendo el ceño confusa.
—En este estado te puedes casar mientras tengas los análisis, la licencia de matrimonio y un juez de paz. Y da la casualidad de que tenemos uno en la casa.
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EPOV
—¡ESTÁS LOCA!—el grito de Bella se debió escuchar desde la playa incluso para oídos humanos, estaba seguro. Hacía un buen rato que lo estaba esperando, y no me tomó de improviso.
Bella salió disparada de la habitación que compartíamos en la casa de Forks, mi antiguo dormitorio, con tan sólo una fina bata de seda cubriéndole el cuerpo y los cabellos ondeando sueltos, seguida de Renée, Angela, Alice y Rosalie.
Se plantó ante mí con los ojos llameantes. Por dios, ¿cómo podía excitarme incluso en esa situación? ¿Estaba enfermo o algo?
—Edward, no nos casamos. Hoy no. No con él de oficiante—señaló con el dedo.
—Bella, me ofendes—la voz de Emmet habría sonado dolida si no hubiera sido por la risita que se le escapó al final.
—Emmet Cullen, no me vas a casar tú—mi futura esposa había sacado su fuerte carácter y clavó su dedo índice en el pecho de mi hermano. Ver a una mujer menuda como ella llena de furia y plantada ante el enorme vampiro-armario habría sido cómico de no ser por la situación.—Ni hablar. No, no, no. Y no—remató al más puro "estilo Daniel".
Alice, detrás de Bella, me miraba suplicando ayuda. Vale, era hora de serenar el ambiente. Me adelanté y me coloqué al lado de Emmet.
—¿Por qué, cariño?—miré a mi futura esposa apartando a duras penas los ojos de las curvas que su fina bata marcaba alrededor de su cuerpo.—Emmet hace años que es juez de paz, aunque nunca ha oficiado una boda, pero no creo que haya mayor problema. Tenemos los votos, y él apenas ha de intervenir, ¿verdad Em?—enfaticé el "verdad" mirando a mi hermano de forma más o menos amenazadora. El bajó los párpados en señal de asentimiento.
—Bella— se adelantó, le puso las manos sobre los hombros y la miró fijamente a los ojos. Los suyos irradiaban sinceridad.—¿Crees que sería capaz de fastidiar tu boda con mi hermano? Es tu primera boda, cuñadita, y sería incapaz de hacerlo. Podría fastidiar la cuarta o la quinta—sonrió ampliamente—pero la primera... la primera no. Además, ¿no es mejor un pequeño toque familiar en la ceremonia? Será algo más natural.
Bella se lo quedó mirando en silencio, pensativa. No se escuchaba más sonido en la habitación que la respiración y el acelerado latido de Renée Swan, y el más tranquilo latido de la serena Ang. Tras un largo minuto Bella asintió lentamente sin perder de vista los ojos de Emmet.
—De acuerdo. Pero si te pasas con ese toque familiar... si estropeas mi boda, estropearé yo tu linda cara—lo miró ceñuda y entonces sí, tuve que aguantar la risa.
—Y tendrás ayuda, créeme—Rosalie sonrió de forma malévola y Alice asintió.
—Por cierto, lo de casarte desnuda... ¿iba en serio?—Emmet calló de golpe cuando lo fulminé con la mirada.
El latido de mi futura suegra estaba volviendo de nuevo a la normalidad. Renée miraba a su hija entre emocionada, alucinada y también un poco triste. Me centré en su mente, bloqueando todas las demás de la habitación. Leí alegría por la felicidad de su hija, algunos pensamientos de temor respecto al resto de vampiros que no conocía, y tristeza porque su marido iba a perderse esta ocasión.
Charlie había accedido a duras penas a acompañar a Renée desde España "para que no viajara sola", pero se había quedado en Seattle. Era algo que empañaba la felicidad de mi prometida, y yo había estado tentado de ir a hablar con él.
—No, Edward. A mí no me coge el teléfono. Y no quiero ir allá y que no me quiera recibir. Sería demasiado duro.
—Por eso, cariño. Déjame ir a mí. Podría hacer que entrara en razón, y si no me recibe no pasa nada.
—Si no te recibe sería como si no lo hiciera conmigo. No vayas, Edward. Espero que con el tiempo cambie de idea...pero de momento parece que mi padre no va a verme casar.
Recordé su expresión amarga al pronunciar esas palabras. Y desde entonces estaba cerrándome su mente, probablemente para protegerme de los pensamientos que la entristecían, como solía hacer últimamente.
BPOV
—Menos mal que no te puedes marear hiperventilando, Bella, porque lo estás haciendo desde hace mucho rato—Angela, sentada en la cama detrás de mí y al lado de Renée, sonrió en el espejo.
Me di cuenta de que tenía razón pero no podía serenar mi ritmo respiratorio. Rosalie estaba terminando de dar los últimos toques a mi peinado, un recogido informal con un adorno de flores de azahar a un lado, mientras Alice me daba un leve toque de maquillaje.
—Ali, no te pases, quiero que quede natural—refunfuñé cuando vi que tomaba el colorete.—¿Desde cuándo un vampiro tiene las mejillas sonrosadas?—escuché el jadeo de mi madre al escuchar la palabra y la miré, arrepentida de mi naturalidad.—Perdona, mamá.
—No, hija, perdona tú—se encogió de hombros y sonrió—. Tengo que ir acostumbrándome.
Ang la miró con empatía.
—Me ofendes, Bells—mi cuñada sacudió la brocha de colorete ligeramente en su mano, quitando el exceso de producto.—¿Aún no confías en mí? –hizo uno de sus pucheros.
Estuve a punto de reírme cuando la puerta de la habitación se abrió y Daniel entró y se quedó boquiabierto mirándome.
—¡Qué guapa!—no había piropo más sincero que el de un niño, así que sonreí a Alice y asentí a su pregunta.
—Gracias, Danny. ¿Lo has pasado bien con el tío Jasper?—dije mientras él se acercaba y se colocaba a mi lado. Me di cuenta de que mi madre lo miraba con ojos brillantes y me sorprendí. Hasta ahora no le había mirado así.
—Sí. Hemos jugado en la playa. Pero abajo hay gente que no conoco—explicó.
Solía ser tímido con la gente que no conocía, y yo ya hacía rato que estaba escuchando la llegada de los distintos invitados. Esa era la razón por la que estaba hiperventilando desde hacía una hora. Por las voces que estaba oyendo, todo el mundo estaba ya abajo.
Todo el mundo, menos mi padre.
Agité la cabeza inconscientemente para librarme de ese hilo de pensamiento.
—Entonces quédate aquí con nosotras, si quieres—lo miré y le acaricié el pelo.—¿Ya sabes bien lo que tienes que hacer?—Él asintió, muy serio.
—Sí, lo he repasado con Jasper.
—Daniel, ¿querrás hacer compañía a Renée durante la boda? —mi madre no le quitaba los ojos de encima al pequeño.
El niño miró a mi madre y dudó un breve instante, pero de inmediato asintió con semblante cálido, y se sentó a su lado en la cama.
—Gracias cariño— murmuró mi madre, quien pareció derretirse con el gesto de Daniel. Y eso me hizo sentir mejor. Ya que mi padre no iba a estar, por lo menos ambos se harían mutua compañía.
—Ya está—Rosalie se separó de mí y fue como una señal, porque Alice hizo lo mismo y se giró. Iba a buscarlo...el vestido. ¡El vestido! Tragué con dificultad. Mi cuerpo estaba como entumecido.
—En serio te lo digo, deberías bajar tu... eso—dijo la vampira morena mirando de reojo a Daniel. Intentábamos de no decir palabras delante de él que luego pudiera repetir.— Así Jasper te podría tranquilizar—Alice se acercó con el precioso vestido confeccionado por ella misma.
—Cuando estoy así de nerviosa eso se vuelve más fuerte, es como... un mecanismo de defensa, supongo. Pero lo intentaré—suspiré, y fue evidente que abajo todo el mundo nos estaba escuchando, porque de inmediato sentí una sensación de paz. La intimidad y los vampiros, pensé, soltando un suspiro.
Alice se quedó con la mirada fija, perdida en algún punto de su mente, con el vestido en sus manos, y de pronto dibujó una lenta sonrisa. Renée la miró extrañada, Daniel, acostumbrado a esas breves ausencias mentales de su tía no dijo nada, y Angela, Rose y yo clavamos los ojos en ella.
—¡Ali!... Ali, ¿qué has visto?—era evidente que tenía que ver conmigo.
Mi cuñada agitó la cabeza con los ojos muy abiertos y expresión inocente.
—Sólo la boda... todo saldrá bien—mintió—levántate, vamos a ponerte el vestido.
Sabía bien que era inútil intentar convencerla de que confesara. Era tan reservada con sus visiones como Edward con sus lecturas de mentes. Inspiré con fuerza y me aguanté el sentimiento de frustración, levantando de nuevo mi escudo. Ahora me encontraba mejor. Y lo que fuera, sería algo bueno, o Alice no habría sonreído así.
Me levanté del pequeño banco que había ante el espejo de mi tocador y la ayudé a ponerme el vestido. Era un precioso diseño en tono crudo, con escote "palabra de honor" ajustado en el torso y suelto en varias capas desde la cadera.
—Por dios, hija, estás preciosa—Renée se levantó de la cama, se puso delante de mí y me miró con dulzura. Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas sin más freno.
Nos abrazamos con fuerza y sentí el latido de su corazón golpeando mi pecho y su calidez calmándome como cuando era una niña pequeña. Angela se había levantado y también me abrazó con fuerza.
—Bella... estoy tan feliz por ti.
Y estaba tan centrada en el momento, que no me di cuenta de que había otro latido en la casa hasta que estuvo a la puerta de la habitación. En aquel momento alguien llamó a la puerta y dije "pase". ¿Se había recuperado el juez de paz?
—Gracias al cielo, hija... pensé que llegaba tarde, y no me lo habría perdonado jamás —mi padre, vestido con un elegante traje, se paró en el umbral mirándome con timidez, pidiéndome sin palabras permiso para entrar.
Yo aún tenía a mi amiga abrazada y ambas nos quedamos como estatuas. No sólo nosotras sino también mi madre, Rosalie y Alice. El primero que reaccionó fue Daniel.
—¡Hola!—su timidez habitual se había esfumado y corrió hacia Charlie.—¿Quién eres?
—Soy el padre de la novia—dijo orgulloso, se agachó y sus ojos se pusieron a nivel de los de Daniel.—¿Y tú?
El padre de la novia...ha dicho el padre de la novia.
—Soy Daniel. Bella ahora es mi mamá—declaró un orgulloso niño.—Voy a llevar los anillos.
El resto seguíamos paralizadas mirando la escena. Como estatuas del museo de cera.
—Entonces soy un poco como tu abuelo, ¿no?— Charlie clavó sus ojos color chocolate, idénticos a lo que fueron los míos, en el niño de cinco años.—Y yo voy a entregar a la novia...—me miró entre esperanzado y avergonzado— si aún me deja.
Por mi interior pasó una tormenta de distintas sensaciones en tan sólo unos segundos. Ira...podías haber venido antes, despecho... no tenías derecho a hacerme sufrir así, rencor... no pienso dejar que me entregues al hombre que has despreciado hasta ahora. Pero todas esas emociones negativas fueron barridas por un huracán de felicidad... mi padre me quiere entregar al hombre que yo amo.
Sin darme cuenta estaba abrazando a mi padre, quien me correspondía con fuerza. Y cuando ambos nos separamos el uno del otro, sin dejar de sujetarnos los brazos, miré a nuestro alrededor y vi que la habitación estaba vacía, excepto por nosotros.
Me mordisqueé el labio inferior, centrando mis ojos en Charlie. Estaba como siempre... sólo unas leves ojeras delataban cansancio y falta de sueño, pero nada más. Él tampoco perdía detalle de mi rostro, y al cabo de un rato se separó un poco más de mí, sin llegar a perder el contacto con mis manos, y me miró de arriba abajo con sus iris castaños llenos de dulzura.
—Hija... estás preciosa—sus ojos se humedecieron y los míos me escocieron.
—Gracias, Cha... papá—me quedé indecisa, sin saber qué decirle, más que lo feliz que estaba de verle aquí y ahora. Pero no pude hablar más. Como si temiera que, de alguna forma, lo asustaría.
Entonces él me tomó de la mano y tiró de mí para que nos sentáramos en el sofá que había en la habitación.
—Hija...—aquella palabra jamás me había sonado tan maravillosa como ahora; tuve la sensación de que mi piel se erizaba y miré un momento a mis brazos, pero como siempre... sólo era la sensación.
Lo miré a los ojos y vi tanto arrepentimiento en los suyos que, aún a sabiendas de que era un gesto raro entre nosotros, extendí mi mano y la apoyé en la mejilla de mi padre, sonriéndole. Él parpadeó, y tomó aire con fuerza como si le faltara. Me apresuré a detener su discurso.
—Estás aquí. No tienes que decir nada más—murmuré. Charlie no era mucho de abrir su corazón y no quería que se sintiera incómodo.
Para mí lo importante era que estaba conmigo. Ya habría tiempo de hablar. Él negó con la cabeza y tomó la mano que aún rozaba su mejilla, y la apretó con fuerza, bajándola hasta el sofá pero sin soltarla.
—Bella... hija. Si me permitieras entregarte a tu futuro marido me harías muy feliz—su voz sonó ligeramente tomada. Asentí varias veces, animándole a seguir.—Pero no puedo hacerlo sin antes darte una explicación. La mereces.
Hizo una breve pausa y asentí de nuevo. Yo tampoco tenía muchas fuerzas para hablar.
—Creo... que mi reacción el primer día, cuando me explicaste tu... tu nuevo estado vital, por decirlo de alguna forma... entiende que no me sienta muy cómodo con el otro término...—entonces me soltó la mano y se frotó la cara con ambas palmas, como si acabara de despertarse.—Por dios, lo estoy haciendo fatal.
—Que no, Charlie. Que lo estás haciendo muy bien—Reí suavemente.
—Sabes que odio que me llames así, Isabella—frunció el ceño pero sus ojos brillaron con humor.—Lo que quiero decir es que mi primera reacción quizá, y sólo quizá, es perdonable. Pero no lo de después. Bella —cerró los ojos,— aquel día eras la realización de lo que siempre me había temido desde que te vi con ese chico... con Edward. Sabía que era tan fuerte lo que te unía a él que al final terminaría separándote de mí—me miró con los ojos brillantes.—Lo que no quería ver era lo feliz que eres, el bien que él te ha hecho, y si además probablemente te salvó la vida con lo que hizo...—miró abajo, hacia nuestras manos de nuevo enlazadas, y negó con la cabeza.—Lo siento, hija. He sido un egoísta. No quería que nadie me quitara a mi hijita y al final casi la pierdo yo solo.
Oh, por dios, como manche el vestido de sangre Alice me matará.
—Vale, papá. Me harás llorar, y es algo que no quieres ver, te lo aseguro—reí entre dientes.—Vamos. La gente nos espera—me levanté y tendí mi brazo hacia él.
Se levantó de un salto y lo tomó. Lo noté un poco tembloroso. Yo también sentía ese temblor, pero por dentro. Esa debilidad que tenía, como cuando de niña miraba al mar y no veía el fondo... ese miedo a la inmensidad de lo desconocido. Iba a afrontar todo eso con la presencia de Edward en mi vida. ¿Podría seguir sin los que habían sido mi apoyo durante la mayor parte de mi vida? Así debería ser. Pero de momento, él estaba aquí, conmigo. Aferré su brazo con fuerza y me sentí mejor.
—Papá...—murmuré sin apenas voz antes de salir de la habitación— Todavía te necesito. Deja que me apoye en ti.
—Estoy aquí, hija. Contigo —declaró él muy serio mientras abría la puerta de la habitación.
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El hermoso jardín de la casa Cullen lucía cuidado y precioso con las primeras señales de la primavera. Tal como había pronosticado Alice el día era nuboso pero curiosamente seco, y una suave brisa acariciaba los mechones de cabello que escapaban de mi peinado. Miré a Edward y me sentí turbada ante su ardiente mirada, como inexplicablemente me seguía pasando en ocasiones.
—Edward, Bella, ¿queréis pronunciar vuestros votos? Podría hacerlo yo... si queréis. Tengo mucha experiencia. —Emmet se había comportado de forma muy profesional hasta el momento y una mínima elevación de la ceja de mi futuro esposo bastó para que volviera a esa misma actitud.—Daniel, los anillos, por favor—pronunció pomposo.—Adelante, chicos—nos guiñó un ojo, menos pomposo.
Fue la señal para que Edward y yo quedáramos frente a frente. Por un momento temí que no podría hablar por los nervios que estrangulaban mi garganta. Entonces él y yo enlazamos nuestras manos y sentí su energía invadiendo mi cuerpo, dándome fuerzas para continuar, liberándome de la tensión. Me centré en sus iris, abandonándome en ese mar dorado y cálido, y mi boca comenzó a hablar por voluntad propia.
—Edward... cuando vine a Forks gracias a un error jamás imaginé que encontraría algo que ni en el momento más optimista de mi vida pensé que hallaría... algo que jamás creí merecer... el amor entregado y absoluto de un hombre como tú. Tan inmenso era eso que me ofrecías que me asusté. Tanta ira tuve cuando no comprendí que me habías salvado la vida que estuve a punto de perderte. Y luego he comprendido que tú me has salvado la vida de varias formas, y desde ahora esa vida es tuya. Para siempre.
Al terminar mis votos Edward me sonrió de esa forma tan deslumbrante que se me olvidó respirar. Estaba tan concentrada en él que apenas escuchaba los suaves sollozos de Renée. Tomé el anillo que me ofrecía un formalito Danny y se lo coloqué en su largo dedo índice. Tenía manos muy hermosas... de cirujano, de pianista... de amante.
"¡Bella! ¡Contrólate!"
Él me había vuelto a escuchar, porque apretó los labios por un instante para no sonreír. Oh, es injusto que yo no pueda leerle a él.
—Bella... –apretó con suavidad mis manos y centró toda la intensidad de su traslúcida mirada en mí, con tanta fuerza que me hizo parpadear— he pasado muchos y largos años esperando a una persona como tú. Y cuando había empezado a pensar que mi destino era la soledad, apareciste tú y mi vida cambió por completo. Y no pasó mucho tiempo hasta que tuve la certeza de que jamás podría estar sin ti. La vida sin ti sólo es oscuridad. Mi existencia es tuya, yo soy tuyo, para siempre.
Me tomó de la mano y deslizó el anillo en mi dedo suavemente, con una caricia. Lo miré y parpadeé para paliar el escozor de mis ojos. Como si fuera en la lejanía escuché la voz de Emmet decir que ya éramos marido y mujer y que podíamos besarnos. Y sin apenas darme tiempo a procesar estas extrañas palabras el brazo de Edward se cerró en mi cintura, mi torso fue inclinado hacia atrás por una fuerza invencible y sus labios se estrellaron con los míos.
—¡Buscaos un hotel!—fue el comentario de nuestro juez de paz.
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Era ya de noche ya cuando nos quedamos solos. Solos. Edward y yo. En nuestra noche de bodas. Me mordí un nudillo, nerviosa. ¿Por qué con él era así? Se supone que después de un tiempo la timidez se desvanecía, pero de vez en cuando sentía esos nervios de la primera vez... como si con él no supiera qué esperar. Me hacía sentir como si todo fuera nuevo para ambos.
Me miré en el espejo de nuestro dormitorio, tenuemente iluminado por algunas velas –idea de Alice—. ¿Dónde estaba Edward? No sabía qué era lo que le detenía. Se había entretenido un momento hablando con Alice así que decidí subir a la habitación. ¿No era donde se suponía que tenía que terminar una novia?
Entonces escuché las notas del piano, ascendiendo desde el comedor.
¿Qué? ¿Ahora? ¿Justo ahora se pone a tocar?
Deseché este pensamiento en cuanto reconocí la melodía, que evocaba uno de mis recuerdos más dulces de los muchos que compartía con él: My love, la música que tocó la primera vez que hicimos el amor.
Bajé los escalones lentamente y me detuve en el último disfrutando de la visión que tenía ante mí: mi flamante marido sentado sin chaqueta y con las mangas de la camisa dobladas hasta el codo, no tocando, acariciando el piano como sólo él sabía hacerlo. ¿Cómo podía excitarme tan sólo contemplando el sinuoso movimiento de sus antebrazos y de sus manos?
—Siéntate a mi lado, ¿quieres?—susurró sin volverse.
—No sé... la falda es muy amplia, creo que en la banqueta no cabremos los dos.
Entonces sí, giró la cabeza y se me quedó mirando con aquella media sonrisa que me dejaba KO.
—Eso tiene una solución bien sencilla, señora Cullen—sentí mi piel acariciada por el calor que desprendían sus ojos y su voz.—Si lo hago yo, el vestido corre peligro y Alice nos matará a los dos. Si lo haces tú...—su voz se apagó.
—Está bien, pero no pares de tocar. Es... relajante —y una mierda, pero si quería jugar, jugaríamos los dos.
Frente a él, "intenté" bajarme la cremallera del vestido con grandes esfuerzos pero de pronto me había atacado una "extraña" rigidez y no pude. Mientras, él me observaba con un brillo de humor en sus ojos cada vez más oscurecidos.
—Mmmm, creo que necesitaré ayuda, Edward— pedí con toda mi falsa inocencia. Le miré mordiéndome el labio.
Él se levantó de la banqueta y se acercó a mí con pasos lentos... deliberadamente lentos. Cuando estuvo detrás de mí sentí como si su cuerpo irradiara calor.
—¿Ayuda para bajar una cremallera?—su voz ronroneó en mi oído y su aliento acarició mi piel, acelerando mi respiración de forma evidente.
—Ajá. Soy una vampira de lo más torpe—afirmé sin apenas voz, sintiendo sus dedos rozando mi espalda.
Me di cuenta de que la única respiración que se oía en la habitación era la mía. Tramposo. Deslicé el vestido dejándolo que lentamente rozara todo mi cuerpo desde el torso hasta los pies, y dando un paso a un lado quedé tan sólo vestida con mi conjunto de novia: un sujetador y unas braguitas blancas que sólo tenían de inocente el color, un liguero y unas medias también blancas. Edward jadeó y el ambiente en la habitación cambió de pronto y se hizo más denso.
Sin mirarle, me senté en un lado de la banqueta.
—¿No querías tocar?—pregunté en voz baja, viendo que él no se acercaba.
Veamos quién gana el concurso de autocontrol, señor Cullen.
Pasó un minuto que se me hizo eterno hasta que él se sentó a mi lado. Sentí la tensión que ejercía para controlar sus músculos vibrando en el aire. Contemplé sus hermosas manos reposando sobre las teclas. Seguía sin respirar y estuve por imitarle, pero su perfume era tan embriagante... no sabía cuánto tiempo podría aguantar el juego.
—Podríamos tocar juntos—dijo, y de pronto me alzó y me sentó en la banqueta acomodándome entre sus piernas.
Ay, dios mío. Percibí toda la firmeza de su deseo presionando mi trasero. ¿Cómo podía él soportarlo? ¿Y yo? Entonces tomó cada una de mis manos con las suyas y fue colocando mis dedos sobre las teclas.
—Tienes dedos largos y flexibles. ¿Nunca te has planteado aprender? Yo podría enseñarte—su voz sonó ronca y sinuosa.
¿Por qué parecía que me estaba hablando de otra cosa? De pronto percibí su nariz recorriendo la curva de mi cuello, apenas un roce desde el lóbulo de la oreja hasta el hombro, que bastó para que mi respiración se agitara... más. Sentí una placentera tensión instalándose en mi bajo vientre.
—Ah—fue mi patética respuesta.
Mis manos eran transportadas sin voluntad alguna sobre el piano, y aunque parecía imposible dada la situación, algo parecido a una melodía simple sonaba en el piano. Sus labios siguieron a su nariz en su recorrido por mi cuello, cubriendo con besos cada centímetro cuadrado de piel a su alcance.
—Ha sido buena idea que yo no supiera lo que llevabas puesto debajo de ese precioso vestido, amor—susurró, su aliento deliciosamente cerca de mí, sus manos moviéndose sobre las mías.—O creo que ese indecente conjunto no habría llegado a vivir nuestra boda.— Su lengua lamió con suavidad la piel del hombro y luego me mordió con delicadeza. Un gemido bajo escapó de mi garganta y un sonido disonante escapó del piano.
—Creo que me he cansado de tocar el piano. Prefiero los sonidos que salen de tu garganta—murmuró, volviendo a morderme, esta vez un poco más fuerte.
Sus manos abandonaron las mías para perderse por mi abdomen, acariciándome suave, muy suave... ascendiendo por las caderas, la cintura... era una lenta y deliciosa tortura. Gemí y suspiré disfrutando de su tacto. Cuando llegó a mis pechos apenas rozó los pezones y siguió hacia arriba por mis brazos hasta el cuello. Entonces con la misma calma deshizo mi peinado. Yo me sentía en trance bajo el contacto de sus hábiles dedos, mi respiración superficial. Cuando hubo liberado mi cabello por completo se levantó de forma inesperada tomándome en brazos "estilo novia" al mismo tiempo, y se dirigió hacia las escaleras. Las subió a velocidad humana sin perder de vista mi cara en ningún momento.
—Eres preciosa, Bella Cullen —pronunció posesivo, mirándome con adoración.—Y voy a hacerte el amor en el mismo sitio donde me dijiste que me amabas por primera vez
Una vez en la habitación me depositó con suavidad sobre la cama y procedió a quitarse la ropa delante de mí, con la misma lentitud que estaba manteniendo desde un primer momento y sus ojos clavados en los míos. Admiré su perfecto cuerpo de estatua griega y no pude evitar morderme el labio al sentir mi deseo desatándose por completo, invadiéndome y poseyendo mi escasa razón. Moví mis manos en mi espalda para quitarme el sujetador y en un instante lo tuve a mi lado, sus manos sujetando mis brazos, deteniéndome. Y completamente desnudo y preparado.
—No. Déjame hacer a mí.
"Por los dioses, ¿de dónde sacas el autocontrol? Me vas a volver loca."
Sonrió al leer mis pensamientos. A horcajadas sobre mí deslizó sus dedos por mi espalda y desabrochó el sujetador, sus ojos negros mostrando tanto como su cuerpo toda su necesidad de mí. Los largos y finos dedos se colaron por debajo de la fina tela y alcanzaron la sensible piel de mis pezones. Los tomó entre sus dedos y tiró de ellos con suavidad... gemí fuerte varias veces y su respiración se fue volviendo progresivamente tan caótica como la mía. Entonces me quitó el sujetador, mirando mis pechos maravillado como si fuera la primera vez que los viera, luego continuó con las braguitas y las medias, y acercando su boca a la mía comenzó un beso suave, acariciante, su lengua encontrándose con la mía y explorándose mutuamente. Me recostó en la cama sin separarse de mi boca ni un solo instante y el beso se hizo más demandante, necesitado, posesivo. Su erección rozó el vértice de mis piernas y gemí, fuerte. Me separé un momento de sus labios. La dulce tensión en mi interior había aumentado tanto que casi dolía.
—Edward... Edward... amor mío, te necesito—supliqué jadeante, perdiéndome en la profunda noche de sus iris, envolviendo sus caderas con mis piernas.
—Y yo a ti, Bella. Como a mi vida—me penetró y grité de puro placer flexionando hacia atrás mi cabeza, arqueando mi cuerpo contra el suyo, y enredando mis dedos con sus cabellos. –No cierres los ojos, amor. Quiero ver tu cara de ángel—sus manos sujetaron mi cara mientras volvía a hundirse en mi interior profundamente, una vez, y otra, a un ritmo gradualmente más intenso. El calor invadió todo mi ser y sentí mi cuerpo más pesado, tenso, mientras los apasionados y negros ojos del hermoso hombre que me poseía me hipnotizaban. Sus caderas se movieron con más fuerza, y pude disfrutar su expresión de intenso placer cuando pronunciando mi nombre, llegó a su clímax. Entonces la presión de mi núcleo explotó con toda su fuerza llenándome de un placer agudo y exquisito, y haciéndome gritar con fuerza.
Nuestros cuerpos continuaban entrelazados mientras nuestra respiración se serenaba. La seda de sus labios acarició los míos e inspiré con fuerza, embriagándome de su olor.
—Te amo, Edward—susurré con una sonrisa lánguida.
—Y yo a ti, Bella—su voz rota por la emoción me estremeció de pasión. Estaba profundamente enamorada de él. ¿Cómo podía haber dudado jamás de que no podría vivir sin él?
Me acariciaba el labio con su dedo índice.
—¿Sabes de qué hablaba con Alice antes?
—Eso me preguntaba... había llegado a pensar que no me deseabas—hice un puchero.
—Mmmm... recuérdame que te lo demuestre unas cuantas veces más esta noche, creo que aún no lo tienes claro—me miró como si yo fuera una golosina y él un niño necesitado de azúcar y no pude evitar reír. Él sonrió y prosiguió.—Hablaba de nuestra luna de miel.
—Pensaba que la íbamos a pasar aquí— lo miré extrañada.—¿Más sorpresas?—lo miré con cara de susto, medio en serio medio en broma, y él soltó una carcajada.
—Creo que esta te gustará. Alice me ha confirmado su pronóstico del tiempo para el Pirineo... y Barcelona. Habrá unos cuantos días seguidos de nubes y lluvias. Creo que podrás enseñarme tu ciudad. Y tendremos caza asegurada, dicen que hay sobrepoblación de jabalíes- alzó las cejas varias veces con gesto divertido y lo abracé con fuerza, riendo y sintiéndome feliz.
—Por una vez y sin que sirva de precedente... me ha gustado la sorpresa—declaré, recorriendo con un dedo sus cejas, pómulos, labios...
—Me alegro. Y ahora... déjame demostrarte cuánto te deseo por segunda vez—su voz sonó profunda y tomada por una súbita pasión, y me besó.
Y esa fue la segunda, a la que siguieron muchas otras demostraciones.
FIN
Gracias a María José por su idea de la luna de miel. Gracias a todas, chicas. Os quiero y os echaré de menos.
NOTA a enero de 2013: Muchas gracias a las que seguís pasando por aquí y me hacéis saber que la historia os gusta.
NOTA a marzo de 2014: no me pongáis en author alert. No voy a publicar nada nuevo en FF cuando termine Turno de noche. Si quieres leerme en otro sitio, el link está en mi perfil.
