20
—¿Y bien? —preguntó Minato Namikaze.
Yamato se acercó arrastrando los pies, en la mano un fajo de apretados pergaminos.
—Tobie lo ha hecho bien, milord, a pesar de que no podíamos arriesgarnos a llegar demasiado cerca de Caithness, pues vuestro hijo posee los mismos sentidos extraordinarios que vos. Aun así, Tobie logró atisbar su imagen en diversos momentos: cabalgando, salvando a un niño, y dos veces con la mujer.
—Déjame ver. —Minato alargó una mano impaciente hacia Yamato. Buscó en los papeles, uno a uno, asimilando todos los detalles—. Es un muchacho hermoso, ¿verdad, Yamato? ¡Mira qué hombros! Tobie no ha exagerado, ¿eh? —Yamato meneó la cabeza, y Minato sonrió—. Fíjate en ese poderío. Mi hijo es un guerrero legendario hasta la médula. Las muchachas se desmayan a sus pies, seguro.
—Sí, vuestro hijo es una leyenda, sin duda. Deberíais haberlo visto matar al gato montés. Se cortó su propia mano para provocar la furia del berserker y así poder salvar al chico.
Minato iba pasando los esbozos al hombre que tenía al lado. Dos pares de ojos azul claro analizaban cada trazo.
—¡Por la lanza de Odín! —Minato exhaló lentamente mientras cogía los dos últimos dibujos—. Es la criatura más encantadora que he visto jamás.
—Eso mismo piensa vuestro hijo —señaló Yamato con suficiencia—. Está tan loco por ella como vos lo estabais por Kushina. Es «la elegida», milord, no lo dudéis.
—¿Ya han... eh...?
—A juzgar por el destrozo que hizo Gavrael en el Gran Salón, yo diría que sí. —Yamato sonrió con aire burlón.
Minato sonrió.
—Se acerca el momento. Ve con Iruka y empezad los preparativos para el regreso de mi hijo a casa.
—¡Sí, milord!
El hombre sentado junto a Minato alzó los gélidos ojos azules hacia los de Namikaze.
—¿Crees realmente que va a pasar lo que nos vaticinó la anciana? —preguntó en voz baja Balder, el hermano de Minato.
—Cambios tremebundos —murmuró Minato—. La mujer dijo que esta generación sufriría más que cualquier otra generación Namikaze, pero también prometió que progresaría y sería más feliz. La vieja adivina juró que mi hijo tendría hijos propios, y lo creo. Y juró que cuando escogiera compañera, ésta lo llevaría de regreso a casa, a Maldebann.
—¿Y cómo superarás el odio que siente hacia ti, Minato? —inquirió el hermano.
—No lo sé. —Minato suspiró—. Quizás estoy esperando un milagro, que me escuche y me perdone. Ahora que ha encontrado su pareja, tal vez se muestre más comprensivo con mi situación. Acaso sea capaz de comprender por qué hice lo que hice. Y por qué le dejé marchar.
—No seas tan duro contigo mismo, Minato. Si hubieras ido tras él, los Yūhi te habrían seguido. Estaban esperando que revelaras el escondite de Gavrael. Saben que no tendrás más hijos. No saben siquiera que yo existo. Están resueltos a destruir a Gavrael, y el tiempo se nos echa encima. Si se enteran de que ha encontrado compañera, no se detendrán ante nada.
—Lo sé. Estuvo bien escondido en Caithness durante años, así que pensé que era mejor dejarlo solo. Dan lo preparó mejor de lo que lo habría hecho yo entonces —Minato cruzó su mirada con la de Balder—. Pero siempre creí que en algún momento volvería a casa por voluntad propia; al menos empujado por la curiosidad o la confusión sobre qué era él. Pero eso fue mucho tiempo atrás. Cuando vi que no venía, que no miraba jamás al oeste, a Maldebann... ah, Balder, me invadió la más negra amargura. No podía creer que me odiara tanto.
—¿Qué te hace pensar que ahora puede perdonarte?
Minato levantó las manos en gesto de impotencia.
—¿Será la ilusión de un idiota? No sé, pero debo creer en ello. Si no, no tendría motivo alguno para seguir adelante.
Balder le apretó el hombro cariñosamente.
—Tienes motivos para seguir adelante. Hay que derrotar a los Yūhi de una vez por todas, y tú has de garantizar la seguridad de los hijos de tu hijo. Eso es ya motivo suficiente.
—Y así será —juró Minato.
Naruto pasó el día cabalgando, buscando en todos los rincones de Caithness alguna señal de que los Yūhi lo habían descubierto. Sabía cómo actuaban: instalaban su campamento en el perímetro del feudo y esperaban el momento oportuno, cualquier momento de vulnerabilidad. Recorrió la circunferencia completa por si descubría algo: restos de una hoguera reciente, ganado robado y sacrificado, información que pudieran darle los campesinos sobre desconocidos...
No encontró nada. Ni la menor prueba que respaldara sus sospechas de que estaba siendo vigilado.
Aun así, un hormigueo de intranquilidad acechaba en la base de su cuello, donde siempre lo sentía cuando algo andaba mal. En algún lugar de Caithness había una amenaza invisible y sin identificar.
Al anochecer entraba en el patio interior, reprimiendo un irresistible deseo de bajar del caballo y correr hacia el castillo y hacia Temari. Abrazarla con fuerza y llevarla a su habitación, y hacerle el amor hasta que ninguno de los dos pudiera moverse, lo que para un berserker significaba bastante tiempo.
«Vete —pensaba con remordimientos de conciencia—. Vete ahora. No cojas ni siquiera el morral, no digas siquiera adiós, sólo vete.»
Notó como si fuera a desgarrarse. En todos los años en que había soñado con Temari, jamás había imaginado que se iba a sentir así: ella lo colmaba. El berserker había surgido en su interior y había resultado humillado en presencia de Temari. Gracias a ella volvía a sentirse limpio. El mero hecho de estar con ella apaciguaba a la bestia que él había aprendido a aborrecer, la bestia cuya existencia Temari ni siquiera conocía.
Hizo una mueca mientras la esperanza, aquella traicionera emoción que él jamás se había concedido, disputaba la posición a su premonición de peligro. La esperanza era un lujo que no podía permitirse. Por culpa de la esperanza, los hombres hacían cosas insensatas, como quedarse en Caithness cuando sus acentuados sentidos le decían a voz en grito que, pese a no hallar ninguna señal de los Yūhi, estaba siendo vigilado y la confrontación era inminente. Sabía cómo lidiar con el peligro. Con la esperanza, no.
Exhaló un suspiro, entró en el Gran Salón y cogió una bandeja de fruta que se llevó cerca de la chimenea. Eligió una pera madura, se dejó caer en una silla frente al fuego y se quedó rumiando con la vista fija en las llamas, forcejeando con su impulso de ir en busca de Temari. Tenía que tomar varias decisiones, entre ellas encontrar la manera de comportarse como un hombre honorable, de hacer lo debido, pero ya no sabía qué era lo debido. Las cosas ya no eran blancas o negras; no había respuestas fáciles. Él sabía que quedarse en Caithness era peligroso; pero precisamente deseaba eso más que nada en la vida.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no oyó a Aoi acercarse hasta que la voz grave y estruendosa del highlander lo sobresaltó. Esto solo ya era aviso suficiente de que había bajado peligrosamente la guardia.
—¿Dónde has estado, Uzumaki?
—Paseando a caballo.
—¿Todo el día? Maldita sea, amigo, ¿habiendo en el castillo una mujer hermosa te vas a cabalgar todo el día?
—Tenía algo en que pensar. Cabalgar me aclara las ideas.
—Sí, desde luego que tienes algo en que pensar —murmuró Aoi para sí.
Gracias a su extraordinaria capacidad auditiva, Naruto oyó cada sílaba. Se volvió y le dirigió una mirada penetrante.
—¿En qué crees tú que tengo que pensar?
Aoi se quedó perplejo.
—¡Estoy a doce pasos! No puede ser. Apenas se ha oído.
—Pues lo he oído —repuso Naruto con frialdad—. Así pues, ¿qué supones que debería yo pensar?
Los oscuros ojos de Aoi parpadearon, y Naruto percibió que trataba de reprimir su imprevisible mal genio.
—Hay que ser honorable, Uzumaki—dijo con fría formalidad—. Se trata de honrar a nuestro anfitrión. Y a su hija.
La sonrisa de Naruto era peligrosa.
—Te propongo un trato, Rokushō. Si tú no sacas a colación mi honor, yo no sacaré el tuyo de la pocilga donde ha estado alojado durante años.
—Mi honor... —empezó Aoi con vehemencia, pero Naruto lo interrumpió impaciente. Tenía cosas más importantes de qué ocuparse que discutir con aquel highlander.
—Vayamos al grano, Rokushō. ¿Cuánto oro debes a los Campbell? ¿La mitad del valor de Temari? ¿O más? Por lo que he oído, estás tan apurado que más te valdría esconderte tres metros bajo tierra. Pero si pescas a la heredera Katō podrás pagar tus deudas y vivir en el despilfarro durante años. ¿No es verdad?
—No todos los hombres son tan ricos como tú, Uzumaki. Para algunos de nosotros, con muchísimas personas a nuestro cargo, cuidar del clan supone un gran esfuerzo. Y Temari me gusta —añadió.
—No me cabe duda. Igual que te gusta llenarte el estómago con la comida más suculenta y el mejor whisky. Igual que te gusta montar un semental purasangre o alardear de tus perros lobo. Quizá todos esos gastos expliquen las dificultades que tienes para mantener a los tuyos. ¿Cuántos años dilapidaste en la corte, gastando oro con tanta generosidad como crecía tu clan?
Aoi se quedó rígido y en silencio durante un largo instante. Naruto lo observaba, todos sus músculos listos para entrar en acción. Rokushō tenía un carácter violento... Naruto había podido comprobarlo. Se reprendió por haberse enfrentado a Aoi Rokushō, pero le enfurecía la tendencia de éste a colocar sus necesidades por encima de las de su depauperado clan.
Aoi respiró hondo y se dio la vuelta, sorprendiendo a Naruto con una sonrisa afable.
—Te equivocas conmigo, Uzumaki. Admito que mi pasado no es ejemplar, pero no soy el mismo de antes.
Naruto lo miró con escepticismo.
—¿Lo ves? Ya no pierdo los estribos —Aoi levantó las manos en un gesto conciliador—. Sé por qué piensas todas esas cosas de mí. En otro tiempo era depravado, egocéntrico y disoluto, sí, pero ya no lo soy. Claro que no puedo demostrarlo; sólo el tiempo puede poner de manifiesto mi sinceridad. Concédeme al menos eso, ¿no?
Naruto resopló.
—Por supuesto, Rokushō, te lo concedo. Quizá seas diferente. —«Peor, sin duda», pensó, y volvió la cabeza hacia las llamas.
Cuando Naruto oyó que el otro se marchaba, no pudo evitar la pregunta:
—¿Dónde está Temari?
Rokushō se detuvo y miró impasible por encima del hombro.
—En el estudio, jugando al ajedrez con Atsui. Esta noche él tiene intención de proponerle matrimonio, así que mejor dejarlos tranquilos. Temari merece un esposo como Dios manda. Si no le acepta, entonces se lo propondré yo.
Naruto asintió con semblante severo. Al cabo de un rato de intentar ahuyentar de su cabeza todos los pensamientos sobre Temari —instalada en el acogedor estudio con Atsui, que le estaba proponiendo matrimonio— y fracasar, salió nuevamente a la noche; las palabras de Aoi le habían trastornado más de lo que quería admitir.
Deambuló por los jardines durante casi media hora antes de reparar súbitamente en que no había señal alguna de su semental. Lo había dejado junto al puesto interior de vigilancia. Occam casi nunca se aventuraba lejos del castillo.
Desconcertado, Naruto miró también en el puesto exterior, silbando reiteradamente, pero no oyó un solo relincho ni ruido de cascos. Dirigió su pensativa mirada a los establos que daban realce al extremo del patio exterior. En su interior se activó el instinto, como un aviso, y se apresuró hacia la dependencia anexa.
Irrumpió en los establos y se paró de golpe. Había un silencio desacostumbrado, y el aire estaba impregnado de un olor extraño. Acre, intenso, como de huevos podridos. Atisbando en la oscuridad, antes de entrar hizo una relación de todos los detalles. En el suelo, balas de heno desordenadas... normal. Lámparas de aceite colgadas de las vigas... normal. Todas las puertas cerradas... también normal. Olor a algo sulfúrico... rotundamente anormal.
Fue entrando con cautela, silbando, y se vio recompensado con un amortiguado relincho procedente del compartimiento situado en el extremo más alejado. Naruto se obligó a sí mismo a no avanzar.
Era una trampa.
Aunque no alcanzaba a calibrar la naturaleza exacta de la amenaza, el peligro goteaba de las vigas del bajo edificio. Tenía los sentidos en estado de alerta. ¿Qué era eso? ¿Azufre?
Entrecerró los ojos, dio un paso adelante y rozó ligeramente el heno con la bota. A continuación se agachó para apartar a un lado una gruesa gavilla de trébol.
Emitió un ahogado silbido de asombro.
Apartó más heno, avanzó cinco pasos, hizo lo mismo, se desplazó cinco pasos a la izquierda y repitió la operación. Pasó la mano por el polvoriento suelo de piedra que había bajo el heno y cogió un puñado de polvillo negro finamente granulado.
«¡Dios santo!» Todo el suelo del establo estaba cubierto por una capa uniforme de pólvora. Alguien la había esparcido generosamente sobre las piedras y luego había echado heno encima. La pólvora se obtenía de una combinación de salitre, carbón vegetal y azufre. Muchos clanes elaboraban su propio salitre en los establos o cerca de ellos, pero el material desparramado por el suelo era pólvora enteramente procesada, esmeradamente pulverizada hasta formar gránulos uniformes, con propiedades explosivas letales y colocada allí a propósito. Mediaba un gran abismo entre eso y la versión rudimentaria del estiércol fermentado del que se obtenía el salitre. Unido eso a la naturaleza inflamable del heno y a la abundancia de estiércol fresco, los establos eran un infierno a punto de arder. Una chispa los haría saltar por los aires con la fuerza de una bomba descomunal. Si caía una de las lámparas de aceite o de alguna de ellas saltaba una chispa grasienta, todo el edificio —y la mitad del puesto de vigilancia —estallaría en llamas.
Occam relinchó, un sonido de miedo frustrado. Naruto cayó en la cuenta de que el caballo llevaba colocado el bozal. Alguien se lo había puesto y le había encerrado en una trampa mortal.
Jamás permitiría que su caballo volviera a quemarse; por otro lado, quienquiera que hubiera concebido esa trampa conocía muy bien su debilidad por aquel semental. Naruto se quedó inmóvil a diez pasos de la puerta, no demasiado lejos para intentar salvarse en caso de que el heno empezara a arder. Pero Occam estaba en un compartimiento cerrado, a cincuenta metros de la salvación; ahí radicaba el problema.
Un hombre frío habría dado media vuelta y se habría marchado. Al fin y al cabo sólo era un caballo. Una bestia al servicio del hombre. Naruto resopló. Occam era una criatura regia, hermosa, inteligente, y con la misma capacidad que un ser humano para sentir miedo y dolor.
No, jamás dejaría su caballo atrás.
Apenas había concluido ese pensamiento cuando cayó algo arrojado por una ventana y la paja se prendió en un instante.
Naruto se lanzó hacia las llamas.
En la comodidad del estudio, Temari reía mientras movía el alfil para dar jaque mate. Lanzó una furtiva mirada a la ventana, lo que había hecho una docena de veces en la última hora, buscando alguna señal de que Naruto había regresado. Desde que le viera salir a caballo por la mañana, había estado esperándolo. En el momento en que la gran forma gris de Occam pasó pesadamente frente al estudio, Temari tuvo miedo de ponerse en pie de golpe, atolondrada como una niña, y salir corriendo. Los recuerdos de la noche que había pasado enredada en el firme e incansable cuerpo de Naruto la ruborizaron, acalorándola como jamás lo harían las llamas de una hoguera.
—¡No es justo! ¿Cómo voy a concentrarme? Era mucho más fácil cuando eras una mocosa —dijo Atsui con tono quejumbroso—. Ahora si juego contigo no puedo pensar.
—Ah, las ventajas de ser mujer —repuso Temari con voz cansina y maliciosa. Sin duda estaba irradiando sus nuevos conocimientos sensuales—. ¿Es culpa mía que tu mente divague?
La mirada de Atsui se demoró en sus hombros desnudos.
—Por supuesto —le aseguró—. Mírate, Temari. ¡Eres demasiado hermosa! —Su voz se atenuó hasta un tono íntimo—. Muchacha, quiero hablar contigo de algo...
—Atsui, chissst. —Colocó un dedo en los labios de él y meneó la cabeza.
Él le apartó la mano.
—No, Temari. Ya me ha callado bastante. Sé lo que sientes. —Hizo una pausa para enfatizar sus siguientes palabras—. Y sé lo que está pasando con Naruto. —Atsui le dirigió una mirada penetrante.
Ella adoptó una actitud cautelosa.
—¿A qué te refieres? —dijo, elusiva.
Atsui sonrió para suavizar sus palabras.
—Temari, no es de los que se casan.
Ella se mordió el labio y apartó la mirada.
—No lo sabes con seguridad. Es como decir que Aoi no es de los que se casan porque, por lo que me he enterado, ha sido un consumado mujeriego. Pues esta misma mañana me ha pedido en matrimonio. El mero hecho de que en el pasado un hombre no haya mostrado inclinación a casarse no quiere decir que no vaya a hacerlo. La gente cambia. —Sin duda, Naruto había cambiado, lo cual estaba sacando a la luz al hombre tierno y encantador que ella siempre había creído que era.
—¿Rokushō te ha pedido que te cases con él? —preguntó Atsui frunciendo el entrecejo.
Temari asintió.
—Esta mañana. Después de desayunar se me acercó mientras yo paseaba por el jardín.
—¿Te ha propuesto matrimonio? ¡Pero él sabía que yo pensaba hacerlo! —Soltó una maldición y luego murmuró una apresurada disculpa—. Perdóname, Temari, pero no soporto que se actúe así a mis espaldas.
—No he aceptado, así que tampoco importa demasiado.
—¿Y cómo se lo ha tomado?
Temari suspiró. El highlander no se lo había tomado nada bien; ella tenía la sensación de que había escapado por poco a una peligrosa demostración de mal genio.
—No creo que Aoi Rokushō esté acostumbrado a que le rechacen. Parecía furioso.
Atsui la examinó un instante antes de hablar.
—Temari, muchacha, no iba a decirte esto, pero creo que deberías estar informada para así poder tomar una decisión sensata. Los Rokushō son ricos en tierras pero pobres en oro. Aoi Rokushō necesita casarse, y hacer una buena boda. Tú serías un don del cielo para su empobrecido clan.
Temari lo miró con asombro.
—¡Atsui! Es inaudito que quieras desacreditar a mis pretendientes. ¡Cielo santo! Esta mañana Aoi ha pasado un cuarto de hora intentando desprestigiarte a ti y a Naruto. ¿Qué os pasa a todos?
Él se puso tenso.
—No estoy tratando de desacreditar a tus pretendientes. Te estoy diciendo la verdad. Rokushō necesita oro. Su clan está pasando penurias, y ya hace años de esto. Últimamente apenas han logrado conservar sus tierras. En el pasado, los Rokushō se ofrecían como mercenarios para conseguir dinero, pero en los últimos años ha habido tan pocas guerras que ya no hay trabajo para ellos. La tierra requiere dinero, y dinero es algo que los Rokushō nunca han tenido. Tú eres la respuesta a todas sus oraciones. Disculpa mis palabras quizá demasiado toscas, pero si Rokushō consigue cazar a la rica novia Katō, su clan lo proclamará su salvador.
La joven se mordió el labio, pensativa.
—¿Y tú, Atsui de Moncreiffe? ¿Por qué quieres casarte conmigo?
—Porque te tengo un gran cariño, muchacha —respondió sin más.
—Quizá debería preguntar a Naruto sobre ti.
Atsui cerró los ojos y emitió un suspiro.
—¿Qué tiene de malo Naruto como candidato? —preguntó ella, resuelta a ponerlo todo en claro.
La mirada de Atsui era compasiva.
—No quiero ser cruel, pero él jamás se casará contigo. Todo el mundo sabe que Naruto Uzumaki ha jurado no casarse nunca.
Temari no dejó que Atsui viera cómo le afectaban esas palabras. Se mordió el labio para impedir que se le escapara alguna imprudencia. Casi había reunido el valor necesario para preguntarle por qué y si Naruto había dicho algo así recientemente cuando el castillo se vio sacudido por una tremenda explosión.
Las ventanas temblaron en sus marcos y el castillo entero se estremeció. Temari y Atsui se levantaron de un brinco.
—¿Qué ha sido eso? —dijo ella con voz entrecortada.
Él se precipitó hacia la ventana y miró.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Los establos están ardiendo!
