21

Temari corrió hacia el patio tras Atsui, gritando el nombre de Naruto una y otra vez, ajena a los ojos curiosos de los trabajadores del castillo y a las miradas perplejas de Kaley y Jūgo. La explosión había despertado a todos. Jūgo se encontraba en el patio dando órdenes a gritos, organizando la acción contra las hostiles llamas que devoraban los establos y se desplazaban hacia el este con peligro para el castillo.

El tiempo otoñal había sido lo bastante seco para que el fuego enseguida ardiera furiosa y descontroladamente, engullendo dependencias y cosechas. Si las llamas llegaban a alcanzarlo, el abarrotado pueblo de chozas de adobe y cañas se prendería como hierba seca. Unas chispas sueltas transportadas por la brisa podían destruir el valle entero. Temari intentó contener el pánico; tenía que encontrar a Naruto.

—¿Dónde está Naruto? ¿Alguien ha visto a Naruto? —Se abrió paso entre la multitud, mirando los rostros, tratando de vislumbrar la postura altiva de Naruto, sus intensos ojos azules. La mirada de Temari buscaba con avidez la forma de un gran semental gris—. No seas un héroe, no seas un héroe —musitaba—. Por una vez sé sólo un hombre, Naruto Uzumaki. No te arriesgues.

Lo dijo en voz alta sin darse cuenta, y entonces Atsui, que había aparecido entre la multitud al lado de ella, la miró con dureza y meneó la cabeza.

—Vaya, muchacha; le amas, ¿verdad?

Temari asintió y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Encuéntralo, Atsui! ¡Sálvalo del peligro!

Él suspiró y asintió.

—Quédate aquí, muchacha. Lo encontraré y te lo traeré. Lo prometo.

El sobrecogedor relincho de un caballo atrapado desgarró el aire, y Temari se volvió hacia los establos, paralizada por un repentino y atroz presentimiento.

—No puede estar allí, ¿verdad, Atsui?

La expresión del lowlander simplemente se hizo eco del temor de ella. Claro que Naruto podía estar allí, y seguro que estaba. No iba a quedarse mirando sin más cómo se quemaba su caballo. Temari lo sabía; aquel día en Durrkesh, él había venido a decir eso. En su cabeza, el relincho de un caballo desesperado era tan intolerable como el de un niño herido o una mujer asustada.

—Ningún hombre puede sobrevivir a esto. —Temari observaba la hoguera.

Las llamas crecían vertiginosas, altas como el castillo, naranja brillante contra el cielo negro. La cortina de fuego era tan intensa que resultaba casi imposible mirarla. Temari entrecerró los ojos en un intento desesperado por distinguir la forma baja y rectangular del establo, pero fue en vano. Sólo veía fuego.

—Tienes razón, Temari —dijo Atsui lentamente—. Ningún hombre podría.

Como si estuviera en un sueño, ella vio una forma fundida en las llamas. En una imagen de pesadilla, las llamas blanco-anaranjadas brillaban trémulas, una forma oscura y borrosa meciéndose detrás, y un jinete atravesándolas de repente, envuelto en llamas, pasando como un rayo en dirección al lago, donde jinete y caballo se zambulleron en las frías aguas emitiendo un sonido sibilante al sumergirse. Temari contuvo la respiración hasta que ambos salieron a la superficie.

Atsui miró a Temari y le dirigió un breve gesto tranquilizador antes de apresurarse y unirse al combate contra el fuego que amenazaba Caithness.

Ella se precipitó hacia el lago, dando traspiés en su prisa por reunirse con Naruto. En cuanto él hubo salido del agua y conducido a Occam hasta la orilla rocosa, ella se lanzó a sus brazos, acurrucándose apretadamente contra el empapado pecho. Naruto la abrazó durante un largo instante, hasta que ella dejó de temblar, y luego retrocedió secándole cuidadosamente las lágrimas.

—Temari —dijo con tristeza.

—¡Naruto, pensé que te perdía! —Le dio apremiantes besos en la cara mientras le palpaba el cuerpo torpemente para asegurarse de que estaba ileso—. Anda, si ni siquiera te has quemado —dijo, sorprendida. Aunque la ropa le colgaba en jirones ennegrecidos y tenía la piel un poco enrojecida, apenas una ampolla estropeaba su piel suave. Temari miró más allá, a Occam, que tampoco parecía haber sufrido daño. ¿Cómo puede ser...? —se preguntó.

—Se le ha chamuscado un poco la piel, pero en general está bien. Hemos salido a tiempo —dijo Naruto.

—Pensaba que te perdía —repitió Temari. Mirándole a los ojos, tuvo la repentina y terrible impresión de que, aunque Naruto había salido de las llamas milagrosamente ileso, sus palabras jamás habían sido más atinadas: lo había perdido. No tenía ni idea de cómo ni por qué, pero la centelleante mirada de él rebosaba distancia y tristeza—. ¡No! —gritó—. No te dejaré marchar. ¡No vas a dejarme otra vez!

Naruto bajó la vista al suelo.

—No —insistió ella—. Mírame.

La mirada de él era sombría.

—Tengo que irme, muchacha. No volveré a traer la destrucción a este lugar.

—¿Por qué piensas que este incendio tiene que ver contigo? —inquirió ella, luchando contra todos los instintos que le decían que, efectivamente, el fuego tenía que ver con él. Temari no sabía por qué, pero sabía que así era—. ¡Oh, no seas tan presuntuoso! —insistió valientemente, resuelta a convencerle de que la verdad no era la verdad. Para retenerlo utilizaría todas las armas, permitidas y no permitidas.

—Temari. —Naruto suspiró con la frustración dibujada en el rostro y extendió el brazo hacia ella.

Temari lo golpeó con los puños.

—¡No! ¡No me toques, no me abraces, no si eso significa que vas a irte!

—Debo hacerlo, muchacha. He intentado decírtelo... ¡Dios mío, he intentado decírmelo a mí mismo! No tengo nada que ofrecerte. No lo entiendes; lo nuestro jamás podrá ser. Con independencia de lo mucho que yo lo desee, no puedo ofrecerte el tipo de vida que mereces. Cosas como este incendio me suceden continuamente, Temari. Estar conmigo no es seguro. ¡Me persiguen!

—¿Quién te persigue? —preguntó ella con un gemido mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

Él hizo un gesto de enojo.

—No puedo explicarlo, muchacha. Sólo has de creer en mi palabra. No soy un hombre normal. ¿Habría sobrevivido a esto un hombre normal? —dijo señalando el fuego.

—Entonces, ¿qué eres? —chilló ella—. ¿Por qué no me lo dices?

Él meneó la cabeza y cerró los ojos. Los abrió tras una larga pausa. Brillaban incandescentes, y Temari se quedó boquiabierta cuando afloró un recuerdo fugaz. El recuerdo de una chica de quince años que había visto a aquel hombre luchar contra los Yūhi. Que había visto cómo se volvía más grande, más ancho y más fuerte con cada gota de sangre derramada. Que había visto sus ojos arder como carbón al rojo, oído su risa espeluznante, y se había preguntado cómo un hombre podía dar muerte a tantos y resultar ileso.

—¿Qué eres? —repitió Temari en un susurro, pidiéndole que la consolara. Pidiéndole que fuera tan sólo un hombre.

—El guerrero que siempre te ha... —Cerró los ojos. «Amado.» Pero no podía pronunciar esa palabra, pues después no podría cumplir lo prometido— adorado, Temari Katō. Un hombre que no es exactamente un hombre, que sabe que jamás podrá tenerte. —Inspiró hondo—. Debes casarte con Atsui. Cásate con él y libérame. No te cases con Aoi... no es lo bastante bueno para ti. Pero has de dejarme marchar, porque no soportaría verte morir en mis brazos, y eso es lo que pasaría si estamos juntos. —Le sostuvo la mirada, implorando en silencio que no hiciera su partida más difícil de lo que ya era.

Temari se puso rígida. Si aquel hombre la dejaba, ella iba a asegurarse de que eso conllevara un dolor insoportable. Entrecerró los ojos, lanzándole un desafío mudo para que fuera valiente, para que luchara por su amor. Naruto apartó la cara.

—Gracias por estos días y estas noches, muchacha. Gracias por darme los mejores recuerdos de mi vida. Pero dime adiós, Temari. Déjame ir. Quédate con todo lo esplendoroso y maravilloso que hemos compartido y déjame marchar.

Entonces ella rompió a llorar. Él ya había tomado su decisión, ya había empezado a poner distancia entre ellos.

—Dime sólo qué es, Naruto —rogó—. No puede ser algo tan malo. Sea lo que sea, podemos afrontarlo juntos.

—Soy una bestia, Temari. ¡No me conoces!

—¡Sé que eres el hombre más honorable que he conocido jamás! Me da igual cómo sea nuestra vida. Viviría cualquier clase de vida, siempre y cuando la viviera contigo —susurró.

Mientras Naruto se retiraba despacio, Temari vio que desaparecía la vida de sus ojos, quedando su mirada vacía y glacial. Notó el momento en que lo perdía; algo en su interior desapareció dejando un vacío que, sospechaba ella, podría matarla.

—¡No!

Naruto se alejó. Occam lo siguió, relinchando débilmente.

—¡Decías que me adorabas! ¡Si hubieras sentido de veras cariño por mí, habrías procurado quedarte a mi lado!

Él hizo una mueca de dolor.

—Te tengo tanto cariño que no quiero lastimarte.

—¡Bah, sólo palabras! ¡No sabes lo que es el cariño! —gritó ella enfurecida—. Cariño es amor. ¡Y el amor lucha! El amor no busca el camino más fácil. ¡Caramba, Uzumaki, si el amor fuera tan fácil todo el mundo lo tendría! ¡Eres un cobarde!

Naruto vaciló y un músculo de su mandíbula se tensó.

—Estoy haciendo lo más honorable.

—¡Al cuerno lo honorable! —gritó Temari—. El amor no tiene orgullo. El amor busca maneras de perdurar.

—Basta. Quieres de mí más de lo que puedo dar.

La mirada de ella se tornó glacial.

—Evidentemente. Creía que eras un héroe en todo. Pero no. Al fin y al cabo, eres sólo un hombre. —Desvió la mirada y aguantó la respiración, preguntándose si lo había aguijoneado lo suficiente.

—Adiós, Temari.

Se subió al caballo de un brinco, y ambos parecieron fundirse en una criatura de sombras que desaparecía en la noche.

Temari se quedó boquiabierta, incrédula ante el agujero que se había abierto en su mundo. Él la había abandonado. Realmente lo había hecho. De su interior brotó un sollozo tan doloroso que se dobló por la cintura.

—Cobarde —masculló.