22

Minato introdujo la llave en la cerradura, dudó un instante y luego cuadró los hombros con firmeza. Observó la altísima puerta de roble con tiras de acero. Se elevaba por encima de su cabeza hasta incrustarse en un majestuoso arco de piedra. Sobre el arco se leía «Deo non fortuna», con escritura florida: «Por Dios, no por suerte.» Durante años, Minato había rechazado esas palabras, se había negado a ir a ese lugar creyendo que Dios lo había abandonado. Su clan había adoptado el lema «Deo non fortuna» en la creencia de que sus dones especiales eran concedidos por Dios y tenían una finalidad. Su «don» había originado la muerte de Kushina.

Minato se obligó a hacer girar la llave y abrir la puerta. Las oxidadas bisagras chirriaron por el prolongado desuso. En la puerta bailaban telarañas y le recibió el olor a viejo de leyendas olvidadas. «Bienvenido al Salón de los Señores —gritaban las leyendas—. ¿Creías de veras que podías olvidarnos?»

Honraban el salón mil años del clan de los Namikaze. Esculpida en las entrañas de la montaña, la cámara se elevaba imponente unos quince metros. Los muros curvos confluían en un arco regio, y en los techos había pintadas representaciones de los héroes épicos del clan.

Al cumplir dieciséis años, su propio padre le había llevado ahí. Le había explicado la noble historia de los suyos y le había guiado a través del cambio... guía que Minato había sido incapaz de brindar a su hijo.

Pero ¿quién iba a pensar que Gavrael cambiaría mucho antes que cualquiera de ellos? Había sido algo totalmente inesperado. La batalla contra los Yūhi seguida tan inmediatamente del salvaje asesinato de Kushina había dejado a Minato demasiado agotado, demasiado paralizado por el pesar para tender la mano a su hijo. Aunque era difícil matar a los berserkers, si recibían heridas graves éstas tardaban en sanar. Minato había tardado meses en restablecerse. El día que los Yūhi habían matado a Kushina había dejado como secuela una apariencia de hombre que no deseaba curarse.

Sumido en la pena, había fracasado con su hijo. Había sido incapaz de iniciar a Gavrael en la vida de un berserker, de enseñarle las maneras secretas de controlar la sed de matar. No había estado ahí para explicárselo. Había fracasado, y su hijo había huido para encontrar una nueva familia y una nueva vida.

A medida que los años fueron desgastando el cuerpo de, éste fue recibiendo con gratitud las señales de los huesos cansados, los dolores en Minato las articulaciones, las canas incipientes, pues ello significaba que faltaba menos para estar de nuevo con su querida Kushina.

Pero aún no podía irse con Kushina. Todavía quedaban cosas por hacer. Su hijo regesaría a casa, y esta vez él no le fallaría.

No sin esfuerzo, Minato alejó sus sentimientos de culpa y volvió al Salón de los Señores. Ni siquiera había cruzado el umbral. Cuadró los hombros, agarró una antorcha encendida y se abrió camino entre las telarañas hasta el salón. Sus pisadas resonaban como pequeñas explosiones en la inmensa cámara de piedra. Sorteó unos cuantos muebles olvidados y enmohecidos y siguió el muro hasta el primer retrato grabado en la piedra unos mil años atrás. Los más antiguos eran de piedra, pintados con una mezcla de hierbas y arcillas. Los más recientes, pinturas y esbozos hechos con carbón vegetal.

Las mujeres de los retratos tenían en común un rasgo singular. Estaban todas increíblemente radiantes, rebosantes de felicidad. Los hombres compartían también una característica notable. Los novecientos cincuenta y ocho varones del salón tenían ojos azules y mirada glacial.

Minato se acercó al retrato de su esposa y alzó la antorcha. Sonrió. Si alguna deidad pagana le hubiera propuesto un trato diciéndole «eliminaré todas las desgracias que has sufrido en la vida, te permitiré retroceder en el tiempo y te daré docenas de hijos y una paz absoluta, pero nunca tendrás a Kushina», Minato Namikaze se habría mofado. Aceptaría de buen grado todas las tragedias que había sobrellevado para amar a Kushina, aunque fuera sólo durante el brevísimo período que le había sido concedido.

—Esta vez no le fallaré, Kushina, te lo juro, haré que el castillo de Maldebann sea nuevamente seguro y tenga un futuro prometedor. Entonces, todos juntos, volveremos a sonreír en este lugar. —Tras una larga pausa, susurró con fiereza—: Te echo en falta, mujer.

Fuera del Salón de los Señores, un asombrado Iruka entró en el pasillo que comunicaba con el salón y se detuvo, observando incrédulo la puerta abierta. Se apresuró por el corredor e irrumpió en la estancia largamente sellada reprimiendo un grito de alegría al ver a Minato, ya no encorvado sino orgullosamente erguido bajo un retrato de su esposa y su hijo. Minato no se volvió; Iruka no esperaba que lo hiciera. Minato sabía siempre quién se encontraba en su entorno más próximo.

—Que las sirvientas vengan a limpiar, Iruka —ordenó sin apartar los ojos del retrato de su sonriente esposa—. Abrid y que corra el aire. Quiero que frieguen todo el castillo, como cuando Kushina estaba viva. Quiero que este lugar brille de limpio. —Abrió los brazos con ademán expansivo—. Enciende las teas de los tederos y en adelante que ardan día y noche como años atrás. Mi hijo vuelve a casa —dijo por fin, orgulloso.

—¡Sí, milord! —exclamó Iruka, y se apresuró a obedecer una orden que había estado esperando toda su vida.

«¿Y ahora, adónde, Naruto Uzumaki?», se preguntó fatigado. ¿Otra vez a Dalkeith, a ver si podía atraer la destrucción hacia aquellas benditas orillas?

Apretó los puños y lamentó no tener a mano una botella entera de whisky, aun sabiendo que eso no le garantizaba el olvido que pretendía. Si un berserker bebía lo bastante deprisa, podía sentirse borracho durante unos tres segundos. No surtiría efecto.

Al final, los Yūhi siempre lo encontraban. Cayó en la cuenta de que con seguridad tenían un espía en Durrkesh. Probablemente, alguien había visto la furia que le invadió en el patio de la taberna y luego intentó envenenarlo. A lo largo de los años, los Yūhi habían aprendido a atacar con sigilo. Sólo se podía atrapar a un berserker con alguna trampa ingeniosa o utilizando un gran número de personas, y ni un medio ni otro eran infalibles. Ahora que había escapado de los Yūhi por dos veces, sabía que la tercera vez que golpearan lo harían con más fuerza.

Primero habían probado con el veneno, luego el incendio de los establos. Naruto sabía que si se hubiera quedado en Caithness quizás habrían destruido todo el castillo, eliminando a todos los Katō en su ciega persecución para matarle. Ya desde edad temprana, Naruto se había familiarizado con el excepcional fanatismo de aquella gente; era una lección que nunca olvidaría.

Gracias a Dios, durante los años que pasó en Edimburgo le habían perdido el rastro. Los Yūhi eran guerreros, no unos lameculos principescos, y prestaban poca atención a los acontecimientos de la corte. Naruto había permanecido escondido. Después, cuando se hubo trasladado de la corte a Dalkeith, se encontró con pocas personas desconocidas, y las que conoció eran servilmente leales a Sasuke. Había empezado a bajar la guardia y a sentirse casi normal.

Vaya palabra tan fascinante y tentadora: normal.

—Acabemos, Odín. Me equivoqué —susurró—. Ya no quiero seguir siendo un berserker.

Pero a Odín parecía darle igual.

Naruto tenía que afrontar los hechos. Ahora que los Yūhi habían vuelto a descubrirlo, destrozarían el territorio en su búsqueda. Para él no era seguro estar cerca de otras personas. Había llegado el momento de un nombre nuevo, quizá de un nuevo país. Sus pensamientos se dirigieron a Inglaterra, pero su sangre escocesa se rebelaba.

¿Cómo podría vivir sin volver a tocar a Temari? Tras experimentar un placer así, ¿cómo iba a reanudar su insulsa existencia? Dios del cielo, ¡habría sido mejor no saber jamás cómo podría haber sido su vida! Aquella fatídica noche de Tuluth, a la insensata edad de catorce años, había llamado al berserker, suplicando el don de la venganza sin darse cuenta de lo completa que ésta podría ser. La venganza no devolvía la vida a los muertos, sino que quitaba vida al vengador.

Pero lamentarse no tenía mucho sentido, pensó, pues él poseía a la bestia y la bestia lo poseía a él, así de sencillo. Lo embargó la resignación. Sólo quedaba un asunto pendiente: «Y ahora, ¿adónde, Naruto Uzumaki?»

Condujo a Occam hacia el único lugar que quedaba: en las inhóspitas Highlands podía desaparecer en los bosques. Conocía todas las cuevas y chozas vacías, todos los sitios para protegerse del cortante viento que pronto congelaría y pintaría de blanco las cumbres de las montañas.

Volvería a pasar frío.

Guiando a Occam con las rodillas, se hizo trenzas de guerra y se preguntó si un berserker invencible podía morir de algo tan inofensivo como un corazón roto.

Temari observaba con tristeza la ennegrecida tierra de Caithness. Todo constituía un recordatorio. Era noviembre, y la hierba estaría negra hasta que cayeran las primeras nieves y la cubrieran. Era incapaz de salir del castillo sin verse forzada a recordar aquella noche, el incendio, la partida de Naruto. La hierba se inclinaba y ondulaba formando una inmensa, interminable, alfombra de ceniza negra. Ya no había ninguna flor. Ya no estaba Naruto.

La había abandonado porque era un cobarde.

Temari había tratado de justificar su conducta, pero ya no era posible. El hombre más valiente que ella había conocido tenía miedo de amar. «¡Muy bien, al diablo con él!», pensó.

Sufría, no iba a negarlo. La mera idea de vivir sin Naruto el resto de su vida era insoportable, pero se negó a autocompadecerse. Ése sería un camino seguro hacia el hundimiento emocional. Así que avivó su enojo contra él, agarrándolo a modo de escudo para proteger su corazón herido.

—No volverá, muchacha —dijo Aoi a sus espaldas.

Temari apretó la mandíbula y giró sobre los talones.

—Creo que ya lo he entendido, Aoi —repuso sin alterarse.

Él la observaba con actitud resuelta. Cuando ella se movió para irse, la mano de él la retuvo por la muñeca. Temari intentó soltarse, pero él era demasiado fuerte.

—Cásate conmigo, Temari. Te trataré como a una reina, te lo juro. Jamás te abandonaré.

«No mientras yo tenga dinero», pensó ella.

—Suéltame —dijo entre dientes.

Aoi no se movió.

—Temari, piensa en tu situación. Un día de éstos tus padres estarán de vuelta; y esperan que te cases. Probablemente te obligarán a elegir. Yo sería bueno contigo —prometió.

—No me casaré nunca —espetó muy convencida.

El comportamiento de él cambió al instante. Su mirada desdeñosa se deslizó por el vientre de Temari, que se sobresaltó.

—Si crece un bastardo en tu barriga, quizá lo veas de otra forma, muchacha —soltó él con una sonrisa afectada—. Entonces tus padres te obligarán a casarte y tú darás gracias a Dios si algún hombre decente te acepta. Para las mujeres como tú hay un nombre. No eres tan pura —añadió con crueldad.

—¡Cómo te atreves! —gritó ella. El impulso de quitarle aquella sonrisita de un bofetón fue irresistible, y Temari actuó en consecuencia.

En el rostro de Aoi, lívido de rabia, el rojo verdugón resultante del bofetón destacó con nitidez. Él le agarró la otra muñeca y la acercó hacia sí enfurecido.

—Algún día lamentarás esto, muchacha. —La apartó de un empujón tan violento que la hizo caer.

Temari advirtió tal crueldad en los ojos de Aoi que temió que la inmovilizara en el suelo por la fuerza y la golpeara. O algo peor. Se puso en pie a duras penas y se precipitó hacia el castillo con piernas temblorosas.

—No va a volver, muchacha —le dijo Kaley.

—¡Ya lo sé! Por el amor de Dios, ¿queréis dejar de decírmelo? ¿Parezco dura de entendederas? ¿Es eso?

A la cocinera se le humedecieron los ojos, y Temari se arrepintió al instante de lo que había dicho.

—Oh, Kaley, no quería gritarte. Últimamente no soy la misma. Es que estoy preocupada por... cosas...

—¿Qué clase de cosas?... ¿Bebés?

La joven se puso rígida.

—¿Es posible...? —La voz de Kaley se fue apagando.

Temari apartó la mirada con aire culpable.

—Oh, muchacha. —Kaley la estrechó en un bondadoso abrazo—. Oh, muchacha —repitió con la voz de la impotencia.

Al cabo de dos semanas regresaron Dan y Tsunade Katō.

Temari estaba dividida por sentimientos contradictorios. Se sentía loca de alegría porque se encontraban de nuevo en casa, pero al mismo tiempo tenía miedo de verlos, por lo que se escondió en sus aposentos y esperó que ellos la llamaran. Y eso hicieron, pero a la mañana siguiente. Después reparó en que había sido tonta al darle a su astuto padre tiempo para obtener información antes de hablar con ella.

Cuando por fin le llegó el aviso, Temari empezó a temblar, y el último vestigio de emoción por ver a sus padres se convirtió en puro temor. Se dirigió al estudio arrastrando los pies.

—¡Mamá! ¡Papá! —exclamó. Se precipitó a sus brazos, abrazándolos ávidamente antes de que iniciaran el inevitable interrogatorio.

—Temari. —Dan puso fin a su abrazo tan rápidamente que ella supo que la situación era realmente apurada.

—¿Cómo está Hugh? ¿Y mi nuevo sobrino? —inquirió ella con tono alegre.

Sus padres intercambiaron miradas; acto seguido la madre se sentó en una silla cerca del fuego, dejando que Temari se las arreglara sola con Dan.

—¿Ya has elegido esposo, Temari? —Dan desechó toda sutileza.

La joven aspiró hondo.

—De esto quería hablarte, papá. He tenido mucho tiempo para pensar. —Tragó saliva nerviosamente mientras Dan la observaba sin apasionamiento. Su desapasionamiento nunca presagiaba nada bueno: significaba que su padre estaba furioso. Se aclaró la garganta con ansiedad—. He decidido, tras pensarlo mucho, quiero decir que he reflexionado sobre ello profundamente... que yo... hummm... —Se calló. Tenía que dejar de gorjear como una idiota, su padre jamás se dejaría convencer con protestas tibias—. Papá... el hecho es que no quiero casarme. Nunca. —Vaya, ya lo había dicho—. Quiero decir, valoro lo que tú y mamá habéis hecho por mí, no creáis que no, pero yo no estoy hecha para el matrimonio. —Recalcó sus palabras con un gesto de la cabeza que buscaba denotar seguridad en sí misma.

Dan la miró con una desconcertante mezcla de regocijo y condescendencia.

—Buen intento, Temari. Pero ya no participo en jueguecitos. Mandé llamar a tres hombres para ti. Sólo quedan dos y te vas a casar con uno de ellos. Ya estoy harto de tus maquinaciones. Dentro de un mes vas a cumplir veintidós años, y ambos, De Moncreiffe y Rokushō, pueden ser esposos perfectamente válidos. Se acabó lo de andar alicaída así como los truquitos arteros. ¿Con cuál te vas a casar? —preguntó, con más apremio del pretendido.

—¡Dan! —protestó Tsunade, y se levantó de la silla, contrariada por la prepotencia de su esposo.

—No te metas en esto, Tsunade. Es la última vez que esta niña me toma por idiota. Si se lo permitimos, esgrimirá una razón tras otra para justificar que no puede casarse hasta que nosotros seamos demasiado viejos para hacer nada al respecto.

—Dan, no vamos a obligarla a casarse con alguien si ella no quiere. —Tsunade estampó su delicado pie en el suelo para remachar su afirmación.

—Temari va a aceptar el hecho de que no puede tener al hombre que quiere, Tsunade. Porque estaba aquí y se fue. Y sanseacabó. —Dan exhaló un suspiro y observó la rígida postura de su hija—. Tsunade, lo he intentado. ¿No crees que lo he intentado? Sabía lo que Temari sentía por Naruto. Pero no lo forzaré a casarse con ella, y si lo hiciera, ¿qué tendría eso de bueno? Temari no querría un esposo coaccionado.

—¿Sabías que lo amaba? —exclamó Temari. Estuvo a punto de correr hacia su padre, pero se contuvo y se puso aún más tiesa.

Dan casi rompió a reír; la columna de su hija estaba más rígida que un palo de escoba. Terca como su madre.

—Naturalmente, muchacha. Lo he visto en tus ojos durante años. Por esto lo mandé llamar. Y ahora Kaley me dice que hace una semana se marchó y te sugirió que te casaras con Atsui. Se ha ido, Temari. Ha dejado claros sus sentimientos. —Dan se irguió—. No voy a dejar a mi hija en manos de un canalla desconsiderado, tan idiota además que no ve el tesoro que pierde. No te entregaré a un hombre que no se da cuenta de la excepcional mujer que eres. ¿Qué clase de padre sería yo si fuera tras ese hombre y te arrojara a sus pies?

Tsunade se sorbió la nariz y reprimió una lágrima.

—Lo mandaste llamar porque sabías que lo amaba —susurró—. ¡Oh, Dan! Yo creía que no era justo para ella, pero tú lo viste claramente desde el principio. Sabías lo que quería Temari.

El placer que sentía Dan ante la adoración prodigada por su esposa se evaporó rápidamente cuando Temari hundió los hombros en señal de derrota.

—Jamás supe que sabías cómo me sentía, papá —dijo con voz débil.

—Pues lo sabía, claro. Igual que sé cómo te sientes ahora. Pero has de hacer frente a los hechos. Se fue, Temari ...

—¡Ya sé que se fue! ¿Todos tenéis que seguir recordándomelo?

—Sí, si insistes en echar tu vida a perder. Le di una oportunidad, y fue un estúpido al no aprovecharla. La vida sigue, muchacha.

—Él creía que no era lo bastante bueno para mí —murmuró la joven.

—¿Dijo eso? —preguntó Tsunade.

Temari sopló para apartarse un mechón de la cara.

—Más o menos. Dijo que yo no podía alcanzar a comprender qué sucedería si se casaba conmigo. Y tenía razón. Sea lo que sea esa cosa terrible, ni siquiera puedo imaginarla. Actúa como si tuviera algún secreto espantoso, y, mamá, soy incapaz de quitarle eso de la cabeza. No tengo la menor idea de qué es eso tan horrible que le pasa. Naruto Uzumaki es el mejor hombre que he conocido después de ti, papá. —Sonrió débilmente a su padre antes de acercarse a la ventana y mirar la hierba ennegrecida.

Dan entornó los ojos y observó pensativamente a Tsunade, que había alzado las cejas, sorprendida.

«Aún no lo sabe, díselo», dijo Tsunade formando con los labios la silenciosa frase, y lanzó una mirada a la rígida espalda de su hija.

«¿Qué es un berserker? —respondió Dan incrédulo, vocalizando también en silencio—. Debe decírselo él mismo.»

«No puede. ¡No está aquí!»

«Se niega. Y yo no le sacaré las castañas del fuego. Si no es capaz de confiar en Temari, ella no debería casarse con él. Evidentemente, no es lo bastante hombre para mi Temari.»

«Nuestra Temari.»

Dan se encogió de hombros. Avanzó y colocó las manos en los hombros de su hija con ademán reconfortante.

—Lo lamento, Temari. En serio. Creí que con los años él habría cambiado. De todos modos, esto no quita que debes casarte. Y a mí me gustaría que fuera con Atsui.

Temari se envaró y susurró con un hilo de voz:

—No me casaré con nadie.

—Sí lo harás —proclamó su padre severamente—. Mañana haré públicas las amonestaciones, y antes de que transcurran tres semanas te casarás con alguien.

Temari giró sobre los talones, los ojos lanzando destellos.

—Deberías saber que fui su amante.

Tsunade se abanicó enérgicamente.

Dan se encogió de hombros.

Tsunade miró boquiabierta, primero a Temari y después a su inefable esposo.

—¿Eso es todo? ¿Te encoges de hombros y ya está? —Temari observó a su padre parpadeando de incredulidad—. Bueno, quizá no te importe, pero no creo que mi futuro esposo lo acepte con demasiado entusiasmo, ¿verdad, papá?

—A mí no me importaría —dijo Atsui con calma, sorprendiendo a todos con su inesperada presencia—. Me casaría contigo sin condiciones.

Todas las miradas se posaron en Atsui de Moncreiffe, cuyo imponente cuerpo ocupaba el umbral.

—Buen hombre —dijo Dan con firmeza.

—¡Oh, Atsui! —exclamó Temari con tristeza—. Tú te mereces algo mejor...

—Ya hemos hablado de esto, muchacha. Te tomaré sin condiciones. Naruto es un insensato, pero yo no. Me casaré contigo encantado. Nunca he entendido por qué se supone que una mujer ha de permanecer intacta y en cambio si se trata de un hombre sucede todo lo contrario.

—Pues asunto resuelto —resolvió Dan rápidamente.

—¡No!

—Sí, Temari —soltó Dan con tono severo—. Te casarás en el plazo de tres semanas. Y punto. Se acabó la conversación. —Y se dio la vuelta.

—¡No podéis hacerme esto!

—Un momento. —Aoi Rokushō cruzó el umbral detrás de Atsui—. A mí también me gustaría proponerle matrimonio.

Dan observó a los dos hombres y volvió despacio la mirada hacia su hija, que estaba boquiabierta.

—Temari, tienes doce horas para escoger. Mañana notificaré las amonestaciones.

—¡Mamá, no dejes que lo haga! —rogó Temari entre sollozos.

Tsunade Katō se irguió, se sorbió la nariz y salió del estudio tras Dan.

—¿Qué demonios te propones, Dan? —preguntó Tsunade.

Su marido se reclinó, apoyado en el alféizar de la ventana de su dormitorio, el vello del pecho destellando sus tonos dorados entre los pliegues de la bata de seda al débil resplandor del fuego de la chimenea.

Tsunade se recostó desnuda en la cama y Dan quedó maravillado, pasmado.

—Por la lanza de Odín, mujer, sabes que cuando te veo así no puedo negarte nada.

—No obligues a Temari a casarse, cariño —dijo ella sin más. Siguiendo la tónica de siempre, no se andaban con juegos. Tsunade estaba convencida de que la mayoría de los problemas de una relación podían resolverse o evitarse mediante la comunicación concisa y clara. Los juegos suscitaban discordancias innecesarias.

—No es ésa mi intención —replicó él con una sonrisa—. No llegaremos tan lejos.

—¿Qué quieres decir? —Tsunade se quitó las horquillas del pelo, permitiendo que éste cayera en una cascada de olas doradas sobre sus apetecibles pechos—. ¿Es otro de tus infames planes, Dan? —preguntó con perezoso regocijo.

—Sí. —Y se hundió en el borde de la cama, al lado de su esposa. Recorrió con la mano la suave forma del costado, perfilando la encantadora hendidura de la cintura, remontando la exuberante curva de la cadera—. Si ella no hubiera admitido que fue su amante, quizá no me habría sentido tan seguro de mí mismo. Pero él es un berserker, Tsunade. Hay una sola compañera genuina para cada berserker, y ellos lo saben. Naruto no puede dejar que se celebre la boda. Un berserker moriría antes.

A Tsunade se le iluminó la cara, y su sensual languidez se vio imbuida de revelación.

—Harás públicas las amonestaciones para provocarle, ¿no es así? Porque es el medio más eficaz de obligarle a declararse.

—Querida, como de costumbre, nos entendemos perfectamente. Volverá a la carrera.

—Muy ingenioso. No se me había ocurrido. Es imposible que un berserker permita a su pareja casarse con otro.

—Esperemos que todas las leyendas sobre estos guerreros sean ciertas, Tsunade. Según me explicó el padre de Gavrael hace años, una vez que un berserker hace el amor con su verdadera compañera ya no puede emparejarse con otra mujer. Gavrael es incluso más berserker que su padre. Vendrá por ella, y cuando lo haga no tendrá más remedio que contarle la verdad. Temari se casará en tres semanas, no lo dudes, y con el hombre que quiere: Naruto.

—¿Y qué pasa con los sentimientos de Atsui?

—Atsui no cree realmente que ella vaya a casarse con él. También opina que Naruto vendrá. Hablé con él antes de forzar a Temari a elegir, y se mostró de acuerdo con eso. Pero debo admitir que Aoi me sorprendió mucho con su proposición.

—¿Me estás diciendo que lo tenías todo planeado antes de hablar con ella? —Tsunade estaba, una vez más, asombrada de las vueltas que daba la brillante mente maquinadora de su esposo.

—Era uno entre varios planes posibles. Cuando la cuestión incumbe a las mujeres que ama, un hombre debe prever todas las posibilidades.

—Mi héroe. —Tsunade le hizo ojitos.

Dan la cubrió con su cuerpo.

—Te demostraré lo que es un héroe —gruñó.

Dan no había previsto que incluso su mimada Temari podía hacer pucheros, estar enfurruñada y mostrarse desagradable durante tres semanas enteras.

Efectivamente, podía.

Desde la mañana que deslizó bajo la puerta del dormitorio de sus padres una nota con el nombre «Atsui» se había negado a hablar con éste, salvo utilizando respuestas de una sola palabra. Además acosaba a los demás habitantes del castillo con las mismas preguntas: cuántas amonestaciones se habían hecho públicas, cuándo y dónde.

—¿También en Durrkesh, Kaley? —insistía preocupada.

—Sí, Temari.

—¿Y Scurrington y Edimburgo?

—Sí, Temari. —Jūgo suspiró, sabiendo que era inútil recordarle que el día anterior ya le había preguntado lo mismo.

—¿Y los pueblos pequeños de las Highlands? ¿Cuándo se mandaron allí?

—Hace días, Temari. —Dan interrumpió el interrogatorio.

La joven aspiró por la nariz y le dio la espalda a su padre.

—¿Por qué te preocupas tanto de las amonestaciones? —preguntó él con intención de provocar.

—Es sólo curiosidad —respondió Temari alegremente, saliendo de la estancia con paso regio.

—Vendrá, mamá. Sé que vendrá.

Tsunade sonreía y acariciaba el cabello de Temari; pero pasaban los días y Naruto seguía sin aparecer.

Incluso Atsui empezó a ponerse un poco nervioso.

—Si no viene, ¿qué haremos? —preguntó Atsui. Iba de un lado a otro del estudio, moviendo en silencio sus largas piernas. La boda era al día siguiente y nadie había oído una palabra de Naruto Uzumaki.

Dan sirvió sendas copas.

—Ha de venir.

Atsui cogió la copa y tomó un sorbo con aire meditabundo.

—Seguramente sabe que la boda es mañana. Sólo podría ignorarlo si ya no estuviera en Escocia. Hemos mandado estas malditas amonestaciones a todos los pueblos de más de cien habitantes.

Ambos contemplaron el fuego y bebieron en silencio.

—Si no viene, seguiré adelante con ello.

—Vamos, vamos, ¿por qué ibas a hacer eso, muchacho? —inquirió Dan con tono afectuoso.

Atsui se encogió de hombros.

—La amo. Siempre la he amado.

Dan meneó la cabeza.

—Hay distintas clases de amor, Atsui. Y tú no estás dispuesto a matar a Naruto sólo porque haya tocado a Temari, ésta no es la clase de amor que sientes tú. Ella no es para ti.

Atsui no replicó, y Dan soltó una carcajada y le dio unas palmaditas en el muslo.

—Oh, no es para ti, está clarísimo. Tú ni siquiera discutes conmigo.

—Naruto me dijo algo muy parecido. Me preguntó si la amaba de verdad... si estaba loco por ella.

Dan sonrió maliciosamente.

—Eso es porque ella sí le vuelve loco a él.

—Quiero que Temari sea feliz, Dan —dijo Atsui con fervor—. Ella es especial. Es generosa y bella y tan... ¡oh, y está tan enamorada de Naruto, maldita sea!

Dan alzó la copa hacia Atsui y sonrió.

—Así es. En el momento de la verdad interrumpiré la ceremonia y le daré a elegir. No permitiré que se case contigo sin darle esa opción. —Mientras bebía observó a Atsui pensativamente—. De hecho, creo que no dejaría que te casaras con ella ni siquiera en ese caso.

—Eso duele —protestó Atsui.

—Es mi pequeña, Atsui. Quiero amor para ella. Amor de verdad. La clase de amor que vuelve loco a un hombre.

Temari se acurrucó hecha un ovillo en el antepecho de la ventana de la albarrana, frente a la noche, con la mirada perdida. Salpicaban el cielo cientos de estrellas, pero no veía ninguna. Mirar en la noche era como mirar en un inmenso vacío... su futuro sin Naruto.

¿Cómo iba a casarse con Atsui?

¿Cómo iba a negarse? Evidentemente, Naruto no aparecería.

Las amonestaciones se habían hecho públicas en todo el país. Era imposible que él no supiera que al día siguiente Temari Katō iba a contraer matrimonio con Atsui de Moncreiffe. Todo el maldito país lo sabía.

Tres semanas atrás ella podía haber huido.

Pero no ahora, no con un retraso de tres semanas de la regla, no sin tener noticias de Naruto. No tras creer en él y acabar descubriendo que era un idiota amartelado.

Se llevó la palma de la mano al estómago. Quizás estuviera embarazada, pero no estaba del todo segura. En el pasado, su flujo menstrual había sido irregular en ocasiones, llegando incluso con más retraso que esta vez. Su madre le había dicho que muchas cosas podían afectar las reglas de una mujer: los trastornos emocionales... o el ferviente deseo de quedarse embarazada.

¿Era eso? ¿Deseaba tanto tener un hijo de Naruto Uzumaki que se estaba engañando a sí misma? ¿O había realmente un niño creciendo en sus entrañas? Cómo le gustaría saberlo con seguridad. Aspiró hondo y soltó el aire despacio. Con el tiempo lo sabría.

Pensó en ponerse en camino por su cuenta, intentar encontrarle, luchar por su amor, pero una desafiante pizca de orgullo combinada con el sentido común la hizo contenerse. Naruto se hallaba en lo más reñido de un combate consigo mismo, combate que él tenía que ganar o perder. Temari le había ofrecido su amor, le había dicho que aceptaba cualquier tipo de vida siempre y cuando la vivieran juntos. Una mujer no debía luchar contra el hombre que amaba por el amor de éste. Él tenía que decidirlo libremente, debía aprender que el amor era la única cosa del mundo que no daba miedo.

Naruto era un hombre inteligente y valeroso. Vendría.

Temari emitió un suspiro. Seguía creyendo, que Dios la perdonara.

Él vendría.