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Pero él no vino.

El día de la boda amaneció nuboso y frío. De madrugada empezó a caer aguanieve, que cubrió la chamuscada hierba con una capa de crujiente hielo negro.

Temari estaba en la cama, oyendo los sonidos de los preparativos para el banquete de la boda. El estómago le crujió por culpa de los aromas de faisanes y jamones asándose. Era un festín para reavivar a los muertos; y funcionaba. Se levantó dando traspiés y avanzó a tientas hasta el espejo por la habitación débilmente iluminada. Observó su reflejo. Donde los pómulos alcanzaban los inclinados ojos verdes azulados, unas sombras oscuras estropeaban su piel delicada.

Faltaban menos de seis horas para su boda con Atsui de Moncreiffe.

Oía claramente el murmullo de voces; la mitad del condado estaba allí ya desde el día anterior. Habían sido invitadas cuatrocientas personas y se habían presentado quinientas, atestando el enorme castillo y repartiéndose en alojamientos menos acogedores del pueblo cercano.

Quinientas personas, más de las que habría en su funeral, andando por la helada hierba negra.

Temari cerró los ojos con fuerza y se negó a llorar, convencida de que si consentía en derramar otra lágrima, sería de sangre.

A las once, Tsunade Katō se secaba graciosamente las lágrimas con un primoroso pañuelo.

—Estás preciosa Temari —dijo con un sentido suspiro—. Incluso más de lo que lo estaba yo.

—Mamá, ¿no crees que las bolsas bajo los ojos deslucen un poco? —repuso Temari con tono mordaz—. ¿Y qué hay de la mueca permanente en mi boca? Camino encorvada y tengo la nariz roja como un tomate de tanto llorar. Me parece que alguien podría considerar mi aspecto un tanto sospechoso.

Tsunade se sorbió la nariz, colocó un tocado sobre el pelo de Temari y tiró de una fina gasa de un azul transparente hasta tapar el rostro de su hija.

—Tu padre piensa en todo —dijo encogiéndose de hombros.

—¿Un velo? Por favor, mamá. Hoy día ya nadie lleva velo.

—Piensa que estás implantando una nueva moda. A finales de año todo el mundo volverá a llevarlo —soltó Tsunade con un gorjeo.

—Pero ¿cómo puede hacerme esto, mamá? Sabiendo el tipo de amor que los dos compartís, ¿cómo justifica que yo me vea condenada a un matrimonio sin amor?

—Atsui te ama, así que no es sin amor.

—Por mi parte sí.

Tsunade se sentó en el borde de la cama. Examinó el suelo un momento y luego miró a su hija.

—A ti sí te importa —dijo Temari, algo apaciguada por la compasión que había en la mirada de Tsunade.

—Pues claro que me importa. Soy tu madre. —Tsunade la observó pensativa—. Cariño, no te preocupes, tu padre tiene un plan. Yo no pensaba decírtelo, pero él no quiere que esto llegue al final. Cree que Naruto aparecerá.

Temari soltó un bufido.

—Y yo también, mamá. Pero faltan diez minutos y ni rastro de ese hombre. ¿Qué va a hacer papá? ¿Interrumpir la ceremonia si Naruto no se presenta? ¿Ante quinientos invitados?

—Sabes que a tu padre nunca le ha importado dar el espectáculo... o que lo dé otro, si vamos a eso. En mi boda me raptó. Creo que está deseando que te pase lo mismo.

Temari esbozó una sonrisa. La historia del «cortejo» de su padre a su madre la había cautivado desde niña. Su padre era un hombre que podría dar lecciones a Naruto. Naruto Uzumaki no debería estar luchando por ella consigo mismo sino con el mundo entero. Inspiró hondo, esperando contra todo pronóstico, imaginando una escena así con ella como protagonista.

—Estamos aquí reunidos, en compañía de la familia, amigos y gente de bien para unir a este hombre y a esta mujer en el vínculo sagrado e inquebrantable...

Temari sopló furiosa contra el velo. Aunque lo apartó un poco, la visión no era clara. El predicador era ligeramente azul, Atsui era ligeramente azul. Irritada, lo apartó del todo. En el día de su boda no había color rosa en ninguna parte. De todos modos, ¿por qué iba a haberlo? Al otro lado de las altas ventanas, caía aguanieve en cortinas vagamente azules.

Miró de soslayo a Atsui, de pie a su lado. Los ojos de Temari llegaban a la altura del pecho de él. Pese a lo desesperada que estaba, admitió que era un hombre magnífico. Regiamente vestido con un tartán de gala, había recogido su cabello atrás dejando despejado el cincelado rostro. La mayoría de las mujeres se sentiría emocionada si se hallara en su lugar, jurando amor eterno a Atsui, acompañándole como señora de sus tierras, dándole hermosos hijos rubios y viviendo espléndidamente el resto de sus días.

Pero era el hombre equivocado. «Él vendrá por mí, vendrá por mí, sé que lo hará», se repetía en silencio como si fuera una especie de conjuro mágico que pudiera tejer con las fibras de la pura repetición.

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Mientras pasaba corriendo, Naruto arrancó del muro de una iglesia otro papel con las amonestaciones. Lo arrugó y lo metió a la fuerza en un zurrón que rebosaba de bolas de pergamino. Se encontraba en Tummas, un pequeño pueblo de las Highlands, cuando había visto el primero, clavado en la pared de un desvencijado cobertizo. A unos veinte pasos vio el segundo, y luego el tercero, el cuarto...

Temari Katō se casaba con Atsui de Moncreiffe. Maldijo con furia. ¿Cuánto tiempo había esperado ella? ¿Dos días? Aquella noche Naruto no durmió, consumido por una rabia que amenazaba con liberar al berserker aunque no hubiera por medio derramamiento de sangre.

La cólera sólo se había intensificado, torturándolo a lomos de Occam, enviándolo a trazar círculos por las Highlands. Había cabalgado hasta el límite de Caithness, dado la vuelta y regresado, arrancando todas las amonestaciones que encontraba, pasando de las Lowlands a las Highlands como una bestia enloquecida. Después había vuelto sobre sus pasos, impulsado hacia Caithness por una fuerza que escapaba a su comprensión, una fuerza que le llegaba hasta los tuétanos. Se echó las trenzas atrás y soltó un gruñido. En el bosque cercano, un lobo respondió con un aullido lúgubre.

La noche anterior había tenido otra vez el sueño. El sueño en que Temari lo veía transformarse en un berserker, en que ella le colocaba en el pecho su mano y lo miraba a los ojos y se comunicaban... Temari y la bestia. En su sueño, Naruto se daba cuenta de que la bestia amaba a Temari tan profundamente como el hombre, y era igualmente incapaz de hacerle daño. A la luz del día, ya no tenía miedo de lastimar a Temari, ni siquiera con la amenaza de la locura de su padre. Se conocía a sí mismo lo suficiente para saber que no le causaría daño ni siquiera en los peores trances de las acciones del berserker.

Pero en el sueño, mientras Temari buscaba en los ojos ardientes y terribles de Naruto, el miedo y la repugnancia marcaban los preciosos rasgos de ella. Temari extendía la mano para detenerlo, suplicándole que se marchara todo lo lejos que Occam pudiera llevarle.

El berserker emitía un sonido lastimero mientras el corazón del hombre se helaba lentamente, volviéndose más frío aún que los ojos azul claro que habían visto tanta destrucción. En el sueño, Naruto huía al refugio de la oscuridad para esconderse de la horrorizada mirada de Temari.

En una ocasión Atsui le había preguntado qué podía matar a un berserker; ahora lo sabía: algo tan insignificante como la mirada de Temari.

Despertó del sueño completamente desesperado. Aquél era el día de la boda, y si los sueños eran presagios, Temari jamás le perdonaría lo que estaba a punto de hacer por miedo a que algún día ella descubriera su verdadera naturaleza.

Pero ¿necesitaba ella saberlo?

Si era preciso, él ocultaría el berserker en su interior para siempre. Jamás volvería a salvar a nadie, ni a luchar, ni a ver sangre; nunca revelaría su secreto. Viviría como un hombre normal. Se detendría en Dalkeith, donde los Uchiha le guardaban una fortuna considerable, y, con suficiente oro para comprarle a Temari un castillo en cualquier parte, ambos huirían lejos de los traicioneros Yūhi y de todos aquellos que conocían su secreto.

Si ella aún lo aceptaba.

Naruto sabía que lo que estaba a punto de hacer era lo más honorable, pero a decir verdad, ya no le importaba. Que Dios le perdonara... era un berserker que seguramente llevaba la locura de su padre en las venas, pero, mientras aún viviera y respirara, no podía quedarse impasible mientras Temari Katō se casaba con otro hombre.

Ahora entendió lo que ya sabía por instinto desde hacía años, desde el día en que abandonó el bosque y se quedó mirándola.

Temari Katō era suya.

Era casi mediodía y se hallaba a menos de cinco kilómetros de Caithness cuando sufrió una emboscada.