25
Cabalgaron duramente hasta que empezó a anochecer; entonces Naruto detuvo a Occam en un bosquecillo. Tras salir de Caithness, había sacado de la bolsa un tartán que había ceñido al cuerpo de Temari, formando una barrera casi impermeable entre ella y los elementos.
Desde entonces, Naruto no había pronunciado palabra. Su rostro tenía una expresión tan severa que ella se quedó callada, dándole tiempo e intimidad para arreglárselas con sus pensamientos. Temari se acurrucaba de espaldas contra él, saboreando la presión del firme cuerpo. Naruto Uzumaki había ido por ella. Aunque un comienzo tan poco propicio acaso no fuera la manera ideal de iniciar una nueva vida juntos, ya serviría. Pues si Naruto había raptado a una mujer en su boda, sería porque tenía intención de ocuparse de ella para siempre, y eso era todo lo que Temari siempre había deseado: una vida con él.
Cuando Naruto detuvo a Occam, la helada lluvia había remitido, pero la temperatura había caído en picado. El viento era cada vez más cortante, y Temari sospechó que se encaminaban directamente a las Highlands, donde los vientos fríos soplaban con el doble de fuerza que en las Lowlands. Se ajustó bien el tartán para protegerse.
Él desmontó, bajó a Temari de la silla y la sostuvo un momento.
—Dios mío, te he echado de menos, Temari. —Las palabras salieron como un estallido. Ella echó la cabeza atrás, jubilosa.
—¿Por qué tardaste tanto, Naruto?
La expresión de él era indescifrable. Se miró tímidamente las manos, que había que lavar con urgencia. Se entretuvo un momento con una jarra de agua y un trozo de tartán limpio, quitando las manchas más visibles.
—En el camino hubo una pequeña escaramuza y... —murmuró.
Temari observó su ropa desaliñada, pero decidió no preguntar nada. El barro y la sangre parecían de una pelea reciente, pero lo que había sucedido en los últimos días no era su preocupación principal.
—No me refería a eso. Has tardado más de un mes. ¿Tan difícil te resultó llegar a la conclusión de que me querías? —Temari esbozó una forzada sonrisa burlona para disimular su herida.
—No pienses eso, Temari. Me despierto queriéndote. Caigo dormido queriéndote. Contemplo una magnífica salida del sol y sólo pienso en compartirla contigo. Vislumbro una esmeralda y veo tus ojos. Temari, padezco una enfermedad, y la fiebre sólo baja cuando estoy cerca de ti.
Ella le dedicó una sonrisa radiante.
—Estás casi perdonado. Pero dime... ¿por qué tardaste tanto? ¿Es por aquello de que no crees ser lo bastante bueno para mí, Naruto Uzumaki? ¿Porque no tienes título nobiliario? —Al ver que él no respondía, se apresuró a tranquilizarle—. No me importa, ya lo sabes. El título no hace al hombre, y desde luego eres el hombre más admirable que he conocido jamás. ¿Qué demonios es eso tan malo que te pasa?
El obstinado silencio no fue el elemento disuasorio que Naruto pretendía. Temari adoptó hábilmente otra estrategia.
—Según me explicó Atsui, crees que tu padre está loco y tienes miedo de haber heredado su locura. Dijo que eso carecía de sentido, y he de decirte que yo soy de la misma opinión, pues eres el hombre más inteligente que he conocido... si no fuera por las veces que no has confiado en mí, evidenciando un palpable desacierto en tu acostumbrado buen juicio.
Naruto la miraba fijamente, desconcertado.
—¿Qué más te dijo Atsui?
—Que me amabas.
Naruto la estrechó en brazos con un movimiento rápido. Hundió las manos en el cabello de Temari y la besó apasionadamente. Ella saboreó la presión del cuerpo de él, su lengua juguetona, las fuertes manos ahuecadas en su cara. Se fundió con Naruto, pidiendo más sin palabras. El último mes separados, junto a las horas apretada contra él en el caballo, habían avivado el deseo en su interior. Durante la última hora, había sentido un hormigueo en todos los puntos de contacto con el cuerpo de Naruto, y un acaloramiento tembloroso se había concentrado en el centro de su cuerpo, rezumando hacia abajo, despertando sensaciones y deseos inusitadamente intensos. Se había mostrado ajena al entorno, su mente ocupada en imaginar, con escandaloso detalle, las numerosas y distintas maneras en que quería hacer el amor con Naruto.
Ahora Temari prácticamente vibraba de necesidad, y respondió desaforadamente al beso, su cuerpo preparado ya para él, y se apretó contra sus caderas.
Naruto dejó de besarla tan repentinamente como había comenzado.
—Hemos de seguir cabalgando —dijo él—. Aún nos queda un largo trecho. No quiero que pases más frío.
Se apartó con tal brusquedad que Temari se quedó boquiabierta y casi emite un chillido de frustración. El beso la había excitado tanto que el aire frío era intrascendente; y desde luego no tenía intención de esperar ni un segundo más para hacer el amor con él.
Dejó que los párpados se agitaran hasta cerrarse y se tambaleó un poco. Naruto la observó con ceño.
—¿Te encuentras bien?
—No —contestó Temari, lanzándole una mirada de soslayo—. La verdad, me siento muy rara, Naruto, y no sé qué pensar.
Él se le acercó inmediatamente, y ella se preparó para tender la trampa.
—¿Dónde te sientes rara, Temari? ¿Puedo...?
—Aquí. —Temari le tomó la mano y se la llevó al pecho—. Y aquí. —Guió la otra mano hacia sus caderas.
Naruto respiró hondo varias veces y espiró, deseando que su desbocado corazón aminorara el ritmo, dejando de bombear tanta sangre a sus entrañas, y que su cerebro participara en el trato para así acaso elaborar algún pensamiento coherente.
—Temari —dijo, resoplando.
—Caramba —dijo ella con tono malicioso, moviendo las manos sobre el cuerpo de él—. Parece que estás padeciendo la misma dolencia.
Naruto gruñó.
—Aquí fuera nos vamos a helar, muchacha. No quiero que pases más...
—No soy...
—... frío para satisfacer mis necesidades egoístas...
—... tan frágil, Naruto. ¿Y qué hay de mis necesidades egoístas?
—... ¡y al aire libre no te puedo hacer el amor de forma apropiada!
—Vaya, ¿y es apropiado el único modo en que siempre me has deseado?
Ambas miradas se encontraron, y los ojos de Naruto se ensombrecieron de deseo. Parecía haberse quedado inmovilizado, evaluando el frío, contemplando todas las necesidades de ella... salvo la que verdaderamente importaba.
—Hazlo. Tómame. Ahora —pidió ella en voz baja.
Naruto entrecerró los ojos e inspiró.
—Temari ...
En sus ojos azul claro se desató una tormenta, y ella se preguntó qué había desencadenado. Una bestia... su bestia. Y Temari le quería exactamente como era.
La fuerza de la pasión de Naruto cayó sobre ella como un vendaval, caliente, salado y primitivo, sin contenerse. Estallaron uno contra otro, juntando sus cuerpos todo lo que podían. Naruto la llevó de espaldas a un árbol, le levantó el vestido y dejó a un lado su tartán, sin dejar de besarle los párpados, la nariz, los labios, hundiendo la lengua tan profundamente en la boca que ella creyó ahogarse en la sensualidad de su hombre.
—Te necesito, Temari Katō. Desde que te puse a lomos del caballo no he deseado otra cosa que bajarte a rastras y poseerte sin una palabra de explicación o de disculpa... porque te necesito.
—Sí —susurró ella—. ¡Eso es lo que quiero!
Con un rápido movimiento Naruto la penetró, y la tormenta se desató en el cuerpo de Temari bramando con la devastadora furia de un huracán.
Echó la cabeza atrás y liberó la voz, gritando a Naruto para que la oyeran todas las criaturas del bosque. Se apretó contra él con urgencia, levantando las caderas para que se acompasaran a cada acometida. Le arañó los hombros y alzó las piernas rodeándole la cintura, cerrando los tobillos en torno a las ancas musculosas. Con cada embate, Naruto la apretaba más contra el tronco, que ella utilizaba como soporte para impulsarse hacia él, para que la penetrara lo más profundamente posible. De sus labios sólo escapaban los sonidos de la pasión; no hacían falta palabras. Uniéndose y comprometiéndose mediante el contacto, sus cuerpos hablaban una lengua primigenia e inconfundible.
—¡Temari! —rugió Naruto al derramarse dentro de ella.
La joven emitió una risa jubilosa mientras el caliente flujo la llevaba al borde del placer, dando sacudidas contra él.
Se sujetaron uno a otro durante unos instantes de reverencia. Inclinado sobre ella y estrujándola suavemente, Naruto parecía reticente a moverse, como si quisiera estar pegado a Temari para siempre. Y cuando comenzó a ponerse rígido dentro de ella, Temari supo que le había convencido de que un poco de aire frío era bueno para el espíritu.
Naruto llamó a Occam con un silbido. Tras volver el caballo del bosque, ató con fuerza los fardos con el ronzal. Estaba totalmente oscuro y debían proseguir su camino. Aquella noche no habría refugio donde protegerse, pero al día siguiente se hallarían lo bastante lejos, ya en las Highlands, para disponer de cobijo todas lasmnoches venideras. Se volvió para mirar a Temari. Para él era imperioso que ella estuviera feliz, caliente y segura.
—¿Tienes hambre? ¿Estás seca? ¿Y caliente?
—No, sí y sí. ¿Adónde iremos, Naruto? —preguntó, sintiéndose todavía como en una nube después de haber hecho el amor con tanta intensidad.
—A un día de aquí hay una choza abandonada.
—No; adónde me vas a llevar después de todo esto, no ahora.
Naruto meditó la respuesta. En un principio había planeado ir directamente a Dalkeith, y salir de allí en cuanto hubiera recogido su fortuna y cargado los caballos. Pero empezó a pensar que quizá no hacía falta correr. Durante el viaje desde Caithness había pasado mucho tiempo rumiando sobre algo que le había dicho Atsui.
«Organiza un ejército, diablos, y derrotemos a los Yūhi de una vez para siempre. Conozco montones de hombres que pelearían a tu lado. También yo.» Y también la milicia de Sasuke, así como muchos de los hombres que había conocido en la corte y que se ofrecían como mercenarios.
Naruto detestaba la idea de alejar a Temari de Escocia, de su familia. Sabía lo que era no tener clan. Si vencía a los Yūhi, compraría tierras cerca de la familia de ella y sólo tendría un demonio contra el que luchar. Podría dedicar toda su energía a ocultar su verdadera naturaleza y convertirse en un buen marido para Temari.
«Prométeme que le contarás la verdad», le había dicho Atsui al oído en un susurro apremiante. Naruto había asentido.
Pero no había dicho cuándo, se dijo con poca convicción mientras observaba los inocentes rasgos de ella. Tal vez el año próximo, o sea que faltaba toda una vida. Entretanto, tenía otras batallas que librar.
—Dalkeith. Mi amigo y su esposa son los señores de allí. Con ellos estarás segura.
Temari puso atención de golpe, su fantasioso ensueño desbaratado por la idea de una separación inminente.
—¿Qué significa que estaré segura con ellos? Te refieres a que estaremos seguros, ¿no?
Naruto jugueteaba con la silla de Occam.
—Naruto... nosotros, ¿no?
Él farfulló algo deliberadamente incoherente.
Temari lo observó y resopló con delicadeza.
—Naruto, no estarás pensando en llevarme a Dalkeith y dejarme allí, ¿verdad? —Entrecerró los ojos, pronosticando tormenta si tal era la intención de él.
Naruto respondió sin levantar la cabeza, enfrascado en su inspección del ronzal de Occam:
—Sólo por un tiempo, Temari. Hay algo que debo hacer, y he de asegurarme de que mientras tanto estés segura.
Ella lo observó moverse inquieto y consideró sus opciones. «Mi amigo y su esposa», había dicho, gente que sabría algo de su hombre misterioso. Aunque para ella no era la situación ideal, sí parecía algo prometedor. Deseaba que él confiara en ella, que le dijera por qué era tan solitario, pero se conformaría con lo que tenía. Quizá lo que le había ocurrido en el pasado era demasiado doloroso para hablar de ello.
—¿Dónde está Dalkeith?
—En las Highlands.
—¿Cerca de donde naciste?
—Algo más allá. Para llegar a Dalkeith hemos de rodear Tuluth.
—¿Por qué rodearlo? ¿No podemos cruzarlo? —dijo Temari, intentando sonsacar algo.
—Porque nunca he vuelto a Tuluth y no pienso hacerlo ahora. Además, el pueblo quedó destruido.
—Pues si resultó destruido, aún es más extraño que quieras rodearlo. ¿Por qué evitar un lugar donde no hay nada?
Naruto alzó una ceja.
—¿Siempre has de ser tan lógica?
—¿Y tú tan evasivo? —replicó ella, enarcando también una ceja.
—Simplemente no quiero atravesarlo, ¿de acuerdo?
—¿Estás seguro de que está en ruinas?
Cuando Naruto se atusó el cabello, Temari por fin comprendió. Siempre que Naruto Uzumaki empezaba a tocarse el pelo era porque no quería contestar a una pregunta. Temari por poco se rió; si seguía interrogándole, se arrancaría el pelo a mechones. Pero ella precisaba respuestas, y de vez en cuando en sus indagaciones encontraba algunos tesoros. ¿Qué podía empujarle a evitar Tuluth como si fuera la peste?
—Oh, Dios mío —susurró cuando de repente la intuición le mostró la verdad—. Tu familia aún vive, ¿es eso, Naruto?
Él la miró y ella lo vio forcejear para eludir la pregunta. Naruto jugueteó con las trenzas de guerra y ella se mordió el labio, esperando.
—Mi padre aún vive —reconoció.
Aunque Temari ya había llegado a esta conclusión por su cuenta, aquella confesión la desconcertó.
—¿Qué más no me has contado, Naruto?
—Que Atsui te dijo la verdad. Mi padre es un viejo loco —dijo con amargura.
—¿Está loco de veras, o simplemente discrepáis sobre ciertas cosas, como ocurre muchas veces con los padres?
—No quiero hablar de ello.
—¿Es muy mayor? ¿Tienes más familia de la que no me has hablado?
Naruto se apartó y se puso a andar de un lado a otro.
—No.
—Bueno, ¿cómo es tu casa de Tuluth?
—No está en Tuluth —masculló—. Mi casa era un castillo lóbrego y sombrío excavado en la montaña que domina Tuluth.
Temari se preguntó qué otras cosas asombrosas podría revelar Naruto si ella seguía indagando.
—Si tu casa estaba en el castillo, serías o bien un sirviente... —Lo observó de arriba abajo y meneó la cabeza al comprender de golpe—. ¡Oh, yo aquí parloteando sobre títulos y tú sin decir nada! Eres hijo de un jefe de clan, ¿verdad? ¿Por casualidad no serás su hijo mayor? —inquirió más bien en broma. Naruto apartó la mirada y entonces ella exclamó—: ¿Significa esto que un día serás el laird? ¿Que hay un clan aguardando tu regreso?
—Jamás. No regresaré a Tuluth, y aquí se acaba la discusión. Mi padre es un viejo canalla y chiflado y el castillo está en ruinas. La mitad de mi clan desapareció hace años junto con el pueblo, y estoy seguro de que la otra mitad se dispersó para huir del viejo y volver a empezar en otra parte. Dudo que en Tuluth haya alguien... probablemente no hay más que ruinas. —Lanzó una mirada furtiva a Temaeri para ver cómo se lo tomaba.
A ella la cabeza le daba vueltas. Había algo que no encajaba; faltaba información crucial. El hogar donde Naruto pasó la infancia estaba entre el sitio donde se hallaban y su destino, y las respuestas estaban en esas viejas ruinas. Un «padre viejo y chiflado» y la intuición le mostrarían el camino que llevaba a las honduras del corazón de Naruto.
—¿Por qué te marchaste? —inquirió con delicadeza.
Naruto la miró de frente, los ojos azules brillando en la luz evanescente.
—Temari, por favor. No hagas tantas preguntas de golpe. Dame tiempo. Estas cosas... no he hablado de ellas desde que pasaron. —Sus ojos imploraban paciencia y comprensión.
—Puedo darte tiempo; y tendré paciencia. Pero no abandonaré.
—Prométemelo. —Naruto se puso serio de repente—. Prométeme que nunca abandonarás, pase lo que pase.
—¿Abandonarte a ti? No lo haré jamás. Dios mío, con lo mal que te portaste conmigo cuando era una niña y aun así no desistí —dijo, esperando alegrar aquel semblante sombrío.
—A nosotros, Temari. Prométeme que nunca nos abandonarás a nosotros. —La atrajo hacia sí y la contempló con tal intensidad que ella casi se quedó sin aliento.
—Lo prometo —susurró—. Y toma mi palabra tan seriamente como la de un guerrero.
Naruto se relajó apenas, esperando no tener que recordárselo nunca.
—¿Estás segura de que aún no tienes hambre? —cambió de tema.
—Puedo esperar a que nos detengamos a pasar la noche —le aseguró ella con aire distraído, demasiado ocupada con sus pensamientos para reparar en necesidades físicas. Ya no se preguntaba por qué había aparecido tan tarde, manchado de sangre y barro. Había llegado, y de momento eso bastaba.
Había otras preguntas, más importantes, de las que necesitaba saber la respuesta.
Volvieron a montar. Naruto la colocó delante y ella se relajó, deleitándose en el contacto con el fuerte cuerpo.
Al cabo de unas horas, Temari tomó una decisión. «Una chica ha de hacer lo que ha de hacer», se dijo con firmeza. Planeó que por la mañana sufriría un acceso repentino de una enfermedad inexplicable que exigiría un refugio seguro y permanente antes de llegar a Dalkeith. No tenía ni idea de que, por la mañana, la diosa Fortuna tomaría en sus manos el curso de los acontecimientos con un retorcido sentido del humor.
