Capítulo XX
¡Calma, Annie! ¿Qué pasó? – preguntó su novio. George, ¿sucedió algo? – cuestionó apremiante el muchacho ante George.
¡Joven Cornwell, no sé cómo sucedió! ¡De verdad que no lo sé! ¡Sólo la encontré ahí! ¡Tirada en la parte de atrás del tren, inconsciente…! ¡No pasó nada! ¡No le hice nada, no la ayudé, debía haberla cuidado más, debí llevarla a mi vagón, pero no la obligué, la dejé ahí y cayó en coma, perdón hice mal mi trabajo – George aparentemente había soportado bien la tensión, ahora era cuando ya no lo soportaba más, comenzó a llorar amargamente, como si la rubia hubiese fallecido!
¡George, no llores George, no llores, estoy aquí! – Candy susurraba inquieta, en estos momentos tenía temperatura y deliraba.
Señorita adminístrele un tranquilizante al señor Johnson, por favor y usted joven podría llevárselo, está alterando a la enferma – solicitó amigablemente el Dr. Russel.
Stear, llévate a Annie a su habitación mientras voy a la habitación de George – le pidió a su hermano.
Las enfermeras entraban a cada rato a la habitación de Candy, las bandejas de agua fría era lo que más consumía esa habitación, días antes el Dr. Russel le recomendó a George que llamase a toda la familia a Lakewood o al menos a los más cercanos a Albert y a Candy, pero sobre todo a ella. Desde que la encontraron, desmayada en la parte de atrás del tren había caído en la inconsciencia para que unas horas después cayera en coma, al parecer no quería regresar a la realidad de su vida, la que ella había creado.
Al otro día, George se sentía mejor, el tranquilizante había hecho maravillas con sus nervios, el castaño le contó a Archie lo que sucedió en el tren, desde ese día hasta ahora, también le contó que Annie no se le despegaba para nada y temía que también enfermara, otra cosa, fue que Candy sólo la alimentaban por sonda y que desde que cayó en coma la mansión ya no había sido la misma. Ella era toda la luz que la mansión necesitaba, pero ahora parecía que no existía esa luz.
Archie convenció a Annie de salir a pasear, Stear se había quedado con Candy, el camisón, la ropa de cama estaba húmeda; las enfermeras le pidieron permiso para mudarla mientras Mary retiraba las sábanas y bajaba las escaleras con ellas, para lavarlas, creyendo que esa vez era única, nunca en su vida al servicio de los Andley había lavado tantas sábanas. Mientras las enfermeras salían de allí, una sombra rubia entraba a la habitación de Candy, las ojeras que demostraba su rostro eran todo lo que ella significaba para él, no podía dormir muy bien a menos que Russel lo sedara, pero tampoco quería llegar a esos extremos.
Albert se acercó hasta ella, le tocó una húmeda mejilla con los dedos y se retiró de ahí, se cruzó con la mirada extraña de Stear que no lo vio y Stear sólo observó cómo lloraba, eso fue muy impactante y extraño.
Cuando Annie llegó, George también lo hacía, caminó hasta ella, se sentó en la silla y comenzó a leerle la sección financiera de los periódicos mientras Annie bordaba su aún inconclusa mantita; Candy escuchó la voz de George, se encaminó hacia el lugar de donde provenía y comenzó a correr hacia él. Era un largo camino, pero por fin había llegado.
¿Dónde estoy? - preguntó la rubia.
¡Señorita Candy, ha despertado! – se apresuró el castaño llegando hasta ella.
¡George, qué triste estás! – Candy le tocó el rostro. ¡No llores! – susurró ella.
No lo estoy haciendo, sólo quiero que usted esté mejor – se limpió las lágrimas de las que hablaba ella.
George, ¿dónde está Terry? – preguntó ella como sin sentido.
¿Te..rry? Se quedó en Chicago, señorita ¿de qué habla? – preguntó George desorientado.
Vi a Terry, estaba discutiendo con Albert...
Continuará…
