Una leyenda céltica
Según la leyenda, con el alma de un hombre se puede pagar el poder del berserker: fuerza sobrenatural, habilidades, virilidad, astucia.
En las colinas de brezo de las Highlands, el rey vikingo Odín acecha en lugares sombríos escuchando el amargo aullido de un hombre que, tratado brutalmente hasta el límite de su resistencia humana, reclama su ayuda.
Según la leyenda, si el mortal lo merece, el aliento primordial de los dioses sopla en el corazón del hombre, convirtiéndole en un guerrero invencible.
Las mujeres dicen entre susurros que el berserker es un amante sin par; según la leyenda, para él hay una sola compañera de verdad. Como el lobo, ama, pero sólo una vez y para siempre.
En lo alto de las montañas de Escocia, el Consejo de Ancianos dice que, una vez se le ha mandado llamar, el berserker no puede ser rechazado... y si el hombre no aprende a aceptar los instintos primitivos de la bestia interior, morirá.
La leyenda nos habla de un hombre que...
Prólogo
Es mejor morir que vivir avergonzado.
BEOWULF
Castillo de Maldebann
Highlands de Escocia, 1499
Los gritos tenían que cesar.
No podía soportarlo ni un minuto más, aunque sabía que era incapaz de salvarlos. Su familia, su clan, su gran amigo Arron, con quien el día anterior había cabalgado por los campos de brezo, su madre... Pero su madre era otra historia; el asesinato de ella había presagiado esta... esta bárbara...
Se volvió, maldiciéndose por cobarde. Si no podía salvarlos ni morir con ellos, al menos les debía el honor de grabar los hechos en su memoria. Vengar su muerte.
Si hacía falta, uno cada vez.
«La venganza no devuelve los muertos a la vida.» ¿Cuántas veces había dicho esto su padre? En otro tiempo Gavrael le había creído, había creído en él, pero esto había sido antes de descubrir a su poderoso, juicioso y apuesto padre agachado sobre el cuerpo de su madre esa mañana, la camisa manchada de sangre, empuñando una goteante daga.
Gavrael Namikaze, hijo único del laird de Maldebann, se quedó inmóvil en Wotans Cleft, contemplando desde un escarpado precipicio el pueblo de Tuluth, asentado en el valle un centenar de metros más abajo. Se preguntaba por qué se había estropeado el día. El día anterior había hecho buen tiempo, y había estado lleno de los sencillos placeres de un muchacho que un día gobernaría aquellas exuberantes Highlands. Después había estallado aquella mañana cruel, y con ella su corazón. Tras sorprender a su padre inclinado sobre el cuerpo salvajemente herido de Kushina Namikaze, Gavrael había corrido al santuario del tupido bosque de las Highlands, debatiéndose frenéticamente entre la rabia y la pena.
Al final ambos sentimientos habían retrocedido, dejándole extrañamente indiferente. Al atardecer desanduvo el camino hacia el castillo de Maldebann para encararse con su padre y acusarlo de asesinato en un último intento de encontrarle algún sentido a lo que había presenciado, si es que tenía alguno. Pero entonces, en lo alto del precipicio que dominaba Tuluth, el hijo de catorce años de Minato Namikaze se dio cuenta de que su pesadilla no había hecho más que empezar. El castillo de Maldebann estaba sitiado, el pueblo aparecía envuelto por las llamas, y la gente corría despavoridamente entre columnas de humo y cadáveres diseminados. Impotente, Gavrael observó a un muchacho pasar a toda prisa por delante de una choza y acabar atravesado por la espada de un Yūhi que permanecía a la espera. Retrocedió; eran sólo niños, pero los niños podían crecer y buscar la venganza, y los fanáticos Yūhi nunca dejaban semillas de odio para que arraigaran y dieran un fruto venenoso.
Gracias al fuego que devoraba las chozas, alcanzó a ver que los Yūhi eran muchos más que los suyos. Por cada Namikaze había una docena de vestimentas con el verde característico y los grises tartanes del odiado enemigo. «Es casi como si supieran que seríamos vulnerables», pensó Gavrael. Más de la mitad de los Namikaze estaban en el norte asistiendo a una boda.
Gavrael lamentó tener catorce años. Aunque para su edad era alto y ancho de espaldas, y sus hombros anunciaban una futura fuerza excepcional, no tenía nada que hacer contra un fornido Yūhi. Estos eran guerreros de cuerpo maduro, fuertemente desarrollado, empujados por un odio obsesivo. Se preparaban continuamente y existían sólo para saquear y matar. Gavrael sería como un tenaz cachorro ladrándole a un oso. Podía ir y participar en la batalla que se libraba allá abajo, pero moriría sin más trascendencia, igual que el muchacho de antes. Si tenía que morir esa noche, juró que su muerte tendría que significar algo.
«Berserker», parecía murmurar el viento. Gavrael irguió la cabeza, escuchando. No sólo su mundo se estaba viniendo abajo, sino que ahora también oía voces. ¿Iba el perder el juicio antes de que terminara aquel día aciago? Pero la leyenda del berserker era sólo una leyenda...
«Ruega a los dioses», siseaban las susurrantes ramas de los pinos.
«Muy bien», musitó Gavrael, como había hecho desde la primera vez que oyera el espantoso relato a los nueve años. No existía ningún berserker ni nada parecido. Era un cuento ridículo para asustar a los niños traviesos y conseguir que se portaran bien.
«Ber... serk... er». Esta vez sonó más claro, demasiado fuerte para que sólo fuera fruto de su imaginación.
Gavrael se volvió y observó las enormes rocas que había tras él. Wotan's Cleft era un revoltijo de cantos rodados y viejas piedras verticales que arrojaban sombras extrañas a la luz de la luna. Se rumoreaba que era un lugar sagrado, donde los jefes de antaño se reunían para planear guerras y decidir los cursos del destino. En ese sitio, un mozalbete casi podía llegar a creer en los demonios. Gavrael escuchó con atención, pero el viento sólo arrastraba los gritos de su gente.
Lástima que los cuentos paganos no fueran verdaderos. Según la leyenda, los berserkers podían moverse a tal velocidad que parecían invisibles a simple vista, hasta el momento en que atacaban. Poseían sentidos poco normales: la sensibilidad olfatoria de un lobo, la agudeza auditiva de un murciélago, la fuerza de veinte hombres, la penetrante mirada de un águila. Casi setecientos años atrás, los berserkers habían sido los guerreros más valientes y temidos que jamás pisaran la tierra de Escocia. Habían constituido la élite del ejército vikingo de Odín. De acuerdo con la leyenda, podían adoptar la forma de un lobo o un oso tan fácilmente como la de un hombre. Y tenían una característica común: unos ojos azules terribles que brillaban como carbón incandescente.
«Berserker», susurró el viento.
—No existe ningún berserker ni nada parecido —informó Gavrael a la noche en tono grave.
Él ya no era el niño bobo encaprichado con la perspectiva de una fuerza imbatible; ya no era el jovencito en otro tiempo dispuesto a ofrecer su alma inmortal a cambio de un poder y un control absolutos. Además, sus ojos eran castaño oscuro y siempre lo habían sido. La historia jamás había hablado de un berserker de ojos castaños.
«Llámame».
Gavrael vaciló. Esta última invención de su traumatizada mente sonó a orden inapelable, irresistible. Se le erizó el vello de la nuca y percibió un hormigueo en la piel. En todos aquellos años de jugar a convocar a un berserker nunca se había notado tan extraño. La sangre le palpitaba en las venas y le parecía estar en el borde de un abismo que a un tiempo le atraía y le repelía.
Los gritos llenaban el valle. Los niños caían uno tras otro mientras él permanecía allá en lo alto, incapaz de alterar la marcha de los acontecimientos. Para salvarlos haría lo que fuera: comerciar, negociar, robar, matar... cualquier cosa.
Las lágrimas le afloraron mientras veía a una niña pequeña exhalar su último suspiro. Para ella ya no habría más abrazos de madre, ni un pretendiente hermoso, ni boda, ni bebés... ni un soplo más de vida preciosa. La sangre le manchó la parte delantera del vestido y él miró fijamente, sobrecogido. Su universo se estrechó hasta formar un túnel visual en el que la sangre que manaba del pecho de la niña se convertía en un enorme remolino carmesí que le succionaba más y más...
Algo se rompió en su interior.
Echó la cabeza atrás y aulló, las palabras reverberando en las rocas de Wotan's Cleft.
—¡Escúchame, Odín, llamo al berserker! Yo, Gavrael Namikaze, ofrezco mi vida (no, mi alma) por venganza. ¡Cuento con el berserker!
La suave brisa se embraveció repentinamente, lanzando al aire tierra y hojas. Gavrael alzó los brazos para protegerse la cara de las lacerantes punzadas. Las ramas, impotentes ante el fortísimo vendaval, se desprendían y le golpeaban a modo de toscas lanzas arrojadas desde los árboles. Nubes negras taparon enseguida el cielo nocturno, oscureciendo la luna por momentos. El sobrenatural viento gemía a través de las grietas de las rocas de Wotan's Cleft, amortiguando brevemente los chillidos procedentes del valle. De pronto la noche explotó en un destello de deslumbrante azul y Gavrael notó que su cuerpo cambiaba.
Soltó un gruñido, enseñando los dientes, como si algo irrevocable se transformara en lo más profundo de su ser.
Podía sentir los olores de la batalla de abajo... el olor metálico, herrumbroso, de la sangre, el acero y el odio.
Podía oír susurros del campamento de los Yūhi, allá en el horizonte.
Vio por primera vez que los guerreros parecían moverse con movimientos lentísimos. ¿Cómo no había reparado antes en ello? Sería tremendamente fácil ir y acabar con ellos mientras se movieran como sobre arena húmeda. Sí, sería muy fácil. Muy fácil...
Gavrael hizo rápidas inspiraciones, llenándose el pecho antes de abalanzarse hacia el valle. Mientras se dirigía al epicentro de aquella carnicería, oyó un eco de risas en la cuenca de piedra que rodeaba el valle. Se dio cuenta de que salía de sus propios labios cuando los Yūhi empezaron a caer bajo su espada.
Al cabo de unas horas, Gavrael andaba dando traspiés entre los restos humeantes de Tuluth. Los Yūhi ya no estaban; habían huido o caído. Los supervivientes del pueblo atendían a los heridos y caminaban trazando círculos amplios y prudentes en torno al joven hijo de Namikaze.
—Has matado casi a sesenta, muchacho —dijo un viejo de ojos brillantes cuando pasó Gavrael—. Ni siquiera tu padre en su mejor época podía hacer algo así. Eres mucho más berserker que él.
Gavrael lo miró sobresaltado. Antes de poder preguntar qué significaba ese comentario, el viejo desapareció entre la niebla de humo.
—Derribaste a tres con un solo golpe de tu espada —dijo otro.
Un niño agarró a Gavrael por las rodillas.
—¡Me has salvado la vida! —gritó—. Estos Yūhi me querían comer. ¡Gracias! Mi mamá también te da las gracias.
Gavrael sonrió al niño y luego se volvió hacia la madre, que se santiguó y no parecía ni mucho menos agradecida. La sonrisa de Gavrael se desvaneció.
—No soy ningún monstruo...
—Sé lo que eres, muchacho —le espetó ella, mirándolo fijamente. A Gavrael estas palabras le sonaron duras y condenatorias—. Sé exactamente lo que eres y no voy a pensar otra cosa. Ahora vete. Tu padre está en un apuro. —Con un dedo tembloroso señaló la última hilera de chozas humeantes.
Gavrael entornó los ojos y avanzó a trompicones entre el humo. En su vida se había sentido tan exhausto. Moviéndose con torpeza, rodeó una de las pocas chozas que quedaban en pie y se detuvo de golpe.
Su padre yacía desplomado en el suelo, cubierto de sangre, la espada caída a su lado.
En el corazón de Gavrael, el pesar y la ira compitieron por la supremacía, dejándole extrañamente vacío. Mientras miraba a su padre, la imagen del cuerpo de su madre apareció en primer plano y la última de sus ilusiones juveniles quedó hecha añicos. Acababa de nacer un guerrero extraordinario y a la vez un hombre de carne y hueso con defensas insuficientes.
—¿Por qué, papá? ¿Por qué? —Se le quebró ásperamente la voz. No volvería a ver a su madre sonreír, ni la oiría cantar, ni asistiría a su entierro... Abandonaría Maldebann en cuanto su padre contestara, para no descargar sobre él su rabia residual. Porque si lo hacía, entonces, ¿qué sería él? No le iría mejor que a su padre.
Minato Namikaze soltó un gemido. Abrió lentamente los ojos con una mirada vidriosa y observó a su hijo. Cuando se esforzó por hablar le salió de los labios un hilo escarlata.
—Hemos... nacido... —Se interrumpió, sacudido por una tos convulsiva.
Gavrael lo agarró por los puños de la camisa y, sin importarle su mueca de dolor, lo sacudió bruscamente. Antes de irse quería la respuesta; averiguaría qué locura había impulsado a su padre a matar a su madre, de lo contrario estaría toda la vida atormentado por las preguntas no respondidas.
—¿Por qué, papá? ¡Dímelo! ¡Dime por qué!
La mirada borrosa de Minato buscó la de Gavrael. El pecho le subía y bajaba mientras aspiraba rápidas y entrecortadas bocanadas de aire cargado de humo. Con un extraño murmullo lastimero, dijo:
—Hijo, no podemos evitarlo... los hombres Namikaze... siempre hemos nacido...así.
Gavrael lo miró horrorizado.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Crees que vas a convencerme de que estoy lococomo tú? ¡No soy como tú! No te creo. Mientes. ¡Mientes! —Se puso en pie de golpe y retrocedió un paso.
Minato Namikaze se apoyó a duras penas en los codos y sacudió la cabeza ante las pruebas de ferocidad de Gavrael, los restos de los guerreros de Yūhi literalmente hechos pedazos.
—Tú has hecho esto, hijo.
—¡No soy un asesino despiadado! —Gavrael recorrió con la mirada los cuerpos mutilados, no muy convencido de sus palabras.
—Forma parte del hecho de... ser un Namikaze. No puedes evitarlo, hijo.
—¡No me llames hijo! Ya no seré más tu hijo. Y no soy parte de tu enfermedad. No soy como tú. ¡Jamás seré como tú!
Minato se dejó caer en la tierra, murmurando palabras incoherentes. Gavrael cerró los oídos a aquel sonido. No escucharía las mentiras de su padre ni un instante más. Le dio la espalda y observó lo que quedaba de Tuluth. Los supervivientes se apiñaban en corrillos, en un silencio absoluto, mirándole. Apartó la cara de lo que siempre recordaría como miradas reprobadoras y la suya se deslizó por la piedra oscura del castillo de Maldebann. Esculpido en la ladera de la montaña, dominaba el pueblo. En otro tiempo no había deseado otra cosa que crecer y ayudar a gobernar Maldebann al lado de su padre, y a la larga convertirse en el jefe. Había deseado oír siempre el encantador tono cantarín de la risa de su madre llenando los espaciosos vestíbulos, oír el vozarrón de su padre mientras ambos hablaban y bromeaban. Había soñado con resolver los problemas de su gente; que un día se casaría y tendría hijos. Sí, había creído que pasarían todas esas cosas. Pero en menos tiempo del que tarda la luna en recorrer el cielo de Tuluth, todos esos sueños, hasta el menor atisbo de su condición humana, quedaron destruidos.
Gavrael tardó buena parte del día en arrastrar su magullado cuerpo nuevamente al santuario del tupido bosque de las Highlands. Nunca podría regresar a casa. Su madre estaba muerta y el castillo saqueado, y los habitantes del pueblo lo miraban con miedo. Las últimas palabras de su padre lo atormentaban —«hemos nacido así»—... Asesinos capaces de matar incluso a aquellos a quienes decían amar. Era una enfermedad de la mente, pensó Gavrael, y, según su padre, él también la llevaba en la sangre.
Sediento como nunca había estado, avanzó casi a gatas hasta el lago situado en un pequeño valle más allá de Wotan's Cleft. Flaqueó unos instantes en la mullida tundra, y cuando ya no se sintió tan débil y mareado volvió a avanzar a duras penas para conseguir beber, ayudándose de los codos. Mientras ahuecaba las manos y se inclinaba sobre la superficie clara y brillante, quedó paralizado, absorto por su reflejo en los rizos de agua.
Unos ojos azules le dirigían una mirada glacial.
Esta historia es de Karen M. Moning. Los personajes utilizados en la historia pertenece a M. Kishimoto. Los créditos correspondientes son para los mismos.
Esta adaptación está siendo adaptada por NC41 en colaboración con ACT. Gracias por leerla.
