26

Temari se dio la vuelta, se desperezó y observó a Naruto en aquella estancia escasamente iluminada. De las ventanas de la choza colgaban pieles que cerraban el paso al cortante viento, pero permitían la entrada de algo de luz. Hacía horas que en el fuego ya sólo había rescoldos, y en el resplandor ámbar él parecía un guerrero de bronce, un vikingo heroico y poderoso tendido en el jergón de pieles con un brazo doblado detrás de la cabeza y el otro rodeando la cintura de Temari.

Por todos los santos, ¡qué bello era! En reposo, la cara de Naruto tenía esa perfección que evoca un arcángel creado por un Dios gozoso. Sus cejas formaban arcos negros sobre unos ojos bordeados por gruesas pestañas. Aunque desde las comisuras se extendían diminutas arrugas, en torno a la boca tenía pocas arrugas de la risa, carencia a la que ella procuraría poner remedio. La nariz era recta, imponente, y los labios... Temari podría pasarse un día entero contemplando aquellos firmes labios que se curvaban sensualmente incluso durante el sueño. Depositó un etéreo beso en la pertinaz hendidura del mentón.

La noche anterior, nada más llegar, Naruto había hecho un estupendo fuego y fundido varios cubos de nieve para tomar un baño. Habían compartido un barreño, temblando en el aire helado hasta que el apasionamiento los hubo calentado hasta los tuétanos. En un exuberante montón de pieles habían renovado silenciosamente su compromiso mutuo. El hombre era a todas luces infatigable, pensó ella con satisfacción. La maratoniana sesión amorosa le había dejado el cuerpo agradablemente dolorido. Naruto le había enseñado cosas que le encendían las mejillas y le aceleraban el corazón ante la expectativa de que aquello no tuviera fin.

Los pensamientos tórridos se esfumaron bruscamente cuando su estómago escogió ese momento para darle una alarmante sacudida. Momentáneamente sin aliento debido a la náusea repentina, Temari se acurrucó de costado y aguardó a que desapareciera el malestar. Como la última noche habían comido poco y habían estado muy activos, llegó a la conclusión de que seguramente tenía hambre. Un dolor de tripa

sin duda facilitaría su plan de convencer a Naruto de que estaba demasiado enferma para cabalgar hasta Dalkeith. ¿Qué enfermedad podía decir que tenía? Un estómago descompuesto quizá no bastaría para que él considerase la conveniencia de detenerse en un pueblo al que había jurado no volver nunca más.

Sufrió otra oportuna serie de náuseas. Frunció el entrecejo ante la posibilidad de haber caído de verdad enferma simplemente debido a la intención de fingir que lo estaba. Se quedó inmóvil, esperando a que las molestias remitieran, y evocó imágenes de sus platos favoritos, esperando que la imaginación apagase los dolores del hambre.

Las imágenes del cerdo asado que cocinaba Kaley casi la doblaron en dos. El pescado al horno con salsa de vino le produjo arcadas en un instante. ¿Pan? Pues claro. Cuanto más crujiente mejor. Intentó apartarse un poco de Naruto para coger el morral donde la noche anterior había visto un pan moreno, pero en su sueño él apretó el brazo con que la ceñía por la cintura. A hurtadillas, Temari intentó desasirse de los dedos, pero éstos eran como tornos de banco. Cuando la asaltó una nueva oleada de náuseas, gimió y se acurrucó en un ovillo agarrándose el estómago. El sonido despertó a Naruto al instante.

—¿Estás bien, muchacha? ¿Te he hecho daño?

Se refería, temeroso, a su excesivo ímpetu cuando hacía el amor, y ella se apresuró a tranquilizarle. No quería darle ningún motivo para que cuestionara la conveniencia de concederle nuevamente tales placeres.

—Me encuentro un poco mal, nada más —dijo, y acto seguido la acometió otra arcada.

—¿Qué te ocurre? —Naruto se incorporó de golpe y, pese a su sufrimiento, Temari quedó maravillada ante la belleza de su hombre. El cabello rubio le caía sobre la cara, y aunque los pensamientos sobre comida la hacían sentirse marcadísima, los labios de Naruto le parecían tentadores.

—¿Te he hecho daño mientras dormía? —preguntó él con voz ronca—. ¿Qué te pasa? ¡Dímelo, Temari!

—No me encuentro bien, eso es todo. No sé qué es. Me duele el estómago.

—¿Te iría bien comer algo? —Buscó enseguida en los fardos. Sacó un trozo de buey salado y grasiento y se lo colocó debajo de la nariz.

—¡Oh, no! —gimoteó ella. Se alejó de él lo más rápido que pudo, pero al punto tuvo náuseas otra vez. Naruto estuvo a su lado en un suspiro, apartándole el pelo de la cara y alisándoselo—. No —dijo—. No me mires siquiera. —Temari había estado pocas veces enferma en su vida, pero detestaba que los demás la vieran debilitada por fuerzas que escapaban a su control. Entonces se sentía desvalida.

Probablemente estaba siendo castigada por su intención de engañarle. Pues no era justo, pensó malhumorada. Nunca había engañado a nadie en su vida; por tanto, tendría derecho a hacerlo al menos una vez, sobre todo habiendo una buena razón para ello. Tenían que pararse en Tuluth. Necesitaba respuestas que, sospechaba ella, sólo encontraría si acudía a los orígenes de Naruto.

—Vaya, muchacha. Muy bien. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué necesitas? —No podía ser veneno, pensó Naruto con desespero. Él mismo había preparado lo que habían comido la noche anterior, carne de venado que había cazado y curado mientras se hallaba en las Highlands. Entonces, ¿qué era?, se preguntó, embargado por una avalancha de emociones: impotencia, miedo, saber que aquella mujer lo significaba todo para él y que, si pudiera, sufriría por ella cualquier enfermedad que padeciera.

Temari tuvo de nuevo convulsiones en brazos de Naruto, que abrazó el cuerpo tembloroso.

Las náuseas duraron un rato. Cuando por fin se calmó, él la envolvió con una manta y calentó un poco de agua en el fuego. Ella se quedó tumbada inmóvil mientras Naruto le limpiaba la cara. Él estaba paralizado por la belleza de Temari; pese a la dolencia estaba radiante, la piel de un marfil traslúcido, los labios de un rosa subido, rubor en las mejillas.

—¿Te encuentras mejor?

Temari inspiró hondo y asintió.

—Creo que sí. Pero no estoy segura de poder cabalgar muy lejos hoy. ¿Hay algún sitio antes de Dalkeith donde podamos detenernos? —inquirió con tono quejumbroso.

—Quizá deberíamos quedarnos aquí —dijo Naruto, tratando de salirse por la tangente; pero tenían que seguir avanzando, y él lo sabía. Retrasarse otro día era lo más peligroso que podían hacer. Si los Yūhi los estaban siguiendo, un día más les costaría la vida. Cerró los ojos y caviló sobre el dilema. ¿Y si se ponían en marcha y ella empeoraba? ¿Dónde podía llevarla? ¿Dónde podían ocultarse hasta que Temari se restableciera y pudiera viajar?

«Por supuesto», pensó irónicamente. Tuluth.