27
Mientras se iban acercando al pueblo donde había nacido, Naruto se sumió en un prolongado mutismo.
Habían cabalgado sin prisas durante todo el día, y Temari había recuperado su ánimo de siempre. Pese a encontrarse mejor, se esforzó por continuar con la farsa. Estaban demasiado cerca de Tuluth para parlotear y ponerse en evidencia.
Tenían que ir a Tuluth. Era necesario, tanto si ella aprobaba sus artimañas como si no. Temari no se engañaba, sabía que Naruto no volvería voluntariamente. Si él se salía con la suya, olvidaría que el pueblo siquiera existiese. Aunque aceptaba que Naruto no era capaz de hablar de su pasado, Temari tenía la impresión de que regresar a Tuluth le hacía más falta a él que a ella. Quizá necesitaba enfrentarse a sus recuerdos para así poder enterrarlos.
Por suerte, Temari precisaba examinar las pruebas sobre el terreno, hablar con aquel padre «chiflado» y obtener información. Entre los cascotes y los escombros del destruido castillo acaso encontrara pistas que la ayudaran a entender al hombre que amaba.
Bajó la mirada a la mano de Naruto, tan grande que casi abarcaba las dos suyas mientras guiaba a Occam con la otra. ¿Qué pensaría él que le sucedía? Dejando aparte lo referente a su pasado, era un hombre noble y sincero, salvo si se trataba de hablar del pasado. Era fuerte, valiente, y el mejor guerrero que jamás había visto. Prácticamente invencible. Vamos, que dejaba en nada las leyendas de los berserkers, aquellas bestias mitológicas.
Sonrió pensando que los hombres como Naruto estaban donde esas leyendas nacían. ¡Si hasta tenía aquellos célebres ojos azules y temibles! Si existían realmente seres así, él podría haber sido uno de aquellos guerreros extraordinarios, pensó con aire soñador. Temari no se había sorprendido al enterarse de que era hijo de un jefe de clan; la nobleza era palpable en todos los rasgos de su magnífico rostro. Exhaló un suspiro de satisfacción y se recostó contra el pecho de Naruto.
—Ya estamos cerca, muchacha —dijo él animándola, interpretando mal el suspiro.
—¿Iremos al castillo? —inquirió ella con un hilo de voz.
—No. En un precipicio llamado Wotans Cleft hay varias cuevas donde podemos cobijarnos. Cuando era niño jugaba por allí. Las conozco bien.
—¿En el castillo no se estará más caliente? Tengo mucho frío, Naruto. —Fingió un escalofrío que esperó fuera convincente.
—Si la memoria no me falla, Maldebann es una escombrera. —Le sujetó bien el tartán en los hombros y la acunó en el calor de su cuerpo—. No estoy seguro de si los muros siguen en pie. Además, si mi padre aún anda por allí, seguramente frecuenta esos salones desmoronados.
—Bien, ¿y el pueblo? Todavía quedará alguien. —Temari se negaba a conformarse con llegar a Tuluth; también quería establecer contacto con personas que pudieran saber algo sobre su guerrero de las Highlands.
—Temari, el valle entero quedó destruido. Supongo que estará totalmente abandonado. Tendremos suerte si las cuevas se hallan aún en condiciones aceptables. Durante los años que jugué por allí, un montón de pasadizos cambiaron, incluso quedaron reducidos a escombros.
—Más motivo para ir al castillo —repuso ella al punto—. Esas cuevas parecen peligrosas.
Naruto resopló.
—Eres perseverante, ¿verdad?
—Es que tengo mucho frío —gimoteó ella, desechando la culpa que sentía por su engaño. Era por una buena razón.
Naruto la estrechó entre sus brazos.
—Cuidaré de ti, Temari. Lo prometo.
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—¿Dónde están, Iruka? —preguntó Minato.
—A casi cinco kilómetros al norte, milord.
Minato se alisó nerviosamente el tartán y se dirigió a su hermano.
—¿Tengo buen aspecto?
Balder sonrió.
—¿Tengo buen aspecto? —repitió burlón en falsete, pavoneándose ante un público imaginario.
Minato le dio un puñetazo en el brazo.
—Ya basta, Balder. Esto es importante. Hoy voy a conocer a la esposa de mi hijo.
—Hoy vas a ver a tu hijo —corrigió Balder.
Minato dirigió su mirada a las piedras.
—Sí, es cierto —admitió por fin. Volvió bruscamente la cabeza y miró a su hermano con inquietud—. ¿Y si todavía me odia, Balder? ¿Y si llega, me escupe en la cara y se va?
La sonrisa de Balder se esfumó.
—Entonces yo lo golpearé hasta dejarlo sin sentido, lo ataré y los dos hablaremos con él. Persuasivamente y cuando nos venga bien.
El rostro de Minato se iluminó.
—Vaya, tenemos un plan —dijo con tono optimista—. Quizá podríamos ponerlo en práctica ya, ¿qué dices?
—Minato.
Minato se encogió de hombros.
—Sólo me parecía la vía más directa —dijo a la defensiva.
Balder examinó a su hermano, los nerviosos y callosos dedos alisando el tartán de gala. El cabello rubio impecablemente peinado, bastante salpicado de canas. El enjoyado sgain dubh y la escarcela de terciopelo. Los anchos hombros y la gruesa cintura. Hacía años que Balder no lo veía tan alto y con un porte tan digno. Los ojos azules reflejaban alegría, esperanza y... miedo.
—Pareces un laird de pies a cabeza, hermano —dijo Balder—. Cualquier hijo estaría orgulloso de llamarte padre.
Minato inspiró hondo y asintió escuetamente.
—Ojalá tengas razón, Iruka. ¿Están izadas las banderas?
Iruka sonrió y asintió.
—Tienes un aspecto regio, milord —añadió con orgullo—. Y he de decirte que Tuluth hará un excelente papel. El valle está animadísimo. Cualquier muchacho estaría encantado de verlo como su futuro feudo.
—¿Y el Salón de los Señores? ¿Lo han abierto y limpiado? ¿Han encendido las antorchas?
—Sí, milord, y he colgado el retrato en el comedor.
Minato tomó una bocanada de aire y empezó a pasearse con ansia.
—¿Se ha informado a los habitantes del pueblo? ¿A todos?
—Están esperando en las calles, Minato, y también se han izado banderas en todo Tuluth. Has preparado un excelente regreso al hogar —dijo Balder.
—Esperemos que él lo vea así —murmuró Minato, yendo y viniendo por la estancia.
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Los dedos de Naruto estrecharon la cintura de Temari cuando Occam reemprendió la marcha por el desfiladero que conducía a Wotan's Cleft.
Naruto no tenía intención de ir a las frías y húmedas cuevas, donde una hoguera podía fastidiarles y echarles de allí si el viento cambiaba súbitamente de dirección por uno de los túneles, aunque desde el Cleft podría observar el pueblo y el castillo. Si alguna parte se mantenía aún en pie, podría detectar humo de las chimeneas en caso de que alguien habitara el pueblo fantasma. Además, prefería que Temari viera enseguida aquel desolado lugar y así quizá deseara ir a Dalkeith tan pronto se encontrara en condiciones. Parecía recuperarse con cierta rapidez, aunque todavía estaba débil y se quejaba de náuseas intermitentes.
El sol coronaba la cumbre del Cleft. Tardaría varias horas en ponerse, lo que le daba bastante tiempo para evaluar los potenciales peligros y asegurarse cobijo en algún lugar del pueblo en ruinas. Si a la mañana siguiente Temari ya se encontraba bien, podrían partir sin demora hacia las costas de Dalkeith. Para no conducir a los Yūhi hasta las tierras de Uchiha, tenía pensado detenerse en un pueblo cercano y enviar un mensajero a Sasuke. Ambos se encontrarían discretamente para analizar la posibilidad de organizar un ejército y planificar su futuro y el de Temari.
Cuando aparecieron las altas rocas de Wotans Cleft, el pecho de Naruto se tensó dolorosamente. Mientras recorrían el pedregoso camino, se obligó a acompasar la respiración. No había previsto la fuerza con que aflorarían sus amargos recuerdos. Había remontado ese camino quince años atrás, y ello había cambiado su vida para siempre. «¡Escúchame, Odín, llamo al berserker!» Había subido un muchacho y había bajado un monstruo.
Apretó los puños. ¿Cómo se le había ocurrido regresar? Pero Temari se acurrucaba contra él, buscando calor, y él sabía que, para garantizarle bienestar y seguridad, entraría gustosamente en Tuluth aunque estuviera ocupado por hordas de demonios.
—¿Estás bien, Naruto?
«Muy propio de Temari», pensó maravillado. Pese a encontrarse enferma, se preocupaba por él.
—Estoy bien. Pronto nos calentaremos. Descansa.
Parecía tan intranquilo que Temari tuvo que morderse la lengua para que no se le escapara una confesión.
—En unos instantes verás el lugar donde estaba el pueblo —señaló Naruto, la tristeza volviendo áspera la voz.
—No soy capaz de imaginar cómo sería Caithness en ruinas. No era mi intención hacerte volver a un lugar de tan doloroso recuerdo...
—Pasó hace muchos años. Casi como en otra vida.
Cuando coronaron la cumbre, Temari se incorporó, y ambos contemplaron el paisaje con ojos llenos de curiosidad.
—Allí. —Naruto señaló hacia el precipicio—. Desde el promontorio se ve todo el valle. —Sonrió apenas—. Yo solía venir aquí y observar el territorio, sintiéndome el niño más feliz del mundo.
Temari hizo una mueca de dolor. Occam reanudó su paso regular. Cuando estuvieron cerca del borde, ella contuvo la respiración.
—Las cuevas están detrás de nosotros, más allá de ese revoltijo de piedras, donde la montaña es más empinada. Una vez, mi amigo Arron y yo juramos que haríamos un plano de todos los túneles y cuevas de la montaña, pero los pasadizos parecían no tener fin. Casi habíamos terminado una cuarta parte cuando... cuando...
Temari se arrepintió de haberle empujado a enfrentarse con sus fantasmas.
—¿Tu amigo murió en la batalla?
—Sí.
—¿Tu padre resultó herido? —inquirió ella con cautela.
—Debería haber muerto —soltó Naruto apretando los dientes—. Los Yūhi clavaron un hacha en su pecho hasta la empuñadura. Es asombroso que sobreviviera. Durante muchos años di por hecho que había muerto.
—¿Y tu madre?
Se hizo el silencio, roto sólo por el sonido de la pizarra triturándose bajo los cascos de Occam.
—Lo veremos de un momento a otro, muchacha.
Temari fijó la mirada en el borde del precipicio, donde terminaba la roca y aparecía el horizonte. A un centenar de metros más abajo estarían las cenizas de Tuluth. Se enderezó y se puso más erguida, casi cayéndose del caballo por la ansiedad, y se preparó para la escena macabra.
—Agárrate, muchacha —dijo Naruto, tranquilizándola mientras recorrían los últimos pasos hasta el borde para mirar el valle sin vida.
Naruto perdió el habla durante casi cinco minutos. Temari no estaba segura de que respirara. Por otra parte, tampoco estaba segura de respirar ella.
Debajo, enclavado alrededor de un río de aguas cristalinas y varios lagos centelleantes, había un pueblo efervescente de vida, con chozas blancas bañadas por el sol de la tarde hasta adquirir un tono ambarino suave. Salpicaban el valle centenares de casas en hileras uniformes junto a cuidados caminos. De acogedoras chimeneas salía humo formando perezosas espirales, y aunque Temari no alcanzaba a oír las voces, vio niños corriendo y jugando. La gente iba y venía por los senderos, donde vagaban corderos y vacas. En un pequeño jardín jugaban dos perros lobo. Junto al camino principal que cruzaba el centro del pueblo, estandartes multicolores ondeaban y se agitaban en la brisa.
Atónita, Temari recorrió el valle con la vista, siguiendo el río hasta la falda de la montaña, en cuyo pie brotaba a borbotones de una fuente subterránea, todo ello dominado por el castillo de piedra. Se llevó la mano a los labios para sofocar una exclamación. No era eso lo que esperaba ver.
«Un derruido castillo, lóbrego y sombrío», había dicho Naruto.
Nada más lejos de la verdad. El castillo de Maldebann era el castillo más hermoso que ella hubiera visto jamás. Con sus torres exquisitamente talladas y su majestuosa fachada, parecía haber sido liberado de la montaña por el martillo y el cincel de un escultor visionario. Hecho de piedra de un gris claro, se elevaba en poderosos arcos hasta una altura imponente. La montaña sellaba el valle por ese extremo, y el castillo se extendía a todo lo ancho, las alas desplegándose al este y el oeste del edificio propiamente dicho.
Aquellas enormes torres hacían que, a su lado, Caithness pareciera una casita de verano... no, la cabaña de un niño en un árbol. No era extraño que el castillo de Maldebann hubiera sido atacado, pues era una fortaleza increíble y envidiable. El camino de ronda de la parte superior estaba salpicado de docenas de figuras uniformadas. La entrada era visible más allá del rastrillo y el postigo y alcanzaba una altura de casi quince metros. En los pasajes inferiores había mujeres con colores alegres yendo y viniendo a toda prisa con cestos y niños.
—Naruto —graznó Temari. ¿Ruinas? Consternada, arrugó la frente. Cómo podía ser que Naruto hubiera confundido al vencedor de aquella fatídica batalla años atrás.
En la entrada del castillo ondeaba una enorme bandera con caracteres llamativos. Temari miró entrecerrando los ojos, por mucho que reprendiera a Zeke por hacer eso mismo, pero no entendía las palabras.
—¿Qué pone ahí, Naruto? —logró balbucear, sobrecogida ante aquella inesperada imagen de paz y prosperidad desplegada ante sus ojos.
Naruto tardó en responder. Ella lo oía tragar saliva convulsivamente a su espalda, el cuerpo rígido como las rocas sobre las que Occam cambiaba sus puntos de apoyo.
—¿Crees que llegó otro clan y lo reconstruyó? —sugirió Temari tímidamente, agarrándose a cualquier explicación que diera sentido a todo aquello.
Naruto soltó aire en un silbido, remachándolo con un gruñido.
—Lo dudo, Temari.
—Pero ¿es posible, sí o no? —insistió ella. Si no lo era, es que Naruto quizá sí sufría la locura de su padre, pues sólo un loco podía recordar en ruinas ese magnífico pueblo.
—No.
—¿Por qué? Quiero decir, ¿cómo puedes estar tan seguro desde aquí arriba? Yo ni siquiera distingo los tartanes.
—Porque la bandera dice «Bienvenido a casa, hijo» —susurró Naruto horrorizado.
