28

—¿Cómo se supone que debo entender esto, Naruto? —preguntó Temari tras un tenso silencio. Él miraba el valle sin comprender. Temari se sentía insoportablemente confusa.

—¿Cómo se supone que tú debes entender esto? —Se deslizó de lomos de Occam y bajó a Temari a tierra—. ¿Tú? —repitió incrédulo. Él tampoco entendía nada. No sólo su tierra no era un montón de ruinas y cenizas esparcidas por el valle como cabía suponer, sino que estaba todo lleno de malditas banderas de bienvenida ondeando en los torreones.

—Sí —respondió Temari alentando la respuesta—. Yo. Me dijiste que este lugar había sido destruido.

Naruto no podía apartar la mirada del valle. Estaba pasmado, toda esperanza de lógica desbaratada por la conmoción. Tuluth era cinco veces mayor de lo que había sido, el territorio estaba cultivado en parcelas pulcramente delimitadas, las casas eran el doble de grandes. Cuando uno se vuelve mayor, ¿no se supone que las cosas han de parecer más pequeñas? Su mente ponía objeciones con creciente desorientación. Escrutó las rocas a su espalda, buscando la boca oculta de la cueva para asegurarse de que se encontraba en Wotan's Cleft y que aquello allá abajo era efectivamente Tuluth. El río que discurría por el valle era dos veces más ancho, más azul... diablos, si hasta la montaña parecía haber crecido.

Y además el castillo. ¿Había cambiado de color? Lo recordaba como un monolito imponente de labrada obsidiana negrísima, lleno de ángulos amenazadores e infames, goteando musgo y gárgolas. Su mirada erró incrédula por las líneas fluidas, con vuelo, de la atractiva estructura gris clara. Totalmente activo, funcionando con alegría, decorado —¡por Dios!— con banderas y estandartes.

Banderas en que ponía «Bienvenido a casa».

Naruto cayó de rodillas, abrió los ojos de par en par, los cerró, se los frotó y volvió a abrirlos. Temari lo observaba con perplejidad.

—Sí, aún sigue ahí —dijo ella al cabo—. Yo también lo he intentado —añadió.

Naruto le echó una mirada fugaz y se sorprendió de ver una ligera sonrisa.

—¿Qué te parece tan divertido, muchacha? —preguntó extrañamente ofendido.

Los rasgos de Temari reflejaron compasión. Posó la mano en el brazo de Naruto.

—No, cariño. No creas que me río de ti. Estoy riendo de lo atónitos que nos hemos quedado, y en parte por el alivio que siento. Me temía una escena aterradora. Esto es lo último que esperaba ver. Sé que para ti la conmoción ha de ser mucho más dura, pero pensaba que es divertido porque me recuerdas a mí cuando regresaste a Caithness.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, cuando yo era pequeña tú parecías muy grande. O sea, enorme, monstruoso, el hombre más grande del mundo. Y cuando volviste, como yo era mayor, esperaba que tú parecieras más pequeño. No más pequeño que yo pero al menos sí más pequeño que la última vez que te había visto de cerca.

—¿Y? —preguntó él, expectante.

Temari sacudió la cabeza.

—Pues que no fue así. Tú parecías más grande.

—¿A qué viene todo esto? —Naruto la miró con atención.

—Pues que tú esperabas algo más pequeño, ¿no? Y sospecho que seguramente es mucho más grande. Curioso, ¿verdad?

—Aún no entiendo qué quieres decir.

—Creo que cuando eras niño tenían que haberte contado más fábulas —señaló ella con aire burlón—. Lo que digo es que los recuerdos pueden ser engañosos. Tal vez el pueblo nunca quedó del todo destruido. Quizá sólo lo parecía cuando te fuiste. ¿Te marchaste de noche? ¿No estaba demasiado oscuro para ver bien?

Naruto tomó las manos de Temari entre las suyas mientras ambos se arrodillaban al borde del precipicio. Cuando había abandonado Tuluth era de noche, y el aire estaba cargado de humo. Para un chico de catorce años habían sido escenas aterradoras. Se había marchado creyendo que su pueblo y su tierra habían sido destruidos y que él era una bestia peligrosa. Se había ido lleno de odio y desesperación, sin esperar apenas nada de la vida.

Ahora, al cabo de quince años, estaba en cuclillas en el mismo lugar, cogido de las manos con la mujer que amaba más que a sí mismo, contemplando imágenes increíbles. Si Temari no hubiera estado con él, seguramente habría puesto pies en polvorosa sin preguntarse de qué extraño encantamiento habían sido víctimas el valle y su gente. Se llevó a los labios la mano de ella y la besó.

—Mi recuerdo de ti nunca ha sido engañoso. Siempre te recordé como lo mejor que la vida podía ofrecerme.

Los ojos de Temari se abrieron como platos. Intentó hablar, pero emitió un débil sonido ahogado. Naruto se puso rígido, interpretando que aquello era un gemido de dolor.

—Y aquí estoy, reteniéndote con este frío cuando estás enferma.

—No, no es eso... —balbuceó ella—. En serio, ahora me encuentro mucho mejor. —Naruto la observó con suspicacia y ella se apresuró a añadir—: Pero bueno, pronto necesitaré estar en un sitio caliente. Y el castillo realmente lo parece. —Lo miró expectante.

La mirada de Naruto se dirigió de nuevo al valle. El castillo parecía confortable y acogedor, en efecto. Y estaba bien fortificado. El lugar cercano más seguro al que podía llevarla, maldita sea. ¿Y por qué no? Había banderas con «Bienvenido a casa» colocadas en montones de sitios. Si los Yūhi lo estaban siguiendo, ¿qué mejor lugar donde estar y luchar? Qué extraño le resultaba volver a Tuluth al cabo de esos años con los Yūhi de nuevo pisándole los talones. ¿Algún día dejaría de repetirse la historia? Quizá después de todo no haría falta ir a Dalkeith a organizar un ejército para enfrentarse a los Yūhi.

Pero tendría que enfrentarse a su padre. Resopló y sopesó sus opciones. No se veía capaz de bajar al valle que había albergado sus miedos más profundos. Pero ¿cómo le explicaría a Temari que daba media vuelta y se iba? ¿Y si volvía a encontrarse enferma? ¿Y si los Yūhi los localizaban? Aquellas preguntas sin respuestas claras lo desconcertaban. Descubrir que Tuluth era ese... ese lugar espléndido... Su mente estaba demasiado conmocionada para asimilarlo todo.

Temari torció el gesto y se frotó el estómago. Las manos de Naruto se cerraron sobre las de ella, y él invocó su legendaria fuerza de voluntad, consciente de que necesitaría hasta el último vestigio de la misma antes de que el día tocara a su fin.

No tenía elección. Volvieron a montar y empezaron a bajar.

—¡Ya vienen!

Minato parecía dispuesto a echar a correr.

—Tranquilo, hombre —dijo Balder con tono de reprimenda—. Todo irá bien, ya lo verás.

Minato Namikaze hizo una mueca.

—Es fácil decirlo. No es hijo tuyo. Te digo que me escupirá en la cara.

Balder meneó la cabeza y contuvo la risa.

—Si ésa es tu principal preocupación, no tienes nada de qué preocuparte.

Naruto y Temari descendieron por la parte de atrás de Wotans Cleft, rodearon el pie del promontorio y tomaron el camino que conducía a la entrada del valle, alrededor del cual cinco montañas enormes formaban una fortaleza natural, elevándose como delicados dedos de una mano abierta. El pueblo ocupaba la palma protectora, verde, rebosante de vida. Temari enseguida llegó a la conclusión de que cuando años atrás los Yūhi habían atacado Tuluth, seguramente habían sido muy agresivos o muy superiores en número.

Como si le hubiera leído los pensamientos, Naruto dijo:

—No siempre tuvimos tanta población, Temari. En los últimos quince años, Tuluth parece no sólo haber recuperado los hombres perdidos en la batalla contra los Yūhi sino multiplicado su número... —su mirada atónita barrió el valle— casi por cinco. —Soltó un silbido y meneó la cabeza—. Alguien ha estado reconstruyéndolo todo.

—¿Estás seguro de que tu padre está loco?

Naruto hizo una mueca.

—Sí. —«Tan seguro como de cualquier otra cosa en este instante», añadió en silencio.

—Pues para ser un loco, desde luego aquí ha hecho maravillas.

—No creo que lo haya hecho él. Ha de haber alguna otra explicación.

—¿Y lo de «Bienvenido a casa, hijo»? Pensaba que no tenías hermanos.

—Y no los tengo —replicó con rigidez. Cayó en la cuenta de que pronto verían con nitidez la primera de aquellas banderas y de que había mentido a Temari: no había ninguna duda respecto a quién esperaban porque antes no había dicho toda la verdad. En realidad, en las docenas de banderas que ondeaban por todo el pueblo ponía «Bienvenido a casa, Gavrael.»

Temari se movía para ver mejor. Pese a las preocupaciones de Naruto, las exuberantes caderas de ella meneándose contra sus entrañas enviaron por las venas una sacudida de deseo.

Los recuerdos de la pasada noche importunaban en la periferia de su mente, pero no podía permitirse distracciones.

—Estate quieta —gruñó.

—Sólo quiero ver.

—Si sigues moviéndote así vas a ver el cielo tumbada de espaldas, muchacha. —Tiró de ella hacia sí para que notara lo que su meneo había conseguido. Nada le habría encantado más que dejarse arrastrar por la pasión, y cuando ella estuviera saciada y somnolienta, llevarla por arte de magia muy lejos, en la dirección contraria.

Habían llegado a una distancia en que se podía leer lo escrito en las banderas, y Temari volvió a inclinarse hacia delante. Naruto tragó saliva y se preparó para las preguntas que inevitablemente vendrían a continuación.

—Vaya, no se refiere a ti, Naruto —dijo ella con asombro—. Ahí no pone «Bienvenido a casa, hijo» sino «Bienvenido a casa, Gavrael». —Hizo una pausa mordiéndose el labio—. ¿Quién es Gavrael? ¿Y cómo lo has leído desde tan lejos confundiendo «hijo» por «Gavrael»? Las dos palabras no se parecen en nada.

—¿Por qué has de ser tan lógica? —suspiró él. Reconsideró la idea de hacer dar media vuelta a Occam y salir a galope tendido en la dirección contraria sin dar ninguna explicación, pero sabía que eso sería sólo un alivio temporal. A la larga, de una manera u otra, Temari lo haría volver.

Había llegado el momento de hacer frente a los demonios... al parecer, todos a la vez. Pues serpenteando por el camino en dirección a él venía un desfile de personas, incluida una banda con flautas y tambores... y —si su memoria aún conservaba alguna credibilidad— el de delante guardaba un acusado parecido con su padre. Y también el hombre que cabalgaba a su lado. La mirada de Naruto saltó de uno a otro buscando alguna pista sobre cuál era Minato Namikaze.

De pronto reparó en algo, algo que, temporalmente aturdido y abotargado por la situación de su tierra, había pasado por alto. En el momento en que había vislumbrado la próspera Tuluth, la conmoción empujó engañosamente sus miedos más profundos lejos de su mente. Ahora éstos regresaban con la fuerza de un maremoto, llenándole de callada desesperación.

Si no le fallaba la memoria —y ése parecía el elemento clave del día—, se estaban acercando caras conocidas, lo que significaba que algunas de las personas que cabalgaban hacia él sabían que era un berserker.

De buenas a primeras podían revelar su secreto a Temari, y él la perdería para siempre.