29
Naruto detuvo a Occam tan bruscamente que el semental se asustó y se levantó. Valiéndose de los sonidos más apaciguadores que se le ocurrieron en su alterado estado, Naruto calmó al sobresaltado caballo tordo y desmontó.
—¿Qué haces? —dijo Temari, desconcertada ante aquella rápida acción.
Naruto analizó el asunto con rapidez.
—Necesito que te quedes aquí, muchacha. Ven cuando te haga una señal, pero no antes. Prométeme que esperarás hasta que te llame.
Temari observó la inclinada cabeza de Naruto. Tras un breve debate interno, extendió la mano y le acarició el rubio cabello. Él volvió la cara hacia la mano de ella y le besó la palma.
—Temari, hace quince años que no veo a esta gente.
—Me quedo, lo prometo.
Le dio las gracias con los ojos, dividido por emociones encontradas, pero sabía que debía acercarse solo. Sólo cuando hubiera arrancado un juramento a los habitantes del pueblo para que guardaran su secreto conduciría a Temari al pueblo y se ocuparía de su bienestar. Si ella hubiera estado muy enferma, él se habría arriesgado a perder su amor por salvarle la vida; pero no era el caso, y aunque lamentaba cualquier molestia que Temari pudiera sufrir, no estaba dispuesto a afrontar el miedo y la repugnancia que había alcanzado a ver en sus sueños. No iba a asumir más riesgos.
Satisfecho de que ella le esperara a esa distancia hasta que él la llamara, Naruto se volvió y avanzó por el camino de tierra hacia el gentío que se aproximaba. Por lo visto, el corazón se le había alojado en las cercanías de la garganta, y se sentía partido en dos. Detrás, la mujer que amaba; delante, el pasado que había jurado no volver a afrontar jamás de manera pública.
En la primera fila del grupo cabalgaban dos hombres de igual estatura y gordura, ambos con gruesas matas de pelo rubio salpicado de canas. Los dos tenían el rostro curtido y de facciones marcadas, y hoyuelos en sus altivas barbillas, ambos con una similar expresión de regocijo. «¿Qué está pasando aquí?», se preguntó Naruto.
Era como si todo lo que siempre había creído fuera mentira. Tuluth había sido destruido, pero Tuluth era un pueblo floreciente. Su padre estaba loco, pero alguien con una mente equilibrada y una espalda fuerte había reconstruido aquella tierra. Su padre parecía tremendamente feliz de verle, y aunque Naruto no había tenido intención de regresar, al parecer Minato le esperaba. ¿Para qué? ¿Por qué? En los segundos que tardó en cubrir la distancia que los separaba se le ocurrieron miles de preguntas.
Cuando ya estuvo cerca, las personas empezaron a gritar de alegría, las caras todo sonrisas. ¿Cómo iba un hombre a encontrarse con esa multitud eufórica conservando odio en su corazón?
¿Y por qué estaban tan felices de verle, maldita sea?
Se detuvo a cuatro metros de la primera fila. Incapaz de permanecer quieto, decidió avanzar despacio, respirando con dificultad debido al temido encuentro inminente.
Los dos hombres que se parecían tanto se separaron de la muchedumbre. Uno de ellos levantó una mano y todo el mundo quedó en silencio, manteniéndose a una respetuosa distancia mientras ambos seguían adelante. Naruto miró furtivamente hacia atrás para asegurarse de que Temari no lo había seguido. Ella había obedecido su orden, aunque se inclinaba bien hacia delante sobre la cabeza de Occam, sin duda intentando escuchar lo que se hablara.
—Gavrael.
La profunda voz tan parecida a la suya restalló en su cabeza. Miró a los dos hombres, no muy seguro de quién había hablado.
—Naruto —corrigió.
El hombre de la derecha soltó una bravata.
—¿Qué maldito demonio de nombre es Naruto? ¿Por qué no te llamas Desazonado, o Disgustado? O Cariacontecido. —Lanzó a Naruto una mirada indignada y resopló.
—Mejor que Namikaze —replicó Naruto con frialdad.
—Bien, ¿y por qué te has cambiado el nombre, muchacho? —El hombre de la izquierda no disimulaba su decepción.
Naruto escrutó ambos rostros, intentando averiguar quién era su padre. No tenía la menor idea de lo que haría cuando resolviera la cuestión, pero quería saber a cuál dirigirle el veneno que había estado acumulando durante años. Quince años de palabras furiosas que quería arrojar a la cara del hombre, palabras que habían emponzoñado la mitad de su vida.
—¿Quién eres tú? —preguntó al que había hablado.
El hombre se volvió hacia su compañero con una mirada acongojada.
—Balder, me está preguntando quién soy. ¿Puedes creerlo? ¡Quién soy!
—Al menos no te ha escupido —dijo el otro con tono afable.
—Eres Minato —dijo Naruto con voz acusadora. Si uno era Balder, el otro tenía que ser su padre: Minato Namikaze.
—Para ti no soy Minato —exclamó el hombre, indignado—. Soy tu padre.
—Para mí no eres mi padre —señaló Naruto con una voz tan fría que rivalizaba con el viento más cortante de las Highlands.
Minato lanzó a Balder una mirada acusatoria.
—Ya te lo dije.
Balder meneó la cabeza y arqueó una poblada ceja.
—Aún no te ha escupido.
—¿Qué diablos tiene que ver escupir con todo esto?
—Mira, muchacho —dijo Balder—, es la excusa que estoy buscando para agarrarte por tu rencoroso trasero y arrastrarte hasta el castillo, donde a tortazos quizá consiga meterte en la cabeza un poco de sentido común y de respeto hacia los mayores.
—¿Crees que podrías? —lo desafió Naruto. Su peligrosa mezcla de emociones clamaba por una buena pelea.
El grueso Balder rompió a reír gozosamente.
—Me encantaría una buena pelea, muchacho, pero un hombre como yo podría comerse a un cachorro como tú de un mordisco.
Naruto dirigió a Minato una mirada penetrante.
—¿Sabe él qué soy? —La pregunta estaba matizada de arrogancia.
—¿Sabes tú qué soy yo? —replicó Balder.
Los ojos de Naruto regresaron a la cara de éste.
—¿Qué quieres decir? —inquirió tan rápidamente que sonó como si fuera una sola palabra. Escrutó a Balder atentamente. De unos ojos azul claro surgió una mirada tranquila y burlona que se cruzó con la suya. «¡Imposible!» ¡En todos esos años jamás se había encontrado con otro berserker!
Balder meneó la cabeza y exhaló un suspiro. Intercambió una mirada con Minato.
—El chico es duro de entendederas, Minato. Ya te digo, estúpido hasta la médula.
Minato resopló.
—No es verdad. Es hijo mío.
—El muchacho no sabe lo principal sobre sí mismo, ni siquiera después de todos estos...
—Bueno, cómo podría saberlo, teniendo en cuenta que...
—Cualquier idiota se lo habría imaginado...
—Eso no quiere decir que sea corto de entendederas...
—¡Callaos! —bramó Naruto.
—No hace falta vociferar, chico —le regañó Balder—. No eres el único que tiene el mal genio de un berserker.
—No soy un niño, ni un muchacho ni un idiota —dijo Naruto, resuelto a tomar el control de la errática conversación. Ya habría tiempo luego de averiguar cómo Balder había llegado a ser un berserker—. Y antes de que la mujer de ahí detrás se acerque, os agradecería que dejarais claro a los sirvientes, a los habitantes del pueblo y a todo el clan que yo no soy un berserker, ¿entendido?
—¿Que no eres un berserker? —Balder enarcó las cejas.
—¿Que no eres un berserker? —Minato arrugó la frente.
—Que no soy un berserker.
—Pero es que lo eres —objetó Minato, algo lento en comprender.
Naruto lo fulminó con la mirada.
—Ella no lo sabe. Y si lo descubre, me abandonará. Y si me abandona, no tendré más remedio que mataros a los dos —dijo Naruto con total naturalidad.
—Bueno —dijo Balder torciendo el gesto, profundamente ofendido—. No hace falta ser tan desagradable, muchacho. Seguro que encontraremos un modo de arreglarlo.
—Lo dudo, Balden. Y si vuelves a llamarme muchacho, te verás en un apuro. Escupiré, te daré la excusa que estabas buscando, y veremos si un berserker avejentado puede vencer a uno en la flor de la vida.
—Dos berserkers avejentados —puntualizó Minato con altivez.
Naruto lo miró fijamente. Los ojos azul claro eran idénticos. Aquel día seguía proporcionando una desconcertante revelación tras otra. Decidió recurrir al sarcasmo.
—¿Qué demonios es esto? ¿El valle de los berserkers?
—Algo así, Gavrael —musitó Balden.
—Me llamo Naruto.
—¿Cómo piensas explicarle el nombre de las banderas a tu esposa? —inquirió Minato.
—No es mi esposa —dijo Naruto eludiendo la pregunta. Aún no había resuelto ese problema.
—¿Qué? —Escandalizado, Minato se puso en pie sobre los estribos—. ¿Has traído aquí a una mujer deshonrada? Ningún hijo mío retoza con su compañera sin ofrecerle la legítima unión.
Naruto se atusó el pelo. Su mundo se había vuelto loco. Aquélla era la conversación más ridícula que recordaba haber tenido jamás.
—¡Aún no he tenido tiempo de casarme! Acabo de secuestrarla...
—¿Secuestrarla? —Minato arrugó la nariz.
—¡Con su consentimiento! —indicó Naruto a la defensiva.
—Tenía entendido que en Caithness había una boda —apuntó Minato.
—Casi la hubo, pero no era la mía. Habrá una lo más pronto que pueda. La única explicación de que aún no sea mi esposa es la falta de tiempo. Y tú —señaló furiosamente a Minato—, tú no has sido mi padre durante quince años, así que no creas que vas a empezar ahora.
—¡No he sido tu padre porque tú no regresaste a casa!
—Ya sabes por qué no —le espetó Naruto con ojos centelleantes.
Minato vaciló. Respiró hondo, y cuando volvió a hablar pareció que la cólera de Naruto le había bajado los humos.
—Sé que te fallé —dijo con pesar.
—Hablar de «fallo» es ser muy benevolente —masculló Naruto.
La reacción de su padre lo desconcertó por completo. Esperaba que el viejo se pusiera hecho una furia, incluso que lo atacara como el chiflado canalla que era. Sin embargo, su mirada traslucía verdadero arrepentimiento. ¿Qué debía hacer ahora? Si Minato hubiera respondido de forma virulenta, él habría podido liberar su cólera reprimida y pelear. Pero no había hecho tal cosa. Se había limitado a quedarse sentado sobre el caballo y mirar a su hijo con tristeza, con lo que Naruto se sintió aún peor.
—Temari está enferma —dijo con aspereza—. Necesita recogerse en un sitio caldeado.
—¿Que está enferma? —bramó Balder—. Por la lanza de Odín, muchacho, ¿has esperado al final para decir lo más importante?
—¿Muchacho? —repitió Naruto amenazadoramente.
Pero Balder no se inmutó, en su boca un rictus burlón.
—Escúchame, hijo de los Namikaze, no me das miedo. Soy demasiado viejo para sentirme intimidado por el gruñido de un cachorro. No me permites utilizar tu nombre de pila y me niego a llamarte ese ridículo nombre que has elegido, por lo que será o bien «muchacho» o bien «estúpido». ¿Cuál prefieres? —La sonrisa del viejo era intimidante.
Naruto se sorprendió a punto de esbozar una sonrisa. Si no hubiera estado tan empeñado en odiar aquel lugar, le habría gustado ponerse bravucón con el viejo Balder. El hombre imponía respeto y desde luego no aceptaba insolencias de nadie.
—Podéis llamarme «muchacho» con una condición —dijo con tono más suave—: cuidad de mi mujer y guardad mi secreto. Y aseguraos de que toda la gente haga lo mismo.
Minato y Balder intercambiaron una mirada y suspiraron.
—Hecho.
—Bienvenido a casa, muchacho —añadió Balder.
Naruto puso los ojos en blanco.
—Sí, bienvenido... —empezó Minato, pero Naruto levantó un dedo admonitorio.
—Y en cuanto a ti, viejo —le dijo—, mejor que no te me acerques.
Minato abrió la boca y acto seguido la cerró, los ojos ensombrecidos de dolor.
