30

Temari no podía dejar de sonreír. Era casi imposible no hacerlo con tantas emociones. Escapaba a su comprensión por qué Naruto seguía con aquel semblante tan melancólico. En todo lo que se veía había algo encantador, pero el aspecto tan alicaído de él la deprimía. Temari sabía que debía mostrar más compasión por la apurada situación en que se encontraba Naruto, pero era difícil sentir empatía cuando su familia no cabía en sí de gozo desde que él había vuelto al redil. Y qué redil tan magnífico.

«Gavrael», se corrigió a sí misma en silencio. En vez de hacerle una señal para que avanzara después de haber saludado a su padre, él había regresado hasta ella para cabalgar juntos. Rodeados por la multitud que les vitoreaba, Naruto le había explicado que cuando se había marchado de Tuluth años atrás se había cambiado el nombre. Su nombre verdadero era Gavrael Namikaze, aunque insistió en que ella siguiera llamándole Naruto.

Temari exhaló un suspiro con ojos soñadores. Temari Alanna Namikaze; en voz alta, era un revoltijo de eles que vibraban eufónicamente. No tenía duda de que, una vez se hubieran instalado, Naruto se casaría con ella.

Naruto le apretó la mano y susurró su nombre para captar su atención.

—Temari, vuelve a la tierra. Balder va a enseñarnos nuestros aposentos, y comerás y estarás caliente.

—Oh, me encuentro mucho mejor —señaló ella con aire distraído, maravillada ante la bella escultura que adornaba el salón. Iba tras Balder y un grupo de sirvientas que estrechaban felices la mano de Naruto—. Este castillo es enorme, impresionante. ¿Cómo pudiste llegar a pensar que era lóbrego y sombrío?

Él le dirigió una mirada apesadumbrada.

—No tengo ni puñetera idea —murmuró.

—Aquí tienes tu habitación, Gavrael... —dijo Balder.

—Naruto.

—Muchacho. —Balder lo fulminó con la mirada—. Y Merry enseñará la suya a Temari —añadió con intención.

—¿Cómo? —Naruto se quedó pasmado. Ahora que Temari era suya, ¿cómo iba a poder dormir sin ella entre sus brazos?

—Ésta es tu habitación. —Balder gesticulaba con impaciencia—. La tuya. —Se volvió hacia una sirvienta de aspecto delicado—. Y Merry enseñará a Temari la suya. —Sus ojos azules reflejaban un sereno desafío.

—Yo mismo me ocuparé de Temari —dijo Naruto tras una pausa tensa.

—Siempre y cuando vuelvas a salir enseguida, muchacho, de lo contrario no. No estás casado, por tanto no vas a actuar como si así fuera.

Temari se ruborizó.

—No te estoy reprochando nada, muchacha —se apresuró a decir Balder—. Veo que eres una dama distinguida, pero es fácil comprender que cerca de ti este chico se excitará como un macho cabrío. Si busca los placeres de la felicidad conyugal, que se case contigo. Si no hay boda, no habrá felicidad.

Naruto se puso colorado.

—Ya basta, Balder.

Éste arqueó una ceja y frunció el entrecejo.

—Y trata de ser algo más amable con tu padre, muchacho. Al fin y al cabo, él te dio la vida. —Tras decir esto, se volvió y recorrió el pasillo echando bravatas, el altivo mentón sobresaliendo como la proa de un navio rompiendo las olas.

Naruto esperó a que desapareciera y luego dio instrucciones a las criadas.

—Yo acompañaré a Temari a sus habitaciones —informó a Merry, la que tenía cara de duendecillo. A las demás les dijo—: Intentad conseguir una bañera llena de agua caliente y... —echó una mirada preocupada a Temari— ¿qué clase de comida soportaría tu estómago, muchacha?

«De todo y más», pensó Temari, que se moría de hambre.

—De todo —respondió sucintamente.

Naruto esbozó una sonrisa, terminó de dar instrucciones a las criadas y acompañó a Temari a sus aposentos.

Cuando entraron, ella emitió un suspiro de placer. Sus aposentos estaban amueblados con tanto lujo como el resto de Maldebann. Cuatro altas ventanas embellecían la pared oeste del dormitorio, y desde ellas podía ver ponerse el sol tras las montañas. Los suelos estaban cubiertos por alfombras de blanquísima piel de cordero. La cama era de madera de cerezo labrada y pulimentada hasta adquirir un lustre brillante, y endoselada con ropa de hilo absolutamente blanca. En una enorme chimenea ardía un vivo fuego.

—¿Cómo te encuentras? —Naruto cerró la puerta y la atrajo hacia sí.

—Ahora mucho mejor.

—Sé que esto te resultará algo chocante...

Temari lo besó, acallando cualquier otra palabra. Naruto pareció sorprenderse por el gesto, y la besó a su vez con tal apremio que ella contrajo los dedos de los pies. Temari se aferró al beso, prolongándolo todo lo que pudo, intentando imbuirle coraje y amor, pues sabía que le iba a hacer falta. Después fue olvidando sus nobles intenciones a medida que el deseo echaba chispas entre los dos.

Un repentino golpe seco apagó el ardor de inmediato.

Naruto se retiró, se dirigió a la puerta con paso majestuoso y no se sorprendió de ver a Balder.

—Me he olvidado de una cosa, muchacho, la cena es a las ocho —dijo éste, mirando a Temari con ojos escrutadores—. ¿Te ha besado, muchacha? Sólo dímelo y yo me encargaré del asunto.

Naruto cerró la puerta sin contestar. Al otro lado, Balder resopló con tal fuerza que a Temari casi se le escapa la risa.

Naruto volvió a acercársele, y ella lo observó. La tensión del día era palpable; incluso su habitual postura arrogante parecía algo menoscabada. Cuando pensó en todo lo que él había tenido que pasar en las últimas horas, se sintió fatal. Naruto había estado cuidándola con todo el cariño cuando seguramente le hubiera bastado estar algún tiempo solo para resolver todos los problemas que el día le había deparado. Le acarició la mejilla.

—Naruto, si no te importa, me gustaría descansar un poco antes de ver a más gente. Quizá podría cenar esta noche aquí en mi habitación y mañana conocer el castillo.

No se había equivocado. La expresión de Naruto fue de alivio.

—¿Seguro que no te importa quedarte sola? ¿Seguro que te encuentras mejor?

—Me siento de maravilla. Lo de esta mañana, sea lo que fuere, ya ha pasado. Ahora sólo quiero relajarme, tomar un buen baño y dormir. Tú probablemente desearás reencontrarte con muchas personas y lugares.

—Eres admirable, ¿lo sabías, muchacha? —Naruto le acarició el cabello y le colocó detrás de la oreja un mechón extraviado.

—Te amo, Naruto Uzumaki —dijo ella—. Ve a ver a tu gente y tu casa. Tómate tu tiempo. Siempre estaré aquí para ti.

—¿Qué he hecho yo para merecerte?

Temari le rozó ligeramente los labios con los suyos.

—Yo me hago la misma pregunta constantemente.

—Esta noche quiero verte, Temari. Necesito verte.

—Dejaré la puerta abierta. —Y le dedicó una sonrisa deslumbrante que prometía la luna y las estrellas para cuando él llegara.

Naruto le dirigió una última mirada de ternura y se fue.

—Ve con él. Yo no puedo —dijo Minato con apremio.

Los hombres miraban por la ventana a Naruto, que estaba en el muro delantero del castillo contemplando el pueblo. Había oscurecido, y las minúsculas luces centelleaban junto con las estrellas que salpicaban el cielo. El castillo había sido construido para proporcionar una visión del pueblo libre de obstáculos. Lo bordeaba una amplia terraza de piedra, de este a oeste, que descendía escalonadamente hasta las murallas fortificadas, estando la propia terraza rodeada por un muro bajo a tal altura que desde arriba se veía el valle. Naruto había estado a solas en el muro durante horas, mirando alternativamente el castillo a su espalda y el valle al frente.

—¿Y qué quieres que le diga? —gruñó Balder—. Es tu hijo, Minato. En algún momento tendrás que hablar con él.

—Me odia.

—Pues habla con él y trata de ayudarle a superarlo.

—¡No es tan fácil! —soltó Minato, pero en sus ojos azules Balder vio miedo. Miedo de perder otra vez a su hijo si hablaba con él.

Balder emitió un suspiro.

—De acuerdo, Minato, lo intentaré.

Naruto contempló caer la noche sobre el valle. Los vecinos habían empezado a encender velas y cerrar los postigos, y desde su posición en el muro bajo él alcanzaba a oír los musicales avisos, apenas imperceptibles, con que los padres llamaban a sus hijos para que entraran en las acogedoras chozas, y a los granjeros reuniendo las bestias antes de acostarse. Era una escena de paz y armonía. De vez en cuando miraba furtivamente hacia atrás, al castillo, pero no había ni una sola gárgola al acecho. Era posible, admitió, que a los catorce años él fuera algo fantasioso. Quizá tantos años de huir y esconderse habían alterado sus percepciones hasta parecer todo árido y desolado, incluso un pasado que en otro tiempo había sido espléndido. Aquel aciago día, su vida había cambiado tan abruptamente que acaso sus recuerdos quedaran sesgados.

Podía aceptar que había olvidado lo que en verdad era Tuluth. Podía aceptar que el castillo jamás había sido de veras amenazador. Pero ¿cómo entender lo de su padre? Lo había visto con sus propios ojos, agachado sobre el cadáver de su madre. ¿Podía ser que, debido a la conmoción y el pesar, hubiera interpretado mal también ese suceso? En cuanto se le ocurrió esa posibilidad, la estudió desde todos los ángulos, lo que ahondó su confusión.

Había visto a su padre en los jardines del sur a primera hora de la mañana, la hora en que Kushina daba un paseo para dar la bienvenida al nuevo día. Él iba a encontrarse con Arron para ir a pescar. Tenía la escena grabada en la memoria: Kushina golpeada y apaleada, el rostro cubierto de contusiones, Minato agachado junto a ella, gruñendo, sangre por todas partes, y en su mano aquel maldito cuchillo inculpatorio.

—Hermoso, ¿verdad? —Balder interrumpió su debate interno.

—Sí —respondió Naruto, sorprendido de que Balder se le acercara—. Pero no lo recuerdo así, Balden.

El anciano posó una mano reconfortante en el hombro de Naruto.

—Porque no siempre ha sido así. Gracias a los esfuerzos de tu padre, con los años Tuluth ha crecido muchísimo.

—Si vamos a eso, tampoco te recuerdo a ti. ¿Te conocía cuando yo era niño?

—No. He pasado la mayor parte de mi vida de un lado a otro. Visité Maldebann cuando eras niño, pero sólo por poco tiempo. Hace seis meses, el barco en que navegaba naufragó a causa de una tormenta que arrastró mi cuerpo hasta la orilla de la vieja Alba. Supuse que eso significaba algo: que había llegado la hora de averiguar qué quedaba de mi clan. Soy el hermano mayor de tu padre, pero tuve ganas de conocer mundo y forcé a tu padre a ser laird; y ha sido un laird excelente.

Naruto frunció el entrecejo.

—Eso es discutible.

—No seas tan duro con Minato, muchacho. Lo que más ha deseado en el mundo es que tú regresaras. Tal vez tus recuerdos de él están tan borrosos como los que tienes de Tuluth.

—Puede que sí —concedió Naruto—. Pero también puede que no.

—Dale una oportunidad, es todo lo que te pido. Trata de conocerle y júzgale de nuevo. Hay cosas que entonces no tuvo tiempo de explicarte. Deja que lo haga ahora.

Naruto se sacudió la mano del hombro.

—Ya basta, Balder. Déjame solo.

—Prométeme que le darás la oportunidad de hablar contigo, muchacho —insistió Balder, impávido ante el rechazo de Naruto.

—Todavía estoy aquí, ¿no?

Balder inclinó la cabeza y se retiró.

—Bueno, no has estado mucho rato —se quejó Minato.

—He hecho mi parte. Ahora te toca a ti —refunfuñó su hermano.

—Mañana. —Minato no se decidía.

Balder lo censuró con la mirada.

—Es absurdo hablar de nada cuando la gente está cansada, y el muchacho ha de estar exhausto, Balder.

—Los berserkers sólo están cansados cuando han sufrido un ataque de furia.

—Por favor, deja de actuar como mi hermano mayor —espetó Minato.

—Pues deja tú de actuar como mi hermano menor. —Se enfrentaban dos pares de ojos azules; finalmente Balder se encogió de hombros.

—Si no afrontas este problema, concéntrate en este otro. Merry oyó por casualidad a Temari decirle al muchacho que dejaría la puerta abierta. Si no hacemos algo, este hijo tuyo probará los placeres sin pagar el precio.

—Pero ya los ha probado. Lo sabemos.

—Esto no arregla nada. Y prohibírselo puede alentarle a casarse con ella antes —señaló Balder.

—¿Qué sugieres? ¿Encerrarla en la torre? El muchacho es un berserker, superará cualquier obstáculo.

Balder pensó unos instantes y luego sonrió con aire burlón.

—¿Superará la indignación justificada?

Era más de medianoche cuando Naruto se apresuraba por el pasillo en dirección a los aposentos de Temari. Merry le había asegurado que la joven había pasado una tarde tranquila. «Ha comido como una mujer famélica», había dicho la sirvienta con cara de duende.

Esbozó la sonrisa completa que se le dibujaba en la cara siempre que pensaba en Temari. Necesitaba tocarla, decirle que quería casarse con ella si aún le amaba. Anhelaba confiarse a ella. Temari tenía una mente lógica; quizá podía ayudarle a entender las cosas que para él carecían de sentido por estar demasiado cerca de ellas.

Naruto se mantenía firme en que Temari jamás debía saber qué era él realmente, pero podía hablarle sobre buena parte de lo que había sucedido —o parecía haber sucedido— quince años atrás. Dobló un recodo del pasillo y apretó el paso, casi echando a correr.

Se paró de golpe cuando vio a Balder, enluciendo enérgicamente una grieta en el muro con una mezcla de arcilla y piedra triturada.

—¿Qué haces aquí? —Naruto puso cara de pocos amigos—. Estamos en plena noche.

Balder se encogió de hombros con aire inocente.

—Ocuparse del castillo es un trabajo de plena dedicación. Por suerte, yo ya no necesito dormir mucho. Pero ahora que lo pienso, ¿qué haces tú aquí? Tus habitaciones están por allá —con la paleta apuntó en la otra dirección—, por si no te acuerdas. No tendrías intención de corromper a una muchacha inocente, ¿verdad?

En la mandíbula de Naruto se contrajo un músculo.

—Cierto. He de dar la vuelta.

—Bien, pues hazlo, muchacho. Supongo que estaré trabajando en este muro toda la noche —dijo Balder impertérrito—. Toda la noche.

Veinte minutos después, Temari asomó la cabeza por la puerta.

—¡Balder! —Se ajustó la blusa en los hombros y lo escrutó.

Balder sonrió. Temari era encantadora, arrebolada por el sueño y con la intención obvia de meterse furtivamente en la habitación de Naruto.

—¿Necesitas algo, muchacha?

—¿Qué demonios estás haciendo?

Balder le dio la misma pobre excusa que había dado a Naruto y siguió revocando con entusiasmo.

—¡Oh! —exclamó Temari con un hilo de voz.

—¿Quieres que te acompañe a las cocinas, muchacha? ¿Te apetece una pequeña excursión? Por lo general, estoy levantado toda la noche, y el único plan que tengo es enlucir esto. Si no se vigila, las grietas pequeñas entre las piedras pueden agrandarse en menos que canta un gallo.

—No, no. —Temari hizo con la mano un gesto de rechazo—. Es sólo que oí un ruido y quería saber qué era. —Le deseó buenas noches y se retiró.

Después de que ella hubiera cerrado la puerta, Balder se frotó los ojos. Por todos los santos, la noche se le iba a hacer larga.

Por encima de Tuluth se habían reunido varios hombres. Dos de ellos se apartaron del grupo y se dirigieron hacia el precipicio hablando discretamente.

—La emboscada no sirvió de nada, Shinku. ¿Por qué diablos mandaste sólo a una veintena de hombres contra un berserker?

—Porque dijiste que seguramente regresaba a Tuluth. No queremos perder hombres que podamos necesitar más adelante. ¿Y tú? ¿Cuántos barriles de pólvora malgastaste para nada?

Aoi Rokushō frunció el ceño.

—No lo preparé todo lo concienzudamente que hubiera debido. La próxima vez no escapará.

—Rokushō, si matas a Gavrael Namikaze tendrás suficiente oro para el resto de tus días. Lo hemos intentado durante años. Nos consta que es el último berserker que puede engendrar.

—¿Todos sus hijos nacen berserkers? —Aoi observó las luces del valle parpadear y apagarse poco a poco.

El labio de Shinku se curvó en una mueca de asco.

—Sólo los varones descendientes directos del laird. La maldición queda limitada al linaje principal, el paterno. A lo largo de los siglos, nuestro clan ha reunido ingente información sobre los Namikaze. Sabemos que tienen sólo una compañera verdadera, y que cuando ésta muere ellos permanecen célibes el resto de su vida. Así que el viejo ya no es una amenaza. Según tenemos entendido, Gavrael es su único hijo. Cuando muera será el fin. No obstante, en diferentes momentos de la historia, algunos han logrado esconderse de nosotros. Por eso es imprescindible que entres en el castillo de Maldebann. Quiero que desaparezca el último Namikaze.

—¿Piensas que el castillo pueda ser un escondrijo de chicos de ojos azules? ¿Cabe la posibilidad de que Minato tenga otros hijos varones además de Gavrael?

—No lo sabemos —admitió Shinku —. A lo largo de los años ha llegado a nuestros oídos la existencia de un recinto, un lugar de adoración pagana a Odín. Se supone que está justo en el corazón de la montaña. —Tensó el rostro—. Malditos paganos, ¡ahora es tierra cristiana! Nos hemos enterado de que allí practican ceremonias idólatras. Y, antes de morir, una de las sirvientas que capturamos dijo que en ese recinto guardan los retratos de todos y cada uno de esos engendros impíos. Has de ir ahí y comprobar que Gavrael es el último.

—¿Pretendes que me meta en la guarida de esas criaturas abominables y espíe? ¿Cuánto oro decías que habría para mí? —Aoi negociaba con astucia.

Shinku lo observó con el fanatismo de un integrista.

—Si demuestras que es el último y consigues matarlo, tú pones el precio.

—Entraré en el castillo y acabaré con el último berserker —dijo Aoi relamiéndose de gusto.

—¿Cómo lo harás? Ya has fallado tres veces.

—No te preocupes. No sólo llegaré al salón, sino que también me ocuparé de su compañera, Temari. Puede que esté embarazada...

—¡Por las malditas lágrimas de Cristo! —Shinku tuvo un escalofrío de repugnancia—. Después de servirte de ella, mátala —le ordenó.

Aoi levantó una mano.

—No. Esperaremos a saber si está embarazada.

—Pero ha sido deshonrada...

—La quiero. Es parte de mi precio —puntualizó Aoi—. Si lleva en sus entrañas un hijo de él, la mantendré bajo vigilancia hasta que dé a luz.

—Si matas a un varón, estaré allí para verlo. Dices que odias a los berserkers, pero si creyeras que puedes criarlos en tu clan, quizá no pensarías igual.

—Gavrael Namikaze mató a mis hermanos —dijo Aoi con rencor—. Con religión o sin ella, no tendré el menor reparo en matar a su hijo. O hija.

—Bien. —Shinku Yūhi miró hacia el valle, al pueblo dormido de Tuluth.

—El pueblo ha crecido mucho, Rokushō. ¿Cuál es tu plan?

—Dijiste que en las montañas había cuevas. En cuanto haya capturado a la mujer te haré llegar un trozo de su vestido. Y se lo enseñarás al viejo y a Gavrael. Mientras sepan que tengo a Temari, no pelearán. Mandarás a Gavrael a las cuevas, y allí me ocuparé de él.

—¿Cómo?

—He dicho que allí me ocuparé de él —gruñó Aoi.

—Querré ver su cadáver con mis propios ojos.

—Descuida.

Ambos miraron fijamente el castillo de Maldebann.

—Vaya despilfarro de belleza y fuerza. Cuando derrotemos a los paganos, los Yūhi se apoderarán de Maldebann —dijo Shinku.

—Cuando yo haya hecho lo prometido, los Rokushō se apoderarán de Maldebann —señaló Aoi con una mirada desafiante.