Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Latidos
Me sujeté de la pared más cercana para no caer de bruces.
No lograba asimilar lo que el médico me acababa de explicar. Llevé una mano a mi pecho mientras continuaba leyendo la carta médica. POSITIVO rezaba la hoja de papel.
Mis lágrimas se retuvieron, no quería llorar. Pero, un sinfín de emociones se acumularon en mi pecho; necesitaba reír, llorar, gritar y, a la misma vez salir corriendo de este lugar.
Atiné en caminar con mi frente en alto; sonreí débilmente, abrigándome con la gabardina al sentir la corriente de aire. Febrero siempre era un mes frío en Seattle.
― ¡Dios! ―murmuré en el coche. Aún conmocionada busqué el móvil entre mi bolso y llamé a mi mejor amiga―. ¿Victoria?
La voz en la línea era ininteligible.
― Es positivo… estoy embarazada ―confirmé.
Escuché unos leves gemidos, seguido de un chillido ahogado y el sonido de algunas cosas cayendo.
― ¡Maldición, Isabella Marie Swan! ―escupió mi amiga―. ¿Cómo mierda me dices esto sin anestesia?
Reí entre lágrimas; cubriendo con la palma mi boca.
― Son las diez horas, Victoria. Se supone que estás trabajando, ¿qué no?
Una risita tonta se escuchó del otro lado de la línea.
― ¿Podemos vernos? ―pedí.
― Claro, pequeñuela. Ven a mi apartamento Marcus se está yendo de aquí ―suspiró―. ¡Felicidades mamá!
No tardé ni veinte minutos en llegar al viejo edificio de ladrillo. Mi amiga pelirroja me recibió con sus brazos abiertos; no importó todo lo follable que lucía su rostro, así con su cabello hecho una maraña, a medio vestir con un enorme suéter desteñido, solamente, me lancé a sus brazos. Y me sentí mucho mejor cuando supe que no estaba sola.
― Anda… ―me hizo pasar al calor del modesto lugar―. Cuéntame todo, ¿cómo te sientes?
Antes de acomodarnos en el sofá Victoria me ayudó a sacar el enorme abrigo para colgar en el perchero. Fue imposible no poner atención a las prendas de vestir esparcidas en el piso.
― ¿En serio Marcus? ―enarqué una ceja al preguntar por el susodicho.
― Fue solo un polvo ―aclaró Victoria rodando sus ojos azules―. Nos teníamos ganas desde hace meses. Nos desquitamos como desquiciados, eso fue todo ―miró sin importancia su manicura―. Además, no estamos para hablar de mí, sino de ti. ¿Cuánto tiempo tienes?
Tomé una gran bocanada haciéndome bolita en el sillón.
― Apenas cinco semanas. Según el obstetra todo está en perfecto estado. Mi bebé nacerá a mediados de octubre. ―Acaricié con anhelo indescriptible mi vientre plano.
― ¿Tienes náuseas?, ¿vómitos?, ¿antojos?, ¿mareos?, ¿diarreas?
Me eché a reír a carcajadas, negando.
― ¿De qué te ríes, estúpida?
― ¿Qué tiene que ver la diarrea con el embarazo? ―inquirí con mis ojos llenos de lágrimas por el ataque de risa.
La pelirroja se encogió de hombros.
― No sé mucho de embarazos.
― El obstetra mencionó que los síntomas aparecen en el primer trimestre del embarazo. Algunas mujeres los comienzan a padecer después de la semana diez, quizás un poco antes.
― Mmh… ¿te arrepientes? Porque déjame decir que es tarde para ello. Tendrás un bebé, Bella. Un pequeñín que será tu responsabilidad y todo tu mundo. Y es lo único que debe importar.
La sinceridad de sus palabras me hicieron meditar. No Estaba arrepentida, desde luego no. Sin embargo, la forma en que lo había hecho era sucio y egoísta.
No solo mentí a los médicos. También había recurrido a la falsificación de documentos para poder proceder a la transferencia. Era la peor persona sobre la faz de la tierra, fui capaz de lo más bajo para lograr tener un hijo.
No estaba orgullosa de lo que hice. En cambio por mi bebé había valido la pena, solo esperaba que un día Edward me perdonara o, prefería que no se enterara nunca.
― Tengo miedo de que Edward se entere que será padre ―revelé, después de un breve silencio.
Victoria soltó un bufido.
Después de diez años Edward Cullen seguía sin ser su persona favorita.
― Ése hijo de perra no debe importarte. ¡Te dejó por otra! Cuando el muy cabrón prometió que regresaría por ti.
― Lo sé. Él ya está superado ―intenté explicar―. El procedimiento lo hicimos juntos, ambos estuvimos de acuerdo en la criopreservación porque teníamos muchos planes a futuro, ya sabes, después de haber terminado la Universidad, íbamos a viajar juntos, volveríamos a estudiar una maestría, un doctorado quizás y, después nos casaríamos, pero…
― Me sé la historia, Isabella. Para mi maldita mala suerte fuimos amigos. El muy perro te llenó de promesas que jamás cumplió.
― Eso ya no importa. Éste bebé ―toqué mi vientre― es de él. Sin importar el cómo.
― Obvio, que es de él ―puso brevemente los ojos en blanco―. Dime algo ―su tono de voz se volvió serio, tomó mi mano entre las suyas mirándome fijo―. ¿Por qué seguiste pagando por diez años la congelación de embriones? Y no me digas que fue algo que tenías olvidado, porque sé, que cada dos años te enviaban correos electrónicos y cartas para preguntar si querías seguir preservando ese embrión. Y sí, esté bebé ya está aquí ―una de sus manos se posó sobre la tela de mi blusa, palpando mi vientre― pero quiero saber el porqué tener un bebé de ese idiota y no con cualquier otro, por ejemplo Eric Yorkie.
Solté un hondo suspiro.
Eric Yorkie llegó después de la destrucción que dejó Edward. Él con su ternura y con mucha paciencia sanó mis heridas. Solo que él se merecía mucho más que retazos de un corazón roto. Después de tres años no pude continuar engañándonos y lo dejé partir. Eric necesitaba seguir con sus planes y simplemente yo no encajaba en ellos.
Sonreí para mis adentros al recordar todos sus mensajes de esta mañana, ninguno había sido respondido.
Nos convertimos en grandes amigos y aunque él nunca había dejado de insistir, nuestra amistad lograba superarlo todo.
― Tu cara me dice que sigues soñando con ése imbécil.
― No es verdad ―reté― no soy tan idiota para seguir pensando en Edward. ¡Por Dios! Ni siquiera me importa saber qué fue de su vida.
Victoria alzó sus cejas.
― Si decidí embarazarme de un imbécil como bien dices. Fue por todo el dinero que gasté en esos laboratorios clínicos. No podría elegir a nadie más cuando todo estaba listo para implantar en mi útero ese embrión.
― Ya, está bien, no quiero que hagas corajes.
― Me molesta que cuestiones mi decisión. Cuando siempre te lo he dicho todo, confió en ti como si fueses mi maldita sombra. Nunca mencionaste nada y justo hoy empiezas.
― Bueno, no pensé que pegaría a la primera. Tuve la esperanza de que no te salieras con la tuya.
Indignada, me puse de pie y anduve a la puerta.
― ¡Alto ahí! ―chilló Victoria, antes de abrazarme por la espalda―. Eres la hermana que no tuve, te quiero y estoy contigo. Así como lo he estado en las malas y en las peores. Aquí estoy. Anda... ―tiró de mi mano y me llevó de nuevo al sofá― cuéntame, ¿qué sentiste al saber que hay un hermoso renacuajo en tu barriga?
Reí al escuchar el sobrenombre.
― No lo podía creer ―respondí― aún con las explicaciones del obstetra, no caí en cuenta hasta que pude leer la hoja del laboratorio que lo afirmaba. Es una emoción alucinante.
― ¿Ya pensaste en darle la noticia a tus padres? El viejo Charlie será el hombre más feliz de este jodido planeta.
― He decidido esperar un poco.
En pensar en cuánta alegría les daría a mis padres, quise hablarles de inmediato. Aunque sabía que las indagaciones no se harían esperar, empezarían a especular y terminarían por llegar a conjeturas muy alejadas de la realidad. Y no, ellos se merecían solo la verdad.
― Crees qué no lo tomarán de buena manera.
― Ellos son bastante viejos, tienen ideas muy anticuadas. Estoy casi segura que no entenderán el procedimiento al que me sometí.
― Setenta y cinco años y apenas serán abuelos ―acordó mi amiga―. Sigo sin imaginar la inmensa felicidad que trajiste a sus vidas cuando ellos habían perdido toda esperanza de ser padres.
― Llegué a sus vidas cuando ambos tenían cuarenta años. Fue un embarazo de alto riesgo y muy complicado, pero aquí estoy.
― Entonces, ¿cuándo iremos a Forks a contar las buenas nuevas?
― Dame tiempo, primero necesito estar completamente segura que todo está bien.
El rostro de Victoria se pintó de preocupación.
― ¿Qué quieres decir?, ¿hay algo mal o qué es?
Sacudí mi cabeza a la vez que sus brazos me envolvieron con protección.
― No, no hay nada malo ―declaré―; es simple precaución.
― Eso es bueno ―dijo―. También está tu trabajo, tendrás que hablarlo con Uley. Recuerda que eres la mejor analista financiera de todo Seattle y eres solo de él ―levanté mi mentón mirándole feo, ella encogió sus hombros―. Hubiera sido perfecto que aceptaras sus invitaciones, tal vez éste hijo fuese de él, ¿no crees?
― No. Cómo puedes decir algo así, le aprecio y nada más.
― ¡Ay!, no seas tan cruel con el viejito. Tiene más de cincuenta, pero seguro aún puede. Nada más tendrías que verificar que tome su pastilla azul y listo. Yo sí me lo follaría... mmh... imagínate toda la experiencia que tiene en la cama.
Victoria empezó a divagar con su sarta de tonterías. Era imposible cuando se trataba de hombres, sin embargo, era la amiga más leal que podía tener.
Coincidimos al entrar a la Universidad. Ella se enrolló con James el mejor amigo de Edward. Los cuatro vivimos los mejores años de nuestra época universitaria, fuimos a fiestas, viajes, cometimos estupideces y todo parecía salir a la perfección mientras llevábamos a cuestas nuestros estudios.
Edward y yo éramos la pareja consolidada de la generación, entretanto todos rompían y regresaban a los meses, unos simplemente se decían adiós Victoria y James no fueron la excepción. Mas el destino tenía su última prueba para nosotros.
Edward graduó primero por ser tres mayor que yo, aunque eso no importaba porque seguíamos viviendo juntos y más fuertes que nunca, apostamos a ganarlo todo. Y todo cambio cuando él decidió seguir estudiando y hacer una maestría en Londres.
La distancia logró su cometido; comenzaron las fricciones, las peleas, los celos y por ultimo el engaño. Me fue infiel con una compañera de sus clases. No lo perdoné, no iba a dejar pasar una infidelidad de meses. Él se quedó con Tanya y en mi vida apareció Eric.
Jamás lo volví a ver. Han pasado diez años desde esa última vez que nos dijimos adiós.
― ¿Quieres qué lo busque en Google?
La pregunta de Victoria aceleró mi corazón y me llenó de nervios.
― ¿Por qué?
― No seas tonta. Tenemos qué estar seguras que ese perro sigue viviendo en Europa.
― Sí, allí vive. No volvió en diez años ¿qué te hace creer que lo hará ahora?
― El diablo no duerme, Bella ―la miré agarrar su iPad y poner sobre sus piernas, deslizó sus dedos por la pantalla antes de arrugar su frente con concentración―. En serio, ¿nunca le has buscado?
Negué.
En los primeros años miré su Facebook hasta el cansancio, fui su acosadora número uno. Mi corazón se desgarraba de a poco cuando fue conciente que Edward había seguido con su vida y que Tanya se volvió importante para él, fue momento de emprender mi camino y decirle adiós para siempre.
De esa vez han pasado seis años cuando cerré todo tipo de red social y desaparecí de cualquier plataforma.
― Pues... según su Facebook vive en España. Pero su cuenta es privada y no puedo acceder a más información.
¿España? Oh, lo imaginaba viviendo en Londres.
― Espera... ―comentó de pronto sujetando mi antebrazo, su toque me hizo dar un respingo―. San Google dice que tiene un bufete de abogados en España, es influyente el perro.
Victoria seguía concentrada mientras yo solo quería desaparecer, salir corriendo de su casa.
― Está casado.
Sentí como si hubiesen golpeado mi pecho con un gran puñetazo y me dejaran sin aire.
― Su esposa es una tal Alice Brandon-Cullen ―hizo un gesto de asco―. Mmh... eres mil veces más hermosa, tú. Según Google apenas llevan tres años de casados. El papá de ella es uno de los más prestigiosos abogados de ese país, pura conveniencia de ese perro.
― ¿Quieres saber si tiene hijos?
Su pregunta me revolvió el estómago. Quizás mi bebé tenía hermanos, era lo más lógico si estaba casado.
Dios, ¿qué había hecho?
Edward no se merecía esto, ni su esposa, mucho menos mi bebé.
La realidad me había abofeteado con información que nunca quise saber y no podía hacer nada, mas que continuar.
¿Hay alguien ahí?
