Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Travesuras
Edward observó el muñeco rojo de ojos saltones.
Era peludo, tenía una enorme boca y una nariz anaranjada. Dedujo que posiblemente era la cosa más horrible que había visto, aún no comprendía porque sus niñas lo amaban tanto, al grado de haber convertido su guardarropa en la marca exclusiva de este títere. De entre tantas princesas, unicornios, personajes infantiles y demás, sus pequeñas eligieron amar a una marioneta ojona.
― Jodido Elmo.
― Cariño, no malas palabras ―su mujer lo reprendió dándole un disimulado manotazo.
Él la observó risueño y la atrajo a su costado pasando su brazo por la cintura de ella, antes de besar ruidosamente su sien.
Unas vocecillas cantarinas lo hicieron bajar su vista: sus cuatro niñas brincaban en un pie y en otro. Cada una traía en sus manos algún detalle para la fiesta de cumpleaños.
― ¿Podemos llevarnos estas poquitas cosas? ―Arienne preguntó dudosa e igual de ilusionada que sus hermanas. Le mostró los platos con la cara estampada de Elmo―. Aquí podemos servir el pastel.
Dios. Sus hijas cumplirán tres años en dos semanas, sus bebés estaban volviéndose grandes e independientes.
Y como todo niño, ellas soñaban con su fiesta de cumpleaños.
Los ojos verdes de Arienne seguían mirándole impacientes. Arrugó su diminuta nariz salpicada por pecas mientras su cabello cobrizo y lleno de ondas se balanceaba ante sus intrépidos movimientos.
― Por favor… ―También Eileen intervino con sus cejas muy juntas en espera de una respuesta, su cabello castaño era de un lacio suave y manejable. Movió un paquete de servilletas de papel con la misma figura roja.
Fue el turno de Daphne. Ella por ser más alta solía poner orden a sus hermanas, en cambio hoy se había unido a ellas, sacudió los manteles de plástico con los personajes de sesame street estampados. Poniéndose de puntillas hizo que sus padres se pusieran a su altura.
― Es para la fiesta ―susurró cubriendo su boca, sus ojos cafés guardaban tanta emoción contenida. La pequeña seguía teniendo escaso cabello que apenas lograba hacerse unas diminutas coletas en el tope de su cabeza.
Edward suspiró.
― ¿Podemos?
Allí estaba su pequeña y tímida regordeta. Grace pasó nerviosa su manito por su cabello castaño, tiró un poco de sus coletas despeinadas y rizadas.
Así que no pudo negarse. Sus pequeñas pedían una fiesta temática de Elmo, y él les daría lo que pidieran. Les asintió y fue el turno que las niñas se lanzaron sobre su cuerpo, llevándolo al piso con ellas encima.
Es que la jodida vida era perfecta.
No importaba cuántas cosas habían renunciado en estos años, sus hijas lo merecían todo si su recompensa eran esas sonrisas alegres repletas de felicidad.
Por eso cuando salieron del establecimiento comercial con todo lo necesario para la celebración, no se resistió en llevar a su familia a Chuck E. Cheese's.
La enorme botarga de ratón representativa del restaurante apareció cuando comían saludando a todos los niños. Por supuesto que sus niñas más emocionadas que temerosas se subieron en las butacas entre brincoteos extendiendo sus manitas para poder tocar al ratón.
Bella y él compartieron miradas comprendiendo lo que seguía. Cada uno tomó la mano de dos de sus niñas y se escabulleron al área infantil: cinco vueltas en el pequeño carrusel no eran suficientes, descubrir los recovecos del Skytubes para terminar deslizándose por una resbaladilla se estaba volviendo interesante. Aplastar cabezas de castores con un martillo y ganar boletos intercambiables era genial para ellas.
Pero después de tres horas de corretear a cuatro pequeñas era agotador.
Miró sin disimulo a su esposa, ella estaba igual o peor de cansada. Alargó su mano y le acarició el pálido rostro libre de maquillaje, su Bella era preciosa. Por tal motivo se sentía un tanto apenado por no presumirla como se merecía. En estos años no tuvieron oportunidad de tener una noche especial para ellos, no había habido citas a restaurantes románticos o cines, mucho menos visitaron un pub. Ellos se volcaron en su totalidad a las niñas. En cambio él extrañaba esos momentos que pasaban en el loft donde se desfogaban sin horarios y añoraba que pronto volviera a ocurrir.
Es qué, mierda. Tenía cuarenta y un años, se ponía caliente como el infierno de querer tener a su mujer solo exclusivo para él.
― ¿Por qué me miras así? ―inquirió sonriente ella.
― Estoy ideando cómo llevarte a la cama y tenerte solo para mí, ¿te gustaría?
― Si no lo haces, soy capaz de llevarte yo, al primer hotel de paso ―le sonrió con total descaro y con sus mejillas encendidas que él seguía acariciando con ternura.
Sí, claro que tenían sexo. Simplemente tenían que tener mayor precaución en no hacer ruido o ser lo suficiente rápidos por si las niñas llegaban en plena madrugada a refugiarse en la cama de ellos.
Inspiró. Era complicado de explicar teniendo cuatro niñas.
Al llegar a casa Edward se encargó de arropar a cada pequeña en sus respectivas camas. Ellas estaban tan agotadas que no fueron capaces de abrir los ojos cuando se les puso una pijama.
Antes de cerrar la puerta de la habitación rosada les observó una vez más.
Si un jodido día alguien le preguntaba qué fue de su vida en estos tres años su respuesta inmediata se reducía a: sus pulgas.
Muy lentamente cerró la puerta para recorrer el largo pasillo que dividía una habitación de otra; sonrió desanimado, al descubrir que Bella se había quedado dormida.
Haciéndose espacio en la gran cama la atrajo a sus brazos para enterrar sus dedos en el sedoso y largo cabello de ella. Le echaba de menos, necesitaba sus caricias, pero también sabía y comprendía lo cansino que era para Isabella cuidar de cuatro niñas y atender de su hogar.
Besó su frente, dejándole en paz y, se escabulló en el baño.
Masturbarse no era su idea para esta noche, sin embargo, su maldito pene traidor se puso en pie de guerra cuando observó las bragas de su mujer. Como un maldito acosador degenerado se puso a olisquear la íntima prenda dando rienda suelta a su mano hasta liberar su tensión y vaciarse por completo.
Bueno, ahora era un desastre, así que tendría que darse una ducha para volver a la cama.
― ¿Papá?
Se estremeció al escuchar la suave vocecilla de Arienne, apenas se divisaba su pequeño cuerpo entre la oscuridad de la alcoba. Se acercó a ella tomándola en brazos, su cabello era un completo desastre de rizos deshechos.
― ¿Qué pasa contigo, Ari?
― Tengo miedo… ¿puedo dormir aquí?
Asintió, besando su frente y metiéndole bajo las sábanas. Él también se acomodó, el sueño empezaba a vencerlo
― ¿Tú, me quieres?
Abrió los ojos ante la duda de su hija, acomodándose sobre su costado para quedar frente a ella, trató de observar su rostro.
― Te amo. Nunca lo dudes.
Ella pareció complacida haciéndole cerrar de nuevo los ojos.
― ¿Por qué me quieres?
Edward volvió abrir los ojos.
― Porque eres mi hija.
― Ahh…
― Es hora de dormir, Ari, mañana es domingo y debemos despertar a las once de la mañana, ¿recuerdas? Es el día de…
― De dormir mucho ―terminó la frase por él antes de pinchar su mejilla con la punta de su dedo―. ¿Cuándo voy a tener barba?
Edward apretó sus labios, no quería reír porque en realidad tenía sueño.
― Nunca. Las mujeres no tienen barba.
― Ahh…
― Shh… shh ―le arrulló con su mano― duermete, ya.
― No tengo sueño ―confesó ella.
― Cierra tus ojos y verás que el sueño viene.
― Mami… ―los lloriqueos de Grace lo hizo sentarse de golpe en la cama.
― ¿Qué sucede? ―Indagó entre asustado y preocupado.
La niña corrió a su lado y le extendió los brazos para que la cargara. Estaba llorando desconsolada.
― Me-me caí de la cama ―dijo entre hipidos.
Edward la examinó rápidamente para descartar cualquier golpe fuerte, la abrazó con ternura cuando supo que solo fue el susto.
― Duérmete, aquí conmigo ―su hermana le abrió las sábanas para que se acomodara junto a ella y poder abrazarla.
― Chicas ―susurró Bella cubriendo sus pequeños cuerpos con la sábana― por favor, es hora de dormir.
Dejándose caer sobre la almohada Edward cerró los ojos deseando dormir, y dormir mucho.
-0-
Unas risitas ahogadas se escuchaban muy cerca mientras unos diminutos dedos recorrían su cara, le abrieron un ojo y también la boca.
― Papá ―se oían risas sofocadas― ¿estás dormido?
Abrió solo un ojo y pudo distinguir cuatro pulgas en su cama que brincaban sin parar.
― ¡Yay! ―las niñas aplaudieron al saber que su papá estaba despierto.
Se dio la vuelta para mirar el reloj en la mesilla de noche. Eran las 6:45 a.m.
― Buenos días, mi amor ―su mujer se acurrucó a su lado― te amo.
Él besó la frente de ella rodeando su cuerpo con su brazo, seguía adormilado, sobre todo perezoso.
― ¿Podemos ir al restaurante de los panqueques? ―sugirió Daphne sin dejar de saltar sobre la cama.
― ¿Podemos?, ¿podemos? ―preguntaron al unísono.
Jodidos domingos.
¿Cuántos años más habría que esperar para levantarse tarde?
¡Hola! Aquí les traigo el primer capítulo de la secuela de Latidos, no sé me ocurrió otro nombre más especial porque la historia es basada prácticamente en sus pulgas y con todo lo que conlleva su crecimiento. Espero que ustedes le den una oportunidad y sean amables en dejarme sus comentarios o dudas.
¡Gracias totales por leer!
