31

Cuando Temari despertó a la mañana siguiente, enseguida fue consciente de dos cosas: echaba tremendamente de menos a Naruto y tenía lo que las mujeres denominan «cuitas del estado de buena esperanza». Mientras permanecía acurrucada de costado y se sujetaba el vientre, le parecía inaudito no haber sabido identificar su dolencia la mañana anterior. Aunque sospechaba que estaba embarazada, seguramente la habían distraído las preocupaciones sobre cómo llevar a Naruto a Maldebann y no ató cabos ni se dio cuenta de que sufría las náuseas matutinas de las que a menudo se quejaban las sirvientas de Caithness. La idea de padecerlas cada mañana la deprimía, pero la confirmación de que llevaba en su seno un hijo de Naruto trocó el malestar en júbilo. Ardía en deseos de compartir con él la maravillosa noticia.

Un inquietante y repentino dolor en el estómago casi la obligó a reconsiderar su alegría. Se dio el gusto de emitir un sonoro gruñido autocompasivo. Quedarse hecha un ovillo ayudaba algo, igual que el consuelo de que, por lo que había oído, normalmente esa dolencia duraba poco.

Y así era. Al cabo de unos treinta minutos, concluyó tan súbitamente como había empezado. Se sorprendió al sentirse fuerte y vigorosa, como si no hubiera sufrido un episodio de náuseas. Se cepilló el largo cabello, se lo recogió con una cinta y permaneció sentada, mirando con tristeza los restos de su vestido de boda. Se había marchado de Caithness sólo con lo puesto. Las únicas prendas de ropa que tenía en su habitación eran eso y el tartán de Uchiha que Naruto le había colocado alrededor de los hombros. Bueno, no iba a negarse a desayunar por la falta de ropa, decidió. No cuando su tripita se estaba mostrando tan caprichosa.

Al cabo de un rato y de unos cuantos nudos estratégicos iba ataviada con un vestido a cuadros de estilo escocés, lista para dirigirse al Gran Salón.

Minato, Balder y Naruto ya estaban desayunando, en medio de un silencio tenso. Temari gorjeó un animoso «buenos días»; sin duda, el taciturno grupo necesitaba una dosis de alegría.

Los tres hombres se pusieron en pie de golpe y se disputaron el honor de ofrecerle asiento. Aceptó la gentileza de Naruto con una sonrisa radiante.

—Buenos días —susurró, y se preguntó si el reciente descubrimiento de que crecía un hijo en sus entrañas se reflejaba en sus ojos. ¡Tenía que estar a solas con él enseguida!

Naruto se quedó paralizado, la silla a medio retirar.

—Buenos días —susurró con voz ronca, como atontado, deslumbrado por el resplandor que ella irradiaba—. Oh, Temari, no tienes otra ropa, ¿verdad? —Naruto se fijó en el tartán y sonrió con ternura—. Te recuerdo vestida así cuando eras una niña. Estabas decidida a ser igual que tu padre. —La ayudó a sentarse, acariciándole los hombros—. Balder, ¿puedes pedir a las sirvientas que busquen para Temari algo que ponerse?

Fue Minato quien contestó.

—Estoy seguro de que se podrían arreglar algunos vestidos de Kushina. Los guardé bajo llave... —Se le nublaron los ojos de tristeza.

Temari se quedó atónita al ver tensarse la mandíbula de Naruto, que se dejó caer en su silla y agarró su jarra con tal fuerza que los nudillos le blanquearon. Aunque Naruto le había contado algunas cosas de su familia, no le había dicho nada sobre la muerte de Kushina. Tampoco sobre lo que había hecho Minato para abrir ese abismo entre ellos. Por lo que Temari había observado, en el padre no había nada extraño, ni atisbo alguno de locura. Parecía un hombre moderado, lleno de pesar y deseoso de un futuro mejor para su hijo. Reparó en que Balder estaba mirando a Naruto tan atentamente como ella.

—¿Te han contado alguna vez la fábula del lobo con piel de cordero, muchacho? —preguntó Balder.

—Sí —gruñó Naruto—. Aprendí bien su moraleja a una edad temprana. —Volvió a lanzar a Minato una mirada furiosa.

—En ese caso, deberías saber que a veces funciona el revés... También en la piel del lobo hay algo del cordero. A veces las apariencias engañan. A veces hay que volver a examinar los hechos bajo la luz de la madurez.

Temari los observó con curiosidad. Se estaban transmitiendo mensajes que se le escapaban.

—A Temari le encantan las fábulas —murmuró Naruto, intentando que la conversación tomara otro rumbo.

—Pues cuéntanos una, muchacha —dijo Minato.

Temari se ruborizó.

—No, no puedo, de verdad. A quienes sí les gustan es a los niños.

—¡Bah, dice los niños, Balder! —exclamó Minato—. A mi Kushina le gustaban muchísimo las fábulas y a menudo nos contaba alguna. Vamos, cuéntanos una historia.

—Bueno... —Temari vaciló.

—Vamos, adelante —insistieron los hermanos.

Naruto tomó un largo trago de la jarra y la dejó sobre la mesa con un fuerte golpe.

Temari se estremeció y se negó a reaccionar. Desde que habían llegado, Naruto había estado moviéndose con brusquedad, siempre con el entrecejo fruncido, y ella no entendía por qué. Para reducir la palpable tensión, rebuscó en su surtido de fábulas y, movida por un impulso malicioso, escogió una.

—Había una vez un león poderoso, heroico e invencible. Era el rey de las bestias, bien que lo sabía. Algo arrogante, se podría decir, pero, con todo, un buen rey. —Hizo una pausa para dirigir a Naruto una cálida sonrisa.

Él torció el gesto.

—Este imponente león iba una tarde caminando por los bosques de las Lowlands cuando descubrió a una mujer encantadora...

—Con ondas de pelo dorado y ojos verde azulados —intercaló Balder.

—¡Pues sí! ¿Cómo lo sabes? Tú también la conoces, ¿verdad, Balder?

Naruto puso los ojos en blanco.

Temari reprimió la risa y prosiguió.

—El poderoso león quedó hechizado por la belleza de la mujer, por sus gestos delicados y por la preciosa canción que salía de sus labios. Se acercó en silencio para no asustarla. Pero la doncella no tenía miedo: veía al león como lo que era, una criatura fuerte, valiente y honorable, con un rugido a menudo aterrador y un corazón puro y audaz. Ella podía pasar por alto la arrogancia, pues pensando en la de su propio padre llegó a la conclusión de que frecuentemente era consustancial a aquella fortaleza extraordinaria. —Lanzó una mirada furtiva a Minato, que exhibía una amplia sonrisa.

Alentada por el regocijo de Minato, miró a Naruto y continuó.

—El león se enamoró perdidamente. Al día siguiente buscó al padre de la mujer y entregó su corazón pidiendo la mano de la hija. Al padre le preocupaba la naturaleza bestial del león pese a que la hija se sentía muy cómoda con él. Sin saberlo ella, el padre aceptó el cortejo del león a condición de que le dejara arrancarle las garras y los dientes y volverlo dócil y civilizado. El león estaba locamente enamorado, por lo que accedió.

—Como Sansón y Dalila —murmuró Naruto.

—Entonces, cuando el león, una vez dócil y civilizado, reiteró su petición, el padre lo echó de la casa a golpes de estaca y pedradas, pues el animal ya no era ninguna amenaza, ya no daba miedo.

Temari hizo una pausa elocuente, y Balder y Minato aplaudieron.

—¡Muy bien contado! —exclamó éste—. También era el cuento preferido de mi esposa.

Naruto frunció el entrecejo.

—¿Así se acaba? ¿Y qué demonios significa? —refunfuñó—. ¿Que amar vuelve a un hombre más débil? ¿Que cuando se ve desguarnecido pierde a la mujer que ama?

Su padre le dirigió una mirada desdeñosa.

—No, muchacho. La moraleja de esta fábula es que el amor puede humillar incluso a los fuertes.

—Un momento... hay algo más. La hija —continuó Temari con voz tranquila—, impulsada por su disposición a confiar totalmente, huyó de la casa del padre y se casó con el rey león. —Ahora entendía el temor de Naruto. Fuese cual fuese el secreto que ocultaba, tenía miedo de que si ella lo descubría, lo abandonaría.

—¡Aun así es una historia tonta! —espetó Naruto agitando la mano, que dio en la jarra y la volcó sobre la mesa, rociando a Minato de sidra. Naruto se quedó mirando fijamente la mancha brillante que se extendió por la camisa blanca de su padre durante un tenso momento—. Perdón —dijo con aspereza, y acto seguido apartó la silla y sin más abandonó la estancia a paso largo.

—Ah, muchacha, me temo que a veces puede ser de armas tomar —señaló Minato con una mirada de disculpa, limpiándose la camisa con un trapo.

Temari hurgó en su desayuno.

—Ojalá entendiera qué está pasando. —Lanzó a los hermanos una mirada inquisitiva.

—No le has preguntado, ¿verdad? —preguntó Balder.

—Quiero preguntarle, pero...

—Pero piensas que quizá no es capaz de darte respuestas porque no parece tenerlas, ¿me equivoco?

—¡Sólo deseo que me hable de ello! Y si no a mí, al menos a ti —dijo a Minato—. En su interior hay muchas emociones acumuladas, y yo no tengo ni idea de qué hacer salvo darle tiempo.

—Él te ama, muchacha —le aseguró Minato—. Se ve en sus ojos, en la manera de tocarte, en cómo se mueve cuando tú estás. Eres el centro de su corazón.

—Lo sé. No dudo de que me ame. Pero la confianza forma parte del amor.

Balder lanzó a su hermano una mirada penetrante.

—Hoy Minato hablará con él, ¿verdad, hermano? —Se levantó de la mesa—. Te traeré una camisa limpia —añadió, y salió del Gran Salón.

Minato se quitó la camisa empapada de sidra, la dejó sobre el respaldo de la silla y se secó el cuerpo con un paño.

Temari lo observó. El anciano tenía un torso fuerte y bien torneado. El pecho era ancho, oscurecido por años de intemperie en las Highlands y surcado de vello como el de su hijo. Y como el de Naruto, carecía de cicatrices o marcas de nacimiento, una amplia extensión inmaculada de piel cetrina. La asombró que no hubiera una sola cicatriz en el torso de un hombre que al parecer había librado docenas de batallas sin llevar más protección que su tartán, si es que luchaba al estilo escocés. Incluso su propio padre, Dan, tenía una o dos cicatrices en el pecho. Siguió observando con estupor hasta darse cuenta de que Minato la miraba a su vez.

—La última vez que una muchacha bonita me miró el pecho fue hace quince años —ironizó, contemplándola con ternura.

—¿Son los años transcurridos desde la muerte de tu esposa?

Él asintió.

—Kushina era la mujer más encantadora del mundo. No he conocido jamás un corazón más auténtico.

—¿Cómo murió? —inquirió ella con delicadeza.

Minato la miró sin inmutarse.

—¿Fue en la batalla? —insistió Temari.

Él se fijó en la camisa.

—Creo que esta camisa se ha echado a perder.

Temari probó por otro camino, uno que Minato estuviera dispuesto a tomar.

—Pero en quince años habrás conocido a otras mujeres, ¿no?

—Para nosotros sólo hay una, muchacha. Y si ésta desaparece, no puede haber otra.

—O sea que en quince años... no has estado con... —Se calló, azorada por el cariz que tomaba la conversación, pero no podía reprimir su curiosidad. Sabía que, si se quedaban viudos, los hombres a menudo volvían a casarse. Si no, se consideraba normal que tuvieran amantes. ¿Ese hombre le estaba diciendo que había permanecido solo durante quince años?

—Aquí sólo hay una. —Minato se golpeó el pecho con el puño—. Sólo amamos una vez, y con las mujeres que no amamos no nos portamos bien —añadió con sobria dignidad—. Al menos mi hijo sabe esto.

Temari centró nuevamente su atención en el pecho del hombre y mencionó la causa de su confusión.

—Naruto dice que los Yūhi te partieron el pecho con un hacha.

Minato desvió la mirada.

—Me curé bien. Y han pasado quince años, muchacha. —Se encogió de hombros, como si así quedara todo explicado.

Ella se acercó y extendió una mano. Minato se alejó.

—El sol ha oscurecido la piel y ha tapado muchas cicatrices. Y también está el vello —añadió con rapidez. Con demasiada rapidez, para la tranquilidad de ánimo de Temari.

—Pero es que no veo ni siquiera un indicio de cicatriz —objetó. Según Naruto, el hacha se había hundido hasta la misma empuñadura. No sólo la mayoría de los hombres no sobreviviría a eso, sino que una herida así habría dejado una gruesa cicatriz—. Naruto me dijo que habías participado en numerosas batallas. Sería lógico pensar que tuvieras al menos una o dos cicatrices. Pero pensándolo bien —se dijo en voz alta—, Naruto tampoco tiene cicatrices. En ningún sitio. La verdad es que en ese hombre jamás he visto siquiera un mísero corte. ¿Nunca se hace daño? ¿No se le escapa la hoja mientras se afeita esa terca mandíbula? ¿Nunca tropieza con nada? ¿Ni se le desprende una cutícula de la uña? —Sabía que estaba alzando la voz, pero no podía evitarlo.

—Los Namikaze gozamos de una salud excelente. —Minato jugueteaba con su tartán: alisó un pliegue y lo extendió sobre su pecho.

—Por lo visto así es —respondió Temari, con la mente ya lejos. Se esforzó por regresar—. Milord...

—Minato.

—Minato, ¿hay algo que te gustaría decirme sobre tu hijo?

Él exhaló un suspiro y la observó con aire sombrío.

—Sí, y lo tengo en la punta de la lengua —admitió—. Pero no puedo, muchacha. Ha de decírtelo él.

—¿Por qué no confía él en mí?

—No es que no confíe en ti, muchacha —dijo Balder mientras entraba con una camisa limpia. Se movía silenciosamente, como Naruto—. Es que no confía en sí mismo.

Temari miró al tío de Naruto. Su mirada saltaba de uno a otro. Algo indefinible la importunaba en algún lugar recóndito de su cabeza, pero no sabía qué. Los dos la observaban con atención, casi expectantes. Confusa, se terminó la sidra y dejó la copa en una mesa próxima.

—Mejor voy a buscar a Naruto.

—No vale la pena que mires en el salón central, Temari—dijo Balder rápidamente—. Casi nunca va allí, y si lo hace es porque desea un poco de intimidad.

—¿El salón central? —Temari arrugó la frente—. Creía que el salón central era éste. —Con la mano hizo un gesto abarcando la estancia, donde habían comido.

—No, éste es el salón delantero. Me refiero a otro que está en la parte de atrás del castillo. De hecho, penetra en el mismo corazón de la montaña. Allí solía ir él cuando era niño.

—Oh. Gracias —añadió, pero no tenía ni idea de qué estaba agradeciendo. El críptico comentario de Balder parecía hecho con intención disuasoria, pero también sonaba sospechosamente a una invitación a fisgonear. Se excusó, consumida por la curiosidad.

Una vez a solas, Minato dirigió a Balder una sonrisa burlona.

—Nunca fue allí cuando era niño. ¡Ni siquiera ha visto el Salón de los Señores! Desde luego, eres un canalla vil y rastrero —exclamó con admiración.

—Siempre te dije que a la hora de repartir inteligencia en la familia me tocó la parte del león. —Se pavoneó y sirvió a ambos otro vaso de sidra—. ¿Están encendidas las antorchas, Minato? Lo dejaste abierto, ¿verdad?

—¡Por supuesto! No eres el único inteligente. Pero, Balder, ¿y si Temari no lo entiende? O peor, ¿no lo acepta?

—Esta mujer tiene la cabeza sobre los hombros, hermano. Rebosa de preguntas, pero mantiene la boca cerrada. No porque sea dócil sino porque quiere a tu chico. Se muere por saber qué pasó hace quince años, y está aguardando pacientemente a que Gavrael se lo explique. Así que nosotros le daremos las respuestas de otra manera para asegurarnos de que está preparada cuando él hable por fin. —Balder hizo una pausa y miró severamente a su hermano—. Tú antes no eras tan cobarde, Minato. Deja de esperar a que él venga a hablar contigo. Ve tú a hablar con él como tenías que haber hecho hace años. Hazlo.

Temari fue derechita al salón central, o al menos lo más derechita que pudo, habida cuenta de que deambular por el castillo de Maldebann era como vagar por una ciudad desconocida. Recorrió una maraña de pasillos orientados, según esperaba, hacia la montaña, decidida a encontrar ese misterioso salón central. Era evidente que Balder y Minato esperaban eso de ella. ¿Obtendría así respuestas sobre Naruto?

Al cabo de treinta minutos de búsqueda frustrada serpenteando por sinuosos corredores, dobló una esquina que daba a un segundo Gran Salón, mayor incluso que aquel en que había desayunado. Avanzó dubitativa; el salón era inequívocamente antiguo... tal vez tanto como las piedras verticales erigidas por los místicos druidas.

Alguien había encendido oportunamente antorchas —los entrometidos hermanos, concluyó con gratitud—, pues en esa parte de la estructura no había una sola ventana. ¿Cómo era eso? En realidad, ese Gran Salón se hallaba en el vientre de la montaña. Desconcertada por la idea, sintió un estremecimiento. Cruzó despacio la enorme estancia, atraída por las singulares puertas dobles encajadas en el muro del otro extremo. Cubiertas de tiras de acero, eran de una altura imponente, y encima de la abertura arqueada había unas letras esculpidas con trazo vigoroso.

Deo non fortuna —leyó Temari en murmullos, siguiendo el mismo impulso que había sentido en la capilla de Caithness.

Se arrimó a las macizas puertas y contuvo la respiración mientras éstas giraban sobre sus goznes y revelaban el salón central mencionado por Balder. Con los ojos abiertos como platos, avanzó con el paso etéreo de un sonámbulo, fascinada por lo que veía. Los fluidos contornos de la estancia atrajeron su atención hacia arriba, y giró sobre sí misma lentamente, maravillándose del amplio techo, lleno de imágenes y murales, algunos tan vívidos y reales que sintió ganas de tocarlos. Mientras intentaba comprender todo aquello, un escalofrío la recorrió de arriba abajo. ¿Estaba contemplando siglos de la historia de los Namikaze? Bajó la mirada sólo para sorprenderse con nuevos prodigios: de los muros del salón colgaban retratos. ¡Centenares!

Temari se deslizó siguiendo el perímetro. Tardó sólo unos instantes en darse cuenta de que estaba recorriendo una genealogía histórica, un linaje en retratos. Las primeras imágenes estaban esculpidas en piedra, algunas directamente en la pared, con nombres grabados debajo... nombres antiguos que ella ni siquiera sabía pronunciar. Mientras avanzaba reparó en que los métodos de representación, al igual que la vestimenta, se iban volviendo más modernos. Era evidente que, a lo largo de los siglos, se había puesto mucho interés en repintar y restaurar los retratos para conservar su fidelidad y precisión.

A medida que progresaba por la serie de antepasados hacia el presente, los retratos iban mostrando más detalles, lo que intensificó su creciente nivel de confusión. Los colores eran más vivos, aplicados con más esmero. Temari pasaba la mirada de una imagen a otra, avanzaba y retrocedía, comparando retratos de niños con aquellos en que posteriormente aparecerían como adultos.

Tenía que tratarse de un efecto óptico.

Incrédula, cerró los ojos unos instantes, luego los abrió despacio y retrocedió unos pasos para examinar una sección completa. No podía ser. Cogió una antorcha y se acercó, examinando atentamente un grupo de niños pegados a las faldas de sus madres. Eran chicos bellos, de cabello oscuro y ojos castaños, que sin duda iban a convertirse en hombres peligrosamente apuestos.

Pasó a observar los retratos siguientes y allí estaban de nuevo: hombres de pelo oscuro, ojos azules, peligrosamente bellos.

¿Los ojos cambiaban de color?

Temari volvió sobre sus pasos y estudió la dama del último retrato. Era una mujer con un asombroso cabello color caoba y cinco niños de ojos castaños pegados a sus faldas. Después se desplazó a la derecha: era o bien la misma mujer o su hermana gemela. Cinco hombres alrededor de ella y en distintas poses, todos mirando directamente al artista, sin dejar un asomo de duda sobre el color de sus ojos. Azul claro. Los nombres que había bajo las imágenes eran los mismos. Perpleja, siguió su recorrido por el salón.

Hasta llegar al siglo XVI.

Por desgracia, los retratos planteaban más preguntas de las que contestaban. Temari se hincó de rodillas en mitad del salón y se quedó así un buen rato, pensando.

Tardó horas en llegar a entenderlo todo a su entera satisfacción. Al final ya no quedaba ninguna pregunta pendiente...

Era una mujer inteligente, capaz de utilizar sus poderes de razonamiento deductivo como la que más. Y esos poderes le decían que sólo había una explicación, pese a que ésta ponía en entredicho todos sus pensamientos racionales. Estaba arrodillada, vestida con un tartán desaliñado, sosteniendo una antorcha casi apagada, en un salón lleno de berserkers.