32
Naruto iba de un lado a otro de la terraza, sintiéndose un estúpido. Había estado sentado a la mesa, comiendo con su padre, tratando de entablar una conversación educada hasta que llegó Temari. Luego Minato había mencionado a Kushina y él había notado que montaba en cólera tan deprisa que por poco se lanza por encima de la mesa y agarra al viejo por el cuello.
Pero Naruto era lo bastante inteligente para saber que buena parte de la ira que sentía iba dirigida a sí mismo. Necesitaba información y tenía miedo de preguntar. Necesitaba hablar con Temari, pero ¿qué podía decirle? Él tampoco tenía respuestas. «Enfréntate a tu padre —le exigía su conciencia—. Averigua qué sucedió realmente.»
La idea le aterraba. Si descubría que estaba equivocado, el mundo entero quedaría patas arriba.
Además, había otras cosas de las que preocuparse. Tenía que asegurarse de que Temari no descubría quién era él, y debía avisar a Balder de que los Yūhi le estaban pisando los talones. Necesitaba llevar a Temari a algún lugar seguro antes del ataque, y también comprender por qué él, su tío y su padre eran berserkers. Parecía todo demasiado casual, y Balder se refería continuamente a información que él no poseía y por la que no podía preguntar.
—Hijo.
Naruto se dio la vuelta.
—No me llames así —espetó, pero la protesta no llevaba consigo su veneno habitual.
Minato suspiró.
—Hemos de hablar.
—Es demasiado tarde. Hace años dijiste todo lo que tenías que decir.
Minato cruzó la terraza y se reunió con su hijo junto al muro.
—Tuluth es precioso, ¿verdad? —dijo en voz baja.
Naruto no respondió.
—Muchacho, yo...
—Minato, ¿tú...?
Los dos hombres se miraron uno a otro inquisitivamente. Ninguno de los dos reparó en que Balder había salido a la terraza.
—¿Por qué te marchaste y no volviste? —Las palabras brotaron de los labios de Minato con la angustia acumulada durante quince años de espera.
—¿Por qué me fui? —repitió Naruto con incredulidad.
—¿Fue porque tuviste miedo de aquello en que te habías convertido?
—¿En qué me convertí yo? ¿Yo? ¡Nunca he sido como tú!
Minato lo miró boquiabierto.
—¿Cómo puedes decir eso si tienes los ojos azules? Y también la sed de matar.
—Sé que soy un berserker —replicó Naruto—. Pero no estoy loco.
Su padre parpadeó.
—Nunca he dicho que lo estuvieras.
—Sí lo dijiste. Aquella noche, en la batalla, me dijiste que yo era como tú —recordó con amargura.
—Y lo eres.
—¡No es cierto!
—Sí, eres...
—¡Mataste a mi madre! —bramó Naruto de pronto, con toda la congoja acumulada durante quince años.
Balder avanzó unos pasos y Naruto se convirtió en el incómodo centro de atención de dos pares de intensos ojos azules. Ambos hermanos intercambiaron una mirada de estupefacción.
—¿Por eso no regresabas a casa? —inquirió Minato.
Naruto respiró hondo. Las preguntas se le agolpaban en la cabeza, y ahora que había empezado pensó que quizá nunca podría detenerse.
—¿Cómo es que al principio tenía los ojos castaños? ¿Cómo es que vosotros dos también sois berserkers?
—Vaya, eres realmente duro de mollera, ¿eh? —bufó Balder—. Vamos, muchacho, ¿aún no has atado cabos?
El cuerpo de Naruto se contrajo en un espasmo. Cientos de preguntas chocaban con decenas de sospechas y montones de recuerdos reprimidos, fusionándose todo en algo inconcebible.
—¿Mi padre es otra persona? —preguntó por fin.
Minato y Balder negaron con la cabeza.
—Bien, entonces, ¿por qué la mataste? Y no pretendas decirme que hemos nacido así. Puede que tú hayas nacido lo bastante loco para matar a tu esposa, pero yo no.
El rostro de Minato se tensó de furia.
—No puedo creer que pienses que maté a Kushina.
—Te vi inclinado sobre su cadáver —insistió Naruto—. Sosteniendo el cuchillo.
—Se lo había sacado del corazón. —Minato apretó los dientes—. ¿Por qué iba yo a matar a la única mujer que he amado en la vida? ¿Cómo es posible que, entre toda la gente, tú hayas sido el único en llegar a creer que maté a mi auténtica compañera? ¿Podrías tú matar a Temari? Incluso en pleno ataque de furia del berserker, ¿podrías hacerlo?
—¡Jamás! —El grito de Naruto estalló como un trueno.
—Por tanto, te das cuenta de que lo interpretaste mal, ¿no?
—Te abalanzaste sobre mí. ¡Yo habría sido el siguiente!
—Eres mi hijo —susurró Minato—. Te necesitaba. Necesitaba tocarte, saber que estabas vivo, asegurarme de que los Yūhi no te habían matado también a ti.
Naruto lo miró sin comprender.
—¿Los Yūhi? ¿Me estás diciendo que los Yūhi mataron a mi madre? Los Yūhi no atacaron hasta la caída de la tarde. Mi madre murió por la mañana.
Minato lo contemplaba con una mezcla de asombro y enojo.
—Los Yūhi habían estado esperando todo el día en las colinas. Tenían un espía infiltrado entre nosotros y habían descubierto que Kushina estaba otra vez embarazada.
Una mirada horrorizada cruzó el rostro de Naruto.
—¿Mi madre estaba embarazada?
Minato se frotó los ojos.
—Sí. Creíamos que no tendría más hijos... fue una sorpresa. No se había quedado embarazada desde que te había parido a ti, y de eso hacía casi quince años. Habría sido un hijo algo tardío, pero deseábamos tanto tener otro... —Minato se calló bruscamente y tragó saliva—. En un día lo perdí todo —añadió, los ojos brillantes—. Y durante todos estos años creía que no volvías a casa porque no entendías lo que eras. Y me despreciaba a mí mismo por haberte fallado. Pensaba que me odiabas por haberte hecho así y por no estar a tu lado para explicarte cómo lidiar con ello. Para evitar que los Yūhi te localizaran, pasé años aguantándome las ganas de ir en tu busca y declararte hijo mío. Te las arreglaste muy bien para desaparecer. Y ahora... ahora descubro que durante todo este tiempo que he estado pendiente de ti, esperando tu regreso, tú me odiabas. ¡Pensabas que yo había matado a Kushina! —Minato volvió la cara con amargura.
—¿Fueron los Yūhi los que mataron a mi madre? —murmuró Naruto—. ¿Qué les importaba a ellos que estuviera embarazada?
Minato meneó la cabeza y miró a su hermano.
—¿Cómo pude engendrar a un hijo tan paleto?
Balder se encogió de hombros y puso los ojos en blanco.
—Aún no lo entiendes, ¿verdad, Gavrael? Nosotros, los hombres Namikaze, nacemos berserkers. Cualquier varón descendiente de un laird por línea directa nace berserker. Hace mil años que los Yūhi nos persiguen. Conocen nuestras leyendas casi tan bien como nosotros. Según la profecía, teníamos que desaparecer prácticamente todos menos tres. —Movió los brazos en un gesto que abarcaba a los tres—. Pero, conducido por su verdadera compañera, un muchacho regresaría a casa y acabaría con los Yūhi. Y los Namikaze serían más poderosos de lo que jamás habían sido. Tú eres ese muchacho.
—¿Na... nacido berserker? —farfulló Naruto.
—Sí —respondieron los otros al unísono.
—Pero yo me convertí en un berserker —objetó Naruto, confuso—. En Wotan's Cleft. Llamé a Odín.
Minato negó con la cabeza.
—Sólo lo pareció. Lo que hacía salir al berserker era la primera sangre de la batalla. Por lo general, en nuestros hijos no se opera la transformación hasta los dieciséis años. La primera batalla precipitó tu cambio.
Naruto se dejó caer en un asiento junto al muro y ocultó el rostro entre las manos.
—¿Por qué no me explicaste lo que era antes del cambio?
—Hijo, no es que quisiéramos ocultártelo. Empezamos a contarte las leyendas a una corta edad. Estabas extasiado, ¿recuerdas? —Minato se detuvo y soltó una carcajada—. Te recuerdo corriendo por ahí, intentando volverte un berserker durante años. Nos complacía que recibieras tu herencia con los brazos abiertos. Ve y mira en el maldito Salón de los Señores, Gavrael...
—Naruto —corrigió éste tercamente, aferrándose como a un clavo ardiendo a algún fragmento de su identidad.
Minato prosiguió como si nada.
—Celebramos ceremonias en que transmitimos los secretos y enseñamos a nuestros hijos varones a afrontar la furia del berserker. Se estaba acercando tu momento, pero entonces nos atacaron los Yūhi. Perdí a Kushina, y tú te marchaste. Y ahora sé que me odiabas, que me acusabas de la mayor vileza que un hombre puede cometer.
—Preparamos a nuestros hijos, Gavrael —dijo Balder—. Con una fuerte disciplina, con un entrenamiento mental, emocional y físico. Les enseñamos a dominar al berserker, a evitar ser dominados por él. Te perdiste ese entrenamiento, aunque he de admitir que por tu cuenta te las has arreglado bastante bien. Sin ninguna preparación, sin comprender tu naturaleza, has actuado con honor y has llegado a ser un magnífico berserker. No te fustigues a ti mismo por haber visto cosas a los catorce años con los ojos propios de esa edad.
—Así pues, entiendo que debo repoblar Maldebann de berserkers. —De pronto Naruto se centró en las palabras de Minato sobre la profecía.
—Es lo que se ha vaticinado en el Salón de los Señores.
—Pero Temari no sabe lo que soy —señaló Naruto con desespero—. Todos los hijos que tenga serán como yo. Nunca podremos... —Fue incapaz de terminar.
—Ella es más fuerte de lo que crees, muchacho —observó Minato—. Confía en ella. Juntos podéis aprender sobre nuestro legado. Ser un berserker es un honor, no una maldición. A esa categoría han pertenecido la mayoría de los héroes más importantes de Alba.
Naruto guardó silencio, tratando de recomponer quince años de amargas reflexiones.
—Los Yūhi se acercan —dijo por fin, reparando en un hecho objetivo en medio de un paisaje interno repleto de elementos intangibles.
Ambos ancianos miraron las montañas circundantes.
—¿Has detectado algún movimiento en las montañas?
—No. Han estado siguiéndome. Han intentado matarme en tres ocasiones. Nos han pisado los talones desde que salimos de Caithness.
—¡Magnífico! —Balder se frotó las manos.
Minato parecía encantado.
—¿Iban muy por detrás de ti?
—Calculo que un día apenas.
—O sea que estarán aquí en cualquier momento. Muchacho, ve a buscar a Temari. Llévala al corazón del castillo y explícaselo todo. Confía en ella. Dale la oportunidad de ir entendiendo las cosas poco a poco. Si tú hubieras sabido la verdad a su debido tiempo, ¿se habrían desperdiciado quince años?
—Cuando descubra lo que soy, me odiará —dijo Naruto con amargura.
—¿De eso estás tan seguro como de que yo maté a Kushina? —inquirió Minato con toda la intención.
Naruto lo miró con ceño.
—Ya no estoy seguro de nada —respondió con tono sombrío.
—Estás seguro de que la amas, muchacho —señaló Minato—. Y yo estoy seguro de que ella es tu compañera. Ninguna de nuestras verdaderas compañeras ha rechazado nunca nuestro legado. Jamás.
Naruto asintió y se volvió para entrar en el castillo.
—Asegúrate de que se queda en el castillo, Gavrael —gritó Minato a su espalda—. Hemos de procurar que no corra peligro si hay batalla.
Después de que Naruto desapareciera, Balder sonrió.
—Le has llamado Gavrael y esta vez no ha intentado corregirte.
Minato sonreía feliz.
—Ya. Balder, que la gente del pueblo se prepare, yo avisaré a los guardias. Hoy pondremos fin a esta disputa ancestral. Definitivamente.
