33

Era primera hora de la tarde cuando Temari, aún en el Salón de los Señores, se levantó por fin. Tras responder la última de sus preguntas, experimentó una sensación de paz. De pronto adquirieron sentido muchas cosas que había oído decir casualmente a sus hermanos y a Atsui cuando Naruto había vivido en Caithness, y que, pensándolo bien, una parte de ella siempre había sabido.

Su amor era un guerrero legendario que había crecido despreciándose a sí mismo, aislado de sus raíces. Pero ahora que estaba en casa y tenía tiempo de explorar esas raíces, quizá por fin fuera capaz de hacer las paces consigo mismo.

Recorrió el salón por última vez, sin pasar por alto las radiantes expresiones de las novias Namikaze. Se quedó un buen rato frente al retrato de Naruto y sus padres. Kushina había sido una belleza de pelo castaño rojizo cuya paciente sonrisa irradiaba amor. Minato la contemplaba lleno de adoración. En la imagen, Naruto estaba de rodillas ante sus padres sentados, con el aspecto de ser el niño de ojos castaños más feliz del mundo.

Temari bajó las manos a su vientre mientras se preguntaba qué significaría traer al mundo un chico como Naruto. Se sentiría orgullosísima y, junto con Naruto, Balder y Minato, le enseñaría cuál era su excepcional condición: ser uno de los guerreros secretos de Alba.

—¡Vaya, muchacha, ahora no hay duda de que estás preñada! —tronó una voz llena de odio y rencor.

El chillido de Temari resonó en los fríos muros de piedra cuando la mano de Aoi Rokushō se cerró sobre su hombro como una tenaza.

—No la encuentro —masculló Naruto, irrumpiendo en el Gran Salón.

Minato y Balder se volvieron como si fueran un solo hombre. Los guardias estaban listos, los habitantes del pueblo habían sido avisados, y hasta el último hombre de Tuluth se aprestaba a combatir contra los Yūhi.

—¿Has mirado en el Salón de los Señores?

—Sí, he echado un vistazo rápido. —Si se hubiera entretenido más rato quizá no habría querido irse, fascinado como se habría sentido por un legado que desconocía.

—¿Has buscado por todo el castillo?

—Sí. —Se atusó el pelo, lo que expresaba sus peores miedos—. ¿Es posible que los Yūhi se las hayan ingeniado para entrar y llevársela?

Minato resopló.

—Todo es posible, muchacho. Esta tarde llegaban unos repartos procedentes del pueblo. Diablos, cualquiera ha podido entrar furtivamente con ellos. En estos quince años de paz nos hemos relajado un poco.

Un grito súbito desde el puesto de guardia atrajo la atención.

—¡Yūhi a la vista!

Shinku Yūhi llegó al valle a caballo, haciendo ondear una bandera hecha con un tartán de Uchiha, que, si bien confundió a la mayoría de los Namikaze, a Naruto lo llenó de furia y temor. El único trozo de un tartán de Uchiha que podían haber obtenido los Yūhi era el de Temari. Esa misma mañana había llevado su tartán gris y azul durante el desayuno.

Los habitantes del pueblo ardían en deseos de combatir, dispuestos a exigir satisfacción por la muerte de sus seres queridos quince años atrás. Cuando Minato se disponía a ordenar el avance, Naruto posó en su brazo una mano disuasoria.

—Tienen a Temari —dijo.

—¿Cómo lo sabes? —Minato lo miró.

—Eso que ondea es mi tartán. Temari lo llevaba puesto en el desayuno.

Su padre cerró los ojos.

—No, otra vez no —susurró—. Otra vez no. —Cuando abrió los ojos, éstos ardían con el fuego de la resolución—. No la perderemos, muchacho. ¡Dejad que el laird de los Yūhi se acerque! —ordenó a los guardias.

Las tropas de los Namikaze rezumaban hostilidad, pero retrocedieron para dejar que Shinku Yūhi se acercara. Cuando éste se detuvo delante de Minato, frunció el entrecejo.

—Me enteré de que te habías curado de la herida del hacha, maldito seas, pero no creo que te recuperaras tan bien de la muerte de tu puta esposa. —Shinku sonrió enseñando los dientes—. Y de tu pequeño bastardo no nacido.

Aunque Minato había cerrado el puño en torno a su claymore, no desenvainó la espada.

—Suelta a la muchacha, Yūhi. No tiene nada que ver con nosotros.

—La muchacha quizás esté preñada.

Naruto se puso rígido a lomos de Occam.

—No es verdad —replicó fríamente. «¡Seguro que ella me lo habría dicho!»

Shinku Yūhi escrutó el rostro de Naruto.

—Eso dice ella. Pero no os creo a ninguno de los dos.

—¿Dónde está? —preguntó Naruto.

—En lugar seguro.

—Llévame a mí, Shinku, llévame a mí en su lugar —se ofreció Minato, dejando pasmado a Naruto.

—¿Tú, viejo estúpido? —Shinku escupió—. Tú ya no representas ninguna amenaza... Nos encargamos de ti hace años y ya no tendrás más hijos. Ahora se trata de él —añadió señalando a Naruto —. Tu hijo es el problema. Nuestros espías nos han dicho que es el último berserker vivo, y que la mujer que acaso esté embarazada es su compañera.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Naruto.

—Tu vida —contestó Yūhi sin rodeos—. Todo lo que siempre he deseado es ver muerto al último Namikaze.

—No somos los monstruos que crees —Minato lanzó una mirada fulminante al jefe del clan Yūhi.

—Sois paganos, idólatras, blasfemos de la única religión verdadera...

—¡No eres quién para juzgar! —exclamó Minato.

—Ni se te ocurrra discutir la palabra del Señor conmigo, Namikaze. La voz de Satanás no me desviará del camino de Dios.

Minato gruñó.

—Cuando un hombre cree que conoce el camino de Dios mejor que Dios mismo, entonces mueren cientos...

—Libera a Temari y podrás disponer de mi vida —interrumpió Naruto—. La liberas y la confías a... mi padre. Intentó cruzar su mirada con la de Minato al nombrarle como padre, pero no pudo.

—No te he recuperado para volver a perderte, muchacho —murmuró Minato con aspereza.

—Qué reunión tan conmovedora —se burló Shinku—. Pero lo perderás, Minato. Y en cuanto a ti, Gavrael Namikaze, último berserker, si tanto la quieres, libérala tú mismo. Está allá arriba. —Señaló hacia Wotan's Cleft—. En las cuevas. Horrorizado, Naruto observó la irregular superficie del precipicio.

—¿En qué lugar de las cuevas? —Temió que Temari vagara en la oscuridad, bordeando peligros de los que ni siquiera era consciente: túneles derrumbados, desprendimientos de piedras, hoyos amenazadores.

—Encuéntrala tú mismo.

—¿Cómo sé que no es una trampa? —Los ojos de Naruto brillaban inquietantes.

—No lo sabes —repuso Yūhi con rotundidad—. Pero si se encuentra allí, está muy oscuro y hay muchas simas peligrosas. Además, ¿qué ganaría yo enviándote a las cuevas?

—Podrían estar preparadas para derrumbarse —dijo Naruto, tenso.

—En ese caso, mejor que la saques de allí enseguida, Namikaze —indicó Yūhi con tono provocador.

Minato meneó la cabeza y dijo:

—Necesitamos pruebas de que está allí. Y viva.

Shinku envió a un guardia tras darle instrucciones en voz baja.

Al cabo de un rato llegó la prueba. El desgarrador grito de Naruto surcó la cargada atmósfera del valle.

Minato observaba a su hijo en silencio mientras éste ascendía por el rocoso desfiladero que conducía a Wotans Cleft.

Balder se había quedado en las filas de atrás, ocultos sus rasgos tras una gruesa capa para que los Yūhi no reparasen en que había otro berserker vivo no casado. Minato había insistido en no revelar su existencia a menos que hiciera falta para salvar vidas.

Naruto había dejado a Occam atrás y estaba escalando la cara más escarpada del risco con una destreza y una facilidad que ponían de manifiesto las prodigiosas capacidades de un berserker. Tras años de ocultar lo que era, ahora hacía alarde de su superioridad sobre el enemigo. Era un guerrero, con una bestia interior, nacido para sobrevivir y aguantar. Cuando llegó a lo alto del precipicio y desapareció tras el borde, los dos clanes permanecieron montados en sus caballos, alineados para el combate, mirándose a través del espacio que los separaba con un odio tan palpable que flotaba en el aire igual de espeso y sofocante que el humo que había llenado el valle quince años atrás.

Hasta que Temari y Naruto —o, Dios no lo quisiera, un Yūhi— aparecieran en el borde del precipicio, ningún bando haría movimiento alguno. Los Yūhi no habían ido a Tuluth a perder a nadie más de su clan; habían ido a llevarse a Gavrael y eliminar al último berserker.

Los Namikaze no se movían por miedo de lo que pudiera pasarle a Temari.

El tiempo transcurría con una lentitud exasperante.

Naruto entró en el túnel. Sus instintos le decían que gritara a voz en cuello el nombre de Temari, pero esto sólo alertaría de su presencia a quienquiera que la estuviera reteniendo. El recuerdo de su atroz chillido le helaba la sangre y a la vez le hacía clamar venganza.

Se movía fácilmente por el pasadizo, deslizándose con el callado sigilo de un gato montés, olfateando el aire como un lobo. Todos sus instintos animales despertaban con perfección gélida y depredadora. En algún lugar ardían antorchas, su aroma era inconfundible. Siguió por tortuosos pasillos, extendidas las manos en la negrura. Aunque el interior de los túneles era oscuro como boca de lobo, su privilegiada visión le permitía percibir la inclinación del suelo. Recorrió los mohosos pasadizos bordeando hoyos profundos y pasando agachado bajo techos a punto de desmoronarse, siguiendo el olor.

Dobló un recodo del túnel y desembocó en un pasillo largo y recto, y allí estaba ella, el dorado cabello brillando a la luz de las antorchas.

—¡Quieto ahí! —le advirtió Aoi Rokushō—. O morirá.

Era una visión de pesadilla. Aoi retenía a Temari al final del túnel, atada y amordazada. Ella llevaba el tartán de los Yūhi, lo que enfureció aún más a Naruto. La duda de quién la había desnudado y vestido otra vez lo torturaba. Le echó un vistazo rápido, para asegurarse de que no tenía ninguna herida visible. La hoja que sostenía Rokushō junto a la garganta de Temari no había atravesado su piel delicada. Todavía.

—Aoi Rokushō —Naruto le dedicó una sonrisa espeluznante.

—No te sorprendes de verme, ¿eh, Uzumaki? ¿O debería decir Namikaze? —Escupió el nombre como si hubiera encontrado en su lengua algo nauseabundo.

—No, la verdad es que no me sorprende. —Naruto se acercó sigilosamente—. Siempre supe qué clase de hombre eras.

—He dicho quieto, bastardo. No dudaré en matarla.

—¿Y después qué harás? —replicó Naruto, pero se detuvo—. Jamás lograrás vencerme, por tanto, ¿por qué matarías a Temari?

—Por el placer de librar al mundo de los monstruos Namikaze aún por venir. Y si yo no salgo de aquí, los Yūhi acabarán contigo cuando salgas tú.

—Déjala ir. Libérala y yo ocuparé su sitio —propuso Naruto. Temari se revolvió en sus ataduras, dejando claro que no quería tal cosa.

—Me temo que no podrá ser, Namikaze.

Naruto no dijo nada, la mirada mortífera. Los separaba una veintena de metros, y se preguntó si la furia del berserker le permitiría cubrir esa distancia y liberar a Temari antes de que Aoi pudiera clavarle el cuchillo.

Era arriesgado, y Aoi contaba con ello para disuadirle. Pero había algo que no encajaba. ¿Qué esperaba conseguir? Si mataba a Temari, sabía que Naruto se convertiría en berserker y lo haría trizas. ¿Cuál era el plan de Rokushō? Empezó a hacer preguntas, tratando de ganar unos minutos preciosos.

—¿Por qué haces esto, Rokushō? Sé que en el pasado tuvimos nuestras desavenencias, pero eran nimias.

—No tiene que ver con nuestras desavenencias, sino con lo que eres —dijo Aoi con desdén—. No eres humano, Namikaze.

Naruto cerró los ojos, pues no quería ver la expresión de horror que sin duda reflejaría el rostro de Temari.

—¿De dónde sacas eso? —Si seguía haciendo hablar a Aoi, quizá llegaría a comprender qué quería aquel canalla. Si era sólo su vida, podía asegurar la de Temari entregándose, y moriría con mucho gusto. Pero si Aoi pensaba matarlos a los dos, Naruto lucharía por ella hasta la muerte.

—Lo descubrí el día que mataste el gato montés. Yo estaba entre los árboles y te vi después de tu transformación. Jūgo te llamó por tu nombre verdadero. —Aoi esbozó una mueca de asco—. En todos los años de la corte jamás lo supe. Bueno, sí sabía quién era Gavrael Namikaze... Diablos, creo que lo sabe todo el mundo menos tu encantadora zorra. —Naruto se envaró y Aoi soltó una risotada—. Cuidado o la mato.

—Entonces, ¿no fuiste tú quien intentó envenenarme? —Naruto avanzó inadvertidamente.

Aoi soltó otra risotada.

—Por todos los diablos, claro que intenté envenenarte. Y también incendié el establo; pero te las arreglaste para salir con buen pie. Entonces yo no sabía que eras un berserker, de lo contrario no habría perdido el tiempo.

Naruto apretó los labios. Todo había terminado. Pero la cara de Temari estaba vuelta hacia un lado, algo apartada del cuchillo, y él no distinguía su expresión.

—No —prosiguió Aoi—, no tenía ni idea. Yo sólo quería eliminarte como rival en la disputa por Temari. Ya sabes, necesito a la chica.

—Ya me lo figuraba. Necesitas su dote.

—No sabes de la misa la mitad. Debo muchísimo a los Campbell, que acabarán poseyendo los títulos de propiedad de mis tierras. Años atrás, los Rokushō se ofrecían como mercenarios, pero últimamente no ha habido ninguna guerra interesante. ¿Sabes cuándo fue la última vez que peleamos como mercenarios? ¡No te muevas! —bramó.

Naruto no se inmutó.

—¿Cuándo?

—Hace quince años. Con los Yūhi, bastardo. Y hace quince años Gavrael Namikaze mató a mi padre y a tres de mis hermanos.

Naruto no sabía eso. En su mente la batalla estaba borrosa, el primer ataque de furia del berserker.

—Fue en buena lid. Y si los de tu clan participaban como mercenarios, no estaban luchando por una causa sino sólo matando por dinero. Si estuvieron en Tuluth, atacaban mi tierra y asesinaban a mi gente...

—¿De qué gente hablas? Tú no eres humano.

—Temari no forma parte de esto. Suéltala. Tú quieres tenerme a mí.

—Si está preñada, sí forma parte de esto, Namikaze. Ella jura que no lo está, pero creo que se quedará conmigo hasta estar seguro. Los Yūhi me han hablado mucho de la clase de monstruos que sois. Sé que los niños nacen berserkers, pero no cambian hasta que son mayores. Si de su vientre sale un chico, lo mato. Si es niña, ya veremos. Podría ser un bonito juguete.

Por fin Naruto alcanzó a vislumbrar el rostro de Temari, el horror hecho máscara. No había nada que hacer. Ella lo sabía, era el fin. El miedo y la repugnancia que Naruto había llegado a entrever en sus pesadillas habían sido un presagio. Casi había perdido su ánimo para luchar cuando se dio cuenta: si Temari no hubiera estado en peligro, el espíritu de lucha lo habría abandonado por completo. Ahora él podía morir. Muy bien, pues por dentro ya estaba muerto. Pero Temari no. Ella tenía que vivir.

—No está embarazada, Aoi.

«¿O sí?» Afloraron a su mente los recuerdos de las náuseas que ella había sufrido en la choza. Naturalmente, Aoi no lo sabía, pero la mera posibilidad de que Temari llevara un hijo en sus entrañas le provocó un estremecimiento de júbilo. Su necesidad de protegerla se convirtió en su único objetivo. Quizá Aoi tenía ventaja, pero Naruto presentaría batalla.

—Sí, cualquiera te cree a ti —se mofó Aoi—. Sólo hay un modo de averiguarlo. Además, lo esté o no, se casará conmigo. Quiero el oro de su dote. Entre lo de ella y lo que me paguen los Yūhi, no tendré que preocuparme más del asunto. No te preocupes, la mantendré con vida. Mientras respire, Dan hará cualquier cosa para que sea feliz, lo que equivale a una incesante provisión de dinero.

—Hijo de puta. ¡Suéltala!

—¿La quieres? Ven a buscarla —repuso Aoi.

Naruto dio unos pasos, calculando la distancia. En un instante que dudó, Aoi pinchó la piel de Temari y la hizo sangrar.

El berserker irrumpió como un terremoto.

Mientras se preguntaba por qué Aoi se había atrevido a provocar al berserker, el instinto lo lanzó hacia delante. Había pensado en hacerse un tajo para suscitar el ataque de furia, pero Aoi lo había hecho por él. Avanzó diez pasos de un salto. Percibió una trampa inesperada e intentó pararse, pero el suelo de la cueva desapareció bajo sus pies y cayó en un agujero que no existía cuando de niño jugaba en esos pasadizos. Un agujero lo bastante profundo para matar incluso a un berserker.

—¡Que tengas buen viaje, miserable! —le espetó Aoi con una sonrisa.

Sostuvo la antorcha por encima del antes oculto hoyo y escrutó hasta donde pudo. Esperó cinco minutos largos, pero no oyó nada. Cuando decidió tender esa trampa, había evaluado la profundidad del agujero tirando piedras, ninguna de las cuales había producido sonido alguno; el pozo parecía llegar al centro de la Tierra. Si Naruto no se había hecho trizas contra la escoria rocosa, la caída misma le habría roto todos los huesos. Bordeó el hoyo y sacó a Temari de la cueva.

—¡Ya está! —gritó Aoi Rokushō—. ¡Los Yūhi han triunfado! —rugió. Se quedó en el borde de Wotans Cleft, levantó la mano y bramó un grito de victoria que los Yūhi corearon exultantes. Un rugido triunfal resonó por el valle. Aoi desató las manos de Temari, le quitó la mordaza y le plantó un beso brutal, glorioso. Ella se quedó rígida, indignada, y forcejeó con su agresor. Enojado por la resistencia, él la apartó de golpe y Temari se desplomó sobre sus rodillas.

—Levántate, zorra estúpida —ordenó Aoi, empujándola con el pie—. ¡He dicho que te levantes! —chilló de nuevo cuando ella respondió al puntapié acurrucándose en un ovillo—. De todas maneras, ahora mismo no te necesito —murmuró, contemplando el valle que sería suyo, por el que se extendía la adulación, reflejo de su extraordinaria conquista. Agitó otra vez el brazo, embriagado de triunfo.

Aoi Rokushō había matado a un berserker sin ayuda de nadie. Su nombre perviviría en las leyendas. Aquel agujero era tan profundo que ni siquiera uno de los monstruos de Odín podía sobrevivir a la caída. Había cubierto el agujero concienzudamente con finas gavillas de leña y luego había esparcido por encima piedra triturada. Desde luego, había sido una idea genial.

—¡Genial! —informó Aoi al mundo.

A sus espaldas, Naruto parpadeaba, intentando despejar la roja neblina de sed de matar. Una parte de su mente que parecía perdida en un pasillo interminable le recordó que quería atacar al hombre que se hallaba cerca de la mujer hecha un ovillo, no a ella. La mujer era su mundo. Cuando saltara debía ir con cuidado, mucho cuidado, porque siquiera tocarla con la furia del berserker podía matarla. Un leve roce con la mano podía hacer añicos su mandíbula, la menor caricia en el pecho podía aplastarle las costillas.

A los que estaban en el valle, festejando los gritos de victoria de Aoi, les pareció que la criatura surgía con tal velocidad que fue imposible identificarla. Un perfil borroso surcó el aire, agarró a Aoi por el pelo y le cortó limpiamente la cabeza antes de que nadie pudiera lanzarle un grito de advertencia.

Habida cuenta de que ella estaba en el suelo, los clanes congregados abajo no pudieron ver a Temari girar de costado, sobresaltada por el ligero silbido que hizo la espada al surcar el aire como una exhalación y rebanar el cuello de Aoi. Pero el berserker la vio moverse y esperó su sentencia, resignado a la condena.

Era lo peor que Temari podía llegar a ver de él, la bestia hecha realidad. En pleno ataque de furia del berserker, Naruto se elevaba por encima de ella, ardiendo incandescentes sus ojos azules. Estaba magullado y manchado de sangre por una caída que se había interrumpido bruscamente en un afloramiento con picos, y sostenía en una mano la cabeza cortada de Aoi Rokushō. Miró fijamente a Temari, bombeando grandes bocanadas de aire a su pecho, esperando. ¿Qué haría Temari? ¿Chillaría? ¿Le escupiría, lo miraría con odio y lo repudiaría? Temari Katō era todo lo que había deseado en su vida, y mientras aguardaba a que ella gritara por el horror que él le causaba, sintió en su interior algo que quería morir.

Pero el berserker no se hundía tan fácilmente. La ferocidad interior llegó a su punto culminante, y miró a Temari con unos vulnerables ojos azul claro, suplicando su amor en silencio.

Ella alzó la cabeza despacio y lo observó durante un largo y callado instante. Se incorporó hasta quedar sentada y echó la cabeza atrás, los ojos abiertos como platos.

La verdad que él había intentado ocultar por todos los medios ahora pendía entre ellos, totalmente al descubierto.

Aunque Temari ya sabía qué era Naruto, la imagen de éste la paralizó por momentos. Una cosa era saber que el hombre que amaba era un berserker... y otra muy distinta verlo. Él la contemplaba con una expresión tan inhumana que si Temari hubiera escrutado a fondo sus ojos, quizá no habría visto nada de Naruto en ellos. Pero allí, en lo más hondo de las parpadeantes llamas azules, ella vislumbró un amor que conmocionó su alma. Le dedicó una sonrisa a través de las lágrimas.

Naruto no pudo creerlo y de sus labios escapó un sonido herido.

Temari le dirigió la sonrisa más deslumbrante de que fue capaz y se llevó el puño cerrado al corazón.

—Y la hija se casó con el rey león —dijo con claridad.

Una expresión de incredulidad cruzó el rostro del guerrero. Abrió los ojos azules de par en par y miró a Temari en silencio, anonadado.

—Te amo, Gavrael Namikaze.

Naruto sonrió y su cara refulgió de amor. Echó la cabeza atrás y gritó su júbilo al cielo.

El último Yūhi murió en el valle de Tuluth el 14 de diciembre de 1515.