34

—¡Ya vienen, Sasuke! —Sakura entró a toda prisa en el Gran Salón, donde Sasuke, Mikoto y Kagami estaban atareados con los adornos de la boda.

Como la ceremonia iba a celebrarse el día de Navidad, mezclaban las decoraciones acostumbradas con los alegres verdes y rojos de la estación. Exquisitas guirnaldas confeccionadas con pifias y bayas secas habían sido embellecidas con brillantes lazos de terciopelo y cintas tornasoladas. De los muros colgaban magníficos tapices, entre ellos uno que Sakura había ayudado a tejer al año anterior y que representaba una escena del Nacimiento, con una Virgen radiante acunando al niño Jesús mientras el orgulloso José y los Reyes Magos miraban.

Ese día en el salón no había bullicio ni prisas. El suelo había sido restregado hasta quedar de un gris inmaculado. Más tarde, sólo momentos antes de la boda, esparcirían sobre las piedras pétalos secos de rosa para que impregnaran el ambiente con un aroma primaveral. De todas las vigas colgaban ramitas de muérdago. Sakura contemplaba el follaje y alzó la vista hacia Sasuke, que, encaramado en una escalera, sujetaba una guirnalda en la pared.

—¿Qué son esas preciosas ramitas que has colgado, Sasuke? —preguntó Sakura, viva imagen de la inocencia.

Sasuke bajó los ojos.

—Muérdago. Es una tradición navideña.

—¿Qué tiene que ver con la Navidad?

—Según la leyenda, Balder, el dios escandinavo de la paz, murió atravesado por una flecha fabricada con muérdago. Los otros dioses y diosas querían tanto a Balder que suplicaron que recuperara la vida y que al muérdago se le diera un significado especial.

—¿Qué clase de significado especial? —Sakura parpadeaba expectante.

Sasuke bajó de la escalera, gustoso de hacer demostraciones. La besó tan apasionadamente que los rescoldos del deseo, siempre vivos en Sakura cuando se hallaba cerca de su esposo, empezaron a arder.

—El que pasa debajo del muérdago ha de ser besado a fondo.

—Mmm, me gusta esta tradición. Pero ¿qué le pasó al pobre Balder?

Sasuke sonrió y plantó otro beso en los labios de Sakura.

—Balder fue devuelto a la vida y a partir de entonces la diosa del amor quedó al cuidado del muérdago. Cada vez que se da un beso debajo del muérdago, la paz y el amor ganan posiciones en el mundo de los mortales.

—¡Qué bonito! —exclamó Sakura. Le centelleaban los ojos maliciosamente—. Así que cuanto más te bese bajo esta rama —señaló hacia arriba—, más bien estaré haciendo al mundo. Podría decirse que estoy ayudando a la humanidad, cumpliendo con mi deber...

—¿Tu deber? —Sasuke enarcó una ceja.

Mikoto reía y tiraba de Kagami hacia sí.

—Me parece una buena idea, Sakura. Quizá si nos besamos lo suficiente, enterraremos todas las estúpidas enemistades de esta tierra.

Los siguientes minutos pertenecieron a los amantes hasta que la puerta se abrió de golpe y un guardia anunció la llegada de los invitados.

La mirada de Sakura iba de un lado a otro del Gran Salón al tiempo que se apuraba por cualquier cosa que quedara aún por hacer. Quería que todo estuviera perfecto para la novia de Naruto.

—¿Cómo lo digo otra vez? —decía Mikoto frenéticamente. Había estado tratando de perfeccionar su gaélico para poder darles la bienvenida con un adecuado «Feliz Navidad»—. Nollaig Chridheil —repitió lentamente.

Sakura lo repitió varias veces, luego cogió del brazo a Sasuke y sonrió beatíficamente.

—Se ha cumplido mi deseo, Sasuke —dijo con aire satisfecho.

—A todo eso, ¿cuál era ese dichoso deseo? —preguntó él, contrariado.

—Que Naruto Uzumaki encontrara la mujer que sanaría su corazón como tú sanaste el mío, mi amor. —Sakura nunca calificaría a un hombre de «radiante», pues parecía una palabra femenina. Pero cuando su esposo la miró con aquellos ojos que irradiaban amor, susurró un fervoroso «gracias» mirando la escena del Nacimiento. A renglón seguido añadió una bendición silenciosa para todos y cada uno de los seres responsables de los avatares que la habían llevado a través de quinientos años hasta encontrar a Sasuke. Escocia era un lugar mágico, con numerosas leyendas, que Sakura hizo suyas porque los temas subyacentes eran universales: el amor perduraba y podía curarlo todo.

Fue una boda tradicional, si así puede llamarse la que se celebra entre una mujer y un hombre legendario: nada menos que un berserker, y con la asistencia de otros dos guerreros épicos. Las mujeres andaban de acá para allá y los hombres brindaban. En el último momento llegaron Dan y Tsunade Katō. Habían cabalgado como un rayo desde que recibieron el mensaje de que Temari se iba a casar en Dalkeith-Upon- the-Sea.

Temari se alegró mucho de ver a sus padres. Tsunade y Sakura la ayudaron a vestirse mientras decidían que los dos «papás» acompañarían a la novia hasta el lado del novio. Minato ya había solicitado el honor, pero Tsunade sostenía que Dan jamás se recuperaría si no le dejaban acompañarla a él también. Sí, Temari pensaba que no llegarían a tiempo; pero habían llegado y no había más que hablar.

La novia y el novio no se vieron hasta el momento en que Dan y Minato, listos para bajar con Temari por la primorosa escalera que conducía al Gran Salón, hicieron arriba primero una larga pausa que permitió a todos sin excepción prorrumpir en exclamaciones de admiración ante la radiante novia.

A Temari se le desbocó el corazón cuando sus dos «papás» despegaron sus antebrazos de las manos de ella y asieron el brazo de la novia al codo del hombre que iba a ser su esposo. Naruto tenía un aspecto magnífico, vestido con un tartán de ceremonia, el rubio pelo pulcramente recogido en una coleta. Temari no pasó por alto el parpadeo de Minato al ver la vestimenta de su hijo. Primero pareció asombrado y luego eufórico, pues el día de su boda Naruto se había puesto el uniforme de gala de los Namikaze.

Para Temari el día no podía ser más perfecto hasta que el sacerdote inició la ceremonia. Tras lo que parecieron horas interminables de oraciones y bendiciones tradicionales, pasó a las promesas solemnes:

—Naruto Uzumaki, ¿prometes...?

La voz grave de Naruto lo interrumpió. Recalcó cada palabra con orgullo.

—Me llamo Gavrael. —Respiró hondo, y acto seguido pronunció el nombre con claridad—: Gavrael Namikaze.

A Temari le subió un escalofrío por la espalda. Las lágrimas empañaron los ojos de Minato y el salón quedó en silencio por un instante. Sasuke dirigió una sonrisa burlona a Sakura, y en la parte de atrás del salón, donde casi nadie lo había visto hasta entonces, Atsui de Moncreiffe asintió satisfecho. Por fin Naruto Uzumaki había hecho las paces con quien era y con lo que era.

—Gavrael, ¿prometes...?

—Lo prometo.

Temari le dio un codazo.

Él enarcó una ceja y frunció el entrecejo.

—Bueno, lo prometo. ¿Hemos de pasar por todo esto? Lo prometo. Juro que ningún hombre ha dicho jamás «lo prometo» con más fervor que yo. Sólo quiero casarme contigo, muchacha.

Minato y Balder intercambiaron miradas de contento. Tanto tiempo separados sin duda había intensificado el entusiasmo de Gavrael por el vínculo matrimonial.

Los invitados ahogaban risitas, y Temari sonrió.

—Deja terminar al sacerdote, porque me gustaría oírte decirlo todo. Sobre todo la parte de «amarme y respetarme».

—Oh, te amaré y te violaré, muchacha —le dijo Gavrael al oído.

—¡Respetaré! Y compórtate. —Temari hizo en broma el gesto de darle un manotazo y asintió en dirección al cura—. Proseguid.

Y se casaron.

Kaley Twillow entró en la estancia abriéndose paso a empujones, se puso de puntillas y miró ansiosa por encima de las cabezas. Su preciosa Temari se estaba casando y ella no podía ver nada, maldita sea. No podía ser.

—Vigila lo que haces —gritó un airado invitado cuando ella le hincó el codo en ciertos sitios delicados para pasar como fuera.

—¡Espera tu turno para saludar a la novia! —se quejó otro cuando ella le pisó.

—Prácticamente he criado a la novia y no pienso quedarme aquí atrás sin ver nada, ¡así que moved el culo! —soltó.

Se abrió un pequeño camino a medida que los demás la dejaban pasar a regañadientes.

Al meter su amplio trasero y sus caderas entre un grupo de guardias provocó un pequeño escándalo mientras docenas de hombres observaban con interés a la bien proporcionada mujer. Finalmente se abrió paso, eludió la última ola de invitados y salió a la superficie al lado de un hombre cuya imponente estatura y voluminoso contorno la dejó sin aliento. El negro y espeso cabello estaba veteado de canas, lo que revelaba madurez, lo cual, según su experiencia, significaba pasión madura.

Con el rabillo del ojo, Kaley miró con coquetería al hombre de pelo negro, y a continuación volvió la cabeza del todo para saborearlo en toda su dimensión.

—Caramba, caramba, ¿y quién eres tú? —Ella agitó las largas pestañas con admiración.

Los ojos azul claro de Balder se arrugaron de placer mientras contemplaban a la voluptuosa mujer que obviamente estaba encantada de verle.

—El hombre que ha estado esperándote toda la vida, muchacha —dijo con voz ronca.

La fiesta de la boda comenzó en cuanto se hubieron realizado las promesas solemnes. Temari ansiaba desaparecer con su esposo en el mismo instante en que acabara la ceremonia. Como durante las dos semanas anteriores Minato y Balder habían estado controlando estrictamente el tiempo que Gavrael y ella pasaban juntos, no habían podido estar solos. Pero no quería herir los sentimientos de Sakura, pues ésta, evidentemente, se había preocupado muchísimo de asegurar que el día de la boda de Temari fuera un sueño maravilloso, así que tuvo la deferencia de quedarse, saludar y sonreír. En el mismo instante en que ella y Gavrael sellaban su unión con un beso, se vio arrancada de los labios de él y arrastrada en una dirección por la jubilosa multitud e incapaz de hacer nada salvo mirar impotente mientras tiraban de su esposo en la dirección contraria.

Estaban casados, los más viejos y sabios habían dado sus consejos, y ahora podrían pasar juntos todo el tiempo. Temari había puesto los ojos en blanco y pegado una sonrisa a su cara mientras aceptaba felicitaciones. Por fin se partió el pan y comenzó el banquete, con lo que los recién casados concitaron menos atención. Sakura ayudó a Temari a abandonar el salón, pero en vez de llevarla a sus aposentos como esperaba ella, la singular y asombrosa mujer la condujo al estudio de Dalkeith. La luz procedente de lámparas de aceite y docenas de velas combinadas con un vivo fuego convertían la estancia en un refugio cálido y acogedor pese a la esponjosa y blanca nieve que se amontonaba al otro lado de la ventana.

—Parece que vamos a tener una cellisca. —Sakura observaba los ventisqueros mientras se afanaba en atizar el fuego.

Temari parpadeó.

—¿Una qué?

—Cellisca. Oh... —Sakura hizo una pausa y luego se le escapó la risa—. Una tormenta fuerte. O sea que quizás estemos un tiempo bloqueados por la nieve.

—No eres de esta parte del país, ¿verdad? —Temari frunció el entrecejo, intentando ubicar el extraño acento.

Su anfitriona volvió a reír.

—No exactamente. —Hizo una seña a Temari para que se acercara al fuego—. Dime una cosa, ¿no te parece que estos dos son los hombres más retrecheros que has visto jamás? —Sakura miraba un cuadro colgado sobre la repisa de la chimenea de roble labrado y suspiró con aire soñador.

Temari siguió la mirada de Sakura hacia arriba hasta llegar a un magnífico retrato de Gavrael y Sasuke.

—Madre mía. No sé qué significa «retrechero», pero sin duda son los más apuestos que he visto en mi vida.

—Exacto —dijo Sakura—. ¿Sabes que mientras se estaba pintando el cuadro estuvieron todo el tiempo quejándose? Hombres. —Puso los ojos en blanco y señaló el cuadro—. ¿Cómo podían censurar a una mujer por querer inmortalizar este esplendor masculino en bruto?

Las mujeres hablaron tranquilamente un rato sin reparar en que Sasuke y Gavrael habían entrado en el gabinete tras ellas. Gavrael concentró la mirada en su esposa y se dispuso a avanzar, resuelto a reclamarla para sí antes de que viniera alguien más y se la llevara a rastras.

—Tranquilo. —Sasuke posó una mano disuasoria en la manga de su amigo. Los hombres estaban a tal distancia de sus esposas que éstas aún no los habían oído; sin embargo la voz de Sakura sonaba nítida.

—Todo fue por culpa del hada. Me trajo aquí a través del tiempo... no es que me queje, no vayas a pensar. Me encanta estar aquí y adoro a mi esposo, pero yo vengo del siglo veinte.

Los dos hombres sonrieron cuando Temari reaccionó con cierto retraso.

—¡Eso son quinientos años! —exclamó.

Sakura asintió, los ojos saltarines. Temari la estudió con atención y luego se le acercó.

—Mi esposo es un berserker —le dijo en confianza.

—Ya lo sé. Nos lo dijo antes de partir para Caithness, pero no tuve ocasión de preguntarle nada. ¿Puede cambiar de forma? —Sakura parecía buscar papel y tinta, dispuesta a garabatear notas—. En el siglo veinte hay mucha controversia sobre qué eran y de qué eran capaces. —Se calló cuando reparó en la presencia de los dos hombres en el umbral. Parpadeó maliciosamente y le guiñó un ojo a su esposo—. No obstante, había consenso general sobre una cosa, Temari. —Sonrió con picardía—. Por lo común, se creía que los berserkers eran famosos por su legendaria resistencia... tanto en la batalla como en la ca...

—Lo hemos entendido, Sakura —interrumpió Sasuke, los negros ojos centelleando de regocijo—. Ahora quizá deberíamos dejar que Gavrael le explique el resto por sí mismo.

Los aposentos de Gavrael y Temari estaban en la tercera planta de Dalkeith. Sakura y Sasuke los acompañaron, dejando caer insinuaciones nada sutiles respecto a que los recién casados podían hacer cuanto ruido quisieran; con las plantas intermedias, los juerguistas de abajo no se enterarían de nada.

Cuando la puerta se cerró tras ellos y estuvieron por fin solos, ambos se miraron uno a otro por encima de la sedosa extensión de una ancha cama de caoba. En la chimenea saltaba y crepitaba un fuego mientras al otro lado de la ventana caían suaves y lanudos copos de nieve.

Él la contempló con ternura y sus ojos se deslizaron hacia abajo, como solían hacer a menudo últimamente, hacia la hinchazón apenas perceptible del abdomen. Ella captó la posesiva mirada y le dedicó una sonrisa resplandeciente. Desde la noche del ataque, cuando ella le hiciera saber que iban a tener un hijo, de vez en cuando Temari le había sorprendido sonriendo sin que mediara motivo alguno. Y esto le encantaba, la enorme alegría de Gavrael por el niño que ella llevaba en sus entrañas. Tras comunicárselo, después de regresar de las cuevas a Maldebann, él se había quedado sentado y meneando la cabeza, como si no pudiera creérselo. Cuando ella había cogido la cabeza de Gavrael entre las manos y la había atraído hacia sí para besarle, se había asombrado al vislumbrar sus ojos empañados. Su esposo era el mejor de los hombres: fuerte pero sensible, competente pero vulnerable... ¡y cuánto lo amaba ella!

Ahora, mientras lo miraba, los ojos de Gavrael se oscurecieron de deseo y, previendo lo que iba a suceder, Temari se estremeció.

—Sakura ha dicho que quizá nevaría un buen rato —dijo sin aliento, sintiéndose torpe de repente. Haber sido acompañada por una carabina las últimas semanas casi la había vuelto loca; para compensar, había intentado empujar sus fogosos y húmedos pensamientos a un apartado rincón de la mente. Ahora éstos se resistían a su confinamiento, se liberaban y reclamaban atención. Temari quería a su esposo ahora.

—Bien. Pues espero que la nieve alcance los cuatro metros de altura. —Gavrael rodeó la cama.

Todo lo que deseaba era hundirse dentro de ella, tranquilizarse a sí mismo y certificar que era efectivamente suya. Ese día había sido la culminación de todos sus sueños: se había casado con Temari Katō. Mirándola fijamente, se maravilló ante lo mucho que ella le había cambiado la vida. Gavrael tenía ahora un hogar, un clan y un padre, la esposa con la que siempre había soñado, una preciosa criatura en camino y un futuro esplendoroso. Él, que siempre se había considerado un paria, ahora sabía lo que era el sentido de pertenencia. Y se lo debía todo a Temari. Se detuvo a escasos centímetros de ella y le dirigió una sonrisa lenta, sensual.

—¿Te gustaría hacer alguna clase de ruido mientras estemos bloqueados por la nieve? No querría defraudar a nuestros anfitriones.

La torpeza de Temari se desvaneció de inmediato. Dejándose de sutilezas, deslizó la mano por el musculoso muslo y le arrancó el tartán. Los dedos de ella se afanaron con los botones de la camisa de Gavrael, y al cabo de unos instantes él estaba de pie delante de ella, tal como la naturaleza lo había creado... un guerrero poderoso de ángulos marcados y planos musculosos.

Temari bajó la mirada y la fijó en lo que seguramente había sido la bendición más generosa de la naturaleza. Se humedeció el labio, un callado gesto de deseo, ajena al efecto que producía en Gavrael.

Él soltó un gemido y extendió el brazo hacia ella. Temari se deslizó en sus brazos, se recogió en torno al grueso miembro y ronroneó de placer.

Los ojos de él llameaban, y acto seguido se entrecerraron mientras se movía con la elegancia y el poderío de un gato montes, arrastrándola a la cama. Se le escapó un suspiro bronco.

—Ah, te he echado de menos, muchacha. Creía que iba a volverme loco de tanto desearte. ¡Balder ni siquiera permitía que te besara! —Se ocupó rápidamente de los diminutos botones del vestido de novia. Cuando Temari rodeó con los dedos la protuberancia de Gavrael, éste le sujetó las manos con una de las suyas—. Si haces esto no puedo pensar, muchacha.

—No te he pedido que pienses, mi fornido y musculoso guerrero —repuso ella con tono burlón—. Para ti he pensado en otras cosas.

Él le dirigió una mirada arrogante advirtiéndole claramente quién estaba al mando en ese momento. Con las enredadoras manos inmovilizadas temporalmente, Gavrael se entretuvo con los botones, besándole cada centímetro de piel que iba quedando al descubierto. Cuando sus labios volvieron a los de ella, la besó con feroz intensidad. Las lenguas se encontraron, se retiraron, se encontraron de nuevo. Él sabía a coñac y canela; Temari perseguía la lengua de Gavrael, la cogía con la suya y se la llevaba a la boca. Cuando él se estiró encima, cuerpo musculoso contra piel de seda, la blandura acomodando la dureza en perfecta simetría, ella suspiró de placer.

—Por favor —suplicó Temari, moviendo el cuerpo seductoramente debajo de él.

—Por favor, ¿qué? ¿Qué quieres que haga? Dímelo, muchacha. —Los ojos de pesados párpados brillaban de curiosidad.

—Quiero que... —Ella hizo un gesto.

Él le mordió ligeramente el labio inferior, se retiró y parpadeó con aire inocente.

—Me temo que no entiendo. ¿Cómo dices?

—Aquí. —Repitió el gesto.

—Dilo, Temari —susurró él con voz ronca—. Dímelo. Estoy a tus órdenes, pero seguiré sólo las instrucciones explícitas. —La maliciosa sonrisa que mostró desató el último de los frenos, dejándola libre para entregarse también ella a un poco de perversidad.

Así que se lo dijo, al hombre que era su leyenda particular, y él satisfizo todos sus deseos secretos, saboreándola, tocándola y complaciéndola. Adoró el cuerpo de Temari con su pasión, celebró el niño en el vientre con besos suaves que perdían su suavidad y se volvían ardientes y voraces en los labios de ella y se convertían en calor a raudales entre sus muslos.
Temari hundió las manos en el espeso cabello rubio de Gavrael y se incorporó hasta quedar pegada a él, gritando su nombre una y otra vez.

«¡Gavrael!»

Y después de que a ella se le acabaran las peticiones —o de haber quedado simplemente saciada más allá de cualquier pensamiento coherente—, él se arrodilló en la cama, la atrajo hacia sí colocándola a horcajadas y haciendo que sus largas piernas le envolvieran la cintura. Cuando él la bajaba y la penetraba con su duro miembro una exquisita pulgada cada vez, las uñas de Temari le dejaban la marca en la espalda.

—No puedes dañar al niño, Gavrael —le dijo para tranquilizarle, jadeando débilmente mientras él la sostenía a distancia, brindándole sólo una pequeña muestra de lo que ella tan desesperadamente deseaba.

—Eso no me preocupa —le aseguró él.

—Entonces, ¿por qué vas tan... despacio?

—Para verte la cara —respondió con una lenta sonrisa—. Me encanta verte los ojos cuando hacemos el amor. Veo reflejados en ellos todos los diminutos placeres, hasta el último gramo de deseo.

—Pues todo será aún mejor si tú... —Empujó con las caderas y Gavrael, riendo, la apartó asiéndola por la cintura con sus fuertes manos—. ¡Por favor! —Temari casi gimoteaba.

Pero él se tomó amorosamente su tiempo —y cuán amoroso fue— hasta que Temari pensó que ya no podía soportarlo. Entonces, de pronto, él la penetró hasta el fondo.

—Te amo, Temari Namikaze. —La simultánea sonrisa carecía de inhibiciones, los blancos dientes destellando en el rostro oscuro.

Temari llevó un dedo a los labios de Gavrael.

—Ya lo sabía —le aseguró.

—Pero yo quería pronunciar las palabras. —Cogió el dedo entre sus labios y lo besó.

—Ya veo —replicó ella con ironía burlona—. Tú dices todas las palabras de amor y yo tengo que decir las indecentes.

De la garganta de Gavrael brotó un sonido sordo.

—Te amo cuando me dices qué quieres que te haga.

—Entonces haz esto... —Su torrente de palabras en voz baja se disolvió en un grito de placer cuando él satisfizo su petición.

Al cabo de unas horas, el último pensamiento consciente de ella era que no debía olvidarse de mencionar a Sakura que la realidad superaba en mucho el «consenso general» sobre los berserkers.


Solo nos queda el Epílogo.