Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.
Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!
Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.
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Gracias Yani por betear esta historia.
Capítulo 13: Arruinado
Canción del capítulo: Bad Father, Bad Son de Von Benzo
… Bad father gets bad son…
… Life takes love
Breaks almost everyone…
… Kill all the joy
I'm sorry, but
I was just a boy…
… My face in a smirk
'Cause life is a joke…
… Hope I get free some day…
EPOV
Mientras camino a través de Sea-Tac —hacia el mostrador de renta de autos— con mi equipaje en una mano, veinticuatro horas antes de la hora en que se supone que debo estar aquí, queda evidente que la mala suerte está de mi lado.
—¡Cullen!
¿Ven? Mala suerte.
Suspirando, me doy la vuelta para encontrarme con Emmett. Y Rosalie. Corrección: una Rosalie que me fulmina con la mirada. Pero estoy acostumbrado a eso. Después de que Tinks dejara Forks, Rosalie y Charlotte tuvieron que ser detenidas por sus novios porque querían echárseme encima. Ridículas.
En fin.
—Emmett —lo saludo con un movimiento de mentón y choco mi puño con el suyo.
Sonríe.
—¿También viniste a casa por las vacaciones, eh?
—Sí. Espero poder alcanzar el último ferri… —me quedo callado, ansioso por irme. No es que Emmett no sea genial; seguimos siendo amigos, supongo. Siempre ha estado ahí. Enorme como bestia, dócil como un gatito.
—Acabo de recoger a Rose —dice—. Tengo un carro… —Me mira decididamente—. ¿Qué dices? Ha pasado tiempo, hombre.
No necesito mirar a Rose para saber que no soy bienvenido en el carro, pero que se joda.
—Seguro —acepto.
~CLO~
Emmett llena el silencio del carro con charla sin sentido sobre Forks, y casi me molesta ver que está loco por tener a Rosalie cerca otra vez. Porque queda claro que Rosalie ama California. Ella no dice mucho, pero cuando mencionó a sus compañeras de casa hace rato, tenía una enorme sonrisa.
Me conformo con no hablar. En lugar de eso, permanezco sentado atrás y miro los árboles pasar.
No cierro los ojos.
No he podido cerrar los malditos ojos en meses. Bueno, lo he hecho, pero el sueño solo llega cuando ya no puedo luchar más contra él. Porque cuando los cierro, veo a Tinks. Veo sus ojos, la mirada que tenía después de que la destrocé. Y sé… sé que si los cierro justo ahora, vería también a Nathan.
Nathan.
Suspiro, pero no alivia el peso que siento en el pecho. Ni respiraciones profundas, ni de suspiros, ni gritos me traen alivio.
—¿Has sabido algo de Bella?
Aprieto la mandíbula, sé que, aunque Rosalie le hizo la pregunta a Emmett, lo hizo porque estoy aquí.
—Uh… no —tartamudea Emmett—. ¿Por qué sabría algo de ella? —Una pregunta válida—. ¿Tal vez Charlotte sí sabe?
Rosalie suspira.
—La llamé la semana pasada a Texas, pero dijo que no sabe dónde está Bella.
Trago para pasar el nudo en mi garganta, parpadeo para alejar el escozor de mis ojos, hago puño las manos.
—Tú, uh… —Emmett otra vez, esta vez en voz más baja, como si no pudiera escucharlo, como si no estuviera sentado en el asiento trasero—. ¿Crees que ya tiene un bebé?
Carajo.
Siento que las dos fotos metidas en mi cartera se prendieron en llamas.
—No sé —responde Rosalie pensativa—. Pero me gustaría pensar que sí. No puedo imaginármela teniendo un aborto.
Mi rodilla empieza a moverse.
Siento que soy una bomba de tiempo esperando por explotar.
—Desearía que ella no me hubiera sacado de su vida —susurra después, hay tristeza en su voz—. Quiero decir… lo entiendo, de verdad; ella quería alejarse de todo, empezar de nuevo, pero… no sé.
Con dedos temblorosos, saco mi cartera para después tomar la foto de Nathan donde está sobre la mesa cambiadora. La mantengo escondida detrás del asiento de Rosalie, asegurándome de ser el único que puede verla, y lo hago, a pesar de que está casi completamente oscuro dentro del carro. Pasé todo el vuelo mirando las dos fotos. Prácticamente están grabadas a fuego en mi memoria.
Mis respiraciones son temblorosas e irregulares.
Mi rodilla sigue moviéndose.
Mis ojos arden.
Trazo las líneas de la boquita en forma de puchero de Nathan. Mi pulgar roza su pancita. Trago con fuerza. No siento nada de alivio. Me duele el pecho. Mis manos empiezan a sudar frío. Puedo sentirlo perlándome la frente también. Quiero ver sus ojos. Quiero ver la bondad de Tinks en ellos. Quiero asegurarme de que él no sea como yo. Carajo. Me froto el pecho con el puño, esperando calmarme. No funciona. No funciona. Nada funciona jamás.
—Cullen, ¿estás bien? —Emmett me mira por el retrovisor—. Te ves… no sé.
Hago una mueca y vuelvo a mirar por la ventana.
—Estoy bien.
Afortunadamente, el resto del viaje lo pasamos en silencio.
Pero mi mente no está en silencio. Cada fibra de mi ser está gritando y protestando.
Quiero respuestas de mis padres, pero nunca he sido lo suficientemente valiente para exigirlas. Quiero saber qué he hecho para merecer todos esos huesos rotos. Quiero saber por qué mi propia madre nunca me defendió. Quiero decir… sé que no soy nada más que un costal de mierda, pero ¿no se supone que las madres están obligadas a amarte? ¿A protegerte? ¿A hacerte sentir a salvo? También quiero saber qué hice para desencadenar el primer puñetazo de papá en mi cara. Nunca me puso una mano encima cuando estábamos en Arizona. Comenzó cuando nos mudamos a Washington, cuando tenía cinco años. Lo recuerdo vívidamente, papá regresando de su primer día en su nuevo trabajo, y estaba lívido.
De repente, todo lo que yo hacía estaba mal. Era un marica, un débil, un niño de mamá.
—Cullen. —La voz de Emmett me sobresalta. Respira profundamente. Cristo—. Ya llegamos.
Miro por la ventana, veo la entrada de la casa de mis padres.
Cierto.
Ya llegamos. Carajo. Se me acelera el pulso.
Y salgo rápidamente por la puerta, apenas murmurando un gracias por el aventón.
Más tarde, cuando recuerdo esto, probablemente fue mi rápida escapada lo que me salvó la vida. Porque olvidé mi equipaje en la cajuela, y eso le dará una razón a Emmett para regresar en la mañana, justo a tiempo para llamar al 911.
Pero no sé eso ahora.
La casa permanece en silencio cuando entro, y después de mirar brevemente afuera, noto que el carro de mamá no está aquí.
Supongo que fue a comprar despensa… No, eso no puede ser. Es casi medianoche, con un carajo.
Ahora estoy perdido.
¿Qué hago?
¿Qué estoy haciendo aquí en realidad?
¿Soy lo suficientemente valiente?
Resignado a esperar hasta mañana para hacer… lo que sea que voy a hacer, me dirijo a las escaleras.
Pero me detengo en el segundo piso cuando escucho a papá en su oficina.
Gritando.
El terror de siempre sube por mi espalda, haciendo que me ponga rígido.
—¡Trece jodidos años, Liam! —lo escucho gritar enojado—. Te lo dije desde el comienzo, ¡y nada ha cambiado! ¡Tienes que esperar!
Frunzo el ceño.
Ha pasado un tiempo desde la última vez que vi a Liam, uno de los amigos de papá de Seattle. También es doctor, y sé que trabajaron juntos cuando era pequeño y recién nos mudamos a Washington.
—¡No harás semejante cosa! ¡Te mantendrás callado! ¡No arruinarás todo lo que he creado!
Me quedo congelado en mi lugar, solo había escuchado a papá así de enojado cuando yo estoy en el lado receptor.
Pero cuando escucho el teléfono chocar contra la pared… o tal vez contra el piso… el instinto se activa y huyo de ahí. No hacia el piso de arriba. Mejor corro hacia abajo, con el corazón atorado en la garganta. Definitivamente está de mal humor, y le encanta desquitarse conmigo.
Unos momentos después, encuentro un lugar donde esconderme en el garaje. Esperaré aquí.
—Carajo, soy un marica —jadeo. Me estoy escondiendo. Escondiendo. Solo los débiles se esconden.
El garaje está heladísimo, pero me quedo aquí.
Toda la noche.
Miro las fotos otra vez.
Tengo que ahogar los sollozos cuando veo que la esquina inferior izquierda de una de las fotos se dobló.
Intento alisarla, pero ¡no funciona!
—Lo siento —gimoteo—. Lo siento muchísimo.
En un intento desesperado por asegurarme de tener estas fotos para siempre, les tomo unas cuantas capturas con mi celular.
~CLO~
Cuando escucho el carro de mamá llegar ya son casi las siete de la mañana.
Permanezco escondido, pero aun así la veo cuando se baja de su SUV.
También veo el moretón amarillento debajo de su ojo.
¿Supongo que papá encontró un nuevo saco de boxear?
Probablemente debería sentir algo. Lo que sea. Odio, justificación, remordimiento, lástima, enojo, rabia, tristeza…
No hay nada. Solo la veo sacar una bolsa del carro y dejar el garaje.
¿Qué estoy esperando?
No sé.
Pero sé que soy bueno para acobardarme en una esquina.
Sin embargo, esto no puede seguir. Estoy tan enfermo de esto. Estoy tan cansado. Y confundido. No sé qué hacer, pero… quiero vomitar. Quiero ser libre. Libre de mis padres, libre de la mierda que está dentro de mí. Estoy cansado de las mentiras. Están acabando conmigo, y sé que ya no puedo aguantarlo más.
Siento que debo…
Actuar o morir.
No quiero morir.
Quiero una vida.
Quiero una segunda oportunidad. O una primera. Lo que sea. Lo quiero.
No es que tenga idea alguna de cómo lograré algo, pero ¿acaso no hay loqueros para eso? Sí. Podría, podría ir con un jodido psiquiatra o algo así. Tal vez. No lo sé, carajo. Pero esto termina ahora. Necesito… necesito ser valiente. Respira profundamente. Puedo decirles que se acabó. ¿Cierto? Puedo ir ahí y decir que estoy fuera, que nunca regresaré. No. Maldita sea. No pude hacerlo cuando Tinks me lo suplicó, ¿cómo voy a hacerlo ahora, cuando estoy completamente solo? Cristo, la arruiné. ¿Y ahora estoy pensando que tiene razón?
Me froto las manos frías sobre la cara y muevo los hombros.
La espalda me está matando.
Un fracaso, eso es lo que soy. Es lo que he escuchado toda mi vida. Pero… al crecer, obviamente vi a otros niños que no eran tratados igual. Mis amigos no tenían miedo de ir a casa. Siguen sin tenerlo. A diferencia de mí, ansían ir a casa y celebrar las festividades con sus familias. Y en la escuela… no sé cuántas veces escuché que la violencia está mal. Entonces, ¿por qué mi padre me ha golpeado? ¿Qué he hecho para merecerlo?
Mierda, estoy fuera de control.
Respiro. Sigue siendo pesado. No es un alivio.
¿Qué quiero?
Quiero respuestas.
Quiero matar a mis padres.
Quiero que papá le pegue a mamá mientras yo solo veo y permito que suceda. Quiero torturar a papá y reírme en su cara.
—Eres tu padre; eres Carlisle, Edward.
—Eres tu padre; eres Carlisle, Edward.
—Eres tu padre; eres Carlisle, Edward.
Trago, pero lo encuentro imposible. Un sonido ahogado se escapa de mis labios, y mi visión se vuelve borrosa.
Tinks tiene razón. No soy mejor que papá.
De repente es casi imposible respirar.
Si me he convertido en la persona a la que odio más que a nadie, ¿cómo podría merecer mierdas buenas en mi vida?
Puedes luchar por ser mejor.
Soplo una respiración.
No sé cómo ser mejor.
Y eso es culpa de mis padres.
La rabia me llena otra vez. La rabia es buena. La rabia, lo conozco. Rabia, puedo lidiar con eso.
Salgo del garaje con las manos hechas puño a mi lado. Subo los escalones hacia la casa, hacia los ruidos, hacia la cocina. Ahí está mamá. Recién bañada con maquillaje tapándole los moretones.
Trago.
¿Cuántos de esos moretones he tenido yo?
¿Cuántas veces me ha pegado papá en la cara?
—¿Te dolió? —exclamo.
Grita y se agarra el pecho, se ve aterrada al girarse para verme.
—¡Edward! —jadea—. Llegaste-llegaste a casa antes.
Aprieto los dientes y camino lentamente hacia ella.
—¿Te dolió, mamá? —pregunto en voz baja. Ya no hay nada bueno en mí. Todo está podrido—. ¿Te dolió cuando te golpeó?
Sus ojos revolotean por la cocina, como si estuviera buscando una salida.
¿La estoy asustando?
—¡Respóndeme! —digo con furia. Parado ante ella, me cierno sobre su cuerpo mucho más pequeño que el mío, el disgusto y el odio supuran dentro de mí—. ¿Qué hiciste para merecerlo? —Miro a mi alrededor, ubico el desayuno que está a punto de preparar. La mesa de la cocina junto a las ventanas está llena de delicias; solo las cosas más elegantes para los Cullen. También veo las velas encendidas en las ventanas, perfectamente enmarcadas por nuevas cortinas rojas navideñas. Hay decoraciones de Navidad llenando todo el lugar, creando la ilusión de un hogar cálido y feliz… veo las decoraciones de papel que hice cuando era niño. Hombres de nieve, Santas, ángeles… mierdas como esas probablemente traerían de regreso buenos recuerdos. Miro a mamá—. ¿Recuerdas cuando hice esos? —Señalo las decoraciones que están junto a las velas—. ¿Recuerdas lo que dijo papá cuando los vio?
Que eran demasiado femeninos. Era un jodido maricón por hacer ángeles con papel y pegamento de brillos.
Esa Navidad descubrí por primera vez lo molesto que es usar un cabestrillo para un niño.
Tenía siete años de edad.
—¿Y, qué hiciste, mamá? —vuelvo a preguntar, ignorando las lágrimas que caen por su cara—. ¿Por qué te golpeó? Debiste haber hecho algo.
Mi celular vibra en mi bolsillo, pero lo ignoro, no me importa ni un carajo.
—Yo… yo… —traga y retrocede un paso. La sigo—. Me caí.
La miro, incrédulo.
No es ni un poco creíble.
—Tienes que hacerlo mejor que esto. —Chasqueo la lengua—. Un consejo. Invéntate unos amigos y diles a todos que peleas con ellos. —Sonrío enormemente. Es como si no tuviera control sobre mi cuerpo. Una experiencia extracorporal—. Funcionó para mí. —Asiento. Y luego exploto sin advertencia—. ¡Es lo que hice durante años! —grito.
Se encoge y suelta un sollozo lastimero.
Si papá todavía no despertaba, ya debería estar despierto.
—No querrías que la buena gente de Forks se enterara de que tu esposo te golpea, ¿cierto? —Ladeo la cabeza y la analizo—. Es por eso que nos mantenemos callados, sabes. Los dos; nos importa demasiado lo que otros piensen. —Cuando digo que soy un débil, no estoy jodiendo. Lo digo de verdad. Si hubiera buscado ayuda, no estaría aquí hoy. Papá probablemente estaría tras las rejas, y mamá… bueno, no tengo ni puta idea—. Estoy jodido por tu culpa. —Me golpeteo la sien y asiento. Me siento enloquecido—. Si hubieras sido una buena madre, si papá hubiera sido un buen padre…
Tal vez ahora estaría con Tinks y Nathan.
O tal vez Nathan no existi…
Oh, carajo. Dios, no.
Aparto ese pensamiento.
Y entonces es como si todo sucediera en cámara lenta. Veo la mirada de horror en la cara de mamá, escucho el jadeo escapando de su boca, y luego me jalan a la fuerza hacia atrás con un doloroso agarre en mi cuello. Caigo sobre el piso, el dolor se dispara a través de mí. Me deja jadeando en busca de aire, y el dolor es tan grande que quedo momentáneamente inmovilizado y confundido. Pero cuando logro abrir los ojos, veo a papá cerniéndose sobre mí, con círculos oscuros debajo de sus ojos asesinos.
—¡Carlisle! —escucho a mamá gritar.
Los golpes llegan antes de que pueda respirar, y lo que antes parecía cámara lenta ahora es lo opuesto. Me pega repetidamente, y no tengo la oportunidad de defenderme ni de regresar el golpe. Mi mandíbula, mis ojos, mi boca, mi nariz, me pega en todas partes.
—¡Estás arruinando todo! —grita, suena casi salvaje. Trago aire, pero el aliento se me atora en la garganta cuando planta un pie en mi tórax—. ¡Apártate al carajo, Esme! —Intento ponerme en posición fetal, pero papá es implacable. Empujando en mi pecho con su rodilla, me mantiene pegado al piso—. ¡Se suponía que debías mantener cerrada la jodida boca! —prácticamente gruñe mientras jadea pesadamente—. ¡Pelea, cobarde! ¡Pelea! ¡Enséñame que eres un hombre, Edward!
La sangre cae por las cortadas en mi cara. Tengo la nariz rota; también está sangrando.
Con el siguiente golpe a mi cara, sus últimas palabras empiezan a repetirse en mi cabeza.
—¡Pelea, cobarde! ¡Pelea! ¡Enséñame que eres un hombre, Edward!
Recuerdo haberle gritado palabras similares a Emmett hace varios meses.
—¡Pelea, cobarde! ¡Pelea! ¡Enséñame que eres un hombre, Edward!
Todo se me viene encima —los eventos del último año— demonios… toda mi jodida vida. He aceptado cada golpe, solo para empujar a un extraño para sentirme fuerte.
—¡Pelea, cobarde! ¡Pelea! ¡Enséñame que eres un hombre, Edward!
No sé de dónde viene mi fuerza, pero por primera vez en mi vida logro alejarme de sus puños. Respirando temblorosamente e ignorando el dolor que irradia a través de mi cuerpo, me pongo de pie y encaro al monstruo de mi padre.
Está esbozando esa sonrisita.
Y le está dando la espalda a mamá, es por eso que no ve cuando ella se le echa encima. Solo le da un débil golpe en el costado —casi quiero reírme— pero es suficiente para que él vacile un segundo. Y es mi oportunidad. Es mi oportunidad para dejar que mis propios puños hablen. Así que me lanzo contra él, y no espero, no vacilo. Grito, maldigo, golpeo, pateo, jalo, tuerzo, carajo sollozo. Trece años de aguantar sus mierdas sin razón, finalmente le devuelvo el golpe.
No registro la insistente vibración de mi teléfono.
No registro los débiles intentos de mi madre por apartarme de papá.
Lo que sí registro es la risa maniaca de papá.
Se ríe mientras lo hago sangrar.
Está jodidamente demente.
—¡Detente, Edward! —solloza mamá de fondo. Solo que no es en realidad de fondo. Está intentando detenerme, y eso me hace reventar… como si no me hubiera perdido ya. Sin pensar dos veces en mi siguiente movimiento, uso toda mi fuerza para quitármela de un empujón. La escucho chocar con la mesa detrás de nosotros, pero estoy demasiado ido para que me importe.
Papá se ahoga con su sangre.
No me detengo.
Estoy en un viaje de adrenalina.
No es hasta que huelo el humo que mis doloridos brazos caen a mis costados.
Miro sobre mi hombro, un miedo paralizador corre sobre mí cuando ubico a mi mamá en el piso debajo de la mesa de la cocina.
En un charco de sangre.
Se me retuerce el estómago.
Veo la orilla de la mesa de la cocina… veo la mancha de sangre donde ella debió golpearse…
Mis ojos se posan otra vez sobre su figura inmóvil; veo que la sangre se ha acumulado junto a su cabeza.
Una respiración superficial.
—Oh, Dios…
Y el humo… las velas… las decoraciones de Navidad… las cortinas se incendiaron…
De repente me estoy moviendo otra vez, pero no por mi propia fuerza. Es papá otra vez.
¿Acabo de matar a mi propia…?
Quiero gritar, llorar, rogar. Quiero gatear hacia allá y ver si está bien, pero no puedo hacer ni una mierda. Lo intento, batallo, pero estoy completamente paralizado a causa del miedo, la devastación y el dolor. Confusión. Tengo arcadas. Pruebo la sangre. Huelo el fuego. Me hago más y más débil. La conmoción es demasiada para que mi cerebro la procese, y regreso a lo que he estado haciendo durante los últimos trece años, acepto lo que papá me da.
—¡Ve lo que has hecho, Edward! —grita papá.
Mi cabeza se mueve de lado a lado sobre el piso mientras él arremete contra mí una y otra vez.
—¡Mataste a tu propia madre!
»¡Nadie sabe cómo mantener la boca cerrada!
»¡Todos son débiles!
»¡Todo está arruinado!
Siento que la vida se está escapando de mí.
Con los ojos cerrados a causa de la hinchazón, me rindo.
Mi último pensamiento es solo sobre lo mucho que lo lamento.
La oscuridad se apodera de mí, y no alcanzo a ver a Emmett viniendo al rescate.
