Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.
Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!
Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.
Blog: h(espacio) t(espacio) t(espacio) p(espacio) s(espacio) : / / caranofiction . wordpress .(espacio) com(espacio) /
Gracias Yani por betear esta historia.
Capítulo 15: Un nuevo comienzo
Canción de Edward en este capítulo: Learn You Inside Out de Lifehouse
Canción de Bella en este capítulo: Over You de Daughtry
EPOV
Después de que Emmett y yo terminamos de desempacar todo en la cabaña, agarro dos cervezas y mis cigarros antes de unirme a él afuera en el pórtico. Está heladísimo, así que me aseguro de llevar también mi chaqueta. Taz, un labrador negro de seis años que adopté hace unos cuantos meses, me sigue hacia afuera.
—Ten. —Le entrego una de las Heineken a Em y me siento a su lado—. Carajo, se siente bien haber terminado todo.
Ya que Emmett tiene miedo de volar, se fue de Washington unos días antes y manejó hasta Sterling con mi nueva Range Rover, un auto empacado con todas mis mierdas. Y con Taz, obviamente. Le había preguntado a Em cómo iba a regresar a casa, pero no me dio una respuesta. Sé por qué, pero de todas formas sería agradable escucharlo. Alaska es el peor estado en el que él puede estar, ya que se niega a volar, pero supongo que Washington es peor para él justo ahora.
—¿Vas a comprar una pistola o algo así? —pregunta, mirando a los bosques que nos rodean—. Porque, amigo… hay un montón de osos en Alaska, y Taz ladra, pero no muerde. Deberías conseguir una Beretta.
Esbozo una sonrisa y enciendo un cigarrillo.
—No lo tengo permitido —digo con ironía.
Ladea la cabeza hacia mí, confundido.
—Todo es parte de ser un exconvicto —suspiro.
Lo que hice estuvo jodido, pero al menos no asesiné a nadie. Tengo que contar mis bendiciones, ¿cierto? Quiero decir, si ese hombre, Liam, no hubiera matado a papá, tal vez yo lo hubiera hecho. ¿Quién sabe?
Sacudo la cabeza, deshaciéndome de esos pensamientos.
—No tengo permitido llevar un "arma de fuego que se pueda esconder en mi persona". Una mierda así. Pero definitivamente conseguiré un rifle.
Si veo un oso aquí, lo cual probablemente sucederá en algún momento, le dispararé, y luego probablemente me orinaré los pantalones.
—Huh.
A esto le sigue un silencio cómodo, ambos pensamos en nuestro futuro, supongo. Solo puedo hablar por mí, pero estoy muy seguro de que la mente de Emmett está dando vueltas. Después de todo lo que pasó con Rosalie, dudo que Em quiera regresar a Forks en algún momento pronto.
No puedo culparlo.
Washington apesta, y me alegra haberme ido. Ahora Alaska es mi hogar.
Mi cabaña está lejos de ser grande, pero es más de lo que necesito. Tres habitaciones arriba, dos baños —uno en cada piso—, una cocina, una sala, y un cuarto de lavado. Aparte del cuarto de lavado y el baño, la parte de abajo es básicamente un amplio espacio abierto, solo que está seccionado por unos cuantos divisores. Por ejemplo, una barra separa la cocina de la sala en un lado, y en el otro lado hay un pequeño pasillo donde se encuentra la puerta principal.
También hay una choza detrás de la cabaña, que estoy muy seguro de que pronto se convertirá en un taller de carpintería. Ya es hora de que siga mis propios sueños, ¿cierto? Así que… trabajaré con madera.
Nada está escrito en piedra, pero tampoco tengo prisa. No necesito el dinero, y después de… todo… solo quiero llevármelo con calma y vivir en paz. Tal vez pasear por el terreno con Taz o sentarme junto a la maldita chimenea, no sé. Pero no me aburriré en mucho, mucho tiempo. Tengo una cocina llena de comida, bebidas y bocadillos, un gabinete en la sala lleno de películas y juegos de Xbox, y estanterías en mi habitación cargadas de libros.
También tengo a Emmett, un tipo al que he tratado como mierda y he tomado por garantizado en el pasado. Soy un hijo de puta afortunado a quien él perdonó demasiado fácil, pero estoy compensando por lo que he hecho.
Él fue el único que me visitó en prisión. Y después de Año Nuevo, fue conmigo a IKEA en Seattle —porque no sé ni mierda de lo que se necesita para una casa— y eso es justamente lo que Emmett hace. Está ahí para la gente, para problemas pequeños o grandes, y ahora es mi turno de regresarle un poco de eso.
Espero que dejarlo quedarse aquí indefinidamente sea un comienzo, al menos. Porque no debería regresar con Rosalie. Pero esa es solo mi humilde opinión.
—¿Llamaste al tipo de Anchorage? —pregunta Em—. Charlotte lo recomendó mucho.
Exhalo un poco de humo por la nariz y niego con la cabeza.
—No, mi antiguo terapeuta de Seattle me puso en contacto con un tipo en Kenai. Está más cerca. —Anchorage está a poco más de dos horas en carro, pero Kenai está a solo veinte minutos. Y ya que estaré viendo a mi nuevo terapeuta una vez a la semana, preferiría no ir tan lejos.
Cuando empezamos a hablar sobre a dónde me mudaría, Emmett y Charlotte insistieron mucho en Anchorage. Al parecer, Charlotte tiene un tío que vive ahí, pero tardé un tiempo en decidirme por Alaska. Porque tenía la vista puesta en Tennessee. No tenía sentido para mí mudarme tan lejos si mi objetivo final era tener algún tipo de relación con mi hijo. Pero luego el lado realista, y un poco cínico, se hizo cargo. Porque, ¿por qué rayos me dejaría Bella verlo alguna vez?
Podría poner una demanda; podría llevarla a la corte, pero estoy intentando con todas mis fuerzas no ser egoísta. No solo lastimaría a Bella, sino también a Nathan. Además, quiero que él pueda elegir pasar tiempo conmigo. Detestaría verlo molesto solo porque yo estoy ahí.
Así que… tomé el consejo de Emmett y Charlotte, y compré una cabaña en Alaska. Es pacífico y tranquilo, lo cual es justamente lo que quiero, y esa también es la razón por la que elegí no comprar un apartamento o una casa en Anchorage. Quiero estar lejos de la civilización.
—Espera, ¿entonces no tienes otros asuntos en Anchorage? —Frunce el ceño.
También frunzo el ceño, me pregunto qué tiene de especial Anchorage. Aparte de encontrar un lugar para vivir ahí, Charlotte también sugirió dónde podía comprar la jodida despensa, dónde podía conseguir la gasolina más barata para mi auto, dónde podía encontrar un terapeuta, y cuáles vecindarios eran los mejores. Si ella está tan enamorada de Anchorage, tal vez debería dejar Texas y mudarse ahí.
—Está a más de dos horas de distancia —me defiendo, aventando mi cigarrillo fuera del porche. Una pesada capa de nieve cubre el suelo, y escucho el crepitar cuando se apaga el humo. Así de callado está aquí afuera—. ¿Qué carajos tiene de especial esa ciudad, hombre?
Estoy molesto, pero al menos es mejor que la furia. Si esta conversación hubiera sucedido hace cuatro o cinco años, ya le habría golpeado la cabeza. Pero las clases de manejo de la ira funcionan, así que…
—Nada, es que… —Hace una mueca, suspira, resopla y se mueve inquieto en su asiento.
Suelto un suspiro de frustración.
—¿Qué? Escúpelo, Em.
—¡Bien! No creo que sea buena idea que te aísles. —Me frunce el ceño, y mis cejas se alzan—. Apenas tenemos veintidós, con un carajo. Deberíamos estar despreocupados y…
Lo interrumpo alzando una mano.
—Déjame detenerte justo ahí, Emmett. Primero que nada, no me siento de veintidós. —Es malditamente cierto. Después de un año y medio en prisión, definitivamente estoy en forma, si no es que jodidamente musculoso, pero mi cuerpo sigue cansado. Estoy jodidamente exhausto. Esta es la primera vez en mi vida que puedo sentarme y relajarme sin preocuparme sobre nada. Soy yo mismo. Estoy lidiando con mis demonios. Estoy haciendo las mierdas bien, y finalmente puedo respirar apropiadamente. Hay muchas cosas en mi vida que odio; estoy lleno de remordimientos, vergüenza y culpa, pero lo estoy intentando. Y quiero hacerlo alejado de las mierdas que no me importan ni un carajo. Es decir, una vida en la ciudad y gente de mi pasado. No me estoy escondiendo; simplemente se acabó. Estoy harto de todo eso.
Hay días buenos y días malos, y encontrarme en una ciudad grande durante un día malo es buscar problemas. No diría que hay más tentaciones, pero definitivamente sí hay más caminos que podría tomar hacia la destrucción.
»Segundo —exhalo un aliento—, no soy despreocupado.
Soy un jodido manojo de nervios. Sigo luchando con mi pasado, algo que siempre haré, y luego está todo el asunto con Nathan y Bella. Sé que no podré perdonarme por todo lo que he hecho antes de obtener el perdón de Bella. Y es un ciclo vicioso, porque no creo que merezca su perdón.
Y, retrocediendo un poco, no entiendo por qué Emmett está presionando con este asunto. Él siempre ha sido un chico de pueblo, y la razón por la que no fue a la universidad fue porque siempre fue su plan hacerse cargo del restaurante en Forks cuando sus padres se retiraran. Odia las ciudades grandes casi tanto como yo he llegado a odiarlas. Los últimos siete meses —al igual que mi tiempo antes de mi encarcelamiento— estuve viviendo en un condominio en Seattle, y carajo lo detestaba. En fin, si no hubiera sido por lo que Rose hizo, Emmett nunca habría considerado siquiera salir de Forks.
—Lo sé. —Emmett suspira en voz baja—. Pero… —vacila y le lanzo una mirada de advertencia mientras enciendo otro cigarro—. Solo escúchame, amigo. Hay algo en Anchorage…
—¡Con un carajo! —exclamo. ¡Esto tiene que parar! La razón por la que Charlotte fue a Forks fue porque Rosalie pensó que su amiga se pondría de su lado, quería a Charlotte para apoyarla. Cuando resultó que Charlotte no estaba ni con un carajo del lado de Rosalie, sino más bien del lado de Emmett, Charlotte se encargó de convertirse de repente también en mi amiga. Así que, cada fin de semana durante un mes, todo un maldito mes, tuve a Charlotte y Emmett quedándose en mi casa de Seattle. No la necesito ni de mierda como amiga; no la odio, solo no me interesa. Pero ella estaba muy pegadita a Emmett, y cuando le pedí consejos sobre dónde podría comenzar de nuevo, los dos se convirtieron en una fuerza imparable. Anchorage esto, Anchorage aquello. ¡Al carajo con Anchorage!
La verdad, casi era mejor cuando Charlotte me detestaba.
—Has cambiado, Cullen. Me alegra verlo —fue lo único que dijo Charlotte después de pasar su primer fin de semana con Em en mi apartamento. Y después de eso empezó a actuar como si fuera mi amiga.
Como sea.
—¡Bella está en Anchorage! —exclama Emmett.
Giro la cabeza en su dirección con tanta rapidez que temo que se me vaya a caer.
¿Qué dijo?
»Está aquí; en-en Alaska, quiero decir —tartamudea—. Lo descubrí cuando Charlotte… cuando fue a Forks.
Lo miro, incrédulo, y siento cómo la sangre se escapa de mi cara.
»Charlotte me dijo que no te dijera —sigue, pasándose una mano por su corto cabello—. Pero es mujer, ¿sabes? Tenía esa jodida imagen en su cabeza de que Bella y tú se toparían en Anchorage y vivirían felices para siempre. Y cuando dijiste que te mudarías a Sterling, seguía contando con que encontrarías un terapeuta en la ciudad.
No puedo… no puedo creer esto, carajo.
¿Bella está aquí? ¿En Alaska? ¿Con Nathan?
Espera.
—¿Cómo…? —Trago con fuerza, luego le doy una profunda calada a mi cigarrillo—. ¿Cómo sabe Charlotte todo esto?
Exhala un suspiro y se recarga en la silla.
—Charlotte siempre lo ha sabido, amigo. Ella y su tío fueron los que ayudaron a Bella a salir de Forks. Y parece que ese tío es muy cercano a Bella actualmente. Jasper, creo que ese es su nombre. —Asiente—. Y también la esposa de este tipo Jasper. Todos viven en Anchorage.
Sorprendido, aparto la vista de Emmett y miro hacia la nada frente a mí.
»Primero vivían en Memphis, Cullen. Se mudaron aquí hace como seis meses. Charlotte me contó todo después del primer fin de semana en tu casa de Seattle.
Asiento lentamente, pasmado, asombrado y confundido.
Estoy en el mismo estado que mi hijo. Aproximadamente a dos horas de distancia.
Dos horas.
Luego recuerdo el correo que le envié ayer a Bella, y de repente siento pánico. También me enojo. No tengo idea de si es que siquiera lo leyó, pero si ya lo hizo… entonces tal vez pensará que le estoy mintiendo. Tal vez piensa que sé que está aquí y que mencioné Tennessee en un intento por parecer inocente.
—Debiste habérmelo dicho desde el jodido principio —digo entre dientes, mirando a Emmett de nuevo—. Le envié un email. Ayer, le envié un enorme email sobre querer conocer a Nathan. Dije que suponía que estaba en Tennessee.
Su boca forma el "Oh" antes de decirlo en voz alta.
—Sí. Oh —digo, el sarcasmo tiñe mi voz—. ¡Carajo, Emmett!
—Lo siento —dice, se ve arrepentido—. Si sirve de algo, obviamente Charlotte y yo le diremos la verdad a Bella.
Bufo y pongo los ojos en blanco.
—Por supuesto que lo harán —murmuro. Me estremezco cuando sopla un viento fuerte, y aunque sigo enojado, estoy demasiado enojado para seguir jodiendo con esta mierda. Ha sido un día malditamente largo y necesito dormir. Tal vez mañana le envíe un email a Bella y le explique qué es lo que está pasando. Porque lo último que necesito son más problemas—. Me estoy congelando las pelotas aquí afuera; iré a acostarme. Ya sabes dónde está tu habitación. —Silbo rápidamente para alertar a mi perro—. Vamos, Taz.
~CLO~
Cuando despierto la mañana siguiente, descubro que la cabaña está vacía. No solo la cabaña está vacía sino que, al mirar por la ventana de la sala, noto que tampoco está mi auto en la entrada. Usando nada más que un pantalón de franela, arrastro los pies hacia la cocina, y…
La nota en la mesa de la cocina no me dice en realidad por qué no está la Rover. Solo quién se la llevó. Lo cual era bastante obvio desde un inicio.
Tomaré el carro prestado por unas horas. Taz está conmigo.
—Emmett.
—No me digas, hijo de puta —bostezo, caminando hacia el refrigerador para sacar unos cuantos huevos. Mientras reviso los contenidos del refrigerador, me froto el pecho desnudo y decido que probablemente debería comprar un jodido libro de cocina o algo así. Porque justo ahora puedo comprar despensa como campeón, pero solo sé preparar pasta y omeletes. Sin contar los sándwiches.
Con los huevos crepitando en un sartén y el café preparándose, camino hacia la ventana de la cocina para abrirla y encender mi cigarro de la mañana. El aire fresco que entra se siente jodidamente bien; está fresco y funciona mejor que cualquier alarma.
Veo mi laptop en la barra, y con la conversación de anoche filtrándose en mi mente, la acerco a mí y la enciendo. Tardé tres días en reunir el valor para enviarle al fin el email a Bella, así que dudo que pueda hacerlo justo ahora sin varias palabras de ánimo internas, pero…
—Ah, carajo. —Lo olvidé. No tengo internet aquí. Demonios, apenas tengo señal en el teléfono.
Más tarde, entonces.
Le doy una última calada al cigarrillo, luego lo aviento por la ventana.
Estoy a punto de servirme un poco de café cuando escucho un golpe en la puerta, y ya que todavía no he tomado mi primera taza de café esta mañana, me siento más que un poco irritado.
—¡No tienes que tocar, Emmett, carajo! —grito al agarrar una taza grande. Definitivamente es una de las que Emmett eligió en IKEA, porque a mí no me van los puntitos de colores. Pero esta taza verde claro está cubierta de ellos.
¡Toc, toc!
»¡Argh! —Abandonado mi precioso café, salgo de la cocina dando zancadas, avanzo por el pequeño pasillo, y abro la puerta de golpe.
No me congelo en mi sitio por el clima helado.
No, me congelo porque es Bella.
Jódanme.
Agrando los ojos; incluso contengo mi jodida respiración.
Ella creció.
Usando unos jeans ajustadísimos, una apretada sudadera, un gorro y botas de invierno, ella… ella, ella se ve jodidamente preciosa. Incluso más de lo que era antes.
Expulso el aliento que he estado conteniendo y miro su cara, sus ojos están tan abiertos como los míos, sus mejillas están sonrojadas a causa del frío, sus gruesos labios un poco abiertos… Cristo, ¿era así de hermosa antes? De ninguna forma. Quiero decir… Bella siempre ha estado jodidamente buena. Pero es… mayor ahora. Más mujer… algo así. Ya no tiene diecisiete. Noto que su cabello está más largo. Realmente largo. Y algo ondulado. Y esas curvas… maldición.
—Tinks.
Sale como un suave aliento. De alivio. Solo que tan pronto como pronuncio su nombre, me veo regresado de golpe a la realidad, la realidad donde ella me detesta y tiene todo el derecho de hacerlo. ¿Cómo carajos pude destruirla? Dios, fui un maldito monstruo.
Mirándola de nuevo a los ojos, noto que los suyos están pegados a mis costillas, y de repente me siento todavía más nervioso. No tengo idea de cómo está interpretando la tinta que tengo ahí.
Pero lo descubro cuando su mirada sube de golpe a la mía y veo la furia.
Mierda, mierda, mierda.
Da un paso rápido hacia enfrente y me da una cachetada, volteándome la cara a un lado, e incluso antes de que el shock se pose sobre mí, alza la rodilla y me golpea en la entrepierna. El agudo dolor se dispara a través de mí, dejándome sin aliento y aturdido, y termino en el piso con ambas manos cubriéndome las pelotas.
—Cristo —digo sin aliento. Me pongo en posición fetal y gimoteo a causa del maldito dolor—. Golpeas muy jodidamente fuerte, Tinks.
—Carajo, no me llames así —escupe y pasa sobre mí para entrar a la cabaña—. Por cierto, hola. Cabrón.
Entra, Tinks. Ponte cómoda.
Oh, dulce Jesús, gimo internamente. O tal vez no fue tan internamente para nada. Poniéndome de espaldas, arrugo la cara, esperando con muy poca paciencia a que el dolor en mis pelotas disminuya.
.
.
BPOV
Ya que Riley es piloto —y no es como que sea lo suficientemente cercana a él para conocer su horario— evito el aeropuerto. En lugar de eso, elijo manejar. Manejo las dos horas y veinte minutos que se necesitan para ir de Anchorage a Sterling. Durante todo el trayecto las palabras de Charlotte se repiten sin parar en mi cabeza. Dios, esa maldita llamada de ayer…
—Él ha cambiado, Bella.
Ya veremos.
—¿Recuerdas hace unos meses cuando dijiste que estabas preocupada sobre que Nathan no tenía un papá? Bueno, pues en realidad sí lo tiene, y no creo que Cullen lo vaya a joder.
Hay una diferencia entre padre y papá.
—Lo estudié como si fuera un maldito proyecto de ciencia, confía en mí. No es el bravucón que solíamos conocer.
No te corresponde a ti juzgarlo, Charlotte. No tenías derecho.
—¿Las dos fotos de Nate? Las tiene en todas partes. En su refrigerador, en su cartera, en portarretratos en su sala y en el pasillo.
Eso solo me hace enojar. Si ama tanto a Nathan…
—Ha estado en clases de manejo de ira; Emmett me lo dijo. También en terapia. Sigue asistiendo.
¿Y qué? Necesito ver las pruebas por mí misma.
—Dale una oportunidad, cariño.
Uh-oh…
Sacudo la cabeza y agarro el volante con más fuerza.
Piso el acelerador.
Sigo el GPS.
Los últimos cuatro años he trabajado con mujeres que son víctimas de violencia y eso me ha dado toda una nueva perspectiva. Aunque siempre supe que Edward estaba sufriendo, física y de otras formas, era demasiado joven e inexperta para comprender en realidad lo que estaba viviendo. Pero ahora… ahora lo sé. Sé que es el producto del abuso y la negligencia de sus padres. Sé que estaba desesperado por guardarse su dolor para sí mismo, por mantener toda su vida como secreto. Y fui yo quien quiso ayudarlo al llevarlo a las autoridades. Gran error. Aun así, ¿qué se supone que tenía que hacer? Siendo una extraña, eso era todo lo que podía hacer. Sin embargo, he aprendido que las víctimas de esta clase no buscan ayuda hasta que están listos para eso.
Años de terapia y de trabajar me han ayudado a lidiar con todo esto. He llegado a un acuerdo con el razonamiento y las acciones de Edward, pero eso no significa que todo está bien. Por supuesto que no lo está. Todavía odio a ese hombre por lo cruel que fue. Soy humana; no puedo controlar lo que siento todo el tiempo. Sin importar lo que esté bien o mal, él me lastimó cuando me encontraba tan jodidamente vulnerable y lo hizo de forma pública y cruelmente.
Puedo lidiar con eso, puedo avanzar, puedo empujar hacia adelante, pero no puedo olvidar y perdonar nomás así.
Lo que me enoja ahora es que —egoístamente— Cullen me está jodiendo mi alegría, y… que él representa una amenaza para Nathan. Por todo lo que sé, Edward sigue siendo el desastre que solía conocer. Y no importa el pasado que tiene. No puede esconderse detrás de eso; su pasado le da una razón y, admito, algo de clemencia, pero que me jodan si es que eso le da una excusa para hacer lo que quiera.
Y juro por Dios… si empieza a actuar inmediatamente como si Nathan fuera todo su puto mundo, le patearé el trasero. Porque él no sabe ni mierda, y no le importó lo suficiente para contactarme antes. Tal vez no ha estado listo hasta ahora, pero no me importa un carajo. Pudo haber enviado un simple email para decirme que todavía no estaba en un buen lugar en su vida, que no estaba listo, o… algo. Pero no, en lugar de eso, lo ignoró todo por completo. Me hizo creer que no quería a Nate, que no le importaba.
Esa es principalmente la razón de por qué odio a Edward.
Odio el odio, pero Edward Anthony Cullen me la pone muy fácil. Al mismo tiempo, sigo batallando con la dicotomía. Una parte de mí muchas veces me dice que Edward no era nada más que un niño roto —lo cual es muy cierto— y otra parte me dice que me rendí muy rápido, que me fui muy pronto. Pero luego… una chica tiene sus límites. Estaba lidiando con demasiadas cosas al mismo tiempo: la muerte de mis padres, la traición de Alec, la humillación pública de Irina, haber dejado Phoenix, los confusos sentimientos que tenía por Edward, sus jodidos padres, y luego enterarme de que estaba embarazada.
Lo que Edward me hizo en la escuela fue la última cosa con la que podía lidiar. Corrección: no pude lidiar con eso. El vaso proverbial se derramó y escapé.
Me veo sacada de mi conflicto interno cuando la señorita del GPS me dice que gire a la derecha, y pronto termino en una estrecha carretera que lleva a lo más profundo del bosque.
Respiro profundamente.
Mi SUV negra me acerca más y más.
Actuaré de forma civilizada, seré amable, esto es por Nate, no se trata de mí, apartaré mis sentimientos personales.
Y luego me estaciono frente a una cabaña de dos pisos en medio de la nada.
—Antes de perder el valor —murmuro para mí y agarro mi gorro del asiento del copiloto. Me paso una mano por el cabello para ponerme el gorro, me siento un poco irritada de haber salido de mi apartamento sin una chaqueta. Me desperté cerca de las siete de la mañana, llevé a Nate con Jada, que deja a Olivia y Nate en el preescolar cuando me toca trabajar temprano, pero en lugar de manejar hacia el trabajo, donde obviamente no necesito chaqueta, tomé la primera salida de Anchorage. Luego cuando pasé Girdwood, llamé a Mary y dije que no podría ir. Por último le envié un mensaje a Charlotte diciéndole que tomaría su consejo y contactaría a Cullen.
Y ahora aquí estoy.
Exhalo y me bajo del carro, mis botas hacen sonidos de crujido contra la nieve mientras camino hacia la cabaña.
Después de tocar una vez la puerta, escucho:
—¡No tienes que tocar, Emmett, carajo! —Que proviene de adentro y me río sombríamente.
Emmett, ese jodido metiche. Charlotte y él recibirán un gran regaño tarde o temprano. Ayer estaba demasiado sorprendida para desquitarme con Charlotte.
Toco dos veces más, esta vez más fuerte.
Mi estómago hace una pirueta cuando escucho las pisadas al otro lado de la puerta.
Aquí vamos. Jesucristo.
La puerta se abre de golpe y de repente me encuentro cara a cara con mi pesadilla. Una pesadilla que se ha convertido en un hombre muy musculoso en los últimos cuatro años —santa mierda—, pero la pregunta es si también se ha convertido en un verdadero hombre por dentro. Porque eso es lo que importa. Aunque, en realidad…
¿Acaso no tiene una camiseta?
Sin mi permiso, mis ojos vagan libremente, comenzando con su cara. Se ve mayor, mucho mayor, y la mandíbula bien afeitada a la que estaba acostumbrada ha sido reemplazada con una mandíbula que tiene una incipiente barba. Su cabello sigue siendo un desastre, pero ahora está más corto. Sus ojos… sus ojos brillan con el peso que carga en los hombros, pero también hay algo más. Un resplandor que nunca antes había visto.
Sus musculosos brazos son los que siguen. Luego su torso. Maldita sea. Hace ejercicio. Pero entrecierro mis ojos hacia el tatuaje en sus costillas. No puedo creerlo, carajo. Tiene tatuado ahí la silueta de tres personajes. Peter Pan, Tinkerbell y uno de los hermanos Darling, el niño más pequeño. Es obvio que representa a Nathan. Último, pero no menos importante, una frase de Peter Pan: "Vivir sería una gran aventura".
La furia surge a través de mí.
¿Cómo se atreve?
No somos una jodida familia feliz, y este no es un maldito cuento de hadas.
Si Nate significa tanto para él que le dedicó un tatuaje en su honor… ¿por qué carajos Edward no pudo hacerme saber que al menos le importaba? Incluso a la distancia. Incluso si era para decir que no estaba listo para estar físicamente cerca. Incluso si… ah, como sea. No necesito pensar otra vez en esto.
Soy un ser humano decente; no habría descartado un mensaje de Edward. Tampoco le he hecho creer nunca que lo haría. Estoy aquí por Nate. Mis decisiones se basan en lo que es mejor para él, y si Edward de verdad piensa que no le habría permitido tener una relación con mi hijo…
—Tinks.
Alzo la cabeza de golpe; de repente, no hay ninguna forma en la que pueda "ser civilizada".
Avanzando un paso rápido, le doy la cachetada más fuerte de todas, y luego le doy un rodillazo en las pelotas.
Termina en el piso, tiene el dolor grabado en sus facciones.
Se me atora el corazón en la garganta. Mi pecho se agita. Mis ojos se cierran, luego se abren.
—Cristo —dice sin aliento, poniéndose en posición fetal—. Golpeas jodidamente fuerte, Tinks.
No. No puede. Ya no soy Tinks.
—Carajo, no me llames así —escupo. Lo fulmino con la mirada al cruzar sobre su cuerpo y entrar a la cabaña—. Por cierto, hola. Cabrón.
Jesús.
Lo golpeé. Ese no era el plan. ¿Qué tan estúpida soy?
—Estúpida, estúpida, estúpida —susurro temblorosamente. Una mirada a la derecha me indica donde está la cocina, así que voy ahí, abro el refrigerador y encuentro una bolsa de guisantes congelados. Eso servirá. Luego regreso al pequeño pasillo y dejo caer la bolsa en las manos con las que se tapa la entrepierna.
—Lo siento —digo bruscamente, quitándome las botas—. Sé que no debo usar la violencia, pero eres un jodido idiota.
~CLO~
Unos minutos después, Edward me ha guiado incómodamente hacia la sala, donde nos sentamos en el sofá, él en una esquina y yo en la otra. De camino aquí también se puso una sudadera.
—Um… ¿puedo ofrecerte algo? —pregunta, inseguro—. Tengo, uh, café, y… ¡mierda! Dame un minuto, tengo que apagar la estufa. —Diciendo eso, sale de la sala, una de sus manos sigue sosteniendo los guisantes congelados sobre sus pelotas. Hace una mueca cuando camina demasiado rápido, así que avanza más lento.
Suspiro, nerviosa y ansiosa y enojada y en conflicto y… podría seguir sin parar.
Pero estoy aquí. Eso es algo, ¿cierto? Es un comienzo.
