Hola lectores, yo aquí de nuevo con una historia que empecé hacia poco más de tres meses, si soy honesta me debatía en seguirla, pues Cambia un poco la relación habitual de nuestra pareja preferida. Pero decidí darle la oportunidad de salir. Espero que sea de su agrado y mantenga su atención hasta el final. Saludos y bienestar en sus hogares. Con cariño su servidora. JillValentine. xx.
Capitulo 1.
Londres. Diez de Abril de 1980.
Acomodó el nudo de su corbata azul de seda. Había comprado recientemente un apartamento lujoso cerca de la ciudad londinense. Esa noche de verano, asistiría a la apertura del nuevo hotel Love Seasons, y la crema y nata de la sociedad se había dado cita para la celebración de la cadena hotelera en la península de Londres, del empresario Richard GrandChester. Él no tenía que ver con esa gente en particular y por supuesto no era socio del majestuoso hotel, Aún que él pertenecía al círculo más exquisito de América, en realidad era muy diferente. Acostumbraba a moverse en otros círculos menos suntuosos, apesar de que su fortuna sobre pasaba la de muchos de los tipos que estarían esa noche en la inaguración. En está ocasión Terrence estaba preparando un nuevo contrato de varios billones de dólares. Iba a iniciar una cadena de barcos mercantes. Su presencia en el evento no tenía nada que ver con sus negocios, Terrence estaba cumpliendo la petición que su madre le había hecho prometer antes de morir. Aunque había dejado pasar cinco años para cumplirla. Cuando Terrence llegó al dichoso evento, era conciente de qué estaba allí con un único propósito. Sabía de muy buena fuente que el reconocido empresario Richard GrandChester asistiría a la ceremonia de apertura del "Love Seasons" acompañado de su familia.. En el bolsillo interno de su chaqueta guardaba la carta que su madre le entregase poco antes de morir, hacia cinco años. No había leído el contenido, pero él sabía que lo que había escrito en ese papel explicaba por fin los años de silencio y las preguntas que nunca encontraron respuestas. Y ahora estaba allí, dispuesto a enfrentarse al hombre que le había dado la vida y que jamás supo de su existencia. Duránte cinco años se debatía entre ir con él hombre que desconocía que tenía un hijo, o olvidarse completamente de que tenía un padre. Pero la promesa a su madre, Eleonor que le entregaría su carta lo hizo tener conciencia. Su presencia llamo la atención de inmediato. Terrence era considerado uno de los solteros más codiciados de su círculo, por supuesto ese círculo estaba en el continente Americano. El no llevaba el apellido GrandChester, sino el de su madre. Con un metro noventa de estatura, y un impactante físico que llevaba con grácil elegancia, Terrence llamaba la atención sin proponérselo. El rostro era el primer punto de atracción, pero no lograba opacar el aura salvaje que parecía estar cautiva y contenida en el fulgor de esos ojos azules inteligentes e intensos. Solo bastaba una mirada, para absorber las impresiones de un entorno con rapidez. No solo eso, sino que poseía una elegancia animal para caminar. Sus pasos no pasaban desapercibidos, porque su sola presencia desprendía un aura animal capaz de atraer la atención sin proponérselo.
Las voces a sus espaldas lo abstrajo de sus pensamientos. Cuando se volteó, descubrió que una pareja joven discutía cerca de los ascensores. La muchacha, de cabello rubio en bucles y una figura esbelta y de curvas envuelta en un vestido negro, parecía estar furiosa. Lo comprobó en el preciso instante en el cual su interlocutor intentó sujetarla del hombro y recibió un empujón. Tras ese arrebato, la joven se alejó, sin mirarlo cuando paso junto a él, dejó una estela de perfume que rápidamente le embriagó los sentidos. Ella no se detuvo, ni se giro apesar de que casi chocó con él, pero Terrence la siguió con la mirada hasta que desapareció en medio de la gente. Él también comenzó a mezclarse con los demás, esperando el momento oportuno para acercarse a Richard y decirle quién era. Aunque todavía no lo había visto, sabía que Richard era un hombre de estatus social para aorganizar semejante envergadura en este tipo de eventos. En eso eran muy diferentes. Solo era cuestión de paciencia. Un camarero le ofreció una copa de champagne y bebió solo un poco para mojarse los labios. Sus ojos zafiros barrieron el salón principal en busca de su objetivo. El lujo y el buen gusto de la decoración se reflejaba por cada rincón, las arañas de alabastro, la boiserie importada y las escaleras de mármol. Un grupo de caballeros llamó su atención. Cuando se aproximó a ellos reconoció a Richard GrandChester de inmediato. Estaba conversando con hombre de bigotes y pronunciada melena oscura que no dejaba de gesticular su edad avanzada.
—Un allegado a la familia me ha asegurado que la salud del ministro exterior John Sáenz se deteriora día a día —anunció con un gesto de preocupación su acompañante—. Marcos Hilton tiene un par de meses que esta ocupando el cargo de ministro exterior, y ya ha reorganizado todo el gabinete.
—Este asunto me da muy mala espina…
Terrence no prestaba detalle de lo que hablaban. Pero sabía que en Londres, hacía tiempo que circulaba el rumor de que el ministro exterior estaba tan enfermo, por culpa de una enfermedad que contrajera durante la Guerra del Pacífico, que se había instalado a vivir en la Casa de Gobierno.
Cuando finalmente Richard GrandChester se despidió de su acompañante, Terrence entregó su copa vacía a uno de los camareros y se dispuso a seguirlo. Richard había salido al balcón para fumarse un puro. No había nadie cerca. Era ahora o nunca. Se aproximó despacio y carraspeó para anunciar su presencia.
—Buenas noches, señor GrandChester. —Le tendió la mano, pero quedó suspendida en el aire.
—Buenas noches, joven. ¿Nos conocemos? —preguntó Richard, mirándolo de arriba abajo con desconfianza, aunque se quedó atrapado en la mirada azul zafiro de Terrence.
—No, señor, no me conoce, sin embargo, yo si se quién es. —Dijo al mismo tiempo que del bolsillo de su chaqué sacó una carta aún sellada—. Cuando mi madre murió me pidió que lo buscase para entregarle esto. Richard continuaba observando a Terrence sin bajar la guardia..
—¿Tu madre? ¿Y quién diablos era tu madre? —le espetó, tocándose el mentón.
—Elionor Becker. El rostro de Ruchard GrandChester palideció y el humo del puro se quedó atrapado en su garganta. Lo arrojó al suelo antes de que la tos doblara su cuerpo en dos. Se aferró a la balaustrada para tratar de tomar aire. Aflojar el moño que llevaba sobre el esmoquin en su cuello no le sirvió de nada. Terrence tomado por sorpresa, no supo cómo reaccionar. ¿Y si se moría ? Mientras se debatía respecto de lo que debía hacer, unas personas se acercaron al balcón y se encargaron de asistirlo. Cuando pasó el susto, reconoció a la muchacha del cabello rubio y el perfume embriagador. Ella le lanzó una mirada acusatoria. Sin embargo el quedó hechizado por el color verde brillante de sus ojos
—¿Quién es usted? ¿Qué le ha hecho a mi marido? Terrence miró al hombre con el que la había visto discutir que también se encontraba allí, del brazo de otra mujer.
—¡Será mejor que responda! ¿Por qué se ha puesto así mi suegro?
¿Mi marido? ¿Mi suegro? Entonces…
Terrence experimento una rabia de celos y de asco al mismo tiempo.
—¿Por qué se queda callado? —inquirió la Rubia, interrumpiendo sus pensamientos.
—Me llamo Terrence Becker y me acerqué a Richard GrandChester solamente para hablar con él —Dijo Terrence mirando a Richard, después miró a Candice y notó la expresión de ella preocupada. . Para Terrence nada en su vida había sido concebido como un deseo inalcanzable. Pero esa noche sintió el amargo sabor de no tenerlo. Mientras regresaba la carta a su bolsillo dijo; —. Dadas las circunstancias, creo que lo más conveniente es que me marche. Estaba por hacerlo cuando Richard GrandChester tomó la palabra.
—Venga mañana a la tarde a mi casa… y hablaremos.
—Richard, ¿estás seguro?
—Sí, mi querida Candice. Ya estoy bien, no hay de qué preocuparse —le dio unos golpecitos en la mano a su joven y hermosa esposa para calmarla, luego posó sus ojos envejecidos en Terrence—. Lo espero a las cinco. Sea puntual, por favor. Tiene donde apuntar mi …
—Sé dónde vive, señor GrandChester. Nos vemos mañana. —Dijo interrumpiendo y se fue sin despedirse de los demás, y antes de abandonar el sitio se volteó por última vez hacia el balcón. Sus ojos Zafiros se encontraron con los de la esposa de su padre. A Terrence le bastó sostenerle la mirada durante unos pocos segundos para saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Candice White de GrandChester no podía conciliar el sueño. Daba vueltas dentro de su habitación mientras que con un abanico intentaba que le entrase más aire a los pulmones. El la mesita de noche reposaba una taza de té de tila, pero ni siquiera lo había probado. La constante tensión a la que era sometía el marido de la hija mayor de Richard y sus avances de acoso le provocaba un nudo en el estómago. Esa noche, sin dudas, había sobrepasado todos los límites al abordarla en medio de la inauguración, con su esposa y Richard tan cerca. Candice no quería imaginarse la reacción de Zuleima si descubría que ese marido al que tenía en un pedestal vivía acosando a su joven madrastra prácticamente desde el mismo día en que puso un pie en la mansión tras casarse con su padre. Muchas veces se cuestionaba si haber aceptado la propuesta matrimonial de Richard GrandChester, no había sido un error… Un terrible error que estaba condenada a pagar, padeciendo el asedio de su despreciable yerno. Los años de amistad, cariño y la preocupación que sentía su padre por Richard la habían empujado a tomar la decisión de casarse. Cuando Richard GrandChester le prometió que la cuidaría y que jamás le exigiría que cumpliera con sus deberes maritales. Habían hecho un pacto la noche en la cual se anunció el compromiso: Candice sería una esposa afectuosa a la que llevar del brazo en cualquier evento social, y a cambio ella tendría mucho más lujos de los que estaba acostumbrada cuando su padre aún vivía. Candice aceptó, pero no por la comodidad, ni el poder que le daba ser la esposa de Richard GrandChester, sino por su padre y el cariño que ambos le tenían a Richard. Candice no podía quejarse, por qué Richard era un hombre de palabra y que la trataba con mucho respeto. Richard tenía dos hijas fruto de su anterior matrimonio, Candice nunca imagino el problema que sería tratar de llevar una buena amistad con ellas, solo consiguió llevarse bien con Melinda, la hija menor de Richard. Lo único que Richard le pidió, sobre todo, fue su compañía, amistad y su fidelidad. Se tenían un gran cariño, ya que él la había visto crecer, y fue precisamente ese sentimiento de confianza el que llevo a Candice a decidir ser la esposa con un hombre que le llevaba más de treinta años. Candice se metió en la cama para ver si conseguía dormir, miró la taza de té que le había traído Jossie antes de retirarse a descansar. En esa enorme casa Candice a veces se asfixiaba, aunque la hija pequeña de Richard se había convertido en una amiga. A pesar de la diferencia de edad, había encontrado en ella a una gran confidente. Cuando no quería preocupar a su esposo con algún problema, era Melinda quien siempre la escuchaba. La relación con Zuleima, su hermana mayor, no era nada buena. A pesar del intento de Candice en acercarse a ella. Zuleima nunca había aceptado que su padre volviera a casarse, mucho menos con ella. Había tratado de tener una buena relación, sobre todo por Richard, pero Zuleima se empeñaba en mantener la distancia. Candice apoyó la cabeza en la almohada y dejó escapar un suspiro. Pensar en Neil Legan le provocaba escalofríos. Él pretendía meterse entre sus sábanas y se lo había dicho. Neil sabía que después de casi dos años casada con su suegro, Candice seguía siendo tan casta y pura como cuando era una niña. Candice no sabía cómo era que Neil se había enterado de algo tan privado, y ella jamás le había dado insinuaciones para que se atreviera a hacerle semejante propuesta de acostarse con él. Le disgustaba sobremanera su presencia y no le parecía un hombre atractivo en ningún sentido. Las única vez que Neil le había logrado robar un beso, solo había sentido asco. Candice para intentar vencer el insomnio, se puso a pensar en lo que había sucedido esa noche durante la inauguración de la cadena hotelera, y el evento al que ella había asistido para acompañar a su esposo y para lograr conseguir más candidatos para la caridad organizado por la Sociedad de Beneficencia en el que ella participaba como representante, como vendedora en el sector de esencias y perfumería. Candice se preguntaba ¿Quién sería el joven que se había acercado a su esposo? ¿Por qué Richard se había puesto tan mal? Ella nunca antes lo había visto, sin embargo, por su reacción, sospechaba que él si lo conocía. Recordaba su mirada de repudio que el le había dado antes de marcharse. Candice reconoció que era un hombre muy atractivo y que le había producido el repentino aleteo en el estómago. Sentia curiosidad de saber más de ese apuesto joven. Se molestó por tener ese tipo de pensamientos. Final mente fespués de tantos interrogantes, se quedó dormida.
Terrence se bajó de su automóvil un Lamborghini plateado que acababa de salir al mercado y caminó por el jardín de la mansión de los GrandChester. Reconoció que quizás se había adelantado, llegaba con diez minutos de antelación porque los nervios no le permitieron esperar, pero sobre todo por verla a ella, impedían enfocarse en otra cosa que no fuera la conversación que tenía pendiente con Richard. La noche anterior, como si fuera un poseso, se había puesto a pintar, eso su pasión que muy pocos conocían. Poco a poco, las pinceladas sobre el lienzo fueron descubriendo el rostro de una mujer. Abandonó todo para irse a dormir cuando se dio cuenta de a quién pertenecía. En la entrada principal el automóvil de la familia, un moderno Mercedes color azulino, estaba estacionado. Se disponía a subir la escalera donde un mayordomo lo esperaba, cuando escuchó que alguien se reía a sus espaldas. Al voltearse se topó con su musa inspiradora y una jovencita, de cabello oscuro castaño como el suyo que lo miraba con curiosidad.
—Buenas tardes —saludó Candice moviendo ligeramente la cabeza. Llevaba un vestido color ceniza mezclado con blanco hasta la rodilla y un chaleco de muselina de seda blanco que le ceñía la esbelta cintura. Un sombrerito negro de terciopelo, adornado con una rosa blanca le cubría la cabeza—. Llega usted antes, señor… No recuerdo su nombre. A Terrence le causó desilusión que no lo recordase cuando él no había dejado de pensar en ella.
—Terrence Becker, señora de GrandChester… ese es mi nombre.
—¿Tiene usted una cita con mi padre, señor Terrence? —preguntó Melinda, presa de la curiosidad. Él supuso que esa jovencita de mejillas pronunciadas y ojos azul celeste era una de las hijas de Richard. A la otra había podido verla la noche anterior durante el incidente en el balcón.
—Así es, señorita. Su padre me está esperando. —Le dio una leve sonrisa, pero mirando de reojo a Candice—. ¿Puedo saber cómo se llama?
—Soy Melinda GrandChester. Señor Becker.
—Puedes decirme Terry, el señor es demasiado formal, ¿no te parece? Melinda, encantada con la idea, aceptó de inmediato. Ni siquiera hizo caso al gesto que le hizo Candice con la mano mientras se dirigían a la casa. Él las seguía de cerca, con los ojos clavados en la culpable de su últimos desvelo nocturno. Tras dejar el saco en el vestíbulo, Candice le pidió que la acompañara hasta el jardín. Melinda se despidió de él y subió corriendo las escaleras. Por una extraña razón a Terrence le causó una buena impresión la chiquilla. ¿Qué diría cuando supiera que él era su medió hermano?
Richard GrandChester abandonó la lectura, se quitó los lentes y lo observó mientras caminaba hacia él, al lado de su esposa. La noche anterior, había bastado que mencionara el nombre de su madre para saber que su sangre corría por las venas del muchacho. Aunque había heredado los ojos de Eleonor, tenían muchos rasgos en común; el mismo cabello que se revela en la frente, la nariz recta y unas cejas bien pobladas. Al ver su andar, también notó cierta similitud entre ellos.
—Buenas tardes, señor GrandChester. —Extendió el brazo y, en cambio, recibió un fuerte apretón de manos.
—Buenas tardes, Terrence. Has llegado temprano, pero eso me agrada. —Richard miró a su esposa—. Candice, ¿podrías pedir que nos sirva el té? Este muchacho y yo tenemos mucho de qué hablar. Candice no quería dejarlo solo y que ocurriera un episodio igual o peor al de la noche anterior. Por eso, hizo lo que su esposo le pidió y regresó a su lado. Ocupó una de las butacas, dispuesta a quedarse allí hasta que el tal Terrence Becker se marchase. Antes de decir cualquier cosa, el misterioso joven le entregó una carta a Richard. Mientras esperaba que él la leyese, la miró a los ojos. Candice no pudo evitar ruborizarse cuando le dedicó una sonrisa o eso le pareció.
—Lamento la muerte de tu madre… Quise mucho a Eleonor, pero la intervención de mis padres provocó que nunca más volviera a verla. —Respiró hondo antes de continuar—. No importa el tiempo que pase, el primer amor nunca se olvida. Elenor y yo nos enamoramos cuando ella entró a trabajar en el teatro. Hacía poco que me había comprometido con la madre de mis hijas, pero eso no nos importó… Tanto Candice como Terrence sintieron el impacto de sus palabras. Ella, porque todavía no sabía lo que era el amor; él, porque era evidente que, a pesar de estar casados, a su padre y a su joven esposa los unía algo más que el amor. ¿Dinero? No había pasión alguna en su manera de mirarse. Se encontró preguntándose qué alguna otra razón que habría tenido una muchacha tan joven y bonita para casarse con un hombre como su padre. Inevitablemente, pensó en la escena que había presenciado la noche anterior. ¿Acaso buscaba en otro hombre lo que Richard no le ofrecía? Imaginársela en brazos de aquel tipo le produjo una extraña sensación que no supo cómo afrontar. Confuso, apartó rápidamente la mirada de la muchacha. —A estas alturas de mi vida no esperaba la aparición de un hijo —confesó Richard, sin poder esconder la emoción que lo embargaba. Notó la sorpresa en el rostro de Candice—. Sin embargo, la carta de tu madre es contundente. Ahora entiendo tantas cosas… sobre todo el silencio de mis padres cuando les preguntaba dónde la habían enviado, por qué la busqué en el teatro, pero me dijeron que había renunciado. —Hizo un ademán con la mano, como si buscase espantar los pensamientos tristes—. Eso ya no importa ahora. No más basta mirarte para saber que llevás mi sangre, muchacho. ¡Sos tan parecido a mí cuando tenía tu edad! Terrence, acostumbrado a ocultar sus emociones detrás de una mirada insondable, no supo qué decir. Después de imaginar tantas veces cómo sería ese momento, la garganta se le había hecho un nudo.
—¿Tu hijo, Richard ? ¿Estás seguro? —preguntó Candice. La desconfianza le permitía intervenir sin dejarse llevar por la conmoción del momento. Veía a su esposo demasiado convencido de su paternidad, y aunque era verdad que el joven se le parecía, tuvo miedo de que todo aquello no fuese más que un engaño. Observó a Terrence mientras intercambiaba algunas palabras con Richard. Lo primero que llamó su atención fue el color de sus ojos, pero hay no encontró nada, eso ya lo había notado el día anterior, sin embargo no pudo evitar volverlos a mirar, , los pómulos y los hoyuelos que se le formaban a un lado de la boca cuando parecía sonreír. Viéndolo bien, hasta guardaba cierta similitud con sus supuestas hermanas. Tenía el cabello rebelde de Melina y la misma hostilidad en la que Zuleima. Era un hombre sumamente atractivo. La carcajada que soltó su esposo la sacó de su escrutinio.
—¡Nunca imaginé que tendría un hijo que además le gustaba el arte! ¿Has oído, querida? Terrence es uno de los hombres más ricos de Nueva York y le apasiona pintar.—Tras dedicarle una fugaz mirada a su esposa, Richard regreso toda su atención a Terrence—. ¿Cuál es tu especialidad? Terrence también miró a Candice durante un instante por qué le era imposible no hacerlo, y tubo el placer antes de responder de ver qué ella se ruborizaba. —Pinto cualquier cosa, objetó, paisaje, pero es retratos mi fuerte. Manejo una galería, donde los artistas que son rechazados quieren exponer sus obras. Allí tengo a mi socio con el que monte una gran amistad, Anthony Andley, un joven pintor que aprendido mucho y da clases en la Academia Nacional de Bellas Artes. —Hizo un cambio de postura, atrayendo la mirada de Candice—. La pasión que mi madre tenía por el arte, se ha transformado en la mia, es por ella es que decidí pintar... Creo que nunca podré desprenderme de esa pasión que me ha hecho feliz. Las finanzas son lo que me ha dado la vida que ahora tengo. Pronto tendré una cadena de barcos mercantes. Richard asintió orgulloso. El té que había traído la empleada se enfriaba sobre la mesita del centro. Estaban tan entusiasmados con la conversación que se habían olvidado del té. Solamente Candice lo bebía, escudándose detrás de su taza para contemplar a Terrence con disimulo. Casi se atraganta cuando Richard propuso que ella se convirtiera en su futura modelo.
Abrió los ojos como platos cuando dijo que quería colgar un retrato suyo en uno de los muros del salón.
—¿Me complacerías, querida? Quizás estoy arruinando la sorpresa, pero me gustaría mucho que Terrence te hiciera un retrato como regalo de tu próximo cumpleaños. —Sin esperar una respuesta, se dirigió a su hijo—. ¿Crees que sería posible tenerlo listo para esa fecha? Candice cumple veintidós años en mayo. Planeo organizar una gran recepción y alardear de la belleza de mi esposa mostrándoles el cuadro a los invitados, y que además pintó mi hijo. Se me ocurre que incluso podríamos anunciarle a todo el mundo de mi nueva paternidad. Hablaré con mi abogado… quiero que tengas mi apellido, muchacho.
Terrence realmente no lo estaba oyendo. Se había sorprendido al oír la edad de Candice. Sin dudas, la delicadeza y elegancia a la hora de vestirse, o moverse y el refinamiento de sus modales la hacían lucir mayor de lo que en realidad era.
Continuará..
