Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.
Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!
Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.
Blog: h(espacio) t(espacio) t(espacio) p(espacio) s(espacio) : / / caranofiction . wordpress .(espacio) com(espacio) /
Gracias Yani por betear esta historia.
Capítulo 18: Una rutina nueva
Canción del capítulo: Who You Are de Jessie J
BPOV
Me dejo caer sobre el sofá en la oficina que compartimos Jasper y yo, exhausta, acabo de terminar de contarle a Lisa todo lo que pasó ayer con Edward. Tiendo a caminar mucho cuando tengo muchas cosas en la mente, y Lisa siempre me deja sacarlo todo antes de repasar todo otra vez, pero más detalladamente.
—Soy un desastre —termino con un suspiro.
Lisa sonríe con ironía.
—No eres un desastre, Bella. Y lo sabes. Ayer pasaron muchas cosas; no es de extrañar que te sientas en conflicto. —Mi única respuesta es hundirme más en el sofá—. Ahora, regresemos al principio. Me dijiste que te sentías furiosa cuando llegaste.
Asiento con cansancio.
—Creo que estaba en shock, no sé. Fue demasiado para asimilar. ¿Cuatro años de dolor explotaron? Tal vez. —No tengo ni idea. Aunque me he sentido enojada y he expresado el odio que siento hacia Edward, no he andado por ahí los últimos cuatro años enojada con el mundo. A pesar de eso, queda claro que no he dejado atrás la mierda que creí haber superado—. El resentimiento ha estado ahí durante años, pero la forma en que exploté… —Frunzo el ceño y bajo la vista a mis manos sobre mi regazo—. Fue como si viera todo rojo. Era más odio del que había sentido antes.
—¿Por el tatuaje?
—Eso también. —Asiento—. Lo sentí como una cachetada. Estamos exhibidos como una familia de cuento de Disney en sus costillas, pero todo este tiempo… creí que a él no le importaba ni una mierda. Y marcar su cuerpo con… conmigo… ¿después de la mierda que me hizo? Sí, eso dolió. No soy la persona que una vez fui, y ver eso; Tinkerbell tatuada en él… ugh, ¿soy muy rara por estar enojada? —Me llevo las palmas a la cara y miro a Lisa entre mis dedos.
—Definitivamente no. —Sacude la cabeza en negativa y anota algo en su libreta—. Contactaste a Edward después del nacimiento de Nate, y él te ignoró cuando fuiste a Seattle al juicio. Hemos hablado de esto: es completamente comprensible que te sientas dolida y enojada. No importa qué tan dolido estaba él. El que haya pasado por algo horrible no significa que lo que te hizo estuvo bien. Un dolor no quita el otro. Los humanos somos criaturas de hábitos, y romper ese patrón es muy difícil. Un email de él no te ayudará a ver que ha cambiado. —Asiento con ella, mostrándome de acuerdo—. Así que, cuando lo viste ayer, obviamente viste todavía al Edward al que estabas acostumbrada. No viste cambio ni redención; también es comprensible. Verás el cambio con el tiempo; no puedes leer su mente. No puedes verlo de inmediato. Pero lo que sucedió después… —Me mira con intención.
—Lo sé —murmuro, sigo enojada conmigo. Decepcionada—. Le pegué y le di un rodillazo.
—Sí, y eso no fue inteligente. Aunque me alegra que te hayas disculpado, pero eso es algo que probablemente Edward y tú deban hablar más en el futuro. Porque te dijo que se lo merecía, ¿no?
—Sí… —suspiro—. Le dije que estaba equivocado; que nadie merece eso.
Especialmente él, añado por dentro.
—Eso es bueno. Bien… luego dijiste que te sentiste más tranquila, después de entrar a la cabaña.
Con un lento asentimiento, recuerdo cómo fue que la mayor parte de mi enojo se desvaneció con mucha rapidez, algo que en realidad no entiendo.
—Dijiste… —Me muevo en mi asiento, vacilante—. Dijiste que no podría ver el cambio de inmediato, pero… —Vuelvo a bajar la vista—. Creo que sí lo vi, algo, de inmediato. —Fue como si Edward hubiera quedado despejado de todo; no tenía ninguna armadura a su alrededor. Ninguna pared que atravesar—. Fue tan… honesto. —En el pasado, era casi imposible leerlo. Se escondía muy bien. Pero ayer… tan puro con sus emociones…—. Estaba nervioso y, y… ¿expuesto? No sé, pero así se sintió.
—¿Y eso te hizo relajarte?
Mi ceño se frunce. Relajarme. Supongo que podría usar esa palabra.
—Un poco, quizás. Pero también me sentí en conflicto, más que antes. No esperaba que fuera tan maduro.
—Te tomó por sorpresa —dice y asiento—. ¿Te llenaste de dudas o fue un alivio ver esos cambios en él?
Me muerdo el labio, pensando en eso. No puedo recordar sentir ninguna clase de duda. Espera. Recuerdo sentirme escéptica cuando dijo que no se había hecho adicto a la heroína, aunque sí aclaramos eso.
—¿Debí haber dudado de él? —pregunto, la preocupación se filtra en mí.
¿Tal vez le estoy dando demasiado crédito?
¿O no le estoy dando el suficiente?
—Cualquier opción estaría bien —me dice Lisa—. Es prudente de tu parte ser cuidadosa y tener cautela, pero si no dudas de él; si aceptas el cambio que has visto, estarás más abierta a darle una oportunidad.
Eso suena… lógico.
—Creo-creo que dudo de él en general, pero confío en lo que vi. Si es que eso tiene sentido.
—Por supuesto que sí. —Sonríe—. No puedes saber lo que aún no has visto, y a juzgar por el pasado, él tiene mucho que demostrar. Pero es algo muy bueno que estés dispuesta a darle una oportunidad. Y aquí es donde entra tu entendimiento. Dijiste que entendías las razones tras sus acciones.
—Instinto de supervivencia —digo, asintiendo—. Me veía como una amenaza de la que sentía que tenía que deshacerse. —Algo que hizo; con dureza. Pero sí, lo entiendo y lo acepto. Aun así, no hay perdón de mi parte. Espero que se dé con el tiempo, aunque todavía falta mucho para eso en este momento—. Edward no es… —exhalo un suspiro—. No es malo, como persona, pero lo que hizo…
—Fue malo —termina—. Y es grandioso que puedas ver la diferencia. No todos pueden.
Me encojo de hombros. Incluso en aquel entonces, cuando teníamos diecisiete, vi la vulnerabilidad y la bondad en él. En pocas ocasiones, pero… logré agrietar su caparazón una o dos veces. Recuerdo lo necesitado que estaba de cariño, lo mimoso que era cuando… cuando estábamos juntos. En la escuela también era territorial y posesivo. Me quería para sí mismo.
—¿Cómo te fue al mostrarle las fotos de Nathan?
Mis mejillas se calientan, y solo hay una palabra que se me viene a la mente.
—Fue gratificante.
Ladea la cabeza.
—¿Cómo?
—Porque lo entendió —susurro—. Podía sentir que finalmente había conocido a alguien que entendía lo mucho que amo a Nate. También pude verlo en Edward.
Jasper y Jada adoran a Nate. Mi hijo es nuestro bromista. Hace reír a la gente y los hace sentir bien. Pero mientras analizaba a Edward, mientras él veía las fotos, me sentí ligera de otra forma. Fue como… aquí está un hombre que lo ve. Aquí está un hombre que ve lo precioso que es Nate.
—¿Te refieres a la forma en que usualmente solo un padre puede ver? —cuestiona Lisa.
Abro la boca para hablar, pero no salen palabras.
Padre.
Eso es Edward. Es el padre de Nate. Creo que todavía no comprendo eso, aunque pensando en cómo se sintió al verlo no poder encontrar una palabra para describir a Nathan, así fue exactamente como lo vi, como el padre de mi hijo.
Mierda, ¿es demasiado pronto?
¿Me estoy adelantando?
—Puedo verte retrocediendo, Bella —observa—. No lo hagas.
La miro, necesito consejos.
Ella sigue hablando, me sonríe con gentileza.
—Por lo que puedo notar, pareces haber separado a Edward del padre de Nathan. —Frunzo el ceño, confundida—. No estás lista para hablar sobre Edward, me refiero a tu opinión sobre él.
Niego rápidamente con la cabeza.
—De ninguna forma. Cuando empezó a disculparse, entré en pánico. También me sentí enojada. —Tan jodidamente enojada.
—Y eso es comprensible —me dice—. Puedo repetir esto miles de veces: él te lastimó, Bella. Sin importar qué tan difícil fuera su vida, te lastimó. Pero… ¿ves a lo que me refiero? Cuando hablas sobre Edward como el papá de Nate, estás calmada y abierta. Es cuando mencionamos a Edward como el chico al que intentaste ayudar que te cierras a tu alrededor.
Y lo entiendo.
Pasamos otra hora hablando sobre todo esto y para el final de la sesión me siento mejor. Mis pensamientos se han aclarado, y Lisa me dice que solo necesito tiempo para asimilar todo. El tiempo me ayudará. Las heridas sanan con el tiempo. Lo mismo para el resentimiento y el dolor que siento. Necesito darle una oportunidad a Edward para explicarse, en un ritmo con el que ambos nos sintamos cómodos. Si de verdad ha cambiado, lo cual estoy dispuesta a creer, espero que algún día podamos superar esto. De todas las maneras posibles.
Antes de que Lisa se vaya y yo vuelva al trabajo, me pregunta cuál es el plan que tengo para presentarle Edward a Nathan. Se pregunta cuánto tiempo pretendo esperar, qué quiero saber antes de dejarlos conocerse, y qué necesitaré para confiar en Edward como el papá de Nate.
La verdad no hay un plazo de tiempo. Me gustaría saber más sobre la recuperación de Edward, y necesito saber que esto es algo que él quiere permanentemente. Hasta ahora no ha hecho nada para hacerme creer que es algo temporal, pero quiero asegurarme. Después de todo, solo lo he visto en una ocasión.
Tengo la esperanza de que sea suficiente con unas cuantas conversaciones por teléfono y con unos cuantos viajes más para ir a verlo. Y cuando le digo esto a Lisa, me sugiere que Edward y yo intentemos crear una rutina juntos para hablar entre nosotros. No tenemos que hablar por mucho tiempo, pero sí debería ser seguido. De esa forma nos acostumbraremos al hecho de que nuestras vidas estarán unidas para siempre. Tenemos un hijo juntos, y por su bien, quiero que esto funcione.
~CLO~
—¡Nathan! —grito desde la cocina—. ¡Hora de dormir!
—¡Pero, mami! —se queja. Estoy dispuesta a apostar que sus ojos están pegados a la pantalla plana de la sala. Ese niño no puede tener suficiente de sus superhéroes. Batman, Superman, Capitán América, Spiderman, el que sea—. ¡No tengo sueño!
Me río para mí y limpio la encimera. Después de la cena y del baño de Nathan, preparé una tarta para la maestra de Nathan. Mañana es su cumpleaños, y Nate insistió en que quería llevarle algo. Su enamoramiento con la señorita Chelsea sigue ahí.
Tardo un rato, pero eventualmente logro atrapar a Nathan después de unos cuantos ataques de risas por toda la sala. Echándomelo al hombro, cargo su cuerpecito gritón hacia el baño y le lavo los dientes. Luego, cuando terminamos ahí, lo llevo a su habitación y lo aviento juguetonamente a la cama.
—Tú, capitán Nate, eres un malcriado —bromeo y le pellizco sus pompitas.
Se ríe cuando le meto las cobijas bajo su mentón.
—¡Ya no soy el capitán Nate, mami! Hoy tengo un nombre nuevo.
—¿Por qué no me sorprende? —sonrío y me arrodillo junto a su cama—. Bien, ¿cuál es el nombre nuevo? ¿Bat Nate? ¿Spider Nathan?
—La señorita Chelsea me ayu-dó —dice con orgullo—. Es… mami, tienes que hacer el tambor.
Me pego en la frente.
—¡¿Cómo pude olvidarlo?! Qué tonta. —Golpeteando su cabecera con mis dedos, le doy el redoble de tambores que necesita siempre que declara su nombre nuevo.
Su cara se ilumina.
—¡Es Súper Niño!
Me río y aplaudo.
—Es grandioso, cariño.
—Lo sé —dice solemnemente—. ¿Hiciste la tarta para la señorita Chelsea?
—Sí. Una tarta enorme de fresas.
Nunca he sido fan de las fresas congeladas, pero sirven mucho cuando se usan en tartas.
Me sonríe enormemente.
—Bien. Qué bueno. Gracias.
—De nada —me río entre dientes—. De acuerdo. Hora de dormir, Nate. —Me pongo de pie, me inclino sobre su cuerpo y dejo un beso en su frente—. Te amo. Dulces sueños.
—Te amo, mami. No olvides este espacio. —Separa sus manos y estimo que el espacio entre ellas es de seis pulgadas.
Asiento obedientemente y dejo la puerta abierta aproximadamente seis pulgadas antes de dirigirme a la cocina.
—Bien —suspiro para mí. Ya todo está listo para mañana, Nate está en la cama, ya lavé la ropa sucia, los historiales de pacientes que Jasper me pidió que revisara ya están completos, y empacaré el lonche de Nate mañana en la mañana—. Una copa de vino; oh, sí. —Me sirvo una copa de vino blanco y agarro mi teléfono. Con otro suspiro satisfecho, me siento en un taburete y busco en los contactos hasta que veo el número de Edward.
Le doy un gran trago al vino antes de marcar.
Respira profundo.
—¿Bella?
Santa mierda. Apenas sonó el primer timbre antes de que él respondiera.
—Um sí, soy yo. Hola —digo de forma nerviosa, torpe.
Escucho que exhala antes de responder.
—Hola.
Silencio.
Oh, Dios, esto es incómodo.
¡Di algo, Swan!
—¿Cómo estás? —exclamo justo cuando él dice—: ¿Está todo bien contigo?
Ambos nos reímos nerviosos.
—Vaya. Somos muy geniales.
Exhalo una risa entrecortada.
—En proporciones épicas.
—Sí…
Le doy otro trago a mi vino para poder calmarme.
—¿Y qué has hecho hoy?
Ese parece ser un tema seguro, ¿cierto?
—Uh, fui a la ciudad —dice, carraspeando—. Kenai, no Sterling. Necesito que me instalen la línea de teléfono, así que… hice un montón de mierdas. De todas formas, iba a ir para reunirme con mi terapeuta nuevo.
Asiento a pesar de que no puede verme. Por dentro, me alegra que siga viendo un terapeuta.
—Yo hablé sobre ti con mi terapeuta el día de hoy —admito, trazando el borde de la copa con mi dedo—. Necesitaba despejar mi mente.
—Oh, entonces, ¿todavía… todavía vas a terapia? —pregunta, inseguro.
Me río irónicamente.
—Creo que nunca dejaré de ir.
—Lo siento —susurra.
Agrando los ojos.
—¡No! —Carajo, carajo, carajo—. No me refería a eso, Edward. Perdón, es que… —inhalo—. No es por… todo lo que pasó. Justo ahora se trata más de que me ayuda a mantener la compostura. Lisa es mi manta de seguridad —me río incómoda, mintiendo a medias. Aunque es verdad que ya no necesariamente necesito terapia, todavía me gusta. Sin embargo, debido a los últimos acontecimientos… sí, necesito a Lisa.
Pero no quiero que Edward se sienta mal por eso.
En un intento por aligerar la tensión, hablo mejor sobre Nathan.
—¿Sabías que Nathan me pidió que comprara treinta y dos velitas de cumpleaños hoy? —Me encojo ante mi muy poco sutil cambio de tema.
—¿Qu-qué? —se ríe entre dientes.
Me relajo y sonrío.
—Nathan tiene un enamoramiento con su maestra, y mañana cumple treinta y dos años. Así que me dijo que quería darle un pastel grande con treinta y dos velitas.
Edward se ríe en voz baja.
—Le gustan las mayores, ¿eh? Ya veo. Así que… ¿compraste las velitas?
—No. —Sacudo la cabeza, divertida—. Aunque sí le horneé una tarta.
—Genial. —Creo que lo escucho encender un cigarro de fondo. O, uh, ¿tal vez está prendiendo una vela? Casi resoplo ante eso con una sonrisa en la cara—. Um… ¿puedes contarme algo más?
—¿Sobre Nate?
Exhala un aliento.
—Sí… si no te molesta.
—No me molesta. —Sonrío—. Pero vas a tener que ser más específico, Cullen. ¿Algo en particular?
Musita.
—No hay nada que no quiera saber, entonces, ¿qué te parece por el comienzo? —Sus palabras fluyen con más facilidad ahora, pero todavía puedo detectar que está nervioso—. Uh, ¿su nacimiento?
—Dolió un putero —digo inexpresiva, y recibo otra risita de él. Eso es bueno—. Bien, su nacimiento…
Maldigo esa puta epidural, declarando en voz alta que no me hace ni mierda. Mientras tanto, Jasper intenta esconder su diversión. Pero Jada le lanza dagas con la mirada y rápidamente se ve apenado.
—¡Oh, Dios mío! —grito cuando me golpea otra contracción.
—Todavía no, Bella —me dice el doctor—. Todavía no pujes.
—Necesito —jadeo—, ¡necesito pujaaar!
—Dios, fue doloroso —le digo a Edward, exhalando un suspiro—. Ahora puedo reírme de eso, pero ¿antes? Dios. Incluso amenacé con demandar al hospital porque estaba segura de que la epidural era-como… no sé, ¿un placebo? Me preguntaba por qué querían que muriera. —Me burlo y sacudo la cabeza—. El doctor me dijo que fue un parto rápido. Seis horas no son nada, dijo. Quería pisarle las pelotas.
—Auch. —Edward se ríe entre dientes. Lo imagino encogiéndose. Luego su humor se va y es reemplazado con aprensión—. ¿Estabas-estabas sola?
El doctor me dice que debo pujar; así que pujo. Hay muy poco aparte de eso que quiero o puedo hacer.
Grito cuando finalmente puedo volver a respirar.
—Lo estás haciendo muy bien, cariño —murmura Jasper y aprieto su mano con todas mis fuerzas—. Oh, santo cielo, eso duele, Bella.
Jada y yo le lanzamos miradas que bien podrían asesinar.
—No. Digas. Otra. Palabra —digo furiosa.
—Ignóralo, Bella —dice Jada y me limpia la frente—. Vamos. Tú puedes hacerlo.
—¡Puja! —me anima el doctor, aunque era innecesario. ¡Ya estoy pujando!
—No —digo suavemente—. Jada y Jasper estaban ahí. Um, ¿el tío de Charlotte?
Carraspea.
—Sí, he escuchado sobre él. Vives con él, ¿cierto?
—Trabajamos juntos, pero él vive con su esposa; esa es Jada, y sus dos hijas —respondo—. Yo vivo con Nate a unas calles de distancia.
—Oh. Oh, bien. —Hace una pausa—. Y… ¿el parto?
—Claro. —Asiento—. Esa última vez que pujé… yo… no hay forma de describirlo. Recuerdo el sonido, la sensación, el ardor… y luego todo se desvaneció cuando escuché el llanto de Nathan.
Soy un desastre sudoroso, dolorido, jadeante y sollozante, pero no me importa. Cuando la enfermera deposita gentilmente al pequeño bulto en mi pecho, él es lo único que importa. Durante meses he sabido que tendría un niño, y ahora aquí está.
Jada sonríe a través de sus lágrimas y pasa una tela fría sobre mi frente y mejillas.
—Es tan lindo —solloza—. Jasper, ven aquí; toma una foto.
Jasper, que sigue sonriendo con orgullo después de haber cortado el cordón umbilical, rodea la cama con una cámara en la mano.
Mis ojos siguen pegados a mi bebito.
—Te amo —susurro con voz ronca—. Te amo muchísimo.
Recuerdo que pasé los días siguientes llorando. No dejaba de hacerlo. Ya fuera por felicidad o tristeza, lloré durante tanto tiempo que Jada temía que estuviera sufriendo de depresión postparto. No era depresión, pero estaba demasiado abrumada como para mantener mis emociones a raya. Lloraba por Nathan, por mis padres, por Edward, por mí… lloraba por todo. Lloré cuando me compraron gelatina roja en vez de verde.
—¿Bella?
Oh, mierda.
—Perdón, aquí estoy. —Agarro mi vino—. Me perdí en un recuerdo.
—¿Bueno o malo? —pregunta suavemente.
Desde donde estoy sentada en la cocina, puedo ver la pared del pasillo donde tengo las fotos de los cumpleaños de Nathan. Tengo una tradición de que en cada cumpleaños tomo cuatro fotos que cuelgo en la pared. Una cuando recién se despierta en la mañana, una donde abre regalos, una donde come pastel, y una donde yo también estoy en la toma.
Los recuerdos de Nathan siempre son de los buenos.
—Bueno —respondo en voz baja.
—Bueno —repite en voz igual de baja.
Durante un rato Edward y yo seguimos hablando sobre los recuerdos que tengo de Nate. Aparte de su nacimiento, también le cuento sobre la primera palabra de Nate —que fue "pelota", "mamá" fue la segunda—, sus primeros pasos, y cómo es que no dejaba de gritar cuando estaba dentando, a menos de que tuviera su anillo de dentición. Cuando le cuento esto a Edward, lo hago reír al admitir llena de vergüenza que al principio le decía "juguete para morder" a su anillo de dentición. No solo le llamé juguete para morder, sino que lo hice cuando estaba en la tienda y pregunté por ellos.
La vendedora probablemente pensó que estaba loca.
Luego sigo el consejo de Lisa y le pregunto a Edward si nos podemos llamar a las nueve todas las noches. Será la forma perfecta para que Edward aprenda más sobre Nathan y será mi manera de dejar entrar a Edward en nuestras vidas.
Edward acepta de inmediato y luego me pregunta cuándo puede volver a verme.
—¿Qué te parece el viernes? —sugiero. Es mi día libre, y si salgo de Anchorage temprano, puedo regresar antes de que Nate regrese a casa del preescolar—. Oh, espera. ¿Trabajas? —No había pensado en eso, pero asumí, por alguna razón, que él todavía no se encargaba de ese asunto. Quiero decir, se acaba de mudar aquí. Pero ¿qué sé yo?
—No, no… el viernes está bien —dice rápidamente—. ¿A qué hora?
—¿Podría llevar el almuerzo…? —Me muerdo el labio, esperando su respuesta.
También hago una lista mental de todas las otras cosas que necesito llevar. El álbum de bebé de Nate, por supuesto. Tal vez algunos videos caseros. También tengo algunos álbumes de recortes que he hecho para ocasiones especiales, como la primera visita de Nate al zoológico. Cosas así.
—No te sientas obligada —responde Edward—. Uh, no sé cocinar, pero siempre puedo comprar algo.
Me río entre dientes.
—Yo llevo la comida. ¿Al mediodía?
—Claro. —Exhala un suspiro—. Gracias, Bella. Por todo esto.
—No me lo digas, demuéstramelo mejor. Esto puede ser bueno para los dos.
—Lo sé, lo estoy intentando —susurra.
Sonrío.
—Puedo notarlo, Edward.
Esa fue nuestra primera conversación por teléfono. Durante los siguientes días nos llamamos después de que acuesto a Nate. Hablamos únicamente sobre Nathan, lo que hace que sea más fácil para mí. Tal vez para los dos, porque creo que otros temas serían demasiado pesados para discutirlos por teléfono. De cualquier forma, Edward parece relajarse un poco más con cada llamada, y puedo notar que está absorbiendo las historias que comparto sobre Nate. En respuesta eso hace que yo también me relaje.
Antes de saberlo, ya estoy a un día antes de ir a ver a Edward otra vez y hemos estado hablando por teléfono durante la última media hora.
—Pobre hámster. —Se ríe.
—¡¿Pobre hámster?! ¡Pobre yo! —exclamo entre risas—. ¡Ese pequeño cabrón me mordía todo el tiempo! —Sí, no, no puedo decir que extraño al hámster de Nate—. También solía morder a Jada. Pero nunca a Jasper ni a Nate. —Luego bajo la voz para susurrar—. Creo que era gay. —Y Edward suelta una carcajada—. ¿Qué? ¡En serio! Odiaba a las chicas, pero con los chicos era muy cariñoso y así.
—Eso te ganas por comprar una ratita, Bella —se ríe entre dientes—. Incluso un gato habría sido mejor. Porque creo que entre más pequeño el animal, más pequeño el cerebro.
Me río.
—Oye, Nate amaba a esa pequeña bola de pelos.
—¿Más de lo que habría amado a una mascota de verdad? —bromea.
—También tienes que cuidar a la mascota, Cullen. —Sonrío con ironía para mí—. En ese momento no tenía el tiempo para sacar a pasear a un perro o cuidar a un gato. Y no puedo esperar que Nate lo haga.
—De hecho, ahora tengo un perro.
Eso me sorprende un poco.
—¿En serio? ¿De qué raza?
—Es un labrador negro. Taz. Lo adopté hace tiempo, tiene seis años. Y es grandioso tenerlo en el jodido bosque.
Vaya.
—Entonces, si te topas con un oso negro allá, ¿crees que Taz te salvará?
—¡Exacto! —se ríe—. No, la verdad, Taz probablemente no lastimaría ni a una mosca. Es un viejo cabrón perezoso. Oh, pero le encanta cazar aves.
No puedo evitar reírme también.
—Ya veo. Entonces, las moscas no, pero ¿las aves sí?
Se ríe entre dientes, está a punto de decir algo, pero entonces grita, alejándose del teléfono.
—¡¿Qué carajos, Taz?! —gime—. Aw, amigo.
—¿Qué sucede? —pregunto, divertida. Ya sabía que estaba fuera, porque puedo escuchar el viento de vez en cuando, sin mencionar cada vez que Edward le da una calada a su cigarro. Así que, si tiene un perro, supongo que puedo asumir que también él está afuera.
—Hablando de aves muertas, y aparecen —murmura. Me río—. Sí, ríete, Swan. —Oh, eso hago—. Escucha, ¿puedo regresarte la llamada en diez minutos? Tengo que deshacerme de las plumas que tiene Taz en la boca.
Ahogo mi carcajada.
—Bien. ¡Diviértete!
—Diviértete —imita en voz de niña. Me río con más fuerza y él cuelga, riéndose entre dientes.
Durante los siguientes minutos, ocupo mi tiempo en vaciar el lavavajillas. También preparo los bocadillos de Nate y saco del congelador las salchichas que planeo usar para lo que comeremos mañana Edward y yo. No creo que proteste si quisiera usar su cocina, pero supuse que podría llevar algo ligero para mañana. Así que antes de irme, voy a hacer una ensalada de pasta con chorizo, aceitunas, queso feta, tomates y espinaca tierna. Para acompañarlo, pasaré mañana temprano por la panadería que está al final de la calle para comprar una barra de su pan de calabacín, el cual es delicioso.
Cuando el teléfono vuelve a sonar, le lanzo una mirada rápida al reloj de la pared y noto que apenas han pasado nueve minutos.
Contesto el teléfono con una sonrisa.
—Un minuto antes, Edward —bromeo—. ¿Te deshiciste de todas las plumas?
—Um, ¿Bella? Soy Riley.
