Todo lo que reconozcan es propiedad de JKR.
NT: ¡Hola! Antes que nada quería aclarar que esta historia no es de mi propiedad. Su autora es DragonGrin, y la historia original se titula "Mugglefied".
Después de leer varios de sus capítulos, hablé con ella y estuvo de acuerdo en darme permiso para traducir su genial fic. Así que aquí estoy, traduciendo esa maravillosa historia para que toda la comunidad de habla hispana pueda disfrutarla. Espero que mi traducción sea de su agrado y dejen muchos reviews y faveen la historia (que aunque no es mía, traducirla cuesta un huevo) :D
Capítulo 1: Sentencia.
El jefe del Wizengammot golpeó con el mazo y llamó al orden a la asamblea, mirando al acusado con el ceño fruncido. El hombre ya había sido declarado culpable la semana pasada. Lo único que quedaba era dictaminar una sentencia en firme y llevarla a cabo. Se aclaró la garganta.
—Por los crímenes cometidos contra el mundo mágico y el mundo muggle siendo usted aún un menor de edad, por la presente le sentencio a un año sin magia. Entregará su varita inmediatamente después de esta vista. Antes de que se marche, miembros de esta Corte establecerán una unión con usted para asegurarse de que no tenga relación con la magia, y por lo tanto, que sea inaccesible para usted durante su condena. Debo advertirle de que legalmente ya es usted mayor de edad, por lo que puede ser condenado a décadas en Azkaban por crímenes cometidos después de cumplir dicha mayoría de edad. Este tribunal ha escogido ser indulgente, bajo la creencia de que es más importante aprender a cooperar y respetar las diferencias en los demás. Sin embargo, se le recuerda que, en el caso de que decida romper la ley o los límites de su libertad condicional, será llevado a Azkaban irremediablemente. No concedemos segundas oportunidades.
Draco se levantó con rigidez, con las rodillas estiradas para ayudarlo a mantenerse en posición vertical. Se negó a apoyarse en cualquier cosa que estuviera cerca de él y que pudiera sostenerlo. No mostró ninguna debilidad. Miró a la multitud. La mayoría de los miembros del Wizengamot eran personas de avanzada edad. La sección de espectadores albergaba más Gryffindors de lo que le hubiera gustado. Potter y Granger estaban allí, Weasel no.
El padre y la madre de Draco no estaban presentes, pues habían sido juzgados por el tribunal de la mañana. Azkaban para él, un año de exilio para ella.
A él le hubiera gustado decir que aquel procedimiento pasó como en una neblina, haciendo difícil el hecho de recordar algo, pero definitivamente estaría mintiendo. Estaba seguro de que siempre recordaría cómo se sintió cuando aquel viejo chalado lo miró y le ordenó que entregara su varita. Cuán desnudo se sintió, qué tremendamente vulnerable. Todos en aquella habitación tenían su varita, y ahí estaba él, sin la suya. Apenas había pasado un día sin su varita desde que tenía once años. Si alguien de la audiencia quisiera lanzarle un hechizo, su única defensa sería esquivarlo, y dudaba que sus reflejos fueran aceptables llegados a ese punto. Salazar sabía que la mayoría de ellos tenían mil y una razones para detestarle.
Con lo difícil que fue renunciar a su varita y entregársela a aquel extraño, más duro aún fue el proceso de unión que tuvo que soportar después. Le obligaron a permanecer de pie en el centro de un círculo de doce magos y brujas que concentraron la esencia de su magia en hechizos sofocantes hacia él, hasta que al final no pudo sentirla, no pudo encontrar su magia.
Era una sensación extraña. Vacío. Incorrecto. Se sintió herido. Tanta conmoción era la que sentía en aquel momento, que a duras penas se dio cuenta de que el hombre chalado estaba hablando de nuevo.
—Usted será llevado a la Mansión Malfoy, de la cual puede recoger todas las pertenencias que considere oportunas. Se le ha asignado un piso amueblado para residir. Dadas las circunstancias de esta situación, el piso ha sido totalmente protegido contra intrusos. No ha sido ni será conectado a la red Flu. Después de que usted salga de allí hoy, la Mansión Malfoy permanecerá cerrada hasta que su madre, la señora Malfoy, regrese de su exilio. Esta Corte tiene la esperanza de que sin la constante influencia de sus padres sobre usted, sea capaz de seguir adelante y aprender de esta experiencia lo máximo posible. ¿Tiene alguna pregunta?
Draco se quedó allí, entumecido.
—¿Tiene más declaraciones que hacer en su propio nombre? ¿Algo que quiera decir sobre la chica a la que embrujó o el chico al que envenenó? ¿O tal sobre los cientos estudiantes cuyas vidas se pusieron en peligro al proporcionar usted una entrada a los mortífagos a la escuela Hogwarts?
Sus rodillas se doblaron y finalmente cayó al suelo, desmayado.
—Bueno, podemos considerar esto como el fin del presente procedimiento —dijo el jefe del Wizengammot, algo incómodo, dirigiéndose al consejo enérgicamente—. Asumimos que no tiene nada que decir en su propio nombre. Los aurores Caffrey y Burke se encargarán de reanimar al señor Malfoy, de acompañarlo a recoger sus pertenencias y de llevarlo a su nuevo domicilio.
Los ojos de Draco se abrieron, descubriendo a dos aurores sobre él en una sala vacía del tribunal. Sin embargo, no fue capaz de levantarse, el dolor de cabeza era tremendamente fuerte.
—¿Vas a estar ahí todo el día? —preguntó uno de ellos.
Draco se quedó mirando con desconfianza la mano tendida del auror, el cual negó con la cabeza y soltó una sonora carcajada.
—Nadie te aturdió, chaval, te desmayaste. ¿Vas a levantarte ya o qué?
Sorprendido, Draco se puso de pie con cautela. Todo parecía ir mal. No había ninguna varita en su bolsillo o su mano, no pudo encontrar ningún resquicio de la magia con la que había nacido… Era extraño cómo nunca había sido consciente de ello hasta que, de repente, ya no estaba allí.
Permaneció en silencio mientras lo escoltaban hasta la chimenea autorizada más próxima y desaparecieron de allí en dirección a la Mansión Malfoy. Probablemente sería la última vez que se trasladara de aquella forma durante mucho tiempo.
Caffrey y Burke se adhirieron a él mientras caminaba por su casa. Los miró. Tan intimidante como él era, desde su primer año en Hogwarts hasta el último curso al que asistió, todos lo recordaban por aterrorizar a todo el que pasaba con una simple mirada. Sin embargo, no consiguió perturbar a esos hombres lo más mínimo. Habían sido aurores mucho tiempo, y habían tenido que ver cosas más horribles y alarmantes que un adolescente petulante.
—Órdenes del jefe —dijo uno de ellos—. Estamos aquí para asegurarnos de que no te lleves nada peligroso o mágico.
Draco apretó los dientes. Todavía le dolía la cabeza de la caída, pero, por supuesto, no iba a admitirlo delante de esos imbéciles. Le habían reanimado sin molestarse en comprobar si tenía algún tipo de lesión. Eran unos incompetentes.
Empezó a caminar por toda la casa. Sacó el baúl de la escuela de la parte más profunda de su armario y comenzó a meter su ropa en él, sin molestarse en doblarla, apilándola sin demasiados miramientos. Colocó varios pares de zapatos en la parte superior. Miró de un lado a otro en aquella habitación, preguntándose qué otra cosa podría necesitar llevar con él.
Sus ojos se pararon en su enorme cama de sábanas de seda verde y edredón de plumas. Luego, pasaron a enfocar sus libros, que habían sido cuidadosamente colocados por un elfo en un estante de la pared sabía Merlín hace cuánto tiempo.
Se dirigió hacia su escritorio, y recogió un bote de tinta y su pluma favorita.
Seguramente había muchas más cosas que necesitaría, ya que no iba a poder volver a casa en un año, solamente tenía que pensar qué cosas. Sin embargo, el hecho de empacar sus cosas para un año de exilio con ese tremendo dolor de cabeza no era algo ideal, y no facilitaba nada su tarea de recordar las cosas que debía meter en el baúl.
Draco pensó que su lugar estaba en algún sitio lejos de allí, donde poder tumbarse y relajarse mientras otros le traían bebidas frías y comida caliente.
—¿Todavía no has terminado?
—¿Cree usted que he terminado? —espetó Draco, dedicándole una mirada mordaz a aquel auror—. ¿Considera que llevo todo lo que necesito?
El aludido pareció desconcertado.
—Ni sé lo que necesitas ni me importa —respondió—. Simplemente estoy a la espera de que termines para poder irnos —dijo, apoyándose contra la pared más cercana.
Draco se percató de que el otro hombre observaba con curiosidad un estante que contenía algunas de sus pertenencias: Su entrada para la Copa Mundial de Quidditch, su set de ajedrez, los cuentos de Beedle el Bardo que su madre solía leerle de pequeño, una imagen de sí mismo con sus padres…
Cerró los ojos y trató de calmarse. No quería a esos hombres en su casa, ni siquiera cerca de ella. Chascó la lengua, deseaba fervientemente que su cabeza dejara de doler.
—Cúrenme este bulto —dijo, señalándose a la parte posterior de su cabeza—, quizá entonces pueda pensar con claridad.
Caffrey lo miró, sorprendido, y a continuación dijo:
—No me había dado cuenta de cuán fuerte te habías golpeado… Déjame ver.
El hombre examinó el lugar donde marcaba el joven Malfoy, pero no consideró que se tratara de una contusión tan grande que mereciera mayores cuidados médicos, por lo que agitó su varita levemente y consiguió sanar un poco el dolor del muchacho.
El joven heredero Malfoy volvió a mirar entonces a su alrededor, sin estar del todo seguro de que llevara todo lo que necesitaba.
—¿Han visto ustedes el lugar donde me van a mandar? —preguntó.
Burke asintió.
—Yo era parte del equipo encargado de establecer las secciones de la casa.
—¿Hay una cama, o se espera que duerma en el suelo? —volvió a preguntar, sonando un tanto insolente.
La nariz de Burke se arrugó mientras intentaba recordar.
—Creo que el lugar estaba amueblado con una cama, una mesita de noche, un sofá, una mesa en la cocina… Ya sabes, lo básico —comentó, un tanto divertido por conseguir molestarlo con tanta facilidad—. Es posible que te interese llevar tus propias ropas de cama.
Dicho aquello, y como si se tratara de una provocación, se sentó en su cama. Draco trató de no encogerse del asco que sintió en ese momento. Necesitaba a esos hombres fuera de su casa. Ahora. Hizo un gesto con la mano a aquel hombre, instándole a levantarse. Después, se puso a separar las sábanas del colchón y las intentó meter con cierta dificultad en la maleta. Gruñó en silencio. Parecía que todas las cosas habían decidido conspirar en su contra, y aquellas pertenencias que pretendía llevarse se negaban a encajar en su maleta sin un hechizo encogedor.
Caffrey lo observaba con diversión.
—Supongo que podríamos reducir el tamaño de tu cama y transportarla. Probablemente sea más cómoda de la que dispones en el piso.
—No veo ningún problema con eso —dijo Burke, asintiendo con la cabeza—. El escritorio también, si lo deseas —ofreció.
Mientras uno de ellos estaba reduciendo su cama y el otro hacía lo mismo con su silla, Draco intentó meter tranquilamente un par de libros de pociones en un cajón del escritorio, pero Burke lo cogió con las manos en la masa.
—¿Acaso crees que somos aficionados? Acabas de quedarte sin escritorio y sin silla —espetó—. Otro truco como ése y por mí puedes dormir en el suelo o la bañera.
Draco no dijo nada. Al menos tenía que intentarlo, ¿no? Observó a los hombres encoger su lujosa cama mientras recogía sus recuerdos de la infancia… El billete de tren de su primer año en la escuela, la foto familiar, el libro, el set de ajedrez, e intentó meterlos en el baúl, en el espacio que habían dejado las sábanas.
—Sólo puedes llevarte el juego de ajedrez si le ponemos un hechizo congelador para que dejen de moverse —anunció uno de ellos.
Su paciencia pendía de un hilo muy delgado, y en ese momento amenazaba con romperse.
—Está bien —espetó de malas maneras—. Hagan lo que tengan que hacer.
Draco se dirigió entonces al baño, a por sus pociones para el cabello, pero justo cuando estaba a punto de cogerlas, el auror Caffrey le había sorprendido diciendo que no tenía permitido llevar ninguna poción.
Draco se quedó mirando a aquel hombre con la boca ligeramente abierta, con su labio inferior sobresaliendo. Era una mirada petulante, sin lugar a dudas. Su habilidad de mantener la compostura ante aquella dura prueba estaba a punto de desaparecer de un momento a otro. No volvería a ver a su madre en un año, y sólo Merlín sabía si podría volver a ver alguna vez a su padre. Había sido despojado de su magia… No era posible eliminarla de su cuerpo, pues era algo con lo que había nacido en sus venas, pero aquel hechizo había sido suficiente para sofocarla momentáneamente, dejándolo totalmente vulnerable sin ella. Como si aquello no fuera suficiente, le habían requisado su varita. Ya no podía hacer nada mágico, sería simplemente un vulgar… muggle. Apretó los dientes.
—No es que pueda hacer mucho con ellas… Puede ver con sus propios ojos que no son peligrosas… ¿Por qué no me permite llevarlas? —casi suplicó.
Caffrey examinó las botellas. No había nada extremadamente terrible en ellas, sólo que era evidente que el muchacho no había tenido tiempo de surtirse adecuadamente, porque los botes estaban por la mitad. Destapó ambas botellas y las olfateó. Una de las pociones era para mantener limpio su cabello, la otra era para darle brillo y suavidad. Bastante inofensivo, incluso para ese auror. Además, no le durarían más de una semana.
—Está bien —dijo al fin, devolviéndole los frascos.
—Es usted tan amable —respondió Draco, lleno de sarcasmo.
Mientras volvían a la habitación, el rubio pensó que no podía estar allí por más tiempo junto a esos hombres. Lo que quiera que fuera que olvidaba, simplemente estaba destinado a ser olvidado.
—Vámonos —terció.
—¿Qué quieres que hagamos con tu lechuza? ¿Se la dejamos a los elfos domésticos? —preguntó Burke.
—¿No puede venir conmigo? —quiso saber Draco.
Caffrey miró al joven Malfoy, y no pudo evitar echarse a reír.
Draco entrecerró los ojos, observando al hombre. Nada de aquella situación tenía una pizca de divertido. ¿No podían haberlo enviado junto a alguien más simpático? ¿O al menos con una empatía básica? ¿No era eso lo que esos hijos de puta querían enseñarle?
—¿Qué es tan gracioso? —preguntó con frialdad.
—Sólo estoy imaginando la limpieza de la jaula del animal sin ningún tipo de magia. Creo que tu dignidad no te permitiría el hecho de tocar excrementos.
Realmente no había considerado eso.
—De acuerdo con el Tribunal, puedes llevar a tu lechuza —señaló Burke, mirando a Draco—. Pero no puede ser utilizado para mandar cartas o pedir cualquier tipo de cosas por correo. Para tus necesidades se te dará una pequeña cantidad de dinero muggle, no tienes permiso de sacar dinero de Gringotts.
—Al parecer deben haber mencionado ese detalle mientras estaba inconsciente —replicó el rubio.
Burke le enseñó un rollo de pergamino que sostenía con una mano.
—Todo está aquí, junto con las otras limitaciones de su libertad condicional, ¿quieres que te las lea?
Draco extendió una mano para arrebatarle el pergamino de malas maneras.
—Soy perfectamente capaz de leerlo yo mismo —dijo, mientras lo guardaba en la maleta. Lo leería, pero más tarde. Preferiblemente después de una gran botella de vino—. Así que no es suficiente con hacerme vivir como un muggle, sino que también debo vivir como un pobre, casi indigente.
—Podría haber sido mandado a Azkaban —dijo el auror, encogiéndose de hombros—. Yo que tú estaría agradecido.
El heredero Malfoy estaba que trinaba. No quería ser agradecido. Sólo quería hechizar a esos hombres hasta que no distinguieran sus pechos de sus espaldas. Luego, quiso hechizar a ese idiota del mazo. Y sólo entonces… haría que le dieran un masaje de tres horas junto a una botella de vino, y después, disfrutaría de un baño de vapor.
Necesitaba salir de su casa y perder de vista a esos imbéciles.
—Voy a por mi lechuza y nos vamos —dijo, pasando por su lado sin dirigirles ni una leve mirada.
—¿No vas a llevarte la maleta? —preguntó el idiota de Caffrey.
Draco no respondió. Se dirigió a buscar a su lechuza en la pequeña lechucería en la parte superior de la casa, donde hasta hacía poco su lechuza Xavier había estado viviendo con su madre y el padre de las otras lechuzas. La de su padre todavía estaba allí. Supuestamente, los elfos domésticos debían asumir la tarea de cuidarlas mientras la casa estuviera vacía. No vio a la lechuza de su madre, por lo que pensó que se habría ido.
Se levantó la manga de su brazo y Xavier voló a posarse en él, todavía algo adormilada. Draco se tomó un minuto para acariciar las plumas de su animal y meterse en el bolsillo algunas golosinas de pájaro. Al volverse, se encontró a Burke detrás de él, esperándolo.
Cuando llegaron al piso, Draco sintió que no podía detestarlo más. Las paredes eran blancas, completamente desnudas, sin adornos ni ningún tipo de decoración… A excepción de un cuadro de una imagen del mar que estaba seguro que pretendía darle a la pared algo de alegría y resultó pareciendo algo cursi. La cocina era pequeña y bastante confusa para él, pero por supuesto, no habría dejado que esos hombres lo supieran. La sala tenía un sofá beis con algunas manchas, y frente a él había una mesa ligeramente usada y cuatro sillas. No había chimenea… Por Merlín, ¿qué tipo de sitio era aquel, que no tenía ni chimenea?
Había un pequeño cuarto de baño con paredes de baldosas azules, un lavabo, un inodoro, una bañera que no era lo suficientemente grande para que Draco pudiera estirarse, y un cabezal de ducha que dudaba que fuera todo lo alto que necesitaba que fuera para ponerse bajo él.
La habitación no era mucho mejor. Las paredes, también blancas. Una mesita de noche, una cama bastante sencilla, una cómoda y un armario. Se sentó en la cama a modo de prueba, y no pudo evitar hacer una mueca. Gracias al cielo que había traído su propia cama.
Los aurores la habían vuelto a su tamaño normal, dejándolo un segundo para que estirara la ropa de cama sobre ella. Draco puso la jaula de Xavier en la cómoda. A pesar del disgusto que le dio aquel hombre al recordarle que la jaula debía ser limpiada regularmente sin magia, Draco pensó que era mejor tener un amigo en aquel exilio. Prefería aquello a verse completamente solo.
No había nada más que hacer.
Burke y Caffrey miraron alrededor del piso. Estaba muy lejos de los lujos de la mansión Malfoy.
—¿Tienes alguna pregunta acerca de tu libertad condicional o sobre cómo funcionan las cosas en el piso?
—Me las arreglaré bien por mi cuenta —espetó, demasiado orgulloso como para admitir que las pasaría canutas para averiguar el funcionamiento de los electrodomésticos.
Burke se encogió de hombros. No sería su culpa si ese muchacho decidía incendiar la alfombra del salón con la estufa.
—Bien entonces. Vamos a establecer las protecciones finales antes de irnos, las barreras anti aparición, los hechizos defensivos generales que deberían ser suficientes para asegurarnos que no recibes ninguna visita no deseada. Aquí tienes las llaves y el dinero de este mes. Alguien vendrá el próximo mes para el registro y para entregarte más dinero.
Cuando acabaron, los aurores se fueron, desapareciéndose.
De repente, Draco se encontraba solo, y sin magia.
