Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.


Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!

Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.

Blog: h(espacio) t(espacio) t(espacio) p(espacio) s(espacio) : / / caranofiction . wordpress .(espacio) com(espacio) /


Gracias Yani por betear esta historia.


Capítulo 21: En la salud y en la enfermedad

Canción del capítulo: Wide Awake de The Dirty Guv'nahs

EPOV

Exhalo temblorosamente y parpadeo para alejar las lágrimas, el corazón me amenaza con salirse de mi pecho a base de latidos.

¿Alguna vez te has visto a los ojos? ¿Solo que en realidad no te pertenecen?

Ni un millón de álbumes pudieron haberme preparado para ver a Nathan por primera vez.

No es lo mismo y ahora, ahora todo lo que puedo ver son sus ojos. La inocencia y curiosidad en ellos. Con sus bracitos rodeando el muslo de Bella, lo veo mirarme sin decir palabra. ¿Tal vez es tímido? No sé, pero tenía la idea de que la gente tímida apartaba la mirada. Pero él no lo hace.

Solo me mira y le temo a un pequeñito, al niño parado a pocos metros frente a mí. Me aterra que se vaya a sentir decepcionado. Porque estas últimas semanas he escuchado todo sobre la obsesión que tiene Nathan con los superhéroes.

No soy un héroe.

Ojalá que no espere que yo sea uno.

En todo caso, él es mi héroe. Él y Bella… ellos son quienes estaban en mi mente cuando finalmente empecé a luchar para recuperarme.

Hola —escucho que Bella me dice en voz baja.

Tum-tum-tum-tum-tum-tum. Mi corazón sigue latiendo furiosamente.

Obligando a mi mirada a apartarse de Nathan, encuentro mejor los ojos de Bella.

Hola —respondo tontamente. Es una experiencia extracorporal—. Um. —Creo que estoy en shock, no sé—. ¿Necesitas ayuda con eso? —Señalo la bolsa en sus manos.

Se encoge de hombros, pero mis pies me acercan más, y comprendo que esto es lo que quiero, lo que necesito y lo que debo tener, cercanía.

Él está aquí, ellos están aquí, canto internamente.

Y me golpea en un nivel diferente. De verdad están aquí. Bella de verdad me está dando esta oportunidad de reconocer mis cagadas.

Gracias por venir —susurro, un poco más lloroso de lo que deseaba.

Ella asiente y luego sugiere que entremos.

Eso me da un momento para intentar componerme.

Ya me estoy desmoronando, apenas puedo respirar.

Él está aquí, detrás de mí, en la cocina, ambos están aquí. Mi jodido hijo. Esto es enorme. Incomprensible. Abrumador.

Me doy una charla motivacional interna, estoy determinado a terminar este día sin desmoronarme. No es que fuera algo débil si empezaba a llorar como niña, creo, espero, pero quiero disfrutar de esto. Quiero disfrutar el primer día que tengo con mi hijo.

En este momento, no sé que voy a fracasar en mantener a raya mis emociones.

En retrospectiva, era una hazaña imposible.

La historia de mi vida, de los errores se aprende.

Recuerdo que esto me sucedió antes, me desmoroné y no pude detenerme. Estoy fuera de control, muy parecido a la vez pasada. Solo que esta vez me aferro a Tinks como si ella fuera lo que me mantiene completo.

La última vez estaba solo en mi condominio rodeado de botellas de vodka vacías.

Las lágrimas no se detenían en aquel entonces, y ahora tampoco se quieren detener.

Lo siento.

Quería que ella se hiciera un aborto en aquel entonces. No quería que Bella complicara más mi vida, no quería que un bebé me arrastrara más al fondo, y no necesitaba más angustia. Tampoco quería que mi papá se enterara y desquitara su enojo con ella. O conmigo… más de lo que ya lo hacía, más bien. Así que le aventé dinero a Bella, dinero para el aborto. Y antes de eso le dije que era una zorra que no valía nada… frente a toda la escuela.

Lo siento.

Esas dos palabras son tan patéticas, inadecuadas.

La pila de arrepentimientos es como-como una jodida montaña.

Viviré siempre con esos arrepentimientos.

Siempre estará esa diminuta sensación de apuñalar, torcer, empujar dentro de mí.

Siendo honesto, el que Tinks me perdone es la última cosa en mi cabeza porque sé que jamás me perdonaré a mí mismo. Seguir adelante, claro, lo haré. Viviré. Pero ¿alguna vez la veré a los ojos sin recordar lo que he hecho?

Desde el principio, cuando comencé a planear toda esa… mierda que la hice vivir… sabía lo difícil, lo monstruoso y lo vil que sería todo eso. Estaba muy consciente de ello, y eso es lo que me está matando justo ahora. Si no hubiera sabido que estaba a punto de jodidamente aplastarla, tal vez habría sido diferente. No, no tenía una idea exacta de lo mucho que la destruiría, pero todavía sabía que lo haría, hasta cierto punto.

Lo siento mucho.

—Shhh —me reconforta y acaricia mi cabello como si fuera un tipo bueno que lo mereciera—. Respira profundo, Edward —susurra.

Me alegra que no pronuncie las palabras "Está bien".

Porque esto está lejos de estar bien.

Pero sigo siendo alguien egoísta. No me separo, no termino el abrazo, porque… porque este es el primer abrazo que he recibido en años. Lo siento, pero los abrazos fraternales de Emmett no cuentan.

De hecho, estoy muy seguro de que la última persona que abracé antes de esto también fue Tinks.

¿Qué tan jodido es eso?

Lo que está todavía más jodido es que pagué para que mataran a mi hijo.

—Carajo —digo con voz ahogada, y… apuñalar, torcer, empujar. Mi estómago está hecho nudos, las náuseas se arrastran en silencio dentro de mí. Y la culpa… Jesucristo, me consume.

Al sentir que mis rodillas ceden, termino otra vez sentado en el columpio del pórtico, pero esta vez jalo a Bella conmigo sin importarme ni un carajo el espacio personal y lo que es apropiado. Estoy hambriento por un poco de cercanía. Es un maldito ciclo vicioso: tengo que reivindicarme, sin embargo la uso, ¿para consolar mi patético ser?

Lo siento, Tinks.

—Edward —exhala, abrazándome el cuello. Tengo la cara enterrada en el hueco de su cuello con los brazos rodeándole la cintura. Y comprendo que la he obligado a sentarse en mi regazo con sus piernas a cada lado de las mías—. Deja de disculparte.

Sacudo la cabeza un poco, jadeando en busca de aire.

—Nunca. —La aprieto con mucha fuerza, quiero regresar en el tiempo y huir con ella.

Si hubiera hecho eso, tal vez habría sido yo quien tomara esa foto de Nathan en el pecho de Tinks, justo después de su nacimiento.

Maldita retrospectiva.

Tal vez habría estado ahí para ver sus primeros pasos, escuchar su primera palabra, para tomar todas esas fotos. Y habría sido más que eso. No solo quiero los logros, los momentos felices. Desearía haber estado ahí la primera vez que se enfermó o se lastimó, para consolarlo, para que se apoyara en mí, para abrazarlo y limpiarle las lágrimas.

Lo habría sostenido.

Solo sé cómo se siente tenerlo en mis brazos como un niño de cuatro años.

Subo corriendo las escaleras, al fin mi corazón martillea a un ritmo más lento. Sigo en shock, creo, por tenerlos aquí, a ambos. Pero ya puedo respirar a diferencia de hace quince minutos.

Abriendo la puerta de mi habitación, veo a Taz en mi cama, no parece para nada un perro guardián. El cabrón holgazán está sobre su espalda, tiene la boca abierta y le cuelga la lengua.

Taz —digo, tronando los dedos; se sobresalta. Después de bajarse de un salto de la cama, se contonea hacia mí y frota su cara en mi pierna, lo que significa que quiere que lo rasque—. ¿En serio que la única forma de mantenerte alerta es persiguiendo aves? —Me agacho frente a él y le rasco detrás de la oreja. Exhalo un suspiro—. Pórtate bien ahí abajo, ¿sí? —Trago con fuerza—. Si pudieras hacer unos cuantos trucos, lo apreciaría mucho. —Sí, bien, eso es estúpido, porque Taz solo sabe cómo sentarse y caminar a mi lado cuando se lo ordeno. Supongo que…—. Supongo que solo quiero que le agrades a mi hijo —susurro y luego suelto una risa temblorosa. Mi hijo; quería decir las palabras y se las dije a mi jodido perro—. Vamos, holgazán.

Taz baja corriendo las escaleras y lo sigo a través de la sala hacia la cocina. La cabaña ya huele delicioso gracias a lo que sea que Bella está cocinando en la estufa. Creo que está friendo curry con mantequilla y un montón de verduras. Se me hace agua la boca.

Oh, ¿puedo acariciarlo? —pregunta Nathan, rebotando un poco desde su lugar en la isleta de la cocina. Su sonrisa, torcida como la mía, es enorme y está dedicada a Taz que se encuentra en el piso—. ¡Hola, Taz! —Sonrío cuando saluda al perro.

Él es yo a esa edad, Nathan, soy yo. Mi propio álbum de bebé me lo hizo notar cuando lo comparé con el de Nate la semana pasada. Nunca pensé que vería las fotos de mi pasado, pero cuando abrí uno de los muchos álbumes que Bella me prestó, sentí curiosidad; quería ver si había similitudes, más similitudes.

Recordando la pregunta de Nate sobre acariciar a Taz, respondo con un "Claro" y camino hacia él para ayudarlo a bajarse. Mis brazos están estirados para tomarlo cuando comprendo lo que estoy haciendo y entro en pánico por un segundo, mis ojos buscan a Bella. Ella solo sonríe y alza una ceja, al parecer no ve por qué la importancia. Pero es importante, porque si Nathan me permite cargarlo, temo que no podré soltar al niño.

Sin embargo, un momento después su mirada se suaviza y me dedica un pequeño asentimiento con una sonrisa igual de pequeña jugueteando en sus labios.

Está bien —musita.

Está bien. Está bien. Está bien.

Exhalando un aliento, asiento para mí y cierro la distancia. Mis manos se posan bajo sus brazos y lo levanto, acercándolo inmediatamente a mí. Mierda, ¿y si lo tiro? ¿Eh? Bella saldría huyendo.

Solo quiero abrazarlo cerca de mí, sentir sus brazos rodeándome el cuello o algo.

Nathan está muy risueño cuando lo bajo al piso, totalmente inconsciente de la relevancia de todo esto.

No sé si me siento agradecido o decepcionado.

Los dedos de Tinks jugando con los vellos finos en mi nuca me traen de regreso al presente.

Exhalo temblorosamente y le doy un apretón a su cintura.

—Lo siento —exhalo, sorbiendo la nariz. Apartándome un poco, uso las mangas de mi sudadera para secarme las mejillas. También noto que he empapado la tela de la camiseta de Bella—. Carajo, lo siento —murmuro, pasando un pulgar sobre el sitio mojado.

Ella solo se encoge de hombros y me sonríe mientras toca mi hombro con un dedo.

Ladeo la cabeza y bajo la vista, solo para notar que también hay una mancha en mi camiseta. Y cuando vuelvo a encontrarme con su mirada, noto que sus ojos están un poco rojos.

Es raro cómo una vez la hice llorar y no me importó ni mierda, pero ahora… me rompe el maldito corazón verla triste.

—¿Te sientes mejor? —pregunta suavemente.

Asiento.

—Un poco. Gracias. —Trago—. Ha sido… —¿Un gran día? ¿Demasiado? ¿Abrumador?

—Lo sé. —Sonríe con complicidad y toca mi mejilla. Lo que me hace cerrar los ojos y saborear el momento. No tiene idea de lo que siento por ella, lo arrepentido que estoy, lo que la admiro, lo orgulloso que estoy de ella, lo mucho que la adoro—. Te perdonaré, Edward —susurra. Ante eso, mis ojos se abren de golpe otra vez—. Solo… ten paciencia, ¿sí? —Frunzo las cejas, preguntándome si de verdad está siendo honesta. Porque no puedo entender cómo es que alguna vez podría perdonarme—. No solo hablo sobre esto-esto con Nate. Me refiero a todo lo que sucedió en el pasado. —Exhala un aliento—. Sé que te perdonaré por todo eso. Solo necesito tiempo.

Sacudo la cabeza, parpadeando para alejar una nueva ronda de lágrimas.

—No deberías —digo con voz rota.

Me sonríe con pesar.

—Te equivocas. —No. No es así—. Puedo ver que has cambiado, Cullen. Y… —Hace una mueca y aparta la mirada—. No te castigaré por algo que Carlisle y Esme hicieron.

—Ellos no fueron los que escribieron sobre los casilleros —digo, apretando los dientes—. No te embarazaron, y no te aventaron dinero para un aborto.

—Me gustaría pensar que ambos somos responsables por mi embarazo —responde secamente, doblando las manos entre nosotros. Mis propias manos caen flácidamente a mis costados—. En cuanto al resto… —se ríe sin humor—. Tienes razón; todo lo hiciste tú. Pero no es tan simple como eso. Si tus padres hubieran sido buenos…

Ladeo la cabeza, molesto y frustrado.

—Aun así sabía lo que estaba haciendo —susurro—. Planeé todo el asunto, ¿lo recuerdas? Lo sabía, Bella. Y no me importó lo suficiente. Solo pensaba en mí, en salir de Forks. Había una pequeña parte de mí que pensaba que era por tu propia seguridad; quería protegerte de mi padre. Pero… —me río sombríamente—. Estaba jodido de la cabeza. —Me toco la sien—. Porque si en realidad hubiera querido protegerte, me habría puesto firme y te hubiera dicho que te fueras para mantenerte a salvo. Y estoy jodidamente seguro de que no te hubiera pedido que te hicieras un aborto.

Apuñalar, torcer, empujar.

Fui un hijo de puta egoísta, cruel y despiadado.

—¿Quién te asegura que habría dado marcha atrás, Edward? —pregunta, alzando una ceja—. Era terca; había visto lo que el maltrato le causó a Alice. ¿La recuerdas? —Trago con fuerza y asiento vacilante—. Exacto, y temía que tú hicieras lo mismo. También temía que Carlisle te pudiera matar. —Sacude la cabeza con tristeza—. No te habría obedecido si me hubieras dicho que dejara el pueblo.

¿Por qué? —digo con voz ahogada, no puedo entenderlo.

—¡Porque me importabas, obviamente! —susurra-grita.

Su admisión me abruma.

Cuando mi aliento se escapa de mí en un silbido, ella continúa.

»Mi familia completa, todos… estaban muertos —dice entre dientes—. ¿No puedes entenderlo, Edward? Por muy destructiva que fuera nuestra relación, tú eras todo lo que tenía en ese momento. ¡Eras todo lo que me quedaba!

Las lágrimas llenan mis ojos, y siento que me han dado un puñetazo en el estómago. Al mismo tiempo, disfruto de saber que tengo a alguien que se preocupaba por mí. Al menos en aquel tiempo.

La diferencia entre nosotros, hace cuatro años, fue que yo no le mostré que me importaba. En vez de eso, la hice pedazos.

Fui un maldito cobarde.

—Te estás castigando por ambos —dice en voz baja, inexpresiva—. Lo veo en tus ojos, ¿sabes? El pesar, el arrepentimiento, la culpa. —Me dedica una mirada—. Ya no necesito castigarte porque sé que eso siempre te atormentará.

Frunzo el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A que te perdiste los primeros cuatro años de Nathan —responde con un encogimiento. Sí… apuñalar, torcer, empujar—. Ese es un tiempo que yo tendré para siempre. Tú no. Tus decisiones en el pasado se aseguraron de eso. Me apartaste. Y ahora te arrepientes.

Eso es decir poco.

Bajo la vista, de forma lenta pongo mis manos entre nosotros. Casi tocan las de ella. Solo hay unos pocos centímetros separándolas.

—Nada te hará sentir peor que eso —susurra.

—Tienes razón —exhalo y me trago el nudo que tengo en la garganta.

La veo asintiendo por el rabillo del ojo.

—También es por eso por lo que sé que lo amas. Si no lo viera en tus ojos…

—Lo entiendo —murmuro con voz ronca—. Y sí —gimoteo, derramando más lágrimas—, sí lo amo.

Para mi sorpresa, ella cierra la distancia entre nuestras manos y pone las suyas en las mías.

—Lo sé —susurra.

Conteniendo el aliento, entrelazo nuestros dedos con la esperanza de que no se aparte.

No lo hace.

—Solo dame tiempo, ¿de acuerdo? —pide suavemente.

Alzo la vista y la veo a los ojos. Lo que quiero decir es… puedo darte una eternidad.

Pero estoy muy seguro de que malinterpretaría eso. No, de hecho, lo vería por lo que es. Sabría que lo quiero todo. Con ella.

Eso no pasará, jamás. Tal vez me perdonará por lo que he hecho, pero lo único que compartiremos será a Nathan. Ella no me verá de la misma forma en que yo la veo. Demonios, de todas formas, ella ya siguió adelante. Está con Riley.

Aceptaré todo lo que pueda tomar y me sentiré agradecido por ello porque no me merezco nada. Me niego a ser codicioso.

La única cosa que le digo a Bella en respuesta a su súplica es:

—Todo el que necesites.

Sonríe y está a punto de decir algo, pero la puerta se abre revelando la cabeza de Nathan.

Tiene una sonrisa boba en la cara. Es una imagen a la cual solo le puedo sonreír. Es tan jodidamente bonito.

—Mami, olvidaste saltarte una parte —le dice. Los miro a los dos, confundido.

—¿A qué te refieres, cielo? —pregunta, parece que también está confundida.

—En la película —explica—. Kick-Ass dijo… —baja la voz hasta susurrar—, dijo jooo… ¿conoces la palabra?

Santa mierda. Una risita llorosa se escapa entre mis labios.

—Lo siento —gimotea Bella, conteniendo su diversión—. Eres muy bueno por no repetir la palabra.

Le dedica una sonrisita tonta a Bella mientras sus orejas se tiñen de rojo.

—¿Van a entrar pronto? —pregunta, agachándose para recoger un poco de nieve del piso. Se ríe y cierra su puño alrededor de la nieve—. ¿O podemos salir a jugar? Ya se terminó la película.

Bella me mira, alzando una ceja a modo de pregunta.

Me encojo de hombros y decido ser honesto.

—Todavía no estoy listo para que se vayan —admito con voz suave.

Me aprieta la mano.

—Sigue siendo muy temprano. No hay prisa. —Luego se gira hacia Nathan—. Ve adentro; papi y yo volveremos en un minuto, y traeré tu traje para la nieve que está en el carro.

Eso… cuando ella me dice… papi… nunca me cansaré de eso.

Tampoco me cansaré de escuchar a Nathan decirme papi otra vez.

Porque la primera vez… creí que iba a explotar.

En realidad no tengo ni idea de qué se trata la película, pero no podría importarme menos. Lo que me importa es ver a Nathan y notar lo entusiasmado que está. Es un niño feliz, lo cual solo me hace querer adorar el piso por donde camina Bella. Porque es ella la persona que le ha dado todo. Ella le ha dado la base para una infancia feliz y, a diferencia de mis padres, sé que Bella no dejará de hacerlo. Nathan es su mundo.

¡Shh! Ya está empezando —dice Nathan, a pesar de que Bella y yo no hemos pronunciado ni una palabra. Le sonrío, no me importa ni un carajo la pantalla. Él ni siquiera puede quedarse quieto—. ¡Ese es Dave, papi! —Señala la televisión.

Mientras tanto, mis ojos se agrandan y siento que el color se escapa de mi cara.

Inhalando rápidamente, intento no perder la compostura.

Lo escuché bien, ¿cierto?

Ladeo la cabeza en dirección a Bella buscando confirmación, y me encuentro con su expresión preocupada.

Síp, lo escuché correctamente. Me acababa de decir… me acababa de decir… oh, carajo.

¿Estás bien? —pregunta casi en silencio.

No, no estoy bien. Mi hijo acaba de decirme papi por primera vez y me temo que voy a desmoronarme.

¡Mantén la compostura, Cullen!

A Bella le ofrezco un pequeño asentimiento.

Como si no estuviera ya teniendo problemas, los siguientes veinte minutos son pura tortura. En repetidas ocasiones tengo que parpadear para alejar las lágrimas e intentar controlar mi respiración.

Pero cuando Nathan salta sobre mi regazo, sé que solo es cuestión de segundos antes de que se abran las compuertas de las lágrimas.

Él es tan suave, tan pequeño, y tan jodidamente maravilloso. Y está justo aquí, enseñándome todo lo que le gusta. Su pequeña manita está hecha puño en mi camiseta, su traserito se agita y sus ojos se mueven entre los míos y la pantalla mientras me presenta a los personajes.

Demasiado, demasiado, demasiado.

Mi pecho se agita con un suspiro tembloroso, uno que tengo que aplastar antes de que se convierta en un sollozo.

No quiero aterrar al pobre niño con mis emociones incontrolables.

Dave quiere darle besitos a esa chica —se ríe, señalando a la chica en la película. Al mismo tiempo, se recarga hacia atrás apoyando su cabeza en mi pecho. Un pecho que parece estarse expandiendo de todas las formas posibles.

Literal, figurativa, físicamente… como si estuviera a punto de explotar.

Me siento mareado y necesito salir de aquí por un momento.

Cuando Nathan salta hacia Bella y le dice algo sobre Hit-Girl, aprovecho mi oportunidad.

Bella —le digo a Bella con un susurro ahogado. Ella me mira—. Solo… —Se me cierra la garganta, así que señalo sobre mi hombro con el pulgar. Inhalo una respiración rápida y superficial—. Necesito un minuto.

Por supuesto —susurra en respuesta.

Eso me trajo aquí afuera.

—Entonces, ¿deberíamos abrigarnos? —sugiere Bella.

Asiento rápidamente.

—Hagámoslo.

Y abandona mi regazo. Es triste lo desolado que me siento.

~CLO~

—¿Cómo nos vamos a dividir en equipos, cariño? —le pregunta Bella a Nathan.

El niño se ve pensativo durante un minuto, todo mientras que yo no puedo borrar la sonrisa de mi rostro. En su traje para la nieve es una bolita de energía. Y ya que la nieve está muy alta, no le resulta muy fácil moverse.

Debería limpiar otra vez la entrada.

Taz también está aquí, y Nathan ya decidió que Taz es su secuaz.

—¿Chicos contra chicas? —sugiere Bella y me lanza un guiño.

Le alzo una ceja.

—Somos uno, dos, tres chicos, mami —dice Nathan, arrugando la nariz.

—Puedo cuidarme sola, pequeño, te lo prometo —replica Bella con diversión y… con demasiada confianza, en mi humilde opinión.

—¿Estás segura de eso? —pregunto, alzando una ceja—. Tengo que decir que tu arrogancia me hace querer… —Señalo la nieve.

Se ríe.

—¿Te hace querer qué? ¿Aventarme bolas de nieve? Bueno, tienes que apuntar bien para lograrlo. Tal vez tu puntería apesta.

—Oh —me río entre dientes—. No debiste decir eso, Swan.

—¿Tu puntería apesta, papi?

Jesucristo, mátame ya.

Bajando la vista a Nathan, que está parado a mi lado, aplasto mis emociones. Me estoy acostumbrando a esto.

No apesta —digo, sonriendo. Cuando mi visión se pone borrosa en las orillas, parpadeo para alejar esa mierda—. ¿Quieres que te enseñe?

Su sonrisa crece.

—¡Sí! Aviéntale algo al carro de mami.

Abro y cierro la boca. Bella suelta un gritito lindo a modo de protesta.

No puedo culparla.

—¿Qué te parece mejor a un árbol? —digo lentamente con diversión, acuclillándome a su lado. Agarro un poco de nieve y empiezo a formar una bola de nieve—. No queremos lastimar el carro de mami.

—No, no queremos —nos regaña Bella juguetonamente.

—Sí, bien, ese de ahí. —Nathan señala un árbol grande a la derecha de mi cochera.

Con un asentimiento, me pongo de pie y aprieto un poco más la bola de nieve antes de terminar. Luego muevo el brazo hacia atrás y aviento la bola, pegándole al árbol, lo cual hace que la bola de nieve se destroce.

Le sonrío a Bella, ella me fulmina con la mirada.

—¡Sí! ¡Chicos contra chicas! —proclama Nathan.

Lo que no había anticipado era la excelente puntería de Bella.

Porque cuando la guerra épica comienza, parece que ella las está aventando a una velocidad que diría que es inhumana. Mientras tanto, Nathan es inteligente y se esconde detrás de mí. Oh, y toma las bolas de nieve que yo hago.

—Oh, ¡tres chicos rudos! —se burla entre carcajadas—. Nate, Edward, ¡vamos! ¡Taz es el único que se ha podido acercar a mí!

Sí, ¿y por qué mi perro no puede aventar una bola de nieve? Eso sería genial.

Agachándome, hago dos bolas de nieve y luego le digo a Nathan:

—Amigo, súbete a mi espalda. —Supongo que puedo protegerlo mientras avanzo hacia Tinks.

Nathan no vacila, y todo lo que escucho son sus risitas y sus carcajadas.

—¡Te vamos a dar, mami!

—Mierda —murmura Bella, corriendo hacia su SUV.

Me río y la sigo con Nathan aferrándose a mi cuello.

—¡Aw, Bella! ¡No seas cobarde!

—¿Me puedes dar una bola de nieve? —me pregunta Nathan al oído.

Asiento y le entrego una, quedándome con la segunda. Luego le doy caza a Tinks alrededor de su carro. Eventualmente la alcanzamos y le aviento la bola de nieve a la cabeza. Tiene la capucha de la sudadera puesta y también está usando un gorro, pero aun así la llené lo suficiente de nieve para hacerla gritar.

—¡Ganamos! —grita Nathan—. ¡Papi, ganamos!

Hago una mueca ante el volumen de su voz, pero no puedo borrar la sonrisa victoriosa de mi cara.

—¡¿Ganaron?! —exclama Bella con incredulidad—. ¿Qué hay de las veinte bolas de nieve con las que yo los golpeé a ustedes?

Me encojo de hombros y jalo a Nathan hacia mi pecho, donde me lo apoyo en la cadera.

—Eso no cuenta. ¿Acaso no conoces las reglas, Tinks? —bromeo.

Su cara se descompone por un segundo, y sé que me equivoqué. Haciendo una mueca, le musito una disculpa, pero para mi alivio ella le quita importancia, una sonrisa tira otra vez de las comisuras de su boca.

—Bien, ustedes ganan —gruñe, lanzándonos otro ceño fruncido juguetón.

—¿Ahora podemos hacer ángeles en la nieve? —pregunta Nathan, retorciéndose para bajarse de nuevo al suelo. Lo suelto con reticencia, pero mi pecho se siente más ligero cuando me agarra la mano—. Papi, puedo enseñarte a hacerlos. Mami dice que los míos son los mejores.

—Apuesto a que tiene razón —murmuro, captando la deslumbrante sonrisa de Bella.

—Adelántense —nos dice—. Voy a sacar algo del auto.

Asintiendo, sigo a Nathan hacia un espacio intacto de nieve que está a la izquierda de mi pórtico.

—Tienes que acostarte. —Señala el suelo.

Divertido, lo obedezco y pongo mi culo en el suelo. Me subo la capucha de la sudadera, y me siento jodidamente agradecido de que Emmett me haya obligado a comprar ropa térmica y pantalones para nieve. Sin embargo, no estoy usando chamarra. Solo una camiseta y la sudadera. Pero… como sea. Hasta ahora no está tan frío, y es un día agradable.

—¿No tienes que acostarte tú también? —me río entre dientes al recostarme. Tengo que admitir que es jodidamente cómodo.

—Lo haré —dice simplemente—. Bien, estira los brazos.

Se ve muy serio, analiza mis brazos cuando los estiro. Y, mierda, se me metió la nieve a las mangas. También a los guantes.

Detrás de Nathan puedo ver a Tinks acercándose. Se lleva un dedo a los labios, diciéndome en silencio que no la delate. Así que no lo hago, tengo curiosidad sobre lo que planea hacer.

Mi respuesta llega cuando Bella agarra a Nathan y lo avienta en lo profundo de la nieve que está a mi lado.

—¡Gané! —se ríe, lanzando un puño al aire.

—¡Mami! —grita Nathan y se sienta—. ¡No estaba listo! —Se sacude la nieve igual que lo haría Taz. Hablando de Taz, lo veo sentado junto a las piernas de Bella. Tan jodidamente tranquilo—. ¿Podemos hacerlo otra vez?

Ante eso, Bella y yo nos carcajeamos.

Nathan, con su nariz un poco roja, intenta pararse, pero se tropieza y cae justo sobre mí.

—¡Uff! —El aire abandona mis pulmones, lo que hace que mi risa se convierta en resuellos.

En todos mis veintidós años sobre este planeta, creo que jamás me he sentido tan despreocupado.

—¿Estás bien, amigo? —me río como niña.

—Estoy bien —dice con ligereza y ahogo una risa—. Es culpa del traje de nieve que me haya caído.

—Por supuesto. —Le sigo la corriente, asintiendo.

Ya que no he escuchado a Tinks hablar en un rato, levanto la cabeza y veo que está parada a unos pies de distancia. Solo que ahora está sosteniendo una cámara.

A pesar del frío filtrándose en mi ropa, también hay una calidez corriendo a través de mí.

—¿Puedes mirar a mami, pequeño? —pregunta Bella. Y Nathan alza la vista, todavía está medio sentado sobre mi estómago—. Tú también, Cullen. —Me lanza una sonrisa rápida antes de mirar otra vez a través del lente de la cámara.

Sonrío un poco incómodo mientras ella toma fotos.

Nota mental: comprar una cámara.

—Gracias, chicos. —Sonríe y vuelve a guardar la cámara en un pequeño estuche—. Ahora creo que ya es hora de regresar adentro. Edward, tu nariz está roja. Igual la tuya, Nate.

En lugar de sentirme como un niño regañado, me gusta que sea tan maternal, incluso conmigo.

—Apúrate —me dice Nathan, se ve extrañamente molesto—. Vamos. —Se levanta de mí y jala mi mano—. ¡Tienes que entrar, papi! —Ahora también se ve lleno de pánico.

¿Qué demonios?

Bella nota su expresión y frunce el ceño con preocupación.

—Cariño, ¿qué pasa?

Poniéndome de pie, me limpio la nieve de las piernas y el culo mientras veo a Nathan.

Su labio tiembla, y ahora empieza a verse enojado.

—¡Tenemos que apurarnos! —Da un pisotón—. Ya, ¡antes de que se vuelva a enfermar!

Me congelo, y no por primera vez hoy, siento que me han dado un puñetazo en el estómago.

Mi corazón se hace pedazos por él. Y por mí. Piensa que me iré otra vez, que me enfermaré y me iré.

—Oh, cielo —suspira Bella, cargando a Nathan. Él empieza a llorar y creo que no estoy a más de unos minutos de seguirlo—. Él no se volverá a enfermar así.

Me muerdo el interior de la mejilla, mis ojos se llenan rápidamente de lágrimas.

—Vayamos adentro —murmura ella—. Te lo explicaremos, ¿de acuerdo? —Nathan asiente en el hueco de su cuello.

Los sigo hacia los escalones de la entrada y entramos a la casa.

Taz se escabulle por la puerta antes de cerrarla a mis espaldas.

El calor del interior se siente bien y llega con tanta fuerza que mi piel escuece y pica, pero no es suficiente. Ha pasado un tiempo desde la última vez que encendí el fuego de la chimenea en la sala.

—Bella —digo en voz baja, quitándome los pantalones de nieve. Ella está agachada ayudando a Nathan con su overol y sus botas; alza la vista hacia mí—. ¿Puedo-puedo hablar con él? —Siendo honesto, no sé en realidad qué es lo que le voy a decir, pero necesito que sepa que jamás seré capaz de volver a alejarme de él. Ese no es un error que cometeré dos veces.

Tinks me mira pensativa.

Luego, asintiendo lentamente, susurra:

—De acuerdo. —Se gira hacia Nathan, lo ayuda a quitarse el resto de su ropa y dice—: ¿Qué te parece si papi y tú van a la sala? Yo puedo prepararnos un chocolate caliente especial.

En respuesta a lo que ella dijo, hago un escaneo mental de lo que tengo en mi alacena. Creo que tengo los ingredientes para preparar chocolate caliente, pero no estoy seguro. ¿Tal vez ella lo trajo?

—Bien. —Nathan solloza y me mira.

Me obligo a sonreírle y le ofrezco mi mano.

—Los acompañaré pronto —dice Bella con suavidad antes de dirigirse a la cocina.

—Vamos, pequeño —susurro cuando toma mi mano. Se siente bien, diferente, porque antes, cuando estábamos afuera, los guantes estaban de por medio—. Podemos prender la chimenea.

Asiente y baja la vista. Su agarre en mi mano se aprieta.

Cuando llegamos a la sala, lo guío hacia la esquina donde se encuentra el fuego y luego nos sentamos frente a él.

—¿Puedes decirme cómo? —murmura suavemente.

Todavía se ve muy triste.

Lo detesto. Hace que me duela todo por dentro.

—Por supuesto. —Agarro un tronco de la pila y lo alzo frente a él antes de aventarlo a la chimenea. El fuego crepita y cruje—. Ten, toma este. —Le doy un pedazo de madera más pequeño—. Solo aviéntalo.

Mordiéndose el labio, sus ojos se mueven entre la madera que tiene en sus manos y el fuego. Luego se alza un poco sobre su traserito y se inclina hacia enfrente para aventar la madera al fuego.

Una risita se escapa de él al volver a sentarse, pero esta se esfuma cuando sorbo accidentalmente por la nariz.

—¿Estás enfermo? —pregunta, su labio inferior vuelve a temblar.

Niego rápidamente con la cabeza.

—No me voy a ir, Nathan —susurro, tragándome mis emociones—. Um, mami te dijo que estaba enfermo, ¿cierto?

Asiente.

—Por dentro. ¿En tu corazón?

Eh. Supongo, en cierta forma.

—Correcto. —Me aclaro la garganta—. Estaba… —exhalo un suspiro, devanándome el cerebro en busca de una buena explicación.

—Mami dijo que estabas enojado y triste.

Asiento, porque ciertamente eso es correcto.

—Mami tiene razón. Estuve así por mucho tiempo. Pero, um, ¿puedes ver la diferencia? Quiero decir… —Sí, ¿qué quiero decir? Cristo—. Tiene que pasar algo malo para enfermarme otra vez así, como me enfermé antes. No se trata de estar afuera en el frío. —Bien, esto podría funcionar—. Así que probablemente a veces me resfriaré, y tendré gripe, pero eso es diferente. Incluso si tengo fiebre, no me voy a ir. —Aventando unos cuantos troncos más al fuego, añado—: Nada podría obligarme a dejarte a ti y a mami. La forma en la que estaba enfermo antes… eso no volverá a pasar. —Esa es una promesa que sí puedo hacer. Y mantener. Porque dejar a Nathan; tan solo pensar en eso… duele un putero—. Dejarte nunca será mi decisión.

En la salud y la enfermedad, aquí estoy.

—¿Me lo prometes?

Bajo la vista hacia él, miro sus ojos verdes.

—Te lo prometo.

Como si se hubiera activado un encendedor, sus hombros se ven menos tensos y su sonrisa está de regreso.

Y un par de minutos después, Bella entra a la sala con una bandeja que contiene tres tazas, las verdes con puntos de colores que Emmett eligió en IKEA de Seattle.

Noto que sus ojos están un poco rojos, así que supongo que escuchó la conversación.

Probablemente yo habría hecho lo mismo si fuera ella.

Aunque espero que lo que dije no la haya molestado.

—¿Todo está bien? —pregunta y se sienta en el sofá.

—Sí —responde Nathan por los dos al ponerse de pie. Lo sigo—. ¿Pusiste mucho jarabe de chocolate para mí?

—Por supuesto —se ríe entre dientes.

Alzo una ceja cuando veo las tazas completamente llenas en la parte de arriba de crema batida y chocolate.

—No encontraste eso aquí, ¿cierto? —Me siento junto a ella.

—Um, no. —Sonríe con pena—. Lo traje, por si acaso. Ten. —Me entrega una taza—. No me hago responsable si terminas en un coma diabético.

Me burlo y alzo la taza a mi cara.

—Entendido. —Al darle un trago me veo inmediatamente asaltado por la dulzura y el chocolate y el chocolate y el chocolate—. Vaya. —Me río entre dientes—. Ahora entiendo por qué a Nathan le encantan. —Puede o no que tenga que pedirle las instrucciones a Bella para poder prepararlos yo solo.

—Es el mejor chocolate caliente. —Nathan se lame un poco de crema batida de los labios.

El único problema con tanta azúcar es que antoja un maldito cigarro. No he fumado en todo el día, quiero mantener esa mierda lejos de Nathan.

—Así que… estaba pensando. —Bella tiene toda mi atención cuando dice algo así. Todavía tengo nervios de que esto vaya a fracasar; de que pueda decepcionarla, de que ella se lleve a Nathan lejos de mí—. Se está haciendo muy tarde.

Oh. Claro. Sí. Por supuesto.

—Lo entiendo —digo, serenando mi rostro. No es como que pueda mantenerlos aquí para siempre.

—No había terminado —dice, pegándome en la rodilla—. Quita esa mirada de perrito triste, por favor.

Mierda. Ahí quedó esto de serenar mi rostro.

»Mañana es domingo —sigue—. No tenemos planes, pero sí necesitamos volver a casa. —Exhala un aliento—. Así que tienes dos opciones, trae tu trasero a Anchorage mañana…

—Trasero —se ríe Nathan.

—O… —incito a Bella, en la orilla de mi asiento.

Sonríe.

—O puedes venir con nosotros ahora, cuando nos vayamos. Puedes ir con nosotros, o puedes llevarte tu propio carro. Si te vas con nosotros…

—Puedo tomar un vuelo de regreso a casa mañana —le aseguro rápidamente. Santa mierda, apenas puedo creer su hospitalidad.

—Genial. Tenemos un sofá cama en nuestra sala, o —resopla una carcajada— Nathan puede dormir conmigo, así tú te quedas en su cama.

—Mi cama es increíble —dice Nathan con seriedad.

No oculto mi sonrisa.

—Por supuesto, si prefieres hay hoteles…

Vuelvo a interrumpir a Tinks.

—Tu sofá será suficiente.

Más que suficiente.

Todo lo que tengo que hacer es empacar una maleta pequeña y llamar a Emmett. Taz puede quedarse aquí solo unas seis horas más o menos, lo que le dará tiempo suficiente a Emmett para regresar de Kenai. Eso está a menos de treinta minutos de distancia, así que…

—¿A qué hora nos vamos? —pregunto, de repente me siento ansioso. No puedo esperar por ver la casa de Bella. Y la habitación de Nathan, y… todo eso. Qué gracioso, Anchorage no era nada para mí cuando recién llegué a Alaska. Ahora no puedo esperar para ir.

Este día acaba de mejorar por mucho.

—¿Después de esto? —sugiere Bella, alzando su taza—. Podemos comprar pizza o algo, cenaremos tarde al llegar a casa.

Suena perfecto.


N/T: Les traigo un capítulo extra como agradecimiento por haber llegado a los 600 reviews, gracias por todo su apoyo!