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Expreso de Hogwards

En la estación del tren el bullicio era incontrolable, el silbato del tren avisaba su próxima partida, muchos se despedían con afecto, con una promesa de regresar pronto y escribir constantemente. Pero para alguien en particular eso solo le removió viejas heridas, a él nadie lo acompañaba para desearle un buen viaje, nadie se despedía esperando alguna misiva de su parte, es mas ni si quiera esperaban su regreso, bien pudiera morirse en el camino nada cambiaria.

Nada cambiaria y a nadie le importaba, ni siquiera a el mismo que no le veía sentido alguno a seguir viviendo, si no fuera por esa promesa realizada en el lecho de una moribunda la historia seria otra, y a estas alturas su cuerpo frio, estaría tres metros bajo tierra siendo comido por gusanos.

Se sentía vacio como siempre, o quizás más que nunca, ahora calaba hasta los huesos esa frialdad que traspasaba su alma condenada. Caminaba pero eran su pies que se movían de manera automática su rostro era inexpresivo como siempre, pero como nunca ese rostro inmutable era completamente real y no solo una careta carente de emociones.

A su paso sentía como las miradas se clavaban en el. Era tan fácil descifrar los diferentes sentimientos y emociones que despertaba de solo ver esos ojos esquivos llenos de tantas cosas, miradas recelosas, con el miedo tatuado en sus pupilas se azotaban en su espalda como látigos que desgarraban su piel.

Ya estaba más que acostumbrado a ese tipo de miradas, nadie olvidaría los pecados cometidos y esos ojos puestos en el solo eran una prueba más de que su vida estaba condenada por las sombras de un pasado que nunca dejaría atrás.

Vestido completamente de negro para no romper con la costumbre, pantalones minuciosamente planchados al igual que la camisa gris oxford que solo asomaba el cuello y los puños ya que el abrigo a tono estaba abotonado completamente. Con las manos en los bolsillos caminaba indiferente ante el tumulto de gente a su paso que procuraba afanosamente evitarlo.

Les daba la razón al alejarse, nunca fue una buena compañía, pero justo ahora era mucho peor, si no fuera por esa promesa estaría tan lejos, se decía con insistencia como si eso pudiera mantenerlo firme y de alguna manera así era.

Subió los peldaños metálicos del tren y se introdujo, buscando un solitario lugar donde poder alejarse de esas voces insistentes, de pláticas que no le interesaban, de sonrisas falsas e hipócritas que para nada necesitaba. Se topo a su paso con sus "amigos", aquellos que olvidaron incluso su nombre debido a su desgraciado desenlace.

Amigos pensó y se burlo para sus adentros esos seres repulsivos nunca lo fueron, eran solo lapas, paracitos que se alimentaban de su renombre, de la posición que había sido privilegiada, de las comodidades que le proporcionaban los lujos del dinero. Y que ahora habiéndolo perdido todo se alejaban como ratas que abandonan el barco ante el inminente hundimiento.

Camino a lo largo del pasillo hasta encontrar un vagón vacio, esperando no ser molestado, deseaba estar aislado de todo y de todos, no le interesaba enzarzarse en platicas banales o ser víctima de mas criticas y murmuraciones, aunque después de todo que mas podría esperarse, tenía claro quién era y lo que había sido, y siendo así las cosas, donde quiera que fuera siempre seria un maldito Mortifago exonerado por el merito de su madre en los últimos momentos de la guerra.

Se sentó desganado en la soledad de ese cubículo con la mirada fija en la ventana, viendo pasar los paisajes que tantas veces habían pasado inadvertidos para sus ojos, pero que justo ahora ocupaban toda su atención, en un vano esfuerzo de intentar borrar los recuerdos que llegaban a su mente y lo hacían sentir más miserable.

Se lamentaba de tantas cosas, pero ya era tarde, muy tarde para enmendar las cosas, ya no disponía del tiempo y aunque lo tuviera las personas importantes en su vida se habían ido para jamás regresar, esa era la realidad, la verdad de un destino miserable que lo condenaba a la mas absoluta soledad. Quizás ahora entendía con mayor claridad lo que era una especie en peligro de extinción, lo que representaba que una especia completa que había sido poderosa y admirada por su supremacía, ahora estaba al borde de desaparecer, el mismo era el único Malfoy, el último de una larga lista de poderosos magos de sangre limpia que se había reducido a nada.

El día era gris, tan gris como el mismo, llovía a cantaros algo impropio de la temporada pero sin duda iba muy acorde con su estado de ánimo. El tren se puso en marcha puntual, atravesando las vías que lo llevaría a su destino, a cumplir con esa palabra dada a desgana cuando sostenía la fina mano de dedos largos y fríos de su madre entre sus manos tratando de dar un poco de confort antes de su ultima exhalación.

Las gotas de agua golpeaban con insistencia el cristal de la ventana, aun podía escuchar las voces provenientes de los pasillos, el eco de las risas, los murmullos cuando alguien se acercaba a su puerta y la advertencia dada después de que no era buena idea entrar en ese compartimento. La razón era obvia él era peligroso, pero por primera vez en mucho tiempo eso le causo cierta satisfacción así no sería molestado.

Conforme el viaje avanzaba los ruidos fueron perdiendo sentidos, ya solo se enfocaba en escuchar la lluvia golpear el cristal. Las nubes oscurecían el firmamento que repentinamente era iluminado por los rayos que afanosamente intentaban partir el cielo entre fuertes estruendos que solo reventaban mas nubes cargadas de agua haciendo que lloviera con mayor intensidad.

Fueron precisamente esos sonoros truenos lo que le hicieron evocar un viejo recuerdo que había estado perdido en la profundidad de su mente, y aun viendo por la ventana recordó ese lejano momento.

Un niño pequeño de apenas 6 años presionaba con fuerza la almohada contra sus oídos cada que el cielo nocturno se iluminaba con los rayos y truenos que caían cada cierto tiempo, era una fuerte tormenta, el viento agitaba con furia las copas de los arboles que rodeaban su enorme mansión haciéndolos estremecer y aullar con los fuerte movimientos, incluso uno de los arboles recibió de lleno un rayo y este ante el embate se quebró a la mitad entre llamas amarillas que se apagaron tan rápido como habían encendido.

Estaba aterrado pero sabía muy bien que no podía ir a buscar refugio con su madre, le estaba terminantemente prohibido, el era un Malfoy y como tal debía mantener la compostura y esa era una simple tormenta a mitad de la noche y el no debía ser débil nunca aun cuando se tratara de solo un niño.

Trataba de contener las lagrimas de miedo, pero rebeldes estas se escurriendo por sus ojos grises, estaba tumbado en la cama con las sabanas hasta arriba y la almohada aferrada con fuerza entre sus manos se tapaba el rostro, especialmente los oídos para no escuchar la furiosa tormenta y los estruendos. Temblaba todo su cuerpo con miedo y se hizo un ovillo intentando mantener la calma, pero no podía, se agitaba con fuerza y contenía el aliento cada que veía como la ventana se iluminaba como si fuera de día y pocos segundos después un fuerte ruido parecía desgarrar el cielo y a el mismo.

Brinco sobresaltado cuando sintió como su cama se sumía por el peso de alguien y pálido como era saco su rostro del resguardo de sus sabanas que usaba de trincheras y dejo de presionar la almohada para ver quién era el que se había sentado a un costado de su cama.

-Calma no pasa nada. -Su voz suave y sedosa le pareció el cantico de los ángeles. -Es solo una tormenta. -Le dijo con calma.

Y él solo pudo lanzarse a sus brazos buscando cobijo y protección. -Lo siento. -Se disculpo con su voz infantil afectada por el miedo, sabiendo que había sido débil y no debía permitirse ese lujo.

Narcisa era un ángel, el ángel personal de Draco. Había salido a hurtadillas de la habitación conyugal sabiendo cuanto le aterraban los truenos a su pequeño rubio. La mujer no dijo nada ambos sabían que ese iba a ser un secreto que ambos compartirían. Le sonrió con complicidad acariciando los cabellos platinados que cubrían su frente y lo arropo con cuidado, besando su frente y sus mejillas.

La tormenta no paraba, como tampoco los incesantes rayos que parecía que se habían propuesto desgarrar el cielo. Pero ya no sentía el mismo miedo al estar en el regazo de su madre.

-No temas Draco a las tormentas yo siempre estaré contigo. -Fueron las palabras que utilizo su madre antes de quedarse dormido.

Sonrió con ironía cuando cayó un rayo, sonrió con tristeza porque a sus 6 años creyó completamente lo que su madre le prometió esa noche de tormenta, y ahora tantos años después estaba solo en ese día de tormenta y sin la esperanza de volver a ver el rostro maternal y dulce de su madre, ese rostro que solo él conocía, porque ante los demás, incluso delante de su padre Narcisa Malfoy era fría y dura como debía de ser.

Escucho como abría la puerta del compartimento, pero no se tomo la molestia de ver quién era el impertinente que había osado quebrantar su paz, pensó que en cuanto lo viera se daría cuanta de su error y saldría tan rápido como había entrado. La puerta se cerro y pensando que seguía solo siguió viendo a trabes del cristal como las gotas de agua se juntaba y resbalaban por la superficie lisa del cristal.

Había pasado ya bastante tiempo de que la puerta se había abierto y el silencio que imperaba en el lugar permanecía inquebrantable, faltaba muy poco para llegar a la estación de Hogsmeade y cuando por fin rompió el contacto visual que había mantenido todo el camino hacia la ventana, se sorprendió al descubrir que no estaba solo.

El intruso no se había ido, permanecía sentado frente a él observando por la ventana como el lo había hecho todo el trayecto. Su sorpresa fue mayúscula cuando se percato que era una mujer la que lo había acompañado gran parte del camino.

No podía ver su rostro, un sombrero lo cubría parcialmente y llevaba el cabello recogido solo un par de mechones caían por su rostro ocultando aun más la identidad de esa chica. No era que le importara mucho quien fuera en realidad, pero despertó su curiosidad que no se hubiera marchado como lo había supuesto.

Esa mujer vestía completamente de negro, ese era el color característico de los de su casa, pero no recordaba haberla visto antes, de lo contrario hubiera recordado esa bien formada silueta que lucía con aquellas ropas.

Lo que no sabía Malfoy era que esa mujer no llevaba ese color por la elegancia que le pudiera otorgar a su presencia, como común mente lo usaban los Slytherin, lo llevaba como señal de luto, era una manera de mostrar su pena porque la muerte le había arrebatado a sus seres queridos.

Malfoy no tenia mas interés por esa mujer que el hecho de saber por qué se había quedado compartiendo el mismo espacio con un ex mortifago, considerado como indeseable y peligroso. Pero su sorpresa fue mayor cuando sus miradas se cruzaron. No hubo intercambio de palabras o mejor dicho de insultos siendo quien eran, solo silencio y después de unos minutos regreso su mirada a la ventana como si no fuera para nada relevante encontrarse con Draco compartiendo un vagón.

Su primera intención era enfrentarla, exigirle que se largara y lo dejara solo, pero que lógica había en eso cuando habían compartido más de la mitad del viaje juntos en el más absoluto silencio, además los ojos de la Gryffindor estaban inexpresivos al igual que su rostro, no mostraba el ceño fruncido o la mirada contrariada y a la defensiva como siempre lo hacía en su presencia.

Estaba relajada y sumida en un mutismo que le comenzaba a exasperar, no estaba acostumbrado a estar tan cerca de esa joven sin soltar algún improperio o descargar su veneno serpentino sobre la persona que había sido uno de sus más acérrimos enemigos. Pero ella se mostraba tan tranquila, tan absorta y ensimismada en sus propios pensamientos que parecía inconsciente de que eran enemigos naturales y no era apropiado o sano compartir el mismo espacio por demasiado tiempo.

Pero incluso el no estaba de ánimo para desatar una nueva contienda o enfrentamiento, estaba arto de todo eso, asqueado de su propia existencia y viéndose ignorado por completo decidió mantener la misma indiferencia que sostenía la chica frente a el.

Dejo de pensar en lo ilógico que resultaba la situación y solo se limito a seguir con el hilo de sus propios pensamientos viendo a través del cristal lo cerca que estaba de su destino. Cuando llegaron a la estación sin cruzar palabra cada uno siguió con su camino, perdiéndose entre la multitud y el griterío.