Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.


Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!

Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.

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Gracias Yani por betear esta historia.


Capítulo 22: No solo Nathan

Canción del capítulo: Atlas Hands de Benjamin Francis Leftwich

BPOV

Durante las siguientes semanas, Edward y yo establecemos una rutina con la que ambos nos sentimos cómodos, por ahora. Empieza conmigo y con Nate manejando hacia Sterling el sábado en la mañana; pasamos todo el día allá, luego Edward nos sigue a casa. Él pasa la noche y luego maneja o toma un vuelo de regreso a casa. Todo depende de si hay vuelos. Unas cuantas veces se ha quedado hasta el lunes en la mañana. Así que… sí, pasamos juntos todos los fines de semana. Él también viene a Anchorage cada miércoles y se va a casa el jueves en la mañana. Fue hace tres o cuatro semanas que me preguntó si también podía visitarnos durante la semana y acepté de inmediato. Nate estaba encantado.

De hecho, hoy es miércoles.

También es el día que planeo presentar a Edward con Jasper, Jada y sus dos niñas. Todos llegarán en cualquier momento para cenar.

—Mami, tengo hambre —anuncia Nate, entrando a la cocina conmigo—. ¿Qué vamos a cenar?

—Chuletas de cerdo, esas te gustan. —Sonrío y lo cargo antes de sentarlo en la encimera junto a la estufa—. Ten, cielo. —Le entrego unas rebanadas de pepino—. ¿Quieres ayudarme?

Asiente furiosamente.

Le entrego un batidor para la salsa.

—Solo mueve este. —Señalo el sartén con la salsa—. ¿Me avisas cuando empiecen a aparecer burbujas?

—Bien.

Vigilándolo de cerca, regreso a seguir cortando verdura.

Sin embargo, Nate se aburre rápidamente como siempre, mucho antes de que la salsa se caliente.

—Ahí vas —me río entre dientes, ayudándolo a bajarse al piso.

—Puedo ver cuando llegue papi —dice y sale corriendo de la cocina.

—¡Pero no abras la puerta! —grito.

Nate sabe que no tiene permitido abrir la puerta él solo.

—¡No lo haré! ¡Primero preguntaré quién es! ¡Lo prometo!

Me río para mí y agarro los tomates.

En lugar de preguntarme por la rapidez con la que Nathan ha formado un vínculo con Edward, me siento feliz y aliviada. Tal vez no sería así si dudara de Edward, pero no lo hago. Él está comprometido en esto.

Ahora mi única preocupación soy yo misma.

Sigo esperando algún tipo de explosión, no sé, era lo que esperaba. Pero luego hablé con Lisa sobre eso, bueno, cuando la llamé en medio de la noche cuando tuve una pesadilla sobre… ugh, en fin… la llamé, la soborné con panqués para que viniera, y… ella vino a las cuatro de la mañana. Hablamos. Yo estaba loca. Ella se portó comprensible, estaba divertida y llena de comida para cuando se fue. Supongo que es algo bueno que viva a cinco minutos de distancia.

La pesadilla se trató de que Edward se iba, y mi problema fue el estado de horror absoluto en el que desperté. Estaba devastada, no solo por Nathan, sino por mí. El sueño me confundió porque estaba bajo la impresión de que todo esto era por Nate, que yo no estaba involucrada en un nivel personal.

Me gusta engañarme a mí misma.

Lisa me dijo que no era algo inesperado que yo también me encariñara. No necesariamente de Edward como persona, sino al último vínculo que tengo con mi pasado. Después de todo, Cullen ha jugado un papel muy importante en mi vida. Y mientras ella explicaba eso, tan solo ese dato se llevó un poco del enojo que sentía hacia él. Al no entender esto, ella me dio un ejemplo. Por ejemplo, eres más indulgente con familiares. La gente que es cercana a ti usualmente puede salirse con la suya en más cosas y todavía tener una buena relación contigo.

—Los humanos somos hipócritas por naturaleza —me dijo con un destello en su mirada. Supongo que eso tiene sentido ahora, pero antes no lo tenía. Un crimen realizado por un extraño tendría un castigo más duro que si un familiar hiciera lo mismo. Así que… ¿Edward es cercano a mí? No tengo ni puta idea. Es frustrante porque todavía siento resentimiento hacia él por lastimarme tanto en aquel entonces.

Y le dije eso a Lisa, ante lo cual ella contestó inexpresiva:

—Pues tienes que hablar con Edward sobre esto.

Básicamente, ya no puedo seguir escondiéndome detrás de Nathan.

Porque no solo se trata de él, como me había convencido previamente.

—¡Papi!

Hablando del rey de Roma.

—¡Hola, pequeño!

Limpiándome las manos en una toalla, salgo de la cocina.

Lo que veo al llegar al pasillo es a Edward agachado con los brazos de Nate alrededor de su cuello.

Sonrío y me recargo en la pared.

Esto, me gusta esto. También para mí. No solo se trata de Nathan.

Algo que me hace sentir en conflicto, pero me las arreglaré.

—Te hice un dibujo en la escuela, tienes que verlo —le dice Nate y, como siempre, sale corriendo como bala.

Edward sonríe y se pone de pie, tiene la mirada en Nathan que se va alejando. Cuando está fuera de su campo de visión, Edward se gira hacia mí.

—Hola tú. ¿Todo bien?

—Síp. ¿Y tú? —Cruzo los brazos sobre mi pecho, lo necesito. Nuestros saludos son un poco forzados cuando Nate no está cerca, y casi se siente como si estuviéramos ocultando algo. No sé.

Se mete las manos a los bolsillos de los jeans y mueve lentamente la cabeza.

—Todo-todo está bien. Sí.

Inserten silencio incómodo.

Por suerte, Nate nos rescata cuando regresa corriendo con un pedazo de papel en las manos. Y yo me disculpo para revisar la cena. Ya vi el dibujo que hizo hoy; una parte de mí no quiere volver a verlo.

Unos minutos después me encuentro en la cocina revisando las papas en el horno y escucho una maldición en voz baja viniendo desde la dirección de la puerta. Cierro otra vez el horno y me enderezo; volteando detrás de mí, veo a Edward entrando a la cocina.

—¿Qué sucede? —pregunto.

—No quieres saber. —Creo que murmura, aunque su siguiente oración sale rápidamente—. ¿Viste esto? —Alza el dibujo que Nate hizo hoy.

—Um, sí. —Sonrío incómoda, una sonrisa pequeña, y quito el sartén con la salsa de la estufa. Edward se acerca unos pasos a mi lado, lo suficiente para que pueda oler su colonia, un toque de cigarro y menta—. ¿Nate está en la sala?

—Sí, estaba puesta una película —dice en voz baja—. Una animada de una familia de superhéroes.

Asiento y pongo las chuletas en un plato.

¿Dónde están Jasper y Jada? Ya deberían haber llegado.

—No soy un superhéroe, Bella —susurra Edward.

En la periferia lo veo dejar el dibujo sobre la encimera, el dibujo de nosotros tres como una familia de superhéroes. Muy parecido a la película que Nate está viendo en la sala.

—Tampoco yo —susurro en respuesta—. Pero no necesitas visión de rayos X o la habilidad de volar para ser un héroe ante los ojos de un niño.

Edward tiene que aprender eso. Teme que nuestras expectativas sean demasiado grandes; mientras tanto, es él el que tiene las expectativas grandes. Las únicas cosas que le exijo son devoción, amor y lealtad.

No soy una de esas madres jodidamente remilgadas que protegen a sus hijos de todo. Esa gente me parece endemoniadamente irritante y demasiado estrictos. Para que mi hijo pueda saber lo que está bien y lo que está mal, necesita escuchar ambos lados. No puedo decirle que no maldiga si no sabe lo que es una maldición. Y soy firme creyente de que los adultos y los niños no deberían vivir bajo las mismas reglas. Aunque también creo que los niños hacen lo que los adultos hacen, y no lo que dicen, no tiene que ser de una forma u otra. Puedes encontrar un punto medio. Por ejemplo, Nate conoce las malas palabras y sabe que accidentalmente a veces las digo, aunque me esfuerzo en intentar no maldecir en su presencia, pero yo soy una adulta. Hay cosas que tengo permitido hacer, cosas que él no puede hacer. Está consciente de que esas reglas cambiarán cuando sea mayor.

No lo regañaré por algo que todavía no ha hecho. De esa forma, ¿cómo aprenderá sobre lo que son las consecuencias? En mi opinión, hay cosas que dices de frente y cosas en las que esperas. Cuando se trata de maldecir, comer demasiado, decir que no necesitas ir al baño a pesar de que mamá te dice que es mejor que lo hagas… deja que el niño aprenda con la experiencia. Nathan sabe que es malo maldecir, y lo mando a su habitación si lo hace. También sabe que es mejor ir al baño antes de acostarse, porque si no lo hace puede que termine mojando la cama. Oh, y está muy consciente de lo mucho que le puede doler el estómago si come mucho y muy rápido.

Cuando era pequeña, mi mamá me dijo que no tocara la estufa; estaba caliente.

¿La toqué? Por supuesto que sí. Era una niña. Pero nunca volví a cometer ese error, eso está claro.

—Lo estás haciendo bien, Edward —le digo con una sonrisita rápida.

Me sonríe torcidamente en respuesta, el alivio es evidente en sus facciones.

El hombre necesita relajarse.

—¿Hay algo con lo que te pueda ayudar? —pregunta.

Niego con la cabeza.

—Ya todo está hecho. Pero gracias. —La ensalada está hecha, la carne está lista, también la salsa. Solo estoy esperando las papas, y la mesa ya está puesta. Las bebidas están sobre la mesa…

Hmm, tal vez debería cambiarme la ropa. Los skinny jeans que estoy usando tienen una pequeña mancha en el muslo de cuando le preparé a Nate su bocadillo después de la escuela, pan tostado con mantequilla de maní y Nutella. Sin embargo, mi camiseta blanca de manga larga está bien.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro —digo, agachándome para revisar otra vez las papas.

—Jesús —murmura—. Um, claro. Este, yo, uh, hablé con Emmett. A él le gustaría volver a verte. A ti y a Nathan.

Me río entre dientes.

—Pues eso se puede arreglar. ¿Qué te parece este fin de semana?

—¿En serio?

Alzo la vista del horno para ver su enorme sonrisa.

—Seguro. —Le regreso la sonrisa—. Yo también quiero verlo. —He escuchado mucho de Emmett desde que Edward regresó a mi vida, y ese es otro hombre que evidentemente ha madurado. Ya no es el chico enorme que seguía cada movimiento de Cullen.

—Genial —dice, y la sonrisita tonta en su cara lo hace parecerse más a Nathan. O al revés, supongo—. Yo puedo cocinar la cena —sigue—. De hecho, compré un recetario después de una sesión con mi terapeuta en Kenai. —Suelta una risita—. ¿Puedes creer esa mierda? ¿Yo, cocinando?

—Estoy segura de que te quedará muy rico —me río—. Y oye —choco mi cadera con la suya, aunque más bien es con la parte superior de su muslo—, yo te puedo echar una mano.

Me sonríe, una sonrisa suave de ojos felices. También me gusta eso.

—No es necesario. Pero siempre puedes sentarte en la banca y juzgar.

El timbre suena antes de que pueda responderle.

—¡¿Puedo abrir, mami?! —grita Nate desde la sala.

—¡Pregunta quién es antes de que la abras! —le digo. Acepta rápidamente y miro a Edward de nuevo—. ¿Te preguntó quién eras antes de abrir la puerta cuando llegaste aquí?

—Sí, sí me pregunto. —Asiente—. Estás haciendo un maravilloso trabajo con él. Lo sabes, ¿verdad?

Abro la boca… luego la vuelvo a cerrar. Aunque he recibido cumplidos sobre esto con anterioridad, me doy cuenta de que es diferente cuando me lo dice Edward. ¿Supongo que ya que él es el papá de Nate significa más? Tal vez.

—Gracias —digo y agacho la cabeza durante un segundo.

Siento sus dedos rodeándome la muñeca, y estoy a punto de alzar la vista cuando Jasper y Jada entran a la cocina, ambas niñas se aferran a las piernas de Jasper.

—¡Hola! —Les sonrío enormemente a Olivia y Madison. Al mismo tiempo, me alejo un paso de Edward—. ¿Cómo están mis niñas favoritas?

Sin embargo, no logro engañar a Jada. Cuando cargo a la pequeña Madison, me encuentro con la mirada fija de Jada.

Ella piensa que lo que sentía antes por Edward está nublando mi juicio.

Yo pienso que se equivoca.

Con Madison todavía en mi cadera, hago las presentaciones… justo cuando Nathan entra corriendo también a la cocina.

—Jasper, Jada, este es Edward.

—Mi papi —interviene Nate con naturalidad.

—Y —me río entre dientes—, Edward, estos son Jasper y Jada.

—Gusto en conocerlos —dice Edward mientras que Nathan se pega al muslo de Edward. Es tan jodidamente lindo—. Bella me ha contado mucho sobre ustedes.

—Ella también nos ha contado mucho sobre ti —dice Jada con ironía.

Cuando Jasper le da la mano a Edward, yo le lanzo una mirada de enojo por ese comentario. De hecho, también Jasper lo hace.

Sin embargo, Edward lo entiende, y creo que soy la única que ve cómo su cara se descompone por un segundo.

Y en ese momento, en ese momento exacto, desearía que Jada no estuviera aquí.

—Um, ¿y ellas son sus hijas? —pregunta Edward en voz baja.

—Sí. —Jasper sonríe y carga a su hija de tres años—. Olivia, este es el papi de Nate. Su nombre es Edward.

—Hola. —Ella lo saluda y sonríe tímidamente, luego entierra la cara en el cuello de Jasper.

Edward le lanza un guiño rápido.

—¿Te puedo ayudar con algo? —me pregunta Jada.

—No. —Le doy la espalda y saco las papas del horno—. Todos pueden tomar asiento.

Por alguna razón, no me sorprende que Edward se quede ahí.

—¿Estás bien? —le susurro.

—Estoy bien. —Su sonrisa es falsa—. Déjame ayudarte.

Agarrando la carne y la salsa, está a punto de irse hacia la mesa de la cocina, pero lo detengo con una mano en su brazo. Me mira; le regreso la mirada. Luego le hago una seña para que se acerque más y lo hace.

—¿Ves esa gente en la mesa? —le murmuro al oído. Una vez más me veo asaltada por el sutil aroma de su colonia. Asiente—. Son mis amigos, ¿pero, Edward? No tienes que darles explicaciones. —Alzo la vista hacia él, ignorando nuestra cercanía—. No les debes nada.

Frunce las cejas.

—Ahí es donde te equivocas, Tinks —susurra. Trago, luego exhalo temblorosamente—. Ellos te cuidaron cuando alguien más debió hacerse cargo.

—No tenías obligación de cuidarme...

Me interrumpe de forma firme, pero suave.

—Eso es debatible, pero sí tenía obligación de cuidar a mi propio hijo.

Retrocediendo un paso, sostiene mi mirada durante uno o dos segundos más antes de avanzar hacia la mesa.

Exhalo.

A veces… o siempre… pero especialmente ahora, deseo que todos nuestros problemas pudieran simplemente desaparecer. Deseo que no tuviéramos cargas ni problemas.

~CLO~

No hablamos mucho durante la cena. A menos de que sea de los niños. Ellos siempre son un tema seguro.

Jasper, bendito sea, no parece estar juzgando en silencio a Edward. Pregunta con curiosidad sobre Sterling, Kenai y qué le ha parecido Alaska a Edward. Mientras tanto, Jada permanece en silencio. Solo está ahí sentada. Puedo sentir su mirada en mí, pero me siento muy decepcionada de ella ahora. Así que la ignoro.

Otra cosa que noto es que Nathan, nuestro pequeño mocoso, es territorial cuando se trata de Edward. Por la forma en la que estamos sentados alrededor de mi mesa rectangular, Edward queda sentado entre Nathan, que está en el lado corto, y Olivia. Yo estoy frente a Edward, con Jasper junto a mí, y Jada está sentada al otro lado de Olivia. Luego, en el otro lado corto se encuentra Madison. Así que sí, cuando Olivia le ofrece tímidamente a Edward una papa bañada en cátsup y salsa bearnesa y él la acepta con diversión brillando en sus ojos, Nathan tiene que subir la apuesta. Llama la atención de Edward al agarrarle la mano y luego Nate le ofrece dos trozos de papa.

Me burlo de esa exhibición y agarro un pedazo de carne con mi tenedor.

Debajo de la mesa, Cullen engancha su pie con el mío.

—¿Te divierto? —susurra con un brillo en su mirada. Asiento lentamente, en definitiva estoy al borde de tener un ataque de risas. Mientras tanto, Olivia está hablando con Jasper y Jada sobre… algo—. Supuse que sería grosero decir que no.

Resoplo ante eso, para luego taparme rápidamente la boca con una mano.

—Déjame decirte una cosa —me inclino hacia él, él hace lo mismo, y mantengo la voz baja—, la palabra no es un regalo de Dios. Si siempre dijera que sí —alzo una ceja—, tendría aves muertas enterradas en mi balcón, joyería hecha de pasta hervida, y…

—Lo entiendo —se ríe en silencio.

—Bella, esto estuvo muy delicioso —escucho a Jada decir.

Le dedico una mirada rápida.

—Gracias. —Luego me inclino para limpiarle la cátsup a Nate de la cara—. ¿Quieres que te corte un poco más de carne, cielo? —Asiente, y tomo mi cuchillo y tenedor para cortar su carne—. No olvides tus verduras, ¿de acuerdo? —Le toco la nariz, sacándole una risita.

Es raro; le encanta comer verdura de bocadillo, pero no puede obligarse a comerlas durante la cena. Al menos, no sin algo de presión.

Regresando la atención a mi propia comida, puedo sentir otra vez unos ojos en mí. Pero no es Jada. Definitivamente es Edward, y cuando encuentro sus ojos, noto que tiene una mirada extraña en la cara.

—¿Qué? —musito, sonriendo con curiosidad.

Sacude la cabeza, hay una ligera arruga entre sus cejas.

—Nada —miente en voz baja.

Lo dejo pasar. Por ahora.

~CLO~

—Gracias por la cena, cariño —dice Jasper, palmeándose el estómago—. Estuvo increíble como siempre.

—En serio que sí —coincide Edward cuando tomo su plato—. Gracias.

Está a punto de levantarse, pero me río entre dientes y lo empujo de nuevo a su asiento.

—Relájate, Cullen. —Agarro unos cuantos platos más y luego los llevo al fregadero—. ¿Quién quiere café? —Hay suficiente comida de sobra, así que la divido rápidamente en cuatro contenedores de plástico. Edward puede llevarse dos a casa con él, uno para él, uno para Emmett, y luego lo demás será la comida de Jasper y mía para mañana en el trabajo.

—Creo que esta vez acortaremos nuestra visita —dice Jasper, sorprendiéndome. Cuando regreso a la mesa para agarrar el resto de los trastes, capto la mirada que intercambia con Jada. Estoy muy segura de que van a discutir cuando lleguen a casa. Sucede muy pocas veces, pero cuando pasa, lo puedes notar por la tensión en la habitación.

—Sí, Madison se está poniendo muy irritable —añade Jada, mintiendo. Madison está perfectamente contenta en su sillita alta.

—Ya tengo la comida de mañana para nosotros, Jasper —le digo y vuelvo a ignorar a Jada.

—Qué bien. —Jasper se pone de pie y se mueve para agarrar a Olivia—. Yo llevaré el desayuno. —Asiento; usualmente ese es nuestro trato. Si no comemos con las mujeres y los niños, nos sentamos en su oficina. Uno lleva la comida, el otro el desayuno—. Fue un gusto conocerte, Edward. —Le ofrece la mano a Edward para darle otro apretón.

Sonrío ante ese gesto; Jasper es muy sincero. También es comprensivo e indulgente.

—Igualmente, hombre —responde Edward y le da un firme apretón a la mano de Jasper—. Me alegra que Bella tenga tan buenos amigos cerca de ellos.

Unos minutos más tarde ya nos hemos despedido de los Whitlock.

—¿Puedo ver una película? —pregunta Nathan.

Y no soy yo la que responde. Mientras estamos todos parados en el pasillo, Edward le responde, ya que muchas veces ha presenciado nuestra rutina hasta ahora.

—Después de tu baño, amigo.

Y las palabras salen con mucha naturalidad. No puedo evitar sonreírle.

No es hasta que él nota mi expresión que comprende lo que acaba de decir. Y ya que estoy mejorando con esto de lidiar con este Edward nuevo, sé que está a punto de disculparse por… lo que sea… así que le palmeo el brazo al pasar junto a él.

—Tú puedes con esto, Cullen. —Voy a la cocina y limpio lo que quedó de la cena.

Desde el baño, escucho el chapotear del agua, seguido de las risas histéricas de Nathan.

Escucho los "Jesús", "santo cielo", "rayos" y "oh, Dios" murmurados provenientes de Edward.

Me hace reírme para mí mientras limpio la encimera.

—Mami, ¡ya rechino de limpio!

Sabiendo qué es lo que se avecina, me recargo en la encimera y espero. Ya están listas dos tazas de café. Un poco de leche para Nate. Y un platito lleno de galletas de avena.

—No, no, no, ¡regresa aquí, pequeño!

Y aquí viene…

Nate aparece en la cocina, completamente desnudo, y agita el trasero.

Un Edward empapado viene justo detrás de él.

Y por primera vez en más de cuatro años, lo veo con ojos nuevos. Veo al hombre parado en la enorme entrada, con su Henley gris mojada, una toalla sobre su hombro, manchas de humedad en sus jeans oscuros, unos cuantos mechones húmedos de cabello cayendo sobre su cara, una sonrisa cansada en sus labios, ojos brillantes, pies descalzos, el pijama de Nate en su mano…

Aparte de lo guapo —y seamos honestos; está buenísimo— que se ve, hay una cosa más.

Parece un papá.

—¡No puedes atraparme, papi! —canturrea Nate y empieza a correr por la cocina.

Me río.

—¡Eres un bobo, Nate!

Para facilitarle las cosas a Cullen, le bloqueo a Nate el camino que rodea la isleta de la cocina. Nuestro hijo es una mierdecilla muy rápida; no es fácil atraparlo.

—¡Muéveteeee! —grita, chocando con mis muslos.

Para entonces Edward ya llegó a nosotros y se echa a Nate al hombro.

—¡Parece que sí puedo atraparte! —Antes de que Edward desaparezca de mi vista, ladea la cabeza en mi dirección, guiña y dice—: Gracias, mami.

Suspiro.

No sé cuándo fue la última vez que me sentí tan contenta.

~CLO~

Justo cuando me siento en el sofá, Nate llega corriendo a toda la velocidad a la sala, lleva puesto su pijama de Batman.

—Es-es rápido —jadea Edward, dejándose caer en el sofá.

Nate se ríe, aunque se apaga cuando ve las galletas en la mesita de centro.

—¿Puedo sentarme ahí con dos galletas? —Señala el puf frente a la televisión. En cuanto a los dedos que está alzando, son tres, no dos.

—Es inteligente —susurra Edward.

Bufo una risita.

—Dos galletas —le digo a Nate, alzando dos dedos.

Hace un puchero, quiere agarrar tres, pero toma dos. Y su vaso de leche.

—Gracias.

—De nada —digo y le doy reproducir a la película. Difícilmente es algo que yo quiero ver, es Megamente, pero sé que Nate no tardará mucho en quedarse dormido—. Avísame cuando termines, cielo. Tienes que lavarte los dientes.

—Ajá; ¡ahí está Megamente! —Señala la televisión, pero se gira para ver a Edward—. Es de cuando era bebé.

—Ya entiendo —dice Edward con una sonrisita.

Inclinándome hacia enfrente, agarro mi café antes de volver a ponerme cómoda. Lo que me recuerda…

—Oye, eso no puede ser muy cómodo. —Asiento hacia la camiseta mojada de Edward—. Tengo una camiseta que olvidaste aquí la vez pasada. ¿Quieres que te la traiga?

—Oh, um, sí, gracias.

Apenas ha pasado un minuto cuando regreso con la camiseta negra que dejó aquí la semana pasada.

—La lavaste —declara, y luego se quita su Henley. Um. Solo así. Así que sí, ahora está con el pecho desnudo en mi sala—. No tenías que hacerlo. —Es gracioso que ahora que veo sus tatuajes ya no me enojan. Lo entiendo más—. Gracias. —Y ya no tiene el pecho desnudo.

—No fue nada —murmuro y me vuelvo a sentar.

Pasamos los siguientes momentos en silencio, y tenía razón: Nate ya está dormitando. Pero soy demasiado floja para lavarle los dientes justo ahora. Mejor lo despertaré antes de llevarlo a la cama. Ha sido un día largo; necesito sentarme unos momentos.

—¿Cómo es que nunca hablas de tu novio? —pregunta Edward de repente.

Volteo de golpe la cabeza en dirección a él y lo miro con incredulidad.

—¿Qué dijiste?

Exhala un aliento, se ve muy nervioso.

—Durante las últimas semanas —susurra—, hemos sido más honestos entre nosotros, ¿cierto? —Asiento, preguntándome… muchas cosas justo ahora—. Exacto. Quiero decir, ya no solo se trata de Nathan… —Se pasa una mano por el cabello—. Solo digo que no tienes que esconder… eso… de mí. Lo entiendo. —Um, yo no—. Eres… —suelta una risita, aunque no suena particularmente divertido—. Eres tú, eres Tinks. Jodidamente preciosa y maravillosa; por dentro y por fuera. —Mis mejillas se calientan rápidamente—. Mierda, estoy divagando. —Se jala un poco más el cabello—. Lo siento.

—¿Ya terminaste? —pregunto en voz baja. Asiente y recarga la cabeza sobre el sofá—. No tengo novio. —Ante eso, ladea la cabeza para poder verme—. No tengo. Te lo dije antes.

Me dedica una sonrisita.

—En esa oración dijiste que no como… ¿seis veces? No sé. Supuse que era algo que querías mantener en privado. Lo siento.

—Me atrapaste con la guardia baja, te refieres a Riley… ¿de la vez que me llamó?

Asiente otra vez, en esta ocasión con reticencia.

Sacudo la cabeza.

»No es mi novio. Creo que salimos solo cuatro veces. Él quería más, quería cosas para las que no estaba lista. —Exhalo un suspiro—. Quería conocer a Nate y… —Hago una mueca.

—Oh —musita.

—Sí…

—¿Le… le has, uh, presentado a Nathan a…?

—No, a nadie —admito en un suspiro—. Riley fue el primero —carraspeo— desde que tú… me lo pidió y acepté salir con él. Pero no podía… —Dios, ¿por qué rayos estamos hablando de esto?—. No estaba lista. Para nada.

—Oh —repite, solo que esta vez de forma audible. Exhala temblorosamente, y una pequeña parte de mí se pregunta si está pensando en que él fue el último con el que tuve intimidad. Bien, la parte de mí que se pregunta eso no es tan pequeña.

Sintiendo la necesidad de ocupar mis manos, agarro una galleta del plato y la mordisqueo. En realidad, no quiero galleta.

—Tú, uh… —Traga. Mis ojos están pegados a la pantalla plana; no es que sepa qué es lo que está ocurriendo en la película—. Tú también fuiste la última, sabes. Me refiero a mí.

Cierro los ojos con fuerza.

—No tienes que decirme esto —digo con voz ahogada. Y, ¿es verdad? ¿Soy la última? Yo… yo encuentro eso difícil de creer—. Y definitivamente no hay razón para que inventes historias.

—¿Historias? —Prácticamente puedo escuchar el ceño fruncido en su voz. Si es que eso fuera posible—. No… Dios, no te estoy mintiendo, Bella. Tú lo dijiste; no tengo razón para inventar historias.

—Bien —digo con voz chillona, avergonzada.

Suspira.

—Carajo, lo siento. No debí haber… olvídalo. ¿Podemos olvidar esto?

Dudo que pueda olvidarlo, pero estoy dispuesta a pretender.

—Sí.

No volvemos a hablar… de eso… otra vez.

Sin embargo, no puedo evitar pensar en eso. Um, no la parte mecánica, sino sobre lo que dijo Edward de que yo fui su última. Como ambos señalamos, no hay razón para que él mienta sobre algo así. En realidad, no tiene nada que ganar, ni nada que perder.

~CLO~

—El cinturón de seguridad tiene que quedarse puesto hasta que apague el motor, Nathan —le digo con firmeza al entrar a la carretera que lleva a la cabaña de Edward. Durante las últimas semanas, Nate se ha vuelto más y más impaciente entre el punto A y el punto B, o Sterling y Anchorage. La verdad este viaje se está volviendo tedioso. No puedo creer que Edward lo haga dos veces por semana, aunque usualmente toma un vuelo al menos una vez, pero él lleva menos equipaje. Yo siempre traigo muchas cosas. Despensa, sobras de comida, ropa, juguetes…

—Lo prometo —dice, rebotando en su asiento—. ¿El amigo de papi es agradable?

Esbozo una sonrisa en el retrovisor.

—Sí, lo es.

Aunque no creo que Emmett vaya a ser el asunto principal del día. Edward me llamó ayer, muy nervioso, y me dijo que tenía una sorpresa para Nathan, y quería preguntar si estaba bien… o si era muy pronto. Había preparado una de las habitaciones de invitados y la había convertido en una habitación que ahora es de Nate. Le aseguré que no era demasiado pronto; así cuando tome sus siestas, será lindo para él tener su propia habitación. No era necesario, pero sí era lindo. Y yo misma siento un poco de curiosidad por verla.

Al detenerme frente al garaje abierto de Edward, puedo ver que Nathan mira con un poco de impaciencia la llave; está esperando a que apague el motor. También puedo ver que tanto Edward como Emmett están en el pórtico. También Taz.

Cuando giro la llave, Nate se quita el cinturón, se pone su gorro y chamarra, y sale por la puerta.

—¡Papi! —lo escucho gritar.

Me río entre dientes y también me bajo, y para cuando le doy la vuelta al carro, Edward y Nathan ya se encontraron a medio camino, ambos tienen sonrisas enormes en el rostro. Edward está agachado para estar al nivel de Nate y estoy muy segura de que nuestro hijo le está contando rápidamente a Edward todo lo que pasó en los dos días que transcurrieron desde la última vez que nos vimos en Anchorage.

Con Cullen y su mini clon ocupados, camino al pórtico hacia Emmett.

—Mucho tiempo sin verte, Swan —dice, su sonrisa también es enorme.

—Lo mismo digo, McCarty —le respondo con una sonrisita.

Se ríe entre dientes y me rodea con sus brazos, y le regreso el abrazo amistoso con una fuerza que no sabía que poseía.

Aunque Emmett también ha madurado, sigue habiendo algo muy infantil en él, algo que Edward no tiene. Ahora tienen casi el mismo tamaño de músculos, aunque los hombros más anchos de Emmett hacen que sea unos cuantos centímetros más ancho. Aunque todavía se ve joven. En realidad, aparenta su edad.

—Es una imagen muy magnífica, ¿no crees? —Me suelta y señala con su mentón hacia Edward y Nate. Asiento, definitivamente estoy de acuerdo con él—. Nathan y tú —suelta un silbido bajo—, eso es todo de lo que habla Cullen.

No tengo una respuesta para eso.

No, espera. Sí tengo.

—Edward también me ha hablado mucho de ti. —Lo miro—. ¿Cómo está Rose?

—Pues… —Infla las mejillas, luego suelta el aire lentamente. También se le escapa una risita. Se sienta en el columpio del pórtico, el cual es más bien una banca, y palmea el lugar a su lado. Así que también me siento—. ¿Te molesta? —Saca una cajetilla de cigarros.

Niego con la cabeza.

—Para nada.

—Rose… —Enciende un cigarro y le da una calada—. Al menos estamos hablando, ¿cierto? —Su sonrisa es triste—. Un pajarito me dijo que se trata de segundas oportunidades. —Le sonrío enormemente—. Lo estoy intentando. Hemos hablado por teléfono, pero… no sé. Ella quiere venir aquí.

Me recargo en la pared de la casa y cruzo las piernas.

—Tómalo a un ritmo con el que te sientas a gusto. Es ella la que cometió el error; tú defines el ritmo.

Asiente lentamente, inclinándose hacia enfrente sobre sus rodillas. Nuestros ojos están fijos en las mismas dos personas frente al pórtico. Parece que esos dos están envueltos en una burbuja.

—Has hecho muy feliz a Cullen. ¿Lo sabías? Era un niño muy destrozado la primera vez que lo visité en prisión. —Mi corazón se aprieta y Emmett suspira—. Segundas oportunidades, ¿eh?

—Funciona de maravilla —susurro, viendo a Edward decirle… algo… a Nathan. Están muy animados.

—¿También le vas a dar una segunda oportunidad a Cullen? —pregunta en voz baja.

Ladeo la cabeza en su dirección, confundida.

—¿No es eso lo que estoy haciendo?

—Más o menos. —Hace un mohín—. Pero, uh, me dijo que no estás lista para hablar sobre tu pasado. O algo así.

Oh. Eso.

—Ya casi llego a ese punto —admito y me giro de regreso a Edward y Nathan—. Sabe que lo voy a perdonar, solo necesito tiempo. —Pero han pasado semanas desde que le dije a Edward que sabía que lo iba a perdonar, y ahora me siento más lista que nunca para comenzar al menos. Han pasado ya casi tres meses—. Ya demostró que es un buen papá.

—¡Mami!

Sin darme cuenta de que había tenido la mirada pegada al suelo, alzo la vista para ver a Nate y Edward subiendo los escalones al pórtico

—¡Papi dice que tiene una sorpresa para mí! —Nate parece un niño en Navidad.

—¡No puede ser! —Actúo sorprendida.

Él asiente con fuerza.

—¡Vamos!

—Dame un segundo, cielo. Ven aquí primero, quiero que conozcas a alguien.

Nathan se pone tímido y se acerca para aferrarse a mí. Edward permanece a unos pies de distancia y se recarga en la barandilla del pórtico.

—Este es Emmett, cariño. Papi y yo fuimos a la escuela con él —le digo, pasando mis dedos entre su suave cabello.

—Hola —murmura y se retuerce para acercarse más a mí.

—Hola, Nathan. —Emmett se ríe en voz baja. Me codea gentilmente—. No me dejen detenerlos. La sorpresa de tu papi es increíble. Ve a verla. —Le guiña a Nate.

Nathan tira de mi mano, lo que significa: "Sí, vámonos. YA".

Mientras que Emmett se queda afuera, Edward nos guía a las escaleras. Pasamos la habitación de invitados que pertenece a Emmett, luego un baño, y la habitación de Edward. Nos detenemos al final del pasillo.

—¿Está ahí? —Nate señala la puerta.

Los ojos de Edward se encuentran con los míos y le dedico un pequeño asentimiento. Este es su espectáculo; está bien capacitado para lidiar con esto.

Estoy emocionada, noto. Quiero asomarme.

—De hecho… —Se agacha junto a Nate—. Esta es, um… tu habitación. Para cuando estés aquí.

Nate agranda los ojos.

—¿Tendré una habitación? —susurra.

—Sí, así es. Abre la puerta, amigo.

Lo cual Nate hace rápidamente. Abre la puerta y entra de golpe, se detiene en medio de la habitación.

Mientras tanto, yo me congelo justo donde estoy, todavía en la entrada.

—Santa mierda —exhalo.

La habitación es… jodidamente increíble. Las paredes son de un color verde claro, como helado de pera. El techo es de madera, con las mismas vigas que se pueden encontrar en toda la cabaña. El piso es de la misma madera, pero más pulido. Cada pared tiene un mueble de madera oscura… supondría que es madera de cerezo. No, no puede ser, porque sé que la madera de cerezo es más rojiza que esta. Esta es madera del color del chocolate más oscuro. La pared a mi izquierda es donde está el armario de Nathan. También hay unas cuantas repisas en esa pared. La pared al otro lado de la habitación, donde está la ventana, tiene dos cómodas. Luego viene la pared junto a donde está posicionada la cama de Nate. Por último, junto a mí… dos baúles de juguetes completamente llenos de juguetes. También hay una caja de madera debajo de la cama. Y las telas de la habitación… Cristo… almohadas, la alfombra, cortinas, la ropa de cama, las cobijas… todo es de color verde claro y café.

Es una habitación de revista.

Lo segundo que noto es el aroma. Y sin mi consentimiento mis piernas me llevan dentro de la habitación hacia el armario a mi izquierda. Mi mano se desliza sobre la madera sólida. Y el aroma… rico, boscoso, fuerte, a tierra. Es la capa superior, el acabado. Huele a… a que es-que es…

—Hecho a mano —susurro por lo bajo. Detrás de mí escucho a un Nathan eufórico mientras Edward le enseña las diferentes cosas que hay en la habitación, pero yo sigo obsesionada con los muebles. Son demasiado suaves. Con orillas redondeadas. Gruesos, sólidos. Abro las puertas del armario, y mis ojos escanean las superficies en busca de… algo. No sé. Se ven tan profesionales; las bisagras, los detalles grabados, los pomos… pero aun así hay algo que me dice que Edward no compró todo esto. Creo que lo hizo. Y finalmente obtengo mi prueba. Porque dentro del armario, casi en el fondo, está un pequeño círculo grabado en la madera… con dos letras cursivas por dentro.

E.C

Mis ojos se llenan de lágrimas.

Estudia, Tinks —dice Edward en voz baja y volteo a verlo. Tiene los ojos concentrados en sus libros, pero veo una sonrisita en sus labios.

No puedo —digo, hago un puchero—. Estoy aburrida. —Ahora alza la vista—. Necesito una distracción. —Pongo los ojos en blanco porque puedo ver que su mente se va directo al grano. Apenas puede caminar, pero ¿piensa que puede follar? Por favor—. No eso —me río entre dientes y él se encoge de hombros con una sonrisa traviesa—. Hablemos.

No —dice de inmediato.

Es un hueso duro de roer.

No sobre… eso —miento—. Sobre algo más. —Me golpeteo el mentón—. ¿Siempre quisiste ser doctor?

De forma lenta, como vacilando, sacude la cabeza. Tiene la mirada concentrada en la colcha.

Sigo sin querer —admite—. Nunca lo quise.

Y lo entiendo. Es decisión de Carlisle.

Al parecer, controla a Edward en cada aspecto.

Después de todo, matar a Carlisle y Esme ya no parece ser tan malo.

¿Qué querías ser cuando eras pequeño?

Esboza una sonrisa, pero no me mira de frente.

Um… ¿carpintero? Algo que tenga que ver con trabajo en madera. —Su sonrisa se desvanece—. Es una estupidez, lo sé. Era solo un niño.

Frunzo el ceño.

¿Por qué sería una estupidez? —Pero no tiene que responder—. Déjame adivinar. Tu querido padre te dijo que no era lo suficientemente bueno.

No responde.

Oye, Jesús era carpintero. —Sonrío descaradamente cuando finalmente se encuentra con mi mirada.

Cierto —se ríe en silencio—. Me aseguraré de decirle eso a papá.

Y mi sonrisa se va.

Me limpio las mejillas, sigo viendo dentro del armario.

Nathan está riéndose en alguna parte de la habitación.

Edward… él está… bueno, creo que está parado detrás de mí.

Mirando rápidamente sobre mi hombro, veo que tenía razón. Me está mirando con las cejas fruncidas y las manos en sus caderas.

—Tú lo hiciste —susurro llorosa.

Sus ojos muestran sorpresa, ¿tal vez porque lo noté? Luego asiente un poco y forma una pequeña sonrisa nerviosa. Como si estuviera esperando que lo juzgara.

—¿Está bien? —pregunta, mordiéndose el labio.

Definitivamente bien no es la palabra que usaría.

—¿Qué te parece maravilloso?

Sonríe y baja la vista durante un segundo o dos. Es el tiempo que necesito para cerrar la distancia entre nosotros.

—Esto es… —me aclaro la garganta y trago, tengo la vista fija en su pecho—. Esto es probablemente algo que tus padres deberían decirte, pero… —exhalo un aliento y subo la vista a su cara—. Um, estoy-estoy orgullosa de ti. —Él no estaba esperando eso—. Perdón si suena patético —me río torpemente—. Es que… recuerdo cuando me contaste sobre esto. Dijiste que cuando eras pequeño querías ser carpintero.

Sus ojos se cristalizan un poco, y creo que él también recuerda ese día. Porque fue el último día que tuvimos juntos. Él estaba tan herido. Intentó mantenerme fuera, pero eventualmente cedió y me dejó entrar. Por muy breve que fuera.

Sentada ahí en el piso, sollozo en mis manos.

Las lágrimas caen por mis mejillas y nunca antes he sentido esta desesperanza. Hace que me duela el pecho al mismo tiempo que se siente completamente vacío. El estómago me da vueltas y grito, el sonido es ahogado por mis manos.

Tinks.

Alzo la cabeza de golpe, agrando los ojos, mi boca se abre, se me atora la respiración en la garganta.

Y me derrumbo de nuevo.

No escuché la puerta abrirse, y ahora una parte de mí desea que no se hubiera abierto nunca.

Edward —gimoteo, mi labio inferior tiembla. Se ve tan golpeado, tan roto.

Por dentro y por fuera.

No puede culpar a sus supuestos amigos de Seattle esta vez.

Es todo culpa de su papá.

No llores, carajo —susurra, aunque sus propios ojos están llenos de lágrimas sin derramar—. Detente, Tinks. —Sacude la cabeza, me mira—. No seas débil.

¿Débil?

Al carajo con eso.

Me pongo de pie y me acerco cautelosamente a él. Me aseguro de verlo a los ojos en lugar de ver todas las cortadas y moretones de su rostro.

Cuando alzo la mano para tocarle la mejilla, él vuelve a sacudir la cabeza.

No me toques —exhala, luego regresa a su habitación. Solo que esta vez deja la puerta abierta. Interpreto eso como una invitación y entro detrás de él.

Recuerdo haberle ofrecido algo de desayunar, y que él me dijo que ni siquiera podía bajar las escaleras.

Inhalo.

Ven, prepararé panqués.

Vacila.

Yo… —Luego baja la vista y sacude la cabeza—. No puedo salir de esta habitación.

Frunzo el ceño.

¿Por qué?

Cuando me mira a los ojos esta vez, todo lo que veo es dolor. De diferentes tipos.

Me duele cuando camino —admite, y mis entrañas se contraen dolorosamente—. Um… —Traga—. Mi pierna, y… uh, tengo una costilla fracturada.

Mi mano derecha vuela hacia mi boca.

Oh, Dios. —Aprieto los ojos con fuerza.

Antes de perder el contenido de mi estómago, salgo corriendo de su habitación y entro al baño que está al otro lado del pasillo.

¡Tinks! —dice de forma ahogada.

Mis ojos arden cuando vomito. Sufro arcadas repetidamente y jadeo en busca de aire.

Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios.

Oh, Dios —lloro.

¿Carlisle le quebró la jodida costilla? ¿Qué clase de animal enfermo es?

Y Esme…

Podría matarla.

Toda esa negligencia.

Ahora entiendo por qué es un abusón en la escuela. Lo maltratan en casa, así que se asegura de ser él el que maltrata a otros.

Tinks. —Y entonces siento sus brazos a mi alrededor—. Cristo, nena, detente. No llores.

Apoyo mi frente en el pecho de Edward, hay lágrimas silenciosas cayendo por mi cara.

Sus brazos me rodean los hombros.

—Me dijiste que Jesús fue carpintero —murmura en mi cabello.

Me río a través de las lágrimas y asiento.

Estoy lista para hablar. Para discutirlo. Todo. Necesitamos poner el pasado sobre la mesa, lidiar con él, seguir adelante, reparar las jodidas grietas, y llenar los espacios en blanco.