Mil y un noches pasaron, y un buen día sucedió lo que creí que no pasaría: se estrenó Metal Fight Beyblade en Japón. Cautelosamente decidí esperar a disponer de una versión traducida a algún idioma que pudiera entender. Hará cosa de un año, empecé a escribir. Después, me desentendí del asunto, y perdí en el limbo el primer capítulo ya terminado, que no se parecía mucho al que presento aquí. Feh, las posibilidades de que fuera mínimamente mejor son tan nulas que ya ni llorar es bueno. Expuesto lo anterior...

DISCLAIMER: no pretendo adjudicarme la autoría de nada perteneciente a ni relacionado con Metal Fight Beyblade. El siguiente escrito es una parodia sin ningún fin más que el de entretener (in)sanamente a quien la lea.


No, no el tipo con el ojo del milenio.
(
Pegasus ha llegado)

Funkadelia. 14 de Abril, XXXX. Reporte 667426-RDSDRC-0000022

El mundo de los humanos cambia sólo en apariencia. Los niños del mundo siguen jugando yoblade, y tratándolo como si fuera un deporte serio, aunque el mayor esfuerzo físico sea gritar. Como queda asentado en los reportes de 667425-RDSDRC, sólo es el resultado de tomar yo-yos comunes y corrientes para convertirlos en armas potenciales; al principio de madera, luego de cerámica, plástico, una amalgama de metal y plástico y, en la actualidad, casi totalmente de metal y nanomateriales. La Oficina se preocupa de que resurjan los ímpetus sicópatas que llevaron a personas pasadas a intentar conquistar el mundo con los yoblades.

Respecto al ámbito deportivo, no han habido muchos cambios. El réferi/anunciador de cada encuentro sigue ostentando el título de DJ, en honor a DJ Jazzman. La NQNTNMQHA no ha cambiado en nada el formato de los combates; más ha abolido toda forma de control sobre la desigualdad de condiciones de los concursantes. Ahora, un niño de 10 años puede enfrentarse a uno de 6, 8 , 16 o 20; si bien en los torneos oficiales se espera que haya cierta paridad en los puntos de cada contendiente. La idea de ganar puntos en cada combate, aparentemente, fue rescatada de YEGUA.

El mundo actual es un buen lugar para los humanos. Seguro y pacífico. En este contexto, el SO1, Yumiya Kenta, participa en un torneo de yoblade contra sujetos que le doblan la estatura y la edad. Termina su participación en el torneo posicionándose entre los mejores 8.

El torneo fue observado atentamente por dos sujetos obviamente malvados, cuya presencia no fue notada por Kenta y sus amigos de nombre irrelevante, entretenidos como estaban en animar a Kenta, curiosamente decepcionado por sólo llegar a una posición por encima de 10.

Por otro lado, el regreso de las medidas correctivas a la crianza han tenido efectos maravillosos: cualquier niño bien portado temerá la furia apocalíptica de sus progenitores si osa llegar a casa después de que el sol se ha ocultado. Y ya que Kenta y sus amigos son buenos chicos, corrieron hasta llegar a casa. En el caso de Kenta, el recorrido fue sin fijarse por dónde caminaba, mientras tenía una ensoñación absurda sobre por fin ser el campeón local de yoblade.

Entonces, Kenta chocó con una montaña surgida de la nada, con propiedades físicas anormales que hicieron a Kenta rebotar y caer de sentón a un par de metros de distancia.

La montaña despertó y asumió forma semihumana. Los únicos testigos del incidente, que eran los mismos Sujetos Obviamente Malvados A y B, demostraron una gran empatía hacia la montaña, y hasta le pusieron un nombre.

¡Oye! ¡¿Cómo te atreves a estamparte contra Don Benkei?! increpó SOMA a Kenta, notoriamente indignado.

¿Qué harás para disculparte? – intervino SOMB, siempre pronto a pensar lo mejor de las demás personas, abriendo la puerta hacia la redención.

Kenta sólo acertó a balbucir una débil excusa, temeroso de las repercusiones de su terrible crimen. La montaña semihumanizada, que aceptó llamarse Benkei, se consideró afrentado y exigió la satisfacción de su orgullo herido, mediante una yobatalla contra Kenta. Si Kenta llegara a perder, debería, además, entregar la totalidad de sus puntos. No se puso a discusión lo que pasaría si Benkei llegara a perder.

Kenta reconoció a sus atacantes como integrantes de los Smiley Chasers (ver informe 667425-FCSDRC-00041874), y, al borde de las lágrimas, se vio presionado a yobatallar contra Benkei.

La batalla se vio interrumpida por la llegada de Hagane Ginga, que derrotó a Benkei, SOMA y SOMB al mismo tiempo. Tras eso, Ginga explicó a Kenta su naturaleza de yo-luchador errante y quedó dormido a la intemperie.

– · – · – · – · –

–Déjame ver cómo vas –soltó Feregrak de improviso, tomando el reporte a medio terminar de Enata. Lo leyó rápidamente, asintió un par de veces –. Bien, bien, vas mejorando. Procura ser más conciso.

–¡Sí, señor, gracias, señor! –respondió Enata con su excesivo entusiasmo habitual.

Era Enata, en ese entonces, un operador oficial de la Oficina del Caos, aunque su entrenamiento no se había dado por terminado, y por eso Feregrak se hacía cargo de supervisarlo. Desde que Brooklyn había tomado el control de la Oficina, nadie había tenido misiones demasiado largas ni complicadas.

Pero todo eso cambió cuando la nación del fuego... no. Cuando, súbitamente, Brooklyn anunció que había una perturbación alrededor de los yoblades, otra vez.

Tras grandes esfuerzos y nobles sacrificios, se había logrado que los políticos-bit se retiraran para siempre. Sin embargo, las grandes fuerzas centrífugas y de fricción que rodeaban a los yoblades habían atraído otras entidades sobrenaturales. Afortunadamente, estos seres eran más dóciles y manejables que los políticos-bit, por lo que se les dejó ser, sin grandes restricciones.

No, el disturbio en el equilibrio universal no tenía que ver con estos seres, no del todo. Si ése hubiera sido el caso, no habría sido necesario que un ángel subentrenado iniciara una peligrosa misión para proteger lo que debía ser protegido.

Ignorante de la trascendencia que sus acciones tendrían sobre el destino del mundo, Ginga dormía bajo un cielo estrellado. También había ignorado que dormir cerca de un río, sin cubrir su cuerpo con cosa alguna, lo convertiría en presa fácil de mosquitos, además de que el rocío nocturno le causaría un serio enfriamiento en la fría hora que precede al alba.

No, los años que habían pasado no pudieron cambiar el hecho de que el protagonista de Yo-blade tiene que ser algo estúpido.

– · – · – · – · –

El enfriamiento, naturalmente, congestionó las vías respiratorias de Ginga, forzándolo a roncar poco elegantemente. No es que fuera elegante, aunque su andar tenía un no sé qué de contoneamiento lateral de guardafangos posterior que llamaba la atención de los mirantes.

No había terminado de amanecer cuando Ginga despertó. Entre neblina (o lagañas) vislumbró la cara norte de la montaña humanizada, pero lo achacó a una alucinación posdespertatoria, giró sobre un costado, bostezó, e intentó volver a dormirse.

Pero cuando despertó del todo, Benkei estaba ahí. Y también estaban SOMA y SOMB, y SOMC, SOMD, SOME... vaya, hasta había aparecido SOMO. Se despabiló por completo, incorporándose a medias, mientras Benkei, la Montaña Humanizada, Encarnación de la Bondad, lo invitaba a que los acompañara.

Seguía sin amanecer del todo, y Kenta corría por la ciudad hacia el lugar donde había dejado dormido a Ginga. No lo encontró. Triste, pensando que Ginga se había ido para siempre y jamás lo volvería a ver (y sólo los cielos sabían que había llegado a apreciarlo como el hermano que nunca tendría)... decidió buscarlo por toda la ciudad hasta encontrarlo.

Las sombras se hacían cortas y cada zancada que daba Kenta en su búsqueda le infundía determinación, y también la certeza de que Ginga era su hermano gemelo perdido (a pesar de las obvias diferencias físicas y de edad) pues, ¿no habían congeniado de inmediato? ¿No tenían, precisamente, los yoblades de Pegaso y Sagitario? ¿No había acudido en su rescate llamado por una extraña intuición filial? ¿Podía negarse que los unía un trozo de carne pulsante a la altura del epigastrio lateral?

Dando un paso más de los que su condición física le permitía, tras haber recorrido las calles 3 veces, hizo una pausa y, con los ojos cerrados, clamó al cielo por ayuda.

–¡GINGA!

Entonces vio la luz.

La luz de las estrellas.

Las estrellas que alucinaba por el catorrazo que le habían pegado en la parte posterior de la cabeza.

–¡Mocoso grosero! –espetó la propinadora del catorrazo–. ¿Con esa boquita comes?

–¿Eh? –Kenta se sobaba la cabeza, aturdido. ¿A qué cuernos venía eso?

Otro catorrazo.

¿Había mencionado lo de "cuernos" en voz alta, o lo había pensado?

Entonces vio la luz.

La luz del sol.

El sol que ya estaba lo bastante alto, e iluminaba un callejón no muy lejano, por el que vio ir a Ginga y los Smiley Chasers hacia un edificio en construcción.

(En el que, naturalmente, no había nadie, pues los trabajadores llegaban alrededor de las 11, justo a tiempo para el almuerzo, que duraba una hora o más, trabajaban de 1 a 3, la hora de la comida, entr hacían como que trabajaban, y después ya era bastante oscuro para seguir trabajando, así que se iban).

–¡Ginga! –exclamó, con lágrimas en los ojos, y corrió hacia su alma gemela, esquivando el tercer catorrazo que se dirigía hacia él. Llegó a tiempo para ver que, rodeando un claro de paneles en el que se encontraba Ginga, los Smiley Chasers (de SOMA a SOMDC) alistaban sus yoblades para ejercer justicia divina.

–¡Ayer, has osado mofarte de mí, mortal! –rugió Benkei, con una indignación profunda como las entrañas de la tierra e implacable como un maremoto–. ¡Sufrirás el castigo de los Cien Yoblades!

Sin más trámite, los Smiley Chasers y Benkei arrojaron sus yoblades contra Ginga, que no se movió, mientras Kenta lloraba como Magdalena y suplicaba encarecidamente que le tuvieran piedad a Ginga, el yoluchador errante más caro a su corazón.

Benkei, ¡naturalmente!, lo mandó a freír espárragos.

–Kenta –llamó Ginga, serio–. Observa con atención.

Haciendo arder su cosmos, trazó con su yoblade la constelación de pegaso, y con un centenar de ataques cortó las cuerdas del centenar de yoblades que lo rodeaban, haciéndolos volar sin control hacia los Smiley Chasers, que salieron huyendo, mientras Ginga barbotaba cosas sobre el corazón del yoluchador, la irrelevancia de la ventaja numérica, el séptimo sentido, y el factor de desgaste de la cuerda.

–¡Hagane Ginga! –llamó una voz desde el cielo, haciendo que Kenta y el aludido levantaran la vista–. ¡Por fin, un oponente digno de mi Leo!

Sobre una pesada viga que colgaba precariamente de unas cuerdas estaba un muchacho que, a todas luces, debía ser un pordiosero: su ropa le quedaba grande y estaba raída. Sin embargo, a juzgar por su postura, debía ser el príncipe de los mendigos... o, al menos, de los méndigos Smiley Chasers. Orgulloso, mostró su yoblade a Kenta y Ginga, y les anunció ostentosamente su propio nombre: Tategami Kyouya.

–¿Leo...? –murmuró Ginga, desconcertado–. Pero, eso es una "c", ¿no? Tu yoblade tiene escrito CEO, no Leo.

Kyouya no dijo nada.

–... ¿estás bien? –aventuró Kenta–. ¿Puedes bajar solo?

Kyouya siguió sin hablar. ¡Claro que no podía! Precisamente por eso se había tenido que quedar ahí desde el día anterior, y esperaba que hoy acomodaran la viga sobre la que se había quedado precariamente dormido para poder irse. Sin embargo, como toda la situación era bastante anticlimática, se quedó ahí, de pie, orgulloso, mostrando el yoblade CEO, esperando que alguien dijera algo que concordara con la atmósfera que había intentado crear.

Al final, Ginga y Kenta intercambiaron una mirada, se encogieron de hombros, y se fueron.