Bill Weasley trabajaba para Gingotts rompiendo maldiciones desde hacía varios años. No era el trabajo mejor remunerado pero le encantaba, de verdad le encantaba. Le gustaban los retos, mientras más difíciles mejor, y este lo estaba abordando del mismo modo.
Harry Potter, todo el mundo conocía ese nombre, todo el mundo sabía que le debían lo que ahora tenían. Quizás no fuera la mejor sociedad a la que pudieran aspirar, pero era una mucho mejor que a la que Voldemort había querido llevarlos.
Había sido solo un niño cuando la guerra estalló, pero era capaz de recordar el miedo en el rostro de su madre, como habían matado a sus tíos, como ellos habían tenido que esconderse y por las noches abrazaba a sus hermanos más pequeños, presos de un temor tan grande que ni si quiera eran capaces de llorar.
Y todo aquello había acabado el día en que Harry Potter fue atacado y asesinado. Pero aún así se llevó con él al mago más tenebroso de los últimos tiempos. Harry que solo era un bebé de la misma edad que su hermano Ron.
Y resultó que todo aquello era mentira, y cuando de mentiras se trataba era muy difícil saber donde empezaban y acababan. Si Harry había sobrevivido, ¿por qué Voldemort debía estar muerto? ¿Y si como decía Snape este había sobrevivido dentro de Harry y acababa de ser liberado?
La sangre le burbujeaba como en esos momentos antes de que una maldición quisiera arrancarle los órganos internos. Ese momento en el que casi, casi estaba pero no. Ese momento al que Bill era adicto.
Conocía muchas maldiciones y ninguna casaba con lo que había visto y sentido con Harry, las maldiciones vivían en objetos, nunca en seres humanos. Sin embargo, con lo que Snape había contado tanto de sus apreciaciones como las del difunto Dumbledore estaba comenzando a vislumbrar algo pero era incapaz aún de abarcarlo.
Estaba sumido en sus propios pensamientos, tanto que casi era ajeno a las conversaciones en la Biblioteca de Malfoy Manor.
—¿Cómo sabes que está bien?—escuchó con aquella parte del cerebro siempre conectada.
Narcisa estaba sentada a su lado, la había conocido en la sede de Gingotts en el callejón Diagon cuando estos le habían asignado la cámara de Bellatrix Lestrange. Había sido una auténtica tortura pero de esas que le volvían loco de gusto. Se sentía eufórico tras cuatro días de batalla campal contra las maldiciones de una auténtica mortífaga.
Narcisa era preciosa y distante y en su subidón tras acabar con todas las maldiciones la invitó a tomar una copa de vino de saúco que jamás llegaron a tomar. Pasaron directamente a devorarse y consumirse una y otra vez. Hasta el momento no había tenido suficiente de ella, aunque no era estúpido, para ella no significaba lo mismo que para él. Ante sus ojos solo era un niño que lo "hacía" muy bien, como ya le había dicho en alguna ocasión. Pero Bill no era ningún niño y desde que habían sufrido el ataque de Harry, Narcisa se movía a su alrededor de otro modo. Siempre había sido el amante oculto y ahora delante de su familia y aquellos dos desconocidos le cogía de la mano y se dejaba consolar.
Aquello no solo era un reto, también era una demostración, tanto para ella como para él. Además de que ante lo que se enfrentaban era mucho más oscuro y poderoso que la mismísima amenaza que había sido Voldemort.
El poder de Harry era descomunal, ni siquiera necesitaba un catalizador como lo eran las varitas, ni siquiera necesita de magia verbal. Su solo pensamiento hacía que las cosas ocurrieran. Era peligroso y bello a partes iguales, una magia tan fuerte que podría acabar con todo si solo quisiera, o si solo supiera que era capaz de hacerlo.
Snape les había contado que solo llevaba días con ese poder liberado, que este solo crecía y crecía, debería asustarse pero Harry era un prodigio y eso era algo también admirable.
El mago hablaba de un niño que había sufrido mucho, y que en el fondo estaba necesitado de que le quisieran, de que le quisieran bien.
La fantasía de Snape era que Harry volviera a ser controlable, a Bill aquello le parecía complicado y un poco iluso por parte de Snape, un mortífago y espía que había visto lo peor de ambos mundos. Pero también sabía cuando alguien quería a alguien y solo quería protegerlo.
—Draco lo ha escrito en el pergamino que le di—contestó Snape.
Bill reconectó con la conversación.
—¿Y si no es Draco?
Esa era la pregunta, al parecer Snape se comunicaba con Draco por vía de un pedazo de pergamino encantado, y este le había dicho que estaba bien, que estaban bien y que necesitaba tiempo.
Reconocía que el hijo de Narcisa tenía huevos, Harry era un fenómeno y Draco lo había abrazado y calmado, se lo había llevado de allí y parecía tener algún tipo de control sobre él.
El niño caprichoso que él había visto en un par de ocasiones últimamente le estaba sorprendiendo, el golpe de efecto en la boda amañada le había generado simpatías aunque hubiera destrozado a Narcisa.
—Aprovechemos ese tiempo—dijo cuando todos se sumieron en su propios pensamientos.
—¿Cómo?—le gruñó Lucius, ese tipo no iba a gustarle en la puñetera vida.
—¿Y si Harry no estuviera maldito ahora, sino que lo hubiera estado antes de que lo mataras?—dijo sin obviar que el patriarca de los Malfoy era un vil asesino.
Lucius iba a hablar pero Narcisa lo calló.
—¿Es eso posible?—preguntó yendo de Snape a él.
—Es una opción—y aunque ese hombre no sonreía nunca le miró con apreciación.
Draco aún estaba en shock, Harry estaba dormido en la cama en la que él seguía sentado.
Las descripciones habían sido tan nítidas que parecía como si Draco hubiera estado visionando su vida junto a Harry.
Y esa vida había sido horrible, realmente horrible.
La cabeza le pesaba, le giraba una y otra vez por dentro, y sentía la sensación de irrealidad cada vez más fuerte. Acarició el pelo oscuro de Harry, no sabía qué sentir, de verdad que no lo sabía.
Las ganas de protegerlo y también un fuerte rechazo hacia él peleaban en su interior. Así que solo calló, calló y escuchó y sintió que habían pasado años desde que aquella conversación había empezado. Años que le habían obligado a madurar sin querer.
¿Cómo alguien podría sufrir tanto y no romperse? ¿Cómo podía el juzgar nada de lo que había hecho Harry? Y aún así en su interior seguía aquella lucha, huir o quedarse. Quererle o abandonarle.
La nariz de Harry se arrugó en un gesto que ya le había visto alguna vez. Qué insensible había sido con ese chico, pero él no lo sabía, no sabía nada. Y ahora solo con quererlo le podría matar, los podía matar a todos, y sin embargo no lo hacía.
Le escuchaba, le quería a su lado. ¿Quería Draco estar al lado de alguien tan dañado?
Acarició la cicatriz que iba desde la frente internándose por su mata de pelo recorriéndole el cuero cabelludo. Lo acarició con cuidado, como si Harry pudiera romperse.
Había confiado en él, porque sabía que Harry no lo había contado nunca, no así, no todo, no voluntariamente.
Le pesaba el corazón, y también tenía miedo. Un miedo muy diferente al que quizás había sentido nunca antes. Draco tenía miedo de no estar a la altura, nunca lo había estado. Siempre se había movido por sus propios beneficios, eludiendo las responsabilidades, no, esto no era cancelar una boda, esto no era hundir a su familia para llevarles la contraria.
Esto era grande, muy grande; y en el fondo Harry era muy pequeño y tenía demasiado poder. Y ahora lo sabía, estaba muy solo.
Le había contado como conoció a Severus, como fue la primera persona que le tendió una mano sin querer nada a cambio. Draco se sintió horrible, porque a él también le hubiera gustado haber sido esa persona y sabía que jamás lo hubiera sido. Era demasiado egoísta para haberle tendido una mano a Harry en aquel momento. Y no le gustó ser así.
Harry había acabado agotado después de contarlo todo, todo, absolutamente todo y se lo había contado a él.
Llevaba días sin dormir en su espiral de muerte, y Draco veló su sueño.
El moreno se removió en sus sueños acercándose instintivamente más a Draco, este no paró de acariciarle el cabello dándole un poco de consuelo.
Sintió el pergamino en su pantalón, había aprovechado un momento en el que Harry había ido al baño para escribirle a Severus.
"Estamos bien", ¿pero estaban bien?
Nunca había estado sin la tranquilidad de saber que otro marcaba su paso, aunque se había quejado. Ahora estaba solo, solo con Harry.
Le quedaban pocas semanas para cumplir 20 años y nada era como había imaginado.
Cuando bajó los ojos hasta Harry este le miraba con esos ojos suyos tan bonitos y que habían sufrido tanto.
Le miraban esperando, porque Draco tenía que tomar una decisión, los dos los sabían. Harry podía obligarle a estar a su lado, pero no quería eso.
Draco le acarició el rostro, "¿Qué vas a hacer?". Se preguntó a sí mismo.
Pero eso ya lo sabía, ¿no?
Se inclinó y le dio un suave beso en los labios, nada que ver con esos que habían compartido antes.
—Voy a estar a tu lado—dijo Draco—. Siempre.
Harry sonrió sin sombras, como el Harry que conoció en casa de Severus, el Harry que le había entregado su corazón.
Y por primera vez en su vida, Draco Malfoy entregó el suyo.
Draco, Draco, serás un hombre de bien.
Besitos
Shimi
