Harry salió de la chimenea del salón de Draco con unas carpetas en la mano. O pensó que era el salón de Draco, porque más bien parecía un campo de batalla. Preocupado, llamó al dueño de la casa.
— ¿Malfoy?
Del dormitorio salió un "chsttttttt" para hacerle callar. Observó a su alrededor. El desorden, totalmente impropio del rubio, consistía en un gran montón de carpetas y papeles sobre la mesa del salón, y luego una variedad de frascos, libros, palanganas, muñecos y lo que parecían pilas de ropa limpia pendiente de plegar. Preocupado, decidió aventurarse hasta el dormitorio.
La imagen sobre la cama le aclaró cosas. Draco estaba tumbado con los ojos cerrados y Scorpius dormido entre sus brazos. El bebé se movía inquieto. Llevaba solamente un body fino sobre el pañal y en sus regordetes brazos pudo distinguir manchas moradas. Miró al padre. No había manchas a la vista en el cuello o los pies. Entonces vio que se había dormido vestido.
Aquel invierno había visto suficientes manchas como aquellas entre los niños del orfanato como para saber que era un virus. Él ya lo había pasado, cinco días infernales de fiebre y vómitos. Era una suerte que Draco no lo hubiera cogido, ya que por lo general lo enganchaban los niños y después lo contagiaban rápidamente a los adultos a su alrededor, que lo pasaban definitivamente peor. La sanadora Sherl llamaba aquello un virus escolar. Decía que los niños después crecían y los adultos menguaban por la fiebre y los vómitos.
Disimuladamente lanzó a los dos durmientes un hechizo medidor de temperatura. El padre estaba bien, seguramente agotado nada más. Scorpius aún tenía algo de fiebre y las manchas eran oscuras, estaría en su tercer día, aún le quedaban dos días de picos de fiebre y llantos.
Fue al salón a dejar las carpetas sobre la mesa, dispuesto a marcharse, seguramente a Draco no le sentaría nada bien que le hubiera visto en aquel estado. Al meter la mano en el bote de los polvos flú, escuchó el llanto de Scorpius. No pudo obligarse a dejarlos solos. Acudió presuroso al dormitorio. El bebé se había liberado, seguramente incómodo por el calor de los brazos de su padre. Sin pensarlo, lo tomó en brazos y dejó a Draco descansar, era obvio que lo necesitaba.
Salió al salón y paseó con el inquieto bebé, que se mordía los puños.
— Accio chupete —murmuró.
Rápidamente un chupete llegó desde el dormitorio. Tenía algunas pelusas, seguramente se habría caído al suelo, así que le hizo un buen tergeo antes de acercarlo a la boca del bebé, que lo acogió con ansias. Los ojos grises de Scorpius, iguales a los de su padre, lo miraron ahora curiosos. Harry no pudo evitar recordar a Astoria. Aunque el color fuera el de Draco, la forma de los ojos y esa mirada inquisitiva eran de su amiga.
— Eres tan bonito, pequeño. —Le canturreó mientras lo paseaba por el salón— Tu mamá era mi amiga, ¿sabes? era una de esas personas que tenías que querer. La echo de menos, no puedo imaginar cómo lo está haciendo tu papá para salir adelante.
El bebé le seguía mirando como si realmente entendiera sus palabras. Extendió una de sus manitas y se agarró a su jersey, acurrucándose contra él y cerrando los ojos. Siguió paseándolo hasta que pareció respirar suave y acompasado. Volvió a tomarle la temperatura, había descendido, supuso que Draco le había dado un medicamento antes de quedarse dormido. Con cuidado, lo depositó en la cuna que tenía en el salón y lo observó dormir un poco más.
Tenía intención de marcharse ya, pero no podía dejar la casa sin ayudar a Draco un poco más. Esperaba que no se enfadara por aquello. Con tres hechizos rápidos, plegó y mandó a los armarios la ropa limpia. El resto de las cosas las mandó a su lugar y se dirigió a la cocina para asegurarse de que tenían comida, para que no tuvieran que salir de la casa.
— ¿Potter?
Cerró los ojos con fuerza, girado hacia la olla en la que se cocinaba un estofado sencillo. "Mierda", pensó.
— Hola —respondió, girándose—. Scorpius duerme en el salón.
— Lo he visto. Gracias por dejarme ese aviso o me habría vuelto loco al despertar y no encontrarlo.
Había dejado un aviso mágico sobre la cama, en el lugar en el que había estado Scorpius, diciéndole que estaba bien, durmiendo en la cuna.
— Vine a traerte unos papeles...
— Y no pudiste evitar quedarte a ayudar. Muy propio de ti —le dijo, con un intento de sonrisa cansada, sentándose en una de las sillas de la cocina.
— He visto este virus muchas veces este invierno, yo lo cogí de los primeros en la Fundación. ¿Por qué no pediste ayuda a Andrómeda?
— Porque fue Teddy el que se lo pegó a Scorpius. ¿No sabías que estaban los dos contagiados?
Harry se sonrojó levemente y negó con la cabeza.
— He estado unos días fuera de la ciudad. Andrómeda y yo discutimos antes de irme y aún no he tenido ocasión de hablar con ella. Iré a visitarlos ahora.
Draco le miró con el ceño fruncido. Le había dado la impresión de que su tía y Harry estaban muy unidos, aquello era extraño.
— Le pedí a mi madre que les echara un ojo, pero conociéndola es fácil que les enviara un elfo. Seguramente agradezcan tu visita, aunque ya estarán bien, ha pasado una semana desde que empezaron los síntomas.
— A los adultos los deja arrasados, creeme. Y la salud de Andrómeda no es muy fuerte, aunque intente disimular.
Harry apagó el fuego y se puso a recoger la cocina. Draco se levantó para detenerlo.
— No es necesario, Potter.
Fue ignorado, en la cara de Harry se dibujó su típica mirada obstinada.
— Si quería ayudarte, no voy a dejarte trabajo. Me temo que bastante tienes en la mesa del salón. —Guardó la varita en el bolsillo trasero de los vaqueros y se giró a mirarle, la cocina estaba impoluta— Debiste decirnos que estabas cuidando de tu hijo enfermo, habríamos dejado de mandar trabajo.
Draco movió la cabeza, saliendo de la cocina para dirigirse al salón. Harry le siguió y lo encontró sentado, ojeando lo que le acababa de traer.
— No quiero un trato de favor por la historia del pobre padre viudo, Potter —contestó con tono seco, sin levantar la vista de los papeles.
Harry se quedó allí en medio del salón, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Aquel hombre seguía siendo un borde insufrible.
— Bueno, voy a dejar de mandarte trabajo hasta que esta mesa baje. Y —le interrumpió al ver que iba a replicar—, tendrás que admitir que necesitas mi ayuda y dejar que venga luego a ayudarte con Scorpius para que puedas descansar.
Draco se echó hacia atrás en la silla y alzó las manos en gesto de rendición.
— Tú eres el jefe.
Una pequeña sonrisa de triunfo asomó al rostro moreno. Se asomó a la cuna y se aseguró de que Scorpius seguía sin fiebre.
— Voy a ver a Andrómeda y Teddy. Volveré en un par de horas.
El rubio no le contestó, solo se despidió con la mano mientras volvía a enfrascarse en su trabajo.
Cuando volvió a casa de Draco, la calma parecía haber terminado. Scorpius lloraba a pleno pulmón mientras su padre intentaba darle un baño. El niño era lo suficientemente grande y fuerte ya como para ser una anguila escurridiza en la bañera.
— ¿Necesitas ayuda?
— Por lo general le encanta el baño, pero estos días le molesta todo —respondió sin girarse, la voz delatando que se sentía bastante inútil.
— Cuando la fiebre es alta, los contrastes de temperatura les molestan. Y le pican las manchas por la humedad.
Esta vez sí que Draco se giró a mirarle, algo sorprendido. Harry se encogió de hombros mientras se remangaba el suéter hasta los codos y se agachaba junto a la bañera.
— En la Fundación hay que echar una mano muchas veces cuando están malos. Alégrate de no saber esas cosas, eso es porque Scorpius ha tenido hasta ahora una buena salud.
— La doctora Shern podría haberme dicho todo eso —refunfuñó.
— Seguro que la pillaste estresada, cada vez que aparece un virus de estos su vida se vuelve una locura. Créeme que lo sé, una vez me maldijo por preguntarle por los cólicos de un bebé en plena epidemia de sarampión verde.
Draco no pudo evitar estremecerse por la mención de la desagradable enfermedad, la había tenido a los seis años y guardaba recuerdos muy desagradables de las erupciones que explotaban al apenas rozarlas.
Harry le explicó con paciencia, mientras le ayudaba a sujetar al escurridizo bebé, que era mejor agua más tibia que caliente, apenas un par de grados más que su cuerpo. El truco para que no tiritara era calentar el ambiente del baño. Pronto estaban los dos salpicados de agua y riendo con las muecas de Scorpius, más tranquilo y con ganas de jugar.
Chorreando agua, ayudó a Draco a secarlo y aplicar el ungüento en las marcas moradas. En que el picor disminuyó, el pequeño estuvo dispuesto a comer. Harry secó su ropa con su varita mientras Draco preparaba la papilla, que Scorpius recibió con bastante entusiasmo.
— Yo se lo doy, sécate antes de pillar un resfriado. Ya es un milagro que no hayas cogido este virus.
En lugar de hacerse un secado, fue a su habitación a ponerse ropa seca y más cómoda. Cuando volvió a la cocina no pudo evitar sonreír con la imagen de Harry con un moño en lo alto de la cabeza, para evitar que Scorpius le enganchara el pelo con las manos llenas de papilla. Aún así, la barba oscura tenía pequeñas manchas claras.
— Scorp, no se mete la mano en la comida —trataba Harry de explicarle al pequeño, limpiando la manita que estaba dejando huellas en su jersey.
— Lo de enseñarle modales siendo tan joven igual es excesivo.
El moreno le contestó con una sonrisa, pero en el momento que desvió la mirada hacia Draco, el pequeño traidor decidió llamar su atención poniéndole la mano llena de papilla en las gafas.
La imagen era tan cómica que su padre no pudo evitar romper a reír a carcajadas. Contento, el bebé le imitó. Harry los miró a los dos alternativamente antes de limpiarse las gafas y la cara con un tergeo sin varita y seguir intentando darle la cena al pequeño, con una pequeña sonrisa.
Confesad, habéis hecho "Awwww" varias veces en este capítulo. He subido más fotos al tablero de Pinterest, porque estos hombres con un bebé (de unos seis meses, por si estas preguntando), me dan ganas de buscar imágenes de bebes rubios y gorditos.
Ya sé que vamos despacio y que llevamos trece capítulos ya, así que os agradezco especialmente que estéis ahí cada día. Poquito a poco, pero avanzamos. ¡Hasta el miércoles!
