Al llegar aquella noche a casa, Harry se preguntó cómo narices el día había acabado tan mal.
Se había levantado contento. Era el cumpleaños de Draco. Resultaba curioso sentirse feliz porque era el día especial de otra persona. ¿Eso era parte de estar enamorado? No lo sabía, era la primera vez. Había tenido razón años atrás al decirle a Astoria que para enamorarse de alguien había que conocerlo. Pasar tiempo con Draco y Scorpius había sido lo que había marcado la diferencia entre el interés que había sentido por él desde el colegio y poder llegar a reconocerse a sí mismo que lo amaba.
Sus amigos estaban preocupados por él. Veía cada domingo como analizaban, con más o menos disimulo, sus gestos, sus interacciones. No le había pasado desapercibido el domingo anterior una ligera tensión entre Draco y Hermione, después de haber estado en el lago. Conocía a su amiga lo suficiente como para saber que seguramente era consecuencia de haber intentado meterse donde no le llamaban.
No podía evitar preguntarse qué le había dicho Hermione, porque desde ese día notaba a Draco más distante de lo normal en el trabajo. No había hecho mención de pasarse por su casa ningún día a cenar, porque tenía la sensación de que su amigo necesitaba espacio. Quizá por eso le había hecho más ilusión aún que el viernes Draco se acercara a su despacho para recordarle que el sábado por la tarde celebraría su cumpleaños en su casa.
Hizo un brownie. Suponía que habría una tarta, algo elegante y sofisticado, pero sabía que a Draco le encantaba el brownie, era uno de sus dulces favoritos, podía guardarlo para desayunar al día siguiente.
Salió por la chimenea con una sonrisa nerviosa. Ni siquiera se le había ocurrido preguntar quién más estaba invitado. Pero el salón estaba vacío. Un poco sorprendido, avanzó hacia la cocina llamando al dueño de la casa.
— ¿Draco?
Fue otro rubio el que salió a recibirle. Por la puerta entornada de la habitación infantil, salió corriendo Scorpius, directo a abrazarse a su pierna, riendo. Se pasó el brownie a la mano izquierda y se agachó para tomar en brazos al pequeño escapista. Justo en el momento en el que el niño le echaba los bracitos al cuello para darle un beso muy baboso en la mejilla, la puerta del dormitorio se abrió y Draco salió, peinándose el flequillo con la mano.
Por un momento, Harry tuvo una visión de cómo sería su vida con una familia, llegando a casa cada día con un niño saliendo a recibirle y un compañero sonriéndole y preguntándole qué tal el día.
— Hola —saludó, totalmente ruborizado—. Feliz cumpleaños. Te he traído un brownie. ¿Llego demasiado pronto?
La sonrisa que acababa de imaginar se dibujó en la cara de Draco, ancha y luminosa. Solo que seguramente lo que estaba haciendo era reírse de su nerviosismo y su torpeza tratando de darle el recipiente con el postre y sujetar a Scorpius a la vez.
— Gracias Harry —respondió por fin el cumpleañero, mientras caminaba por el pasillo de camino a la cocina—. Aún falta un rato para que lleguen los demás. ¿Quieres beber algo?
Tomó asiento en una de las sillas de la cocina, con el pequeño en sus rodillas, y observó a su anfitrión moviéndose organizando cosas.
— Harry, ¿quieres beber algo?
Volvió a sonrojarse, le había pillado mirándole como un tonto.
— Sí, sí, perdona. Un refresco estará bien.
Draco sacó del frigorífico una gran jarra de limonada. La sirvió con cuidado en un vaso alto con hielo y un poquito de menta.
— Gracias. —Dio un pequeño sorbo antes de ponerse en pie de nuevo y llevar a Scorpius a la zona vallada, que había crecido conforme el niño crecía hasta ocupar un tercio de la cocina— ¿Te ayudo con algo?
Se colocó junto a Draco, dispuesto a hacer canapés o lo que fuera necesario. En ese momento, Draco se quedó quieto, mirándole.
— ¿Qué pasa? —Se echó una mano a la cara, pensando que se la había ensuciado.
Draco siguió mirándole con una expresión completamente nueva. E hizo algo que no esperaba.
— Te has afeitado —murmuró con una sonrisa, estirando la mano para pasarla por el borde de la mandíbula.
Harry se quedó paralizado. El tacto de ese dedo era lo último que había esperado en esa fiesta de cumpleaños. Por un momento, pensó en ser sincero y decirle a Draco que se había afeitado por él, tratando de llamar su atención de alguna manera. Pero no se atrevió a romper el momento con torpes explicaciones. Se limitó a cerrar los ojos y disfrutar de la caricia, para evitar que sus ojos le delataran aún más.
La punta del dedo de Draco completó el recorrido hasta el final de la mandíbula y comenzó a deslizarse por el lateral del cuello. Entonces ocurrió otra cosa inesperada, que le hizo aguantar la respiración: la goma elástica que retenía su melena en una coleta desapareció y Draco introdujo la mano entera entre el pelo, acariciándolo.
— Draco... —no pudo evitar decir, entornando los ojos.
La mirada gris era diferente, como si estuviera admirando a Harry, como si no lo hubiera visto antes. La mano libre de Draco le quitó las gafas y las dejó encima del mostrador. Su cara se volvió una mancha rosa claro, hasta que avanzó lo suficiente para entrar en su limitado campo de visión miope: a menos de treinta centímetros. Y siguió avanzando, y siguió, mientras la mano en su pelo le sujetaba de la nuca.
La mano libre acunó su cara y, por un momento, mientras los labios de Draco se posaban en los suyos, se sintió adorado como un objeto precioso.
Fue un beso suave, apenas un par de roces de labios. Pero lo suficiente para que sintiera a su magia alborotarse. Se quedaron un momento con las frentes unidas, Draco con los ojos cerrados, él tratando de controlar su voz para poder preguntar qué acababa de pasar.
El momento se rompió con la voz de Pansy llamando a Draco desde el pasillo. A regañadientes, Harry tocó el hombro del anfitrión para llamar su atención. Los ojos grises le lanzaron otra mirada que no supo interpretar antes de ponerse en marcha. Harry se quedó allí, mirando sin ver el suelo de la cocina mientras volvía a recogerse el pelo y se ponía las gafas.
Respiró hondo varias veces para calmarse y calmar el zumbido de su magia, que estaba haciendo vibrar los utensilios de cocina. Después, sacó a Scorpius del vallado y salió a saludar al resto de los invitados.
Un par de horas después, Draco entró a la cocina y lo encontró apoyado en el fregadero, con la cabeza gacha.
— ¿Harry? ¿Va todo bien? —le oyó preguntar, como si estuviera muy lejos.
Cabeceó, pero no se giró. Lo sintió acercarse un poco más, y luego otro poco más, hasta colocarse a su lado mientras lavaba frenético una herida sangrante bajo el grifo.
— Deja que te ayude — le intentó tranquilizar con voz calma.
Tomó su varita y tocó con cuidado los bordes de la herida en varios puntos mientras murmuraba un hechizo. Cerró el grifo y observaron que la herida comenzaba a sangrar menos, hasta convertirse en una línea rosa.
— Lo siento, intentaba ayudar cortando más trozos de tarta, pero se me escapó el cuchillo —se disculpó en un murmullo con los ojos cerrados.
No se había atrevido a hacerlo con magia, porque seguía alterado, pero por lo visto usar un cuchillo afilado dos horas después de que te bese por primera vez la persona que amas tampoco es seguro.
— ¿Estás bien? Parece que vayas a desmayarte. — La voz de Draco seguía sonando como si viniera de muy lejos.
— Odio la sangre.
Notó que Draco le movía para que se sentara en una silla. Con los ojos cerrados, se sujetó la cabeza con las manos y trató de respirar con calma. Desmayarse en ese momento sería realmente humillante.
Lo sintió moverse y un paño húmedo en su nuca. Los dedos finos y ágiles le quitaron de la cara el pelo que se había soltado de la coleta.
— Vuelve con tus invitados. Estaré bien enseguida.
No le hizo caso, siguió acariciandole el pelo.
— Por favor Draco, estoy mejor, vuelve al salón.
— Solo un minuto más. Estás muy pálido todavía.
— No...
Un grito en el salón les sobresaltó a los dos, lo suficiente como para salir corriendo de la cocina, a pesar de que el mundo le dio vueltas al ponerse de pie. Porque la voz que había gritado era sin duda la de Teddy.
Cuando llegaron al salón, la escena era dantesca. Teddy tenía en brazos a Scorpius, que a todas luces se estaba poniendo azul. Pero la magia accidental del niño había creado alrededor de ellos una burbuja de protección que no dejaba a nadie acercarse.
Harry se dejó caer en el suelo de rodillas ante él, dejando libre la magia que llevaba alborotada toda la tarde. El pequeño, al reconocer la magia de su padrino, abrió los ojos.
— Teddy, tienes que darme a Scorpius, tenemos que ir al hospital —le dijo, con voz mucho más firme de lo que esperaba al abrir la boca.
La burbuja de protección se disolvió y Teddy dejó a Harry coger en brazos al pequeño, mientras Draco y Andrómeda se agachaban junto a Teddy y trataban de entender que había pasado.
El resto de lo ocurrido estaba borroso. Se había desaparecido de casa de Draco, sin esperar a nadie, saltándose todas las barreras. Al abrir los ojos estaba en el vestíbulo de San Mungo y un sanador corría hacia él.
— El brownie —le explicó Andrómeda minutos después, mientras Draco estaba en una sala con su hijo y el medimago—. A Teddy no le ha gustado la tarta y ha cogido un poco de brownie y lo ha compartido con Scorpius.
Se dejó caer, abrumado, en una de las sillas de la sala de espera.
— Lo hice yo mismo, no sé qué ha podido pasar...
Se le quebró la voz. Avergonzado, cerró los ojos fuerte para evitar que las lágrimas salieran.
— El medimago dice que Scorpius es alérgico a las nueces —le dijo Draco, sentándose junto a él—. Podría haber pasado en cualquier momento, no lo sabíamos.
Volvió a respirar hondo, parecía que ese era el mantra del día: respira hondo. Abrió los ojos y se giró a Draco a su lado.
— Lo siento muchísimo.
— No es culpa tuya, Harry.
No podía mirarlo, volvió a esconder la cara entre las manos. Sintió la mano reconfortante de Draco sobre su hombro. Pasaron quince minutos antes de que salieran a avisar de que Scorpius ya estaba en una habitación y su padre podía ir con él. Antes de ponerse en pie, volvió a darle un apretón en el hombro.
— ¿Me acompañas?
Se levantó sin pensar, con un "Hasta el fin del mundo" en la punta de la lengua. No miró a su alrededor, no le importó si había gente mirándole en la sala de espera, simplemente siguió a Draco hasta la habitación de Scorpius. El sanador estaba allí todavía y retuvo a Draco un momento, mientras Harry se sentaba en una silla junto a la cama del pequeño. Acarició el pelo rubio, murmurando palabras que su cerebro no registraba.
Draco se sentó en el filo de la cama y contempló a su hijo. Harry lo miró, lo miró realmente por primera vez desde que le había besado en la cocina. Vio como, pasada toda la tensión, se le desmoronaba el perpetuo gesto de calma y los ojos se le llenaban de lágrimas. Acongojado, se levantó para sentarse junto a él y abrazarlo, sin pensarlo. Apenas había pasado un brazo por los delgados hombros, cuando un golpe en la puerta les sobresaltó a los dos.
Lo siguió con la mirada hasta la puerta, lo vio entreabrirla y hablar con alguien en el pasillo. Y cerrar la puerta con una mueca dura en la cara, pero con la mirada lejos de él.
— Será mejor que te marches, Harry.
— Draco, yo... de verdad que lo siento.
Draco apretó los labios, pero siguió sin mirarle, la mandíbula cada vez más tensa.
— Necesito que te marches. Por favor.
Se levantó, echando un último vistazo al niño dormido. Salió de la habitación, con la cabeza gacha, arrastrando los pies. Sintió en el pasillo las presencias hostiles de los abuelos de Scorpius, pero no se detuvo, siguió caminando hasta las chimeneas para volver a su casa.
He debido de leer y releer esté capítulo unas treinta veces, y aún así no sé qué decir. Ya sé, os estáis preguntando qué narices hace Draco. El miércoles lo veremos todo más claro. Y el viernes se responderá una pregunta que me habéis hecho varias veces desde el primer capítulo.
Buen comienzo de semana, ¡nos leemos el miércoles!
