Eran apenas las ocho de la tarde cuando Harry salió de la chimenea del apartamento de Draco. Siguió el jaleo hasta el cuarto de baño, donde encontró una estampa que le trajo a la memoria la de meses atrás: Draco trataba de bañar a Scorpius, que se revolvía y protestaba, poniendo a su padre perdido.
— ¿Qué pasa, Scorp? ¿papá no se había bañado hoy todavía?
Los dos rubios le miraron, el más pequeño feliz, salpicando el agua con más energía. El mayor con su cara de "no te quedes ahí haciendo bromas y ven a ayudarme". Con una gran sonrisa, se acercó a la bañera y se agachó en el lado opuesto al que ocupaba Draco. Distrajo a Scorpius contándole una historia de dragones mientras su padre acababa de lavarle el pelo y el cuerpo. Cuando terminó, Draco le tendió una gran toalla para que la sujetara y, con cuidado, envolvió al niño en un capullo blanco para llevarlo a la habitación y ponerle el pijama.
Caminó hacia el dormitorio infantil. Desde hacía mes y medio, Scorpius dormía solo en su habitación. No había sido sencillo, padre e hijo estaban acostumbrados a dormir juntos, al niño le daba seguridad abrir los ojos y ver allí a su papá. Al padre le daba la seguridad de que el niño estaba bien y seguía respirando. Harry no había tomado parte en aquella decisión. Sí, dormir en casa de Draco con Scorpius en la misma cama no era viable. Pero tenía que ser su padre el que tuviera la iniciativa de darle al niño su propia cama, y por motivos más profundos que querer dormir acompañado.
Igualmente, no estaban durmiendo juntos tampoco en casa de Harry. ¿Frustrado? bueno, trataba de tener perspectiva. Llevaba tantos años suspirando por Draco, que tres meses atrás le había parecido lo mejor ofrecerle ir despacio.
— ¿A qué te refieres con ir despacio? —le preguntó, sentado en los sillones con el brandy de siempre en la mano, en su primera visita tras su cumpleaños.
— Quiero que tengamos citas.
— Pero nosotros ya nos conocemos, Harry —argumentó.
— Pero no hemos tenido vida fuera de aquí. El trabajo y la casa de los Weasley no cuentan —se adelantó al verle abrir la boca para llevarle la contraria.
Draco se quedó un momento callado, escuchando la música y saboreando un sorbo de brandy.
— ¿Citas entonces? ¿salir a cenar?
— Y al teatro, museos, con tus amigos, con los míos, de excursión el domingo.
— ¿Dejarás de venir entonces a cenar con nosotros los viernes?
Harry no pudo evitar sonreír por el tono quejumbroso.
— Vendré a cenar tantas veces como quieras. Pero creo que debemos ir despacio y tener citas.
— ¿Con ir despacio te refieres a…?
— Me refiero al sexo, sí.
Draco se ruborizó notablemente. Harry se levantó, dejó la copa sobre la mesita y se puso en cuclillas delante de la butaca de Draco, buscando sus ojos.
— Draco, tú y yo hemos empezado un poco la casa por el tejado. Y ahora necesitamos conocernos en otro plano. Eso nos ayudará a saber también qué sentimos.
El ceño rubio se frunció y los ojos grises se oscurecieron.
— ¿Tienes dudas ahora? ¿O crees que no sé lo que siento por ti?
Harry suspiró y se dejó caer sentado en el suelo enmoquetado. Levantó los ojos verdes, grandes y expresivos, para mirar a Draco.
— Tuviste un gran amor. No pudisteis disfrutarlo apenas porque estabais ocupados estudiando y trabajando. Y luego Astoria se fue, y te dejó solo y con la responsabilidad de un niño.
Draco se echó hacia atrás en el sillón, un poco estremecido por las palabras de Harry.
— No estamos en igualdad de condiciones, Draco, porque yo sólo he estado enamorado una vez, y ha sido algo largo y lento, a ratos doloroso, pero nunca te he perdido. Ahora estoy expuesto a eso, a no ser suficiente para llenar el hueco de otro gran amor, ¿sabes el miedo que da? Por eso te pido ir despacio, pasito a paso, que te des tiempo para saber si estoy a la altura, si puedes quererme como yo te quiero.
No pudo evitarlo, se dejó caer del sillón, de rodillas frente a Harry, que se secaba los ojos con disimulo.
— No creo que se trate de ver si encajas en el hueco que dejó Astoria en mi vida. Ella no puede ser sustituida, ni para mí, ni para ti como tu amiga, ni como la madre de Scorpius. —Le acarició la mejilla con ternura— Tú ya tienes tu sitio en mi vida, pero entiendo tus palabras . Iremos despacio.
Lo abrazó, porque lo vio frágil. Y asustado. Y porque acababa de admitir por primera vez en voz alta que estaba enamorado de él. Y daba miedo.
Tuvieron citas. Cada fin de semana. Y muchas cenas entre semana. Y allí estaban, una noche cualquiera, Harry dando de cenar a Scorpius mientras él preparaba la cena para ellos.
Llevaba ya unos días dándole vueltas. Había sido muy fácil, porque Harry lo hacía todo muy fácil. Hacían su vida de pareja en el Londres muggle, iban al cine o al teatro, cenaban en restaurantes exóticos, porque a los dos les gustaba probar comidas nuevas. Quedaban a tomar unas cervezas con amigos. Incluso pasaron varios fines de semana visitando otras ciudades europeas. Todo gracias a Andrómeda, que siempre estaba dispuesta a cuidar de Scorpius.
Entre semana, Harry iba a cenar tantas veces como Draco le invitaba, nunca imponía su presencia. Y entonces era tan doméstico, tan fluido. Lo miró un momento, con su pelo de nuevo recogido en lo alto y la barba oscura bien recortada. El estómago se le estremeció. Ese hombre paciente y cariñoso, que le daba la mano cuando paseaba por la calle y le decía al despedirse cada día que le quería, ese hombre al que su hijo adoraba, ese hombre era su pareja.
Apagó el fuego y caminó en línea recta hacia él, decidido. Le tocó el hombro, mientras le quitaba el tenedor de Scorpius de la mano. Harry se giró hacia él con su amplia sonrisa y no pudo evitarlo, se abalanzó sobre él, besándole con todo lo que tenía. Hasta Scorpius se quedó quieto y callado.
— ¿Y esto? — preguntó, con sus frentes pegadas y las mejillas sonrojadas.
— Te amo, Harry. Mucho. Quédate a dormir esta noche, por favor. Aunque no hagamos nada, solo abrazarnos. Pero quiero despertarme mañana contigo.
El moreno asintió, de nuevo sonriente, antes de volver a prestar atención al niño que metía la mano en el plato.
Eran poco más de las diez cuando Draco salió de la habitación de Scorpius. Caminó silencioso hasta el salón, en busca de Harry. Lo encontró sentado en el sofá, en calcetines, concentrado leyendo un montón de documentos.
— Ya está dormido —murmuró, dejándose caer junto a él.
Harry dejó los papeles sobre la mesa y abrió los brazos para invitarle a tomar su postura favorita: apoyado contra su pecho.
— Puedes seguir leyendo, parecía importante.
Harry le dio un suave beso en la sien, acariciando de paso un trocito de cara con su nariz.
— El hombre que amo es más importante. Aunque no lo parezca, todavía estoy dando saltos por dentro por lo de antes.
Draco se giró para besarle, suave y lento. Luego volvió a apoyarse en el ancho pecho con un suspiro de satisfacción.
— ¿Te vas a quedar a dormir entonces?
— Nada puede impedirme abrazarte toda la noche, me temo.
Soltó una risita nerviosa.
— Despacio sigue siendo la norma, Draco —le susurró besando ese punto de su cuello, justo detrás de la oreja— Tú marcas el ritmo.
— Vamos a la cama —contestó Draco con voz un poco ronca.
Ahora la risita nerviosa vino de Harry. Con calma, apagaron las luces y dejó a Draco poniendo los hechizos protectores para la noche mientras se dirigía al dormitorio.
Al entrar Draco, después de un último vistazo a Scorpius, lo encontró sentado en la cama, quitándose el jersey fino que llevaba. Se le secó la boca de nuevo al ver el torso desnudo. Y entonces se dio cuenta.
— ¿Llevas un tatuaje? —preguntó mientras se acercaba para verlo mejor.
En su cadera derecha, sobre la cintura del pantalón, asomaba algo de tinta. Al sentarse junto a él pudo ver que eran dos estrellas. Con manos un poco temblorosas, agarró el pantalón y estiró hacia abajo para verlo mejor. Conocería aquellos pequeños puntos en cualquier lado.
— Scorpius.
Harry asintió, poniéndose de pie y dejando caer los pantalones. Entonces le mostró la otra cadera. El Dragón.
— ¿Cuando te has hecho esto? No lo vi el último día en el lago.
El moreno sonrió misterioso, acercándose y empujando sus hombros hacia abajo hasta dejarlo tumbado en la cama. Después se subió a horcajadas sobre él, atrapándolo contra el colchón.
— Los hice en Berlín.
— Pero…
— Un glamour básico.
No le dio opción a preguntar más. Se inclinó a besarle, fuerte, hasta hacerle olvidar lo que quería saber. Por primera vez, lo abrazó y acarició la suave y morena piel de su espalda. Sus dedos recorrieron la columna vertebral, dejando un rastro de piel de gallina a su paso. Hasta que los dedos ágiles toparon con un bultito a mitad de espalda. Una cicatriz. Pasó la mano con suavidad por la zona y notó que había más. Harry dejó de besarle y se separó lo suficiente como para mirarle, el momento sensual roto.
— Tienes cicatrices. Y no son mágicas.
Con un suspiro se dejó caer a su lado, tumbado boca arriba, con un brazo sobre la cara. Draco le escuchó tomar una gran bocanada de aire antes de hablar.
— A mi tío le gustaba pegarme con el cinturón.
— ¿Qué edad tenías?
— La ultima vez que recuerdo, siete. Fue la primera vez que mi magia me protegió, pero eso lo entendí de adulto ya.
Draco cogió aire, impresionado, antes de la siguiente pregunta.
—¿Qué ocurrió?
— La hebilla del cinturón se le clavó en la cara. Eso le asustó lo suficiente para no pegarme más.
Se incorporó lo suficiente para quitarse la camiseta, acurrucándose a continuación contra el costado de Harry.
— ¿Tienes frío? ¿Quieres que nos metamos en la cama?
Por toda respuesta, Draco tomó la mano de Harry y le invitó a recorrer su espalda con los dedos. Le escuchó perfectamente tragar con fuerza al notar las cicatrices de su espalda baja.
— Me daba miedo volver a ver las consecuencias de lo que te hice, pero esto parece mucho peor.
Se acurrucó aún más, poniendo su oído sobre el corazón de Harry. Latía nervioso.
— Aquel día, cuando huisteis de mi casa, mi tía se volvió loca. Me agarró del pelo, me tiró al suelo y me arrancó la camisa —carraspeó, intentando no quebrarse—. Usó un cuchillo impregnado en un veneno para grabarme una palabra en la espalda.
— Por Merlín, Draco, yo…
Le puso dos dedos sobre los labios, necesitaba acabar de explicarle.
— Era una herida que no podía curarse, nunca cicatrizaría. Y eso me hacía recordar que estaba ahí cada día. Cuando empezó a interesarme Astoria, decidí que tenía que hacer algo al respecto. —Tomó otra bocanada de aire— Lo primero que me atrajo de ella fue su valentía, lo increíblemente fuerte que había sido para defender sus convicciones.
Harry pasó de nuevo los dedos por la piel arrugada. Allí no había letras, ni el rastro de una cicatriz mágica.
— ¿Qué hiciste, Draco? —preguntó temeroso.
— La única manera de eliminar una cicatriz mágica es usar métodos no mágicos para eliminar la piel y después para curar la herida.
El estómago de Harry se revolvió imaginando los peores escenarios.
— Pagué a alguien para que me aplicara un producto cáustico muggle.
Harry lo envolvió con sus brazos, estremecido.
— Oh, Dios. Por eso estuviste quince días en la enfermería.
Asintió contra su pecho.
— ¿Astoria no te lo contó?
Lo abrazó un poco más fuerte.
— Era muy reservada cuando se trataba de ti.
Draco guardó silencio un rato, relajándose con el sonido del corazón de Harry y sus brazos protegiéndole.
— Yo estaba muy celoso de ti.
Harry rió suavemente.
— Se lo dije a Astoria. No tenías motivos, ella solo tenía ojos para ti.
— Aún me sorprende que me eligiera, tú habrías sido mucho mejor para ella.
— Astoria pensaba que yo estaba con Ginny. No le dije que era gay hasta que Ginny decidió decirlo también y para entonces ya vivíais juntos. Pero insisto, nunca fue una opción.
— Eso mismo le dijiste a ella, lo vi en un recuerdo.
— Ella pensaba que si yo me hubiera esforzado podría haberte conquistado entonces. Creo que tenía demasiada fe en mí.
Ambos rieron suavemente, más relajados. Estuvieron otro ratito en silencio, Harry acariciando su espalda, entre los omoplatos.
— Tienes más cicatrices.
— Una de las torturas preferidas del Señor Oscuro era imperiar a mi padre y obligarle a darme latigazos.
Lo dijo con una voz tan desapasionada que Harry necesitó buscar sus ojos, conectar con él.
— Eso es horrible, Draco.
— Cuando levantaba el imperio, mi padre se volvía loco de remordimiento. Pero aún así seguía sirviéndole, sabiendo que la siguiente vez que uno de nosotros tres hiciera algo mal, volvería a golpearme.
Harry acarició su cara con cariño, los dedos ágiles pasando por las cejas y los pómulos, antes de inclinarse a besarle suavemente.
— No me has preguntado qué grabó mi tía en mi espalda —murmuró Draco, separándose un poco para mirarle a los ojos.
— No necesito saberlo —respondió Harry, intentando pegarlo a él de nuevo.
— Escribió COBARDE. Y así me sentí durante mucho tiempo. Cuando le expliqué a Astoria esto mismo, se enfadó muchísimo conmigo. Pero yo lo necesitaba, necesitaba quitarme eso de encima. No podía ser un cobarde a sus ojos.
La mirada de Draco estaba un poco enloquecida mientras se lo explicaba con voz ronca. No le dijo nada, se limitó a abrazarle de nuevo y a conjurar una manta para echarles por encima.
Wow la intensidad de esta última parte. Bueno, los chicos ya están encarrilados, a partir del lunes vamos a ver más a su entorno.
¡Buen fin de semana a todes!
