Scorpius tenía seis años la primera vez que papá Harry lo llevó con él al trabajo. Pero no a su despacho de la Fundación, ahí ya había estado en otras ocasiones. Papá Harry tenía una mesa pequeña para él en una esquina de su oficina y le dejaba colorear mientras trabajaba.
Aquel día entró por primera vez de la mano de su papi en el edificio original de La Fundación, donde vivían las personas a las que ayudaban. Era una casa grande y antigua, pintada de un agradable color mantequilla.
Al entrar lo primero que notó fue que olía a galletas. Le rugió un poco la tripa, recordándole que era casi la hora de merendar.
— ¿Tienes un león en la barriga? —preguntó su padre con una sonrisa.
El niño se miró disimuladamente el jersey nuevo. Nop, no tenía un león, tenía una S, porque era un jersey que la abuela Molly había tejido para él. Eso le hizo sonreír, porque la abuela Molly siempre le hacía sonreír.
Siguieron el olor a galletas recién hechas hasta la gran cocina. Allí había niños de muchas edades y algunas mamás. Su papá saludó a la tía Maggie, que estaba sentada en una de las mesas merendando con tres niños y dos niñas pequeños. Scorpius se puso de puntillas para llegar a la mejilla de su tía y puso su manita sobre la prominente barriga, saludando a sus primitos también.
— Scorp, —Papá Harry se agachó frente a él— como hemos hablado en casa, tengo que trabajar un ratito. La tía Maggie te dará ahora leche y galletas para merendar y luego saldrás al jardín con ella y los otros niños. ¿Sí?
— Sí, papi. Me portaré muy bien.
Harry sonrió, poniéndose de pie y revolviéndole el pelo antes de despedirse con la mano de Maggie y los otros niños.
Se sentó junto a una niña con el pelo casi tan rubio como el suyo. Era pequeña y comía despacio una galleta sin mirar a su alrededor.
— Hola, soy Scorpius —le saludó, educado cómo le había enseñado su papá.
La niña le miró y se dio cuenta de que tenía un ojo muy azul y el otro cerrado, cruzado por una cicatriz que le recordó a papá Harry.
— Yo soy Bess.
Bess tenía cuatro años. Vivía en la casa de mantequilla porque tampoco tenía mamá y su papá le había hecho daño en el ojo. Eso se lo contó mientras merendaban. En el jardín jugaron con otros niños. Algunos sí tenían mamá y vivían en la casa, otros eran más mayores y en lugar de jugar se sentaban en grupitos bajo los árboles.
— ¿Y tienes dos papás? —le preguntó cuando sus papás salieron al jardín a buscarlo.
— Sí, papá y papá Harry, que es mi papá del corazón —contestó orgulloso.
Bess hizo un pequeño puchero.
— Maggie dice que tenemos que compartir, ¿me das a uno de tus papás?
Aquella noche, tras darle las buenas noches a Scorpius, el matrimonio se reunió como siempre en el salón. Harry leía unos papeles con Draco apoyado en su pecho, leyendo los suyos también.
— Scorpius me ha preguntado si se pueden compartir papás porque Bess no tiene. Se han caído bien.
Harry dejó los papeles sobre la mesita y besó el pelo rubio, masajeando suavemente la nuca tensa.
— La han rechazado otra vez —murmuró.
— ¿Cuántas van?
— Tres, en menos de un año —respondió impotente—. En cuanto les digo que tiene problemas, se echan atrás. Era más fácil cuando eran huérfanos de guerra.
— ¿En serio? —preguntó Draco, moviéndose para poder mirarle.
— Entonces la gente quería ayudar. O habían perdido a un hijo y tenían amor para otro. Las tres parejas que he entrevistado en este tiempo quieren un bebé, porque creen que así lo sentirán más suyo. En cuanto digo que tiene cuatro años y que su padre estaba loco y experimentaba con ella con magia oscura, corren en dirección contraria.
— Bueno, si se lo dices así entiendo que se asusten un poco.
— Prefiero ser muy claro a dejar que se la lleven para el periodo de prueba y la devuelvan en dos días, que fue lo que hizo la primera pareja.
Draco le acarició la mandíbula fuertemente apretada.
— A veces me pregunto cómo puedes lidiar con estas cosas, con lo que llevas a tus espaldas —le murmuró, mirándole con admiración.
— Es una buena motivación —respondió, tomando su mano y besando distraídamente sus dedos.
Los dos se quedaron callados un rato, meditando. Y hablaron justo a la vez.
— ¿Has pensado en tener otro hijo?
— ¿Necesitaríamos una casa más grande si la adoptamos nosotros?
Típico, la pregunta prudente de Harry frente a la práctica de Draco.
— ¿Crees que nos darían la autorización para ser padres adoptivos?
Draco lo miró incrédulo.
— No sé ni cómo puedes dudarlo.
Harry contestó con una risita, empujándolo de nuevo contra su pecho.
— Tiene problemas, Draco. Y Carol dice que mientras siga creciendo hay posibilidades de que surjan nuevos.
— ¿Y? Tú y yo también hemos tenido nuestra ración de magia oscura.
Sonrió ampliamente.
— ¿Al ponerle nuestros apellidos crees que nos permitan ponerle un segundo nombre?
Draco volvió a girarse hacia él. No necesitaba que le dijera cómo se llamaría. Elisabeth Astoria sonaba digno de una Potter-Malfoy.
Ya que en esta historia no hay niños Potter-Weasley, necesitaba darle una hermana a Scorpius, porque sus padres saben lo triste que es ser hijo único. Y porque Draco y Harry tienen mucho amor que dar.
