─ Estúpido Draco ─refunfuñó Harry esa noche. Y se preguntó una y otra vez la razón por la que nada resultaba como él deseaba.

Esa noche no pudo dormir bien e incluso tuvo pesadillas, feas pesadillas donde veía a Draco sufriendo delirios. Se levantó muy temprano de la cama, muy inusual en él y fue a desayunar.

Ya que Draco le había dicho que no quería volverlo a ver, y él mismo había decidido concederle su deseo se sentó junto a sus compañeros de casa, todos lo observaron sorprendidos, hasta que él les dirigió una mirada retadora, entonces todos volvieron a desayunar y a sus conversaciones.

Poco después entró Draco, quien dignamente pasó sin dirigirle una sola mirada y tomó asiento junto a Viktor Krum; a Harry le dolió ver eso, pero se tragó sus celos y frustración.

Tratando de ignorar al rubio, sacó un pedazo de pergamino y garabateó rápidamente un mensaje. Dejó su desayuno a la mitad, para ir en dirección a la lechucería, sabía que Hedwig estaría allí.


─ ¡Harry, pequeño Harry! ─exclamó Sirius muy alegre, se acercó al menor y lo envolvió en un fuerte abrazo. A pesar de que en un principio sintió que Sirius le iba a matar de asfixia en poco tiempo pudo recuperar el aliento e inhaló el aroma de lirio de los valles de su padrino. Un aroma muy característico en los omegas que son muy seguros de sí mismo e independientes. Por eso a Harry le agradaba mucho el hombre, era todo un ejemplo a seguir, aunque su madre dijera que era un vago irresponsable.

─ ¡Padrino qué bueno que viniste! ─exclamó muy feliz.

─ No podía ignorar el llamado tan urgente de mi ahijado ─respondió sin perder la sonrisa─. Ahora dime, ¿Para qué soy bueno?

Harry resopló, tomó una de las manos de Sirius y lo llevó hasta uno de los sofás de la sala común, luego aplicó un muffliato.

─ Draco ya no me quiere ─comenzó cabizbajo.

Sirius se apresuró a poner una mano en el hombro del muchacho, su sonrisa desapareció y en su lugar puso una expresión preocupada.

─ ¡Oh, Harry! ¿Cómo es posible? ¡El mini Malfoy no sería capaz! ¡Te quiere mucho!

Harry negó con la cabeza.

─ No, ya no me quiere. Ayer me gritó que ya no quería verme y hoy se sentó con Viktor Krum durante el desayuno ─Sirius iba a preguntar si había alguna razón para dicho comportamiento, pero Harry se adelantó─; se molestó solo porque pasé la tarde con Cedric Diggory.

El mayor asintió comprendiendo.

─ ¿Y por qué pasaste toda la tarde con ese chico en lugar de estar con tu mejor amigo?

Harry se sonrojó mientras mordía su labio inferior.

─ Me estaba enseñando a bailar ─confesó.

Sirius comprendió entonces la razón por la que Harry no había querido pasar la tarde con Draco y a su vez comprendió por qué el rubio estaba enfadado.

─ Estoy casi seguro de que todo ha sido un mal entendido, deberías hablar con él, explicarle la razón por la que necesitabas estás con el chico Diggory y él lo entenderá.

Los ojos verdes de Harry se desenfocaron.

─ No puedo decirle, de todos modos, pareceré ridículo ─se frotó la frente, desesperado─. No puedo decirle que tengo que bailar si o si, pero como no sé bailar tuve que pedirle a Cedric que me enseñara para no verme patético frente a él.

Sirius soltó una sonora carcajada. Harry frunció el ceño e hizo un puchero.

─ De acuerdo, ¿entonces prefieres que esté enfadado contigo por el resto de sus vidas?

Harry asintió dándole la razón a su padrino.

─ Gracias por todo ─dijo con sinceridad, después de un poco más de charla; ambos caminaron a la salida del castillo. Era una costumbre de todos los estudiantes acompañar a los visitantes hasta la salida con el fin de pasar el mayor tiempo posible con ellos. Después de todo, la mayor parte del año no los veían.

─ No tienes que agradecer, sabes que yo estoy aquí para ti, siempre que me necesites.

Harry se acercó a su padrino y lo abrazó con fuerza. En segundos fue correspondido.

─ Harry, hueles a…

─ ¡Black! ─la voz de Severus Snape se hizo presente.

Ambos omegas se separaron y prestaron atención al profesor de pociones.

─ Tú aquí, esperaba no tener que verte ─exclamó Sirius con disgusto.

─ Lo mismo digo, se ha arruinado mi tarde.

Harry observó el intercambio de palabras entre los mayores con interés. Cuando por fin Snape se retiró dijo:

─ ¿Estás seguro de que se desagradan?

El mayor lo observó como si hubiera dicho algo realmente inverosímil.

─ ¡Por supuesto!

El menor mostró sus palmas a modo de rendición.

─ Yo solo decía.

─ ¡Pues no vuelvas a decirlo!

─ Harry… ─Luna Lovegood, gran amiga de Draco y Harry se acercó.

─ Ah, hola Luna ─saludó con una sonrisa.

Ella ignoró el saludo.

─ Draco ha sido llevado a la torre de resguardo.

Harry miró con preocupación a su padrino, quien a su vez asintió comprendiendo lo que aquello significaba.

─ Tengo que ir con él… ─exhaló.

─ Lo sé, cuídalo.

El menor echó a correr en dirección a los dormitorios de Slytherin.


La torre de resguardo se llamaba así porque era el lugar designado para resguardar a los alfas u omegas en celo. Nadie que no estuviera pasando por un celo podía entrar a dicho lugar, ya que corría el riesgo de que el exceso de feromonas en el ambiente forzara su propio celo. A su vez, la torre estaba perfectamente organizada para que no hubiera accidentes, como que un omega atacara a otro al sentirlo una amenaza, al igual que el caso de los alfas. Por dichas razones, Harry tomó su capa de invisibilidad, la que su padre le obsequió en su primer año de Colegio y el mapa del merodeador, obsequio de su padrino.

Observó la torre de resguardo hasta que detectó el lugar preciso a donde habían llevado a Draco.

Caminó sigilosamente por los pasillos, y entró a la torre encantada con mucho cuidado, era de suma importancia procurar no ser descubierto, ya que si lo hacían sería enviado a su sala común donde seguramente encargarían a Snape que lo vigilara.

Ya que la torre de resguardo era un lugar vigilado, tuvo que esperar hasta que alguien saliera o entrara, afortunadamente no tardaron mucho en hacerlo. Un alumno de quinto grado salió de la torre y él aprovechó para colarse antes de que la puerta se cerrara.

─ Draco… ─entró a la habitación del rubio aplicando una técnica muggle que le enseñó su padrino para abrir puertas cuando no podía usar magia. Fue bastante sencillo a decir verdad─, Draco… ─volvió a susurrar.

El rubio yacía en una cama cubierta con sábanas blancas.

Estaba desnudo y se retorcía mientras gemía adolorido. Harry rápidamente se acercó y se subió a la cama.

─ Harry ─el otro omega exhaló enfocando sus ojos grises bordeados de lágrimas en el moreno, quien a su vez sintió que le dolía el corazón.

Había peleado con Draco, esa era una verdad inminente, pero eso no quería decir que no se sintiera herido al ver a su mejor amigo en tan dolorosa situación.

─ No te preocupes, Draco. Me quedaré aquí para ti. Yo te voy a cuidar.

Se puso de pie mirando alrededor de la habitación, cuando localizó las toallas decidió ir por una para secar el sudor del cuerpo de su amigo, pero fue detenido por un fuerte agarre en su muñeca.

─ No te vayas, Harry ─suplicó el rubio.

El aludido volteó a verlo, le sonrió con cariño.

─ No me iré, te lo prometo ─deshizo el agarre suavemente y luego fue por la toalla. Volvió a la cama y pasó la tela por la frente de Draco descubriendo en el proceso que ardía como si tuviera fiebre.

─ ¡Oh, Draco! ─exclamó preocupado.

─ Harry, ayúdame, me duele ─suplicó mientras se retorcía con mayor ahínco.

El moreno le secó el sudor y mojó un par de toallas, las cuales exprimió para colocarlas en la frente del rubio. Pero nada de lo que hacía parecía hacer sentir mejor a su amigo. Era desesperante ver como pasaban las horas y el otro seguía gimoteando de dolor.

─ ¡Ya no sé qué hacer! ─exclamó frustrado. La única manera de ayudar a aliviar el dolor era tocando a Draco, pero no lo iba a hacer, no iba a sobrepasar la línea de amistad que existía entre ellos. Sin embargo, su reticencia acabó cuando Draco se removió hasta que quedó arrodillado sobre el colchón, su erección estaba enrojecida y apuntando hacia el frente con furia, adornada con varias gotas de presemen.

─ Tócame, Harry ─pidió.

El moreno tragó grueso.

─ Draco… cuando tu celo pase yo… ─quería decir que no sabía si ambos tendrían el valor de afrontar una situación de esa índole, que no quería que Draco se sintiera avergonzado o enojado por haber hecho tal cosa sabiendo que su lado omega se había apropiado por completo de su razonamiento. Pero la mano de Draco sobre la suya dirigiéndola hacia su erección cortó toda la línea de pensamientos que pudieron haberlo detenido.

Una vez que tocó el pene del rubio, estuvo perdido y se dejó llevar. Tomó el control por completo, acarició la erección haciendo que su amigo se viniera una buena cantidad de veces. Y después lo penetró con sus dedos, para aliviar la furiosa palpitación y cosquilleo que Draco juró, era una completa agonía.

En algún punto también se despojó de su ropa, y el rubio acarició su propia excitación, la cual no había podido evitar al tocar el cuerpo de quien había estado enamorado desde hace un año. Nunca se imaginó que se encontrarían en una situación así, y durante el celo de Draco se preguntó múltiples ocasiones cómo reaccionaría su amigo una vez el celo fuera superado. Pidió a Merlín y todos los magos de la historia que el rubio no lo terminara odiando.

Varias horas después, cuando Draco al fin se quedó dormido, Harry depositó un casto beso en su frente y lo abrazó con cariño, el rubio se aferró a su torso y ocultó el rostro en la curvatura de su cuello. Poco a poco el sueño también lo alcanzó, así, ambos quedaron profundamente dormidos.

Más tarde, Harry parpadeó repetidas veces, trató de enfocar la mirada, pero se dio cuenta de que había perdido sus lentes. No podía recordar en qué momento se los había quitado.

Sintió que el cuerpo de Draco se removía y luego un ligero susurro:

─ Zanahorias ─escuchó decir.

Giró el rostro levemente para observar a su amigo, quien le sonreía tan naturalmente, como si no hubieran peleado tan solo un día antes.

─ ¿Qué? ─cuestionó desconcertado.

Draco cerró los ojos y aspiró con fuerza.

─ Hueles a zanahorias.

Harry se percibió a sí mismo, no logrando captar su aroma, después de todo, el aroma a cítricos que emanaba Draco era muy intenso, el celo aun no había terminado, faltaban varios días antes de que eso pasara.

─ ¿Estás seguro? ─cuestionó preocupado, Draco asintió.

"Zanahorias", para un beta oler a vegetales era algo común. No había mayor explicación para aquellos que olían a apio, brócoli o coliflor, pero para un omega… era sinónimo de que algo andaba muy mal.


─ Muy bien, su castigo, señor Potter, será el siguiente: No podrá asistir al baile de los Tres Magos.

Harry abrió la boca para reclamar.

─ No trate de convencerme, sabe que el intento será inútil.

Dumbledore carraspeó.

─ ¿Severus, no crees que estás siendo un poco exagerado con el muchacho?

─ Por supuesto que no ─respondió el pelinegro─. El señor Potter ha violado una regla muy importante en el código de comportamiento del colegio. Si bien, lo hizo porque le preocupaba su amigo, actuó imprudentemente, al ser un omega, pudo haber reaccionado de manera negativa y ver como un rival a su amigo.

─ Jamás podría ver a Draco como un rival ─dijo molesto.

─ Eso no lo sabemos. Ahora retírese.

Harry resopló y dio media vuelta.

Caminó furioso por los pasillos, no quería ver ni hablar con nadie. No solo le afectaba el que le hubieran prohibido ir al baile, también le afectaba el hecho de que había masturbado a Draco, no podía olvidar sus expresiones de excitación y lo mucho que él mismo se había excitado. Pero había algo más… eso que había mencionado el rubio, lo referente a su aroma.

Caminó directamente a la biblioteca y tomó prestado un libro especializado en omegas. Después se fue a su habitación y se sumergió en la lectura ignorando a sus compañeros de habitación.

─ Aquí está ─exhaló una vez halló lo que estaba buscando─: Cuando un omega manifiesta este aroma en particular ─leyó en voz alta─, significa que es un omega… ─se detuvo para procesar lo que acababa de leer.