Advertencias generales:
Historia de donceles
Violencia implícita
Relación Ginny/Harry (al inicio)
Harry subió apresurado a su habitación. Acababa de tomar la decisión más importante de su vida y quería dar todo de sí en el acto que pretendía llevar a cabo en menos de dos horas.
Pidió a Filch, su mayordomo, que le preparara su mejor traje. Así que cuando entró a sus habitaciones ya se encontraba sobre la cama. Perfectamente colocado y planchado, un refinado conjunto de tres piezas; chaqueta, chaleco y pantalón negro granate.
Aunque realmente no lo necesitaba, procuró afeitarse. Lo que si necesitaba, y con urgencia, era arreglarse bien el cabello, pero eso realmente era un caso difícil, pues por más que intentara acomodarlo, no lograba ser digno de un caballero. Pues bien, el sombrero de copa le ayudaría un poco a disimular el desastre.
— Milord —escuchó la voz de Filch al otro lado de la puerta—, ya se encuentra preparado el carruaje.
Harry sonrió sin poder evitarlo.
Se vistió con el mayor cuidado que pudo y después se apresuró a llegar hasta su caja fuerte, donde tomó la pequeña cajita cubierta de terciopelo y salió lo más rápido que pudo rumbo al carruaje.
El camino hasta la pequeña casa en los límites de Londres se le hizo eterno, aunque muy en el fondo sabía que solo se trataba de sus nervios y ansiedad.
— Aquí, déjame aquí —pidió al cochero, quien se detuvo de inmediato. Y de un salto ya estaba corriendo por el resto de la acera.
Una bella pelirroja lo esperaba no muy lejos de allí, con una dulce e inocente sonrisa en su hermoso rostro.
— ¡Harry! —exclamó al verle ir hacia ella con tanto entusiasmo.
— ¡Ginny! —contestó acercándose e inclinándose de inmediato. Tomó su pequeña mano y depositó y ligero beso en su dorso. A pesar de su felicidad no podía olvidar las reglas sociales. Por lo cual, si se abalanzaba sobre ella y la estrechaba en sus brazos no sería apropiado, aun cuando nadie los estuviera viendo.
— Recibí tu nota, ¿qué ha pasado? —cuestionó la joven pelirroja.
Harry sonrió.
— Ginny, mi hermosa Ginny —comenzó—. No podía esperar, tenía que venir y decirte... pedirte que seas mi esposa.
La joven quedó en silencio, petrificada.
Harry sintió que perdía el aliento.
— ¿De verdad? ¿Esto es real? —exclamó después de un momento.
Harry asintió con la cabeza, sacudiéndola consecutivamente.
— Si, estoy hablando con el corazón —respondió y luego agregó—: Hablaré con tus padres.
Ginny sonrió de esa manera encantadora que tanto amaba y asintió animada.
Ambos entraron a la pequeña casita. Que, a pesar de su humildad, era cálida.
Cuando se conocieron, la menor de los Weasley creyó que su amor por Lord Potter solo sería una dulce y triste ilusión que tendría que sepultar en lo más profundo de su corazón. Ni en sueños un hombre como él; rico, atractivo, amable, se fijaría en ella. Pero nunca imaginó que un día, el hombre se acercaría y le sonreiría de esa manera tan encantadora y entonces todo su mundo cambió y lo que debía quedarse como una absurda ilusión se convirtió en una feliz realidad.
Harry tragó el nudo que se formó en su garganta cuando vio toda la familia de pelirrojos centrando sus miradas en su persona.
Inclinó la cabeza levemente. Y quiso agregar un saludo verbal, sin embargo, cuando menos se dio cuenta ya estaba siendo reverenciado por el grupo de pelirrojos.
— Lord Potter, es todo un honor para nosotros tenerlo en nuestro humilde hogar —se apresuró a decir la madre de Ginny.
A pesar del escándalo y lo poco común que le resultaba la convivencia con una familia tan grande, se sintió enormemente a gusto.
Durante su estadía en la casa de los Weasley rompió toda etiqueta social y no hizo más que divertirse. Incluso se hizo amigo del hijo menor de la familia, quien le pareció realmente interesante, a diferencia de los pomposos, petulantes y adinerados hombres con los que solía pasar el tiempo en los bailes y otro tipo de reuniones sociales.
Pidió la mano de Ginny formalmente y la familia aceptó con alegría. Así, el compromiso de Lord Potter y Lady Weasley fue anunciado en sociedad.
Las habladurías no se hicieron esperar. ¿Cómo era posible que un Lord, y no cualquier Lord, sino Lord Potter, fuera capaz de casarse con una mujer de tan baja alcurnia?
Por supuesto que los Weasley intentaban ocultar su pobreza, pero todos sabían que era una familia acomodada. Y era muy oportuno que precisamente su hija menor hubiera logrado atrapar al único heredero de la dinastía Potter.
Amycus Carrow era un duque importante en Inglaterra. Distinguido e intachable. De hecho, solo había un pequeño detalle que opacaba su perfección. Su bella hermana Alecto, estaba quedándose solterona. Y él, aun no había logrado conquistar el amor de su joven amada.
Comenzó enviándole regalos, cartas e invitaciones a algún evento social, pero la joven no había dado muestras de estar interesada en su cortejo, incluso siempre le rechazaba devolviendo los regalos o rechazando las invitaciones. Amycus no pensaba darse por vencido, haría lo que fuera para conquistarla. Pero la tonta tuvo que poner sus ojos en el Conde de Gryffindor, Harry Potter. Un joven ingenuo y desamparado, pero apuesto, muy apuesto. Y entonces sus planes se vieron bloqueados.
Hermosa, pero testaruda. Eso es lo que representaba esa mujer. Por otro lado, tenía que evitar que Lord Potter la desposara, pero no podría obligarlo a abandonar su compromiso, Potter era una persona bastante poderosa en Inglaterra, pero de alguna manera tenía que quitarlo de su camino.
Lord Carrow decidió que tendría que hacer algo al respecto. Tuvo que planearlo muy bien, era importante que nadie supiera que estaba involucrado.
Así fue como contrató a Fenrir Greyback, un vulgar ladrón que se dedicaba a hacer el trabajo sucio que los nobles no querían hacer.
Fenrir escuchó atentamente las indicaciones de Lord Carrow. Y luego recibió un saco de monedas. Indicación de que tenía que ponerse a trabajar de inmediato.
Por lo que permaneció a las afueras de la casa de los Weasley. Esperando a que la joven Weasley saliera de su hogar rumbo a la casa de los Longbottom. Donde solía ejercer como institutriz para los hijos de Lord y Lady Longbottom.
Primero vio a los dos gemelos donceles. Salieron riendo y jugando, nada propio de un doncel, pero muy propio de la personalidad de dos jovencitos con espíritu aventurero y travieso.
Esperó un poco más. Hasta que la pelirroja salió. Se veía realmente feliz y encantadora. Incluso le dio un poco de pena hacer lo que tenía en mente, pero le habían pagado por adelantado. Y él nunca quedaba a deber nada, mucho menos cuando se trataba de un trabajo.
Para llegar a la casa de los Longbottom, había que atravesar un pequeño callejón de aspecto terrible, invadido por cajas de madera y basura. Ginny solía usar ese sendero, porque era el camino más corto. Su madre siempre le recriminaba por ello, múltiples veces le advirtió que se levantara más temprano, pero la joven pelirroja jamás hizo caso. No obstante, ese día, precisamente ese día, deseó haber escuchado a su madre. Deseó no haber sido una hija tan desobediente.
