Harry volvió a su hogar. ¡Cuántos recuerdos le traía el lugar!
Mientras miraba todo a su alrededor, se dio cuenta de que no había extrañado nada. Solamente a Ginny, su bella Ginny. Alguien que ya estaba muy lejana en su memoria. Alguien a quien al recordar ya no le traía esa profunda tristeza que hace un tiempo sentía cada vez que alguien o algo se la recordaba.
Ahora tenía un nuevo dolor en el pecho, pero esta vez era infinitamente diferente. Al menos con Ginny sabía que estaba totalmente fuera de su alcance. No la volvería a ver, no la volvería a escuchar, no volvería a tocarla.
En cambio, con Draco Malfoy, él sabría siempre que estaría por allí, en algún lugar de Inglaterra e incluso del mundo y que a pesar de aquello no lo podría tener cerca para demostrarle cuanto le amaba. Porque si, su padrino tenía razón, desde el primer momento despertó un interés que poco a poco se convirtió en anhelo y luego en amor. Harry se preguntaba si podría sobrevivir sabiendo que Draco estaba con otro hombre. Y la respuesta era si, lo superaría, como superaba todas las perdidas.
Del cajón de su escritorio, extrajo un pedazo de papel y leyó una vez más esas palabras que tanto le habían dolido en algún tiempo, las palabras de Ginny que al principio le parecieron absurdas e incluso ridículas.
Recordó el día en que él y la pelirroja hicieron la promesa de siempre buscar su felicidad, a pesar de que uno o el otro ya no existiera. En ese momento, Harry se había burlado de lo innecesario que era, ya que ellos ya se tenían, y mientras estuvieran juntos serían muy felices. Si tan solo alguien le hubiera advertido lo que le deparaba en unos cuantos meses, sin duda no se habría reído.
Sirius tenía razón, era hora de dejar ir por completo a Ginny. Ella no volvería.
Con una vela quemó el papel que por tantos años resguardó. Las cenizas cayeron en la chimenea. Se dirigió a la ventana que daba a las calles y observó los carruajes que circulaban, los transeúntes que se paseaban.
— Te he fallado, Ginny —susurró—. No puedo cumplir la promesa que te hice. Al principio creí que el amor era la respuesta, pero me he dado cuenta que ese no es el camino.
Negó para sus adentros. Debía empezar a ser más fuerte. Concentrarse menos en el amor y más en sus intereses económicos. Había perdido mucho tiempo paseándose con Sirius y la verdad es que le había encantado, pero era momento de volver a la realidad.
El joven Malfoy no era el tipo de Doncel común. Desde el momento en que nació, sus padres notaron que sería diferente; más hermoso, más inteligente, más orgulloso y más desobediente.
En apariencia era arrogante y mezquino. Sin embargo, también tenía mucho que esconder, ciertos secretos que solo alguien como sus padres, que lo conociera a profundidad, podría adivinar.
Draco había llamado a sus amigos, los únicos a los que les podía confiar algo tan íntimo sintiéndose seguro.
Se paseó por los grandes estantes de la biblioteca, esperando a que llegaran, leyendo uno por uno los títulos de los libros.
Sus amigos sabían que no debían anunciarse, bastaba con saber dónde se encontraba para que ellos acudieran.
De tal modo, que Pansy irrumpió en la enorme biblioteca. Se veía agitada, tal vez había corrido para llegar lo más pronto posible, Draco pudo ver en su mirada cierta preocupación.
— Esperemos a que llegue Theo.
Respondió a la muda respuesta de su amiga.
Poco después, el castaño doncel hizo acto de presencia y Draco comenzó a relatar los acontecimientos del último mes. Desde el momento en que conoció a Lord Potter y la impresión que tuvo de él. Sus encuentros repentinos en la mansión, las ocasiones en que lo descubría observándole, el excitante baile, dulce y casto beso, la apresurada y lamentable confesión que acabó en un rechazo, la perseverancia del hombre, los regalos al despertar, las atenciones, el amor en esos bellos ojos verdes, porque si, ahora lo sabía, ese brillo en los ojos de Potter no era otra cosa más que amor y había sido tan estúpido para no verlo.
— ¿Por qué dijiste algo así? —Pansy exclamó indignada. Cierto que Lord Diggory representaba una mejor opción para Draco, pero Lord Potter..., Lord Potter se había comportado como todo un príncipe.
Draco se mordió el labio inferior y apretó fuertemente los puños.
— Tenía miedo —susurró—. Estaba asustado. No podía creer que un hombre, el cual ha vivido los últimos cinco años atado a una muerta se enamoraría de mí, precisamente de mí, alguien arrogante y mezquino.
Pansy y Theo solamente se limitaban a mirarlo, en sus rostros no se podía distinguir si sentían tristeza o ira. Sabían que al rubio doncel no le agradaría ver que sentían pena por él.
— Ese no eres tú y lo sabes —Pansy lo miró con determinación—. Lord Potter vio en ti algo que los demás no.
Draco negó con la cabeza.
— Me repetí una y otra vez que Potter era como el resto. Que solo se acercó a mí cautivado por mi físico. Pero no fue hasta que vi su mirada triste, sus ojos que siempre revelan todo, que supe que era verdad y que lo había arruinado.
En la voz del doncel se notaba la tristeza y el enojo consigo mismo.
— Sin embargo, no es demasiado tarde —por primera vez, Theodore intervino—. Habla con tu padre, seguramente puede hacer algo al respecto. Sabes que no te negaría nada.
Harry salió esa mañana de su casa en Londres sintiendo la humedad del resto de la lluvia nocturna golpear su rostro. El clima de la mañana no sugería una caminata por las calles de la ciudad, pero eso no lo detuvo. Anduvo hasta la casa del señor Creveey, con quien había estado trabajando en rendición de cuentas. Se pasó gran parte de la mañana y buena parte de la tarde trabajando sin parar hasta que notó los ojos adormilados de su abogado. Sintiéndose culpable y apenado, se despidió de la familia y salió de la casa dispuesto a ir directamente a casa.
Al llegar a su casa, Filch se apresuró a recibirlo.
― Milord, tiene visitas.
¿Visitas?, Harry frunció el ceño.
― Se encuentra en el salón ―informó el mayordomo y se alejó tan rápido que ni siquiera le fue posible preguntar de quién se trataba. Resignado caminó rumbo al salón y en cuanto entró se quedó congelado. Intentando adivinar el significado de tener a un hermoso rubio doncel en el salón de su casa en Londres.
Draco corrió a su encuentro y se abalanzó sobre él. Cualquiera habría dicho que no era correcto, que era vergonzoso. Pero a Draco no le importó, se abalanzó sobre Harry y besó con furia esos labios que tanto había anhelado.
― Te amo Harry, fui un tonto al rechazarte en Wiltshire. Pero solo bastó que desaparecieras de mi vida por cinco minutos para darme cuenta de que había cometido el peor error de mi vida.
Lord Potter lo miró estupefacto. No comprendiendo aun las palabras del doncel.
― Harry yo... ―Lord Potter inspeccionó sus bonitos ojos grises, tratando de entender, de encontrar una respuesta y al ver el titubeo del doncel, el temor al ser rechazado, supo lo que estaba buscando.
Entonces sonrió.
