Era un día de marzo como cualquier otro en plena llegada de la primavera. Y como todos los días Harry James Potter se levantó a las 5 de la mañana, se puso su ropa deportiva y bajó a paso apresurado dirigiéndose a la cocina para prepararse su licuado energético de cada mañana.
Como también solía hacer todos los días, salió de casa y corrió por todo el vecindario, luego en el parque más cercano se detuvo para ejercitarse por exactamente 30 minutos; corrió de regreso a casa para hacer un poco de limpieza, se dio una ducha rápida y finalmente se fue a trabajar.
Harry era el Auror a cargo de uno de los equipos de élite del departamento de Aurores enfocado principalmente a las misiones encubiertas. En su equipo se encontraban algunos de sus ex compañeros Gryffindor como Ginevra Weasley, Dean Thomas y Colin Creevey, del último era raro, pues siempre había pensado que el chico se dedicaría a la fotografía, como recordaba que lo hacía en el colegio.
Antes de ser el líder de equipo, fue un simple auror que perseguía a los mortífagos empeñados en resistir, aun con la ausencia de su Señor. Durante ese tiempo el chico dorado se había convertido en un adicto a las pociones para dormir, razón que le trajo graves consecuencias a su estado de salud, sin duda habría muerto de no ser por su amiga Hermione que insistió en que tenía que hacer algo al respecto. Como es lógico se había negado al principio, pero la última vez que había tomado más poción de la recomendada y había terminado en el hospital, viendo la angustia en su amiga y la familia Weasley decidió que era hora de hacer algo con su problema.
Ahora, después de tres largos años de luchar contra su adicción, se sentía mejor, aunque las pesadillas no dejaban de atormentarlo durante las noches. Sin embargo, según las palabras de su psicomago, era importante que aprendiera a enfrentarlas por sí solo sin necesidad de recurrir a las pociones. Esa es la razón de que durmiera tan pocas horas y que intentara mantenerse la mayor parte del tiempo ocupado.
Su vida amorosa tampoco iba de maravilla. Hace más de dos años que no tenía una relación formal, su última pareja le había dejado porque se había mudado a Australia argumentando que necesitaban espacio y llevaban una relación singularmente toxica. La realidad era que el chico había escapado con su profesor de la universidad y eso hirió gravemente al ex Gryffindor. No porque lo dejaran por otro, sino porque se sentía lo suficientemente inferior como para aspirar a que alguien le quisiera por lo que era y no por lo que representaba.
Aunque ya hace mucho tiempo se había dado cuenta de que la mayoría de la gente solo fingía quererlo porque era el maldito héroe del mundo mágico y no por ser un chico normal de veinticinco años con complejos, al igual que virtudes. No era perfecto, nadie que se hiciera llamar humano podía ser perfecto, pero al parecer al resto del mundo le daba igual y solo veían en él una especie de objeto valioso que querían guardar celosamente en su bóveda. Así, muchos de los que intentaron acercarse a él con dobles intensiones, fueron rechazados, Harry ya no quería hacerse a la idea de que alguna de esas personas realmente le amaba, porque sabía que no era verdad, en realidad lo que todos querían era pasearse con él por el mundo mágico para hacerse de fama y obtener un mejor estatus en la sociedad.
Después de asistir a su trabajo solía visitar a una persona en el hospital de San Mungo, de hecho lo hacía prácticamente todos los días. A veces sus amigos lo criticaban por pasar todas las tardes ahí (siempre que no estuviera en una misión), y muchas veces llegaba a exasperarle que no respetaran sus decisiones y en otras ocasiones pensaba que tal vez tenían razón, él no tenía la responsabilidad de cuidar de alguien con quien ni siquiera se había llevado bien en el pasado, pero al haberle encontrado en una situación tan deplorable, su instinto Gryffindor había sobresalido, como siempre. Además, Harry ya había dejado atrás todo el remordimiento e ira, ahora solo quedaba su instinto de protección y agradecimiento, principalmente lo último.
Siempre que caminaba por los pasillos del hospital pasaba saludando al personal, a esas alturas era común ver al héroe del mundo mágico pasar todos los días dentro del área de recuperación y como siempre se entrevistaba con el médico a cargo ya que para Harry era satisfactorio que el sanador le diera buenas noticias en cada visita.
Después de su visita volvía a casa, se preparaba la cena, la cual devoraba demasiado rápido para no tener que pensar mucho en la soledad de su vida. En cuanto terminaba subía a su habitación, le daba una rápida lavada a sus dientes, se ponía el pijama e inmediatamente se acostaba en su amplia cama, apagaba todas las luces y esperaba hasta quedarse dormido.
Aquella era la rutina de cada día y comenzaba a cuestionarse si esa era la manera en que quería seguir por el resto de su vida. Al principio, por supuesto que le había parecido relajante y hasta entretenido, incluso estuvo de acuerdo con su terapeuta, quien le había recomendado hacer actividad física, en lugar de quedarse en casa en medio del silencio y que esto le diera pauta para pensar en los recuerdos desagradables de la guerra, sin embargo poco a poco se daba cuenta de que estaba cayendo en la monotonía.
Los meses transcurrieron, tranquilos como siempre, cumplía con su rutina diaria al pie de la letra, excepto cuando tenía que salir a alguna misión y de la nada, ya se encontraban en pleno invierno.
En uno de aquellos días en que salió a correr, esperando que su día fuera igual de insignificante como siempre, se encontró con algo que cambió totalmente su habitual rutina. Un cuerpo ovillado cerca del columpio donde todos los días se detenía para ejercitarse llamó su atención.
Se acercó cautelosamente, debía cerciorarse si la persona estaba viva. A paso lento se encontró junto al cuerpo y con la mano izquierda lo golpeó ligeramente, —no se movió—, de nuevo lo golpeó, un poco más fuerte y tampoco obtuvo reacción. Ahora sí, Harry estaba seguro de que se trataba de un muerto, lo zarandeó, intentando darle la vuelta con una sola mano, pero escuchó un claro jadeo de dolor y entonces la persona comenzó a temblar, como si recién se hubiera percatado de que estaba en medio de un parque, a las 5:30 de la mañana en pleno invierno.
Harry se apresuró a girarlo y se horrorizó al ver el aspecto tan deplorable. Lo analizó por unos minutos hasta que cayó en cuenta de que se trataba de un viejo conocido y no precisamente un amigo; se trataba nada más y nada menos que de Draco Malfoy.
Su rostro era un poco más maduro del que recordaba, cubierto de hollín, manchas de sangre y moretones, tal vez hechos la noche anterior, y su cabello era mucho más largo, seguramente a la altura de sus hombros, también estaba sucio, sin embargo, Harry aun podía notar el rubio platinado de las hebras.
"¿Qué habría estado haciendo todo ese tiempo alguien como Malfoy para terminar de esa forma?", pensó intrigado, hace años que no se veían e incluso había creído en los rumores que afirmaban que el joven rubio huyó a otro país justo después de que fuera puesto en libertad. Jamás imaginó que un día se reencontraría con su antiguo rival y peor aún, no imaginó que lo vería en tan lastimosa condición. En ese momento sintió compasión por su ex compañero de colegio y decidió que lo mejor sería llevárselo a casa, no era seguro que alguien más tuviera la valentía de acercarse a un cuerpo tirado en medio del parque y que se tomara la molestia de ayudarlo.
Se apoyó sobre una rodilla para tener más fuerza a la hora de levantarlo. Cuando lo acunó entre sus brazos Draco soltó un gritillo de dolor, fue ese sonido el que Harry reconoció para comprender que el rubio no solo había sido golpeado en el rostro, así que con sumo cuidado lo levantó y se apareció en el interior de su casa.
Lo llevó hasta su habitación y con la mayor delicadeza que pudo, lo despojó de su ropa. Harry notó que a pesar de que estaba sucia, eran prendas de calidad y también con bastante estilo, dignas de un Malfoy, absurdamente sonrió ante el recuerdo del chico que conoció en el colegio; su altivez, el modo tan majestuoso en que andaba por los pasillos y la elegancia con la que hablaba y se desenvolvía en cualquier actividad que estuviera haciendo. Poco a poco fue viendo el cuerpo maltratado de su ex enemigo de colegio y sintió pena por él. Casi se quiso golpear a sí mismo por sentir lastima por una persona que le había tratado pésimamente durante muchos años, sin embargo, el verlo así de maltratado cautivó su corazón de Gryffindor y con mayor cuidado lo despojó lentamente de su camisa, luego con mayor cuidado sacó el pantalón dejándolo al final únicamente en ropa interior; decidió que era mejor llamar al sanador, seguramente él sabría mejor qué Pociones proporcionarle y qué tipos de cuidados necesitaría.
Buscó en su armario un pijama adecuado para el uso de Malfoy, todas sus prendas parecían ser un tanto ridículas al lado del rubio, así que al final optó por ponerle una de color escarlata. Al finalizar su labor llamó a su sanador quién no tardó mucho tiempo en llegar. En cuanto el hombre vio a Malfoy, le pidió que le ayudara a llevarlo hasta la bañera para hacerle una limpieza a consciencia.
El ex Gryffindor notó que el cuerpo de Malfoy parecía de porcelana sin todas esas manchas de mugre y sangre, era muy delicado y fino pero los golpes en su figura le hacían parecer una muñeca rota. La tristeza de pensar en lo mal que la había pasado el ex príncipe de Slytherin le inundaba el corazón de pena y desolación. A pesar de que en el pasado no se habían llevado nada bien y que lo único que hubiera recibido del rubio fueran insultos y burlas, se sentía triste por él, era muy extraño, pero no podía evitar sentirse de esa manera.
—Tiene un poco de fiebre —informó el sanador Brooks, después del baño y que ya estuviera sobre la cama vestido con un pijama de algodón y cubierto por los cobertores hasta el cuello—, producto de las lesiones en su cuerpo. No te preocupes, se va a recuperar, solo necesita descanso e ingerir las posiciones que le receté, también necesita alimentarse bien, cuando despierte, sería bueno que bebiera un buen caldo de pollo.
—De acuerdo sanador Brooks, Gracias por todo.
—No tienes que agradecerme, ese es mi trabajo —se quedó pensando un momento antes de retomar la palabra—. Será mejor que se quede contigo unos cuantos días al parecer el Señor Malfoy ha llevado una vida muy agitada, necesita centrarse y recuperarse.
Harry en ese momento no comprendió porque el sanador le decía todo eso así que prefirió descubrirlo por él mismo.
—Yo sé que puedo confiar en usted, pero, aun así le pido discreción al respecto — jugó un poco con las manos—, lo que quiero decir es que nadie debe saber que Malfoy está en mi casa.
—No te preocupes muchacho —el sanador comprendió en seguida—, puedes estar tranquilo.
En cuanto al cuidado de Draco, él no podía hacerlo por sí mismo, por lo que decidió adquirir un elfo doméstico a pesar de que su amiga Hermione estaba en contra de eso y seguramente cuando se enterara lo reprendería hasta el cansancio, pero no le quedaba de otra. El rubio necesitaba de cuidados mientras él no se encontraba en casa y por ahora, no había nadie en quien pudiera confiar.
En cuanto Draco Malfoy abrió los ojos, tardó un poco en descubrir que se encontraba en un lugar desconocido. Una elfina de nombre Betty se presentó ante él. Le ofreció el almuerzo, bocadillos o cualquier cosa que deseara. Draco se le quedó mirando por mucho tiempo y al final decidió que era mejor obtener información del lugar en el que se encontraba.
—El amo llegará en un momento —respondió la elfina—, porque no espera a que llegue él y le responda a todas sus preguntas.
Ella no podía responder porque Harry le había dejado claro que, en caso de que Draco despertara, no hablara de nada hasta que él volviera.
Draco bufó de exasperación.
—Lárgate de aquí, elfina tonta —exclamó enfadado.
Se recostó sobre la cama, estaba exhausto, se preguntaba cuánto había estado durmiendo en ese lugar. Cerró los ojos, pero los abrió rápidamente al oír una voz conocida.
—Potter —siseó. Su sorpresa fue enorme y no pudo evitar demostrar el disgusto que sintió al saberse en manos de aquel que alguna vez fue su peor enemigo.
—Si, también me alegra verte, Malfoy —contestó en tono burlón.
—Tu elfina es una inútil, deberías deshacerte de ella ―respondió a modo de ignorar la estúpida ironía del cara rajada de Potter.
—Betty, no es una inútil, ella ha estado cuidándote todos estos días y me parece que ha hecho un excelente trabajo.
—Tú que puedes saber, sucio mestizo —contratacó enfadado.
—Debo admitir que extrañaba tus halagos.
Draco resopló, matándolo con la mirada, que Potter no respondiera a sus provocaciones era peor que los golpes que siempre le daban. Se mantuvieron en silencio, mirándose uno a otro tratando de interpretar qué es lo que pensaba cada uno.
—¿Cuánto tiempo he estado aquí? —preguntó después de un rato.
—No mucho —Harry se encogió de hombros—, cinco días. El sanador aseguró que tardarías más tiempo en despertar, pero me alegra que seas fuerte ―el moreno no había perdido el modo sereno de su voz y su rostro figuraba una ligera sonrisa.
—Tengo que irme —dijo levantando las sábanas para salir de la cama—, ¿Dónde está mi ropa?
—Aún no puedes irte —Draco lo miró con ojos asesinos ante la clara prohibición de su anfitrión—, antes de que digas algo hiriente, como es tu costumbre, debo informarte que aún no estás completamente recuperado ―Draco continuó mirando a su alrededor en busca de sus cosas―. No sé qué fue lo que te hicieron Malfoy, pero sí sé que te dejaron bien jodido―la mirada penetrante y asesina se borró de los ojos de Malfoy, desvió la mirada, como no queriendo que Harry descubriera lo que estaba pensando.
—¿Hasta cuándo podré irme? —debía saberlo, porque estar en la casa de Potter no era algo con lo que había soñado, ni en la peor de sus pesadillas.
Harry por su parte había esperado que el chico le preguntara cómo había llegado hasta su casa así que le extrañó que Draco no intentara conocer esa parte de su llegada.
—Seguramente la próxima semana —informó—, llamaré al sanador para que te revise.
Tal como Potter lo había informado, Draco debía quedarse unos días más, aparentemente estaba recuperado, pero aún no podía mantenerse mucho tiempo de pie sin que se sintiera mareado.
Durante los primeros dos días, Draco ignoraba asombrosamente a Harry, le causaba dolor de cabeza el solo pensar que estaba viviendo de la caridad del que rechazó su amistad. Le parecía irónico que precisamente él, quien menos imaginó, le salvaría la vida por tercera vez, según recordaba.
Por su parte, Harry estaba más que decidido a averiguar qué es lo que había estado haciendo Malfoy durante todos esos años, quería saber quién o quienes lo habían golpeado y el porqué.
La mejor manera para obtener lo que quería era presionar al rubio hasta que dijera todo lo que él deseaba saber, y así lo hizo. No dejó pasar mucho tiempo para comenzar a acosar a Malfoy en todo momento, el chico no quería hablar, se limitaba a insultarlo de la peor manera que se le ocurría, pero Harry ya no reaccionaba a esos insultos, hacía mucho que había dejado esas discusiones de niños en el olvido.
No logró nada y Malfoy se había recuperado por completo, el rubio se iría y él se quedaría con la incógnita, pero tal vez así es como debía de ser.
—¿A dónde irás? —preguntó Harry, a pesar de que Malfoy le cayera como ácido en el hígado, le preocupaba lo que ocurriría con él, además aún había algo que le estaba ocultando, algo que seguramente ayudaría mucho a Draco y el tener que esconderlo le hacía sentirse culpable, sin embargo, aún no podía decirle, al menos, NO, hasta que la información que le habían dado los sanadores se confirmara.
—Por ahí —dijo él encogiéndose de hombros—, con algún amigo.
—¿No prefieres quedarte? —Harry esperaba de todo corazón que el rubio aceptara.
—No Potter, ya he tenido suficiente de tu caridad —siseó con desprecio.
Harry resopló exhausto, Draco Malfoy era el único que lograba sacarlo de sus casillas.
—No es caridad —corrigió—, vivo solo en una casa con tres habitaciones y no tengo a nadie con quien compartir eso. Si no estás seguro de que tus amigos te recibirán, quédate. Es más —ofreció—, puedes ir a buscar a tus amigos y si no llegaras a encontrarlos puedes volver aquí cuando quieras, dejaré las protecciones abiertas para que puedas aparecerte o usar la red flu.
Draco se sorprendió al escuchar al ex Gryffindor, nunca se imaginó que Potter le brindara tanta confianza, así de golpe, sin siquiera conocerse. Porque, honestamente, durante sus años de convivencia en Hogwarts no contaban precisamente como eso, como convivencia, más bien fueron años de lucha e insultos que no les permitieron conocerse tal como eran.
—De acuerdo —aceptó—, me quedaré unos días, pero cuando encuentre otro lugar donde quedar no dudaré en irme. Y te informo que seguiré usando tu ropa ― dijo haciendo un puchero de aceptación―, reconozco que ya no tienes tan mal gusto.
Harry asintió con una enorme sonrisa en el rostro. Draco se sintió conmovido ante ese gesto y se sonrojó levemente. En todos esos años, mientras estuvo vagando de un lugar a otro, nadie lo había tratado con tanta amabilidad y sin pedir nada a cambio. "¿Por qué tienes que ser San Potter?", se preguntó.
La realidad es que Draco no tenía a donde ir, desde que perdiera todo no había hecho más que vagar de un lado a otro, siendo maltratado y ultrajado por los errores cometidos en su pasado, aunque más bien, su único error había sido querer demasiado a sus padres como para estar decidido a hacer todo por ellos, incluso dar la vida misma; él era así cuando amaba de verdad lo entregaba todo y eso fue su perdición.
—¿Aún no has podido contactar a tus amigos? —cuestionó el ingenuo héroe después de varios días.
Draco negó con la cabeza, Harry hizo una mueca de confusión, imaginando que tal vez no había hallado la manera de contactarlos.
—Potter —dijo―, hay algo que debes saber —Harry arqueó una ceja esperando a que el rubio dijera lo que tuviera que revelar—. No existen esos dichosos amigos —confesó y Harry quedó anonadado.
― ¿Cómo que no existen? ―se acercó al rubio y lo miró fijamente a los ojos― ¿Y entonces?
― Olvídalo Potter, estoy cansado ―se dirigió a las escaleras para subir a su habitación―, voy a dormir un rato.
― ¡Espera, Malfoy! ―Draco suspiró frustrado, al parecer el moreno no había dejado de ser el idiota curioso que era durante su infancia.
― ¡Ya te dije que lo olvides! ―gritó furioso― ¿Acaso no puedes dejarme en paz?
― Te recuerdo que vives en mi casa y tengo derecho a exigirte una explicación.
― ¡Y qué quieres que te diga maldito imbécil! ―exclamó desesperado, lo menos que quería en ese momento era hablar sobre su vergonzoso pasado.
― ¡La verdad! ―Harry también se había enfadado, nunca le había gustado que Malfoy le hablara de ese modo.
― ¿La verdad? ―respondió con sorna― ¿La verdad?, ¡PUES TE DIRÉ LA VERDAD ESTÚPIDO CARA RAJADA! ―su rostro enrojeció por la furia y la vergüenza que le provocaba el hablar de eso con el idiota mas idolatrado del mundo mágico, de aquel que era considerado el ser más puro y recto de toda la comunidad ―la verdad es que hasta ahora he estado viviendo del dinero que me pagan a cambio de prostituirme.
Harry quedó pálido, no podía creer lo que estaba oyendo; Draco, el orgulloso y ególatra ex príncipe de Slytherin se prostituía para vivir. De todo lo que pudo imaginar, de todo lo que pudo pensar, jamás se le pasó por la cabeza que Malfoy se hubiera dedicado a eso. Era realmente impactante y triste, sintió una extraña pesadez en el cuerpo y por primera vez en su vida se odió a sí mismo por haber provocado que el rubio le confesara algo así de íntimo.
—No pongas cara de haber visto al Señor Oscuro —sabemos que si Harry hubiera visto a Voldemort no habría tenido esa reacción—, bien, esa es toda la verdad, si quieres sacarme de tu casa estás en todo tu derecho.
—Ese día —dijo con temor a empeorar la situación—, cuando te encontré en el parque, ¿Qué sucedió?
El Slytherin debía reconocer que no esperaba esa reacción, Harry había pasado totalmente de aquella declaración y tomó la actitud de darle igual tener a un sucio ex mortífago y prostituto en su casa. Por su parte, el pelinegro había decidido pasar de eso, era más que evidente que Draco no se sentía orgulloso por su profesión, al contrario, se le veía acongojado, señal de que no debía echar más sal a la herida, además de que había despertado en él, el sentimiento de protección y algo más... aunque no sabía que era.
—Estuve viviendo un tiempo con un hombre, era muggle, pero bastante rico, casi como mi padre —respiró profundo, la angustia del recuerdo tan aterrador le estaba provocando un dolor profundo en el pecho impidiéndole respirar—, el tipo creía que yo era de su propiedad, así que no podía hacer nada sin que le dieran sus ataques de celos. Como me golpeaba y abusaba mucho de mí, decidí dejarlo, sin embargo, me estuvo buscando. Por mucho tiempo pude evadirlo, pero un día me encontró, el tipo me violó y me golpeó hasta el cansancio. Entre todo aquello perdí el conocimiento y cuando desperté lo único que se me ocurrió es aparecerme. El parque donde me encontraste, lo había visto alguna vez y cuando pensé en algún lugar, fue el primero que se me vino a la mente.
Harry no podía creer todo lo que su ex compañero de colegio le estaba narrando. En su mente pasó la idea de un Draco Malfoy pasando por todas esas horrorosas experiencias y eso le provocaba una extraña sensación en las entrañas.
No tuvo que preguntar porque se dedicaba a eso, Harry estaba al tanto de lo que había ocurrido con los Malfoy después de la guerra. Lucius había muerto después de un año a manos de los mortífagos y de Draco no se sabía nada, muchos especulaban que había huido a otro país a falta de dinero, que por cierto les había sido decomisado por el ministerio de magia.
Siendo un Malfoy y haber quedado en la total pobreza y sin nadie a su lado para apoyarle... seguro, que Draco la había pasado terrible y de pronto se sintió avergonzado de sí mismo, por ser tan débil, mientras que ese chico frente a él había llegado hasta el punto de venderse a sí mismo con tal de sobrevivir.
—No me interesa saber qué te llevó a elegir ese modo de vida ―prefirió fingir que no tenía ni idea, no quería que Draco se sintiera más humillado o que mal interpretara sus palabras―, tampoco sé por lo que tuviste que pasar. Lo único que sé es que deseo que te quedes conmigo el tiempo que tú quieras, incluso puedes tomar lo que quieras, si necesitas dinero también puedes pedírmelo —levantó la mano evitando que el rubio hablara—, tu recuperación es todo lo que necesito.
Draco no supo cómo reaccionar, el mismísimo Harry Potter le estaba proporcionando la oportunidad de reivindicarse, de recuperar lo que fue alguna vez.
Draco asintió en silencio, no quiso hablar más al respecto, temía que si seguía intercambiando palabras con el héroe terminaría revelando el dolor que todo aquello le provocaba, su orgullo no le permitía mostrarse así de débil ante una persona que durante tantos años lo único que le demostró fue odio y desprecio. Harry por su parte se alegró, era una buena decisión la que había tomado, al principio no estaba muy seguro de ofrecerle todo lo que tenía, pero al ver que Draco no lo rechazó, se sintió conforme. Además, existía un pequeño detalle que no le quería revelar simplemente porque no era el momento adecuado, sin embargo, estaba seguro de que en cuanto el rubio se enterara de aquello sobre llevaría mejor su terrible experiencia.
Aparentemente todo iría bien entre ellos, pero su pasado de enemistad hacía que Draco siguiera a la defensiva. Aun así, convivieron lo mejor que pudieron y Harry comenzó a fijarse más en su ex compañero, muchas veces intentando adivinar sus pensamientos o interpretar su comportamiento, otras veces tan solo admiraba lo hermoso que era. "Si no hubiera sido un idiota en el colegio...", imaginaba que incluso habría llegado a enamorarse de él.
Para él no solo su físico era perfecto, sus risas cuando veía algo divertido le parecían encantadoras o simplemente su mirada perdida frente a uno de los ventanales mientras la luz le alumbraba el tierno rostro le hacían verse como un ángel.
Harry también descubrió que tenía ciertas costumbres poco propias de alguien con la personalidad de Draco, supuso que esos actos los había adoptado durante su estadía en el mundo muggle. Uno de los hábitos que no le agradaban nada era que se la pasaba echado en los sofás o en la cama viendo televisión o durmiendo, no obstante el hábito que más le molestaba era el hecho de que se alimentara tan mal, le preocupó de sobre manera, no quería que terminara enfermándose así que optó por interferir en cuanto tuvo la oportunidad.
—No crees que estás consumiendo sopas instantáneas de manera exagerada —dijo de manera casual.
—Y tú no crees que estás siendo un metiche —respondió en tono defensivo, arrastrando las palabras como solía hacer.
—Únicamente quería hacerte ver que no te estás alimentando de manera correcta —atacó con un tono severo, Draco hizo un puchero y se sentó frente al televisor con el tazón entre sus manos.
—Es mi cuerpo Potter, yo hago con él lo que se me da la gana —exclamó empezando a enfadarse—, además, en primer lugar, es tu culpa por comprar estás cosas. Si no quieres que las consuma, entonces no las compres.
Harry frunció el ceño y se plantó frente a él tapándole la visión.
― ¡Quítate! ―se movió de un lado a otro intentando ver su programa― Quiero ver mi serie.
― Draco, necesito que me escuches, esta forma de vida que estás llevando no es adecuada. Opino que deberías salir, leer un poco, no sé... hacer algo distinto, no puedes quedarte aquí únicamente viendo el televisor todo el día y comiendo cuanta chuchería encuentras.
El rubio terminó tenderse en el sofá y mirar al techo, ― ¡Ahora no sabré lo que pasó con Romeo! ―exclamó decepcionado.
― Deja de ignorarme ―pidió el moreno y Draco lo miró con altivez. Puso el tazón de sopa sobre la mesita de centro y se cruzó de brazos resignado.
― Ya cállate Potter, pareces mi madre. Además, no entiendo porque te pones así, no deberías fingir que te importo.
― ¡Eres un imbécil Malfoy! —gritó—, un imbécil y un desagradecido. Te di casa, ropa, alimento y tú lo único que haces es desperdiciar tu vida, pero claro... qué se puede esperar de un tarado como tú, que nunca a trabajado en serio—error, no debió decir eso, pero Malfoy siempre lo hacía sacar su lado Slytherin que casi nadie conocía—, así jamás aprenderás a valorar las cosas.
Draco entrecerró los ojos, lo miró con furia viva, Potter era un completo idiota.
― ¡Dijiste que podía tomar lo que YO quisiera! ―para ese punto de la discusión ya había perdido la paciencia, que por cierto siempre le faltaba cuando se trataba de hablar con el estúpido cara rajada.
― ¡Y TÚ TE LO TOMASTE LITERAL! ―dijo con desdén.
—De acuerdo —expresó levantándose del sofá para mirarlo fijamente a la cara—, quieres cobrarte, entonces hazlo, eres igual a todos esos asquerosos hombres, finges ser amable pero no eres más que un arrogante, creído y estúpido Gryffindor que se da aires de mártir, pero de eso no tienes nada...
Cuando terminó de decir aquello su cara estaba roja y su respiración demasiado agitada. No dijo nada más, ni Harry agregó algo. Ambos se quedaron en medio de la sala mirándose con enojo. Cierto, era un prostituto que no merecía nada, pero eso no le daba el derecho de tratarlo como un maldito desagradecido.
Por supuesto que Draco era agradecido, solo que en los últimos días había estado demasiado feliz como para ponerse a pensar en su futuro, además no creyó que el tarado de Potter se molestara por algo tan insignificante como eso.
Después de un rato, vio que Harry empezaba a recuperar la compostura y quiso decir algo, pero se dio la vuelta, no le iba a dar el gusto de humillarse frente al imbécil ese. Fue en busca de su chaqueta ―que, por cierto, era de Harry― y se esfumó en medio de la sala.
Harry se quedó mirando un tiempo el lugar dónde había desaparecido, preguntándose a dónde iría, no pudo evitar preocuparse y reprenderse a sí mismo por ser tan impulsivo y tonto. El rubio tenía razón, era igual que todos esos cretinos con los que se había topado y de nuevo se odió por haber lastimado una vez más a quien había prometido proteger. Ante esa ausencia, se dio cuenta que Draco Malfoy había dejado una huella en su corazón y su alma, una sensación que no pudo explicar.
