Catorce de febrero, un día como cualquier otro.

Como lo indicaba su rutina diaria, se levantó muy temprano para tomar una ducha rápida, se vistió pulcramente, sin perder ese toque casual que a su esposo tanto le encantaba. Después de mirarse por ultima vez en el espejo para cerciorarse de que su aspecto era impecable, bajó a la cocina a preparar el desayuno con ayuda de Betty. Mientras tanto, Harry se levantó, también tomó una ducha y en cuanto estuvo vestido con sus pantalones de mezclilla gastados y la primer playera que encontró en el armario, se dirigió a la habitación de Lily para comenzar a vestirla.

Varios minutos más tarde, Draco sonrió al ver a su esposo y a su hija entrar a la cocina.

Harry le devolvió la sonrisa y se acercó para darle un beso en los labios.

Draco lo recibió alegre y prosiguió a besar la frente de su pequeña.

—Papá —Lily señaló los huevos en forma de osito que Draco le había preparado.

Harry la llevó a su silla para que comenzara a devorar el bonito oso con ojos amarillos.

—Ya están listos los tuyos —Harry arqueó una ceja en su dirección, Draco no pudo evitar reír, su hija lo imitó—. Come, Potter, y no hagas ningún comentario.

—No soy tan estúpido —replicó el moreno haciendo un puchero.

—¡Estúpido! —gritó Lily mientras engullía un trozo de su desayuno.

—¡POTTER! —reprendió Draco frunciendo el ceño.

—¡POTTER! —imitó su hija.

Harry no pudo evitar reírse a carcajadas, uniéndosele su hija en pocos segundos.

Al ver a Lily y a su esposo reír así no pudo evitar unirse.

Más tarde, Harry se fue a cumplir sus responsabilidades de auror. Él se quedó un rato más en casa dando instrucciones a Betty y después se dirigió a la escuela elemental, donde recientemente había ingresado su hija y consecuentemente se apareció en su pequeño laboratorio donde fabricaba las pociones para distribuir en San Mungo y otros lugares.

A veces aún se ponía un poco melancólico al recordar lo difícil que había sido reincorporarse al mundo mágico. Las personas juzgando su pasado mortífago y su presente como pareja del Salvador del Mundo Mágico. Afortunadamente, gracias a Harry y sus amigos había logrado que otros tantos lo aceptaran. Aunque no faltaba el que le lanzara insultos de vez en cuando.

Ahora, con casi un año de casado, una hija que no hablaba mas que para lo indispensable y un pequeño, pero acogedor laboratorio de pociones, se sentía más valiente y feliz de lo que nunca se había sentido.

Durante toda la mañana se dedicó a preparar los pedidos urgentes y en cuanto fue la hora de ir por Lily se apresuró a aparecerse cerca de la escuela. Era uno de sus momentos favoritos del día; verla sonreír tan abiertamente cada vez que lo veía llegar.


Lily leía su libro de cuentos mientras él revisaba las cuentas de los últimos meses.

— ¡Papi! —Draco dejó su libro contable sobre una mesa para prestar completa atención a su hija.

— ¿Si, amor?

La pequeña señaló la imagen de un zoológico.

Draco sonrió.

— En el próximo día libre de tu padre iremos al zoológico.

La niña asintió y continuó con su lectura.

Más tarde, la red floo sonó. Draco levantó la vista y apartó el libro.

—¡Hola, Draco! —saludó Hermione, apareciendo entre las llamas verdes, luego dirigió toda su atención a la pequeña rubia—. ¡Hola, Lily! ¿Cómo estás?

—Tía Hermione —su enorme sonrisa cautivó el corazón de ambos adultos—. Estoy bien.

Y sin agregar algo más, volvió a su lectura.

—Harry me envía —comenzó a explicar—, ¿será posible que me prestes a tu hija por el resto del día? Juro que te la devolveré el día de mañana completamente sana y salva.

Draco arrugó el entrecejo no comprendiendo el motivo de tan inesperada solicitud.

—¡Oh! —exclamó Hermione medio sonriendo.

—Grange...

—No diré nada más, así que no lo intentes. Solo has caso a lo que digo, te aseguro que no te arrepentirás —y selló la promesa con un guiño—. Lily, toma tus cosas, tía Hermione te llevará por un helado.

—¿Y qué se supone que haré yo?

—Irás a casa, te arreglarás como solo tú sabes hacerlo y esperarás a que tu esposo vuelva a casa.

Draco chasqueó la lengua al no hallar qué decir.

Bueno... porque no confiar en Granger, después de todo había afirmado que sabía vestirse bien. Eso debía valer algo, ¿no es así?

Se despidió de su pequeña y al quedar solo en su pequeña tienda, decidió volver a Grimmauld Place y hacer lo que Hermione había sugerido.


Elegir atuendo fue bastante difícil, y todo porque no tenía idea de qué haría con Harry o porqué Granger se había comportado de manera tan misteriosa.

Al final optó por usar una de sus clásicas túnicas verde esmeralda, de esas que Harry solía asegurar le quedaban muy bien. Y procuró llevar en el interior su traje oscuro, por si a su estúpido esposo se le ocurría llevarlo al mundo muggle.

Se sentó a esperar en su sofá favorito, mirando todo a su alrededor, ansioso por la expectativa de lo que ocurriría.

¿Qué es lo que planeaba Harry? ¿Qué es lo que se supone que celebraban? Porque celebraban algo... ¿O no?

Draco divagaba, cuando escuchó el sonido de la chimenea, se levantó de golpe, mirando con sus enormes ojos plateados a Harry quien cruzaba la red floo con una enorme sonrisa estúpida y un enorme ramo de tulipanes entre las manos. Y qué decir de su atuendo, Potter se veía espectacular enfundado en un elegante traje azul oscuro.

No pudo evitar sentir un fuerte vuelco en el estómago, como si millones de doxis atacaran su interior. Y cuando Harry se acercó para darle un beso apasionado sintió que sus rodillas se doblaban.

― ¿Qué se supone que celebramos, Potter? Aun faltan dos meses para nuestro aniversario.

Harry se echó a reír.

― Es catorce de febrero ―así de simple, como si eso explicara algo.

Draco arqueó una ceja expectante, luego tomó el gran ramo, cuando el pelinegro lo animó a que lo hiciera. Y fue el momento en que Draco notó que los capullos cambiaban de color.

Cuando Harry había emergido de la chimenea eran de un pulcro color blanco, ahora eran de un intenso rojo, pero poco a poco estaban cambiando a un bonito amarillo.

― Están hechizados para hacer eso ―comentó al ver la reacción del rubio.

― ¿En serio? No lo hubiera adivinado solo ―agregó en tono sarcástico, a lo que Harry volvió a reír―. ¿Ahora si me vas a decir qué celebramos?

Potter frunció el ceño y esos índices de diversión se disiparon en segundos.

― ¡Es día de San Valentín! ―terminó por exclamar al ver que Draco de verdad no tenía idea de lo que estaba ocurriendo.

Por su parte, el rubio permaneció por unos buenos segundos en silencio, mirando sin expresión alguna a su esposo, hasta que de pronto comenzó a reír a carcajadas.

― ¿Qué es tan gracioso?

― ¿Es en serio, Potter? ¿Día de San Valentín? ―exclamó entre risas.

Harry sonrió y asintió.

― Si y, por cierto, ya se nos está haciendo tarde.

Antes de que Draco pudiera preguntar fue arrastrado por la aparición.


Aparecieron frente a Alain Ducasse au Plaza Athénée, uno de los restaurantes más lujosos de Paris. Tuvo que quitarse la túnica, pero bien lo valía al estar en el lugar al que había deseado volver desde hace mucho tiempo.

Draco recordaba haber mencionado en alguna ocasión que deseaba visitar el lugar. En esa ocasión creyó que Harry no había prestado atención, pues estaba muy entretenido con un informe de un caso difícil en el momento que lo había dicho, además, como sería posible que lo tomara en serio cuando las palabras exactas fueron "desearía estar en Alain Ducasse au Plaza Athénée", un resoplido y luego Betty comenzó a servir la cena.

Pero era bueno que Harry lo recordara.

Durante toda la cena, Potter se comportó como un caballero, cien por ciento a la altura de un lugar de tamaño prestigio. Sumando que en todo momento lo trató con extrema dulzura. Draco llegó a pensar que se había casado con un príncipe.

― ¿Te sientes contento? ―cuestionó Harry mientras salían del lugar.

Draco estaba sonrojado, sentía que su corazón iba a estallar. Asintió y luego, encontrando valor de alguna parte de su ser agregó:

― Lo estaré aún más si esta loca idea tuya de celebrar "San Valentín" tiene una segunda parte.

Harry sonrió con timidez, sonrojándose hasta las orejas.

Era adorable como después de los meses juntos, teniendo una hija y haber intimado tantas veces, aún se ponía nervioso con sus insinuaciones.


Harry había reservado una habitación en el Hotel d'Abusson, Draco no podía esperar más sorpresas para esa noche, hasta que ingresaron a la habitación y notó la gran cantidad de narcisos que adornaban el lugar.

― Son mis favoritos ―susurró para sí mismo.

Giró a ver a su esposo quien sonreía al ver lo mucho que la sorpresa lo había satisfecho.

― No debiste...

― Es nuestro primer San Valentín juntos, claro que debía hacerlo ―afirmó Harry en un modo que sonaba algo engreído.

Draco negó ante tal afirmación.

Él ni siquiera recordaba el estúpido San Valentín, mientras su esposo había estado planeando esto desde mucho tiempo antes.

Sin poder esperar más, se acercó a su esposo para besarlo y transmitirle de esa manera lo agradecido que estaba.

Harry aceptó gustoso el agradecimiento rodeando con sus brazos la delgada cintura del rubio.

― TE AMO ―jadeó cuando se separaron para recuperar el aliento.

― Ya lo sabía ―respondió Harry antes de llevarlo a la enorme cama colocada en el centro de la habitación.

Como muchas veces anteriores, Harry fue sumamente cuidadoso y dulce. Sin embargo, para Draco, esa noche fue única e inolvidable. Había algo en el ambiente, algo en Harry, algo en él mismo que lo hizo sentirse maravilloso, amado y deseado más que antes.

Los besos dulces, las suaves caricias, los penetrantes ojos verdes adorándolo, el calor de la piel morena fundiéndose con la suya. Todo era igual, pero a la vez tan diferente, se sentía más intenso, había mayor entrega en la forma en que Harry lo poseía, y así entre palabras de amor y promesas los descubrió el amanecer.

― Descansa ―le susurró Harry antes de acurrucarse a su lado y abrazarlo con cariño―. Feliz San Valentín.

Draco giró los ojos y sonrió.

Harry se quedó dormido en pocos minutos, pero él no podía, los recuerdos invadieron su mente. Desde que se conocieron en la tienda de túnicas, lo mal que se trataron durante sus días de escuela, la guerra, despertar en una habitación acogedora con una elfina temerosa, ver a Potter por primera vez después de tantos años, sus absurdas discusiones, su primera noche juntos, la enorme tristeza en los ojos de Potter cuando dejó Grimmauld Place para irse con su madre, el día que se enteró que esperaba a Lily... darse cuenta de que estaba enamorado de Potter y no tener el valor de decírselo a pesar de que le había pedido matrimonio, el dolor de abandonar a su hija y al hombre que amaba... todo pasó como un flashazo por su mente. Y sin poder evitarlo, derramó lagrimas de tristeza y felicidad.

Y entonces Draco llegó a una conclusión:

El Día de San Valentín no era más que una absurda tradición muggle, uno de sus tantos inventos para tener un pretexto para follar, pero no tenía que designarse un día en específico para hacer eso o para confesarle a alguien que lo amas. Tan solo bastaba con ser lo suficientemente valiente para decírselo ¿no? Además... él nunca lo había celebrado, no había tenido necesidad de hacerlo, ni siquiera cuando estuvo enamorado del imbécil de Evan, ¿entonces por qué definirlo como un día de enamorados? O eso es lo que Draco pensaba.

Hasta hoy, en el ultimo momento del día, justo antes de que su esposo llegara con ese enorme ramo de tulipanes y esa sonrisa tonta que por muchos años odió, pero que ahora no podía dejar de adorar.

Como siempre... Potter tenía que hacer las cosas diferentes, ese idiota siempre tenía que ser la excepción.

Por su culpa, ahora vería este día como un día especial, pero no por el hecho de que las parejas celebren el amor que sienten el uno por el otro... sino porque es el día en que reafirmó que estaba absoluta y perdidamente enamorado de Harry Potter.

― Feliz día de San Valentín, estúpido cara rajada ―susurró antes de caer profundamente dormido con una sonrisa de felicidad.