Dedicado a:
... Verán, me pasan por la mente varios nombres de personas a quienes me encantaría dedicarles esta cosa, pero también pienso que esas personas ya saben que todo lo que escribo es por y para ellas. También he llegado a la aterradora conclusión de que varias de las personas a las que les dedicaría esto tal vez no lo lean. Y tal vez los más fervientes seguidores de esta cosa no serían mencionados en la dedicatoria, lo cual sería condenadamente injusto. Así pues, he copiado la decisión de Fernández de Lizardi, esto es, dedicártela a TI, sí, a ti, que estás leyendo esto, por eso, precisamente. No tienes que caerme bien, ni siquiera tengo que conocerte, pero ¡te lo dedico a Ti! Porque, aunque no lo creas, el hecho de que estés invirtiendo tu tiempo leyendo esto me da una razón para existir y para escribirlo (bueno... no tanto...). Tal vez tu vista se deteriore un pelín, o un muchín, por usarla para visualizar lo que mi mente dicta a mis manos, y eso hace aún más especial el hecho de que estés aquí. Sobre todo con el costo inflacionario de la vida y lo malo que es no tener unas facciones a las que les sienten bien unas gafas de fondo de botella.
Aclaración: La historia inicia en Inglaterra, por ahí del año de gracia de 1894 d. C. ... PERO es absolutamente ficticio, no se basa en hechos verídicos ni nada de eso, así que si encuentran alguna incongruencia (anacronías u otras barbaridades), lo siento... Esta historia basa cada capítulo en el sentimiento que me haya inspirado cierta canción, y recomendaría que la lectura se realizara con dicha canción como música de fondo.
En este caso, sería "Crash and Burn", interpretada por Savage Garden.
—Ese hijo tuyo no tiene remedio —dijo Delora Griffith de sopetón, con la brutalidad de una arpía menopáusica.
—Creí que era hijo de los dos. —contraatacó su marido, Lord Edward Griffith, refugiándose en un sarcasmo inútil.
—Pues no sé a quien se parezca.
—Si insinúas que yo tengo la culpa de que sea... —se detuvo, dudando. No podía decirlo.
—¡Vamos, dilo! Es un aberrado.
—Dale una última oportunidad... —suspiró—. Al fin y al cabo, no puedes negar que es tu hijo —agregó, en voz más baja, vaticinando a medias la respuesta que recibiría.
—Pues si pudiera, lo haría —dijo mordazmente Delora.
En otro lugar, los otros dos integrantes de esta "hermosa familia" tenían una conversación un poco más indecente, pero definitivamente menos hiriente. Sorprendentemente, habían sobrevivido al extraño modelo de crianza de los Griffith con una razonable alegría de vivir.
—¡Vamos, hombre, no seas tan terco! ¡No puede ser tan malo!
Como de costumbre, el aludido ignoró a su joven hermano y siguió viendo distraídamente la fuente. No entendía como podía someterse a todos los insensatos compromisos sociales que sus padres arreglaban.
—Sólo serán dos horas, lo prometo.
—¿Y cómo puedes prometer eso?
—Simple, después de dos horas fingiré que me siento mal, y tú, amablemente, me acompañarás a casa.
—Hmmm... Podría funcionar... —sonrió en complicidad—. ¿Desde cuándo eres un subversivo social?
—Desde que Lady Cross se pasó toda la velada hablando de la vida y milagros de los misioneros que fueron a África... por lo visto, todavía no sabe que de no haber ido los habrían mandado colgar.
—El Tribunal está algo duro, ¿no? —comentó, distraído.
—Pues... Últimamente ha habido varios asesinatos... muy extraños, si me preguntas
—¿Extraños?
—... Parecen ataques de vampiros —puntualizó el muchacho, con la seriedad de quien sabe que lo que dice será tomado a broma.
—No creerás en esos cuentos de viejas, ¿o sí? —preguntó su hermano, burlón.
—... Bueno, el sacerdote está algo alarmado...
—... No puedo creer que mi pequeño hermano se haya convertido en un supersticioso cotillero. Me avergüenzas.
—¿Supersticioso cotillero? Prefiero el término "Inquisitivo De Mente Abierta", si no es mucha molestia.
—¡Traerás el oprobio y la deshonra a nuestra casa! —exclamó el mayor, imitando a su madre. Ambos rieron un rato.
—Entonces, ¿qué? ¿Vas a ir o no?
—No tengo alternativa, ¿o sí? —respondió, repentinamente enfurruñado.
—Ya deja de actuar como un niño mimado, Philip. No te preocupes, que me "enfermaré" a las dos horas de nuestra llegada.
—Una hora.
—No puede ser tan poco tiempo. Sospecharían.
—Entonces hora y media.
—Está bien —concedió el menor, poniendo los ojos en blanco—. No sé como dejo que me convenzas. Nuestra madre nos va a matar un día de éstos.
—... Dejaré de ser un niño mimado cuando dejes de ser un miedoso, Friedrich.
—¿Miedoso yo? ¡Creo que puedo decir que jamás he pecado de cobarde!
—Si tú lo dices...
—A veces eres insoportable, ¿sabías?
—Me hieres.
—... En fin, me voy. Será mejor que estés presentable, o nuestra madre te volverá a gritar por ir a casa del duque como si acabaras de ordeñar una vaca.
—Acababa de ordeñar una vaca —señaló Philip, levantando las cejas.
—... Lo supuse —suspiró Friedrich, resignado a las extravagancias que cometía su hermano con tal de "conocer mundo"—. Más te vale estar listo... ¡Y esta vez no te pongas a ordeñar vacas, cabras o burras! Recuerda...
—"Que para eso hay servidumbre" —completó, imitando a su madre otra vez.
Vio a su hermano retirarse, y después siguió viendo la fuente. No tenía la mas mínima gana de "ponerse presentable". Si dependiera de él, todas las reuniones sociales desaparecerían. No le interesaba en lo más mínimo oír hablar sobre alguien que se había salvado de la horca diciendo que iría a catequizar en algún país perdido, donde probablemente pensaría y hablaría de todo, menos de dioses, demonios, condenas eternas y esas cosas. Meneó la cabeza... definitivamente no podía imaginar algo más aburrido. No entendía como conseguía su hermano ser todo atenciones y cortesías con gente que ni conocía; él en cambio tenía que ponerse a pensar en otras cosas, fingiendo que escuchaba, sonriendo y asintiendo cuando era necesario. Como si le importara...
De cualquier manera, se resignó y se retiró a su habitación para prepararse. En menos de media hora partió a cumplir con ese compromiso no pedido, ni aceptado, ni soportado.
Como de costumbre, la velada fue más aburrida que ver a un caracol comerse al pasto, mientras el pasto crecía lentamente...
—Sí —decía Lady Cross, cerrando un abanico que usaba sólo para mantener las manos ocupadas y ocultar sus bostezos—, el joven O'Connell...
—El que asaltó la caravana de mercaderes el mes antepasado —susurró Friedrich a su hermano.
—...es todo un santo. Ha renunciado por completo a la civilización y se ha ido a predicar entre los indios. Imagínense, ¡ha aceptado vivir entre ellos! Yo le decía el otro día a Wilbur... —continuó la dama, señalando al propio Wilbur, que asentía para corroborar la veracidad de los hechos.
—Yo diría que más bien está "catequizando" a las indias, no sé si me entiendas —volvió a susurrar Friedrich. Philip no se imaginaba que tan terrible podría ser escuchar las medias verdades que Lady Cross se creía a pie juntillas cada semana. Él sólo asistía a una de sus reuniones cada dos meses, y no lo aguantaba. Se disculpó y salió a "tomar aire". Definitivamente, era mejor pasar la media hora que faltaba para que Friedrich "se enfermara" en la terraza. Caminó distraído por el jardín, y entonces una voz, de alguien a quien aparentemente le divertía lo que estaba diciendo, llamó su atención.
—¿Tomando aire?
—Sí —contestó, algo molesto de que le hablaran cuando pretendía estar solo, pero su enfado se desvaneció en cuanto vio quién era la que lo "importunaba"—. ¿La conozco? —preguntó, y al instante maldijo su estupidez por hacerlo y por la expresión idiota que seguramente había mostrado.
—No —contestó ella con una dulce y decididamente pícara sonrisa—. Pero podría asegurar que usted está mortalmente aburrido.
—Sí, lo estoy —le devolvió la sonrisa. Y se volvió a sentir estúpido al hacerlo.
—No lo culpo. Nunca antes lo había visto. ¿Por qué?
—Porque evito tener que aburrirme. Claro que, si hubiera sabido antes que usted asistía a las reuniones, no podría aburrirme —añadió, con una galantería que no sabía que tenía.
—Opino lo mismo de usted —respondió su interlocutora, tras una breve risa que turbó a Philip de una manera poco grata.
—Gracias, aunque quizá no lo merezca.
—Y quizá yo tampoco —terminó ella con otra sonrisa, esta vez melancólica. —Desgraciadamente esta noche no podremos averiguarlo, debo irme ya.
—¿Acaso su carroza se convertirá en una calabaza? —preguntó Philip, arqueando la ceja.
—No —rió ella, con el mismo efecto incomodante otra vez—, pero no quiero saber en que se convertirá mi tío. Con permiso.
—Propio.
La vio alejarse, absorto por el extraño encuentro y la desazón que le causaba... y entonces, justamente entonces, sonó el reloj. Friedrich se "enfermaría" en un minuto. Tenía que regresar, pero no quería... no podía... o quizá un poco de ambas... Y no se fue hasta que Wilbur, el sobrino de Lady Cross, vino a decirle que su hermano no se sentía bien. Los dos se disculparon con su anfitriona por no poder quedarse en tan agradable compañía, y regresaron casi corriendo a casa.
En otro lugar, una carroza llevaba a Sir McKenzie y su sobrina a la mansión de éste.
—Como viste, no pasó nada malo por haber ido yo —dijo ella, indiferente.
—Mejor para ti — gruñó él.
—No veo porque actúas así. No tiene sentido. No tienes ninguna prueba de que yo...
—¡Cállate! Tengo una prueba.
—¿Ah, sí? ¿Cuál?
—La misteriosa enfermedad "repentina" del joven Griffith.
—Estás loco. Yo ni siquiera estaba ahí.
— ¿Y eso qué?
—... Me da igual lo que creas. No olvides por qué estoy aquí... O mejor dicho... no olvides por qué debes dejarme estar aquí.
—No podrás chantajearme con eso por siempre. Algún día...
—Pues cuando ese día llegue, serás libre. Mientras tanto... tendremos que soportarnos... Así que, dime... ¿quién era el que llevó al joven Griffith a su casa?
—Su hermano mayor —gruñó Sir McKenzie, y se apresuró a añadir—. Te advierto que si le haces algo a alguno de ellos...
—No tengo pensado hacerles nada. Era simple curiosidad.
—¿Curiosidad? —bufó él, incrédulo—. Más te vale que sea sólo eso.
—¿Y si no lo es, qué? ¿Qué puedes hacerme, "querido tío"? —le soltó, arrastrando la voz para ocultar su creciente ira. Afortunadamente para ella, eso lo aplacó.
Camino a casa, Philip había estado tan silencioso como siempre. Pero, aun así, había algo extraño en este silencio. No era el mismo silencio por "no tener nada que decir" que era el habitual. Era una nueva clase de silencio, debido, tal vez, a la imposibilidad de encontrar palabras para definir lo que quería decir. Pero como Friedrich no estaba de humor para filosofías, decidió que era el momento preciso para que lo sacaran de dudas.
—¿Ahora qué mosca te picó?
—¿Eh?
—¡Al cuerno contigo! —dijo Friedrich, fingiendo estar molesto—. Casi me lesiono la garganta de verdad con las tremendas toses que tuve que soltar, y tú eres incapaz de contarme algo. ¿No te has dado cuenta de lo aburrido que es tener que viajar contigo?
—Mmmh...
—Bien, como quieras. Mira lo que me importa. ¡Pero hay un Dios! —finalizó, con un dramatismo exagerado.
Y, sin decir nada, Philip se fue por otra dirección que no llevaba a su casa ni a ningún lugar definido. Friedrich tuvo el buen tacto de dejarlo ir... y arreglar las cosas para que todo resultara lo mejor posible. Ni él ni su padre estaban de acuerdo con el alocado plan de enviar a Philip al ejército para que escarmentara, como la adorable señora Griffith proponía. Suspiró, se fue a su cuarto, se puso lo más "enfermo" que pudo y se dispuso a esperar un largo rato.
La mañana siguiente fue tan encantadora como todas las demás, con la variante de que Philip parecía haber estado despierto y pensando toda la noche, porque traía unas ojeras que ni de muerto viviente. Estaba tan azombizado(1), que no escuchó ni media palabra del sermón de media hora que le soltó su madre.
Pero es bien sabido que la cura para el azombizamiento es una confesión sincera. Y Philip tenía un buen confesor.
Así que le soltó a su hermano toda la verdad sobre su ensimismamiento de la noche pasada.
—Así que eso fue lo que pasó... —divagó Friedrich cuando terminó el relato—. Bueno, nadie ha muerto de amor —sentenció con una sabiduría sin límites.
—¿Qué? ¿Eso es todo lo que vas a decir? —preguntó Philip, incrédulo.
—De momento, sí.
Philip se sintió estafado. Esperaba burlas, sermones y/o complicidad. No estaba listo para que su hermano menor fuera más maduro que él.
—Basta, no me mires así —dijo Friedrich, más serio aún—. Después de todo, yo no te obligué a ir al jardín, ni a hablarle, ni mucho menos a enamorarte.
—Pe-... pero... —¿por dónde debía empezar? ¿Por el hecho de que sí lo había obligado a ir a la casa de Lady Cross? ¿O porque no hablarle habría sido demasiado descortés? ¿Y de dónde cuernos sacaba que estaba enamorado? Sí, podría decirse que le pareció que era linda, pero...
—¡Nada de peros! Philip, siempre pensé que eras inmune a este tipo de sensiblerías. Me has decepcionado —dijo, y se fue a paso vivo.
1) UoU sí, "azombizado". Demándenme.
¡Cuídense, pórtense mal y cepíllense los dientes tres veces al día! ¡Bytes!
