DISCLAIMER: LOS PERSONAJES EN SU MAYORÍA PERTENECEN A J. K. ROWLING, ASÍ COMO EL UNIVERSO EN QUE SE DESENVUELVEN.

N/A: Capítulo editado. Contiene algunos cambios menores que alteran la trama original.

Atrapados por el Destino

Capítulo 1. La adivina

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Al pasar, medio corriendo, medio cojeando, junto a la mesita esquinera del comedor, el florero salió volando, despedido por el golpe de cadera que le propinó distraídamente.

Hermione no tuvo tiempo para detenerlo, puesto que con una mano sujetaba uno de sus zapatos y con la otra hacia malabares para que su bolso y el teléfono inalámbrico no cayeran también al piso.

El florero se estrelló con un sonoro crack, dispersando miles de diminutos fragmentos de cristal tintado por todo lo largo y ancho del pequeño comedor.

Hubiera soltado un par de improperios, pero sólo tuvo oportunidad de mascullarlos entre dientes, puesto que entre los labios llevaba su cepillo de dientes.

Buscó a tientas su varita en el bolso de sus pantalones, pero no la llevaba consigo. Menuda bruja estaba hecha si tenía que terminar haciendo todo como muggle. Suspiró resignada y se dirigió a la cocina. Colgó el teléfono, aventó el bolso a la barra desayunadora, apagó la cafetera, se colocó el zapato y escupió los restos de la pasta de dientes en el fregadero. Echando una última ojeada para coroborar que todo estaba en orden, se encaminó nuevamente a su habitación para buscar su varita.

Justo cuando salía de su recámara, varita en ristre, el timbre de su departamento sonó insistentemente. ¡Ya habían llegado!

Salió por el estrecho pasillo que unía la sala comedor con su habitación rumbo a la puerta de entrada, y apuntó con su varita a los restos del florero, mientras murmuraba un reparo a media voz que reconstruyó, como una película en reversa, el ornamento roto.

Llegó a la puerta y se guardó la varita en la cintura del pantalón y abrió la puerta con una amplia sonrisa en el rostro.

—¡Tía Hermione!

Un pequeñito de cinco años se abalanzó sobre la chica con tanta fuerza que terminó por mandarla de un sentón al piso. El niño era menudo y de constitución más bien pequeña, sus tiernos ojos marrones poseían un brillo de curiosidad constante. Coronaba su infantil carita de mejillas sonrojadas un cabello castaño alborotado por el viento, claro indicativo del legado familiar.

Riendo, Hermione abrazó con fuerza a su sobrino.

— Hola pequeño demoledor ¿cómo estás?

— ¡Genial! Acabo de terminar el juego que me regalaste por navidad. El monstruo me mataba, y me mataba, pero luego agarré una de las flores de fuego, de esas rojas que bailan y le lancé las balas de fuego...

En algún punto de la diatriba del niño, Hermione volteó a ver a la mujer que acompañaba al pequeño, intentando comunicarle con una mirada que no tenía ni idea de lo que su sobrino estaba contándole.

—Sebastian, deja que tu tía se levante —la mujer tendió una mano hacia Hermione y la ayudó a levantarse—. Hola Hermione, no sabes cuánto te agradezco lo que estás haciendo.

—Ni lo menciones Lis, ya sabes que adoro a este pequeño revoltoso.

El pequeño Sebastian entró al departamento de su tía, se quitó la mochila de los hombros y sacó sus juguetes, acomodándolos con esmero en la mesa de la sala. En pocos minutos, la habitación se convirtió en un campo de batalla en toda regla.

—Por favor, si necesitas cualquier cosa, márcame al móvil. Y, si quieres sobrevivir al día de hoy, te recomiendo que no permitas que se duerma después de las once de la noche.

—Descuida prima, nos la pasaremos muy bien. Tú vete tranquila.

La prima de Hermione, Lisbeth Granger, era la hija única del único hermano de su padre, lo que la convertía en su única prima, y su mejor amiga de la infancia. Al igual que el resto de su familia, Lis era muggle, y desconocía por completo la naturaleza mágica de su prima. Cuando eran niñas, cualquier persona que las mirara podía jurar que eran hermanas, puesto que su aspecto físico era muy similar. Y aún lo seguía siendo, salvo que Lisbeth era un palmo más alta que Hermione y el tono de sus ojos era de un marrón más profundo. Actualmente Lis era socia de un prestigioso bufete de abogados, pero aún y con aquel trabajo tan demandante, siempre encontraba tiempo para reunirse con su querida prima.

La semana anterior le había pedido a Hermione que se quedara con el pequeño Sebastian el fin de semana, ya que tanto su marido Charles como ella tendrían que ausentarse de la ciudad por un par de días, para atender algunos negocios importantes.

—Sebastian, ya debo irme. Ven a darle un abrazo a mamá.

El niño se acercó a su madre, la abrazo y la besó con cariño para luego regresar a jugar.

—Prométeme que no vas a meterte en problemas.

—Lo prometo mami —dijo el niño con solemnidad, mientras uno de sus avioncitos volaba hasta estrellarse contra los cojines de la sala.

Hermione sonrió a su sobrino.

—Pero claro que se portará bien, ¿no es así Sebastian? Los niños que se portan bien reciben premios...

Los ojitos de Sebastian se abrieron con emoción.

—¿Premio? ¡¿Qué premio tía?!

Hermione se acercó a su sobrino, lo abrazó por la espalda y sonrió a su prima.

— ¿Qué opinas Lis? Si Sebastian se porta bien todo el día, lo llevaré a la feria por la noche.

—¡Síii! —el niño gritó encantado, mientras corría alrededor de la mesa de la sala, con los bracitos extendidos.

—Me parece una excelente idea —Lis se acercó a su prima para besarla en la mejilla—. Eres un ángel, Hermione. Muchas gracias por todo.

—Ve con cuidado Lis, y llama en cuanto llegues.

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Había luces parpadeantes brillando por todos lados.

Las risas, los gritos de los niños y los murmullos de los padres se escuchaban por todo el lugar, entremezclándose con la tonadita monótona de las atracciones de la feria.

Sebastian caminaba tomado de la mano de su tía, mientras comía un algodón de azúcar.

—¡Fue genial! No tuve nada de miedo, ¿podemos volver a subirnos?

—Pero Sebastian, ¿no quieres ir a ver el resto de los juegos?

—Ah —exclamó el niño con resignación—. Está bien...

Un hermoso carrusel giraba, todo colores y destellos, al final del pasillo que recorrían. El pequeño sonrió encantado, olvidando al parecer que el otro juego había sido el más increíble de todos.

—¡Yo quiero subirme! ¿Puedo subirme en él tía? ¡¿Puedo?!

—Claro pequeño, vamos.

La encargada de la atracción dejó pasar a Sebastián, que al instante corrió para elegir un hermoso caballito blanco. La joven subió al niño con cuidado y lo aseguró, mientras el resto de los niños se acomodaban en su lugar.

Hermione se quedó fuera de la valla que rodeaba la atracción, y correspondió al saludo de su sobrino mientras el carrusel cobraba vida y comenzaba a girar al ritmo de la música.

Caminó alrededor del cerco, observando distraídamente el resto de los puestos de la feria que se encontraban alrededor. Uno en particular llamó su atención.

Una anciana, ataviada con turbante y un sinnúmero de collares de cuentas, se encontraba sentada frente a una mesa pequeña, cubierta por un mantelito rojo de flecos dorados con bolitas y una enorme bola de cristal colocada al centro. La anciana la observaba fijamente, con una sonrisa dulce en los labios.

—Acércate jovencita. ¿Quieres saber tu fortuna?

Hermione le devolvió la sonrisa con educación, pero negó con la cabeza.

—Muchas gracias señora, pero no creo en la adivinación —contuvo las ganas de lanzar su eterno discurso sobre la poca exactitud de la adivinación como ciencia mágica, puesto que se encontraba frente a una muggle.

La mujer asintió sin perder la sonrisa.

—Eso es porque nunca has tenido a una verdadera adivina frente a ti, preciosa.

Al recordar a la profesora Trelawney, Hermione no pudo más que asentir en acuerdo.

—Vamos mi niña, déjame ver tu mano —la ancianita se levantó de la mesa y se dirigió a paso lento y dolorido. Una vez estando frente a ella, Hermione le tendió su mano, principalmente para quitársela de encima de una vez por todas. A final de cuentas ¿Qué tanto daño podría causarle? Seguro esta mujer no sería peor que la profesora Trelawney y sus predicciones de muerte.

La adivina extendió con suavidad la mano de la chica y recorrió con uno de sus artríticos dedos la longitud de la palma de su mano.

—Veo que la magia fluye en ti, lo supe en cuanto te vi —dijo la viejecita en un susurro—. Mucho poder, mucho valor...

Con una floritura, cambió la dirección del movimiento de su dedo, y giró su cabeza para observar la mano extendida desde otro ángulo.

—Inteligencia desbordante, y un gran corazón. —La anciana, conservando su dedo en un punto específico de la mano, volteó a ver a la chica a los ojos—. Una inteligencia tal, que limita tu percepción del mundo, volviéndolo un lugar lógico y calculado. Un gran corazón, puro y bondadoso, que aún no ha sido despertado.

Hermione intentaba mantener serena su expresión, ya que desde que mencionó el asunto de la magia sus ojos se habían dilatado asombrados. Para disimular el impacto volteó a buscar a su sobrinito con la mirada; él la saludó con entusiasmo mientras se volvía a perder en el giro del carrusel.

—Yo sé que no crees en la adivinación, aún a pesar de pertenecer al mundo de la magia. Pero llegará el día en el que lo hagas...

—No quisiera ofenderla, pero la adivinación me parece algo imprecisa, y muy fluctuante.

—El destino fluye, como el agua en el río... cambiando de dirección y sorteando obstáculos, pero su cauce lo lleva invariablemente al mismo lugar.

Hermione la miró sin atinar a encontrar una buena réplica, lo cual no era muy propio en ella, y eso la molestó un poco.

—¿Quieres conocer tu destino, Hermione?

Educadamente la joven retiró su mano del agarre de la anciana adivina, pues la verdad comenzaba a asustarse un poco. ¿Cómo sabía su nombre? Empezaba a tener serias dudas respecto a la naturaleza muggle de esa ancianita.

—Gracias, de verdad, pero ya tengo que irme.

—Él tocará a tu puerta, antes de que el ciclo lunar haya terminado. Él fue tu pasado, más allá de las barreras de tu entendimiento del tiempo; y en tus manos estará que forme parte de tu futuro, al menos, en esta vida. El destino no conoce sobre los límites mortales...

Muy a su pesar, Hermione se intrigó.

—¿Quién tocará a mi puerta?

La adivina volvió a mirarla con la más dulce de las expresiones en el rostro.

—Tu destino. Tu compañero...

—¿Se refiere a un chico?¿Eso es lo que ve en mi futuro...? Porque honestamente me parece algo bastante trillado... Sólo me falta que ponga un peligro de muerte para rematarla —Hermione rodó lo ojos. Por eso odiaba la adivinación. La ancianita se mantuvo imperturbable y continuó.

—Él forma parte de tu destino, desde antes de que nacieras. Él es tu complemento, tu opuesto... y por lo tanto, es lo que te falta.

—¿Y quién es él? —Preguntó con ironía, no creyendo ni por asomo la dichosa predicción.

—El destino a veces juega de maneras muy complejas. Pero descuida, lo sabrás cuando lo veas nuevamente. Ya lo conoces.

El carrusel comenzaba a detenerse detrás de las mujeres.

—Señora, ¿puede ser más específica y decirme quién es? —quería poner a prueba a la viejita charlatana.

—Puedo ser más específica, sí —sonrió la viejecita—. Él vendrá a ti, tocará tu puerta antes de que el ciclo lunar haya concluido. Podrás reconocerlo porque ha despertado anteriormente en ti emociones muy poderosas...

—¡Tía! —gritó el pequeño Sebastian corriendo hacia Hermione. Ella lo recibió con un abrazo y lo cargó, olvidándose por un momento de la señora que tenía en frente.

—¿Te divertiste?

—Un montón. ¿Con quién hablabas tía?

Hermione se giró para despedirse de la ancianita, pero ella ya no estaba ahí. Volteó para buscarla en su puesto, pero éste también había desaparecido.

La piel de la chica se erizó. De pronto ya no le pareció tan trivial aquel encuentro.

—Con nadie pequeño —contestó mientras recobraba la calma—. ¿Quieres que vayamos por algo de comer?

—¡Sí, quiero un Hot Dog! Con mucha catsup, por favor.

—Vamos entonces.

Mientras se alejaban rumbo al puesto de Hot dogs, volvió a buscar con la vista el puesto de la adivina, sólo para constatar que efectivamente, se había esfumado.

La luna que sonreía, cada vez más llena en el cielo nocturno, se escondió detrás de las nubes.

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El trabajo la absorbía tanto que a veces se preguntaba si su vida giraba exclusivamente en torno a él. Desde su infancia, Hermione se había dedicado a ser la mejor: en su escuela muggle, en Hogwarts, en la universidad de Leyes Mágicas Aplicadas, en su especialización en Derecho Mágico multirracial, y posteriormente, en el Ministerio de Magia.

Era cierto que su trabajo le encantaba, pero tampoco podía negar que sentía que ya no era suficiente... Todo era siempre tan monótono, tan rutinario. No había emoción real en su vida.

Había tenido dos parejas relativamente estables desde que salió de Hogwarts. Pero ninguna de esas relaciones había funcionado. A sus 28 años se encontraba soltera, y casi siempre le sentaba de maravilla, pero no podía negar que a veces se sentía un poco sola. Sobre todo cuando veía a su alrededor a todos sus amigos felizmente enamorados. Harry y Ginny por ejemplo, se habían casado un par de años atrás y ya estaban esperando a su primer hijo. Luna, que se la pasaba de expedición por el mundo en busca de animales fantásticos, tenía un novio que la acompañaba a donde ella fuera y no dudaba que en un par de meses diera la sorpresa de que se casaban. Neville, que seguía impartiendo la materia de Herbología en Hogwarts, había conocido a una joven profesora que apenas tenía un año en el colegio, y comenzaban un romance muy lindo que, a pesar de esforzarse por mantener en secreto, ya era conocido por todos.

De Ron, sin embargo, no sabía mucho. Sólo lo que Harry y Ginny le llegaban a contar de refilón. Después de su ruptura, hacía ya seis años, él se había distanciado. Nunca pudo entender que si ella había terminado con él no era porque no lo quisiera, o porque quisiera a alguien más, sino porque simplemente se había dado cuenta que a pesar del cariño que le tenía, no la llenaba como pareja. Actualmente él tenía una novia, pero Hermione solo había logrado cruzar un par de comentarios corteses pero distantes cuando coincidían en alguna reunión.

Se decía a sí misma, en parte como consuelo, que ya llegaría alguien... pero secretamente, estaba empezando a cansarse de su soledad. De que al juntarse con sus amigos solamente pudiera hablar de trabajo. De que su familia siguiera preguntando si ya había conocido a alguien. De que cada fin de semana, sus únicas diversiones consistieran en leer un libro y en visitar a su prima y a su sobrino, para llenarse un poco de la energía que desprendía el pequeño.

Era viernes y, después de un largo y agotador día de trabajo, ya no le quedaba nada más interesante por hacer que leer un buen libro. Ya en pijamas, se instaló en su sillón favorito de la sala, colocó su humeante taza de café a un lado, y replegó sus piernas bajo la suave manta que tenía sobre el regazo.

Se disponía a dar el primer sorbo a su café cuando llamaron a la puerta.

¿Quién podrá ser a esta hora? Se preguntó Hermione mentalmente, mientras corroboraba que eran pasadas las diez de la noche. Se dirigió a la puerta con cautela.

De pronto su piel se erizó sin ninguna razón, y el recuerdo de la ancianita de la feria se instaló por un momento en su mente, antes de quitarle importancia y recordarse a si misma que no creía en esas cosas. Sin embargo, no pudo evitar que un escalofrío recorriera su columna.

Dubitativamente se acercó a la puerta. Se acomodó, sin mucho éxito, su enmarañado cabello detrás de las orejas, y abrió la puerta.

Y casi se cae de espaldas.

No era la primera vez que lo veía desde que salió de Hogwarts, aunque no se lo había topado de frente desde entonces. Sabía que trabajaba también en el Ministerio de Magia, pero no tenía ni idea de en qué área; y tampoco le había interesado mucho saberlo.

Y ahora, él estaba ahí, parado indolentemente en el marco de su puerta como si fuera lo más normal del mundo, con una expresión seria y escrutiñadora.

Draco Malfoy.

—Buenas noches, Granger. Veo que no has cambiado mucho —cambió el peso de su cuerpo y sonrió maliciosamente, mientras la recorría con una mirada apreciativa—. Aún llevas un nido de pájaros por cabellera.