Me adjudico todos los errores ortográficos y/o gramaticales que puedan encontrar en el capítulo.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Peligrosamente, tú
.
Cerré la portátil de golpe.
— No insistas más. —Pedí, cuando Alice no paraba de rogar que fuera con ella a beber una copa. Pellizqué el puente de mi nariz al ver que se sentaba sobre el escritorio, quedando entre mis piernas, me alejé. Arrastré la silla con los pies, unos pasos atrás―. No quiero ser maleducado contigo.
― Entonces, no lo seas ―dijo, sonriendo coquetamente.
Era inevitable no ver sus muslos torneados cuando su falda era demasiado corta. Con un suspiro cansino, aparté mi vista de sus piernas y me puse de pie, dispuesto a marcharme.
― Por favor, Edward ―detuvo mi brazo y me hizo voltear frente a ella―. Ambos estamos llenos de estrés, no tiene nada de malo ir por ahí a beber algo, no te estoy proponiendo nada más que una copa ―guiñó su ojo derecho mientras entrelazaba nuestros dedos―. ¿Qué dices… vamos?
Ella tenía razón. Habíamos tenido semanas complicadas, pasando largas noches sin dormir lo suficiente. Acabábamos de llegar de un viaje de tres días por California donde concluimos un nuevo proyecto. Admitía que tenía razón y necesitaba una copa, pero tampoco quería su compañía.
Sin cometer errores, me dije a mí mismo.
Mesé mi pelo con desesperación.
― Bella vendrá por mí ―respondí de la forma más natural posible. Detestaba ser grosero con ella.
Alice rodó los ojos.
― Es increíble de la forma que te dejas gobernar ―discutió―. ¿Es que no te das cuenta? Bella es igual o peor que Tanya. Al menos esta última no controlaba tus días como lo hace Bella. ¡Reacciona, Edward! Date cuenta que desde que estás con esa mujer ni siquiera conduces tu coche.
»Te convertiste en su títere ―argumentó, soltando su veneno―. Bella hace lo que quiere de ti, y es triste, ¿sabes por qué? Porque te deshiciste de una mujer que no te dio elección de elegir y lo hiciste justo por otra mucho peor. Nunca elegiste estar con Bella, ella sólo se metió y fuiste tan tonto que no pudiste sacarla ―la miré fijo―. ¿Ves? No dices nada porque sabes que tengo razón.
Sonreí de lado.
Alice era bastante astuta, sabía elegir entre sus mejores discursos para hacerme cambiar de opinión. Llevaba años conociéndola, estaba enterado de la habilidad brutal que tenía para decir las palabras exactas que pudieran funcionar a su favor, no en vano era ella quien cerraba los contratos de nuestra casa productora.
― Al menos, solo date una maldita oportunidad ―prosiguió― quiero verte actuando como un tipo normal, por una única vez ―froto mis brazos―. Bien podrías aprovechar los días libres en Punta Cana ―sonrió― estaremos ahí dos semanas y podemos pasarla bien. Por favor, Edward, pasemos juntos unos días, solo eso.
― Estoy enamorado ―respondí seriamente― y así te tires de cabeza desde el acantilado más alto, mis sentimientos no cambiarán solo por unos días contigo. Así que dejemos este tema, porque estoy pensando no asistir con ustedes.
Resopló. Dejando caer sus hombros en derrota.
― ¿No te cansas de arrastrarte? ―Inquirió Isabella detenida en la puerta. Su mirada fría estaba clavada en Alice y parecía dispuesta a desmembrar su cuerpo. Me adelanté a ella y envolví su cintura con mis brazos dejando mis palmas en su vientre, lo acaricié con ternura.
― Hola, cariño ―susurré en su oído siendo ignorado cuando intentó dar un paso hacia Alice. Forcejeo dispuesta a lanzarse sobre mi compañera de trabajo.
― Aquí la única arrastrada eres tú ―discutió Alice con toda la intención de molestar a mi mujer. Bufé―. Yo opino que...
― Tu maldita opinión es lo que menos importa ―interrumpió Isabella, sus puños estaban tan apretados que sus nudillos se volvieron blancos―. Estúpida.
Alice rodó los ojos y anduvo hasta posarse frente a Isabella Marie en una actitud retadora.
― Eres mucho peor que Tanya ―le dijo―, no veo la hora para que Edward te deje.
― Alice ―reprendí. Esta solo caminó fuera de la oficina sin dejar de contonear sus caderas.
Cuando sentí la seguridad para dejar libre a Isabella, la solté, quise sostener su rostro y ella reculó con su mirada fija sobre mí. Se veía enfadada.
― ¿Cómo estás? ―Quise saber después de días de no vernos.
― Escuché todo lo que esa imbécil dijo ―reprochó― su verborrea contra mí no me sorprende y tampoco me importa.
Exhalé y llevé mis manos a los bolsillos de mi pantalón.
― ¿Sabes qué…? ―inquirió―. Deberías sacarla de la casa productora, nada me daría más gusto que saberla lejos de aquí.
― Alice es socia ―aclaré cansino―. No me has respondido ―dije― ¿cómo estás?
Isabella empezó a caminar por la oficina sin responderme, tan solo empezó a despotricar contra Alice.
― No me parece que esa mujer esté aquí cuando no pierde la oportunidad de acercarse a ti. Ella busca algo más y sus viajes juntos no me gustan ―sacudió su cabeza.
― Es mi trabajo ―repliqué.
― ¡Claro que es tu trabajo! ―vociferó―. Solo ponte en mi lugar, ¿cómo crees que me siento cuando dice tan feas cosas de mí? No soy de palo, Edward, tengo sentimientos.
― Pensé que no te afectaba lo que dijeran los demás, siempre lo has dicho, ¿no? Incluso lo repetiste hace un momento.
Sus ojos contenidos de furia, tristeza, quizá... dolor, me observaban sin pestañear. Me sentí mal, no lo negaba, sin embargo estaba llegando al límite y no tenía idea cómo podía acabar esto. Yo también tenía derecho a un poco de paz y tristemente reconocía que al lado de Isabella no podría conseguirla.
― Es diferente ―mencionó―. Alice quiere acostarse contigo, sin contar que trabajan juntos y viajan constantemente.
― ¿Eso qué? Te he dicho más de una vez que ELLA. NO. ME. INTERESA ―traté que cada palabra quedara entendida―. Estás tan aferrada a Alice que no te das cuenta que me está cansando tu forma de ser, tienes que detenerte, Isabella. No puedes ir por la vida avasallando a las personas. Te lo he repetido hasta el cansancio.
— Entonces, ella sí puede ofenderme, y yo debo agachar mi cabeza, ¿eso quieres?
— ¡Estás embarazada! —elevé el tono de mi voz, necesitaba que comprendiera mi punto de vista— debes pensar primero en Christopher, tu prioridad ahora mismo debe ser nuestro hijo, no quererte lanzar a los golpes a la menor provocación.
Elevó su mentón.
— ¡Así soy yo! —chilló.
— Lo sé —reconocí—. Lamentablemente, así eres —resoplé al tiempo que pasaba mis manos por mi rostro.
— ¿Lamentablemente? —inquirió— ¿estás arrepentido de que estemos juntos?
— Me molesta tu agresividad —me sinceré.
Isabella me sostuvo la mirada.
— Ya veo —murmuró— prefieres que me deje pisotear por todos.
— Será mejor irnos —cambié de tema—, estoy cansado y quiero ir a casa.
Una vez en el loft el ambiente había cambiado. Ambos lo sentimos, aunque ninguno de los dos dijimos nada, nuestras conversaciones empezaron a convertirse en simples monosílabos forzados y nuestra intimidad se enfrió creando un gran iceberg en nuestra cama, situación que terminó por mandarme a dormir al sofá en los siguientes días.
Así llegó la tarde del jueves.
— Has estado de un pésimo humor —se quejó Emmett al momento de apagar el computador, quitó los audífonos dejándolos sobre la mesa y rotó su silla para enfocar sus ojos en mí—. Si viajar con nosotros te causa conflicto, me puedo encargar. No es necesario que asistas —se encogió de hombros— cubriré tu lugar.
— Iré —prometí.
Emmett solo arqueó sus cejas sin decir nada.
— Le pediré a Isabella un tiempo —revelé—, nosotros no estamos muy bien.
Emmett echó su cuerpo hacia atrás, recargándose en el respaldo de la silla, su rostro parecía contrariado y visiblemente sorprendido.
— ¿Por qué? —preguntó—. No sabía que estaban tan mal.
Mi respuesta murió en mis labios cuando Tanya adentró en nuestra oficina. Se acercó lanzando sobre mi rostro unos documentos, me incorporé y Emmett lo hizo al mismo tiempo.
— Aquí tienes el divorcio —escupió Tanya—. Dale las gracias a mi hermanita —sonrió—. Eres libre y espero que seas tan miserable lo que resta de tu vida.
— ¿Tu hermana? —Indagué. Me había agachado para recoger los documentos firmados por ella. Al fin me había librado de Tanya.
Se cruzó de brazos y miró a Emmett y luego a mí. Podía distinguir la sonrisa burlona en sus labios.
— Sabía que esa pequeña mentirosa, no era más que una cobarde —farfulló—. Isabella Marie Swan es mi hermana, por desgracia, compartimos el mismo padre. Y no solo eso… —rio— también compartimos el mismo hombre, adiós, cariño. Suerte con esa perra.
El carraspeo de Emmett me hizo reaccionar. Tanya había dado media vuelta dejándome con esta maldita duda. Lo único que atiné por hacer, fue salir de la oficina sin importar las súplicas de Emmett para que me calmara.
Desde hace días había vuelto a conducir porque Isabella volvió a usar taxi para moverse por la ciudad.
Veinticinco minutos tardé en llegar.
Mi coraje se había instalado en mi sistema que al ver a Isabella no pude evitar estrechar mis ojos ante ella; era una mentirosa.
Isabella Marie volteó a verme justo cuando había metido un refractario al horno, limpió sus manos en el delantal con estampado de manzanas rojas, sonriendo con timidez se acercó. No pasé desapercibido la mesa puesta con velas y copas. Parecía todo listo para una cena romántica.
— Hey —susurró.
— ¿Es verdad que Tanya y tú son hermanas? —Mi pregunta fue directa, así como tantas veces ella misma me decía que fuera.
Dio dos pasos atrás; levantó su mentón en esa postura que tenía para ponerse a la defensiva.
— Puedo explicarte —respondió.
Reí sin ganas.
— ¿Vas a explicarme qué…? ¿Cómo se han reído de mí, ustedes dos?
Ella negó.
— No soy de las que se ríen. Me conoces.
— No. —Fue mi turno de negar— realmente no te conozco. Creí conocerte, Isabella, mas todo fue una absurda mentira.
— ¡No hay ninguna mentira! —gritó exasperada, dio un paso hacia mí queriendo tocarme, reculé—. No podía decirte que conozco sus puntos débiles porque sé que inmediatamente hubieras ido a buscarla. No me hubieses dejado actuar a mi modo.
Sacudí mi cabeza. Las partes del rompecabezas habían caído en su lugar; el miedo de Tanya hacia Isabella, su odio desmedido y la forma en que siempre termina cediendo ante Isabella tenían una razón, una muy poderosa para que Tanya se dejase manipular con facilidad.
— ¿Qué sabes de Tanya? —pregunté.
— Detesta ser mi hermana —respondió sin titubeos.
En cambio, conocía a Isabella y por supuesto sabía que había mucho más que ese pretexto.
Me acerqué un paso, sin que Isabella se alejara.
— No te creo —dije.
Isabella me siguió mirando fijo por unos segundos más, fue entonces cuando desvió sus ojos de mí que me dio la confirmación que ocultaba más cosas de Tanya.
— Tengo pruebas de algunos fraudes que ha cometido en contra de instituciones —susurró— se los mostré y fue que ella firmó el divorcio.
Rechiné los dientes dando un paso al comedor y de un manotazo lancé lo que había en la mesa; platos y copas de cristal se estrellaron contra el piso provocando un ruido estremeció a Isabella.
Sin nada más que decir entre nosotros subí las escaleras; busqué una maleta de viaje y la llené con lo necesario para mi viaje a Punta Cana.
Al llegar a la puerta Isabella me detuvo del brazo.
— Siempre sueles huir —mencionó— prefieres hacerlo antes de enfrentar lo que nos está pasando.
Me volví a ella. Su semblante férreo se mantenía al nivel más alto, incluso había cierta altanería en su mirada chocolate. Esta era Isabella Marie; incapaz de mostrarse débil.
— No quiero continuar con esto —me oí decir—, será mejor que cada uno tome su camino. Puedes quedarte aquí el tiempo que quieras, por mí no hay problema —dándole la espalda, abrí la puerta—. Hablaremos a mi regreso sobre Christopher.
.
.
Nuestro trabajo en Punta Cana estaba concluido. Luego de una semana de largas jornadas de grabaciones, estábamos libres.
— ¿Tú y Alice se enrollaron?
Levanté mis gafas de sol y miré directamente a Emmett. Él había llegado a perturbar mi paz al sentarse al lado mío.
Enterré mis pies en la arena blanca y negué.
— No tengo ningún interés en Alice que no sea laboral —aclaré, volviendo mi vista al inmenso mar azul verdoso.
— Bueno... —dudó— ustedes han estado muy juntos estos días. Y como me dijiste que estabas soltero, yo pensé qué… —rascó su nuca— ¿qué pasó con Bella?
Inspiré. En este lugar solo se respiraba paz, que era justo lo que necesitaba.
— Entre Alice y yo no ha pasado ni pasará absolutamente nada. Solo hemos salido a bailar, beber y cada uno a su habitación —espeté.
En el momento que volví a poner mis gafas de sol Emmett se quitó las suyas mientras mantenía una socarrona sonrisa en su boca.
— Pues si que te estás tomando tu soltería muy en serio —rumió—. Espero que también seas consciente que Bella está en su derecho para rehacer su vida sin ti.
Erguí un poco mi espalda. Emmett al darse cuenta de mi reacción sacudió la cabeza.
— No digo que esté mal que salgas a distraerte —continuó hablando como si fuese un jodido profesional en parejas—. Sin embargo, considero que debes darte un tiempo para iniciar otra relación cuando te sigue afectando Bella. Tal vez ya lo olvidaste, pero en un par de meses serás padre y… dejar que Bella cargue con todo es un poco injusto.
— ¡Estás equivocado! —gruñí— Christopher sigue siendo mi prioridad, nada en esta vida es más importante que él y su madre. Nunca podré abandonarlos.
— Entonces, explícame ¿qué demonios ocurrió para dejarla?
— ¡No puedo con ella! —exasperado me puse de pie caminando de un lado a otro, mesé mi pelo con frustración—. Isabella es demasiado agresiva, no soporté más y exploté.
Levanté mi mano pidiendo tiempo para seguir hablando.
— La adoro, la amo con toda mi alma —susurré—, pero somos tan distintos… tan opuestos. Ella es completa furia, un huracán y yo… yo necesito calma, tranquilidad.
— Pensé que eso ya lo sabías.
— Sí —acepté—. Isabella sigue siendo la misma chiquilla agresiva que conocí, nunca mide las consecuencias de sus actos, solo avasalla sin remordimientos. Y luego está lo de Tanya — murmuré— tal vez, eso fue solo un pretexto para salir huyendo de ella.
— ¿Te has puesto a pensar cómo se sintió ella cuando Alice la insultó y tú no dijiste nada? —cuestionó—. He escuchado más de una vez cómo se refiere a Bella y no has sido capaz de ponerle un alto. Y no lo digo porque Bella necesite quién la defienda sino por lealtad a tu pareja, tú no lo has hecho, Edward.
— Lo sé —reconocí— soy un cretino.
Emmett soltó un largo suspiro, al tiempo que acomodaba su gorra en la cabeza y volvía a poner sus gafas oscuras. Sacudió de nuevo su cabeza cuando Alice se sentó junto a él en la tumbona; ella vestida en nada más que un revelador bikini amarillo se cruzó de piernas, mirándome coquetamente.
— Acabo de pagar por una semana más nuestras habitaciones, chicos —declaró risueña Alice— nos están cayendo muy bien estos días lejos de la ruidosa ciudad de Miami. Así que debemos aprovechar.
Emmett se irguió de golpe llevando sus manos a la ancha cintura.
— Conmigo no cuenten —pronunció—, reservaré el primer vuelo de regreso a casa —dio un ligero golpe en mi hombro antes de asentir.
Alice frunció sus labios al verlo marcharse con rumbo al hotel, volteó a verme y sonrió ampliamente.
— Creo que nos hemos quedado solos —comentó con un corto suspiro, se puso de pie y comenzó a jugar con sus dedos por mi brazo, recorría mi piel de arriba abajo con la ounta de sus dedos hasta que se abrazó a mi cintura—. Me tomé el atrevimiento de reservar una mesa en el mejor restaurante de la ciudad, no acepto negativas.
Quité sus brazos de mí haciéndola protestar.
— ¿Qué ocurre, Edward? La estamos pasando bien, pensé que en estos días todo iba perfecto entre nosotros.
— Es lo malo contigo —articulé— siempre das por hecho algo que no existe.
Inspiró cruzándose de brazos.
— ¿Acaso la esquizofrénica ya hizo el tronido de dedos para que vuelvas? Esa mujer es dominante, Edward.
— Esa mujer es el amor de mi vida y la madre de mi hijo —dije—, te exijo respeto cuando hables de Isabella.
Alice abrió la boca, boqueó como si quisiera gritar, pero dado el hecho de que apretó los labios en línea recta se quedó callada.
Caminé también al hotel con Alice siguiendo mis pasos.
— No puedes irte —la escuché decir tras de mí— las habitaciones están pagadas, no puedo cancelar.
Me volví a ella.
— Deja de perseguirme —pedí— necesito estar solo, Alice. ¿Es que no entiendes?
— Edward, no te estoy exigiendo nada, no quiero etiquetas. Me conformo con pasar un rato juntos y ya, será cuando tú quieras, lo prometo. —Alargó su mano entrelazando sus delgados dedos con los míos—. Por favor, nadie tiene porque enterarse.
— No te hagas esto, Alice. No me interesa tener una aventura contigo. —Me alejé de su toque— regresaré a mi lugar, a donde pertenezco.
Salí del Royalton Bavaro esa misma tarde y después de 3 horas y media estaba de vuelta en la ciudad. Al entrar al loft encendí las luces dejando la maleta en la entrada, caminé por la silenciosa estancia hasta subir las escaleras.
— Isabella —la llamé al tocar la puerta del baño, no respondió.
Me di la vuelta al sentir una opresión en mi pecho, llamando mi atención el buró de Isabella, lo abrí corroborando que estaba vacío. Corrí al closet y nada de ella había en el loft, ni un solo rastro de su presencia quedaba.
Isabella se había ido.
¡Hola! Realmente no sabemos qué esperaba encontrar Edward si él la dejó, ¿no creen? Espero leer sus opinones sobre el capitulo, me alienta mucho para continuar con la historia.
Agradezco sus favoritos, follows y reviews que me dejan.
A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Mar91, Cassandra Cantu, Flor Mcarty, PaolaValencia, Adriu, Dulce Carolina, Car Cullen Stewart Pattinson, maireth-SM cullen, Jade HSos, Elizabeth Marie Cullen, Smedina, Lore562, Jane Bells, Torrespera172, LittlePieceOfMyMind, Maris Portena, Antonella Masen, ALBANIDIA, Chpys, Lili Cullen-Swan, ClaryFlynn98, mrs puff, Andrea, Vivi19, Lizdayanna, Pepita GY, Isis Janet, y comentarios Guest.
¡Gracias totales por leer!
