Me adjudico todos los errores ortográficos y/o gramaticales que puedan encontrar en el capítulo.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Peligrosamente, tú
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La tensión fue evidente luego de que Angela se llevara a Christopher al interior de la casa. Llevé mis manos a los bolsillos de mi pantalón e Isabella se recargo de la mesa de jardín, sentándose sobre la superficie de vidrio templado, suspiró, al tiempo que acomodaba su largo cabello detrás de sus orejas.
— Me molesta ver a tu amigo metido siempre aquí —Me sinceré. No sabía si era lo correcto, solo necesitaba decirlo. Que Isabella supiera todo lo que me molestaba ese tipo alrededor de ella, no importaba que no sintiera nada por él.
La vi morder su labio mientras hacía un ligero movimiento de cabeza.
— Ya te expliqué —susurró—. Jacob es solo un amigo.
— Lo sé, ese es solo un amigo —repetí—. No he dejado de amarte —me escuché decirle.
Nuestras miradas se conectaron y supe que ella me amaba de igual forma. Sus ojos marrones con esa luminosidad al escucharme, no podían mentir.
— Es que entre nosotros el amor no es suficiente.
Su respuesta fue como si me dieran un puño en el pecho, me había dejado sin aire, sin poder articular palabra. ¿Qué significado tenía que no era suficiente?
Levantó sus palmas para que le diera oportunidad de continuar.
— No estamos en la misma frecuencia, Edward —añadió—. El amor que podamos sentir por el otro puede ser inmenso, sin embargo, no es suficiente. No es suficiente si no existe comunicación entre nosotros.
Me acerqué dos pasos; sujeté sus manos con suavidad. Dejando que sus dedos se deslizaran con delicadeza sobre mi piel hasta entrelazarlos.
— Estoy aquí —le dije—, y no voy a rendirme.
Ella sonrió. No fue una sonrisa exagerada ni llena de emoción, eso me preocupó. El ver su sonrisa llana me hizo sentir una opresión.
— No se trata de rendirse —murmuró con su mirada en la mía— se trata de… —su mirada cayó. Preocupado elevé su mentón con mis dedos, haciéndola mirarme de nuevo— tengo miedo.
— ¿Miedo?
Asintió.
— Ya sabes —dijo—, puedes volver a cansarte de mí. Me querrás lejos ¿y, yo? No soy de piedra, Edward. Me dolió mucho que me echaras de tu vida.
Comprendí. Sabía bien que tenía miedo a volver a intentarlo.
Sentí una profunda rabia contra mí. Isabella no era fácil, llevaba una coraza que la hacía fuerte, pero una vez ella dejaba entrar a alguien a su vida se volvía complicado si la lastimaban. La había herido profundamente y ella se debatía en dejarme de nuevo entrar a su vida.
— Siento haberme portado como un imbécil, lo siento —me disculpe.
Ella no dijo nada.
— Por favor —susurré sobre su frente, dejando un corto beso— dame una oportunidad. Vamos a intentarlo.
— Todo está en nuestra contra —reconoció—. Los dos hemos hecho nuestras vidas en lugares distintos —explicó— simplemente nuestros trabajos no embonan, ni nuestras personalidades, no hay nada.
Con ambas manos sujeté su rostro.
— ¿Prefieres ignorar lo que sentimos? —debatí— quieres que hagamos un lado nuestro amor en vez de intentarlo, ¿eso quieres?
Cerró sus párpados un breve momento. Después, me miró fijamente.
— Es lo más sensato, Edward. No quiero volver a sufrir con un adiós.
— No estoy de acuerdo —con la punta de mi índice recorrí sus labios entreabiertos—. Hay mucho por un nosotros para conformarme con un adiós, con ser solo amigos o los padres de Christopher.
Incliné mi rostro muy cerca al de ella, tanto, que nuestras respiraciones se mezclaron entre sí. Bien podría besarla, pero no lo haría, no haría nada sin su consentimiento.
— Hagamos que funcione —pedí en un susurro— solo te pido una oportunidad... solo una.
En su bella mirada chocolate había un debate entre sí. Era mi oportunidad y no me rendiría tan fácil. Le demostraría cada día de mi vida que ella era mi otra mitad, mi compañera.
Besé suavemente su frente, demorando más tiempo para inspirar su delicado aroma frutal. La escuché suspirar cadenciosamente y sin moverse ni un milímetro preguntó:
— ¿Cómo le haríamos con nuestras residencias? Yo no quiero volver a vivir en Miami, no me gusta.
Sonreí. Y sin tentar a mi suerte sostuve de nuevo su rostro. Aún mantenía la esperanza de un sí. Sus ojos me vieron con ese brillo especial que siempre tenía por mí y supe que estaba cediendo.
— Por lo pronto seguiremos como hasta ahora —expliqué sin ocultar la emoción en mi voz—. Tú y mi hijo vivirán aquí y yo seguiré viajando entre Miami y Seattle. Cuando tenga días libres vendré con ustedes o también me gustaría mostrarle la playa a Christopher, que conozca la arena blanca de las playas de Miami. Me haría feliz tenerlos unos días conmigo, en el loft.
— Christopher tampoco conoce las playas de aquí —se quejó.
— No esperemos más tiempo, podemos llevarlo mañana mismo.
— Es muy pequeño —murmuró.
— Para conocer el mar nuestro hijo tiene la edad perfecta. Es mas, podíamos acampar ahí —sugerí—. ¿Te parece?
Mordió su labio y con su mirada dubitativa, asintió.
La abracé sin pensar en nada que no fuéramos nosotros tres, juntos, en familia. Froté su espalda con mis manos.
— ¿Esto es un sí? —indagué.
Tan reacia como era echó su cuerpo hacia atrás, saliendo de mis brazos, me miró.
— Vamos a tomarlo despacio —determinó—. Cada momento llegará a su tiempo, sin apresurar nada.
La miré con cara de no esperaré para besarte.
— Es mejor que me des la traducción porque no estoy entendiendo —le hice saber.
Isabella volvió a echar algunos mechones de cabello detrás de sus orejas mientras empezaba a balancear sus pies.
Inspiró.
— Si vamos a empezar de nuevo, será a un ritmo lento. Me gustaría que fuéramos muy despacio, así podemos ir viendo cómo vamos llevando nuestra relación, hacia qué rumbo. Sobre todo, sin lastimar a Christopher, ahora él debe ser siempre nuestra prioridad.
Por supuesto que nuestro bebé ya era prioridad desde hace mucho. Jamás lo dañaríamos.
— ¿El ir despacio incluye besos? —pregunté.
Ella negó y mi sonrisa se borró.
— No me has pedido que sea tu novia ―reprochó.
Sonreí ampliamente.
Me acerqué un poco a su rostro. Esta vez sin tocarla.
— ¿Quieres ser mi novia?
― No sé, me gustaría pensarlo.
― Isabella ―gruñí.
Ella mordió su labio inferior, asintiendo.
― Sí quiero ―respondió con su mirada brillosa en mí― sí quiero ser tu novia.
La abracé con tal fuerza que la puse a mi altura mientras ella reía y me suplicaba que la pusiera de nuevo en su lugar. No lo hice, tenía una mejor idea para nosotros. La eché sobre mi hombro y di media vuelta para volver a la casa.
― ¡Edward, bájame! ―siguió suplicando― mi falda es muy corta, ¡bájame!
Desde luego que sabía que su falda era muy corta, desde que llegué había hecho lo posible por no ver sus piernas antes que sus ojos. Pero no era problema, mi mano estaba estratégicamente, justo debajo de su trasero impidiendo que mostrara de más.
Angela sonrió cuando me vio entrar como todo un hombre de las cavernas con mi mujer sobre mi hombro como si ella fuese un costal. Eric también sonrió pero él siguió con su atención puesta sobre la pasta.
Me acerqué a la chica y sostuve a mi hijo con mi otro brazo.
― Dormiremos fuera ―comenté― ¿pueden apagar las luces y guardar los restos de la cena?
― Por supuesto ―respondió Angela.
― ¡Yo me encargaré de la basura! ―gritó Eric a mi espalda cuando subía los escalones.
― ¡Gracias! ―grité en respuesta.
Al llegar a la habitación dejé a mis dos únicos amores sobre la cama. Isabella se arrodilló sobre el colchón despejando su rostro de toda su melena que la cubría mientras nuestro bebé gateó hacia ella buscando su atención. Me tumbé a su lado.
― Eres un loco ―me recriminó― pudiste haber lastimado a Christopher. Se pudo caer de tus brazos…
Sin dejarla seguir con sus reclamos, la besé.
Mi boca se adueñó de la suya volviendo a sentir su sabor, ese sabor que había extrañado por meses.
Sentí de pronto unas pequeñas manos palpando mi rostro, seguido, de unas gimoteos ligeros y desesperados por atención.
Nuestro hijo empezó a balbucear y tuvimos que separar nuestros labios. Recargué mi frente en la de Isabella, intentando que mi respiración se normalizara.
― Gracias ―susurré― por esta oportunidad.
Acunó mis mejillas, dándome un sonoro beso.
― De nada ―respondió―; ahora sorpréndeme.
Enarqué mis cejas.
― Dijiste que no pasaremos la noche aquí ―me recordó.
― Es verdad. Haz una maleta con lo necesario para dos días en la playa ―le pedí―. En el camino llegaremos a cualquier Wal-Mart y compraré lo necesario para quedarnos fuera.
Mi pequeño niño alargó sus cortos brazos hacia mí, sacándome una sonrisa al sostenerlo conmigo, inspiré su aroma.
Al fin estaba en casa.
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― ¿Así qué pensaste que Christopher no podría dormir fuera de su cuna? ―reté a Isabella al ver a nuestro pequeño hijo dormido sobre la colchoneta con sus cortos brazos flexionados a los lados de su cabeza.
― Por lo regular mi bebé solo duerme en su cuna ―aseguró―. Además, ―golpeó débilmente mi costado con su puño―. ¿Es segura esta tienda de campaña?
Resoplé risueño.
Por supuesto que era segura. No por nada había tardado 3 horas en armarla. La casa de campaña era resistente a cualquier viento que pudiera surgir en la madrugada.
― Mira ―le dije, presionando mi palma en contra del material sintético― es fuerte.
Isabella rio dando media vuelta.
Alargué mi mano alrededor de su cintura, deteniendo su camino hacia la playa.
Dejé un beso en su mandíbula, recorriendo lentamente con mi lengua hasta llegar a su oreja, apresé su lóbulo y ella suspiró, rindiéndose en mis brazos. Echó su cabeza hacia atrás dándome el acceso que necesitaba para hacer lo que quisiera con su cuello.
Lamí, mordí y besé su piel hasta escucharla gemir.
Isabella suspiró volviéndose a mí, se puso de puntitas sobre sus pies y llevó sus manos a mi cuello.
― Te amo ―susurré antes de estrellar mi boca en la suya.
Mis dedos apretaron sus caderas con posesión mientras degustaba su sabor. En un beso apasionado y con necesidad.
Me restregué contra su vientre bajo y la hice gemir.
Con una de mis manos en su espalda y otra en su cuello la ayudé a tumbarse muy lentamente sobre la arena.
― Edward… ―mi nombre salió en un jadeo cuando mi boca se perdió en cuello, lo succioné sabiendo que dejaría una marca en su piel― aquí…
Silencié su boca con la mía. Besandola de manera salvaje, sin tregua.
Estaba encima de su cuerpo, mis caderas entre sus muslos y uno de mis antebrazos apoyándose sobre la arena mientras una de mis manos se perdía bajo su falda.
Isabella se retorció debajo mío al sentir uno de mis dedos dentro de su carne caliente. Estaba completamente húmeda y lista para mí; empecé a bombear dentro de su centro mientras ella gemía extasiada.
Elevé mi rostro cerciorando que estuviéramos solos.
El lugar estaba desértico a estas horas de la noche. Tan solo, la tenue luz de la lámpara de la tienda de campaña donde dormía nuestro hijo, nos lograba iluminar. Era una combinación perfecta; mar, arena, noche y nosotros amandonos a la intemperie.
Con tanta necesidad de tenerla saqué mis dedos de su interior y la despojé de sus bragas junto con su falda. Bajé mi pantalón dispuesto a embestirla.
Entonces me detuve en seco.
Con mi respiración acelerada apoyé ambas manos en la arena. Dispuesto a quitarme de encima.
― ¿Qué ocurre? ―preguntó Isabella con su voz enronquecida.
― No compré condones ―revelé, sintiéndome un imbécil.
Queríamos empezar nuestra relación de cero y ya nos estábamos saltando varias partes.
Ella aferró su mano a mi nuca y me obligó inclinarme a su altura. Me besó, apresando mi labio entre sus dientes, mordiendo con suavidad.
― Estoy tomando la píldora ―dijo entre jadeos, siseé― estoy lista ―me alentó.
Su sola respuesta hizo iluminar el hermoso lugar. Al menos, así lo vi cuando me enterré en su interior arrancándonos jadeos y suspiros al estar en su interior.
El ritmo de mis caderas fue lento, sin prisas, rememorando nuestra unión con profundo amor. El vaivén de nuestras pelvis y los sonidos provocados fueron la más hermosa melodía que pude escuchar durante muchos meses.
La forma en que sus paredes vaginales me oprimían llevándome al borde, me estaba volviendo loco. Enterré mi rostro en su cuello, sin dejar de mover mis caderas dejé un beso sobre su húmeda piel.
— Te amo —alcanzamos a decir al mismo tiempo antes de culminar con un intenso orgasmo.
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Abrí los ojos viendo la escena más hermosa de mi vida; mi mujer y mi hijo, junto a mí.
Mi pequeño se removió con inquietud tirando de sus mantas y comenzó a gatear hacia fuera de la tienda.
― Alguien quiere playa, eh ―comenté cargando su liviano cuerpo, antes de salir dejé un beso en la frente de Isabella.
Caminé en la arena por algunos minutos y luego me senté contemplando el mar.
Christopher sostuvo entre sus pequeños puños suficiente arena para llevarla a su boca. Rápidamente, pude impedir que lo hiciera y él me sonrió siendo tan encantador y tan terco como su madre lo era, volvió a llevar los puños a su boca.
— Eso no —le dije, sosteniendo su ligero peso en mi regazo mientras le removió de sus manos la arena.
Miré hacia el frente; disfrutando la hermosa vista de la playa, dejándome cautivar por la brisa intensa que refrescaba nuestra piel.
Mi hijo empezó a balbucear cada vez más fuerte, removiendo su cuerpo para que lo dejara gatear.
— Hola.
Escuché la suave voz de Isabella saliendo de la casa de campaña; la recorrí con mi vista, vestía una vieja camiseta mía que apenas cubría sus muslos.
Caminó de puntillas hacia nosotros sosteniendo su larga melena castaña entre sus manos, cerró sus párpados disfrutando de la brisa por algunos segundos y luego se sentó al lado mío.
Christopher se soltó de mí y se fue gateando en busca de los brazos de Isabella. Ella lo cargó de inmediato y comenzó a repartir besos en su sonrojado rostro hasta que mi hijo rio fuertemente dejando caer un hilo de baba.
Pasé mi brazo derecho por sus delgados hombros, atrayéndola cerca de mi cuerpo. Dejé un corto beso en su cabeza cuando se apoyó en mí.
Suspiré hondo, sintiendo la tranquilidad del lugar y la paz que había entre nosotros.
Estábamos listos para empezar de nuevo.
Lo bueno que Isabella pidió llevarse su relación despacio y Edward aceptó. Creo que ellos no saben el significado de llevar las cosas despacio. En fin, son jóvenes y muy pasionales. Recuerden que a esta historia no le falta mucho para llegar a su fin, así que próximamente se vienen nuevas revelaciones.
Gracias por su paciencia. En el grupo comenté lo que ocurría y el porqué de mi tardanza. Mas, para quienes no sepan, les diré que hay una historia próxima a salir que me tiene estructurando personajes y trama, así que muy pronto volveré con otra nueva historia llamada "Piel de otoño".
A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Lily, miop, Patty, Dulce Carolina, LittlePieceOfMyMind, Car Cullen Stewart Pattinson, Isis Janet, ALBANIDIA, PaolaValencia, Jade HSos, cocoa blizzard, Adriu, Flor Mcarty, Antonella Masen, sandy56, Torrespera172, Lili Cullen-Swan, Lidia, Adriana Molina, Jane Bells, Lizdayanna, Daniela, Andrea, Pepita GY, rociolujan m mrs puff, Franciscab25 y comentarios Guest.
¡Gracias totales por leer!
