Me adjudico todos los errores ortográficos y/o gramaticales que puedan encontrar en el capítulo.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.

Peligrosamente, tú

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Jacob siguió sosteniendo mis manos negándose a marchar, nosotros estábamos por emprender un largo viaje a Miami y él parecía no querer irse. Desvié mi vista hacia el ventanal, la lluvia había cesado media hora antes y tan solo caían algunas gotas que se mantenían de los árboles.

— Te extrañaré —confesó compungido— me he acostumbrado mucho a ti, a nuestras charlas.

— ¿Hablarás con tus padres? —cambié de tema. Él rodó los ojos y negó.

— No lo haré. No voy a hablar de algo que no estoy seguro.

— Jacob, necesitas ser honesto contigo mismo. Y el primer paso es hablarlo con tus padres. Debes dejar de ilusionarlos con llevar a una chica a su casa.

Soltó mis manos apoyando su espalda en la pared y miró hacia la entrada de coches donde Edward conversaba con Sam, mientras ambos subían nuestro equipaje al maletero.

— ¿Sam viajará con ustedes? —preguntó.

Miré también hacia los chicos. No era la primera vez que pillaba a Jacob con sus ojos puestos sobre Sam.

— No. —respondí— Sam viajará a Nueva York, ahí a encontrado un buen trabajo en un bufete de abogados.

— ¿Quieres decir que no volverá a la ciudad? —indagó con interés.

Sonreí.

— No tengo idea. ¿Te gustaría que viniera?

Resopló.

— No me importa en lo más mínimo —dijo, restandole importancia y centrándose en mi rostro—. Lo que sí me interesa, es saber es cuándo volverás.

— Solo vamos por dos semanas. No pude conseguir más días de permiso —encogí mis hombros—. En dos semanas me tendras de vuelta en el trabajo.

— Entonces, nos vemos en dos semanas.

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Sentí un extraño dolor de estómago al entrar al loft.

Era volver a ese día y en verdad no quería hacerlo, no debía llenar mi cabeza con recuerdos dolorosos.

Inspiré profundamente. Empecé a curiosear; todo estaba exactamente igual que hace meses, sonreí al ver el balcón y me acerqué.

Tenía la mejor vista panorámica de la ciudad. Siempre lo diría.

— Si necesitas hacer algunos cambios —mencionó Edward a mi espalda— tienes luz verde para hacerlo. No se te olvide que este loft también es nuestro.

Me volví hacia él. Edward sostenía entre sus brazos a Christopher y nuestro niño se miraba inquieto por ser puesto en el piso y hacer de las suyas.

— Lo tendré en cuenta —respondí mirando hacia la segunda planta donde se podía apreciar una cuna al lado de la cama. Era lo único importante que podía necesitar—. Veo que estás muy bien preparado —seguí mirando la cuna color madera.

— Siempre mantuve la esperanza de tenerlos de nuevo conmigo.

— Gracias —le dije— por ser tan paciente conmigo.

Su móvil empezó a sonar y lo hizo rodar los ojos de forma graciosa. Se disculpó, disponiéndose para aceptar la llamada. Aún con nuestro bebé en sus brazos empezó un recorrido por cada rincón del loft mientras conversaba de trabajo.

Yo también me dediqué a mirar cada rincón hasta que Edward se posó frente a mí.

— Tengo que ir a una comida de negocios —me explicó, dejando conmigo a Christopher—. Me gustaría que me esperaras para ir juntos al supermercado, no hay nada en la nevera y puede que lo que haya en la alacena no sea muy bueno —se encogió de hombros— desde que te fuiste no volví a cocinar en casa, así que no me preocupé por comprar la despensa.

— Puedes irte tranquilo, te esperaremos para ir juntos al supermercado.

Acunó mi rostro y besó mis labios lentamente hasta que Christopher gruñó.

— Oye, —se quejó Edward con una voz infantil— ella también es mía, debes ser compartido con papá.

Christopher sonrió como si entendiera y escondió su rostro en mi cuello.

— Nos vemos más tarde, amor —se despidió con otro beso.

Mi pequeño bebé hizo un puchero al ver la puerta cerrarse y a su papá desaparecer tras ella.

— Tranquilo, cariño. Nosotros iremos a dar un paseo.

Empujé el cochecito de bebé y volví a poner la mochila sobre mis hombros. Sabía bien a dónde iríamos.

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Arrugué mi nariz al ver la oficina clausurada.

— Disculpe, señorita.

Di media vuelta al escuchar una voz desconocida. Un hombre latino se acercó, quizá no pasaba los treinta años.

— Esta es propiedad privada —me dijo—, no puede permanecer aquí.

— ¿Qué ocurrió con el despacho que había en este piso? —pregunté.

— Tengo entendido que fue vendido, yo trabajo para el nuevo dueño y aquí se construirá una editorial. Si busca empleo puede verificar la página web, ahí recibirá más información.

Estreché mis ojos viendo los grandes ventanales cubiertos de papel periódico.

— Estoy buscando a la abogada —dije, sin mencionar el nombre de Tanya.

— Lo siento, señorita. Yo soy un simple trabajador y recibo órdenes de no permitir la entrada a nadie, debe marcharse.

Asentí.

Empujé el cochecito y salí de ahí.

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Una sensación extraña cubrió mi cuerpo al intentar llamar al número de Tanya y me dijese la operadora que ese número no existía. Intenté varias veces hasta que me rendí.

— Le cobraré por el tiempo que hemos estado esperando —me recordó el taxista.

Le hice un mal gesto por haber interrumpido mis pensamientos. Luego asentí sin dejar de mirar la hermosa casa blanca que una vez habité. Tenía un gran anuncio de venta en el patio delantero, no se veía movimiento y tampoco había ningún vehículo en la cochera.

Era obvio que nadie la habitaba desde hace un tiempo.

¿En dónde estás Tanya?

Mi bebé gruñó enfadado. Era tiempo de irnos, tenía una comida con Angela y no debía hacerla esperar.

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— Estaba por irme —dijo Angela al verme llegar casi corriendo con mi bebé.

Apenas acomodé a Christopher en su silla alta y me abracé a ella.

— Lo siento, lo siento —murmuré frotando su espalda.

Angela rio contagiandome su risa. No pasó ni dos minutos y mi sonrisa se borró al darme cuenta de quienes estaban en el área ejecutiva del restaurante.

— No empieces —Angela llamó mi atención, sujetó mis manos y me obligó a sentarme frente a ella—. Ellos llevan rato ahí. Edward solo está trabajando.

Fruncí mis labios.

Era una prueba de fuego estar viendo a mi novio trabajar con la resbalosa y antipática Alice, no importaba que estuvieran acompañados por otras personas, esa estúpida era siempre un dolor de estómago.

Suspiré. Y decidí portarme como mujer adulta centrándome en la conversación con Angela, charlamos de mil cosas y de su nueva decisión de vivir con Eric. Aunque no podía mentir, hubo varias veces que mis ganas de ir hasta ellos y arrastrar a esa mujer del demonio por los cabellos. Sobre todo, cuando ella se percató de mi presencia y decidió tentar mi paciencia al acercarse peligrosamente a mi hombre. La vi varias veces deslizar su palma por la pierna de Edward mientras éste le apartaba.

— Yo estaría feliz porque esa mujer desapareció de sus vidas.

Escuché decir a Angela. Ella jugaba con mi bebé en su regazo y lo llenaba de besos ruidosos mientras mi niño quería quitarle sus anteojos.

— No sé, tengo cierta desconfianza —comenté con la mano en mi pecho— tengo una sensación extraña sobre ella.

Angela fijó su mirada oscura en mí.

— ¿Tienes miedo?

Me quedé pensativa ante su pregunta. Nunca en mi vida había temido a Tanya, de algún modo sabía cómo manipularla y salirme siempre con la mía, porque tenía la certeza que nunca me dañaría, o eso creía.

Siempre me jacté de conocer sus límites y disfruté de sus rabietas provocadas por mí. Era un maldito gusto culposo poder sacarla de sus casillas.

En cambio, si analizaba nuestra relación de hermanas y odio, siempre había sido extraña. Y lo confirmaba lo dicho por Jenks, ¿quien en su sano juicio cede suficiente dinero a cambio de nada? Esto mismo había hecho Tanya todos estos años y sin contar que había corrido con cada uno de los gastos de mi Universidad. No tenía lógica.

— Bella… —Angela dio un apretón a mi mano— ¿estás bien?

— Sí —aseguré— solo me siento desconcertada. Te das cuenta que si nunca reunimos pruebas sobre lo sucedido con Seth —exhalé— se quedará impune. No habrá justicia.

— Comprendo lo que dices, Bella. Pero no puedes exponerte ante esa mujer, no puedes acercarte a ella y pretender que puedes dominar su vida. Tanya es peligrosa, entiendelo.

— Lo sé —musité—. Me queda claro.

— Aunque realmente creo que eres más peligrosa, tú —rio— ahora mismo eres capaz de arrancar cada cabello oscuro de la cabeza de Alice, creo que lo harías de hebra por hebra y sin remordimientos.

— Eres una tonta —me burlé.

Sin querer miré hacia la mesa del fondo; Edward continuaba conversando con Emmett y otros más, mientras Alice se ponía de pie caminando hacia el tocador. Por supuesto que antes de irse tuvo que restregar los pocos pechos que tenía casi encima del rostro de Edward.

Yo tenía un límite y ella lo había rebasado.

— ¿Quieres saber qué tan peligrosa soy? —reté a mi amiga, poniéndome de pie.

— Bella, no —la escuché susurrar tras de mí—. Bella, no lo hagas, por favor. Te meteras en problemas. ¡Bella!

Me volví a mi amiga antes de que sufriera un colapso nervioso. Angela mantenía entre sus brazos a Christopher, mi pequeño bebé quien reía emocionado por la carrera sofocada de su madrina.

— Bella, por favor. Razona, esa mujer no vale la pena. Tienes una hermosa familia y no la vas a destruir a causa de tus impulsos, no lo harás.

Le sonreí de forma inocente cuando escuché el resonar de los tacones de Alice contra las baldosas, solo di media vuelta y empujé con fuerza la puerta que abría hacia adentro.

Sin querer había estrellado la puerta en un pómulo de la insulsa pelinegra. Trastabilló deteniéndose en la pared con una mano sobre su mejilla, un hilo de sangre empezaba a correr entre sus dedos. Su mirada de odio era de absoluta amenaza.

— Eres una maldita perra —siseó, sin quitar la mano de su rostro.

— No tengo la culpa de que seas tan torpe —reté, dando un paso frente a ella. Angela había detenido mi brazo—. Espero que se te quiten esas ganas de estar retándome cuando estás trabajando con Edward, no lo hagas, porque no soy tan paciente.

— Salvaje —musitó— eres una bestia —sus lágrimas se derramaron y puede que sintiera un poco de lastima—. Le diré a Edward lo que me has hecho.

Exhalé de forma cansina y me crucé de brazos.

La sangre siguió fluyendo por su rostro y mano. Angela siendo tan noble le dio un buen trozo de servilletas de papel. A lo que Alice sin perder tiempo presionó las servilletas en su pómulo.

— No le dirás nada a Edward —espeté— porque te juro que si mencionas mi nombre, soy capaz de romperte las piernas —amenacé.

No lo haría nunca, simplemente me gustaba la sensación de miedo que podía provocar. Y la cara de terror de Alice era de lo más gracioso que había visto en mi vida, controlé mi risa al morder mi labio. Fue entonces que la insulsa mujer decidió salir del tocador como si hubiese visto al diablo.

Mordí mi índice. Quizá me había pasado.

— Maldita sea —gruñó Angela cubriendo los oídos de mi bebé con su mano— contigo me dará diabetes. ¿Tienes idea de los problemas que esa mujer te ocasionará con Edward?

Atrajé conmigo a Christopher llenando de besos sus mejillas y me puse a bailar. Di un par de vueltas, moviendo mis caderas, estaba tratando de quitarle lo enfadado a Angela.

— Ella empezó —dije—, me estuvo provocando y ya sabes, se lo merecía.

Bufó.

— Nunca vas a cambiar, ¿verdad? —llevó las manos a sus caderas— siempre vas a ser la misma chica impulsiva que un día conocí.

— Así me quieres.

— Te adoro —sonrió, llevando su brazo a mis hombros— aunque seas peligrosa.

Salimos del tocador juntas, ante las miradas expectantes de uno que otro comensal. Por instinto volví mi vista al área ejecutiva descubriendo que Alice no estaba en la reunión, aunque seguían estando Edward y Emmett entre los presentes.

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Los colores naranja y rojizos en los cielos de Miami, me distrajeron, era uno de los crepúsculos más impresionantes de contemplar. Sabía sin duda que eran de mis atardeceres favoritos.

— ¿Y hasta ahora me lo dices? —gruñó— ¿en serio, Isabella? ¡una semana después¡

Miré entre Christopher sentado sobre la arena con sus manos echar puño y Edward caminando hacia el mar.

Exhalé, debatiéndome entre seguirlo o esperar que pasara su enfado.

Sin pensarlo por mucho tiempo, cargué a mi bebé y corrí hasta la orilla del mar.

— ¿Estás molesto por lo de Tanya o por Alice? —cuestioné.

Edward volteó a mirarme.

— ¿Qué voy hacer contigo? —preguntó para sí mismo, dando dos pasos se acercó a nosotros, alargando su mano acarició mi mejilla con ternura.

Cerré brevemente mis ojos ante la sutil caricia y presioné mi piel sobre su palma.

— Yo soy así —susurré— tal vez, de aquí a diez años quizás logre controlar mi mal carácter. Solo me defiendo, lo prometo. Esa mujer me estuvo provocando y sé que no hay justificación por azotar la puerta en su cara...

Uno de sus dedos estaba en mis labios, silenciando mi explicación.

— Sé lo que Alice estaba haciendo —comentó— yo también intenté ponerle un alto, pero ella decidió continuar —suspiró hondamente— sus constantes acosos me cansaron y decidí romper la sociedad con la casa productora. Lo he dejado.

— Edward, no…

Volvió a cubrir mis labios con su dedo. Y esta vez recorrió con suavidad la punta de su índice por ellos.

— Quiero estar con mi familia y si me quedo no podré lograrlo como quisiera. Me perderé días en la vida de Christopher —nuestro bebé volteó a mirarlo al escuchar su nombre en los labios de su papá y extendió sus cortos brazos a él. Edward sonrió y lo tuvo en sus brazos—. No puedo perderme sus primeros pasos, su primera palabra.

— No puedes dejar tu trabajo. Es tu gran sueño, lo que siempre quisiste tener.

— Puedo empezar de nuevo —explicó, haciendo gestos graciosos a Christopher—. Además, ustedes siempre serán primero, son mi mejor sueño hecho realidad y no voy a exponerlos a que algo les pase cuando no esté.

— ¿Lo dices por Tanya?

Mi pregunta fue directa. Me miró y sostuvo mi mano dejando un beso en el dorso y negó.

— No precisamente por ella —respondió—. En realidad, lo digo porque no quiero estar lejos de ustedes.

Asentí sin dejar de mirar sus orbes verde esmeralda.

— ¿Crees que Tanya nos hará daño? Indagué. Necesitaba saber su sentir, qué pensaba sobre la repentina desaparición de esa infeliz.

— No lo permitiré —prometió—, no dejaré que se acerque a ustedes.

Me eché a sus brazos escondiendo mi rostro en su pecho, lo abracé con fuerza. Inspiré su colonia a pino fresco y me sentí mejor.

— Todo estará bien, cariño —frotó mi espalda suavemente y dejó un corto beso sobre mi cabeza—. Ahora dime ¿en serio crees que tu mal carácter menguará en diez años? No es una queja, por supuesto.

Reí.

— Supongo, —encogí débilmente mis hombros— tal vez tengamos más hijos y no tendré tiempo para…

— ¡Espera! —me interrumpió— ¿quieres tener más hijos?

Sonreí ampliamente.

— Sí, tal vez cuando Christopher tenga cinco o siete años esté lista para otro bebé, no sé, ¿tú quieres?

— Estoy emocionado porque llegue ese momento. Me gustaría que tuviéramos una niña —respondió soñador— puedo imaginarla con tu largo cabello castaño y tus ojos color chocolate, solo espero que no saque tu mal genio porque no quiero imaginar la cantidad de reportes que será capaz de tener en el colegio.

— Oye —fingí molestia— no exageres. Eres más peligroso que yo.

Edward batió la cabeza.

Peligrosamente, tú —corrigió.

Arrugué mi nariz y me reí.

— Anda, es tiempo de volver a casa, amor —me animó— ya no hay nada que hacer aquí, nuestro hogar nos espera.

Montó a nuestro bebé sobre sus hombros y mi pequeño hombrecito lo entendió al afianzar sus puños en el desordenado pelo cobrizo. Edward lo protegió con una de sus manos en la pequeña espalda de Christopher y la otra mano decidió entrelazar nuestros dedos y me instó a caminar por la orilla, donde las olas lamían nuestros pies descalzos.

Éramos solo dos corazones lastimados con un pasado triste sobre nuestros hombros. En nosotros estaba tener un futuro prometedor y con más alegría.

No sabíamos qué nos tendría deparado el destino. En cambio podría asegurar que estábamos listos para enfrentarlo juntos.


Y así es como llegó el final. Les cuento que siempre quise que la historia fuera lo menos rosa posible, con una Bella que mantuviera su mal carácter hasta el final, espero de verdad que haya sido de su agrado y haber logrado esa parte. Sé que quedaron cabos sueltos cómo el paradero de Tanya o lo que realmente ocurrió con Seth, eso vendrá en un outtake. Por lo pronto nos leemos en el epílogo.

A quienes comentaron todo mi agradecimiento especial: Lore562, Celina fic, Lili Cullen-Swan, Adriana Molina, Patty, Franciscab25, Smedina, Maris Portena, Jade HSos, Flor Mcarty, miop, ClaryFlynn98, ALBANIDIA, Lupita Pattinson Cullen, Lizdayanna, Cinti77, Pepita GY, Adriu, Torrespera172, Antonella Masen, Andrea, mrs puff, Jenni317, Jane Bells, rociolujan, Cinthyavillalobo, sandy56.

¡Gracias totales por leer!