Capítulo 1. El regalo de Snape
Londres, 24 de diciembre del 2006.
Draco se despertó en su enorme y cómoda cama, dándose cuenta de inmediato que tenía un cuerpo tibio a su lado. Frunció el ceño, miró quien era e hizo memoria: recordó entonces la noche de apasionado sexo que había pasado con aquel chico. Suspiró, volvió a cerrar los ojos y no hizo ningún intento por tocar o abrazar a su compañero. No tenía por costumbre repetir con el mismo amante; vamos, ni siquiera entendía por qué le había permitido a éste quedarse a dormir en su loft. Por lo regular, solía sacarlos de su apartamento apenas al terminar. Sin abrir los ojos, intentó recordar por qué razón no había ocurrido eso, pero no pudo hacerlo. O había estado demasiado ebrio, o el sexo había sido demasiado bueno. Vete tú a saber.
Como fuera, esa mañana era víspera de Navidad y él tenía que viajar a Wiltshire para pasar ese día y el siguiente con su madre. Era imposible que se perdiera la cena con ella, pues, desde que había muerto su padre, Draco se había convertido en el único lazo familiar de Narcisa. Así que, a regañadientes, y no tanto porque creyera en "la magia de la Navidad" y todas esas monsergas, sino porque sentía una obligación moral hacia con su progenitora, Draco acudía año con año.
Volvió a suspirar, ahora con más hastío, abrió los ojos y se levantó. Admiró la hermosa vista de la ciudad a través de las descomunales ventanas que se extendían por tres de los cuatro muros de su loft. Adquirir aquella propiedad muggle le había salido un ojo de la cara, pero derrochaba lujo y confort. Además, gracias a ella, Draco podía mirar a Londres como pocos podían presumir de hacerlo. A excepción de que tuvieras una escoba voladora, por supuesto.
Sacudió el cuerpo de su acompañante de una manera no muy suave, arqueando una ceja ante la bella espalda que le presentaba aquel muggle. Draco siempre podía obsequiarse con lo mejor de lo mejor, y eso incluía la mejor carne del pub, bar, restaurante o fiesta en la que se encontrase.
—Despierta, chico. Es hora de que te vayas —le dijo en voz alta.
El muchacho, de piel blanca y cabello castaño oscuro, se agitó y murmuró algo entre dientes. Draco rodó los ojos y se alejó hacia el baño.
—Voy a ducharme. Cuando salga, no quiero verte aquí.
Aparte de su enorme apartamento en el décimo piso de uno de los edificios más costosos de la ciudad, Draco se había comprado también todo un local en pleno centro del callejón Diagon, el cual había modernizado y transformado en las mejores oficinas del sitio; todo con el fin de poder llevar a cabo los negocios familiares de los que se encargaba sin tener que viajar todos los días a la mansión Malfoy, donde anteriormente su padre había trabajado toda su vida. Draco no habría podido hacer eso: trabajar desde casa como había hecho su padre. Él necesitaba de la vida citadina, conocer gente diferente, establecer contactos en ambos mundos, mágico y muggle, aumentar la fortuna. Y también, por supuesto, vivir la vida loca durante las noches. Y para eso, nada mejor que Londres con su inigualable Soho y los mejores clubes gay.
Además, vivir con su madre era francamente insoportable. Narcisa no dejaba de darle la lata con que se estableciera ya y formara una familia. ¡Que tienes veintiséis años, Draco, por Merlín!, le decía la mujer como si se tratara de un anciano.
Draco había sufrido ese acoso durante varios años antes de convencer a su madre de que era gay con todas sus letras, y que jamás se casaría con una bruja; por lo que Narcisa -cuando por fin dejó de hacerse la sorda y lo aceptó- se encargó de investigar y de comunicarle a Draco que también podía tener descendencia con un hombre. Draco, que conocía esos costosísimos métodos de combinación de espermatozoides de dos hombres y su posterior implantación en alguna bruja que accedía a ser madre de alquiler, le había informado a Narcisa que, para poder tener hijos, primero necesitaba encontrar un mago con quien casarse. Y a partir de ese momento, Narcisa se había dedicado en cuerpo y alma a presentarle a todo varón gay de la alta sociedad con la esperanza de que su alocado hijo conociera al fin al mago sangre pura adecuado para enamorarse.
Pero Draco huía del amor tanto o más de lo que le repelían los niños. Tan sólo imaginarse como padre lo hacía sufrir escalofríos. Habiendo sido hijo único, jamás había convivido con otros pequeños y menos había tratado bebés de cerca ni de lejos. Y ahora de adulto, cuando tenía la desgracia de toparse con alguno, se daba cuenta de que le daban demasiado asco. Aquellas ruidosas criaturas no eran más que costosos productores de baba, mocos y otra gran cantidad de sustancias innombrables, según su inteligente punto de vista. Por donde lo vieras: una muy mala inversión.
Así que, aquella mañana de Nochebuena, resignado cual mártir en circo romano, Draco se dirigió vía aparición hasta su elegante y enorme despacho, dispuesto a dar carpetazo a los asuntos más urgentes y no dejar nada pendiente para poder respirar tranquilo antes de viajar a la mansión; lugar donde, claro, gracias a su madre, al llegar tendría que olvidarse precisamente de eso. O sea, de respirar tranquilo.
Su secretaria, una bruja joven y de ingenio muy agudo, lo recibió con una avalancha de novedades. Era increíble todo lo que podía suceder en las pocas horas que Draco estaba ausente del lugar.
—... y el señor Wilkerson ha aumentado la oferta para la adquisición de los viñedos de Francia —terminó Ethel, casi quedándose sin aliento.
Draco sonrió. Esa venta significaba un ingreso bastante considerable para la fortuna familiar. Sería un estupendo regalo para su madre y dinero en efectivo para futuras inversiones.
—Perfecto, Ethel. Pero permitamos que sufra un poco. No le respondas las llamadas hasta pasadas las fiestas, y cuela en la prensa la noticia de que la Corporación Ayers también quiere adquirirlos.
—Bien —asintió la bruja mientras su pluma lo anotaba en su libreta.
—Contacta al Grupo Cenfuel para avisar que continuamos dispuestos a pagar lo que pedían por el yacimiento petrolero de Texas. Y en cuanto se realice la venta del viñedo, acuérdame de llamarles yo mismo para finiquitar la negociación.
—De acuerdo, jefe. Pero... Me siento con el deber de recordarle que ese pozo presentaba algunos problemas...
—¿Te refieres al grupo de terroristas que amenazaba con volarlo? —Draco sacudió una mano, restándole importancia. La boca se le hacía agua sólo de pensar en todo el beneficio económico que le traería ese yacimiento: tenía información secreta que aseguraba que estaba rebosante de petróleo aun no descubierto—. Deja que continúen dando molestias y ya me encargaré yo de ellos —finalizó. Sonrió malévolo al recordar ciertos contactos que había hecho alguna vez con traficantes de cárteles latinoamericanos: seguro ellos aceptarían el trabajo de librarse de los revoltosos.
—En otros asuntos, jefe —susurró Ethel, cuya vuelapluma no dejaba de moverse frenética sobre el papel—, debo informarle que la señorita Parkinson ha intentado hacerle llegar varias lechuzas desde el día de ayer. He retenido y destruido todas las cartas, tal como usted me indicó, pero...
Ethel se silenció de inmediato porque Draco se giró hacia ella y la fulminó con la mirada. Oh no, eso sí que no. Ethel era irreemplazable, pero Draco no iba a permitirle aquellas confianzas.
—¿Sí, Ethel? —preguntó con voz peligrosa. La secretaria realmente se amedrentó. Dio un par de pasos hacia atrás y cogió su pluma y libreta con movimientos torpes.
—Nada, jefe. Continuaré con mi trabajo. Con permiso —dijo ella y salió a toda prisa de la oficina.
Draco, medio fastidiado y de mal humor, se desabrochó la elegante capa, la colgó en el perchero y se sentó ante su enorme escritorio de caoba. Estaba seguro de que, de ese momento en adelante, disponía de un buen rato a solas. Porque el mundo podía caerse a pedazos, pero su personal sabía que no debían molestar al señor Malfoy mientras se bebía su café matutino. Cogió la taza de café que Ethel le había preparado con anticipación y se dispuso a darle una hojeada a El Profeta.
Leer aquel pasquín era su manera de mantenerse cerca de la comunidad mágica, de la cual se había alejado bastante al irse a vivir a la ciudad y al realizar la mayoría de sus negocios con muggles. De ese modo, no era raro para él enterarse por medio del periódico de muchas cosas de las que, de otro modo, permanecería ignorante. Como, por ejemplo, las andanzas, logros y desdichas de sus antiguos compañeros de colegio.
Potter, para no perder la sana costumbre, era noticia de nuevo. Arqueando una ceja, Draco leyó la nota donde anunciaban con gran pena que Potter había recibido una millonaria oferta de parte del gobierno mágico de los Estados Unidos para encabezar la creación de una liga profesional de quidditch en aquel país. Porque, para semejante trabajo, ¿quién mejor que la estrella más reconocida del mundo en el deporte? Draco sonrió de medio lado, admirando la fotografía del periódico donde Potter se removía incómodo ante la cámara mientras murmuraba Merlín sabía qué cosas. Año tras año, desde que la guerra había terminado, Draco había seguido la trayectoria profesional de Potter con sumo interés. Nunca lo reconocería abiertamente, pero Draco se consideraba en secreto como uno más de sus múltiples y fervientes admiradores. Y es que no era para menos: el bastardo era genial volando. Draco jamás lo aceptaría en voz alta, pero verlo jugar en un partido en vivo siempre era una experiencia completamente orgásmica.
Era una tristeza que ahora se fuera al otro lado del charco. Suspirando, Draco arrojó el periódico a un lado, notando apenas que el viaje de Potter estaba programado para el día después de Navidad y que el lugar donde tomaría el traslador era secreto, pues obviamente el Ministerio no quería una horda de fanáticas locas tratando de impedir la salida de su ídolo.
Mientras se terminaba su café, Draco llegó a la conclusión que él habría hecho lo mismo que Potter: irse del país a pesar de que la gente estuviera en desacuerdo. Después de todo, no era nada despreciable la suma que le estaban ofreciendo, además del increíble prestigio que le daría tener semejante puesto y desempeño en América. Después de aquella empresa, seguro que Potter no tendría que volver a trabajar en su vida. Admitiendo a regañadientes que el mago no era tan tonto como lo había supuesto siempre, Draco se levantó de su sillón dispuesto a terminar con los asuntos del día. Estaba revisando su bandeja de pendientes, cuando la puerta de su oficina se abrió tan bruscamente que las hojas de madera casi se salen de sus goznes.
Furioso y ahora sí dispuesto a despedir a Ethel, Draco levantó la mirada y no se sorprendió tanto al descubrir a Pansy Parkinson de pie bajo el umbral, mirando a Draco como si estuviera dispuesta a asesinarlo. Bufaba como toro de lidia a punto de embestir, y Draco tuvo oportunidad de sonreír ante el espectáculo mientras Ethel intentaba ponerse enfrente de la bruja para detenerla.
—¡Perdone, señor Malfoy! —exclamaba ella—. ¡Usó su varita para abrir la puerta y yo no pude evitarlo!
—Déjala, Ethel. Ya que la señorita se ha tomado tantas molestias, permitámosle la entrada. Siempre es un placer verte, Pansy. ¿A qué debo el honor?
Ethel desapareció detrás de las puertas al mismo tiempo que Pansy caminaba hacia Draco a grandes zancadas. Llegó ante su escritorio y Draco se preparó mentalmente para los gritos que seguramente estaba a punto de escuchar.
—¡DRACO MALFOY! —exclamó ella, y Draco se congratuló de tener su oficina bajo un encantamiento silenciador permanente—. ¿Qué te has creído que eres? ¿Qué tipo de amigo, qué tipo de compañero, QUÉ TIPO DE SLYTHERIN LE HACE ESO A ALGUIEN DE SU MISMA CASA? ¡Hacerle eso a alguien que alguna vez consideraste tu amigo! ¿O no?
Draco suspiró e hizo un movimiento de mano para invitar a Pansy a sentarse. Ella lo ignoró.
—Tú y Blaise jamás fueron mis amigos. No los recuerdo peleando junto a mí en ninguna batalla ni ayudándome para nada.
Pansy entrecerró los ojos.
—Entonces, ¿de eso se trata? ¿Todo esto es por culpa de tu legendario berrinche? ¿De tu resentimiento eterno porque Blaise y yo nunca portamos la marca? ¡Draco, tú tampoco te habrías hecho un mortífago si tus padres no te hubieran obligado!
Draco se puso de pie de golpe y apoyó las manos sobre el escritorio. Furioso, exclamó:
—¡No fueron mis padres, estúpida, y lo sabes bien! ¡Lo hice por decisión propia, para salvarlos a ellos y a mí!
Pansy empalideció un poco y pareció calmarse. Respiró un par de veces y dijo con voz más baja:
—Tienes razón. Lo sé bien, no sé por qué dije otra cosa. Discúlpame. Pero no entiendo por qué, después de tantos años, tú continúas enojado con nosotros por no haberte acompañado cuando te uniste a las filas de ese demente.
Draco sonrió sarcástico y, ya más tranquilo, volvió a sentarse.
—No estoy enojado. En realidad, lo que siento hacia ustedes es sólo total y absoluta indiferencia. Por otra parte, negocios son negocios, querida.
Pansy lo miró como si quisiera llorar de la desesperación.
—Draco, por favor, te suplico que reconsideres. ¡Es la casa de su madre! ¡La madre viuda de Blaise! Esa casa ya es todo lo que les queda.
—No es mi problema. Debieron pensarlo bien antes de vender la deuda de la hipoteca al mejor postor.
—¡Draco, por Merlín, dales una oportunidad de pagarte! ¡Dales más tiempo!
Draco, fingiendo un bostezo para demostrar su aburrimiento, miró su costoso reloj de pulsera.
—De acuerdo. Tienen hasta el día después de Navidad. Si no, cerraré la venta y tendrán que desocupar la propiedad. Yo necesito esa entrada de efectivo para otras cuestiones que no pueden esperar.
—¡Esos son sólo dos días! ¡Y días de fiesta, para colmo! ¡No se podrá hacer nada!
Draco la miró detenidamente durante unos segundos, fingiendo que meditaba sus palabras. Pansy estaba más bonita que cuando era adolescente: aunque de poca estatura y muy delgada, sabía vestirse de modo que sacaba partido a su figura.
—¿Y cuál es la importancia de esto para ti? —le preguntó—. ¿Acaso Blaise y tú...?
Pansy bufó y miró hacia otro lado.
—Eso se acabó hace años, pero continuamos siendo amigos. —Miró de nuevo hacia Draco con los ojos filosos como dagas—. Porque existe algo llamado "amistad", ¿sabes? ¡Un concepto que aparentemente tú desconoces por completo!
Draco sonrió ante eso. No iba a perder el tiempo con Pansy explicándole lo poco que creía en amistades y derivados, especialmente porque recordaba muy bien lo que se sentía estar totalmente solo, abandonado a su suerte, teniendo que salvar el pellejo suyo y el de sus padres con nada más que sus propios recursos.
Jamás perdonaría a los que, como Pansy y Blaise, no habían sufrido en la guerra al haber permanecido neutrales.
Se puso de pie lentamente, rodeó el escritorio y caminó hacia Pansy, mirándola con amistoso interés. Ella lo observó interrogante, desconfiada pero también con esperanza. Draco llegó hasta ella y levantó una mano para acariciarle el suave cabello negro.
—Qué desastre tu pelo, querida —le mintió con voz cruel, porque la verdad era que el cabello se le veía espectacular—. Te recomiendo encarecidamente cambiar de peluquero.
Pansy arrugó el gesto y, de un manotazo, se quitó la mano de Draco de encima. Dio varios pasos atrás para alejarse.
—Draco, te lo suplico —volvió a la carga—, piénsalo. ¡Es Navidad, por Merlín! Tendrías que ver lo acabada y triste que está la madre de Blaise. Si la sacas de su casa, seguramente morirá. ¿No hay manera de conmoverte aunque sea un poco? ¿NINGUNA?
Por toda respuesta, Draco le sonrió de lado y levantó un hombro, negando con la cabeza. Pansy soltó un grito de impotencia y rabia, se dio la media vuelta y salió de la oficina, dando un portazo tan duro que se cayó un poco de la pintura de la pared.
Draco se rió entre dientes: el carácter explosivo de Pansy siempre le había fascinado, pero, al mismo tiempo, no podía dejar de considerarlo una debilidad. Ella ya tendría que haber madurado para haberse dado cuenta de que dejarse llevar por las emociones jamás sería manera de ganar ninguna batalla en la vida real.
Draco se miró la mano con la cual le había agarrado el pelo: ahí, entre sus dedos, un cabello negro y largo resplandecía brillante. Sonrió y se sentó de nuevo ante su escritorio. Usó su varita para asegurarse de que la puerta estuviese bien cerrada, abrió una gaveta y sacó un cuenco de apariencia muy antigua que estaba adornado con runas cuyo significado se había perdido en el tiempo. Colocó el cabello de Pansy en él y, acto seguido, usó su varita para realizarse un pequeño corte en un dedo de la mano. Un chorro de su sangre bañó el cabello de Pansy al tiempo que Draco siseaba de dolor y luego canturreaba un antiquísimo conjuro de magia negra.
Después de unos segundos de espera, el cabello y la sangre comenzaron a arder; entonces, la pequeña llama que generaron se convirtió en una burbuja que creció hasta permitir a Draco ver a través de ella. Regocijándose, Draco observó la imagen dentro de la burbuja mágica: era el callejón Diagon, por donde Pansy estaba circulando a toda velocidad en ese justo momento.
Draco se apoltronó en su silla para ponerse cómodo: pensaba espiar a Pansy hasta que ésta fuera a visitar a Blaise y, así, enterarse de lo que iban a hablar. No quería perderse la charla, aunque fuera sólo por la diversión de verlos tratar de tramar algo en su contra.
Tal como Draco lo había sospechado, Pansy se había aparecido casi de inmediato en la casa de Blaise y, en efecto, ambos habían conversado acerca del tema de la deuda que pesaba sobre la casa y de Draco queriendo embargarlos. No obstante, Draco se aburrió pronto de espiar aquella conversación, pues aquel par parecía haber perdido su chispa Slytherin en algún momento de todos aquellos años y no dijeron en absoluto nada que valiera la pena escuchar. Después de media hora de sólo oírlos lamentarse por Draco y por lo mucho que éste había cambiado, Draco bramó de hastío y cesó aquel hechizo de espionaje.
Guardó su cuenco mágico y salió de la oficina pensando en el atrevimiento de aquellos dos para tenerle lástima a él. ¡A él, que era el mago más rico y poderoso de su generación!
¡A él, que se consideraba completamente dichoso!
Pasó junto a Ethel y ni siquiera le respondió cuando ella le deseó, con voz tímida, que pasara felices fiestas.
A pesar de tener sus oficinas dentro del mismo Callejón Diagon, Draco no salía casi nunca de su edificio para deambular entre los comercios mágicos. Sólo lo hacía en muy raras ocasiones; como cuando tenía alguna cita de negocios en algún restaurante o cuando le era urgente comprar algo. Draco se daba cuenta de que su presencia no era del todo bien recibida en la comunidad y, por lo mismo, evitaba circular por ahí para no meterse en algún problema; además, con el paso de los años, había aprendido a tomarle gusto a las tiendas muggles.
La gente era tonta y Draco evitaba rozarse con ella en la medida de lo posible. Magos o muggles, todos eran unos imbéciles. Parecían no entender que todos aquellos asesinatos y torturas cometidos dentro de las paredes de la mansión no habían sido culpa de ninguno de los tres Malfoy.
Todavía peor, la gente parecía más tonta que de costumbre en esa época navideña.
Maldiciendo entre dientes por tener que salir a caminar entre la enorme multitud que luchaba por un mínimo espacio en las tiendas, Draco se dirigió a toda prisa al almacén de antigüedades del señor Kline, donde previamente había reservado una hermosa y única pieza de joyería para regalarle a su madre. El clima estaba espantoso: soplaba un viento gélido y ya estaba cayendo nieve. Cubriéndose la cara lo mejor que pudo con la acolchada capucha de su capa, Draco dio vuelta en una callejuela donde intuía que habría mucha menos gente. Aliviado, aceleró el paso. Pero no había caminado más que un par de metros cuando se detuvo de improviso. Un repentino silencio había caído a su alrededor, extrañándolo.
Una viejecilla venía caminando hacia él desde la otra esquina. Draco echó un vistazo a su alrededor. Aparte de esa mujer, no había nadie más en las cercanías. Desconcertado, frunció el ceño. ¿Cómo era posible que de repente se hubiera internado en una calle completamente vacía de gente, cuando apenas a la vuelta de la esquina no se podía ni transitar? Aquello no era normal.
Cauteloso, poniéndose en guardia, reanudó su camino con lentitud. Paso a paso, fue acercándose a la bruja, quien, encorvada y con un montón de años encima, caminaba muy despacio y con torpeza. Estaban a punto de cruzarse cuando Draco y la anciana se detuvieron de golpe: una tercera persona había salido súbitamente de entre las sombras, asustándolos. Era un hombre alto que vestía una túnica oscura sin ningún abrigo ni capa, lo cual era completamente inconcebible debido al frío que estaba haciendo. A menos de que se tratase de un pordiosero, de los que abundan en esas épocas y quieren sacar provecho de que la gente anda drogada hasta el tope por el espíritu festivo y...
El loco aquel se paró justo enfrente de la anciana, la cual se quedó muy quieta ante él. Draco, cada vez más desconfiado, miró al hombre sacar su varita (lo cual lo sorprendió enormemente, pues por lo general los pordioseros no traían una) y apuntarle a la mujer. Ese movimiento hizo que Draco también sacara la suya.
Aquel loco miró sobre su hombro, como queriendo asegurarse de que Draco estuviese observando, y comenzó a hablar en voz alta.
—El bolso o la vida, señora... —dijo aquel bruto con la voz ronca y profunda, dirigiéndose a la anciana pero mirando insistentemente hacia Draco. Sus ojos oscuros le brillaban a través de una cortina de cabello negro y grasiento que le cubría la cara hasta la nariz ganchuda que...
Ey... un momento. Draco conocía ese aspecto, esa silueta y esa voz.
—¿Snape? —preguntó con voz extrañada antes de recordarse que no podía ser, que Snape estaba muerto desde hacía ocho años.
Aquel mago, sea quien fuera, se giró rápidamente hacia la anciana, dándole la espalda completamente a Draco.
—Como le dije, madam —continuó diciendo aquel imposiblemente-parecido-a-Snape-pero-que-no-podía-ser—, el bolso o la vida. ¿Qué dice, que no me dará el bolso? Oh, qué desgracia. Entonces me temo que me veré obligado a quitarle la vida.
En ese instante, Draco ya estaba seguro de que estaba siendo víctima de una broma de cámara escondida. Miró hacia las paredes del callejón en busca de alguien o algo tomando video, sin éxito. O era eso, o era que ahora sí había perdido la chaveta. Si no, ¿cómo explicar que estaba viendo a un hombre muerto desde hacía años asaltando a una anciana que parecía retardada mental?
—La mataré, oh sí, la mataré —insistía Snape, interpretando su papel peor que actor de culebrón de las cinco de la tarde—, si nadie viene y la salva, oh, juro que la mataré.
Draco rodó los ojos, gimiendo de fastidio. La supuesta anciana ni siquiera se inmutaba ante las amenazas proferidas contra su vida: estaba más tiesa e impávida que un maniquí. Eso tenía que ser un mal chiste de alguien que, en verdad, odiaba mucho a los Malfoy. Suspirando y sin guardarse la varita, Draco caminó con rapidez hasta aquellos dos payasos. Cogió al supuesto Snape del brazo y lo giró hacia él, dispuesto a verle la cara con claridad y descubrir quién le estaba jugando aquella broma de tan mal gusto.
—Oh... ¡Oh! —exclamó el dizque Snape en tono teatral, levantando los brazos y soltando su varita. Draco, que no se esperaba aquello, se asustó y dio un paso atrás, apuntándole con la suya directo al corazón—. ¡Me rindo, no me mate! —gritó el supuesto Snape, fingiendo pésimamente miedo ante Draco. Éste pensó que, quien fuera que hubiera maquinado aquello, había contratado al peor actor de Inglaterra—. ¡Huya, huya, ahora que puede! —gritó aquel Snape a la anciana. Ésta, obediente, se dio la vuelta y salió de ahí caminando a toda velocidad.
Draco se quedó viendo la espalda de la mujer alejarse hasta que desapareció al otro lado del callejón. Intentó recordar qué era lo que había almorzado para no volver a comerlo jamás: seguramente, estaba mucho más que intoxicado.
—Muy bien, Draco —dijo el hombre disfrazado de Snape, con una voz tan parecida a la del profesor que Draco se estremeció—. Has pasado la prueba.
Draco lo miró arrugando el gesto. Jamás en su vida había sentido tanta incredulidad ni había presenciado estupidez mayor.
—Usted está mal de la cabeza —le dijo Draco—. Y si piensa que me creeré que es Snape, no sólo está loco, sino que también es tonto. Muchísimo más que Potter y mire que eso ya es decir.
Aquel Snape rodó los ojos de una manera tan parecida al verdadero, que Draco no pudo reprimir un escalofrío.
—Por favor, Draco. ¿No pudiste encontrar alguien mejor con quién compararme que con Potter? —Snape arrugó la cara y sacó la lengua—. Asco.
Draco comenzó a convencerse de que tal vez ese hombre sí era Snape. No podía haber alguien tan parecido al menos que estuviera usando multijugos, y eso era imposible. Además, nadie más que el verdadero Snape se expresaría así de Potter.
—¿Eres el fantasma de Snape? —preguntó con recelo.
Snape suspiró profundamente.
—Bueno, técnicamente, sí —reconoció—. Pero sólo durante un corto periodo de tiempo. Mientras llevo a cabo mi misión.
—Su misión —repitió Draco, retrocediendo un paso. Aunque estaba muy acostumbrado a los fantasmas, ese Snape le daba mala espina. No era como los demás, tenía un no-sé-qué más raro. Para empezar, era a colores y parecía sólido. Ningún fantasma normal era así.
—Así es. Mi misión era someterte a una prueba y tengo que decir que la has pasado satisfactoriamente. He sido testigo de tu heroico acto, de cómo estuviste dispuesto a dar tu vida para proteger a esa anciana completamente desconocida para ti y...
—¡Un momento! —interrumpió Draco, riéndose incrédulamente—. En ningún instante pensé en arriesgar mi vi...
—... y por lo mismo —prosiguió Snape, como si no lo hubiera escuchado—, te será otorgado un regalo. Se te concederá la oportunidad de ver por ti mismo lo que siempre has necesitado —finalizó Snape y se cruzó de brazos, adquiriendo esa temible postura que había hecho temblar a todo el alumnado en Hogwarts, allá, en los buenos años de su reinado de terror en las mazmorras.
Draco negó con la cabeza, dando otro paso hacia atrás.
—Yo no quiero nada. Tengo todo lo que necesito para ser feliz.
Snape arqueó una ceja.
—¿Seguro? ¿Nada de nada?
Draco asintió muy convencido.
—Nada de nada. Como se lo dije hace un momento, tengo todo para ser feliz. De hecho, estoy convencido de que no hay mago más rico, guapo y feliz que yo en todo el Reino Unido.
Snape sonrió malévolamente.
—Muy bien, Draco. Tú lo has pedido y tu deseo se te será concedido.
Draco comenzó a entrar en pánico.
—¡¿Qué?! ¡Yo no he pedido nada! Maldición, Snape, le digo que yo no...
Pero antes de que pudiera decir más, Snape sonrió más malignamente y desapareció en medio de una nube negra que recordaba mucho a aquel dramático remolino de túnicas en el que solía envolverse cuando era profesor.
—¡Snape! —gritó Draco, pero ya no obtuvo respuesta—. ¡Mierda!
Aquello no le gustaba para nada. De hecho, tuvo el funesto presentimiento de que el fantasma ése le había arrojado algún tipo de maldición o algo parecido. Así que, antes de que sucediera otra cosa, Draco salió disparado del callejón. Por un momento casi se olvida del regalo de su madre; por suerte, antes de desaparecerse, pasó por fuera de la tienda de antigüedades y entró.
Regalándose la vista ante tantos bellos objetos, pronto se olvidó de Snape y de su loca propuesta.
Despertó a la mañana siguiente en una cama muy mullida que no era la habitual. Reconoció el tacto de las sábanas y la luz que se colaba por las enormes ventanas, dándose cuenta de que no estaba en su loft del Soho, sino en su enorme habitación de la mansión Malfoy en Wiltshire. Sin abrir los ojos aún, recordó que esa era la mañana de Navidad y que la noche anterior había acudido ahí a cenar con su madre.
—Cierto... —masculló con voz pastosa—. Navidad.
—Así es, amor... —dijo una voz masculina justo a su lado. Draco abrió los ojos a la velocidad de la luz—. Hoy es Navidad... Feliz Navidad para ti, Draco.
El grito que Draco emitió cuando descubrió a Harry Potter acostado a su lado en su cama, inclinándose hacia él para besarlo después de haberle dicho "Feliz Navidad", fácilmente pudo haber despertado a los muertos (sí, incluso a su padre. O a Snape. Maldición, ojalá que no). De un empujón, Draco hizo que Potter cayera de espaldas hasta el suelo.
Draco se levantó a toda prisa, presa del pánico y mirando azorado hacia el cretino desvergonzado cuatro ojos (aunque en ese momento no era cuatro ojos, pues no traía sus anteojos), quien, a su vez, lo observaba atónito sentado en la alfombra, vestido con un pijama y bastante despeinado, como si en realidad sí hubiera dormido toda la noche ahí con Draco.
—¡Potter! —exclamó cuando pudo recuperar la voz—. ¿Qué, qué...? ¿Qué significa ESTO?
Potter frunció el ceño, comenzando a incorporarse. Tenía en la cara un gesto dolido, como si hubiera estado esperando que Draco lo recibiera con los brazos abiertos. ¡Habráse visto!
—¿Qué? ¿Que qué significa? ¿La Navidad? —preguntó Potter con gesto extrañado—. Pues significa regalos, y buenos deseos, y cena familiar, y...
Draco se llevó las manos a la cabeza.
—¡NO, imbécil! Me refiero a qué diablos sig...
—¡Draco! —exclamó la voz de su madre desde la puerta abierta. Draco se giró hacia ella, aliviado de su presencia. Tal vez Narcisa supiera explicarle en qué maldito momento Potter se había colado hasta su cama y por qué las protecciones de la casa lo habían permitido. Sin embargo, se quedó más extrañado porque su madre llevaba en brazos a un niño pequeño, tal vez menor de un año de edad—. ¿Qué significan tantos gritos la mañana de Navidad? ¡Has despertado a tu hijo!
Draco la miró boquiabierto, pasando sus ojos de la cara de su madre hacia aquel niño que llevaba y que, ella decía, era hijo suyo. El bebé, que lo miraba con alegría y con un hilo de baba escurriéndole desde la boca y por toda la mandíbula, era extraordinariamente parecido a él; tanto, que a Draco le pareció estar mirando una de sus fotos de bebé. Sólo que el niño, en vez de tener los ojos grises, los tenía verdes. Profundamente verdes. Ojos grandes y bonitos de brillante color verde esmeralda que eran sorprendentemente idénticos a los de...
Draco giró su cabeza hacia Potter, quien ya se había puesto de pie. Éste, con aire indignado, le dio una dura mirada a Draco antes de caminar hacia Narcisa y ofrecerle sus brazos al bebé.
El niño, feliz de la vida, brincó de gusto antes de arrojarse hacia Potter.
—¡Eltanin! —exclamó Potter, cogiendo al crío—. ¡Ven a los brazos de papá!
Eso bastó para acabar con los nervios de Draco, quien no soportó más y cayó directo hasta el suelo. No obstante, aún antes de desmayarse, tuvo el tiempo justo para maldecir a Snape.
nota:
el bebé se llama Eltanin, no Scorpius, no Albus, no como ninguno de los otros niños del canon porque es un nene diferente y se merece un nombre diferente. Es el hijo de ambos, de Draco y Harry, un hermoso bebé de cabello platinado y ojos verdes :)
Por cierto, Eltanin significa "cabeza de serpiente o dragón" en árabe y es el nombre de la estrella más brillante de la constelación de Draco.
