Capítulo 2. El vistazo

Draco no tenía idea de qué era lo que había pasado para que incluso su misma madre estuviese inmiscuida en aquella locura que seguramente era obra del fantasma de Snape, pero no se quedó ni un minuto más a investigarlo. En cuanto se recuperó de su desvanecimiento y lo primero que vio fue la cara de un preocupado Harry Potter encima de él, lo único en lo que pensó fue en salir de ahí de inmediato. Empujó a Potter violentamente para quitárselo de encima, se puso de pie a toda prisa y, sin vestirse, cogió su varita y el primer abrigo que encontró a la mano.

—¡Draco! ¿Qué te su...? —alcanzó a escuchar que Potter le preguntaba antes de desaparecerse de su habitación, ignorando olímpicamente la muy asombrada mirada del cretino, la de su madre y la de aquel monstruito que le estaban endilgando como hijo.

Se apareció en su loft, justo en medio del salón como era su costumbre. Sin embargo, una mesita ratonera colocada en el preciso sitio donde se materializó, provocó que Draco cayera encima de ella y se desplomara cuan largo era hasta el piso.

—¡JODER! —gritó, completamente enfurecido y adolorido. Era la segunda vez que probaba el suelo en esa mañana y ya estaba hartándose.

Se frotó la pierna más lastimada al tiempo que se levantaba lo más rápido que podía. Estaba comenzando a preguntarse quién demonios habría cambiado esa mesita de lugar, cuando se dio cuenta que esa mesita no era la de él. Era otra mesa diferente. Jamás la había visto, ¿cómo diablos había llegado hasta su salón?

—¡Grandísima mierda, ¿qué demonios ha pasado aquí?! —bramó Draco cuando echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que todos sus bellos y costosos muebles habían desaparecido y, en su lugar, se encontraban otros de muy inferior calidad.

—¡No se mueva o lo mato! —gritó una trémula voz masculina detrás de él. Instintivamente, Draco levantó las manos, comprendiendo que alguien había entrado al loft a robar.

Lo que no le quedaba claro era por qué motivo el ladrón, en vez de simplemente llevarse sus cosas, le estaba dejando otras a cambio. Mucho más feas, eso sí, pero, ¿para qué molestarse en hacerlo?

—¿Quién es usted y cómo entró? —volvió a gritar el hombre a su espalda.

Draco se atrevió a girar la cabeza para mirarlo. Se trataba de un muggle mucho mayor que él –y muy feo y gordo-, quien, con manos temblorosas, le apuntaba con una pequeña pistola. Y Draco supo que era un muggle porque un mago jamás usaría un arma de fuego en vez de una varita. Lo que le preocupó –y mucho- fue el hecho de que aquel hombre estaba prácticamente desnudo: iba vestido sólo con unos calzoncillos verdes con motivos navideños, los cuales dejaban toda su excesiva masa corporal a la vista.

Ohhh, por Merlín, pensó Draco, comenzando a aterrorizarse. ¿Sería algún tipo de depravado sexual que pensaba violarlo?

—Llévese todo lo que quiera —comenzó a decir Draco, intentando distraer al loco mientras veía algún modo de sacar su varita para someterlo—, pero no me haga daño... por favor.

El gordo depravado lo miró con extrañeza, acercándose un paso hacia él sin dejar de apuntarle.

—¿De qué habla? —preguntó con un grito medio histérico—. ¡Usted es el que ha entrado a mi casa! ¿Está demente o qué?

Draco volvió a mirar a su alrededor, analizando lo recién dicho por el gordinflón. Éste aseguraba que ésa era su casa, además, los muebles no eran los mismos y, de cualquier manera, no había modo alguno de que un muggle hubiera logrado atravesar las protecciones mágicas que Draco solía colocar en su loft. Un mal presentimiento lo invadió. ¿Y si de verdad ésa era...?

—¿Su casa? —dijo en voz alta casi sin darse cuenta, girándose en su sitio para ver mejor.

—¡NO SE MUEVA! —gritó el muggle, apuntándole con más insistencia—. ¡La pistola está disparada y juro que la cargaré...! —Draco lo miró, extrañado—. Di-digo, ¡ya sabe lo que quise decir!

—Claro, seguro —respondió Draco, quedándose muy quieto pero sin dejar de pasear los ojos por el lugar. Descubrió un rincón con algunas fotografías enmarcadas, y tuvo que suspirar resignado cuando vio que un par de ellas habían sido tomadas en ese mismo lugar. En su loft. O mejor dicho, en el del gordo. Y Draco no aparecía en ellas.

Cerró los ojos y maldijo entre dientes a Snape y a toda su grasienta familia. No tenía idea qué tipo de maldición o maleficio había logrado hacer el jodido fantasma de su ex profesor de Pociones, pero, sin duda, estaba siendo efectivo. Aquella no era su casa. Ya no.

Sin más que hacer en el sitio, Draco consiguió sacar su varita y se desapareció de ahí de inmediato, antes de que al gordo se le ocurriera "cargar" la pistola sobre él.

La siguiente parada que hizo fueron sus oficinas. No logró aparecerse adentro de ellas por alguna razón desconocida (pero sospechada), así que tuvo que hacerlo exactamente afuera, en la callejuela del barrio mágico.

Levantó lentamente la vista hacia la fachada del edificio, preparándose para lo peor. Y sí. Justo así era. Draco no se sorprendió demasiado al encontrarse con que su restaurado, nuevo y moderno edificio no existía más. O mejor dicho, nunca había existido, porque en su lugar continuaba estando la misma vejete construcción que Draco había comprado y reparado hacía más de cuatro años. Lo que quería decir que, sea lo que fuera que Snape le había hecho, había afectado hasta su pasado pues, aparentemente, él jamás adquirió aquel lugar.

Anonadado e impotente, se quedó ahí afuera, de pie en la helada calle cubierta de nieve, despeinado, con la cara sin lavar; vestido con sus mejores pijamas y solamente un abrigo encima, calzado con zapatillas y mirando desconsolado a las que, en otra vida que no entendía como había perdido, fueran sus hermosas oficinas. Se quedó ahí tanto tiempo y luciendo tan patético, justo en la mañana de Navidad, que la poca gente que pasó junto a él lo miró con la mayor extrañeza del mundo. Incluso, un anciano le obsequió un par de knuts y le dio una palmadita en la espalda, animándolo a que fuera a comprarse un té. Draco admiró el par de monedas recién depositado en su mano y se dio cuenta de lo bajo que estaba cayendo. Había perdido todo y, por culpa de Potter y de Snape, en ese momento también estaba dejando escapar su dignidad; era una vergüenza estar presentando semejante apariencia, él, que siempre vestía mejor que modelo de pasarela.

Pero, ¿qué podía hacer? Su loft ya no era suyo: seguramente todo el espectacular guardarropa que solía tener en su enorme armario no existía tampoco ya. La única solución que se le ocurría era regresar a la mansión pero eso era lo último que quería hacer porque, si volvía y se encontraba con que Potter y aquel demoniaco bebé continuaban ahí, entonces ahora sí perdería la chaveta... Si es que no la había perdido ya.

Draco, sufriendo de congelación extrema y de mucha hambre, suspiró y se resignó.

No tenía idea de qué era lo que había hecho el maldito de Snape, pero había hecho algo, de eso ya no le cabía duda. Su vida ya no era la misma. Parecía la misma fecha, el mismo año, el mismo tiempo, pero las cosas habían cambiado por completo. Él no era ya el soltero más codiciado entre los magos gays, con un hermoso loft de quince millones de libras y una enorme fortuna, sino un hombre con pareja (emparejado con su rival de escuela, ¡de entre toda la gente! Maldito sádico Snape), con un hijo de quien preocuparse y que, para colmo, vivía en la misma casa que su madre.

Gimió, se cubrió la cara con las manos y deseó poder cavar un agujero para meterse en él, quedándose ahí hasta morir o hasta mimetizarse con la tierra, lo que ocurriese piadosamente primero. Estuvo así unos segundos, respiró profundo y se resignó a moverse de ahí.

Fue entonces que, al quitarse las manos de la cara, notó una argolla de oro en el dedo anular izquierdo. La miró con enorme asco, ¿eso quería decir que... ? ¿Estoy casado con el puto de Potter?, se preguntó escandalizado. O sea, no sólo eran pareja, sino que, ¡¿estaban casados?! Horrorizado, se sacó la argolla y la revisó. En la parte interior estaban grabadas las palabras "Juntos", "2004" y "Harry J. Potter".

Draco casi tuvo arcadas de la repugnancia. Se guardó la argolla en el bolsillo del abrigo, intentó olvidarse de ella y comenzó a caminar. Recorrió un buen trecho por las callejuelas del barrio de magos, las cuales estaban, afortunadamente, casi vacías de gente a esa hora y día. Iba arrastrando tanto los pies que, estaba seguro, las zapatillas se quedarían llenas de hoyos por toda la suela. Sabía que no podría postergar mucho más el momento de volver a casa. El hambre lo estaba atosigando y la vergüenza de andar caminando en pijamas por la calle se estaba volviendo insoportable.

Pero entonces, llegó hasta una de sus cafeterías favoritas y se sorprendió de encontrarla abierta. Meneando la cabeza, caviló en que los empresarios de la actualidad ya no tenían nada de espíritu festivo. ¿Cómo era posible que estuviesen trabajando justo el día de Navidad? Decidió aprovechar la circunstancia y entrar a tomar algo. Sacó su varita e intentó transformar sus pijamas en una túnica y sus zapatillas en unas botas, obteniendo un resultado más que mediocre que seguramente sería la vergüenza de McGonagall. Draco se encogió de hombros e ingresó en el lugar, importándole poco su pésima presentación. Antes de salir de ahí, siempre podría realizarles un obliviate a todos los empleados y clientes.

Como era de esperarse, el local estaba completamente solo. Después de todo, ¿quién demonios estaría fuera de su casa durante esa mañana tomando un café? Aparte de un pobre mago viviendo una pesadilla como él, claro está.

Buscó la mesa más alejada de la puerta y se desplomó en una silla, esperando por una camarera que lo atendiera.

—¿Qué desea ordenar el día de hoy, señor Malfoy? —preguntó la voz de Snape, justo a su lado—. Nuestra especialidad del día es café incrédulo con panecillos de negación.

Apretando fuertemente la mandíbula de pura rabia, Draco levantó la cabeza hacia Snape con extrema lentitud.

—Si usted no estuviera muerto, Snape, le juro que... —comenzó a decir Draco mientras le apuntaba con un dedo, pero se interrumpió cuando la mueca burlona de Snape le demostró que no tenía caso proseguir. Decidió cambiar de táctica—: ¿Por qué hace esto, Snape? —preguntó en un tono que sonaba levemente (e indignamente) desesperado—, ¿No se supone que ustedes los fantasmas nada más andan por ahí habitando alguna casa y asustando muggles?

—No soy un fantasma común, Draco. Ya te lo había dicho —respondió Snape sin dejar de mirar la libreta en la que las camareras anotaban los pedidos. Sólo entonces Draco se percató de que Snape estaba vistiendo el uniforme de los empleados del lugar. Mejor dicho, de las empleadas del lugar. Con túnica color rosa y todo.

Pero Draco estaba muy preocupado por su situación como para encontrar eso gracioso o para decirle a Snape algún comentario sarcástico. Diablos. Esa sí que era mala señal.

—De acuerdo, usted es un fantasma especial —reconoció Draco rodando los ojos—. Especial y único, uy sí. Ahora dígame cuál es su precio.

Snape al fin apartó los ojos de la libreta y miró a Draco.

—¿Por qué los ricos siempre quieren arreglar todo con galeones? —preguntó en tono cansado. Draco no se molestó en responder.

—Bien, de acuerdo. Dinero no. Pero debe querer otra cosa, sino, ¿por qué me está haciendo esto? No creo que esté jodiendo sólo por joder, malgastando su magia de fantasma único y diferente nada más para jugarme la broma del siglo al arrojarme a una vida de mierda donde soy pareja de Harry Potter, de entre toda la maldita chusma. —Se inclinó hacia su ex profesor y lo cogió fuertemente de la ropa—. ¡Dígamelo, Snape! ¿Qué quiere a cambio de dejarme en paz?

Snape lo miró largamente y suspiró. Se quitó a Draco de encima y se alisó con una mano el delantal con volantes que llevaba puesto sobre la túnica y que Draco le había arrugado, luciendo tan sobrio y serio como cuando en vida vestía sus túnicas negras.

—Yo no quiero nada a cambio, ya te dije que sólo estoy cumpliendo con mi misión. Esto es un regalo, Draco. Te lo has ganado.

Draco se puso de pie de golpe, furioso, provocando que la silla donde había estado sentado cayera hacia atrás.

—¿UN REGALO? —le gritó a Snape en la cara—. ¡Esto no es un regalo, Snape! ¡Esto es un puto castigo y usted lo sabe bien! ¡Yo no quiero esto, yo no lo pedí! ¡Quiero mi apartamento, mi trabajo, MI VIDA! ¡QUIERO MI VIDA DE VUELTA!

Snape frunció el ceño y observó muy duramente a Draco mientras éste jadeaba después de semejante gritería. La verdad era que no se sentía ni una pizca mejor después de haber despotricado así.

—Snape... Por favor, dígame qué quie... —comenzó a suplicar Draco, pero Snape lo interrumpió al levantar una mano.

—El hecho de que no lo reconozcas como un regalo, es la perfecta indicación de que necesitas vivirlo.

—¿Qué? —interrogó Draco, cada vez más desesperado—. No entiendo qué qui...

—Lo que quiero decir es que este vistazo va a durar hasta que descubras qué es lo que te hace falta en tu vida para ser verdaderamente feliz.

Una luz de esperanza iluminó a Draco.

—¿Quiere decir que esto no es real y que terminará tarde o temprano? ¿Es sólo un sueño?

Snape negó con gesto fastidiado.

—Un sueño, no. Aunque, propiamente hablando, al final resultará que así lo verás. En realidad, esto es un vistazo.

—¿Un vistazo de qué?

—De lo que pudo haber sido tu vida si hubieras tomado otra decisión.

Angustiado, desesperado y no sabiendo qué más decir para convencer a Snape de que lo dejara salir de eso, Draco colocó las palmas sobre la mesa y apoyó todo el peso de su cuerpo.

—No entiendo qué quiere decir, Snape. ¡No entiendo una mierda y yo sólo quiero...! —comenzó a gritar, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que Snape ya no estaba a su lado. Miró por todo el lugar y descubrió que no había nadie más en la cafetería. En realidad, todo ese tiempo, el local había estado cerrado, con sólo Snape y él hablando ahí—. ¡JÓDASE! —gritó Draco con todas sus fuerzas mientras se colocaba de nuevo el abrigo que se había quitado apenas al entrar—. ¡Usted y su maldito vistazo, y esta puta vida, y NO, no hay nada que me haga falta! ¿Oyó, Snape? ¡NO ME HACE FALTA NADA EN MI VIDA PARA SER FELIZ!

Respirando agitadamente pero satisfecho después de haber dejado las cuentas claras, Draco salió de la cafetería y se desapareció rumbo a la mansión. Si tenía que averiguar qué hacer para lograr salir de esa pesadilla, el único lugar adecuado sería donde todo eso había comenzado. Y entre más pronto lo consiguiera, mejor.

Después de todo, tenía varios negocios urgentes que cerrar en su vida real. En su vida real, ahí donde no había Potters despertándose con él en la mañana de Navidad, ni bebés babosos de ojos verdes que algún día le dirían "papá".


Se apareció en su habitación y no le sorprendió encontrarla vacía. Agudizó el oído para cerciorarse de que no hubiera nadie en el baño o tras la puerta y, al ver que no, comenzó a echar un vistazo por el que había sido su cuarto desde niño. Aparentemente todo estaba igual: los mismos muebles elegantes, la misma cama king size con dosel, los adornos puestos exactamente en el mismo lugar... Lo único que diferenciaba el sitio eran las pocas cosas que seguramente pertenecían a Potter, colocadas por aquí y por allá.

El corazón de Draco casi se detuvo cuando se paró ante la cómoda y descubrió una serie de fotografías de Potter y de él, juntos. Diversas fotos que parecían abarcar diferentes etapas de un largo noviazgo y posterior vida en común, y algunas más recientes donde ya aparecían con el bebé rubio. Y había una donde ambos vestían túnicas de color claro y estaban sonriendo de manera estúpidamente feliz, abrazados y con un paisaje lleno de flores detrás. Seguramente había sido el día de su boda.

Aterrorizado, Draco dejó caer la fotografía. El marco de ésta se hizo añicos al chocar contra el mueble de madera.

Su vida, tal como él la conocía, había cambiado radicalmente en algún punto por culpa de alguna decisión que Draco había tomado –y que Hades se lo llevara a los infiernos si podía pensar en cuál habría sido-, y él había terminado casándose con Harry Potter. Gimió, caminó, se tiró de los pelos y se arrastró por toda su habitación. Por más que pensaba y pensaba, no podía estar seguro de cuál decisión había sido aquella. Y como fuera, ¿cómo era posible que una sola y maldita decisión (¡UNA!) hubiera cambiado tanto las cosas como para hacerlo caer en semejante error?

Porque eso era un error. Estar casado era un error. Y peor, estar casado con un Gryffindor –y no un Gryffindor cualquiera, oh no— era un horror. Draco pensó frenéticamente, luchando por darse cuenta; tal vez, si lo descubría, Snape lo dejaría en paz y le permitiría despertar de aquella pesadilla. Se sentó en la cama, intentando tranquilizarse. ¿Acaso habría sido aquella ocasión durante un partido de quidditch donde Draco había podido usar sus influencias para colarse hasta los vestidores y había espiado a Potter mientras éste se duchaba? Quizá, en esa vida alterna, se le había ocurrido meterse a la ducha con él para hacerle una mamada o algo así, lo que había derivado en toda esa locura.

¿O tal vez habría sido la ocasión en la que Potter y él se habían encontrado en la misma fiesta y Potter le había invitado un trago, el cual Draco rechazó? Quizá, en esa vida, no había sucumbido al pánico y había aceptado. ¿O tal vez habría sido el momento en que Draco se tropezó con Ron Weasley en el callejón Diagon y, sólo por hacerlo enojar, había estado a punto de confesarle que las mejores pajas de su vida eran las que se hacía después de ver a su amigo Potter jugar en un partido cualquiera? Seguramente, en esa vida alterna, sí se lo había contado y el muy maldito le había ido con el chisme a Potter, y...

En eso estaba, cuando se abrió la puerta del cuarto. Draco levantó la cabeza y vio a Potter parado ahí en el umbral, mirándolo con una mezcla de enojo y decepción en la cara. Draco agachó la mirada y luego cerró los ojos, recordándose que nada de eso era real, que él tenía otra vida, otra, una verdadera, no esa, no... No esa.

Él no quería seguir con esa farsa. Él no quería estar casado con alguien que no amaba. Era la mayor humillación del mundo y, en verdad, no sabía cómo manejarlo, cómo soportarlo. No entendía qué era lo que Snape quería de él. ¿Tenía que fingir que eso era normal? ¿Tenía que actuar como en una obra de teatro?

Derrotado, abrió los ojos y descubrió que Potter seguía ahí, que nada había cambiado. Sencillamente, no podía despertar de semejante pesadilla por más que lo deseara.

Suavemente, Potter cerró la puerta tras él y caminó con paso lento hasta la cómoda. Sin decir palabra, sacó su varita de uno de los bolsillos de sus pantalones muggles y reparó el marco de la fotografía que Draco había quebrado. Entonces, la levantó con una mano y, después de mirarla durante un breve momento, suspiró y la colocó en su lugar. Draco tuvo suficiente tiempo para observarlo mientras hacía eso, y se percató de que, en efecto, Potter llevaba en su mano izquierda una argolla de oro idéntica a la que él se había quitado.

—No quiero ni pensar en lo que esto significa, Draco —dijo Potter en voz baja.

Draco tragó y cerró los ojos. A pesar de que no sentía nada por Potter –así estuviera casado con él en esa vida de horror-, el dolor que el cretino había impreso en su voz lo había dejado impactado.

—Fue un accidente —se escuchó decir con voz hueca. Bueno, en realidad sí lo había sido.

—Claro —dijo Potter, girándose para encararlo. Lo miró directamente durante un minuto, como esperando a ver si Draco decía algo. Al ver que no, comenzó a hablar—: Nos has tenido completamente preocupados. A Narcisa casi le dio un ataque de pánico cuando te desmayaste, y ni mencionar cuando te desapareciste de aquí sin decirnos a dónde te marchabas. —Hizo una pausa y Draco sólo lo miró sin decir nada. Potter negó con la cabeza—. ¿Ni siquiera me dirás a dónde huiste durante toda la mañana de Navidad?

Draco continuó sin hablar y Potter comenzó a impacientarse.

—¡Demonios, Draco, di algo! —bramó al tiempo que daba un paso hacia él y se detenía a menos de un metro—. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? ¡Te has perdido la primera Navidad de Eltanin! ¡Su primera Navidad, Draco! No has visto su alegría al descubrir todos los regalos debajo del árbol, ni lo has visto romper el papel de envoltura con sus manitas, impaciente y emocionado, ni...

Potter se interrumpió y dejó caer los brazos a los costados con gesto derrotado. Draco lo miró directo a los ojos, sintiendo una culpa que, él sabía, no debería sentir. Esto no es real, se recordó. Potter no es real. Ni mi matrimonio con él, ni ese niño que llama Eltanin, ni...

—Eltanin —dijo Draco en voz alta casi sin pensar, saboreando el nombre de ese niño entre sus labios. Sonrió ampliamente—. Eltanin —repitió con más convicción—. Debí haber sabido que, si alguna vez tenía un hijo, lo llamaría así.

Potter lo miró con gesto incrédulo.

—¿De qué demonios estás hablando? Mira que ya me estás preocupando...

—¿Y cuál es su segundo nombre, Potter? —preguntó Draco antes de poder evitarlo, interrumpiendo al otro—. ¿Ése se lo has puesto tú?

La dura mirada que Potter le dirigió lo desconcertó.

¿Potter? —escupió él y Draco se dio cuenta de su error. Obviamente, nadie llamaría a su esposo por el apellido—. Hacía años que no me decías así, Malfoy. Además, ¿qué tiene que ver el segundo nombre de Eltanin con todo esto?

Suspirando, Draco se dio cuenta de que, si no jugaba la misma farsa que todos los demás, su estadía en ese vistazo sería un infierno pues todos pensarían que se había vuelto loco y seguramente hasta lo internarían a la fuerza en el ala de enfermos mentales de San Mungo. Y si pasaba eso, quizá Snape nunca lo dejaría salir de ahí.

Así que, si se trataba de jugar y actuar, si eso era lo que el maldito Snape quería... Draco podía jugar. Oh sí. Claro que podía hacerlo. Si de eso dependía su vida y su libertad, por supuesto que jugaría.

—Lo siento, Harry, lo siento —dijo, sintiendo en su lengua aquel nombre extraño por vez primera, pero también percibiéndolo demasiado familiar—. He tenido un muy mal día. Un día muy raro, de hecho. Durante la noche soñé que... Tuve un sueño increíble y largo. Como si hubiera vivido otra vida, una completamente diferente a... esta.

Para su enorme sorpresa, Potter le sonrió condescendiente. Y a Draco no le gustó nada ese gesto. ¿Cómo se atrevía el héroe de pacotilla a encontrar divertido su problema?

—¿Así que fue eso? ¿Una pesadilla? —le preguntó Potter con voz comprensiva—. Debiste haberlo dicho antes. En materia de sueños malos, yo soy un experto. ¿Quieres dormir una siesta? Le puedo pedir a Ashy que te traiga poción para dormir sin sueños.

—Me encantaría... Harry —respondió Draco con voz cansada, fingiendo estupendamente algo de cariño en su tono.

—Voy a la cocina, entonces. Y a avisarle a Narcisa que ya regresaste pero que deseas dormir un rato. La pobre está que no la calienta ni el sol.

Potter le sonrió con cariño y salió a toda prisa de ahí, dejando a Draco a solas. Éste se dio cuenta de que en realidad sí se sentía muy cansado, así que se acostó y cerró los ojos. Tuvo la secreta esperanza de que, tal vez, si se dormía, al despertar todo estaría normal de nuevo.

Por favor, por favor...


Debió haber sabido que Snape era demasiado sádico como para dejarle las cosas así de sencillas. Despertó un par de horas después y, en cuanto lo hizo, supo que nada había cambiado.

Escuchaba el suave murmullo de la ducha en el baño en suite de su habitación, así como la inconfundible voz de Potter tarareando alegremente una canción. A pesar de lo desgraciado que se sentía, Draco no pudo evitar sonreír. Jamás hubiera imaginado que el tímido y parco héroe era un cantante de ducha.

Swinging to the music, swinging to the music, wooooao —comenzó a berrear Potter cada vez con más ganas—. ¡Wooooao!

Cantaba tan desafinado pero con tanto ánimo que Draco no pudo evitar reírse de él. Hundió la cabeza en la almohada para ahogar una carcajada y se sintió mucho mejor después de eso. Entonces se levantó y, estirándose como gato, se dio cuenta de que una curiosa y apaciguada resignación se había apoderado de su ser. Él podría con aquella tarea, cualesquiera que fuera. Después de todo, no había nada que un Slytherin como él no pudiera hacer.

Le daría a Snape una actuación digna de un Oscar. Le daría lo que fuera con tal de que lo sacara de ahí.

It's everything I wish I didn't know, but you... give me something I can feel... Feeeeeel.

Draco se asomó por la ventana hacia los jardines y descubrió que ya estaba haciéndose de noche. Seguramente pronto sería hora de cenar. Tragó duramente, comenzando a experimentar cierta ansiedad. Ahora tendría que bajar y fingir ante su madre haber vivido una vida que no recordaba para nada. Y peor, ver a aquel infante que supuestamente era su hijo y tratar de demostrarle un cariño que estaba muy lejos de poder sentir.

La puerta del baño se abrió de golpe. Un animado Harry Potter salió del vaporoso cuarto de aseo envuelto en una mullida toalla y escurriendo agua del cabello.

Draco se giró hacia él y se arrepintió al momento. No era la primera vez que miraba casi desnudo al héroe, pero jamás había sido así de cerca. No se había dado cuenta de lo duros, bien formados y tentadores que parecían ser sus pectorales y del precioso color de piel que poseía.

Potter lo miró y le sonrió ampliamente, abriendo mucho los brazos y finalizando con la canción que había estado cantando antes:

All of this, all of this can be yours... Just give me what I want and no-one gets hurt —cantó con la voz enronquecida.

Draco volvió a tragar. Potter le cerró un ojo y comenzó a caminar hacia el armario-vestidor al mismo tiempo que se quitaba la toalla de la cintura y se la llevaba a la cabeza para secarse el pelo. Se agachó para poder alcanzarse con más facilidad la nuca, ofreciéndole a Draco todo el espectáculo de su trasero desnudo, húmedo y abierto... muy abierto. Draco sintió que también su mandíbula se abría tanto que casi se encontraba golpeando contra el suelo.

—¡¿Qué-qué...?! —comenzó a gritar Draco, pero logró callarse a tiempo. Había estado a punto de preguntarle a Potter qué significaba ese descaro y por qué se atrevía a mostrarle el culo de aquella manera.

¡Claro que te mostrará el culo! ¡Se supone que es tu maldito marido! ¿Recuerdas?

Potter finalizó con el secado de cabello y se incorporó. Dejó caer la toalla al piso y comenzó a rebuscar en el armario, dándole la espalda a Draco. Eso fue bueno, porque Draco ya se encontraba hiperventilando.

—¿De qué, Draco? —preguntó Potter.

—¿Qué de qué? —cuestionó Draco a su vez.

Y se dio cuenta demasiado tarde de que había cometido un error al ponerse a charlar con Potter. Porque entonces, éste se giró hacia él, todavía desvestido, y Draco tuvo que tragarse toda la vista frontal del desnudo Niño-que-se-había-vuelto-un-hombre-buenísimo.

AHHH.

—Es que tú me preguntaste "¿Qué?" cuando salí de la ducha —respondió Potter.

Draco tardó muchos más segundos de lo normal en procesar lo que Potter le decía. Merlín, qué papelón estaba haciendo delante de aquel estúpido. Tenía que componerse, pero ya.

—¿Yo?

Vaya, Draco, gran mejora.

Potter arqueó las cejas y le sonrió divertido. Draco hizo acopio de cada gramo de su voluntad para mantener los ojos fijos en su cara y no mirar más abajo.

—Ajá. Tú.

Draco no pudo soportarlo más. Sus ojos insistían en seguir esa línea de vello negro que se perdía debajo del ombligo de Potter. Echó un rápido vistazo (uno rapidito, nada más) y tuvo que morderse los labios para no gemir.

—La canción —jadeó.

—¿La canción? —preguntó Potter y Draco asintió, frenético. Para su enorme alivio, Potter sonrió más y volvió a darle la espalda—. ¿No la recuerdas? Es de aquel grupo muggle que una vez fuimos a ver a Irlanda.

Draco lo observó vestirse mientras Potter comenzaba una amena charla donde intentaba refrescarle la memoria acerca de un magno concierto al aire libre, al que los dos habían asistido juntos cuando apenas llevaban algunas semanas saliendo. Potter hizo un evidente gesto de decepción cuando notó que, dijera lo que dijera, Draco parecía no recordar nada.

—Fue cuando tú... cuando tú dejaste que te follara por primera vez. En el hotel donde nos quedamos en Dublín. ¿De verdad no te acuerdas de eso? —preguntó Potter con un tono que denotaba su contrariedad.

—¿Cuándo fue ese concierto? —quiso saber Draco, tan preocupado por enterarse de cosas como por no pasar como un loco con Alzheimer delante de Potter.

—Cuando teníamos como un mes saliendo juntos, ya te lo dije —respondió Potter, cada vez más disgustado. Draco arqueó una ceja, dándole a entender a Potter que con ese dato no le quedaba claro. Potter soltó un bufido de enojo y terminó de responder—: Hace siete años, Draco.

¿Hacía siete años? ¿Había comenzado a salir con Potter desde que ambos tenían sólo diecinueve? ¿Así de jóvenes? Oh.

Pero entonces, eso quería decir que el momento de su vida al que Snape se refería, aquel donde había tomado una decisión que lo llevó a esa relación con Potter, había tomado lugar hacía más de siete años cuando menos. Más tarde tendría que ponerse a analizar esa información.

—¿A qué hora cenamos? —preguntó, intentando desviar el tema.

Potter lo miró con gesto resentido mientras terminaba de abrocharse los zapatos.

—¿Es en serio? —cuestionó con el ceño fruncido. Se negó a responderle ninguna pregunta más y continuó arreglándose en silencio. Draco tenía que admitir que se había quedado sinceramente impresionado de Potter: por alguna razón, quizá para congraciarse con Narcisa, Potter se había vestido con una muy elegante y bonita túnica de mago, dejando su atuendo muggle muy atrás. La verdad era que se veía bastante bien.

Acalorado por pensar eso, Draco dejó que Potter se adelantara al comedor, alegando que él tenía que refrescarse un poco y vestirse con ropa adecuada antes de bajar a cenar.

Así lo hizo, demorando más de una hora completa pues se puso a revisar, de una por una, cada prenda que tenía guardada en su armario. Aquel guardarropa no era ni la mitad de abundante ni la mitad de bueno y caro como el que había tenido en su otra vida. El que sigo teniendo, trató de recordarse. Esa es todavía mi vida, no esta porquería, y la voy a recuperar cueste lo que cueste. Se dio una ducha rápida y se vistió con lo mejorcito que encontró. Estar limpio, peinado y con ropa elegante lo hacía sentir mucho mejor persona.

Draco salió de su habitación y caviló durante unos segundos en la ruta a seguir. Junto a su recámara, que era la segunda más grande en la mansión después de la principal que ocupaba su madre, estaban unas escaleras de servicio que bajaban directo al corredor que separaba la cocina del comedor; desde pequeño, Draco había preferido usarlas a manera de atajo en vez de las lujosas escalinatas principales que quedaban prácticamente hasta el otro lado de la galería del primer piso. No obstante, en ese momento, optó por caminar la enorme distancia para poder bajar por las escaleras principales. Tenía... curiosidad. Curiosidad de ver si, en aquella vida alterna, su casa continuaba siendo exactamente la misma.

Eso hizo entonces: caminó por afuera de varias de las recámaras de huéspedes que solían estar desocupadas (la mansión en total tenía doce habitaciones extra, sin contar con los cuartitos de servicio de la segunda planta donde cohabitaban los elfos), pasó por el estudio que solía ser de su padre y llegó a las escaleras de mármol blanco que bajaban hasta el vestíbulo principal. La mansión estaba básicamente igual, aunque Draco no pudo evitar darse cuenta de que sí manifestaba algunos cambios sutiles: parecía más luminosa, más cálida, más... hogareña.

Draco frunció el ceño, intentando alejar de su mente el pensamiento de que, tal vez, a su madre le hacía bien vivir con Draco y su supuesta familia en vez de estar sola.

En eso cavilaba cuando, en la galería oeste que era la que llevaba directo al salón comedor, se encontró precisamente con ella.

Narcisa lo miró con gesto preocupado.

—¡Draco! ¿Ya te encuentras mejor?

Draco se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla. Notó que los cuadros de sus antepasados, los cuales estaban colocados en los dos muros de la rica galería, lo estaban observando con raro interés. Frunció el ceño: todavía no podía acostumbrarse a que esa pesadilla se sintiera tan real, como vida de verdad.

—Sí, madre. Siento haberte preocupado. Yo... yo tuve que salir a un negocio de emergencia, te pido disculpas. Feliz Navidad —agregó—. Te debo tu regalo, yo... no recuerdo donde lo dejé.

Narcisa sonrió y le dio un golpecito en la mejilla.

—De verdad que estás distraído. Si me lo has dado anoche, ¿cómo lo has olvidado?

Draco arqueó una ceja y no respondió.

Narcisa lo observó durante un momento y suspiró largamente.

—De verdad que te ves extraño. Creo que es buena idea que te revise un sanador, te sacaré una cita en San Mungo. —Entonces, añadió con una sonrisa—: Oh, ¿te conté que Andrómeda y Teddy sí vendrán a cenar hoy?

Draco abrió la boca y estuvo a punto de preguntar "¿Quién?", pero se contuvo a tiempo al recordar que Andrómeda era la hermana de su madre que nunca veían y de quien se habían distanciado completamente. ¿Así que, en esa realidad alterna, Narcisa se había reconciliado con la hermana que, durante toda la vida, había considerado como la oveja negra de la familia? ¿Y ella y su extraño nieto eran invitados a su mesa?

—Ah —exclamó Draco, sólo por decir lo que fuera—. Qué bien. Supongo que... estarás contenta.

Narcisa lo miró cada vez más extrañada.

—Bueno, sí. Aunque no es como si Teddy no estuviera aquí casi todo el tiempo —explicó Narcisa—. Sabes bien que se muere por estar cerca de su padrino Harry. Si por él fuera, se quedaría a vivir con nosotros y más desde que nació Eltanin.

Draco casi rueda los ojos. Potter era el padrino del hijo del licántropo muerto de hambre. Por supuesto. ¿Cómo no lo había adivinado antes?

—¡Mira! —exclamó su madre mientras señalaba hacia un punto detrás de la espalda de Draco—. Hablando del rey de Roma, y éste que se asoma...

Draco se giró y vio, parado en las puertas que conducían al comedor, a un niño delgado y de cabello color azul eléctrico, no mayor de nueve u ocho años. El chicuelo miraba a Draco con enorme recelo, entrecerrando los ojos y frunciendo la boca. Draco se preguntó el porqué de esa actitud tan hostil.

—¡Teddy! —saludó Narcisa con voz cantarina—. Hola, mi amor. ¿Ya has saludado a Eltanin y a tu tío abuelo?

Draco giró su cabeza hacia su madre tan rápido que creyó que se desnucaría. ¿Abuelo? ¿De quién? ¿El marido de Andrómeda no había muerto en la guerra? Pero, pero... Narcisa no había dicho "abuelo". Había dicho "tío abuelo", y ése sólo podía ser...

No era posible.

—Sí, tía abuela—respondió aquel extraño niño, hablando con Narcisa pero mirando fijamente hacia Draco—. Y también a mi padrino. Y el tío abuelo me ha dado mi regalo.

—¿Y te ha gustado...? —comenzó a preguntar Narcisa mientras ella y el niño se tomaban de la mano y caminaban de regreso al comedor, dejando a Draco atrás.

Temblando de pies a cabeza, Draco también comenzó a caminar. Paso a paso, negándose a creer lo que acababa de escuchar hasta poder verlo con sus propios ojos. Porque si era cierto lo que su madre y el niño estaban diciendo, en esa familia sólo podía haber un "tío abuelo" de Teddy, y ése era...

Conteniendo la respiración, Draco empujó las puertas del comedor y entró en el enorme salón.

Ahí, sentada alrededor de la gran mesa, estaba su familia en pleno.

Su familia.

Su tía Andrómeda Tonks, su marido Harry Potter, su madre Narcisa Malfoy y su sobrino Teddy Lupin, el niño raro de cabello azul. Y en la silla principal del comedor, abrazando al Eltanin, su hijo de ojos verdes, se encontraba su padre, Lucius Malfoy.

—Draco —saludó Lucius con un asentimiento de cabeza mientras todos se giraban hacia él para verlo—. Llegas tarde, hijo. Toma asiento, te estábamos esperando.

Draco quiso tragar, pero no podía. No tenía saliva. Quiso hablar, pero no pudo encontrar la voz. Quiso correr y abrazar a su padre, pero eso sólo haría que todos ahí creyeran que se había vuelto loco.

Podía sentir, encima de él, las miradas de todas las personas sentadas alrededor de ese comedor. La de Potter era especialmente intensa. Pero en ese momento a Draco no le importaba. No tenía ojos más que para su padre. Lucius Malfoy, el padre que en su otra vida había muerto hacía más de seis años, en esa realidad alterna continuaba ahí. Con vida. Al lado de su madre. Al lado suyo.

Vio a Lucius darle un beso al sonriente bebé antes de pasárselo a Potter, quien lo recibió con una enorme sonrisa y lo sentó en una lujosa silla alta infantil. El niño comenzó a gritar de alegría mientras cogía la cuchara más cercana y la golpeaba un y otra vez contra la mesa.

Draco, ignorando la algarabía y las miradas de todos, sintió que el suelo se derrumbaba bajo sus pies y todo él caía en picada, cuerpo y alma desplomándose hacia el vacío de la culpa y el dolor.

No supo cómo fue que lo hizo, pero después de unos momentos que le parecieron eternos, logró sentarse ante la mesa junto con los demás, y entonces, la cena comenzó. Todos charlaban amenamente menos él, quien, en el más estoico silencio, no dejaba de contemplar a su padre, llenándose la vista con su imagen, con su sonrisa, y con el brillo de orgullo que resplandecían sus ojos grises cada vez que éstos se posaban en Eltanin.

Draco comió, junto con los demás, una elegante cena navideña de cuatro tiempos sin enterarse en absoluto en qué consistían cada uno de los platillos que estaba consumiendo. No podía dejar de ver a su padre como si éste estuviera a punto de desaparecer e ignoraba, a su vez, las tristes miradas que Potter dirigía hacia él.


Nota:

1. La canción que Harry canta en la ducha es "Vertigo" de U2.