Capítulo 3. Navidad
A la hora del postre durante aquella cena navideña, Draco no podía estar más impactado por todo lo que estaba viendo y escuchando. Por más que su amargura lo instara a no hacerlo, no pudo evitar comparar ese ameno evento con la cena de Nochebuena que él había tenido justo la noche anterior con su madre, allá en su otra vida, en su vida real.
Sólo él y su madre.
En aquella vida, su madre era todo lo que él tenía y viceversa. En cambio, ahí...
Bueno, pensó con resentimiento mientras cuchareaba el trifle de moras que los elfos acababan de servirles como segundo postre de la noche, no debo olvidar que mi madre y yo en realidad no nos llevamos bien con nadie de los que están ante esta mesa, y no los necesitamos para nada. A nadie, claro está, a excepción de...
Sus ojos de nuevo se clavaron en su padre. En ese momento, Lucius le daba cucharaditas de trifle al bebé de ojos verdes, quien ya estaba comenzando a ponerse inquieto y a demostrar signos de estar cansado. Draco puso los ojos en blanco ante el comportamiento de su progenitor. Si era Snape quien estaba escribiendo el guión de aquella farsa, entonces era tan pésimo escritor como actor. ¿Realmente Lucius, en su vida real, habría sido así de blando con un nieto, en caso de que hubiese vivido lo suficiente como para conocerlo?
Draco apartó el postre, incapaz de seguir comiendo al darse cuenta de que jamás podría saber la respuesta a esa pregunta. A su alrededor, los miembros de "su familia" ya se habían cansado de tratar de incorporarlo a él en las conversaciones y charlaban alegremente entre ellos. Draco puso atención, pensando que todo lo que pudiera escuchar ahí le ayudaría a pasar la prueba a la que Snape lo estaba sometiendo.
—Sigo creyendo que la escoba que le regalaste es demasiado, Harry —dijo Andrómeda, refiriéndose, al parecer, al regalo de Navidad que Potter le había hecho a su ahijado—. ¡Debió costarte meses de tu salario!
Draco frunció el ceño, sin comprender. Potter, hasta donde él sabía, era famoso por ganar miles de galeones al año gracias a su exitosa carrera como jugador de quidditch. Todos los equipos de Inglaterra peleaban por él y estaban dispuestos a pagar lo que fuera por incorporarlo a sus filas. ¿A qué se refería esa mujer?
Por el rabillo del ojo, Draco vio que Potter sonreía mucho y negaba con la cabeza mientras sacaba a Eltanin de su silla alta y lo acunaba con uno de sus brazos, sosteniéndolo sobre su regazo. Una elfina apareció a su lado con un biberón lleno de leche, el cual Potter tomó y se lo ofreció al bebé, quien comenzó a tomárselo con gusto.
—Para nada, Andrómeda. En realidad gano un buen sueldo en el club. Y además, tengo bastantes ahorros, y Teddy se la merece. Ahora no tendrá excusas para no dar lo mejor de él en los entrenamientos, ¿cierto, Ted?
El hijo de la prima metamorfamaga de Draco, asintió enérgicamente con la cabeza mientras devoraba su tercer vaso de trifle.
—Así es, padrino. ¡Voy a hacer que todos los demás niños del equipo muerdan el polvo!
Potter se rió y Andrómeda se escandalizó.
—¡Teddy! ¿Qué significa esa manera de hablar? Además, no es correcto que te sientas superior a tus compañeros sólo porque el entrenador es tu padrino.
—Padrino que además es héroe de guerra y uno de los jugadores más exitosos y famosos de Inglaterra, ¿cómo no iba a estar Teddy orgulloso de eso? —terció Narcisa, defendiendo al fenómeno de cabello azul.
—¡Cissy! —exclamó Andrómeda, quien no podía disimular una sonrisa.
Draco las observó sintiéndose más y más confundido con cada momento que pasaba alrededor de toda esa gente. Su madre y su tía parecían tenerse cariño de verdad, hablaban entre ellas con gran calidez y se trataban con suma cortesía. Andrómeda parecía adorar a Eltanin, a Harry y al mismo Draco; y Narcisa, por su parte, no dejaba de consentir a Teddy cada vez que podía. Al inicio de la cena, Draco había creído que la visita de su tía se trataba más bien de un compromiso formal, pero, con el pasar de las horas, tuvo que reconocer que no era así. Aquellas dos hermanas se llevaban realmente bien.
—Sigo pensando que Harry no debió renunciar a tan exitosa carrera —dijo de pronto Lucius, sorprendiendo muchísimo a Draco. Jamás habría creído que escucharía a su padre hablar de Potter llamándolo por su primer nombre y con aquel aparente respeto—. Pero puedo comprenderlo —agregó Lucius rápidamente cuando todos comenzaron a hablar "defendiendo" la decisión que Potter había tomado de dejar de ser jugador profesional para dedicarse, aparentemente, a sólo dar lecciones de quidditch en un club deportivo infantil—. Yo mismo comencé a trabajar desde casa cuando nació Draco para pasar más tiempo con él y con su madre. Así que te entiendo, Harry. La familia siempre es primero.
—¡Salud por eso! —exclamó Potter, elevando su copa de champán para brindar mientras el bebé Eltanin ya yacía dormido entre sus brazos. Todos imitaron a Potter y levantaron sus copas.
Los segundos pasaron y Draco no levantó la suya. En vez de eso, lo que hizo fue quedarse con los ojos clavados en su postre abandonado, frunciendo el entrecejo, asqueado de aquella escena. Se dio cuenta de que todos lo miraban extrañados, y no pudo soportarlo más.
—¿Draco? —le habló Potter con la voz cargada de amor y preocupación, y esa fue la gota que derramó el vaso.
Se levantó de golpe. No podía más con aquello. Por más que lo intentaba, por más que deseaba salir avante con aquella prueba, le estaba resultando infinitamente duro fingir cariño hacia los miembros ajenos de su familia, a personas que apenas sí conocía como Andrómeda, Teddy y ese bebé, y a otro que detestaba profundamente como Harry Potter. Por otra parte, tener a Lucius vivo, así de cerca, sin poder abrazarlo y llorar sobre su hombro, era francamente insoportable.
Decidió que no le importaba lo que creyeran de él. Sin mirar a nadie a la cara, se alejó de la mesa a toda velocidad. Hizo caso omiso de las voces que lo llamaron y corrió hacia los pisos superiores, ahora sí usando el atajo de las escaleras de servicio, con rumbo a su habitación.
Entró, cerró con magia para que nadie pudiera seguirlo, y comenzó a pasearse desesperado por su cuarto. Estaba al borde de un ataque de algo, no sabía de qué, pero se sentía sumamente agobiado y confundido. Todavía no podía entender nada de lo que estaba pasando: había intentado convencerse de que todo eso era un tipo de montaje o ilusión fabricado por Snape donde Draco solamente tendría que actuar y "jugar a la casita" hasta que el otro cabrón se diera por satisfecho, pero la verdad era que esa vida se sentía demasiado real.
Y la "presentación estelar" de Lucius en aquella obra de teatro lo volvía todo muchísimo más difícil. Porque, si era verdad lo que Snape le había dicho, eso quería decir que aquella decisión que Draco no había tomado en su vida real pero en esa vida sí, había sido lo suficientemente poderosa e importante como para, no sólo haberlo casado con Harry Potter, sino haber conseguido que Lucius no muriera apenas dos años después de la guerra.
En su vida real, Draco había perdido a Lucius de la peor manera.
Primero, habían encarcelado a su padre en Azkaban, encontrándolo culpable de todas las muertes y torturas ocurridas en su casa bajo el mandato del Señor Oscuro. Era cierto que Lucius no había estado mucho tiempo preso, pues gracias a diversos testigos y a que Narcisa pagó los mejores abogados, consiguieron sacarlo unos pocos meses después. No obstante, la salud del padre de Draco había menguado tanto que jamás pudo recuperarse. Quizá ya no hubiera dementores en la prisión, pero había frío, humedad, hambre y desesperanza, y ni Draco ni Narcisa habían podido hacer nada cuando las secuelas de todo eso consumieron a Lucius hasta hacerlo perecer.
Se detuvo y se llevó las manos a la cara, cubriéndose los ojos. No quería llorar, pero le estaba costando un huevo y la mitad de otro no hacerlo.
Él era el culpable. Él había tenido el poder y no lo había aprovechado. De alguna manera que no entendía, Draco pudo haber ayudado a su padre a no morir y no lo había hecho.
¿Cómo iba a poder mirar a su madre a la cara cuando regresara después de saber eso?
Alguien trató de girar el picaporte de la puerta y, al no poder abrir, tocó la hoja de madera.
—¡¿Draco?! —Era Potter, por supuesto—. ¿Qué te sucede?! ¿Por qué te has encerrado? ¡Ábreme, necesito saber que estás bien! ¡DRACO!
Draco se quitó las manos de la cara y pensó.
Si aquella decisión de los cojones a la que se refería Snape había sido tomada por él hacía más de siete años (que era el tiempo que llevaba como pareja de Potter), tenía sentido que también hubiese afectado la salud de Lucius, quien había muerto hacía seis. Pero, ¿cuál decisión había sido? ¿Y cómo, en nombre de todo lo sagrado, podía haber salvado a Lucius?
—¡Maldita sea, no lo sé!
Apenas había soltado esa exclamación, cuando Potter se apareció dentro del cuarto, a su lado. Varita en mano, iba sumamente pálido.
—¡Draco, ¿qué demonios está pasando contigo?! ¿Por qué cerraste la puerta con magia, por qué te fuiste así de la cena? ¡Tú jamás haces cosas así! ¿Te sientes enfermo?
Potter terminó de berrear y se arrojó hacia él para abrazarlo. Draco, que no tuvo tiempo de reaccionar, de pronto se vio envuelto entre los brazos del Salvador del Mundo Mágico, quien lo apretó fuertemente contra su cuerpo. Draco sintió que enrojecía hasta la raíz del cabello y no supo si era de la vergüenza, de la rabia o de... De otra cosa muy diferente.
Se retorció entre los brazos del cretino y lo aventó lejos para zafarse de su agarre. Estuvo a punto de gritarle "¿Qué te has creído?" pero consiguió contenerse a tiempo. Potter lo miró interrogante, dolido y tan jodidamente preocupado que, por un segundo, Draco no pudo evitar preguntarse qué había hecho él realmente en esa vida para que Potter estuviese enamorado así de él.
—¡Draco! —volvió a exclamar Potter, cada vez más desconcertado—. ¿Qué pasa, cuál es el problema? ¡Cuéntame, por favor! ¡Sea lo que sea, lo arreglaremos juntos! —Draco tragó saliva, dio varios pasos hacia atrás para alejarse y se pasó la mano izquierda por el cabello. Potter siguió ese movimiento con la mirada y jadeó, sorprendido—. ¿Y tu argolla? ¿En dónde está? ¿Por qué te la quitaste? —le preguntó, herido.
Draco meneó la cabeza, recordando vagamente que la había dejado en el bolsillo del abrigo que se había puesto aquella mañana, pero eso no importaba. Lo único que podía pensar con fijeza era: Recuerda, no demuestres locura, te encerrarán en San Mungo, tienes que actuar, tienes que fingir, Snape debe estarte vigilando, el grandísimo hijo de puta cabrón... Estaba tan desesperado, tan triste, y se sentía tan culpable por lo de su padre, que no encontraba las agallas para continuar con aquella farsa. Levantó las manos hacia Potter como pidiéndole tiempo, cerró los ojos y le suplicó:
—Por favor, por favor, dame unos segundos... —Suspiró profundamente un par de veces, buscando tranquilizarse. Potter, había que reconocérselo, se quedó quieto y callado, observándolo. Piensa, piensa, inventa una excusa coherente que justifique tu comportamiento lunático... Entonces, Draco abrió los ojos y, acordándose de la charla que había escuchado durante la cena, se sintió repentinamente inspirado—. El problema eres tú, Potter —le afirmó al otro.
Potter volvió a quedarse impactado, quizá porque Draco volvía a llamarlo por su apellido y, además, le echaba la culpa.
—¿Yo? Pero...
—¡Sí, tú! —exclamó Draco, caminando por el cuarto, buscando un abrigo o capa con la mirada. Pensaba escaparse de ahí en cuanto tuviera oportunidad—. El problema es que... ¡No me gusta en absoluto que hayas renunciado a tu carrera como jugador profesional de quidditch! ¿En qué cabeza cabe desear dejar de ganar las fortunas que te estaban pagando por jugar? ¿Qué es lo que haces ahora con tu tiempo? ¡Ir al parque con tu ahijado a volar en escobas infantiles!
A Potter se le podía meter un hipogrifo por la boca de tan impresionado que se veía. Boqueó un par de veces y, al final, dijo con el ceño profundamente fruncido:
—Pe-pero, Draco, ¿de qué mierdas estás hablando? ¡Esa fue una decisión que tomamos entre los dos! Yo realmente no necesito esa cantidad de dinero, tú sabes bien que durante todos estos años gané tanto que mi bóveda de Gringotts está rebosante de galeones y acordamos que tú continuarías trabajando para los tres. Además, creo que lo que me pagan en el club de la liga infantil no es nada despreciable, siendo que se trata de un trabajo casi comunitario. El Ministerio insistió en pagarme bien y con ese sueldo me basta para mis propios gastos y hasta me sobra para los de Eltanin y Teddy. —Hizo una breve pausa mientras miraba a Draco de hito en hito, tratando de comprender—. No… No entiendo el cambio en tu actitud. Creí que… Creí que tú preferías que yo estuviera aquí con el bebé y contigo, pasando más tiempo con ustedes en vez de entrenar todo el día y viajar cada dos por tres —finalizó con la voz quebrada. Se veía tan lastimado por las palabras de Draco que a éste le dio un poquito de lástima.
Pero no tanta como para no continuar atacándolo. Después de todo, a Draco le venía bien enojarse con su supuesto esposo (pues ni de coña pensaba dormir con él en la misma cama) y era vital que Potter no creyera que se había vuelto loco. Eran los sentimientos de Potter o era el propio bienestar de Draco. No había margen de duda acerca de lo que le convenía escoger.
—Pues tal vez lo he pensado mejor y cambié de parecer —masculló Draco con voz venenosa al tiempo que tomaba el mejor abrigo de invierno que estaba colgado en su armario—. Sinceramente, lo considero estúpido. ¡Apenas tienes veintiséis años, estás en la cúspide de tu carrera! ¿Estás seguro de que no te permitirían volver?
Draco decía aquellas cosas de corazón. Le parecía lo más idiota del mundo que Potter hubiese dejado semejante carrera deportiva sólo por haber tenido un bebé. Era de imbéciles.
Potter comenzó a enojarse. Draco lo encaró, sintiéndose repentinamente más animado. Francamente, prefería lidiar con un Potter furioso que le arrojara maldiciones de magia negra en vez de tratar con un esposo meloso que sólo quería abrazarle y consentirle. Ese, el de él peleando con Potter, era un terreno bastante conocido por el que podía andar con confianza.
—Pues puede ser que, aunque tú hayas cambiado de opinión —le espetó Potter cruzándose de brazos—, sea yo quien no quiera continuar como jugador y prefiera ser entrenador. Amo mi trabajo con los niños, amo tener tiempo para pasarlo con Eltanin, amo no tener que estar todo el tiempo durmiendo en hoteles extraños lejos de casa… Creía que todo eso tú lo sabías bien, Malfoy.
Oh, excelente, incluso ya era "Malfoy" de nuevo. Draco no pudo evitarlo: sonrió feroz.
—Claro, claro, ¿cómo no lo adiviné antes? —murmuró mientras se ponía el abrigo. Potter lo observaba incrédulo.
—¿No adivinaste antes, QUÉ? ¿Y a dónde demonios crees que vas?
Draco lo miró con sorna. ¿Se atrevería a dar el golpe de gracia? Demonios que sí.
—Lo que quiero decir es: cómo no adiviné antes que tú eras solamente un holgazán que buscaba el modo de atrapar a un marido rico para dejar de trabajar y estar de mantenido. Confieso que me engañaste bien y bonito, Potter. Creí que me estaba casando con una brillante estrella de quidditch, pero mírate ahora. Esa estrella se ha apagado y yo... Yo no sé si continúo interesado.
Draco imaginó que, si los corazones humanos fueran capaces de hacer ruido al romperse, en ese momento tanto él como Potter estarían ensordecidos porque, definitivamente, el del héroe acababa de estallar en mil pedazos. Draco pudo verlo: vio el rostro de Potter deformarse en una mueca de congoja y desengaño, y fue tan lastimero que, si Draco de verdad hubiese estado enamorado de él, se habría puesto a llorar y a suplicarle perdón sólo de verlo.
Pero, afortunadamente, Draco no sentía nada por Potter y, por eso mismo, no iba a seguir actuando.
Al diablo con todo eso.
Antes de que Potter pudiera decir nada, Draco sacó su varita y, sin mirar el desencajado rostro del otro mago para evitar sentir cualquier remordimiento, se desapareció.
Primero pensó en aparecerse de nuevo dentro de la casa, simplemente cambiando de locación. Pensó en la biblioteca o en el salón bar, pero lo descartó de inmediato porque ya no quería verle más la cara a nadie en esa "familia".
Luego pensó en algún sitio del barrio mágico, pero, a esa hora y justo en el día de Navidad, seguramente todo estaría cerrado. Carajo, lo más probable era que ni siquiera El Caldero Chorreante cayera tan bajo para obligar a trabajar a sus empleados en semejante fiesta.
Así que, finalmente, decidió aparecerse a orillas del río Támesis, exactamente junto al puente Waterloo, en pleno corazón de Londres. Porque si existía un sitio donde podría guarecerse durante el día de Navidad, donde podría tomar alcohol para sobrellevar las penas y, además, rentar una habitación para pasar la noche, ese era su sitio muggle favorito: el lujosísimo Hotel Savoy. Así que, después de aparecerse en un rincón oscuro junto al río donde ningún muggle pudiera verlo salir de pronto de la nada, Draco caminó un par de calles iluminadas por farolas en medio de la ventisca helada, congratulándose por haberse puesto un abrigo que se veía demasiado muggle como para llamar la atención.
A pesar del clima espantoso, había mucha gente por la calle. No era de extrañar: ese era un barrio central muy popular entre turistas y locales, con diversos hoteles alrededor y sitios que visitar. Después de sortear gente y nieve, finalmente Draco llegó al hotel, entró al vestíbulo y, pasando desapercibido entre un mar de turistas que entraban y salían, se encaminó a uno de sus bares favoritos dentro del edificio. Su ropa, aunque de mago, era lo suficientemente elegante como para permitirle mezclarse con los otros huéspedes sin llamar demasiado la atención: después de todo, en el mundo muggle, la gente podía vestir muy estrafalaria o incluso de manera extraña y nadie les decía nada, especialmente tratándose de extranjeros de países fuera de Europa.
Así que nadie lo molestó mientras Draco llegaba a la barra del bar más lujoso del hotel, se quitaba el abrigo y se sentaba en una de las sillas altas revestidas de cuero color marrón. Varios camareros se acercaron a atenderlo: uno de ellos le tomó el abrigo y otro le preguntó qué deseaba ordenar.
Draco no se anduvo con tacañerías: pidió una botella completa de uno de sus whiskys favoritos.
Se sirvió el primer vaso y se lo bebió de un trago, cerrando los ojos y tratando de sacar de su mente la cara de enorme pena que le había visto poner a Potter antes de desaparecerse. No tenía idea si aquel atrevimiento le iba a salir caro: ¿qué tal si ese comportamiento era justo lo contrario de lo que Snape quería que hiciera y eso le costaba su boleto para salir de aquella pesadilla? ¿Acaso lo que tenía que hacer era fingir que amaba a Potter? ¿Cómo mierda iba a saberlo si Snape no le había explicado nada de nada?
Pensando en Snape, se dio a la tarea de pasar revista a todos los camareros del lugar para ver si alguno de ellos era su ex profesor disfrazado.
Nada. Draco meneó la cabeza. Justo cuando él quería ver a Snape para hablar, éste, ni sus luces.
Se puso a observar a los pocos clientes en el bar. La mayoría eran hombres solitarios así como él y unas pocas parejas de turistas hospedados en el hotel. A lo lejos, en una mesa de la zona del restaurante, una familia con dos niños llamó la atención de Draco. Los cuatro iban vestidos con ropas baratas y sencillas, pero estaban más que felices y cenaban alegremente. Draco recordó que el hotel Savoy, como muchos otros, era famoso porque las familias de clase media ahorraban todo el año para poder pagarse un par de noches ahí durante las navidades.
Desvió los ojos y negó con la cabeza. Eso de tener familia… Qué mal negocio era.
Se sirvió otro vaso de whisky, y luego, otro. Su plan inmediato (porque no podía pensar más allá) era beberse todo el contenido de esa botella y así, agradablemente aturdido y feliz, ir a la recepción a solicitar un cuarto para pasar la noche ahí. Como lo había determinado antes, por más actuación que fuera todo aquello, por más que tuviera que fingir que esa siempre había sido su vida, no pensaba en absoluto pasar ni una sola noche al lado de Potter en la misma cama. Diablos, ni siquiera en la misma habitación si podía evitarlo.
Un leve calor le subió por las mejillas al recordar esa tarde cuando lo había visto salir desnudo de la ducha y lo bueno que estaba el cabrón. Pero no, se dijo, meneando la cabeza. No. Iba. A. Tener. Sexo. Con. Potter. En absoluto. Por mucho que creyera que el héroe estaba apetecible y se le antojara; por mucho que estuviesen supuestamente casados. No. Simplemente, no. Eso... eso iba mucho más allá de lo que estaba dispuesto a realizar para salir de ese problema. Aunque Draco solía ser muy abierto de mente y un amante sin muchos escrúpulos, tener algo con Potter le parecía que estaba más allá de su límite, especialmente porque… Bueno, porque, por lo visto, Potter sí sentía algo por él. Porque Potter era alguien a quien Draco sí conocía bastante bien. Alguien que… Que había sido mucho en su vida. Se sentía demasiado peligroso.
Además, si lo pensaba seriamente, dudaba que el mismo Snape estuviese esperando que hiciera algo así para sacarlo de ahí.
¿Qué era lo que quería Snape de él? ¿Qué era lo que había dicho?
Draco trató de acordarse, pero tantas emociones y el alcohol que había consumido no le permitían pensar con claridad. Sólo recordó que no era tanto algo que él tuviese que hacer, sino que era algo que tenía que descubrir. Algo como... ¿Darse cuenta de qué le hacía falta para... ser feliz? ¿Había sido eso lo que dijo Snape?
—¿Un escocés Laphroaig de treinta años? —dijo una voz masculina a su lado, sobresaltándolo—. Tsk, tsk, ¿no crees que estás gastando demasiado para olvidar la pena de haberte peleado con tu amorcito? Hay que dejar las cosas buenas de la vida para los momentos buenos de la misma, mi estimado amigo.
Draco se giró hacia donde provenía la voz y casi se cae de la silla al descubrir que se trataba, ni más ni menos, que de...
—¡Blaise! —exclamó, mirando al otro mago de arriba abajo.
Allá, en su otra vida, Draco tenía años sin ver a Blaise en persona. Sí, era cierto que él estaba a punto de embargarles a los Zabini su propiedad más antigua, una donde tenían una mansión que era habitada solamente por la madre cien veces viuda de Blaise, pero Draco no les había visto las caras a ninguno de los dos hasta ese momento. Todo había sido por medio de abogados y empleados del banco. Técnicamente, Draco había "visto" a Blaise apenas el día anterior a través de la burbuja mágica con la que los había espiado a él y a Pansy, pero en verdad no tenía idea de cómo lucía el otro mago en carne y hueso en esos tiempos, así que no podía establecer una comparativa con el que se le estaba poniendo enfrente.
Draco lo miró con infinita desconfianza y echó un vistazo a su alrededor para cerciorarse si venía solo o Pansy lo acompañaba. Blaise pareció notarlo, porque le dijo:
—Vengo solo, si te lo estás preguntando. Pans se quedó en casa, por supuesto. Dice que te ama mucho pero que no está así de loca como para salir en medio de una nevada el día de Navidad solamente para contemplarte en pleno berrinche y menos después de tu metida de pata.
Draco lo miró boquiabierto durante varios segundos.
—¿Pansy... dice... que me ama mucho? —cuestionó, incrédulo.
Blaise arrugó el entrecejo pero sonrió.
—De veras que estás raro, eh. Harry ya nos lo había advertido. Mira, Draco, vayamos al grano. He venido a decirte que si no te dejas de payasadas y vuelves a tu casa en este preciso instante, voy a aturdirte con un desmaius para llevarte yo mismo a San Mungo.
Draco no podía abrir más la boca porque le era materialmente imposible.
—¿Potter te dijo que yo estaba aquí? —se le salió preguntar, aunque al instante cayó en cuenta de que era imposible que Potter lo hubiese sabido, ¿no?
Blaise frunció más el ceño y dejó de sonreír.
—¿Potter? ¿Ahora lo llamas así? Vaya que estás enojado, ¿eh? ¿Se puede saber qué ocurrió entre ustedes dos? Estaban tan bien, eran la típica parejita de portada de revista del corazón, y todavía más desde que nació el bebé. ¿Qué sucedió para que te pelearas con él justo el día de hoy?
Draco levantó una mano hacia Blaise como pidiéndole tiempo (el mismo gesto que había hecho con Potter un rato atrás). Blaise pareció comprender y sólo se le quedó viendo mientras Draco se servía otro vaso rebosante de whisky y volvía a bebérselo de un trago. Cerró los ojos y permitió que el fuerte alcohol circulara por su garganta, estómago y torrente sanguíneo. Trató de comprender qué era lo que estaba pasando ahí.
Abrió los ojos y encaró a Blaise, quien ya se había sentado en la silla más cercana a Draco y, con las manos juntas sobre la barra, esperaba pacientemente.
Draco volvió a admirarlo con ojo crítico. Blaise se veía muy bien. Iba vestido con ropas muggles caras y elegantes, traía un excelente corte de pelo y, cosa rara, se le veía muy contento. No parecía enojado con Draco ni tampoco tenía la pinta de ser un mago a punto de perder las únicas propiedades que le quedaban a su familia. Además, había mencionado a Pansy quedándose "en casa"...
—¿Cómo está Pansy? —preguntó Draco sólo para ver la reacción del otro.
Blaise sonrió como idiota enamorado y entonces a Draco no le cupo duda. Ahí, en esa vida, ellos dos estaban juntos.
—Muy bien, descansando como la reina que es. Todavía continúa quejándose de las secuelas del parto, pero yo sé bien que en realidad ya no tiene nada y sólo lo dice porque adora que yo la consienta.
Draco asintió con gesto de incomprensión. ¿Secuelas del parto? Okay, no entendía nada, pero fingió que sí. Le obsequió a Blaise una sonrisa forzada, y volvió a cuestionar:
—¿Tú y yo... somos amigos?
Esa pregunta se ganó una carcajada extremadamente sonora de Blaise; tanto, que Draco juraba que había podido verle las amígdalas mientras echaba la cabeza hacia atrás y se reía. Cuando Blaise consiguió tranquilizarse, le dio a Draco una palmada tan fuerte en la espalda que lo hizo golpearse contra la barra. Draco estuvo a punto de sacar su varita para hechizarlo, pero consiguió contenerse cuando Blaise le dijo:
—Buena la has hecho, Draco, si hasta has comenzado a dudar de la amistad del padrino de tu hijo.
Draco lo observó atónito. ¿Blaise era el padrino de su supuesto hijo?
—¿De Eltanin? —jadeó, pensando en voz alta.
—¿Acaso tienes otro? Por supuesto, de Eltanin. Hermosura de bebé. ¿Todo bien con él? ¿Le gustaron los regalos que le enviamos Pansy y yo?
—Le encantaron —mintió Draco con soltura y se bebió dos vasos más de whisky de un tirón.
Aquello era una locura. Aparentemente, él y Blaise eran tan amigos que incluso éste le había apadrinado al hijo. Pero bueno, después de haberse descubierto casado con Potter, en realidad ya nada debería sorprenderlo, ¿o sí?
—Draco, tenemos que hablar en serio, mira que ya son las nueve de la noche del día de Navidad y yo tengo que regresar a casa —decía Blaise mientras Draco se empinaba otro vaso de su bebida—. Tú también tendrías que volver a la tuya. No sé que haya pasado entre Harry y tú, pero cuando Pansy y yo les llamamos por la chimenea para saludar a Eltanin y desearles feliz día, lo notamos tan deprimido que, de inmediato, supimos que había pasado algo malo. Y más porque se nos hizo rarísimo que tú no estuvieras en tu propia casa justo en Navidad. Pansy y yo le insistimos a Harry hasta que nos contó que tú y él habían peleado, que estaba realmente decepcionado de ti por algo que le dijiste y que incluso creía que la cosa era tan seria como para pensar en el divorcio.
Draco abrió mucho los ojos y se bebió otro trago de whisky. Vaya. Sí que le había dado duro a Potter en el orgullo, ¿cierto? Si el cretino que decía amarlo tanto, ya estaba hasta pensando en divorciarse...
—Vamos, Draco, di algo —insistió Blaise porque Draco no contestaba y sólo continuaba bebiendo—. Harry y tú se aman con locura, no pueden terminar así, además, ¡Eltanin necesita a sus dos padres juntos! ¿Qué ha pasado entre ustedes dos? ¿Qué fue lo que le dijiste?
—Eltanin... nos... necesita... juntos —repitió Draco lentamente y negó con la cabeza. Quiso servirse otro vaso más, pero ya no salió nada de la botella: su delicioso whisky se había terminado. Draco depositó el vaso con fuerza sobre la barra—. ¿Cómo supiste que yo estaba aquí?
Blaise se encogió de hombros y lo miró extrañado.
—¿Cómo que cómo? Porque este es nuestro bar favorito, idiota, ¿por qué ha de ser? Aquí venimos todo el tiempo, especialmente cuando tienes ganas de darte tus aires. Te encanta la buena vida muggle, ¿qué no?
Draco arqueó las cejas, analizando con rapidez todo lo dicho por Blaise. En resumen, en esa vida ellos dos eran muy amigos, él era padrino de su hijo y estaba con Pansy, quien aparentemente había tenido un bebé en algún momento del pasado reciente. Y Potter, por alguna razón, les tenía tanta confianza como para hablar con ellos vía chimenea después de haber discutido con Draco para contarles que estaba sopesando divorciarse de él. Y ahora, ahí estaba Blaise, quien había corrido a buscarlo para hacer el papel de consejero matrimonial.
—Dios mío —gimió. Apoyó los codos en la barra y se cubrió la cara con las manos. Se sentía abrumado. Había pasado de vivir la perfecta y soñada vida del soltero solitario, a vivir esta otra vida, donde toda una multitud de gente, entre familia y amigos, ocupaba su tiempo y estaban encima de él. ¿Cómo podía soportarlo?
—No seas imbécil, Draco —escuchó que Blaise le decía—. Lo que sea que haya pasado con Harry, estoy seguro de que podrás solucionarlo. Vamos, te llevaré a tu casa y así podrás hablar con él.
Blaise pagó la exorbitante cuenta del alcohol consumido por Draco porque éste, tardíamente, descubrió que no traía nada de dinero muggle encima. Se sintió sumamente avergonzado por eso, especialmente porque no estaba acostumbrado a que nadie, nunca, pagara nada por él, y lo atormentaba la ironía sin fin de que fuera precisamente Blaise de entre toda la gente. Le prometió a éste que se lo recuperaría en cuanto le fuera posible. Blaise sólo sonrió y le dijo que lo tomara como regalo de Navidad, hecho que hizo sentir todavía peor a Draco, si cabía.
Entonces, Blaise les pidió a los camareros que le devolvieran su abrigo a Draco, le ayudó a ponérselo, le pasó un brazo por los hombros, lo atrajo hacia él y, como Draco ya iba un tanto tambaleante, caminó a su lado hacia la salida del hotel brindándole apoyo.
Draco se sentía totalmente incómodo y tieso bajo el abrazo de Blaise. Para empezar, no estaba acostumbrado a ese tipo de muestras de amistad y cariño; y, para continuar, se trataba de Blaise. De su ex compañero de Slytherin, quien, allá, en su otra vida, no era en absoluto nada cercano a él y a quien Draco estaba intentando despojar de su vivienda.
En cambio, ahí...
Al salir a la calle helada, la borrachera de Draco alcanzó su punto cumbre. La noche estaba gélida y caía nieve a montones; en cuanto Draco sintió el aire fresco dándole en el rostro, los niveles de alcohol en su cerebro parecieron incrementarse. Se sintió repentinamente mareado, las piernas le flaquearon, la cabeza le dio vueltas y, sin motivo aparente, las cosas ya no parecían tan terribles como unos minutos antes.
De hecho, todo era bastante gracioso si lo pensabas bien.
Draco comenzó a soltar risitas mientras luchaba por dar pasos entre la espesa nieve y se sostenía de Blaise. Era una suerte que ¿su amigo? fuese tan alto y fornido, de otro modo, no habría podido ayudarlo a caminar como lo estaba haciendo.
—Hay que buscar un lugar sin muggles para desaparecernos. Yo te llevaré a tu casa, ya que tú no estás en condiciones —dijo Blaise en tono serio.
Tuvieron que caminar hasta llegar a la orilla del río. Una vez ahí, en medio de la oscuridad de la noche, Blaise sacó su varita y se llevó a Draco junto con él.
Se aparecieron afuera de la mansión Malfoy. También ahí estaba nevando con ganas y hacía mucho más frío. Con trabajos, los dos magos caminaron a tropezones por la vereda y atravesaron la verja con dirección a la puerta principal. Draco, batallando un poco porque las manos no le respondían bien, sacó su varita y abrió la puerta. Los dos entraron procurando no hacer ruido: adentro de la casa estaba todo oscuro y no se veía ni un alma; seguramente todos ya estaban en cama.
—¿Ves? Esta es la molestia de vivir en familia —murmuró Draco sin poder contenerse—. Uno tiene que cuidarse hasta de no hacer ruido cuando llegas a tu propia casa.
—Ajá —le respondió Blaise, quien, desde hacía rato, estaba ignorando todo lo que Draco le decía—. Vamos a tu cuarto, yo te acompañaré hasta la puerta. De ahí en adelante, ya te las arreglas tú sólo con Harry.
Draco negó con la cabeza.
—No, no, Blaise, yo no quiero dormir con Potter —masculló.
Blaise lo miró con reprobación. Si Draco no se hubiera sentido tan ebrio, se habría reído con ganas de saber que existía una vida donde Blaise se preocupaba así por Harry Potter.
—Draco, sinceramente creo que Harry es quien no querrá dormir contigo, pero ese es problema de ustedes dos. Yo voy a llevarte a su cuarto y ya está.
Draco negó con la cabeza, desesperado porque Blaise no captaba el punto.
—No, Blaise, no es eso… Mira, yo no quiero ni puedo dormir con Potter —se explicó. Sabía que la lengua se le estaba yendo de más pero, por alguna razón, no podía callarse. Todo eso parecía muy ridículo, gracioso y deprimente, todo a la vez, y tenía que decírselo a Blaise. Tal vez él, que también había sido un Slytherin, pudiera comprenderlo—. Él y yo... Mira, tal vez no me creas, pero yo vengo de otra realidad alterna donde... Yo no... Yo no lo quiero. A Potter, quiero decir.
Blaise soltó una risotada y continuó arrastrando a Draco por la galería rumbo a las escaleras.
—Estoy seguro de que en este universo no hay ninguna realidad, alterna o no, donde tú no ames a Harry Potter, querido amigo.
Draco se indignó.
—¡Blaise, te lo digo en serio! Esto... Esto que ves aquí —dijo Draco, quien obligó a Blaise a detenerse y luego manoteó señalando todo lo que los rodeaba para enfatizar su punto—. Todo esto, esta casa, esta supuesta familia, mi padre vivo... es una puta pesadilla de la que no puedo despertar. Snape... ¡Snape fue! Snape me puso aquí.
Blaise lo miró largamente con el ceño fruncido. Suspiró y negó con la cabeza.
—¿Cuántas botellas te habías bebido antes de que yo llegara? Draco, en serio, tienes un problema.
Draco puso los ojos en blanco. No tenía caso. Ni Blaise ni nadie le creerían jamás.
—Mejor me voy a dormir —masculló, haciendo un mohín.
—¡Exacto! Eso es lo que he tratado de decirte todo este rato. Es mejor que te vayas a dormir. Ya mañana será otro día y arreglarás el puto desastre que has causado.
Subieron por las escaleras de servicio y llegaron a su cuarto. Blaise abrió la puerta un poco y se introdujo a la habitación tenuemente iluminada por una lámpara de noche, arrastrando a un cada vez más adormilado Draco junto con él. Potter estaba despierto todavía: lo encontraron parado en medio del cuarto vestido con pijamas, y Draco tuvo el presentimiento de que el imbécil se había pasado todas esas horas solamente caminando en círculos alrededor de la habitación. Le dio un poco de lástima, si era sincero. Quiso decir "Hola" o algo, pero su boca ya no le respondía; se sentía realmente exhausto.
Potter los contempló con auténtico alivio; alivio que de inmediato se convirtió en desdén y disgusto. Miró a Draco con el ceño profundamente fruncido durante un segundo y, luego, desvió la mirada, arrugando la cara. Draco también frunció el ceño: ¿así que Potter todavía estaba enojado? Pues a tomar por culo.
—Hola, Harry —lo saludó Blaise con una voz todavía más suave que la que empleaba para hablarle a Draco. Éste se sintió absurdamente traicionado, pero no tuvo tiempo de pensar mucho en eso porque Blaise había llegado hasta la cama y estaba arrojándolo bruscamente sobre ella—. Lo encontré justo donde te dije que pensé que estaría. Viene, tal como puedes ver, ahogado de borracho.
—¿Estaba en el bar del Savoy? —preguntó Potter con incredulidad.
Blaise asintió con desgana mientras comenzaba a ayudar a Draco a quitarse las botas, el abrigo y la ropa.
—No sé cuántas botellas de whisky se tomó, pero al menos yo lo vi echarse una completa como si fuera agua —susurró Blaise con enojo. Draco, quien apenas sí podía mantener los ojos abiertos, estaba luchando con todas sus fuerzas para no caer dormido. No le importaba lo que aquellos dos pensaran o dijeran de él; lo único que quería era dormirse pero no en el mismo cuarto que Potter. Pero no podía encontrar su voz para pedirle a Blaise que lo llevara a otra recámara—. Te sugiero encarecidamente que pospongas tus planes de divorcio al menos hasta mañana. ¿De acuerdo, Harry? —Blaise hizo una breve pausa, dejando a Draco en paz cuando finalmente terminó de quitarle todo hasta dejarlo sólo con su ropa interior—. ¿Qué fue lo que pasó entre ustedes? ¿Por qué pelearon?
Draco, con los ojos apenas abiertos, pudo ver a Potter negar con la cabeza, cruzarse de brazos y encogerse de hombros. Se veía realmente furioso: tenía en la cara una mueca de molestia que Draco le habría quitado a trompadas con bastante gusto.
—Ni siquiera estoy seguro —respondió Potter con un susurro—. Creo que... No sé, Draco de repente parece bastante infeliz con la vida que llevamos y no se corta en demostrarlo. ¿Será un tipo de crisis de la mediana edad?
Blaise se rió de esa tontería y, si Draco no hubiera estado casi dormido, se habría reído también.
—¿Cuál crisis de mediana edad, Harry? Si no tenemos ni treinta años —respondió Blaise y negó con la cabeza.
Potter se removió ahí parado donde estaba; lucía verdaderamente miserable. Draco, apenas consciente, se dio cuenta de que Potter lo estaba mirando con gesto triste y anhelante. Parecía que el enojo se le diluía con rapidez, aunque quizá fuera solamente porque Draco estaba indispuesto y no había quién le devolviera la pelea. Casi como si no pensara en ello, como si lo hiciera por inercia, Potter dio un paso hacia la cama y cubrió a Draco con las mantas, tapándolo hasta el cuello. Draco hubiera querido decirle que lo dejara en paz y que ni se le ocurriera tocarlo, pero la verdad era que, en el fondo, agradecía el gesto. Se acurrucó entre las cobijas y suspiró de contento, preparándose para sucumbir finalmente al sueño.
—Creo que... —dijo Potter en voz muy baja, pero Draco todavía podía escucharlo—... Creo que Draco está decepcionado de mí. Enojado porque dejé de jugar.
—¿Qué? —le respondió Blaise. Draco ya no podía verlos pues le era imposible tener los ojos abiertos, pero los escuchaba perfectamente—. ¡Bromeas! Si él es quien estaba más orgulloso de ti por haber tomado esa decisión. Quizá nunca te lo dijo abiertamente para no interferir con tu carrera, pero yo sé a ciencia cierta que te echaba de menos muchísimo cada vez que salías fuera a jugar partidos. Sin mencionar lo celoso que siempre estaba de toda la gente que te rodeaba y el miedo que tenía de que fueras a dejarlo por algún fan o compañero de equipo.
—Pues entonces no entiendo qué podría ser, Blaise —dijo Potter elevando el tono de voz, comenzando a enojarse de nuevo—. No voy a repetirte lo que me dijo porque fue francamente horrible, pero, si es verdad, si en serio Draco piensa eso de mí… Yo ya no voy a poder seguir con él. No voy a permitir que me trate así.
—¿Así cómo?
—¡Pues como si ya no me quisiera nada! Ni a mí, ni a Eltanin. ¡Se pasó todo el día sin tocar al bebé, sin voltear a verlo, sin hablarle! En la mañana se despertó así de raro, enojado con todo y con todos, se escapó durante horas, regresó y continuó así de extraño, en la cena no dijo ni palabra y después, acá en el cuarto, la tomó contra mí y me dijo una sarta de estupideces que yo no voy a perdonarle así de fácil, Blaise. Y no sé si lo notaste, pero… ¡Se quitó la argolla de matrimonio! Ese es un detalle que dice millones de palabras, ¿no lo crees? —finalizó Potter con voz amarga. Hizo una breve pausa y añadió—: Mira, si no supiera yo que es imposible, casi creería que él no es realmente él, sino… otro. Otro Draco.
—Bueno —respondió Blaise, hablando lentamente—, ahora que lo mencionas...
Pero Draco no pudo continuar escuchando más. Se quedó dormido, o al menos, su mente y sus oídos se desconectaron de la realidad porque de pronto todo fue solamente oscuridad y silencio.
Quizá estuvo así durante algunos minutos u horas, no estaba seguro, pero pronto comenzó a soñar. Soñó que estaba en un partido de quidditch donde Potter jugaba su clásica posición de buscador y que, en un momento dado, dirigía su escoba hacia las gradas donde Draco estaba admirándolo. Entonces, Potter le tendía la mano y lo invitaba a subir con él. Draco pensó que era ridículo, que toda la gente hablaría, pero entonces miró a su alrededor y vio que el estadio estaba vacío, que todos los espectadores y los demás jugadores ya habían desaparecido. Y así, sabiendo que nadie lo veía, aceptó la mano de Potter y permitió que lo ayudara a subir a la misma escoba que él montaba. Draco lo rodeó con sus brazos para sostenerse y suspiró feliz.
Sonrió en sueños, pensando que aquello bien valía la pena incluso si la gente los estaba viendo. Potter le comunicó que juntos buscarían la snitch y entonces lo llevó a dar un largo paseo, pero en lo único que Draco podía pensar era en lo maravilloso que se sentía volar así en compañía. Sintiéndose confortablemente protegido y, sobre todo, no solitario, Draco durmió durante horas completas sin que nada lo interrumpiera.
