Capítulo 4. Otro Draco

Por supuesto, al otro día se despertó con una resaca de campeonato.

Sin abrir los ojos, fue consciente de su entorno; entonces, gimió y restregó la cabeza contra la almohada, recordando el problema en el que estaba metido y, el cual, sumado a su estado físico, lo hacía desear no haber despertado jamás.

Aunque... quizá fuera probable que aquella pesadilla llamada "regalo" por Severus Snape, se hubiese terminado ya. Quizá sólo se había tratado de que Draco aguantara todo el día de Navidad. Abrió los ojos, animado por esa esperanza, encandilado por la tremenda cantidad de luz blanquecina que entraba por la ventana.

Seguramente ya pasaba del mediodía y parecía que había dejado de nevar.

Con miedo, llevó una mano hacia el lado contrario de la cama y palpó. Vacío. No había nadie. ¿Sería posible que...?

Se incorporó hasta quedar sentado y observó la cama. Definitivamente, nadie había dormido ahí con él: las otras almohadas estaban esponjosas e intactas; las sábanas y cobijas, nada arrugadas. Se llevó las manos a la boca y gimió, pero ahora, de felicidad. ¡Se había acabado! ¡Esa pesadilla se había terminado! ¡Por fin tenía su vida de nuevo!

Pero entonces miró hacia la cómoda donde estaban las fotografías y se dio cuenta de que estaba equivocado: ahí continuaban las mismas imágenes que había visto el día anterior de él con Potter y el niño de ojos verdes. Bramando de desencanto y sintiendo que, por la resaca, la cabeza iba a explotarle, se dejó caer de nuevo sobre las almohadas. ¿Cómo demonios se llamaba el elfo que lo atendía en la recámara?

—¿Ashy? ¡ASHY! —gritó, sintiéndose de pésimo humor y deseando poder desquitarse con alguien. Un elfo paliducho (de ahí su nombre) apareció junto a la cama—. ¡Ve a las alacenas, busca poción para la resaca y tráemela de inmediato!

El elfo no dijo ni pío; sólo hizo una reverencia y se desapareció.

Draco estaba que no lo calentaba ni el sol: no sólo era que continuaba metido en aquel vistazo de los mil demonios y ahora con resaca, sino que resultaba que San Potter no había dormido ahí con él... Pero, ¿qué se había creído el muy imbécil? ¿Quién era él para despreciar a Draco de aquella manera? ¿No se suponía que era el esposo más enamorado del mundo y todas esas monsergas?

No era que a Draco le molestara, claro que no, sino todo lo contrario, pero, ¡tenía que haber sido él quien rechazara dormir con Potter y no al revés! ¿Cómo se atrevía el cuatro ojos a...?

Ashy se apareció de nuevo con un vaso de un líquido espumoso y rosado que Draco le arrebató y se bebió de un trago. El elfo se le quedó viendo.

Draco lo miró.

—¿Qué esperas, que te dé las gracias? ¡Lárgate!

Ashy se sobresaltó y se fue de inmediato. Draco volvió a quedarse tirado en la cama, esperando que la poción hiciese efecto, mientras repasaba lo que había sucedido la noche anterior con Blaise y con Potter. Cada palabra que les había escuchado decir mientras él había estado tan ebrio que no había podido responder, en ese momento cobraban sentido y resultaban un tanto alarmantes. En primer lugar, Potter estaba tan ofendido que pensaba divorciarse y, Draco estaba seguro, eso no pondría feliz a Snape. En segundo lugar, el Draco Malfoy de aquella vida amaba tanto a Potter que se lo pasaba celosísimo de los fans y compañeros de equipo de su maridito. Draco arqueó las cejas, llegando a la conclusión de que su otro yo estaba demasiado reblandecido. Y, hablando de blandos… Draco recordó que Potter, aunque enojado con él por lo que le había dicho, de cierto modo se había suavizado al verlo llegar ebrio e incluso se había acercado a la cama para cubrir su desnudez con las mantas.

Draco frunció el ceño. No comprendía eso último. ¿Por qué Potter se molestaría en hacer nada por él si ya no lo quería como esposo? Y, aunque detestaba a Potter con ganas y Blaise le era indiferente, Draco tenía que ser sincero con él mismo y reconocer que el cariño que parecían profesarle aquellos dos le resultaba... inquietante, sí, pero también un tanto... conmovedor.

Blaise era el padrino de su hijo.

Esa era una revelación que no dejaba de maravillarle. De nueva cuenta se preguntó cuál sería aquella famosa decisión que había cambiado tanto su vida en esa realidad alterna... No sólo lo había casado con Potter, salvado la vida a Lucius y hecho que su madre se reconciliara con su tía, sino que también había conseguido que Draco tuviera, en Pansy y Blaise, dos grandes e incondicionales amigos.

Suspiró y decidió dejar de pensar en eso. No eran pensamientos agradables, así que, ¿para qué torturarse a él mismo? Lo bueno era que aquello terminaría tarde o temprano y, una vez que consiguiera salir de esa vida alterna, Draco se encargaría de jamás volver a pensar en el tema. De algún modo, conseguiría olvidarlo como si nunca hubiese pasado.

La poción parecía haber hecho efecto: Draco ya se sentía mejor, o al menos físicamente hablando. El dolor de cabeza y las náuseas quedaron en el olvido, mas no la inquietante sensación de que, a pesar de no haber regresado a su realidad como había creído, ya no se sentía tan asustado por estar ahí como el día anterior. De hecho, si lo pensaba fríamente... Quizá podía sacar alguna ventaja en ello. Podría explorar un poco sus alrededores y hablar con la gente de esa realidad, con el objetivo de aprender algo, lo que fuera. Quizá eso era lo que necesitaba para salir de ahí. Con un sobresalto, recordó de pronto que en su vida real tenía una venta de viñedos que cerrar y un yacimiento de petróleo que adquirir. Tenía que apresurarse.

Se levantó, se fue a duchar y, sin poner mucha atención en lo que hacía por llevar prisa, se puso ropa limpia y se peinó. Antes de salir del cuarto, se asomó con cautela. Aunque había tomado la decisión de sacarle algo de provecho a su estadía ahí hablando con quien pudiera, era definitivo que, con quien no quería encontrarse para nada, era con Potter. Miró a ambos lados del corredor y no vio a nadie; distraídamente se preguntó si el cuatro ojos estaría aun en alguna recámara o habría salido de la casa, y le molestó no tener idea.

Suspiró y comenzó a recorrer el pasillo, preguntándose cuál de todos esos cuartos sería el del niño Eltanin...

Pasó junto a la recámara de huéspedes que quedaba más cerca de la suya después de atravesar el corredor que llevaba a las escaleras de servicio. Se le quedó mirando a la puerta cerrada. Si de él hubiese dependido, habría elegido ese cuarto para su hijo. Era uno de los más grandes y su puerta realmente no quedaba lejos de...

La puerta de dicha recámara se abrió de improviso y apareció la madre de Draco. Iba un poco alterada, pero el semblante se le alegró de inmediato al ver a su hijo.

—¡Draco! Al fin te levantas, hijo. ¡Qué barbaridad, mira la hora que es! No entiendo tu decisión de haber bebido anoche hasta embriagarte y de dormir hoy hasta tarde; estás causando que todos nosotros suframos para cumplir con nuestros compromisos. ¡Qué irresponsable de tu parte!

Draco abrió la boca pero no tuvo tiempo de decir nada. Narcisa lo tomó del brazo y tiró de él, introduciéndolo al cuarto. Draco echó un vistazo rápidamente y se sintió sinceramente impresionado: el cuarto estaba muy cambiado. Los Malfoy solían llamar a sus cuartos de huéspedes según el color que predominara en su decoración para diferenciarlos los unos de los otros, y ése siempre había sido el "cuarto púrpura". Pero en ese momento, de púrpura ya no tenía nada. Estaba decorado con motivos infantiles en amarillo, azul celeste y algunos detalles en verde; y Draco tuvo que admitir que todo era de excelente gusto. Se preguntó si él o Potter serían los responsables. O quizá ambos.

Eltanin estaba de pie adentro de su cuna, sostenido de los barrotes de la barrera de protección que la rodeaba. Pegó un grito de alegría al ver entrar a Draco, pero éste sólo se le quedó viendo con aprensión.

Narcisa lo miró como esperando algo. Draco se dio cuenta y le dijo al bebé:

—Mm, hola, Eltanin.

El bebé sonrió mucho y gritó más. Narcisa sólo negó con la cabeza.

—Draco, debo irme ya. Andrómeda y yo vamos tarde para la junta de las Damas de la Fundación San Mungo. Harry no ha regresado del trabajo y tu padre está leyendo algunos papeles legales respecto a no sé qué, así que deberás ser tú quien se quede con el bebé, no me importa cuán mal te sientas por andarte embriagando ayer.

Terminó de decir eso y caminó hacia la puerta. Draco miró al bebé con creciente pánico y detuvo a su madre.

—Mamá, es que yo no puedo —dijo y Narcisa se giró a verlo, incrédula—. ¿No podemos llamar a un elfo para que lo cuide mientras vuelve Pot..., digo, Harry?

Narcisa lo miró con azoro durante un momento y, luego, soltó una carcajada.

—Increíble que tengas ánimos para bromear. Eltanin ya debe tener hambre, te sugiero que bajes al comedor con él a almorzar. Harry y Teddy no deben demorar en regresar. —Su madre hizo una pausa, titubeó, y luego dijo—: Mira, Draco, yo sé que no debería meterme en tus asuntos maritales, pero lo que pasó ayer contigo fue tan raro que no encuentro otra explicación mas que atribuirlo a algún pleito que tuviste con Harry. Lo cual confirmé en cierta medida esta mañana porque lo vi tan triste antes de irse a entrenar... No sé qué te está pasando, pero sólo quisiera que recordaras lo mucho que luchaste para poder estar con él y todo lo bueno que te ha traído su unión. ¿Echarás todo eso por la borda? Piénsalo, nada más.

Dijo eso, salió del cuarto y cerró la puerta, dejando a Draco a solas con aquella extraña criatura, la cual no dejaba de soltar risitas, grititos, palabras incomprensibles y de dar saltitos ahí de pie donde estaba. Draco se rascó la barbilla, se acercó con pasos cautelosos y observó al bebé.

—¿Eltanin? —lo llamó casi nada más para poder pronunciar el nombre, el cual le agradaba bastante, tenía que reconocerlo. El bebé se rió con ganas y Draco no pudo evitarlo: sonrió. Obviamente no sentía ningún cariño por aquel infante, pero no podía negar que era extraordinariamente bonito y simpático. Bueno, no debería extrañarle tanto, después de todo era hijo suyo, ¿qué no?

Y también de Potter, no lo olvides, dijo una voz burlesca (muy parecida a la voz de Snape) desde el fondo de su mente.

Draco llegó hasta la cuna y, al igual que el bebé, se aferró de los barrotes y contempló al niño. Éste estiró los brazos hacia Draco como pidiéndole que lo abrazara. Por hacer eso, dejó de sostenerse y cayó hacia atrás, aterrizando de culo sobre las suaves mantas que cubrían su cuna y comenzando a frustrarse. Draco se rió.

Los ojos verdes que Potter le había heredado a ese niño eran completamente preciosos. Draco pasó saliva, recordando que él siempre se había sentido particularmente impresionado por el color de ojos del cretino, envidiándolo, admirándolo, sintiendo cosas que no debería haber sentido... No tenía caso negarlo. Potter siempre, siempre, había sido parte importante en su existir y, siendo gay como era, Draco no podía ocultarse a sí mismo (quizá a los demás sí, pero esa ya era otra historia) que Potter siempre le había parecido atractivo. Le había parecido tan atractivo como inalcanzable desde que estaban en el colegio, y continuó pareciéndole tremendamente sexy cuando el idiota decidió seguir una carrera deportiva donde siguió siendo una figura pública; decisión que Draco agradeció profundamente pues le brindaba la oportunidad de continuar viéndolo tanto en fotos en el periódico como en los estadios jugando quidditch.

Jamás se habría imaginado que había existido una posibilidad, por más mínima que fuera, de que una sola decisión suya lo hubiese llevado a vivir una vida donde Potter y él fueran pareja.

Y aunque no tuviera eso en su vida real, aunque fuera tarde porque allá jamás había tomado aquella decisión, ahí, en ese momento y lugar, Draco estaba casado con él. Harry Potter era su marido. Legalmente, ante toda ley. Un marido con quien dormía cada noche y con quien, seguramente, hacía el amor de manera constante. Así que, si quería, Draco podía... podía...

Se acaloró sólo de pensarlo y meneó la cabeza.

No, ya había acordado con él mismo que lo mejor era que no tuviera sexo con Potter. Y trató de dejar de pensar en ello, sobre todo porque estaba haciendo su mejor esfuerzo para negarse a él mismo que le aterrorizaba la posibilidad de probar algo que le iba a gustar y tendría que perder después.

El bebé estaba a punto de comenzar a llorar, quizá cansado porque Draco no lo abrazaba. Éste comenzó a asustarse.

—¡ASHY! —volvió a llamar al elfo, quien se apareció de inmediato e hizo una reverencia.

—¿Sí, mi amo? —dijo en un tono de voz que, si Draco no se equivocaba, sonaba medio resentido.

—Deberás cuidar al bebé —le dijo Draco—. No sé qué necesite, quizá bajar a comer, o qué se yo. Hazte cargo, por favor. —El elfo no le obedeció y Draco se giró a verlo. Ashy estaba sólo de pie mirando a Draco con expresión aterrorizada, retorciéndose las manos y luciendo impotente—. ¿Pasa algo?

El elfo demoró algunos segundos en responder y Eltanin comenzó a llorar quedito, frustrado porque nadie lo sacaba de la cuna.

—Ashy no entiende las órdenes, mi amo —comenzó a explicarse el elfo con voz angustiada—. Ashy no entiende porque recuerda que todos los amos, los señores Malfoy y el señor Harry Potter, les indicaron a todos los elfos de la mansión que el cuidado del bebé es exclusivo de ellos, los humanos. Nos dijeron que los elfos no están calificados para eso. Ashy no entiende por qué ahora debe desobedecer esas órdenes. ¿Ashy tiene que castigarse primero o después de cuidar al señorito Eltanin? —finalizó casi llorando.

Draco se le quedó viendo y suspiró con hastío. Ahora entendía. Seguramente, cuando nació Eltanin, toda la familia les había dado órdenes muy específicas a los elfos acerca del cuidado del niño y, siendo órdenes familiares, éstas pesaban mucho más que las particulares. El elfo no podía desobedecerlas sólo porque Draco se lo decía.

—Mierda, pero, ¿en qué estaban pensando? —dijo para él mismo—. ¿Qué tal si hay momentos de mucha necesidad y no hay más remedio que pedir ayuda? ¿Quién...? —se interrumpió al recordar que, en esa vida, los Malfoy aparentemente tenían muchos amigos que podían ayudar con el bebé. Estaba Andrómeda, para empezar. Su padrino Blaise, para continuar. Y quizá, hasta Pansy, sin contar con los amigos que tuviera Potter por su parte, como Granger y todos los Weasley, quien, por ellos mismos, eran legión. Draco tuvo que reconocer que, rodearse de gente que les tuviera cariño sincero, era una postura que ofrecía ciertas ventajas.

Viendo que no le quedaba más remedio, dio un paso al frente y sacó a Eltanin de la cuna. El niño dejó de lloriquear de inmediato y soltó risitas de alivio. A Draco se le encogió un poco el corazón al verle su carita mojada de lágrimas, pero no pudo limpiarlo porque estaba sosteniéndolo enfrente de él con los brazos estirados. No tenía idea de cómo debía abrazarse un bebé. Nunca, en toda su vida, había cargado a uno.

—Ashy, voy a necesitar de tu ayuda —le dijo al elfo sin mirarlo—. Quédate conmigo por si tengo dudas.

Diciendo eso, salió del cuarto todavía con Eltanin cogido sólo con las manos, los brazos alargados lo más que podía enfrente de su cuerpo, evitando acercarse al bebé para no ensuciarse y para tocarlo lo menos posible. Afortunadamente, al bebé parecía no importarle mucho. Draco bajó con él por las escaleras mientras Eltanin pateaba alegremente y hacía burbujas de saliva entre los labios.


Draco le pidió a Ashy que, si bien no podía dejarle a su cuidado a Eltanin, al menos lo acompañara todo el tiempo para poder hacerle preguntas acerca de lo que había que hacer con el infante. El elfo pareció sentirse aliviado y caminó junto a Draco de buena gana mientras éste bajaba las escaleras con el niño y se dirigía al comedor para tratar de alimentarlo. Recordó que él no había desayunado y decidió aprovechar para consumir algo sustancial él también. Ashy le indicó, con vocecita acomedida, cómo debía sentar al niño de modo seguro en la silla alta y cómo ir proporcionándole cada alimento picado que otro elfo se encargó de traer.

Draco tenía cero experiencia tratando con niños pequeños, pero, aun así, después de pocos minutos de convivir con su supuesto hijo, decidió que Eltanin era especial. El bebé era francamente adorable, se ganaba el cariño con facilidad. Era sonriente, no excesivamente ruidoso, fácil de contentar y de mantener entretenido. Pronto, casi sin darse cuenta, Draco se vio tan inmerso en la actividad de alimentarlo, que Ashy pudo retirarse y dejarlo a solas con el bebé.

Estaban ambos terminando con su respectivo almuerzo, cuando Draco escuchó un par de voces que se aproximaban por la galería provenientes de la puerta principal. Giró su cabeza hacia la entrada del salón comedor justo al tiempo que Potter y el niño Teddy entraban juntos, caminando lado a lado y charlando animadamente entre ellos. Los dos venían vestidos con un uniforme de quidditch del mismo estilo en colores azul rey y detalles en blanco. Draco pudo ver, en el pecho de ambos, un escudo con un león rampante rodeado por la leyenda "Club Infantil Londinense de Quidditch".

Entonces, Potter y Teddy repararon en Draco y en el bebé; ambos parecieron sorprenderse y no de modo agradable. Potter miró a Draco con enojo durante algunos segundos, interrumpiendo su charla con Teddy, y entonces, procedió a ignorarlo flagrantemente. Fijó sus ojos en el bebé y exclamó:

—¡Eltanin, mi amor! ¿Cómo estás hoy, mi cielo?

Potter caminó hacia ellos, pasó junto a Draco sin voltear a verlo siquiera y sacó al bebé de su silla alta. Éste, quien estaba todo embarrado de comida, soltó ruiditos de alegría mientras usaba sus pequeñas manitas para ensuciar la cara de Potter, a quien no pareció importarle. Teddy, por su parte, también caminó junto a Draco, mirándolo con recelo. Draco le devolvió la mirada al chico, frunciendo el ceño. ¿Quién se creía que era, ese fenómeno, para mirar a Draco así?

Potter, quien justo antes de coger a Eltanin se había quitado su túnica del uniforme y la había arrojado de cualquier manera sobre el respaldo de una de las sillas del comedor, le dio la espalda a Draco mientras charlaba y jugueteaba con el bebé. Draco no pudo evitar fijarse en el trasero de Potter, el cual, enfundado en los pantalones ajustados de quidditch, lucía bastante tentador y apetecible. Draco arqueó una ceja y pasó saliva.

Se sonrojó y miró hacia otro lado, al tiempo que se ponía de pie.

—Llegas justo a tiempo para el relevo, Potter —comenzó a decir—. Ahora, si me permites, yo necesito ir a cambiarme de ropa porque este niño come con una escandalizante carencia de modales, situación que, asumo, es culpa tuya, y me ha salpicado un par de veces.

Potter se rió de manera desagradablemente burlesca. Draco se giró a verlo, indignado.

—¿Acaso dije algo gracioso? —preguntó con los dientes apretados.

Potter se giró entonces hacia él, encarándolo. El bebé estaba comenzando a lloriquear y a moverse inquieto entre sus brazos. Draco lo miró justo un instante preguntándose qué sería ahora lo que el crío querría cuando acababa de comer tan espléndidamente; y entonces, se fijó en Potter. Éste, visto así de cerca, resultaba inquietante por decir lo menos, no sólo porque sus ojos, tras los anteojos de siempre, refulgían malévolos y furiosos, sino porque iba despeinado, sucio de barro, oliendo a césped y a tierra húmeda, y, en definitiva, exhalando un aura de poder mágico que reaccionaba negativamente con la de Draco. Además, toda su expresión corporal tenía el gesto de "soy un puto héroe y una estrella de quidditch inalcanzable para ti y además te odio con toda el alma" que a Draco le ponía tanto .

Oh no, no acababa de pensar eso, ¿o sí?

Draco, poniendo cara de estoico aburrimiento para no demostrar su turbación, le sostuvo la mirada al otro e incluso dio un paso adelante; nada dispuesto a que Potter se diera cuenta de lo que verdaderamente pasaba por su mente y ánimo.

—Curiosamente, es al contrario, Draco —masculló Potter entonces—. Me temo que, desde ayer, he dejado de encontrar graciosa cualquier cosa relacionada contigo. Sólo que, resulta fascinante la manera en que tú quisieras que yo fuera de nuevo jugador profesional y, al mismo tiempo, quieres que esté en casa cuidando a Eltanin. ¿Acaso ahora también me exigirás que, para continuar interesado en mí, debo partirme en dos personas? —agregó en tono sarcástico pero que dejaba entrever que continuaba lastimado.

Draco arqueó las cejas. Potter tenía un buen punto ahí. No obstante, no iba a darle la razón. Le dijo con voz siseante, un poco cohibido porque el niño Teddy estaba ahí mirándolos discutir:

—Pero la cuestión es que no eres jugador, eres sólo un entrenador infantil, y ahora mismo estás en casa, ¿cierto?

Potter le sonrió a Draco de un modo que no era nada bonito. A Draco le recordó a aquellas miradas furiosas y sonrisas petulantes que Potter le dedicaba en el colegio justo antes de que éste le respondiera algo bastante cruel y burlesco. Potter apretó los labios y miró de reojo a Teddy. Draco estaba seguro de que se estaba conteniendo a causa de la presencia de su ahijado.

—La cuestión, Malfoy, es que hoy es martes —dijo Potter al final, y Draco estaba seguro de que eso no era lo que originalmente le había cruzado por la cabeza decirle. Potter hizo una pausa mientras barría a Draco con una mirada cargada de desdén, la cual se detuvo en la mano izquierda del rubio—. Aunque, viendo que de nuevo has olvidado ponerte tu argolla, no dudo que también hayas olvidado en qué día de la semana estás viviendo.

Terminando de decir eso, empujó el bebé hacia Draco en un movimiento tan raudo y enérgico, que a éste no le quedó más remedio que coger al niño para no dejarlo caer.

—¡Oye! Yo le he dado de comer. Ahora te toca a ti cuidarlo.

Potter sólo lo miró duramente, le hizo una mueca y salió del comedor a grandes zancadas, dejando a Teddy atrás. Éste sólo había estado contemplando el intercambio entre Potter y Draco sin lucir demasiado preocupado. Draco lo miró.

—¿Tú sabes qué se celebra el martes en esta casa? —le preguntó. Eltanin no dejaba de retorcerse entre sus brazos; lucía incómodo por alguna razón.

Teddy sonrió mucho y respondió:

—Después del entrenamiento, mi padrino se ducha y se arregla, come algo rápido y se va.

—¿A dónde?

Teddy se encogió de hombros.

—Creo que va... ¿con una especie de sanador o medimago? No lo sé bien, pero luego de ahí, se va con tío Ron y tía Hermione a ver partidos de quidditch o algo así, y vuelve aquí hasta la noche para llevarme a mí a mi casa. Mientras, mi tío Draco nos cuida a Eltanin y a mí.

Ah, claro, la Comadreja y la Sangre Sucia. Draco se había estado preguntando en qué momento harían su intervención en esa jodida obra de teatro. Era de esperarse que siguieran presentes en la vida de Potter, y más ahora que su amigo Cara Rajada era el marido de un mago multimillonario como Draco.

Eltanin rompió a llorar y Draco lo miró, alarmado.

—¡Por Merlín, criatura, ¿qué te sucede?! ¡Si acabas de comer!

Teddy se acercó y olfateó el trasero del bebé.

—Está hecho popó. Tienes que cambiarle el pañal.

—¿QUÉ? No, absolutamente no. —Miró a Teddy con esperanza—. Oye, niño, te doy diez sickles si lo cambias tú.

Teddy se rió mucho y, curiosamente, su cabello azul destelló con algunos mechones de color platinado. Draco lo miró asombrado durante unos segundos hasta que recordó que el niño era metamorfomago igual que su difunta madre.

—Yo no puedo cambiarlo porque se necesita magia, pero, si me das un galeón, te puedo decir exactamente lo qué tienes que hacer.

Draco sonrió. Ese niño estaba comenzando a caerle bien.

—Trato hecho.


De ese modo, Draco subió las escaleras a toda prisa acompañado de Teddy y cargando a Eltanin como si fuera una bomba a punto de estallar. Llegaron al cuarto del niño, donde Teddy se apoltronó en un sillón mecedor que estaba junto a la ventana y desde donde le dictó instrucciones a un muy asqueado Draco.

Era evidente que Teddy pasaba mucho tiempo acompañándolos, pues, incluso, le supo decir a Draco cuáles encantamientos de limpieza debía ejecutar con su varita para desaparecer el pañal sucio, para limpiarle el trasero al bebé y para ponerle un pañal limpio. No obstante, éste último hechizo no le salió tan bien a Draco y terminó colocándole el pañal a un muy divertido Eltanin en la cabeza.

Draco gritó aterrorizado, pensando que el bebé iba a asfixiarse y ahora sí la había liado buena, pero Teddy se levantó a ayudarle. Entre los dos consiguieron quitarle el pañal al bebé mientras éste se reía a carcajadas y pensaba que todo no era más que un juego. Teddy también se rió mucho.

—Se nota que no tienes experiencia. Me temo que tendrás que ponérselo a mano, sin magia.

Draco refunfuñó pero procedió a hacer lo que Teddy le decía. Pronto, tuvo a Eltanin vestido con un pañal nuevo y ropa limpia. Draco se sintió tan cansado y estresado que creía que el niño le debía al menos el favor de quedarse así de aseado lo que restaba del día en agradecimiento por su sufrimiento.

Miró a Teddy y le preguntó:

—¿Qué sigue ahora?

Teddy se encogió de hombros.

—Normalmente, mi tío le pide un biberón a los elfos, Eltanin se lo toma y se duerme la siesta.

Ah, una siesta. Eso sonaba perfecto. Draco llamó a un elfo de la cocina y éste se apareció ya con el biberón en mano: era evidente que se sabían al dedillo los horarios del bebé.

Teddy le dejó a Draco el sillón mecedor para que se sentara ahí con Eltanin mientras éste se bebía la botella con ansias. El chicuelo de cabello raro se sentó entonces en la alfombra delante de Draco y se dedicó a observarlo con bastante interés. Después de cinco minutos así, donde Draco intentó concentrarse en cualquier otra cosa sin poder hacerlo, no lo soportó más y le espetó a Teddy:

—¿Qué demonios te pasa? ¿Por qué me miras así?

Teddy frunció el ceño y le dijo:

—Tú no eres mi tío Draco.

Draco levantó los ojos de la carita de Eltanin y miró a Teddy. Diablos, por fin alguien en esa realidad se daba cuenta. Draco no sabía si eso lo hacía sentirse aliviado o temeroso. No sabía qué esperar, así que sólo le restaba confiar en que eso no fuera a perjudicarlo a los ojos de Snape.

—No, no lo soy —confesó en voz baja—. O sea, sí soy Draco, pero... Soy de otra dimensión. De otra realidad. Soy… Otro Draco, por así decirlo. El fantasma de un mago muy caradura me mandó a esta vida como… como para jugarme una especie de broma, supongo —le explicó al niño en un murmullo, sin estar seguro si podría comprender.

—Mmm, ajá —dijo el niño, quien continuaba observando a Draco con fascinación—. Me había temido que fueras algún intruso usando multijugos, pero si eres un tío Draco de otro universo, entonces está bien. Supongo que también allá nos quieres a Eltanin y a mí, ¿verdad?

Draco pasó saliva y tuvo que dejar de ver al niño a los ojos.

—De donde yo vengo, Eltanin no... No ha nacido. Quiero decir, no ha nacido todavía. Y tú... Bueno, por supuesto que a ti te quiero mucho —mintió.

No sentía nada por aquel niño, pero era incapaz de lastimarlo diciéndole la verdad. Una cosa era hacer sentir como mierda a Potter, y otra muy diferente hacer sentir mal a un niño inocente. Draco era cabrón, pero no tanto.

Teddy pareció quedarse satisfecho con su respuesta. Sonrió mucho y se acostó sobre unos cojines que estaban junto a la pared, cerrando los ojos y durmiéndose a los pocos minutos, todo sucio y con su uniforme lleno de barro y manchas de pasto. Entonces a Draco se le ocurrió que quizá era su obligación haber mandado al chico a tomar un baño, pero no tuvo corazón para despertarlo. Lo dejó pasar.

Encima del regazo de Draco, Eltanin continuaba bebiéndose su biberón con los ojos verdes fijos en él. Draco dejó de mirar a Teddy y le correspondió la mirada al niño pequeño, sonriéndole y comenzando a mecerlo. No tenía idea de lo que estaba haciendo, pero de alguna manera, estar así con un bebé, alimentándolo, mirándolo a los ojos con gesto amable y meciéndolo con suavidad, parecía lo más natural y correcto.

Eltanin, con la mamila metida en la boca, le sonrió y Draco pudo apreciar cuatro pequeños dientitos arriba y cuatro abajo, mordisqueando la mamila de silicón. Le parecieron francamente adorables. Le sonrió más.

—Pero qué guapo eres, Eltanin —susurró.

Algo le dio un vuelco en el pecho ante el pensamiento que lo asaltó de repente: Eltanin es mi hijo. Yo, en otra vida, pude haber tenido un hijo así de hermoso, así de perfecto, así de bueno.

Pasó saliva y dejó de pensar en aquello porque, de pronto, la situación se volvió demasiado insoportable y angustiante. Afortunadamente, Eltanin se quedó dormido y Draco pudo cerrar los ojos y dejar de observarlo, aunque le costó: en el fondo, quería continuar deleitándose la vista con la imagen de aquella criatura tan perfecta, tan feliz y tan parecida a él.


Cuando estuvo seguro de que Eltanin ya estaba profundamente dormido, lo acomodó en su cuna y lo cubrió con mantas como mejor creyó que debía hacerlo. Hizo lo mismo con Teddy: le colocó una cobija encima y le permitió descansar. Puso entonces un hechizo de alarma que le avisaría cuando el bebé despertara, y salió del cuarto sintiéndose demasiado abrumado como para quedarse ahí contemplando a los dos niños. Le producían una serie de sentimientos encontrados que no deseaba ponerse a analizar.

Caminó por el corredor y pasó por el que había sido el despacho de su padre y que... Un momento, se recordó, en esta vida Lucius sigue aquí.

Invadido por un presentimiento y recordando que Narcisa le había dicho que Lucius estaba revisando unos papeles, tocó a la puerta y esperó. Tal como imaginó, la voz de su padre dijo, desde el otro lado:

—Adelante.

Draco sintió que el corazón se le aceleraba. Nunca había imaginado que volvería a pasar por delante de aquella puerta sabiendo que su padre estaba al otro lado inmerso en su trabajo. Esa había sido una de las razones por las que había decidido salirse de la mansión para irse a vivir solo en un loft: porque aquella casa le traía recuerdos que no estaba listo para procesar y dejar marchar.

Respirando agitado por tantas emociones, Draco abrió la puerta y entró. Ahí, como tantas veces antes, encontró a su progenitor sentado detrás del gran escritorio enfrascado en la lectura de diversos papeles, periódicos y libros. Sintió una combinación de sentimientos estallándole en el pecho: jamás había creído que volvería a ver a su padre si no era más que en sueños.

Todavía le costaba creer que fuera real. Continuaba sintiendo que, en cualquier momento. su presencia iba a desvanecerse como humo delante de él.

Con lentitud, cerró la puerta y caminó hacia el escritorio donde su padre estaba tan ocupado. Se moría por abrazarlo y decirle lo mucho que lo quería, lo mucho que lo había extrañado y contarle acerca de la culpa que lo carcomía, pero no pudo encontrar ninguna excusa para siquiera tocarlo. Lucius y él nunca habían sido adeptos a las muestras físicas de cariño.

Abrumado, Draco echó un vistazo alrededor para distraerse, esperando encontrar todo igual, pero no era así: el despacho no estaba tal como lo recordaba. Presentaba diversos cambios: algunos muebles habían sido renovados, había otros nuevos y, detrás del escritorio, en la repisa del gran ventanal, estaban una serie de fotografías enmarcadas que, Draco estaba seguro, antes no estaban. Quiso acercarse a verlas, pero entonces Lucius le preguntó, distrayéndolo:

—¿Qué haces aquí hoy? ¿No es el día que Harry va al hospital y te toca cuidar a los niños?

—¿Eh? —dijo Draco, sintiéndose más curioso que nunca antes porque, en aquellas fotos, alcanzaba a ver que él mismo aparecía en muchas, pero no apreciaba bien los detalles ni las otras personas que estaban con él—. Sí, sí, así es. Ahora mismo están tomando una siesta, los dos. Los he dejado con un hechizo de alarma, no te preocupes.

Dio varios pasos al frente, acercándose a su padre y a aquellas misteriosas fotografías. Vio su nombre escrito en varios sobres que descansaban en un montón sobre el escritorio y arqueó una ceja. La letra en ellos le resultaba vagamente familiar… Lucius, quien se dio cuenta de qué era lo que observaba, le dijo:

—Es tu correspondencia personal de hoy. Parece ser que el señor Zabini y la señorita Parkinson tienen gran urgencia en contactarte, si algo se puede deducir por el número de misivas que te han enviado durante todo el día.

—Uh, ya veo —masculló Draco, revisando los sobres. Había un par de Blaise y como cinco de Pansy; seguramente para regañarlo por lo que había hecho el día anterior. Ya las leería después— ¿Qué le pasó a este lugar? —le preguntó a Lucius, muerto de curiosidad. Sabía que su padre no era fanático de los cambios.

Lucius echó un vistazo a los papeles que tenía por encima de todo el escritorio.

—¿Qué ha pasado de qué? No te estarás refiriendo a esto, ¿o sí? Estaba leyendo acerca de la venta del viñedo en Burdeos y la compra que has deseado hacer de un yacimiento de petróleo en América —le dijo su padre, tomando algunos papeles y pasándoselos a Draco. Éste los tomó y los ojeó rápidamente, asombrándose de que, ahí mismo, en esa extraña realidad, estuviese haciendo los mismos exactos negocios que en su otra vida. Pero, ¿por qué era él quien se encargaba de administrar las propiedades de la familia, y no su padre?

Miró a Lucius. Lo encontró más viejo y cansado de como lo recordaba y fue entonces que lo entendió.

—Has estado enfermo y soy yo quien se encarga de los negocios familiares —dijo, casi como para él pero en voz suficientemente alta para que Lucius oyera.

Su padre frunció el entrecejo.

—Sí, ¿estás reprochándomelo? Pensé que disfrutabas el trabajo, Draco. Y pensé que gozabas de lo lindo de haber tomado posesión de este despacho.

Draco miró alrededor. Claro.

—Entonces soy yo quien ha hecho estos cambios —murmuró—. Tú enfermaste, decidiste jubilarte, yo te relevé y tú me dejaste este despacho. Por lo tanto, le hice modificaciones e incluso lo llené de fotos, ¿cierto?

Lucius lo miraba cada vez más extrañado.

—¿Te sientes bien?

—Por supuesto —comentó Draco. Intentó cambiar de tema para evitar más sospechas de parte de su viejo padre—: ¿Qué me decías del viñedo y del pozo petrolero?

Lucius se puso más serio.

—Te decía que me parece que vender el viñedo en este momento sí es un movimiento financiero excelente, especialmente por lo que está dispuesto a pagar el comprador. No obstante, no creo que sea buena idea invertir la ganancia en este yacimiento. ¿Has visto los problemas que presenta?

Draco miró de nuevo las hojas.

—¿Te refieres a los terroristas que amenazan con volarlo?

Lucius frunció el ceño con disgusto.

—¿Terroristas? Estas personas no son terroristas, Draco. ¿Has leído bien el informe de nuestro investigador? Son indígenas americanos, los dueños originales de esas tierras. Mira, no vamos a meternos en problemas políticos que no nos incumben, pero, si me lo preguntas a mí, ellos tienen bastante derecho a estar molestos. Al parecer, esta compañía petrolera les robó el pozo mediante engaños y trucos, y todavía peor porque esas tierras son sagradas para ellos. Sinceramente, Draco, creo que nosotros debemos permanecer al margen de problemas así.

Draco miró la hoja de nuevo. En esa vida, a diferencia de su vida real, aparentemente su padre y él tenían un investigador que analizaba a detalle todo negocio en que deseaban participar, y ese era su reporte. Efectivamente, daba fe de todo lo que Lucius estaba diciéndole.

—No tenía idea —masculló Draco.

—¿No? —se sorprendió Lucius—. En ese caso, ahora que lo sabes, espero que tomes la decisión acertada, hijo.

—Voy a... voy a pensar cómo podríamos solucionarlo, ¿te parece bien? Ver en qué podemos ayudarlos, incluso —atinó a decir mientras continuaba mirando los papeles.

Lucius, quien parecía haberse quedado satisfecho, se levantó con algunos trabajos de la silla, usando su bastón para apoyar su peso. Draco continuó con los papeles en la mano fingiendo que los leía, pero la verdad era que estaba observando muy atentamente a su padre por el rabillo del ojo. Se preguntó cómo podría sacarle información acerca de lo que había sucedido cuando terminó la guerra, pero no se le ocurría ninguna manera adecuada de preguntar.

Era obvio que no podía salirle a Lucius con un "¿Por qué no moriste hace seis años? ¿Acaso no te hicieron prisionero como en mi otra vida y no terminaste en Azkaban donde se te hizo añicos la salud?"

Obviamente, no.

Así que Draco, pensando fervientemente en eso pero sin que se le ocurriera ninguna buena idea, vio a su padre caminar con lentitud pero con seguridad hacia la puerta.

—Bueno, hijo, me retiro a tomar el té con tu madre. Supongo que a esta hora ya volvió de San Mungo. —Miró a Draco con cariño y respeto, y le dijo—: Sólo quiero que sepas que esto no merma en absoluto la confianza que tengo en ti respecto a las decisiones que tomas en los negocios. Indudablemente, y quiero que esto te quede claro, yo confío en que siempre tomarás el camino correcto como lo has hecho desde hace años, cuando nos salvaste a tu madre y a mí.

Draco lo miró con la boca abierta, sin comprender. Quiso gritar: ¿A qué te refieres? ¿Qué fue lo que hice?, pero la voz no salió de su garganta. Su padre le sonrió por última vez y salió del despacho. Cerró la puerta tras él y lo dejó a solas.

Draco se sentó en la silla detrás del escritorio. Ahí estaba la confirmación de sus sospechas: aquello que hizo en esa vida y no en su verdadera, había salvado a Lucius de alguna manera. Sí, era cierto que se veía acabado y enfermo y Draco tenía que encargarse de la familia, pero estaba vivo. Estaba ahí.

Ahora tendría que regresar a su vida real (si es que consigues regresar, estúpido, dijo la horrible voz en su mente que sonaba como Snape) sabiendo todo eso; sabiendo que Lucius había muerto por algo que él no hizo. ¿Qué maldito castigo era aquel? ¿Por qué Snape lo torturaba de aquella forma?

Rabioso, Draco se levantó y golpeó el escritorio una y otra vez, fuera de sí. Agarró todos los papeles y los rompió con saña, gritando y arrojando pedazos de pergamino por todos lados, tirando al suelo envases de tinta, plumas y todo los demás objetos que estaban encima del mueble hasta dejarlo limpio. Se giró hacia la ventana que estaba detrás de él, dispuesto a continuar con su racha destructiva, listo para romper todas las fotografías que estaban ahí, cuando notó quiénes estaban en ellas y se congeló, asombrado.

Eran muchas las fotos y, Draco supuso, la colección era suya y representaba a todas las personas que en esa vida de mierda significaban algo para él. Había fotos de Potter, por supuesto, del bebé Eltanin (había una muy bonita en blanco y negro donde Draco estaba con el bebé recién nacido en brazos, él, con cara de idiota), estaba una donde aparecía con Blaise y Pansy, varias otras con sus padres, otro par más de Teddy... Y entonces, increíblemente, Draco reparó en varias fotos donde aparecían Granger y Weasley.

Con él.

Con Draco.

Abrió mucho los ojos, impactado.

Eran fotos donde aparecía Draco en medio de Weasley y de Granger en la que parecía la boda de éstos, riéndose los tres. Otra, donde estaban Potter y Draco en su propia boda con Granger y Weasley parados muy elegantes a su lado. Y otra más, donde estaban solamente Granger y Draco en lo que parecía ser un pub, abrazados, sonriéndose entre ellos y a la cámara.

Draco estaba anonadado.

—Pe-pero, ¿qué...? ¿Qué...? —balbuceaba. ¿Él, amigo de ellos, de Weasley y, sobre todo, de Granger? ¿De la maldita sangre sucia que tanto aborrecía?

La puerta del despacho se abrió de golpe.

Draco, quien todavía no salía de su asombro, se giró hacia ahí y descubrió, tal como si los hubiese invocado con el pensamiento, a Granger, a Weasley y a Potter parados bajo el umbral. Teddy estaba detrás de Potter, medio oculto, y miraba alternadamente entre Draco y Potter. Parecía asustado.

—Así es, padrino —dijo el niño—. Él mismo me contó que no es mi verdadero tío Draco. Me dijo que era otro.

Potter miró a Draco con expresión furiosa, le pasó un brazo a Teddy, lo empujó hasta colocarlo detrás de él y le dijo a Granger:

—¡Ahora, Hermione!

Entonces, antes de que Draco pudiera hacer algo para defenderse, Granger levantó su varita y le arrojó un encantamiento que lo hizo caer hasta el suelo, dejándolo completamente inconsciente.